CONTEMPLAR EL ROSTRO DE
CRISTO
Madre Adela Galindo,
Fundadora SCTJM
Solo para uso privado
-©
Ver también:
Santo Sudario, Turin
Nos dice SS Juan Pablo II en la Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte,
16:««"Queremos ver a Jesús" (Jn 12,21). Esta petición, hecha al
apóstol Felipe por algunos griegos que habían acudido a Jerusalén para
la peregrinación pascual, ha resonado también espiritualmente en
nuestros oídos en este Año jubilar. Como aquellos peregrinos de hace dos
mil años, los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre
conscientemente, piden a los creyentes de hoy no sólo "hablar" de
Cristo, sino en cierto modo hacérselo "ver"».
En esta Carta Apostólica con la que concluyó el año jubilar y se dirigió
a la Iglesia del tercer milenio, el Santo Padre hizo referencia 37 veces
al rostro de Jesús: nos llamó a la contemplación del Rostro del Salvador
y a dar a conocer el verdadero rostro de Cristo. Por alguna razón el
Espíritu Santo a través del Santo Padre nos ha querido dirigir la
mirada, como fruto del Año Jubilar, hacia el Rostro del Redentor. "si
quisiéramos individuar el núcleo esencial de la gran herencia que el Año
Jubilar nos deja, no dudaría en concretarlo en la contemplación del
rostro de Cristo". "Nuestro testimonio sería, además, enormemente
deficiente si nosotros no fuésemos los primeros contempladores de su
rostro. El Gran Jubileo nos ha ayudado a serlo más profundamente. Al
final del Jubileo, a la vez que reemprendemos el ritmo ordinario,
llevando en el ánimo las ricas experiencias vividas durante este período
singular, la mirada se queda más que nunca fija en el rostro del Señor."
Me he preguntado por que el Santo Padre nos ha querido dirigir en esta
carta a la contemplación del Rostro del Señor, y el Señor me ha hecho
entender que contemplar su Rostro no es más que contemplar Su Corazón.
El Rostro es el espejo del Corazón, es la fotografía del Corazón, es la
expresión de sus sentimientos y más íntimos amores; es la manifestación
visible de todo lo que se lleva en el Corazón.
Antiguo Testamento:
Después de la caída, el hombre se oculta del Rostro de
Dios...paradójicamente por el pecado abrió sus ojos al mal y quiso
ocultarse del rostro de Dios: perdió de vista el amor de Dios y tiene
miedo de ser visto por El. Desde ese momento no puede ver el Rostro de
Dios.
En el Antiguo Testamento no se conoce (físicamente) el rostro de Dios, y
sin embargo, existe un gran anhelo en buscarlo y conocerlo: "Señor,
busco tu rostro" (Sal 27, 8); "Cuando veré el rostro de Dios"
(Salmo 41). El hombre fue creado para Dios.
Buscar el Rostro de Dios (su presencia, su voluntad, su sentir) es un
llamado muy claro en el AT:
Salmo 105: "Buscad a Yahveh y su fuerza, id tras su rostro sin
descanso"..
1 Crónicas 16,11: "buscad a Yahveh y su fuerza, id tras su rostro
sin descanso".
Dos pasajes iguales que revelan la añoranza del Rostro de Dios.
Sin embargo, en el A.T., era imposible para el hombre
mirar el rostro de Dios y seguir viviendo: Gen 33,20: Moisés dice al
Señor: "déjame ver por favor tu gloria. Mi rostro no podrás verlo,
porque no puede verme el hombre y seguir viviendo. Mi rostro no se puede
ver".
Por esto es que los judíos no permitían imágenes y rechazaban toda
representación de Dios (Éxodo 20,4) mientras que los pueblos vecinos
adoraban las imágenes de sus ídolos en sus distintos templos.
También se entendía que si Dios hacía resplandecer su Rostro sobre
Israel, éste recibía paz y bendición. (Número 6,25).
Se trata de la bendición adoptada por San Francisco: "Yahveh, te bendiga y te guarde; ilumine
Yahveh su rostro sobre ti y te sea propicio; Yahveh te muestre su rostro
y te conceda la paz".
El rostro oculto de Dios significaba que Dios retiraba su gracia del
pecador (Is 59,2; Is 64,6; Ez 39,24). Al mismo tiempo se revela la ira o
la bondad de Dios, con simbolismos del rostro; y se aplacaba su ira,
ablandando su rostro ofreciendo sacrificios. (Mal 1,8; Salmo 119)
En las teofanías del A.T.
se da mas valor a las
palabras proclamadas que al modo como se manifiesta. Pero el judío, a
pesar de que le era imposible ver el rostro de Dios, lo anhela. Anhela
verle pues significa estar cerca de El, gozar de su presencia. Este
rostro de Dios que un día se revelará cuando, en la plenitud de los
tiempos, Dios se haga hombre y tome cuerpo, corazón y rostro humano.
