
EUGENESIA
Etim.:
"buena crianza"
La eugenesia busca afectar
por medio de la ciencia la crianza de futuras generaciones. Puede
aplicarse al aspecto físico o mental. El
movimiento eugenista fue fundado por Sir Francis Galton (Nació: 1822,
primo hermano de Charles Darwin) quien derivó su
idea principal de la crianza de caballos de carrera. Pensó que se podían
criar mejores hombres como se pueden criar mejores caballos. Aplicado a
seres humanos, considera que entre la población algunos son dignos de
tener hijos mientras otros no. El
movimiento eugenista no se limita al estudio sino que busca llevar sus
ideas a la práctica. Los nazis en Alemania abrazaron la eugenesia con el
propósito de crear un super hombre y eliminar a los que consideraban
indeseables.
Margaret Sanger - fundadora
de Planned Parenthood -organización en la vanguardia del control
de la población y el aborto en el mundo entero- apoyó los conceptos de
la eugenesia. En la actualidad Planned Parenthood esconde esta realidad
pero no ha renunciado a ella.
Especialista en bioética desenmascara los
subterfugios para justificar la eugenesia
Declaraciones de la doctora Claudia Navarini
-6
octubre 2004 (ZENIT.org)
Términos como «eugenesia positiva», «eugenesia buena» o «eugenesia
inocente» pretenden justificar éticamente la injustificable práctica de
la eugenesia, alerta una especialista en bioética, la doctora Claudia
Navarini.
«Tras encendidas reacciones de indignación frente a la acusación de
querer volver a practicar la eugenesia, los partidarios de la selección
genética pre-implantatoria parecen cambiar de dirección --explica a
Zenit la profesora de la Faculta de Bioética del Ateneo Pontificio
Regina Apostolorum en Roma --. Se presentan de hecho nuevas expresiones
lingüísticas que tienen el objetivo preciso de reconciliarse con la
incómoda práctica».
Así, el «diagnóstico pre-implantatorio» o «el examen de ADN» «suenan
bastante inocuos a los oídos del gran público», y términos como «pre-zigoto»
o «pre-embrión» «confunden la percepción común sobre el valor de la vida
prenatal», alerta.
«Pero ahora son sobre todo las locuciones “eugenesia positiva”,
“eugenesia buena” o “eugenesia inocente” las que se atreven a ir más
lejos, insinuando la existencia de una diferencia ética entre distintos
tipos de eugenesia», denuncia.
Cita la experta una advertencia reciente sobre los peligros de tal
distinción contenida el libro «La vida en venta. Biología, medicina,
bioética y poder del mercado», en el que, dialogando con el filósofo
Charles Godin, el genetista Jacques Testart observa que «nos encaminamos
hacia una verdadera posibilidad de elección del hijo por venir, gracias
a la genética diagnóstica».
«En consecuencia, la selección de embriones es una eugenesia positiva
sobre la pareja de progenitores y negativa sobre la casi totalidad de
sus embriones», prosigue la profesora.
Para la doctora Navarini, se trata de un «eugenismo enmascarado de
espíritu democrático» «que pretende mantener las distancias del
totalitario “ligado para siempre al nazismo”», pero que «“llega a
considerar el embrión (por caridad) como material médico que se puede
cribar para ofrecer un producto-hijo lo más ‘perfecto posible’ ”» (Cf.
N. Tiliacos, Nasce l’eugenetica innocente, «Il Foglio», 21 septiembre
2004, p. 1).
Igualmente es un «eugenismo en el que se confunde el deseo del hijo con
el derecho al hijo sano --añade--, cultivando contemporáneamente la
titánica ilusión de poder eliminar todo dolor y sufrimiento del hombre».
Pero también --apunta-- es «un eugenismo que se intenta hacer que
parezca normal, habitual, casi por descontado», como cuando se afirma
que «ya casi todas las mujeres se someten a amniocentesis» o que «la
investigación en las células estaminales se hace ya importando embriones
de países que no permiten su congelación».
