
MILAGROS
Definición
Etim: Latín miraculum, milagro, maravilla.
Un milagro es un efecto perceptible a los sentidos que sobrepasa
los poderes de la naturaleza y de todo ser creado. Es por lo tanto una acción que solo
puede ser de Dios y tiene como fin dar testimonio de la verdad. Dios actúa
gratuitamente por amor para dar un signo o
mensaje al hombre y una llamada a la
conversión.
La creación está siempre bajo la guía providente de Dios.
El generalmente realiza su obra valiéndose de las leyes que El mismo puso en la
naturaleza, pero no está limitado a ellas.
Las Sagradas Escrituras, ya desde el Antiguo Testamento nos
relatan muchos milagros (Moisés divide las aguas, Ex 14:21). Los mas importantes son los
que hizo Jesucristo. Sus milagros manifiestan que El es verdaderamente Dios, ya que
los hacía con su propio poder.
Discernimiento
sobre Milagros
Padre Jordi Rivero
- La Iglesia Católica
cree que Dios hace milagros y que son signos de su amor y de su poder
infinito sobre todas las cosas.
- No solo hizo Dios
milagros en tiempos bíblicos sino que suceden en la actualidad. "También hoy se obran milagros y en cada uno de ellos se dibuja el rostro del Hijo del
hombre-Hijo de Dios y se afirma en ellos un don de gracia y de salvación"
(Juan Pablo II, Audiencia general de SS Juan Pablo II, 18 de noviembre, de 1987>>>).
- No debe confundirse un
milagro con los efectos de la gracia santificante. Se le llama milagro
cuando es un efecto perceptible por los sentidos que sobrepasa las leyes
naturales.
- Dios pone al
alcance de cada uno todas las
gracias necesarias para salvarse
sin necesidad de milagros particulares para cada persona. Los
milagros, cuando Dios los concede, son un fenómeno extraordinario que
recibimos con gratitud y que nos beneficia si nos dispone para recibir
gracias.
- Los creyentes son
libres para dar testimonio prudente de lo que han visto y oído. Pueden
dar su opinión si consideran que se trata de un milagro, pero sujetos a la
palabra final de la Iglesia.
- El reconocimiento de un
milagro por parte de la Iglesia solo lo puede otorgar la jerarquía.
Esto ocurre tras una investigación rigurosa en la que intervienen expertos
en la materia (médicos, científicos, tanto como teólogos).
- La Iglesia no pretende
investigar ni aprobar todos los milagros. Dios sin embargo ha querido
que algunos milagros sean reconocidos por la Iglesia para confirmar una
verdad. Ejemplos:
Milagros que nos recuerdan la realidad sobre la Eucaristía, milagros
asociados con alguna aparición mariana (ver
Fátima), milagros que
confirman la santidad de una persona en el proceso de
canonización, etc.
- Los milagros no se
pueden ni programar, ni exigir. La fe del ministro o del enfermo no
obliga a Dios a hacer un milagro. Si el milagro no ocurre no se debe
concluir que el ministro o el enfermo tienen poca fe. ¿Acaso no habrá
la Virgen María orado por protección para su Hijo contra toda agresión de
sus enemigos? Sin embargo El murió en la cruz; ¿Acaso no rezó Jesús el
Jueves Santo "aleja de mi este cáliz"?. Sin embargo Jesús murió en la
cruz. Igualmente nosotros debemos abrazar la voluntad de Dios aunque sea
contraria a nuestras expectaciones, aunque no se nos de el milagro que
esperamos.
- Los milagros tienen
como propósito verificar la obra de Dios. Así
los "milagros, prodigios y señales", como el mismo Jesús les había
prometido (cfr. Hech 2, 22).
- Un milagro puede ser
anunciado por los mensajeros de Dios (la Virgen, santos, ángeles).
Pero cuidado: El demonio puede engañar con apariencias de milagro
para arrastrar al error. Es mas, el demonio puede rodear esos fenómenos de
apariencias piadosas para confundir. Es por eso la importancia de la
aprobación de la Iglesia antes de guiarse por mensajes relacionados con
milagros. La historia demuestra que los impostores abundan.
- Los verdaderos
discípulos de Cristo no hacen alarde de sus milagros sino mas bien imitan
la humildad del Maestro. Esa humildad se prueba en la disponibilidad
de abrazar la cruz. "Dijo Jesús a sus
discípulos: ´´Si alguno quiere venir
en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame´´"
-Mateo 16,24.
La gloria del Cristiano es la cruz: "Nosotros predicamos a un Cristo
crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles" -I
Corintios 1,23.
- Dios permite el
sufrimiento de los santos y en la mayoría de los casos no hace el milagro
sino que los ayuda a crecer en santidad por medio del sufrimiento.
