
FILOSOFIA
Etim. Del griego.
filosofía, a través del latín,
philosophia.
La ciencia que trata de la esencia,
propiedades, causas y efectos de las cosas naturales.
Ver:
Miscelánea
Teológica
El interés de
la Iglesia por la filosofía
Prof. Alfonso Carrasco Rouco
Facultad de Teología "San Dámaso"
Madrid
1. La Iglesia no es ni puede ser ajena al camino de búsqueda del
hombre, que vive humanamente precisamente cuando siente la urgencia
de conocer la verdad de las cosas y de su propia existencia, para
comprender su sentido y orientar su realización[1]. Entre los medios
de que dispone el hombre en esta búsqueda destaca la filosofía, que
surge y se desarrolla cuando la persona comienza a interrogarse
sobre el porqué y la finalidad de la realidad. Así entendida, como
"amor a la sabiduría", la filosofía es una de las tareas más nobles
de la humanidad[2].
Por su parte, la Iglesia ha recibido en el Misterio pascual "el don
de la verdad última del hombre"[3] y, por ello, la diaconía de la
verdad es parte integrante de su misión en medio del mundo.
Acompañando a los hombres en los caminos de la historia, se siente
responsable de anunciar las certezas adquiridas, en la conciencia de
que constituyen una etapa hacia "la verdad total que se manifestará
en la revelación última de Dios"[4].
Así, desde los inicios, la Iglesia ha afirmado su cercanía a la
búsqueda filosófica de la sabiduría, consciente de que el uso
riguroso de la razón y el esfuerzo auténtico del hombre por alcanzar
la verdad están llamados a culminar en el encuentro creyente con el
Logos divino hecho carne. Pues la razón no se contrapone ni
contradice a la fe, sino que, al revés, ambas se refuerzan y se
debilitan conjuntamente[5], como "las dos alas con las cuales el
espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad"[6]. De
hecho, "es ilusorio pensar que la fe, ante una razón débil, tenga
mayor incisividad; al contrario, cae en el grave peligro de ser
reducida a mito o superstición. Del mismo modo, una razón que no
tenga ante sí una fe adulta no se siente motivada a dirigir la
mirada hacia la novedad y la radicalidad del ser"[7].
El interés de la Iglesia por la filosofía se enraíza, pues, en su
reconocimiento del significado constitutivo de este pensar para la
humanidad de cada hombre que busca comprender el sentido y dar forma
a la propia existencia. Por ello, el interés por filosofía no es
sólo preliminar, como un preámbulo que podría ser dejado atrás en el
camino de la fe; sino que la Iglesia "considera a la filosofía como
una ayuda indispensable para profundizar en la inteligencia de la fe
y comunicar la verdad del Evangelio a cuantos aún no la conocen"[8].
2. En esta responsabilidad ante la existencia y el destino del
hombre, la Iglesia quiere reafirmar, en primer lugar, "la necesidad
de reflexionar sobre la verdad"[9], y también en las formas
rigurosas propias de la investigación filosófica, hoy un poco
oscurecida.
Pues, en nuestro tiempo, parece dominar una reducción de la
reflexión filosófica a verdades parciales y provisionales,
prescindiendo "de la cuestión radical sobre la verdad de la vida
personal, del ser y de Dios"[10] y rechazando la apertura de la
razón a una verdad que pueda trascender las fuerzas naturales del
hombre.
Surge así una desconfianza ante la capacidad del hombre de alcanzar
la verdad, una indiferencia para la cual todas las posiciones son
opiniones igualmente válidas y, por ende, irrelevantes. Este
relativismo o agnosticismo, convertido en fuerza social dominante,
paraliza el pensar humano libre, el recurso de la conciencia a la
verdad, y deja al hombre en el ámbito de la sola razón instrumental,
con el solo criterio del pragmatismo y del poder tecnocrático.
En esta situación, la Iglesia no puede dejar de interesarse por la
filosofía, ya que, puesto en cuestión el acceso a la verdad, nuevas
generaciones "se ven privadas de auténticos puntos de referencia",
de una "base sobre la cual construir la existencia personal y
social"[11]. En ello tienen responsabilidad los que están llamados a
un trabajo cultural y, en primer lugar, la filosofía, cuya vocación
es formar el pensamiento por medio de la búsqueda de la verdad. En
su diaconía propia, la Iglesia siente también el deber de
intervenir, para devolver al hombre la confianza en su capacidad
cognoscitiva (la razón) y para estimular la labor filosófica.
3. En este sentido puede valorarse ya la encíclica Aeterni Patris,
en la que León XIII desarrolla las enseñanzas del concilio Vaticano
I sobre la relación entre la fe y la razón, resaltando el valor
magistral de la síntesis llevada a cabo por Tomás de Aquino. Recibió
así un nuevo vigor el estudio histórico y sistemático sobre el
pensamiento de Sto. Tomás, que condujo al florecer de la tradición
tomista a lo largo del siglo XX, así como, en general, a un renovado
esfuerzo filosófico del mundo católico, que ha mantenido vivo el
diálogo con la filosofía moderna.
