
CIENCIA Y FE
En esta página:
¿La ciencia por encima de
todo?
Las ciencias no pueden prescindir de la Trascendencia
El mundo científico no es antitético a la realidad de los valores
espirituales.
Si la ciencia no se pone
al servicio del hombre se traiciona
Ver también en Corazones.org:
Científicos creyentes
-testimonios
Fe y razón
Posibilidades y Límites de la Ciencia
-Benedicto XVI, Nov 2006
¿Dios existe?
Galileo
Iglesia-Mundo
Fe y ciencia: de
nuestro correo
Ciencia
y Conciencia
Ni
hay gene gay ni hay gen de Dios

Science and Theology
¿La
ciencia por encima de todo?
Fuente:
Forumlibertas
Una científico decía que
“debería haber un acuerdo de todos los partidos políticos para que
la ciencia esté por encima de todo” y que “ni la política ni la
religión deberían interferir en la investigación científica”.
El doctor Josef Menguele estaría
de acuerdo. De hecho, en el campo de exterminio de Auschwitz,
Menguele también invocó a la ciencia para realizar sus experimentos
con seres humanos. Pero claro: es que los judíos no eran humanos
para los nazis. Tampoco los embriones humanos lo son para algunos
científicos modernos.
Las ciencias no pueden prescindir de la Trascendencia
Benedicto XVI, Nov 2006,
Texto completo: Zenit
«El
hombre, tanto en su interioridad como en su exterioridad, no puede
ser plenamente comprendido si no se le reconoce abierto a la
trascendencia».
«Privado de su referencia a Dios, el ser humano no puede responder a
los interrogantes fundamentales que agitan y agitarán siempre su
corazón en lo concerniente al fin, y por tanto, al sentido de su
existencia», reconoció.
«En consecuencia, ni siquiera es posible incorporar en la sociedad
aquellos valores éticos que por sí solos pueden permitir una
convivencia digna del ser humano», denunció.
«El destino del ser humano sin su referencia a Dios no puede ser
sino la desolación de la angustia que conduce a la desesperación»,
añadió.
«Solo si se hace referencia al Dios-Amor, que se ha revelado en
Jesucristo, el ser humano puede encontrar el sentido de su
existencia y vivir en la esperanza, a pesar de la experiencia de los
males que hieren su existencia personal y la sociedad en la que
vive».
«La esperanza ayuda a que el hombre no se cierre en un nihilismo
paralizador y estéril, sino que se abra al compromiso generoso en la
sociedad en que vive para poderla mejorar»
El mundo científico no es antitético a la realidad de los valores
espirituales.
Tras el Concilio Vaticano II y después de algunos célebres
documentos de la Iglesia, como la encíclica «Fides et Ratio» de Juan
Pablo II
-Cardenal Poupard, 2007
Al contrario, estas dos realidades son recíprocamente
complementarias. El progreso científico, propiamente interpretado,
ayuda a la mejor comprensión e interiorización de los valores
espirituales, así como los valores espirituales tienen la fuerza
intrínseca de sensibilizar a quienes promueven las investigaciones
científicas. No es posible enumerar todos los ejemplos que muestran
que los valores espirituales, o las intuiciones religiosas, han
influido en el progreso científico. Me detengo sólo en un pequeño
ejemplo que muestra cómo una intuición religiosa ha contribuido al
progreso científico. El problema de los orígenes del mundo, las
investigaciones de astrofísica y los respectivos modelos
interpretativos, con la predominante teoría del Big Bang, son un
resultado de la intuición que tiene las raíces en la fe bíblica en
el acto creativo. Los griegos no se hacían la pregunta sobre la
creación del mundo, convencidos de la eternidad de la materia. Las
investigaciones, inicialmente pertenecientes a las disciplinas
especulativas, pero luego también a las ciencias naturales, tienen
inevitablemente una impronta de las intuiciones religiosas, lo que
no quiere decir sin embargo que no haya habido ningún tipo de
tensión entre fe y ciencia en el curso de los siglos.