Veamos el
ejemplo de San Pablo. Dios hizo milagros por medio de el, sin embargo el
mismo Pablo sufrió mucho sin recibir curación: "Y por eso, para que no me
engría con la sublimidad de esas revelaciones, fue dado un aguijón a mi
carne, un ángel de Satanás que me abofetea para que no me engría. Por este
motivo tres veces rogué al Señor que se alejase de mí. Pero él me dijo:
«Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza».
Por tanto, con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas,
para que habite en mí la fuerza de Cristo. -II Corintios 12,7-9
Milagros
de Jesús
Los milagros de Jesús pueden dividirse en cinco grupos: 1 -Sobre
la naturaleza, 2-De curación física, 3-De liberación demoníaca, 4-Victorias sobre
voluntades hostiles y 5- Resurrecciones
Milagros sobre la naturaleza: 9
Milagros de curación física
Jesús hizo muchísimas
curaciones milagrosas en su vida pública. Hay referencias en
los Evangelios a muchas curaciones que no son relatadas en detalle (Mt 4; Lc 4, 6; Mc 6),
pero si se relatan 20 curaciones:
- El hijo de un funcionario real (Jn 4).
- La suegra de Pedro (Mt 8; Mc 1; Lc 4).
- El leproso (Mt 8; Mc 1; Lc 5).
- El paralítico (Mt 9; Mc 2; Lc 5).
- El paralítico de Betesda (Jn 5).
- Hombre de la mano paralizada (Mt 12; Mc 3; Lc 6).
- El sirviente del Centurión (Mt 8; Lc 7).
- El ciego (Mt 12; Lc 11).
- La Hemorroísa (Mt 9; Mc 5; Lc 8).
- Dos ciegos (Mt 9).
- Endemoniado mudo (Mt 9).
- El sordomudo (Mc 7).
- Ciego de Betesda (Mc 8).
- Niño lunático (Mt 17; Mc 9; Lc 9).
- Ciego de nacimiento (Jn 9).
- Mujer encorvada por espíritu inmundo (Lc 13:10-13).
- Hombre hidrópico (Lc 14:1-4).
- Diez leprosos (Lc 17).
- Ciego de Jericó (Mt 20; Mc 10; Lc 18).
- El siervo que perdió la oreja (Lc 22:51).
Milagros de liberación de endemoniados (exorcismos con manifestaciones
físicas).
Las formulas generales para exorcizar (Mc 1) y el pasaje de Mt 8: 16 -"le trajeron
muchos endemoniados"- demuestran que endemoniados eran numerosos en la vida pública
de Jesús. Algunos casos fueron contados con detalle. Algunos de estos incluyen
también curación física y por eso aparecen en la lista de arriba.
- Endemoniado en Capernaum (Mc 1; Lc 4).
- Sordomudo (Mt 12; Lc 1 l).
- Geraseno (Mt 8; Mc 5; Lc 5).
- Endemoniado mudo (Mt 9).
- Hija de la mujer Syro-Fenicia (Mt 15; Mc 7).
- Niña lunática (Mt 17; Mc 9; Lc 9).
- Mujer encorvada por espíritu inmundo (Lc 13:10-13).
Victoria de Jesús sobre voluntades hostiles
En algunos casos en los que Jesucristo ejerció poder extraordinario sobre sus enemigos no
está claro si fue por intervención de poder divino o por los efectos naturales de la
ascendencia de su extraordinaria voluntad humana sobre la de aquellos hombres. En Jn7:30,
44; 8:20 los judíos no lo arrestan porque la hora no había llegado. En Jn 8:59, no lo
arrestan porque se escondió. Hay dos casos en que parece que se trata del ejercicio de su
poder: 1.Cuando saca los vendedores del Templo (Jn 2; Mt 21; Mc 11; Lc 19);
2. El episodio de su escape de la turba hostil en Nazaret (Lc 4).
Resurrecciones
Jesús respondió a los enviados de Juan Bautista: «Id y contad a Juan lo que oís y veis:
los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los
muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva" (Mt 11; Lc 7).
La forma general en que habla de resurrecciones hace pensar que Jesús resucitó a muchos
mas de los tres que no aparecen en el Evangelio:
Milagros
por intercesión de la Virgen
El primer milagro que nos relata el Evangelio, Las Bodas
de Caná (Jn 2), ocurrió por intercesión de la Virgen María. La Virgen también estaba
con los Apóstoles en Pentecostés, cuando se derramó el Espíritu Santo y se dieron
muchos portentos milagrosos. La intercesión de la Virgen no se ha interrumpido en la
historia de la Iglesia, mas bién en estos últimos tiempos está en aumento como lo
demuestran apariciones y milagros por todo el mundo. La Iglesia no aprueba
oficialmente sino unas pocas, pero estas son suficientes para demostrar que La Virgen
María sigue haciendo milagros.
