
7 Grandes desafíos al
Evangelizar
Cardenal Paúl Poupard
(Ver también:
evangelizar)
Los 7 principales
retos que enfrentamos como Iglesia en la era moderna para una
evangelización más eficaz.
1.
El desafío de la verdad frente al pensamiento débil
2. Anunciar
a Jesucristo en la era del New Age
3. Persona humana y familia
4.
Ser cristiano en el mundo de la economía globalizada
5. Las nuevas
sociedades multiculturales
6. La revolución informática
7. La tutela del medio
ambiente
1. El
desafío de la verdad frente al pensamiento débil
La post-modernidad se caracteriza por la aparición de una nueva
racionalidad. La razón autónoma, privada de la ayuda de la fe, ha
recorrido caminos que han conducido a Auschwitz y al Gulag. Era normal
que se llegara el hastío y a la búsqueda de un nuevo modo de
racionalidad, El hombre postmoderno es hedonista y consumista, como le
enseña el sistema. A diferencia del escriba prudente del que hablaba
Jesús, que sacaba del arcón lo viejo y lo nuevo, nuestro hombre compra
cada mañana una cosa nueva y a la tarde la tira porque es vieja.
Relativista y escéptico, prefiere un pensamiento débil y fragmentario
que no le comprometa a nada. Humberto Eco define nuestra época como la
época del feeling, el sentimiento, sobre la verdad. Se vive de
impresiones, de impactos sensoriales o emocionales, de lo efímero.
Es precisamente en la concepción de la verdad y de la razón donde con
mayor fuerza se deja sentir la crisis de la modernidad. Según Vattimo,
el único espacio que queda libre consiste en «abrirse a una concepción
no metafísica de la verdad... En términos muy generales... se puede
decir que la experiencia post-moderna de la verdad es una experiencia
estética y retórica» (13. Cuando fracasan estrepitosamente los mitos
de la modernidad que habían constituido su bandera, es la razón misma
la que se repliega desencantada sobre sí misma y renuncia a su más
alta vocación, la búsqueda de la verdad, contentándose en lugar de
ello con verdades parciales y fragmentarias. Oyendo hablar de verdad,
nuestro mundo responde con la pregunta cínica y desengañada de
Pilatos: ¿y qué es la verdad?
El cristianismo, en cambio, se presenta con algunas exigencias
filosóficas irrenunciables, que Juan Pablo II ha expuesto en la
encíclica Fides et Ratio. La religión del Logos encarnado no puede
renunciar a la razón y a la pretensión de hallar la verdad toda entera.
«Sólo deseo reivindicar la capacidad que el hombre tiene de conocer
esta dimensión trascendente y metafísica de manera verdadera y cierta,
aunque imperfecta y analógica» (Fides et Ratio, 83). El cristiano no
puede renunciar al anuncio de la verdad, convencido de que la
necesidad más radical del hombre es saciar el hambre de verdad, y que
la peor forma de corrupción es la intelectual, que aprisiona la verdad
en la injusticia, llamando al mal, bien e impidiendo el conocimiento
de la realidad tal y como es.
¿Cómo reconciliar la religión del Logos encarnado, cuya pretensión
fundamental es la de ser religio vera, con una cultura que ha
renunciado a toda pretensión de conocer la verdad? ¿Cómo hablar de
verdad a una cultura que aborrece instintivamente conceptos y palabras
fuertes? (14). Este es el desafío que tenemos planteado, para el que
yo no veo más solución que proponer, no ya la verdad, sino una cultura
de la verdad. Una cultura de la verdad hecha de inmenso respeto y
acogida hacia la realidad, traducida en respeto hacia la persona, que
es la forma eminente de lo real. En esta cultura de la verdad, en la
que la dimensión de la atención, el cuidado, la sensibilidad, la
búsqueda humilde adquiere un protagonismo especial, es posible
reconciliar la razón y el sentimiento que la postmodernidad juzga
incompatibles. Y así, paradójicamente, San Agustín se vuelve más
actual que nunca, al realizar en su vida la unión entre la verdad y el
sentimiento. Agustín dice «ve adonde tu corazón te lleva» -como reza
el título de la novela de Susana Tamaro-, «es decir, hacia la verdad».
2. Anunciar a
Jesucristo en la era del New Age
Íntimamente vinculado al desafío anterior está el que constituye
anunciar a Jesucristo en una era de religiosidad salvaje. Se ha
hablado mucho en los últimos tiempos del «retorno de Dios, como sí
Dios hubiera estado alguna vez lejos del mundo y del hombre, o, con
más precisión, del regreso de una religiosidad salvaje. Podemos así
aventurar una primera constatación a la profecía con que abríamos esta
conferencia: sí, el siglo XXI parece más religioso que el precedente.
