JUDAS ISCARIOTE
Uno de los
12 Apóstoles de Jesús
(Mateo 26,14.47; Marcos 14, 10.20; Juan 6,
71) o «del número de los doce» (Lucas 22, 3). El ecónomo del
grupo (Cf. Juan 12,6b; 13,29a).
Judas era el único de los apóstoles que no era de Galilea.
Iscariote significa en hebreo “el hombre de Queriyyot o Keriot”.
Entregó a
Jesús por 30 monedas de plata. Judas «fue acosado por el
remordimiento, y devolvió las treinta monedas de plata a los
sumos sacerdotes y a los ancianos, diciendo: “Pequé
entregando sangre inocente”» (Mateo 27, 3-4). Si bien él se
alejó después para ahorcarse (Cf. Mateo 27, 5).
¿Por que Jesús lo escogió?
Recordemos dos cosas. 1- Jesús respeta nuestra
libertad. Es cierto que Jesús sabe como cada persona
utilizará su libertad, pero la libertad sigue siendo real. 2-Jesús
nos da la gracia y espera que tengamos la
disponibilidad para arrepentirnos y para convertirnos; es
rico en misericordia y perdón.
Motivos
para
el
comportamiento de Judas: ¿por qué traicionó a Jesús?
Según
Benedicto XVI,
“es
un error pensar que el gran privilegio de vivir en compañía
de Jesús es suficiente para que una persona sea santa”.
Hace falta responder a la gracia.
La decisión
de Judas
suscita
varias hipótesis. Algunos recurren a la avidez por el
dinero; otros ofrecen una explicación de carácter mesiánico:
Judas habría quedado decepcionado al ver que Jesús no
entraba en el programa de liberación político-militar de su
propio país.
Según esta teoría, Judas habría creído que el arresto de
Jesús le forzaría a
defenderse y
encabezar
la rebelión
armada para
liberar
a
su pueblo.
Entonces, al ver que Jesús se entrega mansamente, Judas se
desespera.
Lo que
sabemos con certeza es que, detrás de las decisiones de
Judas está la tentación del demonio:
«El
diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de
Simón, el propósito de entregarle» (Juan 13,2).
Del
mismo modo, Lucas escribe: «Satanás entró en Judas, llamado
Iscariote, que era del número de los doce» (Lucas 22, 3).
En todo caso,
la traición de Judas sigue siendo un misterio. Jesús le
trató como a un amigo (Cf. Mateo 26, 50), pero en sus
invitaciones a seguirle por el camino de las
bienaventuranzas no forzaba su voluntad ni le impedía caer
en las tentaciones de Satanás, respetando
así
la libertad
humana.
No nos corresponde
juzgarlo sino cuidarnos para no caer
Benedicto XVI: "A nosotros no
nos corresponde juzgar su gesto, poniéndonos en lugar de
Dios, quien es infinitamente misericordioso y justo."
Si bien en la Iglesia no
faltan cristianos indignos y traidores, será Jesús quien los
juzgue. A cada uno de
nosotros nos corresponde contrabalancear el mal con nuestra
de entrega a Jesucristo.
Judas Iscariote:
Misterio del proyecto salvífico
Benedicto XVI, 18 OCT 2006
(Zenit). -catequesis durante la audiencia general.
Queridos hermanos y hermanas:
Al terminar de recorrer hoy la lista de los doce apóstoles
llamados directamente por Jesús durante su vida terrena, no
podemos dejar de mencionar a quien siempre aparece en último
lugar: Judas Iscariote. Queremos asociarle con la persona
que después fue escogida en su sustitución, es decir,
Matías.
Ya sólo el nombre de Judas suscita entre los cristianos una
instintiva reacción de reprobación y de condena. El
significado del apelativo «Iscariote» es controvertido: la
explicación más utilizada dice que significa «hombre de
Queriyyot», en referencia al pueblo de origen, situado en
los alrededores de Hebrón, mencionado dos veces en la
Sagrada Escritura (Cf. Josué 15, 25; Amós 2, 2). Otros lo
interpretan como una variación del término «sicario», como
si aludiera a un guerrillero armado de puñal, llamado en
latín «sica». Por último, algunos ven en el apodo la simple
trascripción de una raíz hebreo-aramea que significa: «aquel
que iba a entregarle». Esta mención se encuentra dos veces
en el cuarto Evangelio, es decir, después de una confesión
de fe de Pedro (Cf. Juan 6, 71) y después durante la unción
de Betania (Cf. Juan 12, 4).
Otros pasajes muestran que la traición estaba en curso,
diciendo: «aquel que le traicionaba», como sucede durante la
Última Cena, después del anuncio de la traición (Cf. Mateo
26, 25) y después en el momento en que Jesús fue arrestado
(Cf. Mateo 26, 46.48; Juan 18,2.5). Sin embargo, las listas
de los doce recuerdan la traición como algo ya acontecido:
«Judas Iscariote, el mismo que le entregó», dice Marcos (3,
19); Mateo (10, 4) y Lucas (6, 16) utilizan fórmulas
equivalentes. La traición, en cuanto tal, tuvo lugar en dos
momentos: ante todo en su fase de proyecto, cuando Judas se
pone de acuerdo con los enemigos de Jesús por treinta
monedas de plata (Cf. Mateo 26,14-16), y después en su
ejecución con el beso que le dio al Maestro en Getsemaní
(Cf. Mateo 26, 46-50).
De todos modos, los evangelistas insisten en que le
correspondía plenamente su condición de apóstol:
es llamado repetidamente «uno de los doce» (Mateo
26,14.47; Marcos 14, 10.20; Juan 6, 71) o «del número de los
doce» (Lucas 22, 3). Es más, en dos ocasiones, Jesús,
dirigiéndose a los apóstoles y hablando precisamente de él,
le indica como «uno de vosotros» (Mateo 26, 21; Marcos
14,18; Juan 6, 70; 13, 21). Y Pedro dirá que Judas «era uno
de los nuestros y obtuvo un puesto en este ministerio»
(Hechos 1, 17).
