Paz, Guerra, Doctrina social
Paz, del
Latín: Pax

 

Editado por: Padre Jordi Rivero

Catecismo:
Defensa de la paz

 “Pero si los medios incruentos bastan para proteger y defender del agresor la seguridad de las personas, la autoridad se limitará a esos medios, porque ellos corresponden mejor a las condiciones concretas del bien común y son más conformes a la dignidad de la persona humana" Catecismo 2267

Ver también:

Oraciones por la paz
Paz: fruto del Espíritu Santo 
¿Donde está la paz? Benedicto XVI
Pacem in Terris Encíclica, Juan XXIII

Compromiso Común por la Paz -Asís, 2002
Paz y Justicia -Gáudium et spes
Mas...
Doctrina social
Decálogo de la Paz -JPII
Paz, derecho internacional
y distribución de bienes
-JPII

Armamento
Terrorismo - Guerrillas
Crisis de Irak y del mundo es responsabilidad de todos.-editorial
Nunca mas la guerra -Ben XVI, 2007

Jornadas Mundiales de la Paz
Familia Humana, Comunidad de Paz -Benedicto XVI, 2007
Paz: Tarea permanente -JPII, 2003.
Paz, Justicia, Perdón -JPII, 02
Paz en la tierra a los hombres que Dios ama -JPII,2000



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ver también: Guerra

Definición de paz: es la tranquilidad que procede del orden y de la unidad de voluntades; la serenidad existente donde no hay conflicto.

La paz interior
del hombre es fruto de la unidad de la voluntad humana con la voluntad divina. Se puede obtener
aún en medio de grandes tormentos exteriores.

Como se obtiene la paz:
-C
uatro requisitos para que reine la paz:
-“
Pacem in terris (La paz en la tierra), profunda aspiración de los hombres de todos los tiempos, no se puede establecer ni asegurar sino se guarda íntegramente el orden establecido por Dios. La Paz ha de estar fundada sobre la verdad, construida con las normas de la justicia, vivificada e integrada por la caridad y realizada, en fin, con la libertad -Beato Juan XXIII, Pacem in terris.
-La paz es un don de Dios que encuentra su plenitud en Jesús. Jesús nos enseñó el camino de la paz tomando la Cruz. No hay paz cuando los hombres se apartan de Dios.
-
El arma mas poderosa: la oración. 
-"la conquista de la paz a todos los niveles está unida a la conversión del corazón y a un auténtico cambio de vida" -Juan Pablo II, 1-IV-03

La Paz,  Juan Pablo II- 1 Enero, 2004
Educar en la Paz
"Ante las situaciones de injusticia y de violencia que oprimen a varias zonas del planeta, ante la permanencia de conflictos armados con frecuencia olvidados por la opinión pública, se hace cada vez más necesario construir juntos caminos para la paz; se hace por eso indispensable educar en la paz"

Perdón
"hacer todo lo posible para superar la lógica de la estricta justicia para abrirse también a la del perdón. De hecho, ¡no hay paz sin perdón!"

Un Nuevo Orden Internacional
"cada vez se experimenta más claramente la necesidad de un nuevo orden internacional, que recoja la experiencia y los resultados alcanzados en estos años por la Organización de las Naciones Unidas... Un orden  que sea capaz de dar soluciones adecuadas a los problemas de hoy, fundadas en la dignidad de la persona humana, en un desarrollo integral de la sociedad, en la solidaridad entre los países ricos y los países pobres, en la capacidad para compartir los recursos y los extraordinarios resultados del progreso científico y técnico".


La Paz y la Justicia
C
oncilio Vat.II, Gáudium et spes,
sobre la Iglesia en el mundo actual,   #85

Para construir la paz es preciso que desaparezcan primero todas las causas de discordia entre los hombres, que son las que engendran las guerras; entre estas causas deben desaparecer principalmente las injusticias. No pocas de estas injusticias tienen su origen en las excesivas desigualdades económicas y también en la lentitud con que se aplican los remedios necesarios para corregirlas. Otras injusticias provienen de la ambición de dominio, del desprecio a las personas, y, si queremos buscar sus causas mas profundas, las encontraremos en la envidia, la desconfianza, el orgullo y demás pasiones egoístas. Como el hombre no puede soportar tantos desórdenes, de ahí se sigue que, aun cuando no se llegue a la guerra, el mundo se ve envuelto en contiendas y violencias.