La cuestión no está en saber si nuestro tiempo creerá o no, sino en
qué creerá. Si Heidegger definía la modernidad como un estado de
incertidumbre acerca de los dioses, la post-modernidad representa en
cambio el regreso triunfal de los dioses. No del Dios personal que se
ha revelado en Jesucristo, sino de los dioses y las mitologías y
religiones pre-cristianas, entre las que los cultos célticos, por su
vinculación a la naturaleza, adquieren un especial relieve. Cultos pre-cristianos,
que en cada región adquieren una coloración especial: si en la Europa
atlántica se trata de mitologías célticas, en la América Hispana se
vuelve a los cultos precolombinos, o incluso, como en algunas partes
de Europa, entre ellas España, se añora un pasado musulmán idealizado
como una especie de edad dorada que la llegada del cristianismo ha
venido a destruir. Del regreso a las mitologías pre-cristianas pasamos
a la magia, el ocultismo y el preocupante aumento de las sectas
satánicas. Humberto Eco, nada sospechoso de beatería, tiene razón
cuando cita al gran Chesterton para describir la paradoja actual:
«Cuando los hombres dejan de creer en Dios, no es que no crean en
nada. Creen en cualquier cosa» (15).
Se trata del regreso de una religiosidad salvaje, que el cardenal
Lehmann ha definido «teoplasma», una especie de plastilina religiosa a
partir de la cual cada uno se fabrica sus dioses a su propio gusto,
adaptándolos a las necesidades propias (16).
De nuevo se plantea ante nosotros el desafío en toda su formidable
magnitud: ¿cómo anunciar en medio de este magma religioso, en el gran
supermercado del bricolaje religioso, a Jesucristo, el Hijo de Dios
hecho hombre, que ha dejado la Iglesia en la tierra como signo y
continuadora de su misión entre los hombres? Aquí es donde se requiere
toda la audacia del evangelizador, recordando las palabras, hoy más
actuales que nunca, de Juan XXIII en la inauguración del Concilio
Vaticano II, que pude escuchar personalmente siendo su colaborador:
«una cosa es el depósito mismo de la fe, o las verdades contenidas en
nuestra doctrina, y otra el modo en que éstas se enuncian,
conservando, sin embargo idéntico sentido y alcance» (17).
En este contexto adquiere también una actualidad especial un tema que
ha sido reiteradamente propuesto por el Santo Padre y que en los días
pasados hemos tratado ampliamente en el Consistorio apenas concluido:
el diálogo interreligioso. Ya Juan Pablo II había señalado el diálogo
con los creyentes de otras religiones como una prioridad en la carta
de preparación al gran Jubileo, reiterado después en el mensaje que
nos ha dejado a conclusión del año Jubilar (18). Es un imperativo
inaplazable para proponer una firme base de paz y alejar el espectro
funesto de las guerras de religión que han bañado de sangre tantos
períodos en la historia de la humanidad. Se trata de un diálogo
difícil, hecho de respeto, tejido con amorosa paciencia, que no se
cansa ni se deja vencer ante los primeros reveses, que, sin embargo,
nunca puede reemplazar el anuncio explícito de Jesucristo, que es el
camino, la verdad y la vida (Jn 14,6). Es un diálogo en perpetuo
equilibrio entre la búsqueda de caminos de colaboración con otros
creyentes, especialmente en la defensa de la vida y en la lucha contra
el materialismo asfixiante, y la necesidad de evitar que degenere en
sincretismo. Donde todo vale lo mismo, en definitiva nada vale nada.
Yo mismo, tras haber dedicado años de estudio al fenómeno de las
religiones (19), estoy convencido de que de su estudio, bien
orientado, es un camino que acaba conduciendo a Cristo, en quien toda
realidad humana, incluida la religión, alcanza su plenitud.
