
LA SANTA MISA
Se le llama también
Eucaristía
Etim.: Missa, de "mittere",
enviar. Tomado de las palabras finales en latín: "Ite missa est".
Ver:
Catecismo sobre la Santa
Misa
Ver en
otras páginas de Corazones.org:
Eucaristía
Por qué el domingo |
Por que ir a
Misa | Los santos
sobre la Misa
La misa,
el sacrificio y banquete de la Eucaristía, es acto central de la Iglesia católica
y el acto supremo de culto a Dios.
El mismo Cristo que se ofreció a si mismo una vez en el altar de la
cruz, está presente y se ofrece en la misa. No es otro sacrificio, no
es una repetición. Es el mismo sacrificio de Jesús que se hace
presente. Es una re-presentación del Calvario, memorial, aplicación de
los méritos de Cristo.
Cristo
está presente en el cielo y también en el altar, y se entrega hoy al
Padre como el Viernes Santo.
La Misa es
un sacrificio de propiciación (aplaca la justicia divina) por
nuestros pecados.
La Misa es un memorial: Se conmemora la muerte de Jesús, pero
no como un recuerdo psicológico, sino como una realidad mística.
Cristo se ofrece a si mismo tan realmente como lo hizo en el Calvario.
La Misa es un banquete sagrado: El mismo Cristo que se ofrece,
lo recibimos la Eucaristía.
La Misa es el medio principal que Dios ha establecido para aplicar
los méritos que Cristo ganó en la Cruz para toda la humanidad.
1. La Eucaristía es
prenda de la gloria futura.
Es la fuente, el corazón y la cumbre de toda la vida cristiana.
2. En
ella se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia: Jesucristo,
que asocia a su Iglesia, y a todos sus miembros, a su sacrificio
pascual,
ofrecido una vez por todas
en la cruz al Padre; y, por medio de este sacrificio, derrama
la gracia de la salvación sobre su Cuerpo que es la Iglesia.
3. La
Santa Misa y el sacrificio de la Cruz son
un único sacrificio,
pues se ofrece una y la misma víctima: Jesucristo. Sólo es
diferente la manera de ofrecerse: Cristo se ofreció a sí mismo
una vez en la cruz de manera cruenta –con derramamiento de
sangre–, mientras en la Eucaristía se ofrece por el ministerio de
los sacerdotes de
modo incruento –sin derramamiento de sangre–. Así, el
sacrificio que Cristo ofreció de una vez para siempre en la cruz,
permanece siempre actual. Y cuantas veces se celebra la
Eucaristía, se realiza la obra de nuestra redención.
4. La
Eucaristía es también el
sacrificio de la Iglesia,
porque ella es
el
Cuerpo
de Cristo y
participa del sacrificio de su Cabeza.
a. Cristo
es el actor principal e invisible que preside cada
misa
como sumo sacerdote de la Nueva Alianza,
intercede
ante el Padre
por todos los hombres.
b.
La Iglesia se
une a Cristo y se
ofrece totalmente
con El en la Misa
c. La
misa la celebra
el obispo o el sacerdote –actuando
“en persona de Cristo-cabeza”–,
representando a Cristo,
preside la
asamblea, predica la homilía, recibe las ofrendas, dice la plegaria
eucarística, consagra y reparte la comunión.
d.
Sólo los sacerdotes válidamente ordenados pueden presidir
la Eucaristía y consagrar (invocar al Espíritu Santo para que el pan se
haga el Cuerpo y el vino, la Sangre de Jesucristo). Por eso la
presencia del sacerdote es indispensable y esencialmente diferente.
e. En
la celebración de la Eucaristía
participan
todos los
fieles miembros
de su Cuerpo. Cada uno
une
en la Eucaristía su vida,
su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo a los de Cristo
y a su total ofrenda.
f. También
se unen en la Eucaristía
la Virgen María y los santos que están ya en la gloria del cielo
g. En
la misa oramos
por las almas del purgatorio
para que puedan entrar en la luz y la paz de Cristo.
5. Después
de la
consagración, Jesús está realmente presente en la
Eucaristía:
a. En
la consagración ocurre la
“transubstanciación”, que significa “cambio de
substancia”
del pan y el vino a ser verdaderamente la sustancia del Cuerpo y
Sangre del Señor.
La Eucaristía aun tiene la apariencia de pan
y vino pero nos es pan y vino.
Cristo está
presente en la Eucaristía verdadera, real y substancialmente con
todo su Cuerpo, Sangre, alma y divinidad. Esta presencia se llama “real”
porque es “substancial”, y por ella Cristo, Dios y hombre, se
hace totalmente presente.