Estas riquezas han confluido en el concilio Vaticano II, que tiene
en cuenta las riquezas y los problemas mayores del camino filosófico
contemporáneo. Por una parte, recuerda la incapacidad de toda
ideología para explicar suficientemente al ser humano y a la
historia, así como los errores del ateísmo, "sobre todo en relación
con la dignidad inalienable del hombre y su libertad"[12]. Por otra
parte, propone casi un compendio sobre el valor de la persona
humana, creada a imagen de Dios, su dignidad y superioridad sobre el
resto de la creación y la capacidad trascendente de su razón[13].
La encíclica Fides et ratio, de modo comparable a Aeterni Patris,
desarrolla estas enseñanzas del Vaticano II, insistiendo en el
significado de la filosofía para el hombre y para la fe cristiana, y
buscando aplicar esta enseñanza y estimular la labor filosófica en
primer lugar en los centros propios de la Iglesia.
Observa, en particular, que en muchas escuelas de pensamiento
católico se da una escasa estima no sólo de la filosofía
escolástica, sino del estudio de la filosofía misma. Entre los
motivos se encuentra el influjo de corrientes filosóficas
contemporáneas que desconfían de la razón y de su capacidad de
abrirse al ser, limitándose a cuestiones particulares y regionales.
Ello ha favorecido muchas veces el contentarse con el recurso a las
ciencias humanas, cuyas aportaciones, sin embargo, apelan y no
sustituyen la reflexión filosófica. A veces, en Iglesias jóvenes
inmersas en un proceso de inculturación de la fe, la referencia a
las propias tradiciones y a la sabiduría popular puede también dejar
en segundo plano la investigación filosófica, que, en cambio, está
llamada a mostrar los aspectos positivos de estas tradiciones y a
facilitar su relación con el anuncio del Evangelio.
La Iglesia subraya, pues, la importancia del estudio de la filosofía
para los propios centros de formación, por ser necesaria para
"enfrentarse a las exigencias del mundo contemporáneo"[14], tanto en
la tarea pastoral como en el propio esfuerzo de comprensión de la
fe. Por el contrario, la desaparición de un estudio serio de la
filosofía causa graves carencias, produciendo de hecho falta de
interés por el pensamiento y la cultura moderna, que se traduce
luego en una falta de discernimiento, que impide todo diálogo
fecundo, por un rechazo o una acogida indiscriminada de cualquier
filosofía[15].
En conclusión, ante las exigencias de la vida y de la misión de la
Iglesia en el mundo de hoy, ante su necesidad para la inteligencia
de la fe y para la comprensión y el diálogo con el hombre
contemporáneo, la Encíclica considera urgente subrayar "el gran
interés que la Iglesia tiene por la filosofía; más aún, el vínculo
íntimo que une el trabajo teológico con la búsqueda filosófica de la
verdad"[16].
La razón ante el misterio
1. La actividad de la razón, la búsqueda de la verdad, no puede ser
considerada inútil y vana; pues en sí misma implica ya una primera
respuesta positiva, ya que el hombre "no comenzaría a buscar lo que
desconociese del todo o considerase absolutamente inalcanzable"[17].
Esta dinámica es manifiesta en el conocimiento científico, que no se
detiene ante errores o fracasos, sino que busca y espera encontrar
la respuesta adecuada; pero es válida igualmente en el ámbito de las
preguntas esenciales que el hombre se plantea para orientar la
propia existencia.
Existen, pues, diversas formas de verdad, evidencias inmediatas,
verdades experimentales o de carácter filosófico y religioso,
verdades en las relaciones interpersonales, a través de cuyo
conocimiento el hombre pretende alcanzar, al final, la verdad misma
de su persona y la realización de su vida.
La Iglesia, por su parte, defiende esta dinámica de la razón, la
búsqueda de la verdad, contra su posible paralización, y anima a los
filósofos "a confiar en la capacidad de la razón humana", a "no
perder la pasión por la verdad última y el anhelo por su
búsqueda"[18]. Por otra parte, como testigo de Cristo, tiene también
la responsabilidad de indicar aquello que le parece incompatible con
la verdad revelada, en relación con Dios, el hombre, su libertad,
etc., prestando así una ayuda al pensamiento humano. Pero la Iglesia
"no propone una filosofía propia ni canoniza una filosofía
particular en menoscabo de otras"[19]; pues no puede ni quiere
sustituir este pensar humano, realizado en toda la seriedad y rigor
que exige la propia existencia.