Afortunadamente, hoy vemos un mayor diálogo entre cristianismo y
mundo de la ciencia, que es cada vez más profundo y comprometedor, y
que demuestra cuánto podemos aprender los unos de los otros
promoviendo juntos iniciativas de diálogo. Desde hace casi seis
años, el Consejo Pontificio de la Cultura junto a algunas
universidades pontificias, ha iniciado el proyecto científico STOQ (Science,
Theology and the Ontological Quest) que, concediendo becas,
organizando conferencias internacionales y publicando textos
especializados, impulsa el diálogo entre las ciencias naturales y la
reflexión filosófico-teológica. Pero no olvidemos que hay otras
importantes iniciativas y estructuras. Es suficiente recordar la
aportación que, en este sentido, ofrece la Academia Pontificia de
las Ciencias, que une a prestigiosos científicos de todo el mundo,
de diversas culturas y religiones –muchos de ellos ganadores del
premio Nobel– que mantienen un debate académico sobre las cuestiones
científicas, pero referidas a la realidad de los valores y a menudo
correlacionadas con las cuestiones relativas a la fe. En este
sentido, el cristianismo y sus valores, junto con las profundas
intuiciones religiosas, pueden convertirse en una importante fuente
de inspiración para muchas disciplinas científicas, siempre que los
mismos científicos no asuman una postura de desprecio y de rechazo
del tesoro de la fe cristiana.
Si la ciencia no se pone al servicio del hombre se traiciona
Juan Pablo II:
Discurso a
un grupo de rectores de universidades de
Polonia, El 30 de agosto, 2001.
Ilustrísimos y queridos señores y señoras:
1. Os doy la bienvenida y os saludo de corazón. Me alegra poder
recibir nuevamente a los rectores magníficos de las escuelas
superiores polacas. Agradezco al profesor Woznicki, presidente del
Colegio de rectores académicos de las escuelas polacas, la
introducción y las amables palabras que me ha dirigido.
Nuestros encuentros ya son tradicionales y, en cierto modo,
constituyen un signo del diálogo entablado entre el mundo de la
ciencia y el de la fe, «Fides et ratio». Al parecer, ya ha pasado
definitivamente el tiempo en que se trataba de contraponer estos dos
mundos. Como fruto de los esfuerzos de muchos ambientes de
intelectuales y teólogos, sostenidos por la gracia del Espíritu Santo,
aumenta cada vez más la convicción de que la ciencia y la fe no son
extrañas, sino que, por el contrario, ambas se necesitan y se
complementan recíprocamente. Creo que la buena acogida de la
encíclica «Fides et ratio»
se ha debido precisamente a la conciencia cada vez más profunda de la
necesidad de diálogo entre el conocimiento intelectual y la
experiencia religiosa. Doy gracias a Dios por toda inspiración que nos
lleva en esta dirección.
Luces y sombras del progreso de la técnica
2. Durante nuestros encuentros ya he abordado diversos temas
relacionados con la universidad, la escuela de estudios superiores o
el instituto científico como ambiente que influye notablemente sobre
la existencia en el tiempo del hombre, de la sociedad y de la
humanidad. La conciencia del papel extraordinario de la universidad y
de la escuela superior está siempre viva en mí, y por eso me interesa
mucho la atención que se presta a su forma, de modo que la influencia
que ejerce en el mundo y en la vida de todo hombre signifique siempre
el bien, posiblemente el mayor bien en cada sector. Sólo así la
universidad y la escuela superior contribuirán al verdadero progreso y
no representarán un peligro para el hombre.
Me acuerdo de que, cuando escribí mi primera encíclica, «Redemptor
hominis», hace más de veinte años, mi reflexión iba acompañada por
el interrogante sobre el misterio del miedo que experimenta el hombre
moderno. Entre sus diversas fuentes, creí conveniente subrayar una: la
experiencia de la amenaza originada por lo que es producto del hombre,
el fruto del trabajo de sus manos y, más aún, del trabajo de su
inteligencia, de las tendencias de su voluntad. Al comienzo del tercer
milenio, esta experiencia es aún más intensa. En efecto, muy a menudo
sucede que lo que el hombre logra producir gracias a las posibilidades
siempre nuevas del pensamiento y de la técnica se convierte en objeto
de «alienación», y, si no totalmente, al menos en parte, escapa al
control del artífice y se vuelve contra él (cf. «Redemptor hominis»,
15). Los ejemplos de esta situación son muchos. Basta citar las
conquistas en el campo de la física, sobre todo de la física nuclear,
o en el campo de la transmisión de la información, del proceso de
explotación de los recursos naturales de la tierra o, en fin, las
experimentaciones en el campo de la genética y la biología.
Por desgracia, esto afecta también a los sectores de la ciencia
vinculados más con el desarrollo del pensamiento que con los medios
técnicos. Sabemos cuáles amenazas surgieron durante el siglo pasado a
causa de la filosofía puesta al servicio de la ideología. Somos
conscientes de que es muy fácil usar contra el hombre, contra su
libertad y su integridad personal, los logros en el sector de la
psicología. Cada vez con mayor frecuencia descubrimos cómo pueden
destruir la personalidad, sobre todo de los jóvenes, la literatura, el
arte o la música, si en su proceso de creación se inserta un contenido
hostil al hombre.
