
HUMILDAD
Etim.: del latín humilitas, abajarse; de humus (tierra)
Humildad: La virtud
moral por la que el hombre reconoce que de si mismo solo tiene la nada
y el pecado. Todo es un don de Dios de quien todos dependemos y a quien
se debe toda la gloria. El hombre humilde no aspira a la grandeza
personal que el mundo admira porque ha
descubierto que ser hijo de Dios es un valor
muy superior. Va tras otros tesoros. No está en competencia. Se ve a
sí mismo y al prójimo ante Dios. Es así libre para estimar y dedicarse
al amor y al servicio sin desviarse en juicios que no le pertenecen.
La
humildad no solo se opone al
orgullo sino también a la auto abyección (auto humillación) en la que
se dejaría de reconocer los dones de Dios y la responsabilidad de
ejercitarlos según su voluntad.
"La
humildad es la verdad" -Santa Teresa de Avila.
El humilde ve las cosas como son, lo bueno como bueno, lo malo como malo.
En la medida en que un hombre es más humilde crece una visión mas
correcta de la realidad.
"El grado mas perfecto de
humildad es complacerse en los menosprecios y humillaciones. Vale mas
delante de Dios un menosprecio sufrido pacientemente por su amor, que
mil ayunos y mil disciplinas." -San
Francisco de Sales, 1567
Humildad
Tomado de numerosas fuentes
La humildad perfecta es Jesús.
Jesús es la humildad encarnada. Perfecto en todas las virtudes, nos enseña en cada momento
en cada palabra.
Siendo Dios, vivió 30 de sus 33 años en vida oculta,
ordinaria, tenido por uno de tantos. Lo extraordinario fue la
perfección en que vivió lo ordinario. También sus 3 años de vida pública son perfecta
humildad. En todo hacía, como siempre la voluntad de su Padre. Nunca
busco llamar la atención sobre si mismo sino dar gloria al Padre. Al
final murió en la Cruz. Nos dijo:
"Aprended de mi que soy manso y humilde de corazón".
Jesús repara el daño de Adán que es rebeldía ante Dios y de todo el orgullo
posterior. Otros modos de llamar a este veneno: amor propio, egoísmo
y soberbia.
Nadie tuvo jamás
dignidad comparable a la de Él, nadie sirvió con tanta solicitud a
los hombres: yo estoy en medio de vosotros como quien sirve. Sigue
siendo ésa su actitud hacia cada uno de nosotros. Dispuesto a
servirnos, a ayudarnos, a levantarnos de las caídas. ¿Servimos
nosotros a los demás, en la familia, en el trabajo, en esos favores
anónimos que quizá jamás van a ser agradecidos?
Ejemplo os he dado -dice el Señor después de lavarles los pies a sus
discípulos - para que como yo he hecho con vosotros, así hagáis
vosotros -Cf. Jn 13, 15. Nos deja una suprema lección para que
entendamos que si no somos humildes, si no estamos dispuestos a
servir, no podemos seguir al Maestro.
El Señor nos invita a seguirle y a imitarle, y nos deja una regla
sencilla, pero exacta, para vivir la caridad con humildad y espíritu
de servicio: Todo lo que queráis que hagan los hombres con
vosotros, hacedlo también vosotros con ellos -Cf Mt 7, 12. La
experiencia de lo que me agrada o me molesta, de lo que me ayuda o
me hace daño, es una buena norma de aquello que debo hacer o evitar
en el trato con los demás.
Lo que todos
deseamos:
Todos deseamos una
palabra de aliento cuando las cosas no han ido bien,
y comprensión de los demás cuando, a pesar de la buena voluntad, nos
hemos vuelto a equivocar;
y que se fijen en lo positivo más que en los defectos;
y que haya un tono de cordialidad en el lugar donde trabajamos o al
llegan a casa;
y que se nos exija en nuestro trabajo, pero de buenas maneras;
y que nadie hable mal a nuestras espaldas; y que haya alguien que
nos defienda cuando se nos critica y no estamos presentes; y que se
preocupen de verdad por nosotros cuando estamos enfermos;
y que se nos haga la corrección fraterna de las cosas que hacemos
mal, en vez de comentarlas con otros;
y que recen por nosotros
y...
