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Esta palabra se utiliza doblemente, para designar tanto a la persona que agoniza, que está en estado de agonía, como también se aplica al religioso de un instituto de votos simples cuya misión principal es asistir espiritualmente a los moribundos.

El término Agonía (del lat. agonĭa, y este del gr. ἀγωνία) significa lucha, combate. Angustia o congoja provocadas por conflictos espirituales, el estado que precede a la muerte.

Para nosotros, cristianos católicos, el tiempo de agonía es el tiempo previo al paso de la muerte al encuentro cara a cara con el Señor.

El catecismo nos dice:

2299 A los moribundos se han de prestar todas las atenciones necesarias para ayudarles a vivir sus últimos momentos en la dignidad y la paz. Deben ser ayudados por la oración de sus parientes, los cuales cuidarán que los enfermos reciban a tiempo los sacramentos que preparan para el encuentro con el Dios vivo.

Los enfermos y agonizantes tienen derecho al cuidado espiritual, no solo físico. Es muy importante ayudarle a prepararse para su encuentro definitivo con Dios, no es bueno engañarles diciéndoles que no pasa nada, que todo está bien, es el momento de las últimas decisiones ante la vida eterna que nos espera. ¿Cómo ayudarles? Acompañándoles con nuestras oraciones, ayudándoles a ofrecer sus propios sufrimientos en unión a los de Cristo en la cruz por la redención de todos los hombres. Hacerles posible la recepción de los sacramentos. Estos sacramentos son la Penitencia, la Eucaristía y la Unción de los enfermos.

El Catecismo en el numero 1525 nos dice: se puede decir que la Penitencia, la Santa Unción y la Eucaristía, en cuanto viático, constituyen, cuando la vida cristiana toca a su fin, "los sacramentos que preparan para entrar en la Patria" o los sacramentos que cierran la peregrinación.

Ayudemos a los agonizantes a estar preparados para este “transito” que todos vamos a pasar. ¿Cómo podemos hacerlo?

+ Rezando el rosario, encomendándolo a la Virgen,

+ Haciendo oraciones a San José, patrón de la Buena Muerte.

+ La Coronilla de la Divina Misericordia que Santa Faustina recibió y a quien Jesus Misericordioso le prometió: "Escribe: cuando recen esta coronilla junto a los moribundos, Me pondré entre el Padre y el alma agonizante no como el Juez justo sino como el Salvador misericordioso" (Diario,1541) y otras oraciones especiales o del santo patron de la persona que agoniza.

En cuanto a los cuidados fisicos a los agonizantes el suministro de alimento y agua (por vías naturales o artificiales) al paciente es considerado un medio "ordinario y proporcionado" para la conservación de vida. Por lo tanto es moralmente obligatorio suministrar alimento y agua al paciente en la medida y mientras se demuestre que cumple su finalidad de hidratar y nutrir al paciente.

Por qué debemos Dar Agua y Comida a Pacientes en el Lecho de Muerte.
(Dr. Luis E Raez)

Existe una controversia muy grande hoy en día en Norteamérica y otras partes del mundo cuando hablamos de la alimentación de pacientes moribundos. Es de “sentido común” para muchos de nosotros, especialmente los cristianos, el dar de comer a los más enfermos porque lo consideramos un acto de amor, compasión y misericordia. Sin embargo es cada vez más frecuente que profesionales de la salud de EEUU y otras partes del mundo digan a los familiares que la hidratación y nutrición son inútiles, promoviendo así el que se deniegue este beneficio al moribundo. De acuerdo a estos profesionales, el hidratar o dar de comer a un moribundo sólo incrementa la probabilidad de complicaciones médicas y no beneficia al paciente. A continuación vamos a hacer una revisión de esta importante controversia.

Cuando hablamos de nutrición nos referimos generalmente a la alimentación de los pacientes por la boca. Sin embargo es muy frecuente que los pacientes moribundos no sólo no puedan alimentarse por sí solos sino que también tengamos que alimentarlos con sondas en el estómago, o a veces administrarles nutrición endovenosa (por las venas). Es obvio que siempre es preferible que los pacientes usen la vía oral primero, pero si no es posible se debe tratar la vía estomacal y, por último, la vía endovenosa, ya que las dos últimas traen complicaciones médicas.