«Pacem in terris», cuarenta años después
Juan Pablo II recordando cuatro conceptos clave articulados por Juan XXIII

18-I-2003 (ZENIT.org).- El mensaje de Juan Pablo II para el Día Mundial de la Paz 2003 se centró en elementos clave de la encíclica de 1963 de Juan XXIII, «Pacem in terris». En ella, Juan XXIII identificaba cuatro importantes requisitos para que reine la paz: la verdad, la justicia, el amor y la libertad.

Los cuatro conceptos aparecen en varios lugares de la encíclica, junto a una amplia variedad de temas. Estos conceptos, de hecho, se analizan de lleno en los números 35-38 de la encíclica.

Para que una sociedad se ordene de acuerdo a la dignidad humana, «debe basarse en la verdad», afirmaba Juan XXIII. Citando Efesios 4, 25, escribía que toda persona debería hablar de la verdad con su prójimo. Esta práctica implica el reconocimiento no sólo de los derechos de cada individuo, sino también de los deberes que se debe cumplir de cara a los demás.

Tras fundarse sobre la verdad, la sociedad «debe llevarse a efecto por la justicia». Esto se alcanza cuando respetamos los derechos de los demás y satisfacemos nuestros deberes hacia ellos. Sólo entonces las personas se guiarán por la justicia en sus relaciones sociales. Pero esta vida social también necesita, indicaba la encíclica «estar animada por un amor tal que sientan las necesidades de los demás como propias, induciéndoles a compartir sus bienes con los demás, y a esforzarse en el mundo para lograr que todos los hombres sean iguales herederos de los más nobles valores intelectuales y espirituales».

El último de los cuatro conceptos, la libertad, entra en juego cuando los miembros de la sociedad eligen como medios para realizar sus acciones aquellos que son «coincidentes con la dignidad de sus miembros individuales, quienes, estando dotados de razón, asumen la responsabilidad de sus propias acciones».

La interacción de estos cuatro factores, continuaba Juan XXIII, significa que podemos pensar en la sociedad «como una realidad sobre todo espiritual». Es espiritual en el sentido de que sus miembros comparten en la verdad y juntos aspirar «a los bienes del espíritu», mientras que comparten al mismo tiempo «los sanos placeres del mundo».

Este compartir implica que las personas ofrezcan a los demás «todo lo que es mejor de sí mismas», y beneficiarse de las riquezas espirituales de sus prójimos. Los valores espirituales así obtenidos guiarán a su vez las acciones de la sociedad en su cultura, economía, leyes y demás elementos que eleven la vida humana.

Sin embargo, Juan XXIII advertía de que la fundación de la verdad en las relaciones sociales no se basa meramente en un acuerdo mutuo. Más bien, el orden social «encuentra su fuente en el Dios verdadero, personal y transcendente. Él es la primera verdad, el bien soberano, y como tal la fuente más profunda a partir de la cual la sociedad humana, si se constituye adecuada, creativa y correctamente según la dignidad humana, encuentra su genuina vitalidad» (No. 38).

Yendo más lejos, en el No. 45, afirmaba que las acciones basadas en Dios, conducen a su vez a las personas al Todopoderoso. La preocupación por los derechos y deberes pasan a través de una apreciación de los valores espirituales, «de un mejor reconocimiento del verdadero Dios que es personal y transcendente, y así harán de los lazos que los unen a Dios la fundación sólida y el supremo criterio de sus vidas», afirmaba el No. 45 de la encíclica.