Estas son las cosas que, con humildad y espíritu de servicio, hemos
de hacer por los demás. Discite benefacere. Si nos comportamos así,
entonces: Aunque vuestros pecados fueran como la grana, quedarán
blancos como la nieve. Aunque fueren rojos como la púrpura quedarán
como la blanca lana. Is 1,18.
Lo que todos debemos cambiar: la
soberbia
Por el
orgullo
buscamos la
superioridad ante los demás.
La soberbia consiste en el desordenado
amor de la propia excelencia. -Santo Tomás.
La soberbia es la afirmación aberrante del propio yo.
El hombre humilde, cuando localiza algo malo en su vida puede
corregirlo, aunque le duela. El soberbio al no aceptar , o no ver, ese defecto no puede
corregirlo, y se queda con él. El soberbio no se conoce o se conoce
mal.
La soberbia lo
inficiona todo. Donde hay un soberbio, todo acaba maltratado: la
familia, los amigos, el lugar donde trabaja... Exigirá un trato
especial porque se cree distinto, habrá que evitar con cuidado herir
su susceptibilidad... Su actitud dogmática en las conversaciones,
sus intervenciones irónicas -no le importa dejar en mal lugar a los
demás por quedar él bien-, la tendencia a poner punto final a las
conversaciones que surgieron con naturalidad, etcétera, son
manifestaciones de algo más profundo: un gran egoísmo que se apodera
de la persona cuando ha puesto el horizonte de la vida en sí misma.
"El primero entre vosotros sea vuestro servidor" -Mt 23, 11. Para
eso hemos de dejar nuestro egoísmo a un lado y descubrir esas
manifestaciones de la caridad que hacen felices a los demás. Si no
lucháramos por olvidarnos cada vez más de nosotros mismos,
pasaríamos una y otra vez al lado de quienes nos rodean y no nos
daríamos cuenta de que necesitan una palabra de aliento, valorar lo
que hacen, animarles a ser mejores y servirles.
El egoísmo ciega y nos cierra el horizonte de los demás; la humildad
abre constantemente camino a la caridad en detalles prácticos y
concretos de servicio. Este espíritu alegre, de apertura a los
demás, y de disponibilidad es capaz de transformar cualquier
ambiente. La caridad cala, como el agua en la grieta de la piedra, y
acaba por romper la resistencia más dura. “Amor saca amor” -SANTA
TERESA, Vida, 22, 14. San Juan de la Cruz aconsejaba: “Donde
no hay amor, pon amor y sacarás amor” -SAN JUAN DE LA CRUZ,
Carta a la M. M.0 de la Encarnación, en Vida, BAC, Madrid 1950, p.
1322.
Los grados de la humildad:
1 conocerse, 2 aceptarse, 3 olvido
de si, 4 darse.
1 Conocerse. Primer paso: conocer la verdad de uno mismo.
Ya los griegos
antiguos ponían como una gran meta el aforismo: "Conócete a
ti mismo". La Biblia dice a este respecto que es necesaria la
humildad para ser sabios: Donde hay humildad hay sabiduría . Sin
humildad no hay conocimiento de sí mismo y, por tanto, falta la
sabiduría.
Es difícil conocerse.
La soberbia, que siempre está presente
dentro del hombre, ensombrece la conciencia, embellece los defectos
propios,
busca justificaciones a los fallos y a los pecados.
No es infrecuente que, ante un hecho, claramente malo, el orgullo se
niegue a aceptar que aquella acción haya sido real, y se llega a
pensar: "no puedo haberlo hecho", o bien "no es malo lo que hice", o
incluso "la culpa es de los demás".