Nuevo Testamento
"Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros, y hemos
contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único".
(S. Juan 1) La Palabra tomó rostro.
El Verbo no descriptible del Padre se ha hecho descriptible
encarnándose
en el seno de María. "El es imagen de Dios invisible, primogénito de
toda la creación." Col 1,15
San Atanasio: "El mismo se ha hecho hombre, para que fuéramos
divinizados; El mismo se ha hecho visible con un cuerpo, para que
nosotros pudiéramos hacernos una idea del Padre invisible".
Cuantas veces Jesús nos dijo: "quien me ha visto a Mi, ha visto al
Padre".
"Lo que existía desde le principio, lo que hemos oído, lo que hemos
visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos...
pues la vida se manifestó y nosotros la hemos vistos y damos
testimonio". (1Juan 1).
El rostro que tanto anheló ver el pueblo israelita, se manifestó, lo
vieron, lo tacaron. Ese Rostro inaccesible que quien mirara moría...
para que el hombre lo pudiese ver, se reveló despojado de su gloria.
Tomó un rostro semejante al nuestro.... En Jesús el rostro de nuestro
Dios se ha hecho visible. Es el Rostro de Dios oculto en el Antiguo
Testamento y ahora manifestado en Cristo. Toma Rostro para hacerse ver y
conocer por el hombre. Quería cercanía con el hombre y por ello tomó
Rostro. Este rostro del Dios hecho hombre, que se rebajó hasta hacerse
uno de nosotros, se transfiguró, mostró su gloria y brilló como el sol
en el Monte Tabor (Mt 17,2) Cristo mostró su rostro brillante como el
sol, mostró su Gloria ante de entrar en la Pasión donde lo mostraría
desfigurado.
Un rostro desfigurado
En la plenitud de los tiempos, el hombre que tanto anheló ver el Rostro
de Dios, lo contemplaría por primera vez y lo contemplaría con rostro de
un pequeño niño. Dios reveló su rostro en un rostro de niño: el rostro
de la humildad, de la pobreza, del anonadamiento total. Ese mismo
rostro, en la hora suprema, se revelaría a los hombres burlado,
golpeado, herido, azotado y desfigurado.
"Tan desfigurado tenía el rostro que no parecía hombre, ni su
apariencia era humana. No tenía apariencia ni presencia; le vimos y no
tenía aspecto que pudiésemos estimar". (Is 52:14; 53:2)
NMI: "Para devolver al hombre el rostro del Padre, Jesús debió no sólo
asumir el rostro del hombre, sino cargarse incluso del «rostro» del
pecado. «Quien no conoció pecado, se hizo pecado por nosotros, para que
viniésemos a ser justicia de Dios en él»" (2 Co 5,21).
La agonía que vemos en el Rostro de Jesús fue causada por los pecados
que el cargó sobre sí. Vemos el rostro del pecado....todos los pecados
del mundo. Quien no cometió pecado tomó los nuestros
como si fuesen suyos. El los asumió
libremente y llevó los pecados nuestros en su cuerpo.
¡Y con todo eran nuestras dolencias las
que él llevaba y nuestros dolores los que
soportaba! Nosotros le tuvimos por azotado,
herido de Dios y humillado. -Isaías 53,4
Jesús ha sido herido por nuestras rebeldías y molido por
nuestras culpas. En su rostro, Cristo revela el pecado que ha
desfigurado el corazón del hombre: el pecado nos roba la semejanza con
Dios y nos desfigura. El rostro desfigurado de Jesús nos
revela el estado del corazón humano... sin embargo, aunque los
golpes lograron desfigurar su rostro y el golpe que
recibió en la cabeza, según nos narra la sierva de
Dios Ann Catherine Emmerick, le ocasionó un
derramamiento de sangre en sus ojos, el pecado no logró cambiar la
expresión de su mirada. Estaba desfigurada su carne, su
apariencia, desencajada su nariz, con huecos su frente, sus labios
rotos, moradas sus mejillas, pero su mirada era representante del Amor
de Su Corazón: serenidad, súplica, paciencia, humildad, obediencia y
mansedumbre. Como el pecado no tocó Su Corazón, sus ojos lo revelaron.
Sus ojos como lámparas brillaron fuertemente en medio de la oscuridad
del pecado que desfiguró su Rostro, mostrando la luz del amor que nunca
se apagó en Su Corazón a pesar del horror que nuestro pecado le
ocasionaba. "La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, todo
tu cuerpo estará luminoso" (Mt 6,22).