Ver: Los milagros de Lourdes,
El Milagro del Sol en Fátima,
La Rosa Mística... Sección
de apariciones Marianas
PREGUNTA
Imágenes milagrosas
Estimado Padre,
Tomando en cuenta que las imágenes no son sino una representación de un
santo, de María, o de Cristo; y que sólo nos han de animar a seguir al
Camino llevando vidas ejemplares y confiando en la intercesión de aquellos a
los que representan, ¿es correcto decir "la milagrosa imagen de "x" santo"?
RESPUESTA:
A una imagen se le llama "milagrosa" cuando es el instrumento
escogido por Dios para hacer milagros. Aunque Dios no necesita instrumentos,
ha querido asociar a los hombres en su obra. Las imágenes representan a la
persona. Si una imagen de la Virgen es milagrosa es porque María fue el
instrumento escogido por Dios. Ya en el A.T. hay muchos ejemplos, entre
ellos el cayado milagroso de Moisés (cf. Ex. 7,10), El manto de Elías (cf.
II Reyes, 2,8). El cayado y el manto eran milagrosos por asociación a los
hombres que lo utilizaban. Estos hombres fueron escogidos por Dios.
Razones por llamar "milagrosa" a una imagen:
1- Su origen es milagroso. Por ejemplo:
La Imagen de la Virgen de Guadalupe ha sido sometida a la ciencia y se ha
demostrado que no es obra humana. Ver:
Santuario Guadalupe
2- En algún momento de su historia o en la
actualidad la imagen se ha manifestado milagrosamente. Ejemplo:
La Imagen de la Virgen de Guadalupe es un milagro que continúa ya que la
tilma debía haberse desintegrado hace siglos. En ella se manifiestan varios
milagros actuales
Ver>>.
3- La imagen es instrumento de Dios para hacer
milagros. Aunque Dios no necesita instrumentos, se puede valer de
ellos para hacer milagros. Ejemplo: Dios tomó polvo para hacer el hombre
(cf. Gn 2,7), Jesús tomó saliva para curar al ciego (cf.Mc 7,33). En nuestro
tiempo, varias
imágenes de la Virgen Maria han llorado lágrimas y sangre.
Otras imágenes milagrosa señalan la presencia de la Virgen que consigue de Dios
grandes milagros. Ejemplo: Las bodas de Caná (cf. Jn 2). Una imagen
milagrosa es la de "Salus Populi Romani",
Roma.
Milagro de
Gracia
Una extraordinaria conversión repentina e inesperada, de la ignorancia a la fe,
de la duda a la certeza, del pecado a la santidad. No es por causas naturales sino
por la intervención de la gracia divina, especial e inmerecida, mas allá de la obra
ordinaria de la Providencia.
Ejemplos: San Pablo; Ratisbone.
EL MILAGRO EN LA
CATEQUESIS DEL PAPA
El Milagro:
Manifestación del poder
divino de Jesucristo
Audiencia general de SS Juan Pablo II, 18 de noviembre, de 1987.
1. Si observamos atentamente los "milagros, prodigios y señales" con que
Dios acreditó la misión de Jesucristo, según las palabras pronunciadas por el Apóstol
Pedro el día de Pentecostés en Jerusalén, constatamos que Jesús, al obrar estos
milagros y señales, actuó en nombre propio, convencido de su poder divino, y, al mismo
tiempo, de la más íntima unión con el Padre.
Nos encontramos, pues, todavía y siempre, ante el misterio del "Hijo del hombre -
Hijo de Dios", cuyo Yo transciende todos los límites de la condición humana, aunque
a ella pertenezca por libre elección, y todas las posibilidades humanas de realización e
incluso de simple conocimiento.
2. Una ojeada a algunos acontecimientos particulares; presentados por los Evangelistas,
nos permite darnos cuenta de la presencia arcana en cuyo nombre Jesucristo obra sus
milagros. Helo ahí cuando, respondiendo a las súplicas de un leproso, que le dice:
"Si quieres, puedes limpiarme", El, en su humanidad, "enternecido",
pronuncia una palabra de orden que, en un caso como aquél, corresponde a Dios, no a un
simple hombre:"Quiero, sé limpio. Y al instante desapareció la lepra y quedó
limpio" (cfr. Mc 1, 40-42).