Se trata, por tanto, de una figura perteneciente al grupo de
aquellos a los que Jesús había escogido como compañeros y
colaboradores cercanos. Esto plantea dos preguntas a la hora
de explicar lo acaecido. La primera consiste en preguntarnos
cómo es posible que Jesús escogiera a este hombre y confiara
en él. De hecho, si bien Judas es el ecónomo del grupo (Cf.
Juan 12,6b; 13,29a), en realidad también se le llama
«ladrón» (Juan 12,6a). El misterio de la elección es todavía
más grande, pues Jesús pronuncia un juicio muy severo sobre
él: «¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es
entregado!» (Mateo 26, 24). Este misterio es todavía más
profundo si se piensa en su suerte eterna, sabiendo que
Judas «fue acosado por el remordimiento, y devolvió las
treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los
ancianos, diciendo: “Pequé entregando sangre inocente”»
(Mateo 27, 3-4). Si bien él se alejó después para ahorcarse
(Cf. Mateo 27, 5), a nosotros no nos corresponde juzgar su
gesto, poniéndonos en lugar de Dios, quien es infinitamente
misericordioso y justo.
Una segunda pregunta afecta al motivo del comportamiento
de Judas: ¿por qué traicionó a Jesús?
La cuestión suscita varias hipótesis. Algunos recurren a
la avidez por el dinero; otros ofrecen una explicación de
carácter mesiánico: Judas habría quedado decepcionado al ver
que Jesús no entraba en el programa de liberación
político-militar de su propio país. En realidad, los textos
evangélicos insisten en otro aspecto: Juan dice expresamente
que «el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote,
hijo de Simón, el propósito de entregarle» (Juan 13,2); del
mismo modo, Lucas escribe: «Satanás entró en Judas, llamado
Iscariote, que era del número de los doce» (Lucas 22, 3). De
este modo, se va más allá de las motivaciones históricas y
se explica lo sucedido basándose en la responsabilidad
personal de Judas, quien cedió miserablemente a una
tentación del Maligno. En todo caso, la traición de Judas
sigue siendo un misterio. Jesús le trató como a un amigo
(Cf. Mateo 26, 50), pero en sus invitaciones a seguirle por
el camino de las bienaventuranzas no forzaba su voluntad ni
le impedía caer en las tentaciones de Satanás, respetando la
libertad humana.
De hecho, las posibilidades de perversión del corazón
humano son realmente muchas. El único modo de prevenirlas
consiste en no cultivar una visión de la vida que sólo sea
individualista, autónoma, sino en ponerse siempre de parte
de Jesús, asumiendo su punto de vista. Tenemos que
tratar, día tras día, de estar en plena comunión con Él.
Recordemos que incluso Pedro quería oponerse a Él y a lo que
le esperaba en Jerusalén, pero recibió una fortísima
reprensión: «¡Quítate de mi vista, Satanás! porque tus
pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres»
(Marcos 8,32-33) Tras su caída, Pedro se arrepintió y
encontró perdón y gracia. También Judas se arrepintió, pero
su arrepentimiento degeneró en desesperación y de este modo
se convirtió en autodestrucción. Es para nosotros una
invitación a recordar siempre lo que dice san Benito al
final del capítulo V, fundamental, de su «Regla»: «no
desesperar nunca de la misericordia de Dios». En realidad,
«Dios es mayor que nuestra conciencia», como dice san Juan
(1 Juan 3, 20).
Recordemos dos cosas. La primera: Jesús respeta nuestra
libertad. La segunda: Jesús espera que tengamos la
disponibilidad para arrepentirnos y para convertirnos; es
rico en misericordia y perdón. De hecho, cuando pensamos
en el papel negativo que desempeñó Judas, tenemos que
enmarcarlo en la manera superior con que Dios dispuso de los
acontecimientos. Su traición llevó a la muerte de Jesús,
quien transformó este tremendo suplicio en un espacio de
amor salvifíco y en la entrega de sí mismo al Padre (Cf.
Gáltas 2, 20; Efesios 5,2.25). El verbo «traicionar» es la
versión griega que significa «entregar». A veces su sujeto
es incluso el mismo Dios en persona: él mismo por amor
«entregó» a Jesús por todos nosotros (Cf. Romanos 8, 32). En
su misterioso proyecto de salvación, Dios asume el gesto
injustificable de Judas como motivo de entrega total del
Hijo por la redención del mundo.
Al concluir, queremos recordar también a quien, después de
Pascua, fue elegido en lugar del traidor. En la Iglesia de
Jerusalén se presentaron dos a la comunidad, y después sus
hombres fueron echados a suerte: « José, llamado Barsabás,
por sobrenombre Justo, y Matías» (Hechos l, 23).
Precisamente este último fue el escogido, y de este modo
«fue agregado al número de los doce apóstoles» (Hechos 1,
26). No sabemos nada más de él, a excepción de que fue
testigo de la vida pública de Jesús (Cf. Hechos 1, 21-22),
siéndole fiel hasta el final. A la grandeza de su fidelidad
se le añadió después la llamada divina a tomar el lugar de
Judas, como compensando su traición.
Sacamos de aquí una última lección: si bien en la
Iglesia no faltan cristianos indignos y traidores, a cada
uno de nosotros nos corresponde contrabalancear el mal que
ellos realizan con nuestro testimonio limpio de Jesucristo,
nuestro Señor y Salvador.
[Traducción del original italiano realizada por Zenit]