Para la doctora Navarini en la eugenesia la clave está en la mala
comprensión del valor de la vida humana, desde el momento «del
inquietante intento de hacer coincidir los límites de lo humano con los
mucho más restringidos de lo biológico, promoviendo una “utopía
sanitaria” que produce aberrantes discriminaciones entre los seres
humanos».
«En otras palabras, con la selección genética pre-implantación el inicio
de la vida se transforma de misterio --que hay que acoger y aceptar-- a
sencilla “hipótesis” o “proyecto” que hay que verificar y, sólo si
satisface, realizar», explica.
Entonces, «como un producto, la vida humana en estadio embrional es
despojada de su dignidad personal para hundirse en el reino de las cosas
que se pueden elegir y manipular».
Con todo, «las causas continuamente adoptadas parecen nobles –denuncia
la especialista—: impedir la propagación de enfermedades como la
fibrosis quística, tratar la talasemia, salvar millones de vidas
utilizando los embriones “descartados” para la investigación del
Alzheimer o del Parkinson».
Sin embargo, subraya que aquí es imprescindible preguntarse: «¿El
sacrificio de minúsculas vidas humanas inocentes, llamadas forzadamente
a la existencia para después ser no menos forzadamente eliminadas podrá
ser jamás “el justo precio que hay que pagar” para obtener tales
beneficios?».
«El sentido ético común aborrece la eventualidad de una supresión
selectiva de las personas sobre base genética o sanitaria –alerta la
doctora Navarini--, recordando no sólo cuanto ocurrió en la Alemania
nacional-socialista y, si bien menos debatido, en el ex imperio
soviético, sino cuanto sucedió “democráticamente” en el norte de Europa
hasta los años setenta o sucede incluso hoy “humanitariamente” –a menudo
con fondos de la ONU-- en China y en los países en vías de desarrollo».
«Si la selección de los embriones parece menos aberrante, en cambio, es
porque no existe una justa y coherente concepción de su dignidad
humana», aclara.
Decir hoy que «el embrión no es uno de nosotros» --«tanto menos el pre-embrión,
o el pre-zigoto»-- «equivale a deshacerse, en nombre del progreso
científico, de cuanto la ciencia ha avanzado demostrando desde hace años
la imposibilidad de identificar un momento en el desarrollo embrional en
que el ser en formación no sea una vida humana», subraya la profesora
Navarini.
En este punto, considera necesario dar un paso adelante «superando los
límites de la ciencia y entrando en la jurisdicción de la investigación
filosófica, que puede autorizadamente responder a la cuestión de si una
vida humana puede ser distinta de la vida personal».
De hecho --explica-- «lo que por esencia distingue a un ser humano de
cualquier otro ser es su dignidad propia»: «algo que subsiste por debajo
de todos los aspectos observables del hombre y que tiene que ver con la
unión indisoluble de elemento material (cuerpo) y elemento espiritual
(alma) de la que ya hablaba Aristóteles».
De ahí que el Catecismo de la Iglesia católica precise que el cuerpo del
hombre «es precisamente cuerpo humano porque está animado por el alma
espiritual» (Cf. n. 364), cita.
«Si la ciencia, por lo tanto, ha verificado que el zigoto y el embrión
son cuerpos humanos, y el cuerpo humano es tal porque está animado por
un espíritu de naturaleza racional, el zigoto y el embrión son, igual
que nosotros, espíritus encarnados, esto es, personas», razona.
Entonces «ninguna característica adquirida en el curso de la vida y
ninguna condición contingente del individuo pueden identificar la
aparición de la dimensión personal humana», recalca.
Para la doctora Navarini, «la conclusión, tal vez empíricamente poco
intuitiva, pero lógicamente indisputable y filosóficamente necesaria, es
que el zigoto y el embrión tienen los mismos derechos que los demás
hombres», así que «no pueden ser seleccionados y matados» por ningún
«objetivo», «justa causa», afecciones «hereditarias» o «defectos
genéticos».
-Zenit ZS04100603