Algo semejante encontramos en el caso del paralítico que fue bajado por un agujero
realizado en el techo de la casa: "Yo te digo... levántate, toma tu camilla y vete a
tu casa" (cfr. Mc 2, 11-12). Y también: en el caso de la hija de Jairo leemos que
"El (Jesús)...tomándola de la mano, le dijo: «Talitha qumi», que quiere decir:
«Niña, a ti te lo digo, levántate». Y al instante se levantó la niña y echó a
andar" (Mc 5, 41-42). En el caso del joven muerto de Naín: "Joven, a ti te
hablo, levántate. Sentóse el muerto y comenzó a hablar" (Lc 7, 14-15).
¡En cuántos de estos episodios vemos brotar de la palabras de Jesús la expresión de
una voluntad y de un poder al que El se apela interiormente y que expresa, se podría
decir, con la máxima naturalidad, como si perteneciese a su condición más íntima, el
poder de dar a los hombres la salud, la curación e incluso la resurrección y la vida!
3. Un atención particular merece la resurrección de Lázaro, descrita detalladamente
por el cuarto Evangelista. Leemos: "Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: Padre,
te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que siempre me escuchas, pero por la
muchedumbre que me rodea lo digo, para que crean que Tú me has enviado. Diciendo esto,
gritó con fuerte voz Lázaro, sal fuera. Y salió el muerto" (Jn 11, 41-44).
En la descripción cuidadosa de este episodio se pone de relieve que Jesús resucitó a
su amigo Lázaro con el propio poder y en unión estrechísima con el Padre. Aquí hallan
su confirmación las palabras de Jesús: "Mi Padre sigue obrando todavía, y por eso
obro yo también" (Jn 5,17), y tiene una demostración, que se puede decir
preventiva, lo que Jesús dirá en el Cenáculo, durante la conversación con los
Apóstoles en la última Cena, sobre sus relaciones con el Padre y, más aún, sobre su
identidad sustancial con El.
4. Los Evangelios muestran con diversos milagros y señales cómo el poder divino que
actúa en Jesucristo se extiende más allá del mundo humano y se manifiesta como poder de
dominio también sobre las fuerzas de la naturaleza.
Es significativo el caso de la tempestad calmada: "Se levantó un fuerte
vendaval". Los Apóstoles pescadores asustados despiertan a Jesús que estaba
durmiendo en la barca. El "despertado, mandó al viento y dijo al mar: Calla,
enmudece. Y se aquietó el viento y se hizo completa calma... Y sobrecogidos de gran
temor, se decían unos a otros: ¿Quién será éste, que hasta el viento y el mar le
obedecen?" (cfr. Mc 4, 37-41). En este orden de acontecimientos entran también las
pescas milagrosas realizadas, por la palabra de Jesús (in verbo tuo), después de
intentos precedentes malogrados (cfr. Lc 5, 4:6; Jn 21, 3:6).
Lo mismo se puede decir, por lo que respecta a la estructura del acontecimiento, del
"primer signo" realizado en Caná de Galilea, donde Jesús ordena a los criados
llenar las tinajas de agua y llevar después "el agua convertida en vino' al
maestresala" (cfr. Jn 2, 7-9). Como en las pescas milagrosas, también en Caná de
Galilea, actúan los hombres: los pescadores, apóstoles en un caso, los criados de las
bodas en otro, pero está claro que el efecto extraordinario de a acción no proviene de
ellos, sino de Aquel que les ha dado la orden de actuar y que obra con su misterioso poder
divino. Esto queda confirmado por la reacción de los Apóstoles, y particularmente de
Pedro, que después de la pesca milagrosa "se postró a los pies de Jesús, diciendo:
Señor, apártate de mí, que soy un pecador" (Lc 5,8). Es uno de tantos casos de
emoción que toma la forma de temor reverencial o incluso miedo, ya sea en los Apóstoles,
como Simón Pedro, ya sea en la gente, cuando se sienten acariciados por el ala del
misterio divino.
5. Un día, después de a ascensión, se sentirán invadidos por un "temor"
semejante los que vean los "prodigios y señales" realizados "por los
Apóstoles" (cfr. Hech 2, 43). Según el libro de los Hechos, la gente sacaba "a
las calles los enfermos, poniéndolos en lechos y camillas, para que, llegando Pedro,
siquiera su sombra los cubriese"(Hech 5, 15). Sin embargo, estos "prodigios y
señales", que acompañaban los comienzos de la Iglesia apostólica, eran realizados
por los Apóstoles no en nombre propio, sino en el nombre de Jesucristo, y eran una
confirmación ulterior de su poder divino.