El diálogo no puede sustituir a la misión, ni convertirse en un
consenso de mínimos. Como actividad inteligente, según la llamaba
Pablo VI, es un camino hacia la verdad, a la que se llega a través de
la experiencia del encuentro entre personas. Por eso, en realidad,
creo que más que de diálogo entre religiones, habría que hablar de
diálogo entre religiosos. El diálogo, que es una categoría
eminentemente personal, tiene lugar siempre entre dos sujetos
personales, y cuanto mayor y más profunda sea la experiencia de Dios
de quienes dialogan, tanto mayores cotas de autenticidad alcanzará. El
diálogo no puede nunca renunciar a presentar a Jesucristo buscando
hacerse aceptar más fácilmente, ni escamotear el misterio trinitario,
pensando que es un escollo en la predicación. De nuevo el paradigma ha
de ser el del escriba sabio y prudente, que sabe sacar del arcón lo
viejo y lo nuevo en su diálogo con los creyentes de otras religiones,
según las necesidades de sus interlocutores, acompasando su
conversación al paso de éstos. A veces tendrá que contentarse con un
simple conocimiento mutuo, en la esperanza de que un pequeño puente
tendido hoy pueda mañana servir de intercambio fecundo entre
creyentes.
3.
Persona humana y familia
El tercer gran desafío de nuestra época tiene como objeto directamente
al hombre. El inicio del Milenio nos sorprendió con el anuncio oficial
hecho por F. Collins y C. Venter, del desciframiento completo del
genoma humano, la monumental enciclopedia donde con sólo cuatro letras
está escrito el hombre. Unos meses después llegan voces confusas de
que en algunos centros de investigación se han modificado
genéticamente algunos embriones durante el proceso de fecundación in
vitro. Desde diversas instancias se solicita la clonación de embriones
humanos con fines terapéuticos, o al menos así se dice. Debemos
rendirnos a la evidencia: la clonación reproductiva de seres humanos es
técnicamente posible, y será muy difícil evitar que algún grupo de
científicos, empujados por un deseo prometeico de traspasar una
frontera hasta ahora considerada inviolable, se decidan a clonar un
ser humano. A la repugnancia que ahora nos produce esta consideración,
acabará sucediendo en la opinión pública primero una especie de
resignación ante los hechos consumados, y después, una decidida
aceptación. Hemos llegado así al borde de los escenarios futuristas
descritos por Aldous Huxley, hace más de 60 años en su conocida obra
Brave New World, Un mundo feliz, donde los seres humanos son
producidos, sometidos a precisos controles de cualidad, y ya no
engendrados.
El hastío producido por el desarrollo implacable de la técnica, que
invade todos los dominios de la vida humana, no ha logrado impedir la
difusión de una mentalidad que considera al hombre como objeto, y no
como sujeto, y por tanto, capaz de ser manipulado o modificado para
adaptarlo a los estándares de producción. En un mundo así, los
débiles, los enfermos, los ancianos, los que no poseen un cuerpo
hermoso, están destinados a una progresiva marginación. La aprobación
de la eutanasia activa en Holanda, es sólo el primer paso de un
proceso que acabará imponiéndola en los demás países para eliminar, so
capa de humanidad, los elementos menos productivos del sistema
económico y que más recursos consumen. Está por otra parte la
desintegración del modelo familiar. La aprobación de leyes reguladoras
de las parejas de hecho en toda Europa, y cuyo último e inconfesado
fin es el de equiparar las uniones entre homosexuales al matrimonio
monoparental. El aumento espectacular de matrimonios deshechos, de
uniones irregulares, con hijos procedentes de diversos padres... todo
tiene un profundo impacto en la sociedad. La visión antropológica de
la compiementariedad de sexos, entre el hombre y la mujer, cede a la
ideología del género, tal y como se presentó en la cumbre mundial de
Pekín (1995): cada uno configura su propia orientación y
comportamiento sexual libremente, sea heterosexual, homosexual o
bisexual, como un derecho ejercido libremente.
Inútil decir que para la Iglesia se trata de un desafío epoca]. La
desintegración de la persona, irá dejando a los bordes del camino
seres maltrechos y heridos, a quienes la Iglesia habrá de recoger con
infinito amor: personas que se declaran abiertamente homosexuales,
producto de complejas situaciones familiares y afectivas, y de la
educación ambiental, para quienes será necesario hallar un espacio en
la Iglesia, sin renunciar a la verdad acerca del hombre. Nos
hallaremos cada vez más con más personas que han sufrido un proceso de
maduración personal deficiente, marcados por profundas carencias
afectivas y emotivas. Acaso niños creados en laboratorio, a quienes no
dejaremos de acoger, aun cuando denunciemos a quienes recurren a las
técnicas de clonación para traerlos al mundo. Y al mismo tiempo, la
presión será cada vez mayor contra quien ose desafiar la medida social
impuesta, es decir, contra las familias, unidas, estables y abiertas a
la vida, a toda la vida, desde su concepción hasta su fin natural.