Al experimentar los resultados de la «alienación» de la obra con
respecto al autor, tanto en la esfera personal como social, la
humanidad se encuentra, en cierto modo, en una encrucijada. Por una
parte, es evidente que el hombre está llamado y dotado por el Creador
para crear, para dominar la tierra. Es sabido también que el
cumplimiento de esta misión ha llegado a ser el motor del desarrollo
en los diferentes sectores de la vida, de un desarrollo que debería
mantenerse al servicio del bien común. Pero, por otra, la humanidad
teme que los frutos del esfuerzo creativo puedan volverse contra ella
e, incluso, transformarse en medios de destrucción.
El importante papel de las universidades
3. En el contexto de esta tensión todos somos conscientes de que las
universidades y los centros de estudios superiores, que promueven
directamente el desarrollo en las diversas esferas de la vida,
desempeñan un papel clave. Por tanto, es necesario preguntarse cuál
debería ser la forma intrínseca de estas instituciones, para que se
lleve a cabo un continuo proceso de creación, de manera que sus frutos
no sufran «alienación» y no se vuelvan contra su artífice, contra el
hombre.
Parece ser que el fundamento de la aspiración a esa orientación de la
universidad es
la solicitud por el hombre, por su humanidad. Cualquiera que sea el
campo de la investigación, del trabajo científico o creativo,
quienquiera que aplique en él su ciencia, su talento y sus esfuerzos
debería preguntarse en qué medida su obra forja primero su propia
humanidad; luego, si hace que la vida del hombre sea más humana, más
digna de él, desde todos los puntos de vista; y, por último, si en el
marco del desarrollo, del que es autor, el hombre «se hace de veras
mejor, es decir, más maduro espiritualmente, más consciente de la
dignidad de su humanidad, más responsable, más abierto a los demás,
particularmente a los más necesitados y a los más débiles, más
disponible a dar y prestar ayuda a todos» («Redemptor hominis», 15).
Esta concepción de la ciencia, entendida en sentido amplio, manifiesta
su carácter de servicio. En efecto, la ciencia, si no se ejerce con
sentido de servicio al hombre, fácilmente puede subordinarse a
intereses económicos, con el consiguiente desinterés por el bien
común, o, peor todavía, puede ser utilizada para dominar a los demás e
incluida entre las aspiraciones totalitarias de las personas y los
grupos sociales.
Por eso, tanto los científicos maduros como los estudiantes
principiantes deberían analizar si su justo deseo de profundizar en
los misterios del conocimiento corresponde a los principios
fundamentales de la justicia, de la solidaridad, del amor social y del
respeto a los derechos de cada hombre, del pueblo o de la nación.
Del carácter de servicio de la ciencia nacen obligaciones no sólo con
respecto al hombre o a la sociedad, sino también, o tal vez sobre
todo, en relación con la verdad misma. El científico no es un creador
de la verdad, sino su investigador. La verdad se le revela en la
medida en que le es fiel. El respeto a la verdad obliga al científico
o al pensador a hacer todo lo que está a su alcance para profundizarla
y, en la medida de lo posible, presentarla con exactitud a los demás.
Ciertamente, como afirma el Concilio, «las cosas creadas y las
sociedades mismas gozan de leyes y valores propios que el hombre ha de
descubrir, aplicar y ordenar paulatinamente» («Gaudium et spes», 36)
y, al respecto, es preciso reconocer las exigencias metodológicas
propias de cada ciencia y arte. Sin embargo, conviene recordar que la
única búsqueda correcta de la verdad es la que se realiza con un
examen metódico, de manera verdaderamente científica y respetando las
normas morales. La justa aspiración al conocimiento de la verdad no
puede descuidar jamás lo que pertenece a la esencia de la verdad: el
reconocimiento del bien y del mal.
Abordamos aquí la cuestión de la autonomía de las ciencias. Hoy, a
menudo, se defiende el postulado de la libertad ilimitada de la
investigación científica. Al respecto, si, por una parte --como he
dicho--, es preciso reconocer el derecho de las ciencias a aplicar los
métodos de la investigación que le son propios; por otra, no se puede
estar de acuerdo con la afirmación de que el campo de las
investigaciones mismas no está sujeto a limitación alguna. El confín
es precisamente la distinción fundamental entre el bien y el mal. Esta
distinción se realiza en la conciencia del hombre.