Uno queda impresionado cuando lee la respuesta y el mandato de Pedro al tullido que le
pedía una limosna junto a la puerta del templo de Jerusalén: "No tengo oro ni
plata; lo que tengo, eso te doy: en nombre de Jesucristo Nazareno, anda. Y tomándole de
la diestra, le levantó, y al punto sus pies y sus talones se consolidaron" (Hech 3,
6-7). O, lo que es lo mismo, Pedro dice a un paralítico de nombre Eneas: "Jesucristo
te sana; levántate y toma tu camilla. Y al punto se irguió" (Hech 9, 34).
También el otro Príncipe de los Apóstoles, Pablo, cuando recuerda en la Carta a los
Romanos lo que él ha realizado "como ministro de Cristo entre los paganos", se
apresura a añadir que en aquel ministerio consiste su único mérito: "No me
atreveré a hablar de cosa que Cristo no haya obrado por mí para la obediencia (de la fe)
de los gentiles, de obra o de palabra, mediante el poder de milagros y prodigios y el
poder del Espíritu Santo" (15, 17-19).
6. En la Iglesia de los primeros tiempos, y especialmente esta evangelización del
mundo llevada a cabo por los Apóstoles, abundaron estos "milagros, prodigios y
señales", como el mismo Jesús les había prometido (cfr. Hech 2, 22). Pero se puede
decir que éstos se han repetido siempre en la historia de la salvación, especialmente en
los momentos decisivos para la realización del designio de Dios. Así fue ya en el
Antiguo Testamento con relación al Éxodo de Israel de la esclavitud de Egipto y a la
marcha hacia la tierra prometida, bajo la guía de Moisés. Cuando, con la encarnación
del Hijo de Dios, llegó "la plenitud de los tiempos" (Gal 4, 4), estas señales
milagrosas del obrar divino adquieren un valor nuevo y una eficacia nueva por a autoridad
divina de Cristo y por la referencia a su Nombre (y, por consiguiente, a su verdad, a su
promesa, a su mandato, a su gloria) por el que los Apóstoles y tantos santos los realizan
en la Iglesia.
También hoy se obran milagros y en cada uno de ellos se dibuja el rostro del Hijo del
hombre-Hijo de Dios y se afirma en ellos un don de gracia y de salvación.
Los
Milagros: Signos del Amor de Dios
Audiencia general de SS Juan Pablo II el 9 de diciembre, de 1987.
1. "Signos" de la omnipotencia divina y del poder salvífico del Hijo del
hombre, los milagros de Cristo --narrados en los Evangelios-- son también la revelación
del amor de Dios hacia el hombre, particularmente hacia el hombre que sufre, que tiene
necesidad, que implora la curación, el perdón, la piedad. Son, pues, "signos"
del amor misericordioso proclamado en el Antiguo y Nuevo Testamento (cfr. Encíclica Dives
in misericordia).
Especialmente, la lectura del Evangelio nos hace comprender y casi "sentir"
que los milagros de Jesús tienen su fuente en el corazón amoroso y misericordioso de
Dios que vive y vibra en su mismo corazón humano. Jesús los realiza para superar toda
clase de mal existente en el mundo: el mal físico, el mal moral, es decir, el pecado, y,
finalmente, a aquél que es "padre del pecado" en la historia del hombre: a
Satanás.
Los milagros, por tanto, son "para el hombre". Son obras de Jesús que, en
armonía con la finalidad redentora de su misión, restablecen el bien allí donde se
anida el mal, causa de desorden y desconcierto. Quienes los reciben, quienes los
presencian se dan cuenta de este hecho, de tal modo que, según San Marcos,
"...sobremanera se admiraban, diciendo: «'Todo lo ha hecho bien; a los sordos hace
oír y a los mudos hablar»!" (Mc 7, 37: 2).
Un estudio atento de los textos evangélicos nos revela que ningún otro motivo, a no
ser el amor hacia el hombre, el amor misericordioso, puede explicar los "milagros y
señales" del Hijo del hombre. En el Antiguo Testamento, Elías se sirve del
"fuego del cielo" para confirmar su poder de profeta y castigar la incredulidad
(cfr. 2 Re 1, 10). Cuando los Apóstoles Santiago y Juan intentan inducir a Jesús a que
castigue con "fuego del cielo" a una aldea samaritana que les había negado
hospitalidad, El les prohibió decididamente que hicieran semejante petición. Precisa el
Evangelista que, "volviéndose Jesús, los reprendió" (Lc 9, 55). (Muchos
códices y la Vulgata añaden: "Vosotros no sabéis de qué espíritu sois. Porque el
Hijo del hombre no ha venido a perder las almas de los hombres, sino a salvarlas").
Ningún milagro ha sido realizado por Jesús para castigar a nadie, ni siquiera los que
eran culpables.