Cristo está todo entero en cada una de
las especies y en cada una de sus partes, de modo que la
fracción del pan no divide a Cristo, que está real y permanentemente
presente en la eucaristía mientras duren sin corromperse las
especies eucarísticas.
6.
Para recibir bien la Sagrada Comunión
son necesarias tres cosas:
a.
saber
a quién vamos a recibir,
b.
Estar
en gracia de Dios.
Quien
esta en
pecado grave
debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de
acercarse a comulgar. Ver:
Eucaristía y divorciados y vueltos a casar
c. Guardar
el ayuno eucarístico, que consiste en no comer ni beber nada
desde una hora antes de recibir la Comunión.
7. Hagamos
todo lo posible para poder recibir la
comunión.
Jesús nos dice
«En verdad, en verdad
os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su
sangre, no tendréis vida en vosotros».
8.
La Sagrada Comunión produce
frutos:
a.
acrecienta nuestra
unión íntima con Cristo;
b.
conserva, acrecienta y renueva la
vida de gracia recibida en el Bautismo;
c.
purifica de los pecados veniales,
d.
fortalece la caridad
y nos preserva de futuros pecados mortales al fortalecer nuestra
amistad con Cristo;
e.
renueva, fortalece y profundiza la
unidad con toda la Iglesia;
f. nos compromete en favor de los más pobres,
en los que reconocemos a Jesucristo; y se nos da la prenda de la
gloria futura.
Para
recibir todos los méritos disponibles es necesario participar con fe.
Cuanto mas fe se viva la Santa Misa, mayor gloria se le ofrece a Dios
y mayor la gracia que se recibe, no solo para los participantes sino
para la humanidad.
9. En
la misa expresamos nuestra fe en la presencia real de Cristo
con un comportamiento respetuoso,
arrodillándonos durante la consagración en señal de
adoración al Señor.
También
es importante la
actitud corporal (gestos, vestido…).
10. La palabra "misa" viene del
latín "missio" (enviar). Al final los fieles son enviados
a poner en práctica la Palabra de Dios con la gracia recibida.
11. Al
entrar y salir del templo,
cuando pasamos frente al sagrario,
manifestamos nuestra fe y saludamos a Jesucristo presente en el
Sagrario con una
genuflexión,
hincando la rodilla derecha, en señal de respeto y
adoración.
Fuera de la Santa
Misa también se honra al Señor con visitas al
sagrario,
con la
exposición
del Santísimo
y
con
procesiones
Eucaristícas.
|
San Justino, C.
155 AD:
El día que se llama
del sol se celebra una reunión de todos los que moran en las
ciudades o en los campos, y allí se leen, en cuanto el tiempo lo
permite, los Recuerdos de los Apóstoles o los escritos de los
profetas.
Luego, cuando el lector termina, el presidente, de palabra, hace
una exhortación e invitación a que imitemos estos bellos ejemplos.
Seguidamente, nos levantamos todos a una y elevamos nuestras
preces_ por nosotros mismos, por el que acaba de ser iluminado y
por todos los otros esparcidos por todo el mundo, suplicando se
nos conceda, ya que hemos conocido la verdad, ser hallados por
nuestras obras hombres de buena conducta y guardadores de lo que
se nos ha mandado, y consigamos así la salvación eterna.
Terminadas las oraciones, nos damos mutuamente ósculo de paz.
Luego, al que preside a los hermanos se le ofrece pan y un vaso de
agua y vino, y tomándolos él tributa alabanzas y gloria al Padre
del universo por el nombre de su Hijo y por el Espíritu Santo, y
pronuncia una larga acción de gracias, por habernos concedido esos
dones que de Él nos vienen . Y cuando el presidente ha terminado
las oraciones y la acción de gracias, todo el pueblo presente
aclama diciendo: Amén.
Y una vez que el presidente ha dado gracias y aclamado todo el
pueblo, los que entre nosotros se llaman “ministros” o diáconos,
dan a cada uno de los asistentes parte del pan y del vino y del
agua sobre que se dijo la acción de gracias y lo llevan a los
ausentes. |
Las Partes de la Misa
Birgit Scharfenort
Matallana
“Y he aquí que yo estoy con vosotros todos días hasta el fin
del mundo”. (Mt. 28, 20)
Vivamos la Eucaristía como un encuentro de amor con Cristo
En su Hijo Jesús, el Cristo, Dios
nos hizo el mayor regalo: nos entregó su propio corazón, es
decir, lo más profundo y puro de su amor. Con su vida, Jesús nos
mostró cuál es la vida que agrada a Dios: la que se abre a los
demás en el servicio. Por eso Jesús enseñó la Palabra de vida,
perdonó pecados, curó enfermos, liberó a los que estaban atados
por las cadenas del mal y de la muerte y alimentó a los
hambrientos. Hoy podemos experimentar de nuevo todo esto, pues
Jesús sigue vivo en la Eucaristía. Por eso, queremos invitarte
hoy a vivir la Eucaristía como un encuentro de amor con Cristo,
quien sólo espera que tú también le ames, porque el amor sólo
con amor se paga.