Para superar: examen de conciencia
honesto. Para ello:
primero pedir luz al Espíritu Santo, y después mirar ordenadamente
los hechos vividos, los hábitos o costumbres que se han enraizado
más en la propia vida - pereza o laboriosidad, sensualidad o
sobriedad, envidia...
2 Aceptarse. Una vez se ha conseguido un conocimiento propio
más o menos profundo viene el segundo escalón de la humildad:
aceptar la propia realidad. Resulta difícil porque la soberbia se
rebela cuando la realidad es fea o defectuosa.
Aceptarse no es lo mismo que resignarse. Si
se acepta con humildad un defecto, error,
limitación, o pecado, se sabe contra qué luchar y se hace posible la
victoria. Ya no se camina a ciegas sino
que se conoce al enemigo. Pero si no se acepta la realidad, ocurre
como en el caso del enfermo que no quiere reconocer su enfermedad:
no podrá curarse. Pero si se sabe que hay cura, se puede cooperar
con los médicos para mejorar. Hay defectos que podemos superar y hay
límites naturales que debemos saber aceptar.
Dentro de los
hábitos o costumbres, a los buenos se les llama virtudes por la
fuerza que dan a los buenos deseos; a los malos los llamamos vicios,
e inclinan al mal con más o menos fuerza según la profundidad de sus
raíces en el actuar humano. Es útil buscar el defecto dominante para
poder evitar las peores inclinaciones con más eficacia. También
conviene conocer las cualidades mejores que se poseen, no para
envanecerse, sino para dar gracias a Dios, ser optimista y
desarrollar las buenas tendencias y virtudes.
Es distinto un pecado, de un error o una limitación, y conviene
distinguirlos. Un pecado es un acto libre contra la ley de Dios. Si es habitual se
convierte en vicio, requiriendo su desarraigo, un tratamiento fuerte
y constante. Para borrar un pecado basta con el arrepiento y el
propósito de enmienda unidos a la absolución sacramental si es un
pecado mortal y con acto de contrición si es venial. El vicio en
cambio necesita mucha constancia en aplicar el remedio pues tiende a
reproducir nuevos pecados.
Los errores son más fáciles de superar porque suelen ser
involuntarios. Una vez descubiertos se pone el remedio y las cosas
vuelven al cauce de la verdad. Si el defecto es una limitación, no es
pecado, como no lo es ser poco inteligente o poco dotado para el
arte. Pero sin humildad no se aceptan las propias
limitaciones. El que no acepta las propias limitaciones
se expone a hacer el ridículo, por ejemplo,
hablando de lo que no sabe o alardeando de lo que no tiene.
Vive según tu conciencia o acabarás
pensando como vives. Es decir, si tu vida no es fiel a tu propia
conciencia, acabarás cegando tu conciencia con teorías justificadoras.
3 Olvido de sí. El orgullo y la soberbia llevan a
que el pensamiento y la imaginación giren en torno al propio yo. Muy
pocos llegan a este nivel. La mayoría de la gente vive pensando en
si mismo, "dándole vuelta" a sus problemas. El pensar demasiado
en uno mismo es compatible con saberse poca cosa, ya que el problema
consiste en que se encuentra un cierto gusto incluso en la
lamentación de los propios problemas. Parece imposible pero se puede
dar un goce en estar tristes, pero no es por la tristeza misma sino
por pensar en sí mismo, en llamar la atención.
El olvido de sí no es lo mismo que indiferencia
ante los problemas. Se trata más bien de superar el pensar
demasiado en uno mismo.
En la medida en que se consigue el olvido de sí, se consigue
también la paz y alegría. Es lógico que
sea así, pues la mayoría de las preocupaciones provienen de conceder
demasiada importancia a los problemas, tanto cuando son reales como
cuando son imaginarios. El que consigue el olvido de sí está en el
polo opuesto del egoísta, que continuamente esta pendiente de lo que
le gusta o le disgusta. Se puede decir que ha conseguido un grado
aceptable de humildad. El olvido de sí conduce a un santo abandono
que consiste en una despreocupación responsable. Las cosas que
ocurren -tristes o alegres- ya no preocupan, solo ocupan.