Relaciones entre los Estados
La encíclica vuelve a estos conceptos en el No. 80 al ocuparse de los asuntos internacionales. Juan XXIII insistía en que la verdad debe ser el primer punto que gobierne las relaciones entre los Estados. Esta verdad demanda la eliminación del racismo y significa que los Estados «son por naturaleza iguales en dignidad». Por eso tienen un igual derecho a la existencia, al propio desarrollo y al respeto. La experiencia demuestra que las naciones son muy sensibles a las cuestiones que tocan su dignidad y honor, advertía.

Naturalmente, los Estados diferirán grandemente en poder, talento y recursos, observaba la encíclica. Pero esto no implica que los estados más ricos tengan justificación para controlar a los demás. Por el contrario, «significa que tienen que hacer una contribución más grande a la causa común del progreso social».

La encíclica no afirmaba que las naciones o lo individuos deban considerar a todos los Estados como igualmente buenos. De hecho, a las personas no se les debe «quitar que muestren particular atención a las virtudes de su propia forma de vida», indicaba Juan XXIII. Pero deberían respetar los principios de la verdad y la justicia, afirmaba.

De hecho, las relaciones entre los Estados deberían gobernarse por el principio de la justicia. Esto significa no sólo el reconocimiento de los derechos, sino también el cumplimiento de los deberes y el evitar acciones que sean injustas o perjudiciales para los demás. «Quita la justicia, y qué son los reinos sino poderosas bandas de ladrones», escribía el Papa, citando a san Agustín.

Y cuando haya conflictos de intereses entre Estados, estas diferencias deberían resolverse « de manera verdaderamente humana», urgía la encíclica, «no por la fuerza armada ni por el engaño o la astucia».

La tercera virtud, el amor, se examina bajo el título de solidaridad. Juan XXIII recomendaba que los Estados aunaran sus recursos. Las autoridades civiles existen, explicaba «no para confinar a los hombres dentro de las fronteras de sus propias naciones, sino primariamente para proteger el bien común del Estado, que ciertamente no puede disociarse del bien común de la entera familia humana».

Pero, advertía, lo que es beneficioso para algunos puede perjudicar a otros. Por eso, en esta ayuda mutua, «se debe tener gran cuidado», para que no cause perjuicios.

Volviendo a la cuarta virtud, la libertad, la encíclica pedía a los países que evitaran cualquier acción que pudieran constituir una opresión injusta o una interferencia indebida. Cualquier ayuda dada a los países más pobres en su desarrollo económico debería darse «de manera que se garantice que se preserva su propia libertad».

Resumiendo más adelante esta tarea, el Papa en el No. 163 de la encíclica pedía el establecimiento de unas nuevas relaciones en la sociedad humana, «bajo el señorío y la guía de la verdad, la justicia, la caridad y la libertad». Estos principios, insistía, deberían guiar las acciones a todos los niveles: entre individuos, dentro de las familias, entre asociaciones, y a nivel internacional.

Juan XXIII observaba que había pocas personas que llevaran sobre sí esta responsabilidad. A éstos les animaba a perseverar.

También invitaba a todos los cristianos a que fueran «un punto de que brille intensamente en el mundo, un núcleo de amor, una levadura en la entera masa». Esto se alcanzará en el grado en que cada cristiano se una a Dios, explicaba el Papa. El mundo no estará en paz hasta que «la paz haya encontrado un hogar en el corazón» de cada persona, y hasta que cada individuo respete el orden establecido por Dios, afirmaba. Cuarenta años después, el mensaje de Juan XXIII es tan válido como siempre.
ZSI03011801


Compromiso común a favor de la paz
Declaración final de mas de 250 líderes religiosos en Asís en la Jornada de oración por la paz, 25 de enero, 2002

Con los nombres de los religiosos que leyeron cada pasaje

--Patriarca ecuménico Bartolomé I de Constantinopla
 
Reunidos aquí, en Asís, hemos reflexionado juntos sobre la paz, un don de Dios y un bien común de toda la humanidad. Si bien pertenecemos a diferentes tradiciones religiosas, afirmamos que la construcción de la paz requiere amar al prójimo en obediencia a la «ley de oro»: «No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan».

Con esta convicción, trabajaremos sin descanso en la gran empresa de construir la paz.