1. ENTRADA:
Dios nos recibe personalmente en la Eucaristía, nos llama y nos
une en comunidad con el simple y sencillo acto de la bendición.
“En el nombre del Padre”: Dios se nos presenta como papá, de él
depende nuestra existencia, nos ama y se preocupa por nosotros
como el mejor de los papás.
“… del Hijo”: Dios nos recuerda que por amor a nosotros se hizo
hombre en Jesús, el Hijo, para hacernos hijos suyos, hermanos en
Cristo y enseñarnos a vivir como hijos de Dios.
“… y del Espíritu Santo”: el Espíritu es la presencia
permanente de Dios con nosotros, el fuego de su amor, que nos
enseña, nos consuela y nos fortalece desde nuestro propio
corazón.
2. ACTO DE CONTRICCIÓN:
¡SEÑOR TEN PIEDAD! Dios nos invita a comenzar nuestro encuentro
con Él dejando en sus manos todo lo que nos aparta de su amor.
Esto requiere de nosotros una actitud de humildad: reconocer que
hay pensamientos, palabras y obras que obstaculizan nuestra
relación con Dios, eso son los pecados. La Palabra de Dios y la
enseñanza de la Iglesia nos ayudan a ver cuáles son esas
situaciones; la humildad está también en dejarnos enseñar.
3. LAS LECTURAS: Limpios de
corazón y en actitud de humildad podemos ahora escuchar la
Palabra de Dios y dejarnos moldear por ella. Desde los tiempos
antiguos del pueblo de Israel, Dios se ha manifestado al hombre
por medio de la Palabra: en ella le ha mostrado su rostro, le ha
enseñado a vivir, le ha dado esperanza con sus promesas, lo ha
escogido y lo ha hecho su propiedad; más aún, ha despertado su
fe y ha encendido la llama de su amor. En las lecturas y el
salmo Dios mismo se hace presente y nos habla, despierta nuestra
fe, reafirma nuestra esperanza y aviva nuestro amor; es su
Palabra, mensaje de amor, que espera nuestra respuesta. Dios
quiere conversar con nosotros, escuchemos primero lo que quiere
decirnos para poder luego responder a su amor.
4. EL ALELUYA: Viene ahora
un canto de gozo y de júbilo: “¡Aleluya! ¡Cristo vive, resucitó
de entre los muertos! ¡Su victoria fue completa!”. Este canto
prepara nuestro corazón para meditar la vida, obra y enseñanzas
de Jesús, que vienen narradas a continuación en el Evangelio.
5. EL EVANGELIO: Es la
lectura más importante de la Eucaristía, pues nos pone en
contacto con la persona y la vida de Jesús. Aprendemos
directamente de Él, del recuerdo de sus enseñanzas, de su vida y
de sus obras. En el Evangelio Jesús nos muestra su rostro, como
se lo mostró a sus discípulos y a todas las personas que lo
conocieron en Galilea, donde vivió, nos habla y nos instruye
personalmente. Si se lo permitimos, con su Palabra despertará
nuestra fe, nos dará esperanza y encenderá nuestro amor. Por
eso, antes de escuchar el Evangelio hacemos la Señal de la Cruz:
sobre nuestra frente, para que el Evangelio (presencia de Jesús)
santifique nuestro pensamiento y podamos comprenderlo; sobre
nuestros labios, para que santifique nuestra palabra y podamos
transmitirlo; y sobre nuestro corazón, para que santifique todo
nuestro ser y vivamos como Cristo.
6. LA HOMILÍA: El sacerdote
nos ayuda a comprender la Palabra de Dios, pues Dios mismo lo
utiliza como mensajero de su amor. Él nos comparte, por su
ministerio, lo que la comunidad de los creyentes (la Iglesia) ha
comprendido de este mensaje y también nos transmite su
experiencia personal. Dios suscita en medio de su pueblo
pastores para guiarnos en nuestro camino espiritual y para
explicarnos sus enseñanzas. Es Cristo mismo quien nos habla a
través de quienes nos predican su Palabra.