2. La defensa del movimiento propio de la razón implica hoy día
rechazar una posible pretensión de autosuficiencia, de poder
construir desde sí misma un sistema absoluto, que abarcaría al
hombre y al ser.
Esta pretensión no sólo ha demostrado históricamente su falsedad,
generando planteamientos totalitarios y violentos, que han querido
reducir la realidad y al hombre a la medida de tales sistemas; sino
que además está equivocada, al no ser la realidad y sobre todo el
hombre –su razón y su libertad– un "sistema" cerrado, sino abierto,
indefinible e inabarcable por ningún concepto absoluto. Por ello,
"ninguna forma histórica de filosofía puede legítimamente pretender
abarcar toda la verdad, ni ser la explicación plena del ser humano,
del mundo y de la relación del hombre con Dios"[20].
El pensar originario del hombre no podrá, pues, ser encerrado nunca
en ningún sistema, y tampoco en sus formas "débiles" actuales, que
convierten el relativismo y el agnosticismo en nuevos "sistemas",
que paralizan el movimiento de la razón y la libertad de la
conciencia humana.
En efecto, "el deseo de conocer es tan grande y supone tal dinamismo
que el corazón del hombre, incluso desde la experiencia de su límite
insuperable, suspira hacia la infinita riqueza que está más allá",
hacia "la respuesta satisfactoria para cada pregunta no
resuelta"[21].
El conocimiento humano se abre así al misterio, en una búsqueda que
no se detiene, y que no puede basarse en el "orgullo"[22] de quien
piensa que todo está llamado a caer en el propio poder. Pues, al
contrario, el camino de la razón, partiendo de la experiencia
natural del mundo, lleva a reconocer la existencia de Aquel que es
Principio y Fin de todas las cosas, pero precisamente como Aquel
cuya Verdad es más grande que las fuerzas de la razón humana, que no
alcanza a conocerlo tal como es.
Así, en su momento de mayor grandeza, la razón llega a reconocer que
hay una realidad que la sobrepasa[23], que la verdad que ha
alcanzado no es el todo, no se identifica con el Absoluto, no puede
ser considerada suficiente para explicar la verdad del hombre y del
mundo sin cometer un grave error y una injusticia. En palabras de
Sto. Tomás: "conocemos a Dios tanto más perfectamente en esta vida,
cuanto más entendemos que Él excede la comprensión de nuestra
inteligencia"[24].
Este momento crítico ante toda pretensión de absoluto de la razón es
imprescindible para su camino en esta vida y para salvaguardar la
posibilidad de un diálogo razonable con el prójimo. Pero la razón no
queda completamente satisfecha con el reconocimiento de la
existencia de una Verdad más grande que la trasciende; pues ello no
elimina su dinámica de búsqueda, su exigencia profunda de
conocimiento. De modo que la dignidad suprema de la razón estará, al
final, en un gesto consciente de espera, en mantener viva la
expectativa de recibir de algún modo la presencia plena del Ser y de
la Verdad, a la que reenvía constantemente la realidad. Esta espera
última es lo más correspondiente con el movimiento íntimo de la
razón y con la promesa sugerida por la existencia de todo ser
finito.
3. La Revelación hace presente en la historia la verdad última y
universal, y, por ello, induce al pensar del hombre a no detenerse
ya nunca; si es acogida por la libertad, refuerza definitivamente el
movimiento de la razón, eliminando toda desconfianza paralizadora, y
sostiene el esfuerzo moral implicado en este camino plenamente
humano. Pues la Revelación, manifestada plenamente en Jesús de
Nazaret, permite a todos afirmar de nuevo el "sentido" de la propia
vida y la relación con la realidad, reconocida como signo verdadero
y bueno del ser.
No es posible, en cambio, prescindir o no tomar en consideración el
hecho introducido en la historia por la Revelación, sin que el
hombre ponga en juego su acceso a la comprensión del misterio de la
existencia. Pues tal actitud no sólo implica la negación de la
apertura de la razón a la trascendencia y de su expectativa
vigilante de la Verdad plena, sino que conlleva también generalmente
la parálisis de la dinámica humana de búsqueda de sentido.
Ante la presencia misteriosa del Señor, la razón encuentra respuesta
y correspondencia a su movimiento más intrínseco, y la libertad es
interpelada a la aceptación de la gratuidad y del amor, a abandonar
la pretensión orgullosa de la autosuficiencia solitaria. También hoy
día, condicionados por una mentalidad inmanentista, limitados por el
dogma del relativismo y la fuerza de un pragmatismo tecnocrático, la
Revelación sigue siendo la posibilidad real y única para el hombre
de encontrar "el proyecto originario de amor iniciado con la
creación", de "mirar más allá de sí mismo" y "recuperar la relación
auténtica con la vida, siguiendo el camino de la verdad", cuya meta
última es el "gozo pleno y duradero de la contemplación del Dios uno
y trino"[25].