Oficio de lectura,
XIV Sábado del tiempo ordinario
La Sabiduría misteriosa revelada por el
Espíritu Santo
De las obras de
San Buenaventura,
Obispo y doctor de la Iglesia
Opúsculo sobre el itinerario de la
mente hacia Dios, 7,1.2.4.6: Opera omnia 5, 312-313
Cristo es el camino y la puerta. Cristo es la
escalera; y él vehículo, él, que es la placa de la expiación
colocada sobre el arca de Dios y el misterio escondido desde el
principio de los siglos. El que mira plenamente de cara esta
placa de expiación y la contempla suspendida en la cruz, con
la fe, con esperanza y caridad, con devoción, admiración, alegría,
reconocimiento, alabanza y júbilo, este tal realiza con él la
pascua, esto es, el paso, ya que, sirviéndose del bastón de la
cruz, atraviesa el mar Rojo, sale de Egipto y penetra en el
desierto, donde saborea el maná escondido, y descansa con Cristo en
el sepulcro, muerto en lo exterior, pero sintiendo, en cuanto es
posible en el presente estado de viadores, lo que dijo Cristo al
ladrón que estaba crucificado a su lado:
Hoy estarás conmigo en el paraíso.
Para que este paso sea perfecto, hay que
abandonar toda especulación de orden intelectual y concentrar en
Dios la totalidad de nuestras aspiraciones. Esto es algo
misterioso y secretísimo, que sólo puede conocer aquel que lo
recibe, y nadie lo recibe sino el que lo desea, y no lo desea
sino aquel a quien inflama en lo más íntimo el fuego del Espíritu
Santo, que Cristo envió a la tierra. Por esto, dice el Apóstol
que esta sabiduría misteriosa es revelada por el Espíritu Santo.
Si quieres saber cómo se realizan estas cosas
pregunta a la gracia, no al saber humano; pregunta al deseo, no al
entendimiento; pregunta al gemido expresado en la oración, no al
estudio y la lectura; pregunta al Esposo, no al Maestro; pregunta a
Dios, no al hombre; pregunta a la oscuridad, no a la claridad; no a
la luz, sino al fuego que abrasa totalmente y que transporta hacia
Dios con unción suavísima y ardentísimos afectos.
Este fuego es Dios, cuyo horno, como dice el
profeta, está en Jerusalén, y Cristo es quien lo enciende con el
fervor de su ardentísima pasión, fervor que sólo puede comprender el
que es capaz de decir: Preferiría morir asfixiado y la misma muerte.
El que de tal modo ama la muerte puede ver a Dios, ya que está fuera
de duda aquella afirmación de la Escritura: Nadie puede ver mi
rostro y quedar con vida. Muramos, pues, y entremos en la oscuridad,
impongamos silencio a nuestras preocupaciones, deseos e
imaginaciones; pasemos con Cristo crucificado de este mundo al
Padre, y así, una vez que nos haya mostrado al Padre, podremos
decir con Felipe: Eso nos basta; oigamos aquellas palabras
dirigidas a Pablo: Te basta mi gracia; alegrémonos con David,
diciendo: Se consumen mi corazón y mi carne por Dios, mi lote
perpetuo. Bendito sea el Señor por siempre, y todo el pueblo diga:
«¡Amén!»
Oración
Dios todopoderoso, concede a cuantos hoy
celebramos la fiesta de tu obispo san Buenaventura la gracia de
aprovechar su admirable doctrina e imitar los ejemplos de su
ardiente caridad. Por nuestro Señor Jesucristo.