Desesperación
Padre Jordi Rivero

El camino estrecho que lleva a la vida eterna tiene dos cunetas que debemos evitar: Por un lado está presunción: Creernos ya buenos, sin necesidad de luchar por nuestra conversión y crecimiento en Cristo. Por el otro lado esta la desesperación: Pensar que no es posible seguir adelante, que el camino es demasiado difícil, que no hay remedio.

Con frecuencia la desesperación no es una decisión que hacemos directa y voluntariamente. Pero si existieron decisiones (o falta de decisiones) en el pasado que nos debilitaron antes de enfrentar la crisis. Un corazón demasiado apegado a personas, a relaciones, a cosas, va desplazando a Dios de su centro. Falta la confianza en que Dios de verdad nos ama y nos sostiene a pesar de cualquier prueba. Por eso nos sentimos sin fuerza ante situaciones que creemos no poder superar.  

Cuando "el hombre deja de esperar de Dios su salvación personal, el auxilio para llegar a ella o el perdón de sus pecado. Se opone a la bondad de Dios, a su Justicia -porque el Señor es fiel a sus promesas- y a su Misericordia." Ver "Esperanza" CIC  #2091.  La desesperanza atenta contra el Primer Mandamiento. 

Según Santo Tomás de Aquino (Summa Teológica), la desesperación nos paraliza porque nos aparta de los auxilios que Jesus nos ofrece. Entonces nos dejamos llevar por la corriente de los instintos bajos y no luchamos contra ellos con suficiente fortaleza. Nos apartamos del camino de la virtud y de la lucha de cada día.

Quien desespera puede echarse la culpa de su mal o culpar a otro. Pero no ve como resolver la culpa, no cree tener perdón o no cree poder vivir la cruz que lleva. La desesperación si tiene remedio. Jesús vino para liberarnos, para sanarnos. Solo El puede penetrar hasta el interior de nuestro corazón y sanar las culpas, perdonarnos y darnos la gracia de perdonar.

Es importante que sepamos que podemos vencer la desesperación. La verdad es que para Dios nada es imposible. San Pablo: "Todo lo puedo en aquel que me conforta" -Flp 4,13. El primer paso para sanarse es reconocer el pecado y decidir confiar en Jesús. Si descubrimos que la desesperación nos domina, tendremos que recurrir al Señor aunque no sintamos las ganas de hacerlo. Actuamos entonces por fe. Hace falta integrarse en la iglesia; recibir la gracia de los sacramentos; hacer, aunque requiera gran esfuerzo, lo que sabemos que Dios quiere de nosotros. El es misericordia infinita y nos dará la fuerza.


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