A este hombre del siglo XXI, prófugo, vagabundo de afecto, es a quien
hay que anunciar el misterio de la íntima comunidad de personas en
Dios Trinidad, la Encarnación del Hijo en el seno de una familia, la
llamada a la comunión con los demás en la familia de los hijos de
Dios, desarrollando un proyecto de vida en un matrimonio o en la vida
comunitaria.
4.
Ser cristiano en el mundo de la economía globalizada
Nuestro recorrido por las tareas que la Iglesia debe afrontar, nos
pone ante una pregunta formidable: ¿cómo ser cristiano en un mundo
globalizado?
Un vistazo somero a los periódicos y a las agendas culturales nos
confirma que «globalización» es la palabra de moda en los foros y
seminarios de discusión internacional. La globalización económica y
cultural es un fenómeno sumamente complejo que estamos tratando de
descifrar. Prueba de esta complejidad es lo que se ha dado en llamar
«el pueblo de Seattle», la contestación radical a la globalización,
que paradójicamente es un producto de la globalización misma, pues ha
logrado amalgamar elementos tan heterogéneos como los pueblos nativos
americanos, movimientos anarquistas, sectas orientales, desocupados y
sin tierra, procedentes de todo el planeta, y ello gracias al
principal motor de la globalización, que es la Internet.
Por eso el juicio acerca de la globalización ha de ser prudente.
Contiene elementos muy positivos, que facilitarán enormemente el
intercambio entre pueblos diversos, y también -¿por qué no?el anuncio
del Evangelio. El riesgo es el de una homogenización, no sólo
lingüística, diseñada por unos pocos y difundida a través de medios de
comunicación potentísimos que lo invaden todo, que sería una amenaza
para la libertad.
Para la Iglesia, el compromiso principal en la hora actual está en la
defensa de los débiles, especialmente de los nuevos esclavos que la
globalización está produciendo. Estamos ante un fenómeno migratorio
sin precedentes en la historia de la humanidad. El descenso de la
natalidad en Europa y el aumento de la demanda de mano de obra, hacen
necesaria la llegada de trabajadores extranjeros. Según datos
recientes, se calcula que para el año 2050, un país como España tendrá
cerca de 13 de millones de trabajadores extranjeros.
Estamos ante un proceso de cambio social y cultural de incalculables
proporciones, que debe hacernos reaccionar. Se ha dicho que la Iglesia
perdió la clase obrera en los siglos xix y xx, abandonándola en manos
de movimientos revolucionarios, por no haber sabido movilizar los
recursos de que disponía en favor de los trabajadores explotados, que
es justamente lo que pedía Federico Ozanam. La experiencia de los
errores del pasado debería ayudarnos a no ignorar el drama de los
millares de trabajadores que cruzan cada mes el Estrecho en
embarcaciones de fortuna buscando simplemente huir del espectro del
hambre. ¿Sabrá la Iglesia estar al lado de los nuevos esclavos del
siglo XXI? ¿Pasará la Iglesia del siglo XXI a estos nuevos bárbaros, y
dar lugar a una nueva síntesis capaz de fecundar con nuevos valores la
cultura europea decadente? He aquí el desafío.
5. Las nuevas
sociedades multiculturales
Esto nos lleva directamente a otro gran compromiso de la hora actual:
la presencia de la Iglesia en una sociedad multicultural y pluralista.
El imparable flujo de emigrantes procedentes de ambientes culturales
diferentes, no sólo provocará un profundo cambio social, sino también
cultural. El respeto a la identidad cultural de los recién llegados no
puede ponerse en discusión. Este derecho sin embargo es correlativo al
respeto por la identidad cultural del pueblo de acogida, que no puede
menospreciarse en aras de una mal entendida tolerancia. De otro modo
se estarían reproduciendo, a la inversa, la destrucción cultural
cometida con frecuencia en el pasado por colonizadores europeos en
otros pueblos. Europa tiene su propia identidad cultural. No es una
tabla rasa en la que se parte de cero, o por usar la expresión de
Alain Finkielkraut, el área «pic-nic» de la autopista, donde cada uno
aporta su propia comida (20). Europa tiene su propia identidad, en
cuya forja el Cristianismo no ha sido sólo un factor accidental.
El mensaje de Año Nuevo del Santo Padre, dedicado precisamente al
diálogo entre las culturas, ofrece al respecto pautas iluminadoras
(21). Nos exige ser a la vez audaces en el diálogo intercultural, sin
renunciar a la propia identidad. Es importante para países como
Francia, España, Italia, amenazados de una actitud de entreguismo que
renuncia a priori y sin condiciones a su propia identidad cultural,
como ignorando su propio pasado. Un país que renuncia a su propia
memoria colectiva, está condenado a vivir bajo la dictadura de lo
social, que es el imperio del presente, en el que los muertos no
tienen voz y sólo cuentan los vivos. De todas las necesidades del alma
humana -escribe Simone Weil, ninguna es tan vital como el pasado, que
no consiste en querer vivir en otra época, sino en conservar un
vínculo y escapar a la tiranía del presente (22).