Cuando hablamos de hidratación nos referimos igualmente a la posibilidad de dar fluidos por la boca preferentemente, pero a veces no queda otra opción que usar las sondas o la vía endovenosa.

Legalmente en los Estados Unidos es posible desconectar la nutrición y la hidratación en los pacientes moribundos. Debemos recordar que algo puede ser legal sin ser necesariamente bueno o moralmente aceptable. Estos precedentes legales fueron establecidos a raíz de los casos de Quinlan (1976) y Cruzan (1990) donde la Corte Suprema permitió que se negara la alimentación y nutrición a enfermos terminales y, sin ir muy lejos, en 2005 Terri Schiavo fue desconectada del tubo de nutrición que tenía en el estómago y se la dejó morir sin ninguna hidratación o nutrición con autorización judicial.

Hoy en día la controversia en torno a los pacientes moribundos empieza cuando los médicos, enfermeras o familiares cuestionan la necesidad de alimentar al paciente ya que “de todas maneras se va a morir pronto”. Esto puede ser que ocurra en horas o en días. Existe también la creencia de que quitar la alimentación e hidratación a un paciente moribundo es un acto de "misericordia" ya que así se le deja morir en paz, “morirá más rápido y sufrirá menos”. Respecto al paciente, hay veces que están tan enfermos que no sienten hambre o sed, pero con frecuencia sí las sienten, y su necesidad aumenta si no les proveemos la alimentación o los fluidos.

Creo que todos estamos de acuerdo en que no nos gustaría morir sintiendo hambre y sed por horas o días. Entonces nosotros como familiares o amigos de estos pacientes terminales, como cristianos comprometidos, debemos de decidir cuál es la postura más adecuada para estas circunstancias.

Los cristianos estamos de acuerdo que es moralmente lícito el no usar procedimientos invasivos y agresivos en pacientes moribundos ya que estos sólo prolongarían el sufrimiento de los pacientes y no dan resultado. Estos incluyen la resucitación cardiorespiratoria, el uso de ventiladores, las transfusiones de sangre o el uso de hemodiálisis entre otros. Generalmente en Estados Unidos se le pide a los pacientes en extrema gravedad o con enfermedades incurables que declaren su voluntad (“Living will” o “testamento de vida”) sobre el uso de estos tratamientos, sobretodo resucitación cardiopulmonar en el caso de que lo necesiten. La idea es evitar el uso de procedimientos innecesarios, invasivos y agresivos que prolonguen inútilmente la vida de los pacientes, causen más sufrimiento a ellos o las familias, y que se les deje morir en paz.

Sin embargo para los cristianos la hidratación y la alimentación de los pacientes terminales es un signo de amor, compasión y misericordia, y no consideramos que estén incluidos en la lista de procedimientos extraordinarios, por lo cual nos oponemos a dejar morir a los pacientes sin comida o fluidos. Puede ser cierto, como dicen algunos, que el uso de fluidos y alimentos no beneficie al paciente en el sentido de que no cura la enfermedad ni le prolonga la vida. Pero cuando alimentamos o hidratamos a nuestros seres queridos en el lecho de muerte no estamos buscando solucionar los problemas que la medicina no ha podido hacer. Simplemente estamos aliviando su sensación de hambre y sed, demostrándole cariño y dándole compañía en el lecho de muerte. Para la familia, el alimentar o dar agua al moribundo también constituye un signo de amor ya que le da la tranquilidad de poder ayudar en todo lo posible y en los últimos momentos de vida a sus seres queridos.

Durante su magisterio Juan Pablo II fue muy específico y concreto a este respecto. El claramente estableció que era un acto de compasión cristiana el dar de comer y beber a los enfermos y que no era moralmente correcto dejarlos morir de hambre o de sed.