3. Significativo a este respecto es el detalle relacionado con el arresto de Jesús en
el huerto de Getsemaní. Pedro se había prestado a defender al Maestro con la espada, e
incluso "hirió a un siervo del pontífice, cortándole la oreja derecha. Este siervo
se llamaba Malco" (Jn 18, 10). Pero Jesús le prohibió empuñar la espada. Es más,
"tocando la oreja, lo curó" (Lc 22, 51).Es esto una confirmación de que Jesús
no se sirve de la facultad de obrar milagros para su propia defensa. Y confía a los suyos
que no pide al Padre que le mande "más de doce legiones de ángeles" (cfr. Mt
26, 53) para que lo salven de las insidias de sus enemigos.
Todo lo que El hace, también en la realización de los milagros, lo hace en estrecha
unión con el Padre. Lo hace con motivo del reino de Dios y de la salvación del hombre. Lo
hace por amor.
4. Por esto, y al comienzo de su misión mesiánica, rechaza todas las
"propuestas" de milagros que el Tentador le presenta, comenzando por la del
trueque de las piedras en pan (cfr. Mt 4, 31). El poder de Mesías se le ha dado no para
fines que busquen sólo el asombro o al servicio de la vanagloria. El que ha venido
"para dar testimonio de la verdad"(Jn 18, 37), es más, el que es "la
verdad" (cfr. Jn 14, 6), obra siempre en conformidad absoluta con su misión
salvífica.
Todos sus "milagros y señales" expresan esta conformidad en el cuadro del
"misterio mesiánico" del Dios que casi se ha escondido en la naturaleza de un
Hijo del hombre, como muestran los Evangelios, especialmente el de Marcos. Si en los
milagros hay casi siempre un relampagueo del poder divino, que los discípulos y la gente
a veces logran aferrar, hasta el punto de reconocer y exaltar en Cristo al Hijo de Dios,
de la misma manera se descubre en ellos la bondad, la sobriedad y la sencillez, que son
las dotes más visibles del "Hijo del hombre".
5. El mismo modo de realizar los milagros hace notar la gran sencillez, y se podría
decir humildad, talante, delicadeza de trato de Jesús. Desde este punto de vista
pensemos, por ejemplo, en las palabras que acompañan a la resurrección de la hija de
Jairo: "La niña no ha muerto, duerme" (Mc 5 39), como si quisiera "quitar
importancia" al significado de lo que iba a realizar. Y, a continuación, añade:
"Les recomendó mucho que nadie supiera aquello" (Mc 5, 43).
Así hizo también en otros casos, por ejemplo, después de la curación de un
sordomudo (Mc 7, 36), y tras la confesión de fe de Pedro (Mc 8, 29-30). Para curar al
sordomudo es significativo el hecho de que Jesús lo tomó "aparte, lejos de la
turba". Allí, "mirando al cielo, suspiró". Este "suspiro"
parece ser un signo de compasión y, al mismo tiempo, una oración. La palabra
"efeta" ("¡abrete!") hace que se abran los oídos y se suelte
"la lengua" del sordomudo (cfr. 7, 33:35).
6. Si Jesús realiza en sábado algunos de sus milagros, lo hace no para violar el
carácter sagrado del día dedicado a Dios sino para demostrar que este día santo está
marcado de modo particular por la acción salvífica de Dios. "Mi Padre sigue obrando
todavía, y por eso obro yo también" (Jn 5, 17). Y este obrar es para el bien del
hombre; por consiguiente, no es contrario a la santidad del sábado, sino que más bien la
pone de relieve: "El sábado fue hecho a causa del hombre, y no el hombre por el
sábado. Y el dueño el sábado es el Hijo del hombre" (Mc 2, 27-28).
7. Si se acepta la narración evangélica de los milagros de Jesús (y no hay
motivos para no aceptarla, salvo el prejuicio contra lo sobrenatural) no se puede
poner en duda una lógica única, que une todos estos "signos" y los hace emanar
de su amor hacia nosotros, de ese amor misericordioso que con el bien vence al mal, cómo
demuestra la misma presencia y acción de Jesucristo en el mundo. En cuanto que están
insertos en esta economía, los "milagros y señales" son objeto de nuestra fe
en el plan de salvación de Dios y en el misterio de la redención realizada por Cristo.
Como hecho, pertenecen a la historia evangélica, cuyos relatos son creíbles en la misma
y aún en mayor medida que los contenidos en otras obras históricas. Está claro que el
verdadero obstáculo para aceptarlos como datos ya de historia ya de fe, radica en el
prejuicio anti-sobrenatural al que nos hemos referido antes. Es el prejuicio de quien
quisiera limitar el poder de Dios o restringirlo al orden natural de las cosas, casi como
una auto-obligación de Dios a ceñirse a sus propias leyes. Pero esta concepción choca
contra la más elemental idea filosófica y teológica de Dios, Ser infinito, subsistente
y omnipotente, que no tiene límites, si no en el no-ser y, por tanto, en el absurdo.