4
-Darse. Este es el grado más alto de la humildad, porque más que
superar cosas malas se trata de vivir la caridad, es decir, vivir de
amor. Si se han ido subiendo los escalones anteriores, ha mejorado el
conocimiento propio, la aceptación de la realidad y la superación
del yo como eje de todos los pensamientos e imaginaciones. Si se
mata el egoísmo se puede vivir el amor, porque o el amor mata al
egoísmo o el egoísmo mata al amor.
En este nivel la humildad y la caridad llevan una a la otra.
Una persona humilde al librarse de las alucinaciones de la soberbia
ya es capaz de querer a los demás por sí mismos, y no sólo por el
provecho que pueda extraer del trato con ellos.
Cuando la
humildad llega al nivel de darse se experimenta más alegría que
cuando se busca el placer egoístamente. La única vez que se citan palabras de
Nuestro Señor del Evangelio en los
Hechos de los Apóstoles dice que se es mas feliz en dar que en
recibir . La persona generosa experimenta una felicidad interior
desconocida para el egoísta y el orgulloso.
La caridad es amor que recibimos de Dios y damos a Dios. Dios se
convierte en el interlocutor de un diálogo diáfano y limpio que
sería imposible para el orgulloso ya que no sabe querer y además
no sabe dejarse querer. Al crecer la humildad la mirada es más clara
y se advierte más en toda su riqueza la Bondad y la Belleza divinas.
Dios se deleita en los humildes y derrama
en ellos sus gracias y dones con abundancia bien recibida. El
humilde se convierte en la buena tierra que da fruto al recibir la
semilla divina.
La falta de humildad se muestra en la
susceptibilidad, quiere ser el centro de la atención en las
conversaciones, le molesta en extremo que a otra la aprecien más que
a ella, se siente desplazada si no la atienden. La falta de
humildad hace hablar mucho por el gusto de oirse y que los demás
le oigan, siempre tiene algo que decir, que corregir, Todo esto es creerse
el centro del universo. La imaginación anda a mil por hora, evitan
que su alma crezca.
-Que me conozca; que te conozca. Así jamás perderé de
vista mi nada”. Solo así podré seguirte como Tú quieres y como yo
quiero: con una fe grande, con un amor hondo, sin condición alguna.
Se cuenta en la vida de
San Antonio Abad que Dios le hizo ver el
mundo sembrado de los lazos que el demonio tenía preparados para
hacer caer a los hombres. El santo, después de esta visión, quedó
lleno de espanto, y preguntó: “Señor, ¿Quién podrá escapar de tantos
lazos?”. Y oyó una voz que le contestaba: “Antonio, el que sea
humilde; pues Dios da a los humildes la gracia necesaria, mientras
los soberbios van cayendo en todas las trampas que el demonio les
tiende"
Nos ayudará a desearla de verdad el tener siempre presente que el
pecado capital opuesto, la soberbia, es lo más contrario a la vocación que hemos recibido del
Señor, lo que más daño hace a la vida familiar, a la amistad, lo que
más se opone a la verdadera felicidad... Es el principal apoyo con
que cuenta el demonio en nuestra alma para intentar destruir la obra
que el Espíritu Santo trata incesantemente de edificar.