Con los avances de la tecnología y medicina aumenta el debate sobre estos temas, por lo que es importante no sólo estar enterados de este asunto si no el tener una posición al respecto. Como dijimos más arriba la iglesia no tiene objeción a la renuncia voluntaria del uso de medios desproporcionados y extraordinarios con pacientes moribundos. Ej.: Al no usar una máquina de ventilación en los últimos días u horas de su vida, estamos “dejando morir” al paciente (que es muy diferente de “eutanasia” que consiste en directamente actuar con el propósito de acelerar la muerte del paciente) permitiendo que se ejerza la voluntad de Dios que quiere llevarse ya a esa persona. Pero dejar morir de hambre o de sed o hacer algo que acelere la muerte (darle alguna medicina o hacer un procedimiento que se considere eutanasia) sería un acto inmoral y anticristiano.

(El Dr. Luis E. Ráez es American Board Certified en Medicina Interna y Oncología Médica, y trabaja como profesor asociado en la División de Hematología Clínica y Oncología Médica del departamento de Medicina de la Universidad de Miami, donde también es Director de las Clínicas de Hematología y Oncología Médica. El Dr. Ráez se dedica a la investigación de nuevos tratamientos contra el cáncer y tiene diversas publicaciones científicas en la materia así como numerosas presentaciones en conferencias a nivel nacional e internacional. El Dr. Raez tiene un interés muy particular por la ética médica y ha tenido ocasión de escribir numerosos trabajos y artículos en temas de ética médica así como presentaciones en radio y televisión.)

Ver: Respuestas a algunas preguntas de la Conferencia Episcopal Estadounidense Sobre la alimentación e hidratación artificiales -Congregación para la doctrina de la fe, 1 Agosto, 2007.

Ofrecemos a continuación el Discurso de Juan Pablo II al Congreso sobre "Tratamientos de mantenimiento vital y estado vegetativo: avances científicos y dilemas éticos", del 20 de Marzo, 2004.

Ilustres señoras y señores:

1. Os saludo muy cordialmente a todos vosotros, participantes en el congreso internacional sobre "Tratamientos de mantenimiento vital y estado vegetativo: avances científicos y dilemas éticos". Deseo dirigir un saludo, en particular, a monseñor Elio Sgreccia, vicepresidente de la Academia pontificia para la vida, y al profesor Gian Luigi Gigli, presidente de la Federación internacional de asociaciones de médicos católicos y generoso defensor del valor fundamental de la vida, el cual se ha hecho amablemente intérprete de los sentimientos comunes.
Este importante congreso, organizado conjuntamente por la Academia pontificia para la vida y la Federación internacional de asociaciones de médicos católicos, está afrontando un tema de gran importancia: la condición clínica denominada "estado vegetativo". Las complejas implicaciones científicas, éticas, sociales y pastorales de esa condición necesitan una profunda reflexión y un fecundo diálogo interdisciplinar, como lo demuestra el denso y articulado programa de vuestros trabajos.

2. La Iglesia, con gran estima y sincera esperanza, estimula los esfuerzos de los hombres de ciencia que se dedican diariamente, a veces con grandes sacrificios, al estudio y a la investigación para mejorar las posibilidades diagnósticas, terapéuticas, de pronóstico y de rehabilitación de estos pacientes totalmente confiados a quien los cuida y asiste. En efecto, la persona en estado vegetativo no da ningún signo evidente de conciencia de sí o del ambiente, y parece incapaz de interaccionar con los demás o de reaccionar a estímulos adecuados.
Los estudiosos consideran que es necesario ante todo llegar a un diagnóstico correcto, que normalmente requiere una larga y atenta observación en centros especializados, teniendo en cuenta también el gran número de errores de diagnóstico referidos en la literatura. Además, no pocas de estas personas, con una atención apropiada y con programas específicos de rehabilitación, son capaces de salir del estado vegetativo. Al contrario, muchos otros, por desgracia, permanecen prisioneros de su estado, incluso durante períodos de tiempo muy largos y sin necesitar soportes tecnológicos.
En particular, para indicar la condición de aquellos cuyo "estado vegetativo" se prolonga más de un año, se ha acuñado la expresión estado vegetativo permanente. En realidad, a esta definición no corresponde un diagnóstico diverso, sino sólo un juicio de previsión convencional, que se refiere al hecho de que, desde el punto de vista estadístico, cuanto más se prolonga en el tiempo la condición de estado vegetativo, tanto más improbable es la recuperación del paciente.
Sin embargo, no hay que olvidar o subestimar que existen casos bien documentados de recuperación, al menos parcial, incluso a distancia de muchos años, hasta el punto de que se puede afirmar que la ciencia médica, hasta el día de hoy, no es aún capaz de predecir con certeza quién entre los pacientes en estas condiciones podrá recuperarse y quién no.

