Ultima Cena del Señor
Significado
Homilía de Benedicto XVI en la misa en la Cena del Señor del
Jueves Santo, 5 abril 2007 (ZENIT.org)
Negritas son nuestras
Queridos hermanos y hermanas:
En la lectura del Libro del Éxodo, que acabamos de escuchar (12,1-8.
11-14) , se describe la celebración de la Pascua de Israel
tal y como era reglamentada por la ley mosaica. En el origen, pudo
haberse celebrado una fiesta de primavera de los nómadas. Para
Israel, sin embargo, se había convertido en una fiesta de
conmemoración, de acción de gracias y al mismo tiempo de esperanza.
En el centro de la cena pascual, reglamentada según determinadas
reglas litúrgicas, estaba el cordero, como símbolo de la liberación
de la esclavitud en Egipto. Por este motivo, el «haggadah» pascual
era parte integrante de la comida a base de cordero: el recuerdo de
que había sido el mismo Dios quien había liberado Israel «con la
mano alzada». Él, el Dios misterioso y escondido, había sido más
fuerte que el faraón con todo el poder que tenía a su disposición.
Israel no tenía que olvidar que Dios había tomado personalmente en
mano la historia de su pueblo y que esta historia se basaba
continuamente en la comunión con Dios. Israel no tenía que olvidarse
de Dios.
La conmemoración estaba rodeada de palabras de alabanza y de acción
de gracias tomadas de los Salmos. El hecho de dar gracias y
de bendecir a Dios alcanzaba su ápice e la «berakha», que en
griego se dice «eulogia» o «eucaristía»: bendecir a Dios se
convierte en bendición para quienes bendicen. El hombre vuelve a
recibir bendecida la oferta, que había entregado a Dios. Todo esto
levantaba un puente del pasado hacia el presente y hacia el futuro:
todavía no se había cumplido la liberación de Israel. La nación
todavía sufría como pequeño pueblo en medio de las tensiones entre
las grandes potencias. El recuerdo agradecido de la acción de
Dios en el pasado se convertía al mismo tiempo en súplica y
esperanza: ¡culmina aquello que has comenzado! ¡Danos la
libertad definitiva!
Esta cena con sus múltiples significados fue celebrada por Jesús
con los suyos en la noche antes de su Pasión. Teniendo en cuenta
este contexto, podemos comprender la nueva Pascua, que él nos dio en
la santa Eucaristía. En las narraciones de los evangelistas,
se da una aparente contradicción entre el Evangelio de Juan, por una
parte, y lo que por otra nos dicen Mateo, Marcos y Lucas. Según
Juan, Jesús murió en la cruz precisamente en el momento en el que,
en el templo, se inmolaban los corderos de Pascua. Su muerte y
el sacrificio de los corderos coincidieron. Esto significa que Él
murió en la vigilia de Pascua y que, por tanto, no pudo celebrar
personalmente la cena pascual, al menos esto es lo que parece.
Según los tres evangelistas sinópticos, por el contrario, la
Última Cena de Jesús fue una cena pascual, en cuya forma tradicional
Él introdujo la novedad del don de su cuerpo y de su sangre.
Esta contradicción hasta hace unos años parecía imposible de
resolver. La mayoría de los exegetas pensaba que Juan no había
querido comunicarnos la verdadera fecha histórica de la muerte de
Jesús, sino que había optado por una fecha simbólica para hacer de
este modo evidente la verdad más profunda: Jesús es el nuevo y
verdadero cordero que derramó su sangre por todos nosotros.
