A imagen y semejanza de Dios

Cuando Dios creó todas las cosas, dijo: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Tomó un poco de barro e hizo una hermosa estatua. Pero era algo muerto, sin vida: tenía ojos pero no veía; oídos pero no oía; boca pero no hablaba; manos y pies pero no caminaba (Gen 1: 26-27; 2:7-23). Entonces el SEÑOR sopló el espíritu de vida en el rostro de esa estatua, es decir, creó el alma y la introdujo en ella la cual se convirtió en un hombre vivo. Es el primer hombre, a quien Dios le puso el nombre de Adán, que significa: "hecho de la tierra". El SEÑOR no quiso que viviera solo; decidió darle una compañera para que lo ayudara, que fuera semejante a él, y entonces le mandó a Adán un profundo sueño y, mientras él dormía, le sacó una costilla, y con ella hizo a la mujer. Adán le dio a la mujer el nombre de Eva que quiere decir "madre de todos los hombres".

El hombre es imagen y semejanza de Dios, no en cuanto a su cuerpo sino a su alma, que es la parte más noble y la que hay que tratar con más cuidado. El alma es la imagen de Dios. Dios es espíritu purísimo; el alma también es espíritu . Dios es inmortal; el alma jamás morirá. Dios es infinitamente sabio, conoce y sabe todo; también el alma es inteligente, conoce y sabe muchas cosas. Dios, con su libre voluntad, creó el mundo y lo conserva continuamente; el alma, con su voluntad, mueve las facultades para obrar.

Dice en el Catecismo de la Iglesia Católica en el número 362:
La persona humana, creada a imagen de Dios, es un ser a la vez corporal y espiritual. El relato bíblico expresa esta realidad con un lenguaje simbólico cuando afirma que "Dios formó al hombre con polvo del suelo e insufló en sus narices aliento de vida y resultó el hombre un ser viviente" (Gen 2,7). Por tanto, el hombre en su totalidad es querido por Dios.

¿Qué nos quiere decir con ese lenguaje simbólico?
a) Dios, como un alfarero, modela al hombre con barro (polvo).

Jer 18,1-6: Dios manda al profeta observar el trabajo de un alfarero. En un momento dado la vasija que estaba haciendo en el torno se le estropeó. Entonces el alfarero hizo otra distinta, como mejor le pareció. En ese momento Yavé dijo al profeta: "No puedo hacer yo con vosotros... lo mismo que este alfarero?... Mirad que como el barro en la mano del alfarero, así sois vosotros en mi mano".

Rom 9,20-21: "Oh hombre. Pero ¿quién eres tú para pedir cuentas a Dios? ¿Acaso la pieza de barro dirá a quien la modeló por qué me hiciste así? O ¿es que el alfarero no es dueño de hacer de una misma masa unas vasijas para usos nobles y otras para usos despreciable?.

Dos son las enseñanzas que nos da con la figura del alfarero modelando el barro:
i. Que Dios es Dueño absoluto del hombre, que está en sus manos "como el barro en manos del alfarero".

ii. Que el hombre es débil y frágil, que se quiebra con facilidad como la vasija de barro. Muy bien nos advierte S. Pablo: "el que crea estar en pie, cuide de no caer" (1Cor 10,12).

b) Insufló en sus narices aliento de vida (Gen 2,7): El hombres se parece a los animales porque ha sido hecho del mismo barro (Gen 2,19). Pero no es lo mismo que ellos: el hombre no encontró entre ellos la "ayuda adecuada", alguien semejante a él (Gen 2,20). El hombre es superior a ellos porque ha recibido el "soplo" o espíritu de Dios. Es imagen de Dios.

Job 12,10: Yavé "tiene en su mano el alma de todo ser viviente y el soplo de toda carne de hombre".

Job 34,14-15: "Si él retirara a sí su espíritu, si hacia sí recogiera su soplo, a una expiraría toda carne, el hombre al polvo volvería".

Salmo 104, 29-30: "Escondes tu rostro y se anonadan, les retiras su soplo, y expiran y a su polvo retornan. envías tu soplo y son creados, y renuevas la faz de la tierra".

Yavé no sólo nos dio la vida, sino que nos la da a cada instante, nos está "soplando continuamente; si dejara de comunicarnos su "soplo", volveríamos al polvo.

No solo da la vida, sino que conserva en el ser todas las cosas. La conservación es una creación continuada. si Dios se durmiera un instante, se despertaría completamente solo.

¿Porqué utilizamos los símbolos, porque mediante ellos podemos expresar los niveles profundos de la realidad inalcanzable para otros medios de expresión. Ellos dicen lo indecible.

" Cuando Israel era niño, yo lo amé... Yo lo amé... Yo enseñé a andar a Efraín, y lo llevé en mis brazos. Pero no han comprendido que era yo quien los cuidaba. Con cuerdas de ternura, con lazos de amor, los atraía. Fui para ellos como quien alza un niño hasta sus mejillas y se inclina hasta él para darle de comer" (Os. 11,1-4). Así habló Yavé. Sólo los símbolos nos conceden acceso al reino del misterio, y no hay ningún misterio mayor que el de el "Amor de Dios" expresada a través de la creación

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