Con todo, la virtud de la humildad no consiste sólo en rechazar los
movimientos de la soberbia, del egoísmo y del orgullo. De hecho, ni
Jesús ni su Santísima Madre experimentaron movimiento alguno de
soberbia y, sin embargo, tuvieron la virtud de la humildad en grado
sumo. La palabra humildad tiene su origen en la latina humus,
tierra; humilde, en su etimología, significa inclinado hacia la
tierra; la virtud de la humildad consiste en inclinarse delante de
Dios y de todo lo que hay de Dios en las criaturas (6). En la
práctica, nos lleva a reconocer nuestra inferioridad, nuestra
pequeñez e indigencia ante Dios. Los santos sienten una alegría muy
grande en anonadarse delante de Dios y en reconocer que sólo Él es
grande, y que en comparación con la suya, todas las grandezas
humanas están vacías y no son sino mentira.
¿Cómo he de llegar a la humildad? Por la gracia de Dios. Solamente la
gracia de Dios puede darnos la visión clara de nuestra propia
condición y la conciencia de su grandeza que origina la humildad. Por eso hemos de desearla y pedirla incesantemente,
convencidos de que con esta virtud amaremos a Dios y seremos capaces
de grandes empresas a pesar de nuestras flaquezas...
Quien lucha por ser humilde no busca ni elogios ni alabanzas
porque su vida esta en Dios; y si
llegan procura enderezarlos a la gloria de Dios, Autor de todo bien.
La humildad se manifiesta en el desprecio sino en el olvido
de sí mismo, reconociendo con alegría que no tenemos nada que no
hayamos recibido, y nos lleva a sentirnos hijos pequeños de Dios
que encuentran toda la firmeza en la mano fuerte de su Padre.
Aprendemos a ser humildes meditando la Pasión de Nuestro Señor,
considerando su grandeza ante tanta humillación, el dejarse hacer
“como cordero llevado al matadero”.
Visitándolo
en la Sagrada Eucaristía, donde espera que vayamos
a verle y hablarle,
Meditando la Vida de la Virgen María y uniéndonos a ella en oración.
La mujer mas humilde y por eso también la escogida de Dios, la mas
grande. La Esclava del Señor, la que no tuvo otro deseo
que el de hacer la voluntad de Dios.
También acudimos a San José,
que empleó su vida en servir a Jesús y a María, llevando a cabo la
tarea que Dios le había encomendado.
EL BIEN DEL HOMBRE ES LA VIDA HUMILDE Y FIEL;
NO LA VIDA FACIL.
Dios nos
creó para vivir plenamente en El. Esta es la santidad de vida que nos
enseña el Evangelio.
El Papa
Juan Pablo II (2 sept. 2001) enseñó que «la superficialidad, el
arribismo, aunque obtengan algún éxito inmediato, no constituyen sin
embargo el auténtico bien del hombre y de la sociedad».
El mismo
Papa reconoció que esta verdad del Evangelio es «claramente contra
corriente». Citando palabras de san Pablo, añadió que, por el
contrario, «el Reino de Dios ha sido preparado eficazmente por las
personas que desempeñan seria y honestamente su actividad, que no
aspiran a cosas demasiado elevadas, sino que se pliegan con fidelidad
cotidiana en las humildes».
«La
mentalidad del mundo, de hecho --continuó diciendo el Papa--,
lleva a emerger, a abrirse camino quizá con picardía y sin escrúpulos,
afirmándose a sí mismos y los propios intereses. Las consecuencias
están ante los ojos de todos: rivalidades, abusos, frustraciones». Por
el contrario, «En el Reino de Dios se premia la modestia y la
humildad».
El Papa aconsejó a los cristianos iluminar su vida con la Palabra
de Dios, que «ayuda a mirar las cosas en su justa medida, la de la
eternidad». Jesús «recorrió con coherencia el camino de la humildad,
transcurriendo la mayor parte de su existencia terrena en el
escondrijo de Nazaret, junto a la Virgen María y san José, realizando
el trabajo de carpintero». Ahí está el secreto, concluyó el Papa,
«para que toda actividad profesional o en el hogar pueda desempeñarse
en un clima de auténtica humanidad, gracias a la humilde y concreta
contribución de cada uno».