3. Ante un paciente en esas condiciones clínicas, hay quienes llegan a poner en duda incluso la permanencia de su "calidad humana", casi como si el adjetivo "vegetal" (cuyo uso ya se ha consolidado), simbólicamente descriptivo de un estado clínico, pudiera o debiera referirse en cambio al enfermo en cuanto tal, degradando de hecho su valor y su dignidad personal. En este sentido, es preciso notar que el término citado, aunque se utilice sólo en el ámbito clínico, ciertamente no es el más adecuado para referirse a sujetos humanos.
En oposición a esas tendencias de pensamiento, siento el deber de reafirmar con vigor que el valor intrínseco y la dignidad personal de todo ser humano no cambian, cualesquiera que sean las circunstancias concretas de su vida. Un hombre, aunque esté gravemente enfermo o se halle impedido en el ejercicio de sus funciones más elevadas, es y será siempre un hombre; jamás se convertirá en un "vegetal" o en un "animal".
También nuestros hermanos y hermanas que se encuentran en la condición clínica de "estado vegetativo" conservan toda su dignidad humana. La mirada amorosa de Dios Padre sigue posándose sobre ellos, reconociéndolos como hijos suyos particularmente necesitados de asistencia.

4. Los médicos y los agentes sanitarios, la sociedad y la Iglesia tienen, con respecto a esas personas, deberes morales de los que no pueden eximirse sin incumplir las exigencias tanto de la deontología profesional como de la solidaridad humana y cristiana.
Por tanto, el enfermo en estado vegetativo, en espera de su recuperación o de su fin natural, tiene derecho a una asistencia sanitaria básica (alimentación, hidratación, higiene, calefacción, etc.), y a la prevención de las complicaciones vinculadas al hecho de estar en cama. Tiene derecho también a una intervención específica de rehabilitación y a la monitorización de los signos clínicos de eventual recuperación.
En particular, quisiera poner de relieve que la administración de agua y alimento, aunque se lleve a cabo por vías artificiales, representa siempre un medio natural de conservación de la vida, no un acto médico. Por tanto, su uso se debe considerar, en principio, ordinario y proporcionado, y como tal moralmente obligatorio, en la medida y hasta que demuestre alcanzar su finalidad propia, que en este caso consiste en proporcionar alimento al paciente y alivio a sus sufrimientos.
En efecto, la obligación de proporcionar "los cuidados normales debidos al enfermo en esos casos" (Congregación para la doctrina de la fe, Iura et bona, p. IV), incluye también el empleo de la alimentación y la hidratación (cf. Consejo pontificio "Cor unum", Dans le cadre, 2. 4. 4; Consejo pontificio para la pastoral de la salud, Carta de los agentes sanitarios, n. 120). La valoración de las probabilidades, fundada en las escasas esperanzas de recuperación cuando el estado vegetativo se prolonga más de un año, no puede justificar éticamente el abandono o la interrupción de los cuidados mínimos al paciente, incluidas la alimentación y la hidratación. En efecto, el único resultado posible de su suspensión es la muerte por hambre y sed. En este sentido, si se efectúa consciente y deliberadamente, termina siendo una verdadera eutanasia por omisión.
A este propósito, recuerdo lo que escribí en la encíclica Evangelium vitae, aclarando que "por eutanasia, en sentido verdadero y propio, se debe entender una acción o una omisión que por su naturaleza y en la intención causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor"; esta acción constituye siempre "una grave violación de la ley de Dios, en cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana" (n. 65). Por otra parte, es conocido el principio moral según el cual incluso la simple duda de estar en presencia de una persona viva implica ya la obligación de su pleno respeto y de la abstención de cualquier acción orientada a anticipar su muerte.