Cuando a la base del modelo pluralista existe únicamente una concepción
relativista de los valores, la democracia se ve amenazada en sus
mismos fundamentos. La democracia tal y como la conocemos, ha surgido
sobre la base de un sistema de valores impregnado, en mayor o menor
medida, por una concepción cristiana del hombre y de la sociedad.
Nuestras democracias en Europa están enfermas, precisamente por su
patética desvinculación del sistema de referencia a partir del cual
han sido engendradas. Es urgente devolver un alma a nuestras
democracias, propiciar un profundo rearme ético que tenga en cuenta
sus raíces profundas. La Iglesia, como experta en humanidad y
conocedora a fondo del corazón humano, tiene mucho que decir en la
tarea de formar una conciencia cívica y política. No es el sueño
nostálgico de un protagonismo perdido, sino la conciencia del papel
que tiene que desempeñar en el sistema democrático.
6. La
revolución informática
Llegamos así a la revolución informática, la llamada tercera
revolución, que está transformando a marchas agigantadas nuestro modo
de acceso al mundo. En muy pocos años, hemos asistido a un desarrollo
impresionante de las técnicas de comunicación a distancia, y a
la
creación de una red mundial, Internet. Paul Ricoeur, el infatigable
buscador del sentido de las cosas, hace un diagnóstico implacable del
mal de nuestro tiempo: hay una hipertrofia de los medios y una atrofia
de los fines. Hay demasiados medios para los escasos y raquíticos
fines que se proponen en nuestra sociedad. Tenemos mucha información,
sabemos más, pero esta información no nos hace más sabios, ni por
tanto, mejores (23).
A nadie se le oculta que estos valores positivos, estas promesas, se
presentan de la mano de formidables amenazas y desafíos no sólo para
la Iglesia, sino para el hombre. ¿No es significativo que «El Gran
Hermano» haya sido el programa más visto en buena parte de los países
de Europa Occidental, y que la omnipresente vigilancia de las cámaras
haya sido protagonista de diversos films? Parece como si en nuestros
tiempos se cumpliera realmente lo que Berkely afirmara: esse est
percipi. Lo que no se percibe a través de los medios, es como si no
existiera.
La Iglesia vive en este mundo, usando estos medios de comunicación. No
puede prescindir de ellos, pues su misión primera y esencial es
comunicar una Buena Noticia. Es posible establecer una simbiosis
fecunda en la que la Iglesia del recuerdo, de la sabiduría y del gozo
puede salvar a los medios de la transitoriedad, la dispersión y el
ocio sin sentido; y a su vez, los medios pueden aportar a la Iglesia
frescura, atención al mundo contemporáneo y un modo atractivo y
agradable de comunicar el anuncio de Jesucristo (24). La Iglesia, que
es comunicadora por excelencia, puede aprender mucho de los medios de
comunicación. Los medios, que viven de lo efímero, pueden aprender de
la Iglesia, que es experta en humanidad.
7.
La tutela del medio ambiente
El desarrollo de la economía y el agotamiento de ciertos recursos
naturales ha colocado en primer plano la urgencia por la conservación
del medio ambiente. El cambio climático, el efecto invernadero, el
avance de la desertización, han dejado de ser problemas teóricos para
convertirse en una preocupación de todos. Es una nueva conciencia
ecológica, llena de incoherencias, pues al mismo tiempo que nos
preocupa la contaminación y pérdida de ambientes naturales, y soñamos
con el encanto de una vida en contacto con la naturaleza, estamos
dispuestos a hacer bien poco por renunciar a las comodidades
responsables del desgaste medioambiental: no queremos renunciar a las
autopistas, ni a la calefacción en invierno, ni al aire acondicionado
en verano.
Para la Iglesia, esta nueva conciencia ecológica es un desafío y una
oportunidad: conducir al hombre hacia la trascendencia, enseñándole a
recorrer el camino que parte de la experiencia de la creación y
desemboca en el conocimiento del creador, superando la tentación de
divinizar la Tierra. La Escritura y el ejemplo de algunos santos, cuyo
paradigma es San Francisco de Asís, ofrecen puntos de apoyo para esta
evangelización de la ecología.