HUMILDAD Y ESPIRITU DE SERVICIO
Adaptado de IESVS.ORG
Los escribas y fariseos se buscaban ellos mismos en todo lo que hacían.
Cfr. Mt 9, 36; Mt 23, 1-12
Cristo advierte a sus discípulos: Vosotros, en cambio, no queráis
que os llamen maestros: ... el mayor entre vosotros sea vuestro
servidor Cfr. Mt 23, 8-11. Él es el ejemplo perfecto. Porque ¿quién
es el mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que
está a la mesa? Sin embargo, yo estoy en medio de vosotros como
quien sirve Lc 22, 27
Sin humildad y espíritu de servicio no es posible la caridad ni
la santidad.
“los instrumentos de Dios son siempre los humildes” -SAN JUAN
CRISOSTOMO, Homilías sobre San Mateo, 15.
En el apostolado y en los pequeños servicios que prestamos a los
demás no hay motivo de complacencia ni de altanería, ya que es el
Señor quien hace verdaderamente las cosas.
-Cuando servimos, nuestra capacidad no guarda relación con los
frutos sobrenaturales que buscamos. Sin la gracia, de nada servirían
los mayores esfuerzos: nadie, si no es por el Espíritu Santo, puede
decir Señor Jesús -1 Cor 12, 3.
-La gracia es lo único que puede potenciar nuestros talentos humanos
para realizar obras que están por encima de nuestras posibilidades.
Y Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes Sant 4,
6.
Cuando luchamos por alcanzar la humildad somos eficaces y
fuertes.
“La humildad nos empujará a que llevemos a cabo grandes labores;
pero a condición de que no perdamos de vista la conciencia de
nuestra poquedad, con un convencimiento de nuestra pobre indigencia
que crezca cada día” -J. ESCRIVA DE BALAGUER, Amigos de Dios,
106. “Arremete (la soberbia) por todos los flancos y su vencedor la
encuentra en todo cuanto le circunda” -CASIANO, Instituciones, 11,
3.
Servir como una madre
"Os tratamos con delicadeza, como una madre cuida de sus hijos. Os
teníamos tanto cariño que deseábamos entregaros no sólo el Evangelio
de Dios, sino hasta nuestras propias personas" -1 Tes 2, 7-8.
De modo particular hemos de vivir este espíritu del Señor con los
más próximos, en la propia familia: “el marido no busque
únicamente sus intereses, sino también los de su mujer, y ésta los
de su marido; los padres busquen los intereses de sus hijos y éstos
a su vez busquen los intereses de sus padres.
“El respeto de esta norma fundamental explica, como enseña el mismo
Apóstol, que no se haga nada por espíritu de rivalidad o por
vanagloria, sino con humildad, por amor. Y este amor, que se abre a
los demás, hace que los miembros de la familia sean auténticos
servidores de la "iglesia doméstica", donde todos desean el bien y
la felicidad a cada uno; donde todos y cada uno dan vida a ese amor
con la premurosa búsqueda de tal bien y tal felicidad” -JUAN
PABLO II, Homilía en la Misa para las familias, Madrid 2-XI-1982.
Si actuamos así no veremos, como en tantas ocasiones sucede, la paja
en el ojo ajeno sin ver la viga en el propio -Cf. Mt 7, 3-5.3.
Las faltas más pequeñas del otro se ven aumentadas, las mayores
faltas propias tienden a disminuirse ya justificarse.
Por el contrario, la humildad nos hace reconocer en primer lugar los
propios errores y las propias miserias. Estamos en condiciones
entonces de ver con comprensión los defectos de los demás y de poder
prestarles ayuda. También estamos en condiciones de quererles y
aceptarlos con esas deficiencias.
La Virgen, Nuestra Señora, Esclava del Señor, nos enseñará a
entender que servir a los demás es una de las formas de encontrar la
alegría en esta vida y uno de los caminos más cortos para encontrar
a Jesús. Para eso hemos de pedirle que nos haga verdaderamente
humildes.