Historias Vocacionales

 

Hna. Teresa de Jesús

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El motivo por el que escribo esta historia es el deseo de compartir las circunstancias de mi vocación a la vida religiosa. Mi nombre es Hna. Teresa de Jesús. Soy de nacionalidad boliviana y vengo de una familia muy numerosa y muy linda. Somos ocho en total: cuatro hermanas y cuatro hermanos; yo soy la última. Desde muy joven he sentido la atracción a la vida religiosa, pero no llegué a responder inmediatamente, ni a darle la importancia necesaria, porque mis prioridades eran otras.

Tuve una juventud tranquila y sana. Siempre andaba participando en todos los grupos y retiros, alimentando mi fe y el amor al Señor y mi amor especial a la Santísima Virgen. Una vez terminados mis estudios secundarios, entré en la universidad. Mi mayor deseo era estudiar Psicología; pero, por supuesto, el Señor tenía otros planes para mi. Debido a la situación política inestable de mi país, clausuraron las universidades por un tiempo indefinido. Al ver que no podía continuar con mis estudios, empecé a buscar otras oportunidades y lugares para poder continuar con ellos. En ese momento se presentó la oportunidad de venir a los Estados Unidos, lo cual fue perfecto, ya que mi hermano Gonzalo radicaba en Miami y por lo tanto no iba a estar sola.

De esta forma, empieza una nueva etapa en mi vida: en los Estados Unidos. Al llegar a este país, me envolví tanto en los estudios y en el trabajo, que me fui apartando del Señor y sólo ocasionalmente iba a la Misa, ya que mi única meta era la de tener una buena profesión, un buen trabajo y viajar mucho.

A pesar de realizar todo lo que me proponía, sentía un gran vacío dentro de mí que no podía llenar, por más que tratara con nuevas metas y sueños. Mi felicidad era momentánea y pasajera. Sin embargo, en el fondo de mi corazón, sabía que el único que podía llenarlo era Jesús. Por una gracia de Dios, ya que no puedo explicarlo de otra forma, un día le pedí que cambiara mi vida, y como buen Padre que lo escucha todo, dio respuesta a mi súplica. Desde ese instante, mi vida fue cambiando poco a poco. El Señor fue arrancando de mi vida todas las cosas a las cuales me sentía atada y que me apartaban de Él.

Entonces, empecé de nuevo a ir a la Iglesia con mayor regularidad. En ese tiempo, tuve la oportunidad de asistir a un retiro de seminario de vida en el Espíritu, en el cual recibí el bautismo en el Espíritu, y así pude abrirme a los dones del Espíritu Santo. A partir de ese momento, el deseo de conocer y saber más del Señor era cada día más fuerte. Por eso no perdía la oportunidad de asistir a todos los retiros, charlas, y conferencias que se daban.

Conforme iba pasando el tiempo, sentí la necesidad de pertenecer a un grupo o a algún movimiento Católico en el cual pudiera saber y conocer más mi fe. Nuevamente le pedí al Señor por esta inquietud. Y al poco tiempo, en una conferencia, tuve la oportunidad de conocer a la comunidad “Las Siervas de los Corazones Traspasados de Jesús y María”. Desde ese momento no me aparté más de ellas, participando en todos sus eventos. Eso era lo que estaba buscando . Tuve la oportunidad de aprender tanto con la Comunidad, de fortalecer y conocer mi fe, de acrecentar mi a amor al Señor y a la Santísima Virgen.

Bueno, a este punto, ustedes se preguntarán qué pasó con mi vocación. Pues, muy sencillo: “nada”, ya que yo pensaba que no estaba llamada a la vida religiosa. De eso, ni hablar; claro está que dentro de mí, estaba siempre la duda, y por esa razón mantenía mi distancia con la Siervas, a pesar de participar en todos sus eventos. Sin embargo, sentía un deseo ardiente de trabajar y servir al Señor y por supuesto, a través de la comunidad. No sabía cómo, pero tenia que hacerlo.

En el 1999, se presentó la oportunidad de ir a una peregrinación con las Siervas. Se llamaba la peregrinación: “Los Dos Corazones Reinarán". Me dispuse a ir a la peregrinación con espíritu de escucha al Señor y a ver la forma en que podía servirlo. Y para mi mayor sorpresa, durante esa peregrinación, el Señor le pidió a Madre Adela que formara el grupo de los laicos asociados a la comunidad. ¿Qué les puedo decir? Se abrió un mundo nuevo. Eso era lo perfecto: ser laica, sirviendo al Señor sin ser religiosa. Sentí un gran alivio, ya que lo veía tan claro. El Señor me estaba guiando; eso era lo que pensaba.

Pero no fue así, ya que, tras regresar de la peregrinación, a los pocos meses, el deseo de servir al Señor ya no era sólo deseo de servirle como laica, pues sentía en mi corazón que el Señor me pedía más y más: una entrega total. Me estaba llamando a la vida religiosa. Luché durante varios meses contra ese sentimiento. Pero, cuanto mas luchaba, más fuerte se volvía. No dejaba de pensar, día y noche. No podía creer que me estaba llamando a ser religiosa: imposible. Trataba de negociar con el Señor, pero no fue posible. Hasta que llegó el momento en que ya no más, y dejé de luchar para entregarme al Señor. Y lo demás ya es historia conocida.

Doy gracias al Señor por haberme esperado tan pacientemente: a la Santísima Virgen, por haberme guiado y cuidado en todo este tiempo; a la Comunidad, por haberme aceptado a ser parte de la familia; y también doy gracias a mi mamá, ya que supo formarme como una buena hija; así como también a todos mis hermanos, por apoyarme en mi vocación.

¡Reinen los Dos Corazones de Jesús y María!
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