Santa Teresita del Niño Jesús y la Santa Faz
Es precisamente este pasaje de Isaías que mueve tanto el corazón de
Santa Teresita del Niño Jesús que por ello, pide permiso y
le es concedido,
para añadir a su nombre "del Niño Jesús y de la Santa Faz". En una carta a Pauline,
nos revela como su devoción a la Santa Faz es el fundamento para su
espiritualidad del camino escondido y pequeño, espiritualidad que la
llevó a ser proclamada Doctora de la Iglesia: "A
través de ti he entrado en las profundidades de los misterios de amor
escondidos en el Rostro de nuestro esposo. He entendido cual es la
verdadera gloria. Aquel cuyo reino no es de este mundo me ha enseñado
que la verdadera sabiduría consiste en desear no ser conocido ni
tomado en cuenta. Es encontrar gozo en el olvido de si. Ah! Deseo, como
el Rostro de Jesús, que el mío esté escondido y que nadie en la tierra
me reconozca " (cf. Is 53,3). Tengo sed de sufrir y debo ser olvidada.
(SS A 71r; ET 152).
Santa Teresita llevaba dentro de su hábito y cerca de su corazón escrito
sobre una imagen del Santo Rostro: "Haz que yo me asemeje a Ti, Oh
Jesús". Para Sta. Teresita, el contemplar el Santo Rostro del Señor,
significaba imitar todo lo que en El veía: un Dios con vida oculta,
humilde, mansa y pobre; El Corazón de Dios siendo revelado en su Rostro.
Para ella, también, esta contemplación le llevaba necesariamente a la
consolación y recomendaba a su hermana Celine "se otra Verónica que
limpia el rostro de Jesús lleno de Sangre y Lágrimas." La misma sangre y
agua que fluirían de su Corazón al ser traspasado.
Sta. Teresita invita a su hermana a consolar el Rostro de Jesús
convirtiendo pecadores: "Consuela a nuestro Señor en su Agonía, revelada
en su Rostro, pero especialmente calmando su sed de almas".
En uno de sus poemas escribe:
"¡Oh quisiera para consolarte ignorada del mundo estar! La
belleza que Tú ocultas me descubre tu misterio.
Tu Rostro Salvador es divina flor de mirra que tener quiero sobre el
corazón! Tu Rostro es mi riqueza y ya nada pido . Yo Jesús me oculto en
él y a Ti me asemejaré.. Deja en mi la señal divina de tus rasgos de
dulzura, solo así llegaré a ser santa atrayendo a Ti los corazones."
Para Sta. Teresita, la santidad necesariamente se debe revelar en el
rostro, pues la abundancia del corazón se refleja en el rostro. Así como
la santidad se refleja en el rostro, la santidad a la vez representa el
verdadero rostro de Cristo. SS Juan Pablo II nos dice en NMI: "la
santidad representa al vivo el rostro de Cristo":
En la fiesta de la Transfiguración, el 6 de Agosto de 1896, día que se
celebraba la Fiesta de la Santa Faz en el Carmelo de Lisieux, Sta.
Teresita con dos novicias (ella era maestra de novicias en ese tiempo)
hicieron un acto de consagración a la Santa Faz. Las tres pidieron "ser
escondidas en el secreto de tu Santo Rostro", que significaba el deseo
de imitar la vida oculta y el amor sufriente de Cristo, con el propósito
de ejercitarse tanto en el amor que pronto fuesen consumidas en ese amor
y así no atarse a las cosas de la tierra y pronto alcanzar la visión de
Jesús, cara a cara (ET 91). En la consagración expresan el deseo de
convertirse en otras Verónicas, consolando a Jesús en su pasión y
ofreciéndole almas como consuelo. La oración concluyó: "¡Oh adorable
rostro de Jesús! Mientras esperamos el día en que contemplaremos tu
gloria infinita, nuestro único deseo es escondernos bajo tus ojos
divinos y así no ser reconocidas en la tierra."
Su devoción a la Santa Faz, fue la respuesta a su gran deseo de pasar el
cielo haciendo el bien en la tierra. Cuando ella tuvo este inmenso
deseo, no sabía como unir dos realidades: el cielo como el lugar del
descanso eterno y de la contemplación eterna del rostro de Dios y su
deseo de seguir misionando por el mundo haciendo el bien. El Señor la
lleva a meditar el pasaje de las Escrituras que nos habla de los ángeles
contemplando eternamente el Rostro de Dios y a la vez, teniendo misiones
en favor nuestro. Aquí encuentra ella la respuesta a su deseo de estar
eternamente contemplando el Rostro de Dios y de pasar su cielo haciendo
el bien en la tierra.
Conclusión
Contemplar el Rostro de Jesús, es contemplar su Corazón.... lo más
intimo de su Corazón lo podemos conocer en su Rostro. El viernes pasado
en el cenáculo Eucarístico, el Señor nos mostró, a través de una
inspiración, su rostro golpeado y sufriente, pero sus ojos con una
serenidad tan alta que trasmitía fortaleza. En medio del dolor y el más
grande sufrimiento su Corazón se mantiene fijo en el Amor y es eso su
fuerza y su serenidad.
Pido al Señor que contemplemos su Rostro y que como Santa Teresita
también nosotros digamos: "haznos semejantes a Ti, oh Rostro de Jesús".
Madre Adela
Galindo
Fundadora de las SCTJM