Por tanto, se puede decir que la autonomía de las ciencias termina
donde la conciencia recta del científico reconoce el mal, el mal del
método, del resultado o del efecto. Por eso es tan importante que la
universidad y el instituto superior de ciencias no se limiten a
transmitir conocimientos, sino que sean el lugar de la formación de la
conciencia recta. En efecto, en esto, y no en los conocimientos,
reside el misterio de la sabiduría. Y, como afirma el Concilio,
«nuestra época, más que los siglos pasados, necesita esa sabiduría
para que se humanicen todos los nuevos descubrimientos realizados por
el hombre. El destino futuro del mundo está en peligro si no se forman
hombres más sabios» («Gaudium et spes», 15).
Es preciso regular la competitividad
4. Hoy se habla mucho de la globalización. Se tiene la impresión de
que este proceso afecta también a la ciencia y que no siempre tiene
una influencia positiva. Una de las amenazas que se ciernen sobre la
globalización consiste en una competitividad malsana. Los
investigadores, más aún, muchos ambientes científicos creen que para
mantener la competitividad en el ámbito del mercado mundial, la
reflexión, las investigaciones y las experimentaciones no pueden
realizarse sólo con la aplicación de métodos justos, sino que deben
adecuarse a los objetivos indicados anticipadamente y a las
expectativas del mayor público posible, aunque esto implique una
transgresión de los derechos humanos inalienables. Desde esta
perspectiva, las exigencias de la verdad ceden su lugar a las así
llamadas reglas del mercado.
Esto puede conducir fácilmente a la reticencia de algunos aspectos de
la verdad o incluso a la manipulación de la misma, sólo para
presentarla de modo aceptable a la opinión pública. A su vez, esta
aceptación es exhibida como prueba suficiente del acierto de esos
métodos injustificables.
En esta situación resulta difícil mantener incluso las reglas
fundamentales de la ética.
Así pues, la competitividad de los centros científicos, aunque es
justa y deseable, no puede desarrollarse a costa de la verdad, del
bien y de la belleza, a costa de valores como la vida humana, desde la
concepción hasta la muerte natural, o de los recursos del ambiente
natural. Por consiguiente, la universidad y todo centro científico,
además de transmitir conocimientos, deberían enseñar cómo reconocer
claramente la licitud de los métodos y también cómo tener la valentía
de renunciar a lo que es metodológicamente posible, pero éticamente
condenable.
Esa exigencia sólo puede realizarse con clarividencia, es decir, con
la capacidad de prever los efectos de los actos humanos y asumir la
responsabilidad por la situación del hombre, no sólo aquí y en este
momento, sino también en el rincón más lejano del mundo y en el futuro
indefinido. Tanto el científico como el estudiante deben aprender
siempre a prever la dirección del desarrollo y los efectos que sus
investigaciones científicas pueden tener para la humanidad.
Colaboración entre ciencias técnicas y humanísticas
5. Estas son sólo algunas reflexiones, algunas sugerencias que nacen
de la solicitud por la dimensión humana de las escuelas de estudios
universitarios. Estos postulados se verificarán más fácilmente si se
establece una estrecha colaboración y un intercambio de experiencias
entre los representantes de las ciencias técnicas y humanísticas,
incluida la teología. Hay muchas posibilidades de contactos en el
ámbito de las estructuras universitarias ya existentes. Creo que
encuentros como este abren nuevas perspectivas de cooperación para el
desarrollo de la ciencia, y para el bien del hombre y de toda la
sociedad.
Si hoy hablo de todo esto, lo hago porque «la Iglesia, que está
animada por la fe escatológica, considera esta solicitud por el
hombre, por su humanidad, por el futuro de los hombres sobre la tierra
y, consiguientemente, también por la orientación de todo el desarrollo
y del progreso, como un elemento esencial de su misión,
indisolublemente unido a ella. Y encuentra el principio de esta
solicitud en Jesucristo mismo, como atestiguan los Evangelios. Y por
esta razón desea acrecentarla continuamente en él, redescubriendo la
situación del hombre en el mundo contemporáneo, según los más
importantes signos de nuestro tiempo» («Redemptor hominis», 15).
Ilustres señores y señoras, os agradezco vuestra presencia y vuestra
voluntad de amplia colaboración con vistas al desarrollo de la ciencia
polaca y mundial, que manifestáis no sólo en ocasiones tan solemnes
como esta, sino también a diario en vuestra actividad universitaria.
Formáis un ambiente particular que, espero, encuentre su equivalente
en las estructuras de la Europa que se une.
Os pido que transmitáis a vuestros colaboradores, a los estimados
profesores, al personal científico y administrativo, y a todos los
estudiantes, mi saludo cordial y la seguridad de mi constante recuerdo
en la oración. Que la luz del Espíritu Santo acompañe a todo el
ambiente de los científicos, los intelectuales y los hombres de
cultura en Polonia. Os sostenga siempre la bendición de Dios.
[Traducción realizada por «L'Osservatore Romano»]