5. Sobre esta referencia general no pueden prevalecer consideraciones acerca de la "calidad de vida", a menudo dictadas en realidad por presiones de carácter psicológico, social y económico.
Ante todo, ninguna evaluación de costes puede prevalecer sobre el valor del bien fundamental que se trata de proteger: la vida humana. Además, admitir que se puede decidir sobre la vida del hombre basándose en un reconocimiento exterior de su calidad equivale a reconocer que a cualquier sujeto pueden atribuírsele desde fuera niveles crecientes o decrecientes de calidad de vida, y por tanto de dignidad humana, introduciendo un principio discriminatorio y eugenésico en las relaciones sociales.
Asimismo, no se puede excluir a priori que la supresión de la alimentación y la hidratación, según cuanto refieren estudios serios, sea causa de grandes sufrimientos para el sujeto enfermo, aunque sólo podamos ver las reacciones a nivel de sistema nervioso autónomo o de mímica. En efecto, las técnicas modernas de neurofisiología clínica y de diagnóstico cerebral por imágenes parecen indicar que en estos pacientes siguen existiendo formas elementales de comunicación y de análisis de los estímulos.

6. Sin embargo, no basta reafirmar el principio general según el cual el valor de la vida de un hombre no puede someterse a un juicio de calidad expresado por otros hombres; es necesario promover acciones positivas para contrastar las presiones orientadas a la suspensión de la hidratación y la alimentación, como medio para poner fin a la vida de estos pacientes.
Ante todo, es preciso sostener a las familias que han tenido a un ser querido afectado por esta terrible condición clínica. No se las puede dejar solas con su pesada carga humana, psicológica y económica. Aunque, por lo general, la asistencia a estos pacientes no es particularmente costosa, la sociedad debe invertir recursos suficientes para la ayuda a este tipo de fragilidad, a través de la realización de oportunas iniciativas concretas como, por ejemplo, la creación de una extensa red de unidades de reanimación, con programas específicos de asistencia y rehabilitación; el apoyo económico y la asistencia a domicilio a las familias, cuando el paciente es trasladado a su casa al final de los programas de rehabilitación intensiva; la creación de centros de acogida para los casos de familias incapaces de afrontar el problema, o para ofrecer períodos de "pausa" asistencial a las que corren el riesgo de agotamiento psicológico y moral.
Además, la asistencia apropiada a estos pacientes y a sus familias debería prever la presencia y el testimonio del médico y del equipo de asistencia, a los cuales se les pide que ayuden a los familiares a comprender que son sus aliados y luchan con ellos; también la participación del voluntariado representa un apoyo fundamental para hacer que las familias salgan del aislamiento y ayudarles a sentirse parte valiosa, y no abandonada, del entramado social. En estas situaciones reviste, asimismo, particular importancia el asesoramiento espiritual y la ayuda pastoral, como apoyo para recuperar el sentido más profundo de una condición aparentemente desesperada.

7. Ilustres señoras y señores, para concluir, os exhorto, como personas de ciencia, responsables de la dignidad de la profesión médica, a custodiar celosamente el principio según el cual el verdadero cometido de la medicina es "curar si es posible, pero prestar asistencia siempre" (to cure if possible, always to care).
Como sello y apoyo de vuestra auténtica misión humanitaria de consuelo y asistencia a los hermanos que sufren, os recuerdo las palabras de Jesús: "En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 40).
A esta luz, invoco sobre vosotros la asistencia de Aquel a quien una sugestiva fórmula patrística califica como Christus medicus; y, encomendando vuestro trabajo a la protección de María, Consoladora de los afligidos y consuelo de los moribundos, con afecto imparto a todos una especial bendición apostólica.

Enlaces de interés:

+ «Para la Iglesia, el paciente en estado vegetativo es una persona humana» Entrevista a Gian Luigi Gigli, presidente de la Federación Mundial de Asociaciones Médicas Católicas (FIAMC)

+ Artículo de comentario. Congregación para la Doctrina de la Fe.

+ Catecismo de la Iglesia Católica: Los Sacreamentos de Curación.

 

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