Como conclusión de esta catequesis resulta espontáneo notar que esta infinitud en el
ser y en el poder es también infinitud en el amor, como demuestran los milagros
encuadrados en la economía de la Encarnación y en la Redención. Son "signos"
del amor misericordioso por el que Dios ha enviado al mundo a su Hijo para que todo el que
crea en El no perezca, generoso con nosotros hasta la muerte. "Sic dilexit!" (Jn
3, 16) Que a un amor tan grande no falte la respuesta generosa de nuestra gratitud,
traducida en testimonio coherente de los hechos.
Milagros:
Un llamado a la Fe
Audiencia general de SS Juan Pablo II el 16 de
diciembre, de 1987.
1. Los "milagros y los signos" que
Jesús realizaba para confirmar su misión mesiánica y la venida del reino de Dios,
están ordenados y estrechamente ligados a la llamada a la fe. Esta llamada con relación
al milagro tiene dos formas: la fe precede al milagro, más aún, es condición para que
se realice; la fe constituye un efecto del milagro, bien porque el milagro mismo la
provoca en el alma de quienes lo han recibido, bien porque han sido testigos de él.
Es sabido que la fe es una respuesta del hombre
a la palabra de la revelación divina. El milagro acontece en unión orgánica con esta
Palabra de Dios que se revela. Es una "señal" de su presencia y de su obra, un
signo, se puede decir, particularmente intenso. Todo esto explica de modo suficiente el
vínculo particular que existe entre los "milagros-signos" de Cristo y la fe:
vínculo tan claramente delineado en los Evangelios.
Efectivamente, encontramos en los Evangelios
una larga serie de textos en los que la llamada a la fe aparece como un coeficiente
indispensable y sistemático de los milagros de Cristo. Al comienzo de esta serie es
necesario nombrar las páginas concernientes a la Madre de Cristo con su comportamiento en
Caná de Galilea, --y aún antes y sobre todo-- en el momento de la Anunciación. Se
podría decir que precisamente aquí se encuentra el punto culminante de su adhesión a la
fe, que hallará su confirmación en las palabras de Isabel durante la Visitación:
"Dichosa la que ha creído que se cumplirá lo que se te he dicho de parte del
Señor" (Lc 1, 45).
Sí, María ha creído como ninguna otra
persona, porque estaba convencida de que "para Dios nada hay imposible" (Cfr. Lc
1, 37). Y en Caná de Galilea su fe anticipó, en cierto sentido, la hora de la
revelación de Cristo. Por su intercesión, se cumplió aquel primer
"milagro-signo", gracias al cual los discípulos de Jesús"creyeron en
él" (Jn 2, 11). Si el Concilio Vaticano II enseña que María precede constantemente
al Pueblo de Dios por los caminos de la fe (cfr. Lumen Gentium, 58 y 63; Redemptoris
Mater, 5-6), podemos decir que el fundamento primero de dicha afirmación se encuentra en
el Evangelio que refiere los "milagros-signos" en María y por María en orden a
la llamada a la fe.
3. Esta llamada se repite muchas veces. Al jefe
de la sinagoga, Jairo, que había venido a suplicar que su hija volviese a la vida, Jesús
le dice: "No temas, ten sólo fe". (Dice «no temas», porque algunos
desaconsejaban a Jairo ir a Jesús) (Mc 5, 36). Cuando el padre del epiléptico pide la
curación de su hijo, diciendo: "Pero si algo puedes, ayúdanos...", Jesús le
responde: "¡Si puedes! Todo es posible al que cree". Tiene lugar entonces el
hermoso acto de fe en Cristo de aquel hombre probado: "¡Creo! Ayuda a mi
incredulidad" (cfr. Mc 9, 22-24).
Recordemos, finalmente, el coloquio bien
conocido de Jesús con Marta antes de la resurrección de Lázaro:"Yo soy la
resurrección y la vida... ¿Crees esto? Si, Señor, creo..." (cfr. Jn 11, 25-27).
4. El mismo vínculo entre el
"milagro-signo" y la fe se confirma por oposición con otros hechos de signo
negativo. Recordemos algunos de ellos. En el Evangelio de Marcos leemos que Jesús de
Nazaret "no pudo hacer...ningún milagro, fuera de que a algunos pocos dolientes les
impuso las manos y los curó. El se admiraba de su incredulidad" (Mc 6, 5)6).