7. LA PROFESIÓN DE FE: Una
vez hemos escuchado las palabras de Jesús y reflexionado sobre
ellas viene el Credo, es decir, la expresión de nuestro
compromiso personal y comunitario con Dios Padre Creador, Dios
Hijo Salvador y Dios Espíritu Santificador: Él se nos ha
revelado en la Palabra y ha despertado nuestra fe, por eso, en
el Credo profesamos la fe que nos motiva personalmente y que nos
congrega en comunidad. El Credo es nuestra respuesta al amor de
Dios que se nos ha manifestado primero, porque nuestra fe es la
respuesta al encuentro con la persona de Cristo, que nos ha
llamado, nos ha congregado y nos ha mostrado su rostro. Así como
Jesús se encontraba con la gente, le predicaba el Evangelio o
Buena Nueva y la gente comenzaba a creer en Él y a seguirlo, así
Jesús nos muestra su rostro, nos llama, nos habla y nos toca
profundamente cada vez que leemos un trozo del Evangelio,
despertando nuestra fe y moviéndonos a seguirlo. Además, el
Credo precisa el contenido de nuestra fe, le da figura y rostro
al Dios en quien creemos y a la Iglesia, fundada en la fe, de la
cual hacemos parte.
8. LA ORACIÓN DE LOS FIELES:
En el Credo hemos expresado y precisado nuestra fe
personal y colectiva, por eso ahora, como comunidad de fe, nos
dirigimos a Dios, elevando nuestras súplicas, pidiéndole por
todas nuestras necesidades y pidiendo unos por otros. Nuestras
súplicas, como nuestro acto de fe, son siempre, a la vez,
personales y comunitarias.
9. EL OFERTORIO: Como
Iglesia, unidos en una misma fe, en un mismo corazón,
presentamos ahora la sencilla ofrenda que Dios mismo
transformará en el cuerpo y la sangre de su Hijo Jesucristo. Pan
y vino son fruto de nuestro trabajo personal y comunitario, y
simbolizan las dimensiones más sencillas de nuestra vida diaria:
nuestro trabajo, nuestro sustento y nuestra alegría. Con el pan
y el vino va incluida la ofrenda de nuestra vida, de nuestro
trabajo y de nuestro amor; nuestras penas, fatigas y alegrías
van a ser recibidas por Dios de las manos del sacerdote y, como
el pan y el vino, nuestro propio ser (cuerpo y alma) será
también santificado y transformado con la presencia viva y real
de Jesucristo Eucaristía. En este momento unámonos al sacerdote,
entregándole a Dios nuestra vida, nuestra familia, nuestro
trabajo, nuestra oración, nuestras penas y alegrías, nuestro
cuerpo, nuestra alma, nuestra mente con todos sus pensamientos,
nuestro corazón con todos sus sentimientos y deseos, nuestros
labios y todas nuestras palabras, nuestros amigos y seres
queridos, incluso los que no nos aman, en fin, toda la realidad
humana material y espiritual de la que somos parte, para que
toda esa realidad sea transformada por Cristo, sea santificada,
sea cristificada; para que todos seamos hostias vivas, sagrarios
de la presencia del Espíritu Santo; y para que el mundo entero
sea un altar para la gloria de Cristo Jesús.
10. CANTO DEL SANTO: Hemos hecho ofrenda del pan y
del vino, de nosotros mismos y del mundo entero. Ahora esta
ofrenda va a ser consagrada: la hostia se transformará en el
cuerpo de Cristo y el vino en su Sangre. Por esa consagración,
nosotros mismos seremos santificados y el mundo entero también.
Nos unimos a los santos y a los ángeles, que contemplan y gozan
ya del fruto de estos misterios, cantando a Dios: “Santo, santo,
santo es el Señor, Dios del universo, llenos están los cielos y
la tierra de su gloria. ¡Hosanna en el cielo! ¡Bendito el que
viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!” El cielo
(los que ya gozan de la gloria de Dios) y la tierra (los que
estamos de camino hacia la gloria) cantan la santidad de Dios,
pues Él es el único verdaderamente santo y fuete de toda
santidad.