Por ello:

--Reverendo Konrad Raiser (Consejo Ecuménico de las Iglesias)

1. Nos comprometemos a proclamar nuestra firme convicción de que la violencia y el terrorismo son incompatibles con el auténtico espíritu de la religión y, condenando todo recurso a la violencia y a la guerra en nombre de Dios o de la religión, nos comprometemos a hacer todo lo que nos sea posible para desarraigar las causas del terrorismo.

--Bhai Sahibji Mohinder Singh (sij)

2. Nos comprometemos a educar a la gente en el respeto y la estima mutuos para favorecer una convivencia fraterna y pacífica entre personas de diferentes grupos étnicos, culturas y religiones.

--Metropolita Pitirim (del patriarcado ortodoxo de Moscú)

3. Nos comprometemos a promover la cultura del diálogo para que crezcan la comprensión y la confianza recíproca entre individuos y pueblos, siendo éstas las premisas de la paz auténtica.

--Metropolita Jovan (del patriarcado ortodoxo de Serbia)

4. Nos comprometemos a defender el derecho de toda persona humana a vivir una existencia digna, según al propia identidad cultural y a formar libremente una familia.

--Jeque Abdel Salam Abushukhadaem (musulmán)

5. Nos comprometemos a dialogar con sinceridad y paciencia, sin considerar lo que nos diferencia como un muro imposible a superar, sino por el contrario reconociendo que el encuentro con la diversidad de los demás puede convertirse en una oportunidad para mejorar la comprensión recíproca.

--Obispo Vasilios (de la Iglesia ortodoxa de Chipre)

6. Nos comprometemos a perdonarnos mutuamente los errores y prejuicios del pasado y del presente, y a apoyarnos en el común esfuerzo por derrotar el egoísmo y la prepotencia, el odio y la violencia, así como a aprender del pasado que la paz sin la justicia no es una auténtica paz.

--Señor Chang-Gyou Choi (confuciano)

7. Nos comprometemos a estar de la parte de los que sufren a causa de la miseria y el abandono, haciéndonos portavoces de quien no tiene voz y trabajando concretamente para superar tales situaciones, con la convicción de que nadie puede ser feliz solo.

--Hojjatoleslam Ghomi (musulmán)

8. Nos comprometemos a hacer nuestro el grito de quien no se resigna a la violencia y al mal y queremos contribuir con todas nuestras fuerzas para dar a la humanidad de nuestro tiempo una esperanza real de justicia y de paz.

--Reverendo Nichiko Niwano (budista)

9. Nos comprometemos a alentar toda iniciativa que promueva la amistad entre los pueblos, convencidos de que el progreso tecnológico, cuando falta un entendimiento solidario entre los pueblos, expone al mundo a crecientes riesgos de destrucción y muerte.

--Rabino Samuel-René Sirat (judaísmo)

10. Nos comprometemos a pedir a los líderes de las naciones que hagan todos los esfuerzos posibles para crear y consolidar, a nivel nacional e internacional, un mundo de solidaridad y paz, basado en la justicia.

--Doctor Mesach Krisetya (Conferencia Menonita Mundial)

Como personas de diferentes tradiciones religiosas, proclamaremos sin descanso que la paz y la justicia son inseparables y que la paz y la justicia son el único camino por el que la humanidad puede avanzar hacia un futuro de esperanza. En un mundo en el que sus fronteras cada vez están más abiertas, y las distancias son más breves a causa de una amplia red de comunicaciones, estamos convencidos de que la seguridad, la libertad y la paz nunca serán garantizadas por la fuerza, sino por el entendimiento mutuo.

Que Dios bendiga estas resoluciones y dé justicia y paz al mundo.

--Juan Pablo II

¡Nunca más la violencia!
¡Nunca más la guerra!
¡Nunca más el terrorismo!
En nombre de Dios, que toda la religión traiga justicia y paz,
perdón y vida,
¡amor!

siervas_logo_color.jpg (14049 bytes)
Regreso a la página principal
www.corazones.org
Esta página es obra de Las  Siervas de los Corazones Traspasados de Jesús y María