Conocemos las delicadas palabras con que Jesús reprendió una vez a Pedro:"Hombre de
poca fe, ¿por qué has dudado?". Esto sucedió cuando Pedro, que al principio
caminaba valientemente sobre las olas hacia Jesús, al ser zarandeado por la violencia del
viento, se asustó y comenzó a hundirse (cfr. Mt 14, 29-31).
5. Jesús subraya más de una vez que los
milagros que El realiza están vinculados a la fe. "Tu fe te ha curado", dice a
la mujer que padecía hemorragias desde hacia doce años y que, acercándose por detrás
le había tocado el borde de su manto, quedando sana (cfr. Mt 9, 20-22; Lc 8, 48; Mc 5,
34). Palabras semejantes pronuncia Jesús mientras cura al ciego Bartimeo, que, a la
salida de Jericó, pedía con insistencia su ayuda gritando: "¡Hijo de David,
Jesús, ten piedad de mi!" (cfr. Mc 10, 46-52). Según Marcos: "Anda, tu fe te
ha salvado" le responde Jesús. Y Lucas precisa la respuesta: "Ve, tu fe te ha
hecho salvo" (Lc 18,42).
Una declaración idéntica hace al Samaritano
curado de la lepra (Lc 17, 19). Mientras a los otros dos ciegos que invocan a volver a
ver, Jesús les pregunta: "«¿Creéis que puedo yo hacer esto?». «Sí, Señor»...
«Hágase en vosotros, según vuestra fe»" (Mt 9, 28-29).
6. Impresiona de manera particular el episodio
de la mujer cananea que no cesaba de pedir a ayuda de Jesús para su hija
"atormentada cruelmente por un demonio". Cuando la cananea se postró delante de
Jesús para implorar su ayuda, El le respondió: "No es bueno tomar el pan de los
hijos y arrojarlo a los perrillos." (Era una referencia a la diversidad étnica entre
israelitas y Cananeos que Jesús, Hijo de David, no podía ignorar en su comportamiento
práctico, pero a la que alude con finalidad metodológica para provocar la fe). Y he
aquí que la mujer llega intuitivamente a un acto insólito de fe y de humildad. Y dice:
"Cierto, Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa
de sus señores". Ante esta respuesta tan humilde, elegante y confiada, Jesús
replica: "¡Mujer, grande es tu fe! Hágase contigo como tú quieres" (cfr. Mt
15, 21-28).
Es un suceso difícil de olvidar, sobre todo si
se piensa en los innumerables "cananeos" de todo tiempo, país, color y
condición social que tienden su mano para pedir comprensión y ayuda en sus necesidades!
7. Nótese cómo en la narración evangélica
se pone continuamente de relieve el hecho de que Jesús, cuando"ve la fe",
realiza el milagro. Esto se dice expresamente en el caso del paralítico que pusieron a
sus pies desde un agujero abierto en el techo (cfr. Mc 2, 5; Mt 9, 2; Lc 5, 20). Pero la
observación se puede hacer en tantos otros casos que los evangelistas nos presentan. El
factor fe es indispensable; pero, apenas se verifica, el corazón de Jesús se proyecta a
satisfacer las demandas de los necesitados que se dirigen a El para que los socorra con su
poder divino.
8. Una vez más constatamos que, como hemos
dicho al principio, el milagro es un "signo" del poder y del amor de Dios que
salvan al hombre en Cristo. Pero, precisamente por esto es al mismo tiempo una llamada del
hombre a la fe. Debe llevar a creer sea al destinatario del milagro sea a los testigos del
mismo.
Esto vale para los mismos Apóstoles, desde el
primer "signo" realizado por Jesús en Caná de Galilea; fue entonces cuando
"creyeron en El" (Jn 2, 11). Cuando, más tarde, tiene lugar la multiplicación
milagrosa de los panes cerca de Cafarnaum, con la que está unido el pre-anuncio de la
Eucaristía, el evangelista hace notar que "desde entonces muchos de sus discípulos
se retiraron y ya no le seguían", porque no estaban en condiciones de acoger un
lenguaje que les parecía demasiado "duro". Entonces Jesús preguntó a los
Doce: '¿Queréis iros vosotros también?'. Respondió Pedro: "Señor, ¿a quién
iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y sabemos que Tú
eres el Santo de Dios" (cfr. Jn 6, 66-69).
Así, pues, el principio de la fe es
fundamental en la relación con Cristo, ya como condición para obtener el milagro, ya
como fin por el que el milagro se ha realizado. Esto queda bien claro al final del
Evangelio de Juan donde leemos: "Muchas otras señales hizo Jesús en presencia de
los discípulos que no están escritas en este libro; y éstas fueron escritas para que
creáis que Jesús es el Mesías, Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su
nombre" (Jn 20, 30-31).

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los Corazones Traspasados de Jesús y María.
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