ESTUDIO
Consejos a los
estudiantes, Benedicto XVI, 23
Octubre.
Zenit.org
Quisiera reafirmar también en
esta ocasión, como lo he hecho en varios encuentros con
sacerdotes y seminaristas, la importancia prioritaria de
la vida espiritual y la necesidad de lograr, además del
crecimiento cultural, una equilibrada maduración humana y
una profunda formación ascética y religiosa.
Quien quiera ser amigo de Jesús y convertirse en su
discípulo auténtico ―sea seminarista, sacerdote, religioso,
religiosa o laico― no puede por menos de cultivar una íntima
amistad con él en la meditación y en la oración. La
profundización de las verdades cristianas y el estudio de la
teología o de otra disciplina religiosa suponen una
educación en el silencio y la contemplación, porque es
necesario desarrollar la capacidad de escuchar con el
corazón a Dios que habla.
El pensamiento siempre necesita purificación para poder
entrar en la dimensión donde Dios pronuncia su Palabra
creadora y redentora, su Verbo "salido del silencio", según
una hermosa expresión de san Ignacio de Antioquía (Carta a
los Magnesios VIII, 2). Nuestras palabras sólo pueden tener
algún valor y utilidad si provienen del silencio de la
contemplación; de lo contrario, contribuyen a la inflación
de los discursos del mundo, que buscan el consenso de la
opinión común.
Por tanto, quien estudia en un centro eclesiástico debe
estar dispuesto a obedecer a la verdad y, en consecuencia, a
cultivar una especial ascesis del pensamiento y de la
palabra. Esa ascesis se basa en la familiaridad amorosa con
la palabra de Dios y antes aún con el "silencio" del que
brota la Palabra en el diálogo de amor entre el Padre y el
Hijo en el Espíritu Santo. A ese diálogo también nosotros
tenemos acceso mediante la santa humanidad de Cristo. Así
pues, queridos amigos, como hicieron los discípulos del
Señor, pedidle: Maestro, "enséñanos a orar" (Lc 11, 1), y
también: enséñanos a pensar, a escribir y a hablar, porque
estas cosas están íntimamente unidas entre sí.
Estas son las sugerencias que os doy a cada uno de vosotros,
queridos hermanos y hermanas, al inicio de este nuevo año
académico. Las acompaño de buen grado con la seguridad de un
recuerdo especial en la oración, para que el Espíritu Santo
ilumine vuestro corazón y os lleve a un claro conocimiento
de Cristo, capaz de transformar vuestra existencia, porque
sólo él tiene palabras de vida eterna (cf. Jn 6, 68).
Vuestro futuro apostolado será fecundo y fructuoso en la
medida en que, durante estos años, os preparéis estudiando
con seriedad, y sobre todo alimentéis vuestra relación
personal con él, tendiendo a la santidad y teniendo como
único objetivo de vuestra existencia la realización del
reino de Dios.
Encomiendo estos deseos a la maternal intercesión de María
santísima, Sede de la Sabiduría. Que ella os acompañe a lo
largo de este nuevo año de estudio y escuche todas vuestras
expectativas y esperanzas.