11. CONSAGRACIÓN: En este
momento, por el ministerio (por el encargo y el don) que el
sacerdote ha recibido, el pan y el vino son transformados en el
cuerpo y la sangre de Cristo. El sacerdote repite las palabras
que Jesús pronunció en la última cena, con las cuales Él mismo
dio gracias y bendijo el pan y el vino, haciéndolos su cuerpo y
su sangre, para alimentar con su propio ser a sus apóstoles, y a
través de ellos y de la sucesión de sacerdotes a todos los
creyentes. La Eucaristía, cuerpo y sangre de Cristo, es el mayor
regalo que hemos recibido de Dios: Él se ha quedado para siempre
con nosotros en la persona de Cristo, Él mismo toma nuestra
realidad y la transforma en su propio ser, para alimentar
nuestra vida de fe. Sin este alimento espiritual, es decir, sin
la comunión real con su cuerpo y su sangre, nuestra vida de fe
sería árida y estéril, pura imitación exterior de Cristo, por
nuestras propias fuerzas. Pero como Él nos alimenta con su
propia vida en la Eucaristía, podemos vivir como Él, ser como
Él, porque Él mismo, desde nuestro interior nos va
transformando, nos va consagrando, va haciendo de nuestra vida
una constante Eucaristía, sólo si nosotros le entregamos nuestro
corazón y dejamos que su Espíritu actúe en nosotros.
12. EL PADRENUESTRO: Cristo
se ha hecho presente en medio de nosotros, por él hemos sido
hechos todos hermanos en el Espíritu, hijos de un mismo Padre.
Por eso, ahora, juntos, podemos orar en compañía de Jesús al
Padre, como el mismo Jesús nos enseñó. En este momento, oramos
con Jesús, presente realmente, la oración al Padre: estamos
unidos en oración Jesús, el Hijo Único, y nosotros, los hijos
adoptivos.
13. CORDERO DE DIOS-MOMENTO DE LA PAZ:
Reconocemos ahora que Jesús ha ofrecido su vida al Padre por
nosotros en la Cruz, Él es el sacrificio vivo y santo que nos ha
reconciliado para siempre con Dios. Por Él nos ha llegado la paz
verdadera: la que da Dios y no la que da el mundo. La paz de
Dios es la salvación eterna, el perdón de los pecados, el amor
que es capaz de entregarse a sí mismo en sacrificio por aquellos
que ama. La paz del mundo es la ausencia de conflicto que le
permite a cada uno vivir según sus deseos. La paz de Cristo nos
saca de nosotros mismos y nos pone al servicio de los otros,
mientras que la paz del mundo nos sumerge en nuestro propio
egoísmo, en nuestros gustos y rutinas.
14. LA COMUNIÓN: Este
momento es absolutamente maravilloso, recibimos a Jesús en la
Eucaristía, su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad. Dios
viene a vivir en nosotros como en su propia casa, viene a
transformarnos y a fortalecernos desde nuestro interior. Como
María en el momento en que recibió del Espíritu a Jesús en sus
entrañas, así nosotros, en la comunión, quedamos fecundados por
el Espíritu de Dios: realmente llevamos en nosotros a Cristo.
Dios hace de su amor un acto: se nos entrega todo entero en la
forma más sencilla y humilde (un trocito de pan) para que lo
podamos recibir.
15. ACCIÓN DE GRACIAS:
Después de un regalo tan grande ¿qué podemos hacer? Sólo abrir
nuestros labios y nuestro corazón al agradecimiento. Tomar
conciencia de lo que hemos recibido y hacer de nuestra vida
acción de gracias, es decir, reflejo del amor de Dios que hemos
recibido en Jesús Eucaristía. Él nos ha tocado, nos ha besado
con su amor y sólo nos queda hacer de nuestra vida beso, caricia
de amor a Jesús, mostrando su rostro en medio de nuestros
hermanos. Agradecer a Dios significa vivir como vivió Jesús:
sirviendo, amando, sanando, ayudando, enseñando, perdonando,
entregando su vida por todos, sin excepción. Misión difícil,
casi imposible, pero no estamos solos, Cristo vive en nosotros y
lo que es imposible para los hombres es posible para Dios. La
palabra misma dice lo que tenemos que hacer: Eucaristía viene
del griego y significa acción de gracias.
16. BENDICIÓN FINAL: Con el
encargo de dejar vivir en nosotros a Cristo y transmitirlo a los
que nos rodean en acciones concretas de amor y servicio, somos
enviados al mundo con la bendición de Dios, para que nuestra
tarea sea efectiva y demos fruto abundante. Recibimos a Cristo
Eucaristía para compartirlo con los que nos rodean. Hemos sido
bendecidos para que seamos bendición para los demás; hemos
entrado a la Eucaristía como harina y agua, y Dios ha hecho un
pan que ha consagrado para sí. Ahora somos hostias consagradas:
llevamos en nosotros la presencia de Jesús y tenemos la misión
de reflejarla y transmitirla a los demás, para que todos seamos
transformados. La palabra Misa lo resume todo: viene del latín y
significa envío, es decir, los que recibimos a Jesús somos
enviados a darle a conocer. El fruto de la Eucaristía es que
todos seamos misioneros, es decir, que llevemos a Jesús a los
demás.