El descubrimiento de los escritos de Qumran nos ha llevado a una
posible solución convincente que, si bien todavía no es aceptada por
todos, tiene un elevado nivel de probabilidad. Ahora podemos decir
que lo que Juan refirió es históricamente preciso. Jesús realmente
derramó su sangre en la vigilia de Pascua en la hora de la
inmolación de los corderos. Él, sin embargo, celebró la Pascua con
sus discípulos probablemente según el calendario de Qumran, es
decir, al menos un día antes –la celebró sin cordero, como la
comunidad de Qumran, que no reconocía el templo de Herodes y
estaba a la espera del nuevo templo--. Por tanto, Jesús celebró la
Pascua sin cordero, no, no sin cordero: en lugar del cordero se
entregó a sí mismo, su cuerpo y su sangre. De este modo anticipó
su muerte coherentemente con su anuncio: «Nadie me la quita; yo la
doy voluntariamente» (Juan 10, 18). En el momento en el que
entregaba a sus discípulos su cuerpo y su sangre, cumplía realmente
con esta afirmación. Ofreció él mismo su vida. Sólo de este modo la
antigua Pascua alcanzaba su verdadero sentido.
San Juan Crisóstomo, en sus catequesis eucarísticas, escribió en una
ocasión: ¿Qué estás diciendo, Moisés? ¿Qué la sangre de un cordero
purifica a los hombres? ¿Qué les salva de la muerte? ¿Cómo puede
purificar la sangre de un animal a los hombres? ¿Cómo puede salvar a
los hombres, tener poder contra la muerte? De hecho, sigue diciendo
Crisóstomo, el cordero sólo podía ser un símbolo y, por tanto, la
expresión de la expectativa y de la esperanza en Alguien que sería
capaz de realizar lo que no podía hacer un animal. Jesús celebró
la Pascua sin cordero y sin templo, y, sin embargo, no lo hizo sin
cordero ni sin templo. Él mismo era el Cordero esperado, el
verdadero, como había preanunciado Juan Bautista al inicio del
ministerio público de Jesús: «He ahí el Cordero de Dios, que quita
el pecado del mundo» (Juan 1, 29). Y Él mismo es el verdadero
templo, el templo vivo, en el que vive Dios, y en el que podemos
encontrarnos con Dios y adorarle. Su sangre, el amor de Quien es al
mismo tiempo Hijo de Dios y verdadero hombre, uno de nosotros, esa
sangre sí que tiene capacidad para salvar. Su amor, ese amor en el
que Él se entrega libremente por nosotros, es lo que nos salva.
El gesto nostálgico, en cierto sentido sin eficacia, de la
inmolación del inocente e inmaculado cordero encontró respuesta en
quien se convirtió para nosotros al mismo tiempo en Cordero y
Templo.
De este modo, en el centro de la nueva Pascua de Jesús se encontraba
la Cruz. De ella procedía el nuevo don traído por Él. Y de este modo
permanece siempre en la santa Eucaristía, en la que podemos celebrar
con los apóstoles a través de los tiempos la nueva Pascua. De la
Cruz de Cristo procede el don. «Nadie me la quita; yo la doy
voluntariamente». Ahora Él nos la ofrece a nosotros. El «haggadah»
pascual, la conmemoración de la acción salvífica de Dios, se
convierte en memoria de la cruz y de la resurrección de Cristo, una
memoria que no sólo recuerda el pasado, sino que nos atrae hacia la
presencia del amor de Cristo. De este modo, la «berakha», la oración
de bendición y de acción de gracias de Israel, se convierte en
nuestra celebración eucarística, en la que el Señor bendice nuestros
dones, el pan y el vino, para entregarse a sí mismo.
Pidamos al Señor que nos ayude a comprender cada vez más
profundamente este misterio maravilloso y a amarlo cada vez más y,
en él, a amarle cada vez más a Él. Pidámosle que nos atraiga con la
santa comunión cada vez más hacia sí mismo. Pidámosle que nos ayude
a no retener nuestra vida para nosotros mismos, sino a entregársela
a Él y de este modo a actuar junto a Él para que los hombres
encuentren la vida, la auténtica vida que sólo puede venir de quien
es Él mismo el Camino, la Verdad y la Vida. Amén.
[Traducción del original italiano realizada por Zenit
© Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana]