EL CATÓLICO Y LA POLÍTICA
"El hombre no puede separarse de Dios, ni la política de la moralidad" Juan Pablo II

Responsabilidad social
Los católicos debemos participar en la política
como ciudadanos responsables, por el bien de todos. La solución a la corrupción no es abandonar la  política sino participar en ella con principios cristianos. Jesús nos dijo que somos sal y luz del mundo. Esto debe aplicar primero a nuestra vida pero, si esta es auténtica, se manifiesta también en la política. La sal preserva de la corrupción, la luz permite que se vea la verdad.

Es necesario formarse en la fe y la doctrina social de la Iglesia para discernir sin dejarse seducir por las pasiones y las mentiras que se presentan en las campañas electorales. (Cf. Gaudium es Spes, 43). Es sorprendente como la propaganda de los medios engaña a la gente, como creemos las cosas solo porque se repiten. Debemos examinar objetivamente como los candidatos han actuado en el pasado. Ver: verdad

Hay una jerarquía de valores. El valor principal es el respeto a la vida humana. Si un candidato favorece el aborto o la eutanasia, no respeta al ser humano y no se debe votar por él aunque en otros aspectos parezca bueno. Los derechos humanos forman parte de la ley natural, la cual es accesible a la razón cuando se busca con sincero corazón. Ver: Benedicto XVI >>  Toda autoridad legítima procede de Dios y debe someterse totalmente a Dios. Cuidado que no sea solo de palabra sino que en efecto demuestre coherencia con la moral.

Ningún gobierno, partido o político se puede confundir con el Reino de Dios. Cuidado con los mesianismos políticos, que se presentan como salvadores de la humanidad.  "Ningún partido representa a la Iglesia y los católicos pueden militar o dar su voto libremente al partido o al candidato que mejor responda a sus convicciones personales, con tal de que sean compatibles con la ley moral natural y que sirvan sinceramente al bien común de la sociedad. Nuestra misión, en cambio, ha de ser la de orientar con los principios éticos de la doctrina social cristiana sobre los derechos y deberes políticos de los fieles laicos, ayudando a formar una conciencia social."  -obispos mexicanos ¡Votemos con Responsabilidad!

Evitar:
1- Apasionarse o preferir la afiliación política por encima de la razón y la moral.
2- Un concepto teocrático de la política. Cardinal Ratzinger:
«La justa profanidad de la política excluye la teocracia» Ver diferencia entre laicidad y laicismo

La doctrina social de la Iglesia  expone las obligaciones de los gobernantes y de los ciudadanos de promover y defender todos los derechos humanos (el mas fundamental es el derecho a la vida) y buscar el bienestar de todos. Que nadie esté por encima de la ley y nadie fuera de su amparo.

Los obispos de México a los políticos: "A los políticos católicos les recordamos el deber moral que tienen en su actuación pública, especialmente a los legisladores, de mantenerse fieles a la doctrina del evangelio, conservando su compromiso claro con la fe católica y no apoyando leyes contrarias a los principios morales y éticos como son los que atentan contra el derecho a la vida o en contra de las instituciones de la familia y el matrimonio. Solo la adhesión a convicciones éticas profundas y una actuación coherente pueden garantizar una acción pública, honesta y desinteresada, de los legisladores y gobernantes." ¡Votemos con Responsabilidad!

«Todo aquel que ha proclamado que quiere prestar un servicio, un servicio a nuestra patria en funciones muy diversas, tiene que mostrar en la práctica que en realidad ha llegado a ese puesto para servir y no para servirse, no para enriquecerse; sino para dar lo mejor que tiene en favor del pueblo que tanto lo necesita» -Cardenal Norberto Rivera Carrera, arzobispo primado de México. VII-03

"El criterio fundamental para configurar la propia conciencia es la obligación de evitar el mal y de favorecer el bien. En temas que afectan a la vida y los derechos de la persona, el criterio básico es el de aceptar y favorecer lo que esté conforme con la ley natural, según una valoración moral apoyada en la misma naturaleza humana que favorece el desarrollo de las potencialidades humanas de acuerdo con el bien de la persona, en verdad y justicia. Según este criterio difícilmente discutible, los católicos tenemos claro que no podemos apoyar programas o proyectos políticos que amenazan el derecho a la vida de los seres humanos desde su concepción hasta la muerte natural, alteran esencialmente la concepción del matrimonio desprotegiendo la realidad de la familia, debilitan las bases de la convivencia. En el caso, nada infrecuente, de que ninguna opción política satisfaga las exigencias morales de nuestra conciencia, la recta conciencia nos induce a votar aquella alternativa que nos parezca menos contraria a la ley natural, más apta para proteger los derechos de la persona y de la familia, más adecuada para favorecer la estabilidad social y la convivencia, y mejor dispuesta para respetar la ley moral en sus actividades legislativas, judiciales y administrativas.

...Para votar responsablemente, es preciso anteponer los criterios morales a las cuestiones y preferencias opinables y contingentes de orden estrictamente político. Habrá cuestiones secundarias que tengamos que dejar en un segundo plano para atender en primer lugar a los aspectos y consecuencias de orden moral de nuestro voto. Esto ocurre siempre que las propuestas de los partidos desbordan sus legítimas competencias y afectan a cuestiones de orden moral que tienen que estar por encima de los avatares políticos." -Monseñor Fernando Sebastián Aguilar, arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

Examinar la verdad. Se deben estudiar las propuestas antes de apoyarlas. Hablar es fácil, obrar en la verdad cuesta la vida. Hay que buscar la verdad con la mayor objetividad posible. Más que basarse en lo que dicen los políticos, hay que analizar lo que han hecho para ver si son coherentes, íntegros y honestos.  El malvado siempre disfraza sus intenciones con argumentos hermosos.

Evitar la demagogia. Los políticos saben qué teclas tocar para encender las emociones, muchas veces irresponsablemente. Cuidado con la manipulación de los sentimientos hacia la patria, la raza, el sufrimiento de los pobres, la libertad, etc. Con frecuencia se crea un mito en torno a un político o se destruye su reputación basado en la repetición de falacias. El cristiano no se debe llevar por las emociones ni por la fiebre que incita a las masas. No debe dejarse engañar por promesas. La prosperidad de los pueblos requiere un largo proceso de construcción y fortalecimiento de un sistema de gobierno, de educación, de trabajo, etc. bajo un estado de derecho que proteja justamente a todos los ciudadanos. Esto no se consigue con la demagogia. Hay que estar preparado para tomar opciones que no sean populares pero que sean justas. Recordemos como Jesucristo fue condenado por las masas porque matarlo "era conveniente".  

El fin no justifica los medios. Nunca será aceptable utilizar un medio en sí mismo perverso para lograr un bien. Por eso debemos condenar, por ejemplo, el terrorismo, el aborto, el secuestro, la mentira y la difamación.

Ordenar las prioridades. El bien común debe estar por encima de intereses personales. Al mismo tiempo no se deben violar los derechos naturales de ninguna persona. No se debe votar por quien viola la ley natural aunque por otra parte tenga buenas propuestas. Un católico no debe votar por candidatos que favorecen la inmoralidad, tal como es, por ejemplo, el aborto.  En casos, como ocurre con frecuencia, en que todos los candidatos carecen de una clara posición moral que cubra todos los campos, el votante debe decidirse por el que al menos promueva los valores fundamentales.  

Obligación de participar en la política. En una democracia los gobernantes son elegidos por el voto popular. Por eso todo ciudadano tiene la responsabilidad de votar habiendo seriamente estudiado los temas y conocido la posición de los candidatos. Un católico no puede eludir su responsabilidad civil ya que eso sería cederle el paso al mal. El hecho de que haya mucha corrupción en la política no exonera al cristiano de su responsabilidad. Más bien le debe retar a trabajar por un mundo mejor. El que no vota o vota sin atención a las leyes de Dios es culpable de los resultantes males.  “Los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la política” (Vaticano II, Ch L 42).

Los obispos de Estados Unidos declararon en 1995: "En la tradición católica, la ciudadanía es una virtud y la participación en el proceso político es una obligación" (Documento "Political Responsibility")

La libertad. La libertad es un don que conlleva una gran responsabilidad. Como católicos estamos comprometidos a ejercer nuestra libertad siempre para hacer el bien y nunca para violar los derechos ajenos. 

« Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres » (Hch 5, 29)


No cedáis en cuestión de principios; tened las puertas abiertas pues la democracia significa colaborar.
En 1946, Pío XII dijo a un grupo de jóvenes
que comenzaban en la política, entre ellos el que luego fue gran estadista italiano, Alcides De Gásperi: «Id al Parlamento para servir; no cedáis en cuestión de principios; tened las puertas abiertas pues la democracia significa colaborar; no penséis en vuestros intereses particulares, sino en los de la comunidad. Id al Parlamento con espíritu ágil: capaz de subir escalones si os piden desempeñar puestos de responsabilidad, pero también de bajar con elegancia y humildad cantando alabanzas al Señor... sin romperos el "fémur espiritual" que es una de las fracturas más peligrosas», con mayor razón si se trata de cuestiones referidas a la defensa de la verdad y de la libertad de conciencia.


Respetar la persona humana, especialmente los más débiles e indefensos.
En su visita a Estados Unidos en 1987 Juan Pablo II retó a los Estados Unidos a vivir completamente los nobles preceptos de su Constitución respetando la dignidad de todo ser humano:

"Por esta razón, América, tu más profunda identidad y verdadero carácter como nación se revela en la postura que tomes como nación hacia la persona humana. La prueba máxima de tu grandeza está en la forma que trates a cada ser humano, pero especialmente a los mas débiles y mas indefensos"1   
2-
Más documentos en inglés sobre este tema >>>

Algunos dicen que no se debe votar basándose en un solo tema
Aunque es cierto que se deben considerar los diferentes temas que afectan a la nación, hay temas que son más importantes que otros y en los que se fundamentan los demás.  Hay algunas posiciones políticas que por sí solas son tan graves que deberían ser suficientes para no votar por el candidato que las sostenga. Por ejemplo: no podemos votar en buena conciencia por un candidato que promueva la "limpieza étnica", aunque tuviese un gran plan para la economía. Por esta razón un católico no debe votar por un candidato que promueva el aborto. 
-Padre Jordi Rivero

Notas:

1- Juan Pablo II en Estados Unidos, 1987. Original en inglés: "For this reason, America, your deepest identity and truest character as a nation is revealed in the position you take toward the human person. The ultimate test of your greatness is the way you treat every human being, but especially the weakest and most defenseless ones."

2- English documents 

The bishops of the United States, pastoral letter "Living the Gospel of Life":

"Bringing a respect for human dignity to practical politics can be a daunting task. Good people frequently disagree on which problems to address, which policies to adopt and how best to apply them. But, for citizens and elected officials alike, the basic principle is simple: We must begin with a commitment never to intentionally kill, or collude in the killing, of any innocent human life, no matter how broken, unformed, disabled or desperate that life may seem.

"any political agenda which hopes to uphold equal rights for all, must affirm the equal rights of every child, born or unborn... our nation's declaration of God-given rights, coupled with the command "Though shall not kill" are the starting point of true freedom. To choose any other path is to contradict our own identity as a nation dedicated to "Life, liberty and the pursuit of Happiness".

Bishop Eusebius J. Beltran, Archbishop of Oklahoma City, Pastoral letter, November, 1994:
If one issue is big enough and important enough and capable of overshadowing other issues, then it should be addressed. If one issue is so fundamental that it affects every other issue, then it should be given prominence. If one issue perpetrates a grave injustice to anyone, then it has to be stopped. If one issue is a matter of life or death, then life has to be chosen. The one issue that is reflected in each of these situations is abortion. Therefore I am proud to be called a "single issue voter" in this regard for there is no other issue as basic, as fundamental and as urgent."


Oración de los políticos
-“CON LICENCIA ECLESIÁSTICA”  -Arquidiócesis Primada de México. 2003

Jesucristo, Hijo de Dios omnipotente y eterno, Creador, Rey y Señor de la historia, Supremo Legislador, de quien emana y depende todo poder: nosotros, hombres y mujeres políticos católicos, sobre quienes recae la carga del servicio a la nación, imploramos la ayuda de Tu Espíritu para el ejercicio de la política como ciencia, arte y virtud, para edificar la justicia social y el bien común.

Danos, Señor, la gracia de testimoniar, como Tomás Moro, la inalienable dignidad de la conciencia, sin abandonar la constante fidelidad a la autoridad y a las instituciones, para que sepamos afirmar con nuestra vida y con nuestra muerte que el ser humano no se puede separar de Dios, ni la política de la moral. Danos fortaleza para animar con el espíritu del Evangelio el orden temporal, respetando su naturaleza y su legítima autonomía. Infunde en nuestros corazones la humildad necesaria para reconocernos siervos inútiles y el valor y la perseverancia necesarios para hacer todo como si todo dependiera de nosotros, abandonándonos en Ti porque todo depende de Ti.

Enséñanos, Señor, a ser congruentes, coherentes con nuestra vida para que sepamos promover la verdad moral objetiva e irrenunciable que implica: defender la vida humana y su dignidad desde la concepción hasta la muerte natural; tutelar a la familia fundada por un hombre y una mujer y protegerla en su unidad y estabilidad; reconocer la libertad de los padres en la educación de sus hijos; eliminar cualquier forma de esclavitud o discriminación de las personas; impulsar el derecho a la libertad religiosa; desarrollar una economía al servicio de la persona en un marco de justicia, solidaridad y subsidiariedad y trabajar incansablemente por la paz que es siempre “obra de la justicia y efecto de la caridad”.

Con el Papa Clemente XI, te pedimos, Señor, que nos enseñes a hacer Tu voluntad queriendo todo aquello que quieres Tú, precisamente porque lo quieres Tú, como Tú lo quieras y durante el tiempo que Tú lo quieras; que nos des Tu gracia para ser obedientes con nuestros superiores, comprensivos con nuestros colaboradores, solícitos con todas las personas y generosos con quienes se dicen nuestros enemigos; que nos ayudes a superar son austeridad el placer, con generosidad la avaricia, con amabilidad la ira y con fervor la tibieza; que sepamos tener prudencia al aconsejar, valor en los peligros, paciencia en las dificultades y sencillez en los éxitos. Muéstranos, te lo suplicamos, cómo hacer de la política un camino de santidad, para que nunca nos avergoncemos de Ti ante el mundo, para que Tú, Señor, no nos niegues delante del Padre.

Escúchanos, Señor, a fin de que nunca falte tu luz a nuestra mente, tu fuerza a nuestra voluntad y el calor de tu caridad a nuestro corazón, para que amemos en verdad a quienes servimos. Infúndenos un sentimiento vivo, actual y profundo de lo que es el orden social, pensado por Ti, fundado en el derecho natural; y haz que un día, justamente con aquellos a quienes tuvimos la misión de servir, podamos gozar de Ti bajo la mirada amorosa de Tu dulcísima Madre, María Santísima de Guadalupe, por toda la eternidad. Así sea.


La Democracia Debe Ser Real

Juan Pablo II denunció que en ocasiones la democracia es un fenómeno formal pero no real.   Mensaje enviado a los jefes de Estado y jefes de gobierno de los países que participaron en la VII Cumbre Iberoamericana, que se celebró en la isla venezolana de Margarita 1997. 
©Zenit  

«La participación efectiva, consciente y responsable de los ciudadanos en la vida pública no puede detenerse en declaraciones formales –denunció–, sino que exige una acción continua para que los derechos proclamados puedan ser ejercidos realmente».

En su mensaje a los representantes de América Latina, España y Portugal congregados en la localidad venezolana, el pontífice consideró que la democracia «es una opción fundamentalmente ética en favor de la dignidad de la persona, con sus derechos y libertades, sus deberes y responsabilidades, en la cual encuentra sustento y legitimidad toda forma de convivencia humana y de estructuración social».

 La Iglesia y la democracia «La Iglesia, que no posee una fórmula propia de constitución política para las naciones –aclaró–, ni pretende imponer determinados criterios de gobierno, encuentra aquí el ámbito específico de su misión de iluminar desde la fe la realidad social en que está inmersa». El obispo de Roma consideró, recordando el Concilio Vaticano II, que las «estructuras político -jurídicas han de dar a todos los ciudadanos, cada vez mejor y sin discriminación alguna, la posibilidad efectiva de participar libre y activamente en el establecimiento de los fundamentos jurídicos de la comunidad política, en el gobierno del Estado, en la determinación de los campos y límites de las diferentes instituciones y en la elección de los gobernantes». De ahí deriva, según la Iglesia católica, «el derecho y el deber de utilizar el sufragio libre para promover el bien común».

Para que haya una auténtica democracia, explicó el Papa, «es necesario que cada persona tenga no sólo derecho a pensar y propagar sus ideas, y a asociarse con libertad para la acción política, sino que tenga también derecho a vivir según su conciencia rectamente formada, sin perjudicar a los demás ni a uno mismo, y todo esto en virtud de la plena dignidad de la persona humana».

©Zenit


EL POLÍTICO CRISTIANO DEBE DAR
TESTIMONIO DE SU FE
Y SER COHERENTE CON SUS PRINCIPIOS.

DISCURSO DE JUAN PABLO II A PEREGRINOS PARLAMENTARIOS Y POLÍTICOS
DEL JUBILEO DE LOS POLÍTICOS (CIUDAD DEL VATICANO, 4 DE NOVIEMBRE DE 2000).

1. Me es grato recibirles en esta audiencia especial, ilustres gobernantes, parlamentarios y administradores públicos, venidos a Roma para el Jubileo. Les saludo con deferencia, a la vez que agradezco a la presidenta del Senado de Polonia, señora Grzeskowiak la felicitación que me ha expresado en nombre de la Asamblea al presidente del Senado de la Argentina, Mario Losada y al presidente del Senado Italiano, Incola Mancino, que se han hecho intérpretes de los sentimientos comunes. Deseo expresar mi agradecimiento también al Senador Francesco Cossiga, activo promotor de la proclamación de Santo Tomás Moro como patrono de los gobernantes y los políticos. Así mismo, saludo a las otras personalidades, entre ellas, al señor Mijail Gorvachov, que han tomado la palabra. Doy la bienvenida de manera especial a los jefes de Estado presentes.

Este encuentro me ofrece la oportunidad de reflexionar con ustedes -teniendo en cuenta las mociones precedentemente presentadas- sobre la naturaleza y la responsabilidad que conlleva la misión a la que Dios, en su amorosa providencia, les ha llamado. En efecto, ésta puede considerarse ciertamente como una verdadera vocación a la acción política, concretamente, al gobierno de las naciones, el establecimiento de las leyes y la administración pública en sus diversos ámbitos. Es necesario, pues, preguntarse por la naturaleza, las exigencias y los objetivos de la política, para vivirla como cristianos y como hombres conscientes de su nobleza y, al mismo tiempo, de las dificultades y riesgos que comporta.

LA JUSTICIA, PREOCUPACIÓN ESENCIAL DEL POLÍTICO

2. La política es el uso del poder legítimo para la consecución del bien camón de la sociedad. Bien común que, como afirma el Concilio Vaticano II, «abarca el conjunto de aquellas condiciones de la vida social con las que los hombres, familias y asociaciones pueden lograr más plena y fácilmente su perfección propia» (Gaudium et spes, 74). La actividad política, por tanto, debe realizarse con espíritu de servicio. Muy oportunamente, mi predecesor Pablo VI, ha afirmado que «La política es un aspecto [...] que exige vivir el compromiso cristiano al servicio de los demás» (Octogesima adveniens, 46).

Por tanto, el cristiano que actúa en política -y quiere hacerlo «como cristiano»- ha de trabajar desinteresadamente, no buscando la propia utilidad, ni la de su propio grupo o partido, sino el bien de todos y de cada uno y, por lo tanto, y en primer lugar, el de los más desfavorecidos de la sociedad. En la lucha por la existencia, que a veces adquiere formas despiadadas y crueles, no escasean los «vencidos», que inexorablemente quedan marginados. Entre éstos no puedo olvidar a los reclusos en las cárceles: el pasado 19 de Julio estuve con ellos, con ocasión de su Jubileo. En aquella oportunidad, siguiendo la costumbre de los anteriores Años Jubilares, pedí a los responsables de los Estados «una señal de clemencia en favor de todos los encarcelados», que fuera «una clara expresión de sensibilidad hacia su condición». Movido por las numerosas súplicas que me llegan de todas partes, renuevo también hoy aquel llamado, convencido de que un gesto así les animaría en el camino de revisión personal y les impulsaría a una adhesión más firme a los valores de la justicia.

Ésta tiene que ser precisamente la preocupación esencial del hombre político, la justicia. Una justicia que no se contenta con dar a cada uno lo suyo sino que tienda a crear entre los ciudadanos condiciones de igualdad en las oportunidades y, por tanto, a favorecer a aquellos que, por su condición social, cultura o salud corren el riesgo de quedar relegados o de ocupar siempre los últimos puestos en la sociedad, sin posibilidad de una recuperación personal.

Éste es el escándalo de las sociedades opulentas del mundo de hoy, en las que los ricos se hacen cada vez más ricos, porque la riqueza produce riqueza, y los pobres son cada vez más pobres, porque la pobreza tiende a crear nueva pobreza. Este escándalo no se produce solamente en cada una de las naciones, sino que sus dimensiones superan ampliamente sus confines. Sobre todo hoy, con el fenómeno de la globalización de los mercados, los países ricos y desarrollados tienden a mejorar ulteriormente su condición económica, mientras que los países pobres -- exceptuando algunos en vías de un desarrollo prometedor-- tienden a hundirse aun más en formas de pobreza cada vez más penosas.

PROMOVER LA SOLIDARIDAD.

3. Pienso con gran preocupación en aquellas regiones del mundo afligidas por guerras y guerrillas sin fin, por el hambre endémica y por terribles enfermedades. Muchos de ustedes están tan preocupados como yo por este estado de cosas que, desde un punto de vista cristiano y humano, representa el más grave pecado de injusticia del mundo moderno y, por tanto, ha de conmover profundamente la conciencia de los cristianos de hoy, comenzando por los que, al tener en sus manos los resortes de la política, la economía y los recursos financieros del mundo, pueden determinar -para bien o para mal- el destino de los pueblos.

En realidad, para vencer el egoísmo de las personas y las naciones, lo que debe crecer en el mundo es el espíritu de solidaridad. Sólo así se podrá poner freno a la búsqueda de poder político y riqueza económica por encima de cualquier referencia a otros valores. En un mundo globalizado, en que el mercado, que de por sí tiene un papel positivo para la libre creatividad humana en el sector de la economía (cf. Centesimus annus, 42), tiende sin embargo a desentenderse de toda consideración moral, asumiendo como única norma la ley del máximo beneficio, aquellos cristianos que se sienten llamados por Dios a la vida política tienen la tarea -ciertamente bastante difícil, pero necesaria- de doblegar las leyes del mercado «salvaje» a las de la justicia y la solidaridad. Ese es el único camino para asegurar a nuestro mundo un futuro pacifico, arrancando de raíz las causas de conflictos y guerras: la paz es fruto de la justicia.

LA IMPORTANTE MISIÓN DEL LEGISLADOR CRISTIANO.

4. Quisiera ahora, en particular, dirigir una palabra a aquellos de ustedes que tienen la delicada misión de formular y aprobar las leyes: una tarea que aproxima el hombre a Dios, supremo Legislador, de cuya Ley eterna toda ley recibe en ultima instancia su validez y su fuerza vinculante. A esto se refiere precisamente la afirmación de que la ley positiva no puede contradecir la ley natural, al ser ésta una indicación de las normas primeras y esenciales que regulan la vida moral y, por tanto, expresión de las características, de las exigencias profundas y de los más elevados valores de la persona humana. Como he tenido ocasión de afirmar en el Encíclica Evangelium vitae, «en la base de estos valores no pueden estar provisionales y volubles mayorías’ de opinión, sino sólo el reconocimiento de una ley moral objetiva que, en cuanto ley natural’ inscrita en el corazón del hombre, es punto de referencia normativa de la misma ley civil» (n. 70).

Esto significa que las leyes, sean cuales fueren los campos en que interviene o se ve obligado a intervenir el legislador, tienen que respetar y promover siempre a las personas humanas en sus diversas exigencias espirituales y materiales, individuales, familiares y sociales. Por tanto, una ley que no respete el derecho a la vida del ser humano -desde la concepción a la muerte natural, sea cual fuere la condición en que se encuentra, sano o enfermo, todavía en estado embrionario, anciano o en estadio terminal- no es una ley conforme al designio divino. Así pues, un legislador cristiano no puede contribuir a formularla ni aprobarla en sede parlamentaria, aun cuando, durante las discusiones parlamentarias allí dónde ya existe, le es lícito proponer enmiendas que atenúen su carácter nocivo. Lo mismo puede decirse de toda ley que perjudique a la familia y atente contra su unidad e indisolubilidad, o bien otorgue validez legal a uniones entre personas, incluso del mismo sexo, que pretendan suplantar, con los mismos derechos, a la familia basada en el matrimonio entre un hombre y una mujer.

En la actual sociedad pluralista, el legislador cristiano se encuentra ciertamente ante concepciones de vida, leyes y peticiones de legalización, que contrastan con la propia conciencia. En tales casos, será la prudencia cristiana, que es la virtud propia del político cristiano, la que le indique cómo comportarse para que, por un lado, no desoiga la voz de su conciencia rectamente formada y, por otra, no deje de cumplir su tarea de legislador.

Para el cristiano de hoy, no se trata de huir del mundo en el que le ha puesto la llamada de Dios, sino más bien de dar testimonio de su propia fe y de ser coherente con los propios principios, en las circunstancias difíciles y siempre nuevas que caracterizan el ámbito político.

EL EVANGELIO ILUMINA NUESTRO CAMINO.

5. Ilustres señores y amables señoras, los tiempos que Dios nos ha concedido vivir son en buena parte obscuros y difíciles, puesto que son momentos en que se pone en juego el futuro mismo de la humanidad en el milenio que se abre ante nosotros. En muchos hombres de nuestro tiempo domina el miedo y la incertidumbre:

¿hacia dónde vamos? ¿cuál será el destino de la humanidad en el próximo siglo? ¿a dónde nos llevarán los extraordinarios descubrimientos científicos realizados en estos últimos años, sobre todo en campo biológico y genético? En efecto, somos conscientes de estar sólo al comienzo de un camino que no se sabe dónde desembocará y si será provechoso o dañino para los hombres del siglo XXI.

Nosotros, los cristianos de este tiempo formidable y maravilloso al mismo tiempo, aun compartiendo los miedos, las incertidumbres y los interrogantes de los hombres de hoy, no somos pesimistas sobre el futuro, puesto que tenemos la certeza de que Jesucristo es el Dios de la historia, y porque tenemos en el Evangelio la luz que ilumina nuestro camino, incluso en los momentos difíciles y oscuros.

Un día el encuentro con Cristo transformó sus vidas y ustedes han querido renovar hoy su esplendor con esta peregrinación a los lugares que guardan la memoria de los apóstoles Pedro y Pablo. En la medida en que perseveren en esta estrecha unión con Él mediante la oración personal y la participación convencida en la vida de la Iglesia, Él, el Viviente, seguirá derramando sobre ustedes el Espíritu Santo, el Espíritu de la verdad y el amor, la fuerza y la luz que todos nosotros necesitamos.

Con un acto de fe sincera y convencida, renueven su adhesión a Jesucristo, Salvador del mundo, y hagan de su Evangelio la guía de su pensamiento y de su vida. Así serán en la sociedad actual el fermento de vida nueva que necesita la humanidad para construir un futuro más justo y más solidario, un futuro abierto a la civilización del amor.

Juan Pablo II


El respeto a la vida es fundamental para una sociedad justa
El Santo Padre, Juan Pablo II, en Evagelium Vitae #101,

El Evangelio de la vida no es exclusivamente para los creyentes: es para todos.

El Evangelio de la vida no es exclusivamente para los creyentes: es para todos. El tema de la vida y de su defensa y promoción no es prerrogativa única de los cristianos. Aunque de la fe recibe luz y fuerza extraordinarias, pertenece a toda conciencia humana que aspira a la verdad y está atenta y preocupada por la suerte de la humanidad. En la vida hay seguramente un valor sagrado y religioso, pero de ningún modo interpela sólo a los creyentes: en efecto, se trata de un valor que cada ser humano puede comprender también a la luz de la razón y que, por tanto, afecta necesariamente a todos.

Por esto, nuestra acción de «pueblo de la vida y para la vida » debe ser interpretada de modo justo y acogida con simpatía. Cuando la Iglesia declara que el respeto incondicional del derecho a la vida de toda persona inocente --desde la concepción a su muerte natural-- es uno de los pilares sobre los que se basa toda sociedad civil, 
« quiere simplemente promover un Estado humano. Un Estado que reconozca, como su deber primario, la defensa de los derechos fundamentales de la persona humana, especialmente de la más débil ». 

El Evangelio de la vida es para la ciudad de los hombres. Trabajar en favor de la vida es contribuir a la renovación de la sociedad mediante la edificación del bien común. En efecto, no es posible construir el bien común sin reconocer y tutelar el derecho a la vida, sobre el que se fundamentan y desarrollan todos los demás derechos inalienables del ser humano. Ni puede tener bases sólidas una sociedad que --mientras afirma valores como la dignidad de la persona, la justicia y la paz-- se contradice radicalmente aceptando o tolerando las formas más diversas de desprecio y violación de la vida humana sobre todo si es débil y marginada. Sólo el respeto de la vida puede fundamentar y garantizar los bienes más preciosos y necesarios de la sociedad, como la democracia y la paz.

En efecto, no puede haber verdadera democracia, si no se reconoce la dignidad de cada persona y no se respetan sus derechos.

En efecto, no puede haber verdadera democracia, si no se reconoce la dignidad de cada persona y no se respetan sus derechos.

No puede haber siquiera verdadera paz, si no se defiende y promueve la vida, como recordaba Pablo VI: « Todo delito contra la vida es un atentado contra la paz, especialmente si hace mella en la conducta del pueblo..., por el contrario, donde los derechos del hombre son profesados realmente y reconocidos y defendidos públicamente, la paz se convierte en la atmósfera alegre y operante de la convivencia social ».

El « pueblo de la vida » se alegra de poder compartir con otros muchos su tarea, de modo que sea cada vez más numeroso el « pueblo para la vida » y la nueva cultura del amor y de la solidaridad pueda crecer para el verdadero bien de la ciudad de los hombres.

La clave para comprender la relación Iglesia-política
Juan Pablo II
La doctrina social, explica al encontrarse con obispos brasileños
26-XI-2002
www.ZENIT.org
¿Cuál debe ser la contribución específica de la Iglesia a la política? Juan Pablo II respondió a esta candente pregunta ofreciendo como respuesta la propuesta y la aplicación de la doctrina social de la Iglesia.

El pontífice afrontó de lleno la cuestión este martes al encontrarse con un grupo de obispos de Brasil, país que --como él mismo constató-- está marcado desde hace décadas por una gran «paradoja»: una potencia económica en la que vive «el inmenso contingente de brasileños que viven en situación de indigencia».

Al recibir en su quinquenal visita al obispo de Roma --«ad limina apostolorum»-- a los prelados de los estados de Santa Catarina y Rio Grande do Sul, el pontífice dejó claro que ante esta situación «la Iglesia no pretende usurpar tareas y prerrogativas del poder político; pero sabe que debe ofrecer también a la política su contribución específica de inspiración y de orientación sobre los grandes valores morales».

«La imperiosa distinción entre Iglesia y poderes públicos no debe hacer olvidar que tanto la una como los otros se dirigen al hombre; y la Iglesia "experta en humanidad", no puede renunciar a inspirar las actividdes políticas para orientarlas al bien común de la sociedad», insistió.

Esta contribución de la Iglesia a la política, según constató el Papa, queda comprendida por la «doctrina social de la Iglesia», a la que describió como «ese conjunto de principios y criterios que, como fruto de la Revelación y la experiencia histórica, fueron decantándose para facilitar la formación de la conciencia cristiana y la implementación de la justicia en la convivencia humana».

Para expresarse mejor, enunció de manera positiva algunos de los criterios de la justicia social: «Por ejemplo, el amor preferencia por los pobres, para que alcancen un nivel más digno de vida; el cumplimiento de las obligaciones asumidas en contratos y convenios; la protección de los derechos fundamentales exigidos por la dignidad de la persona humana; el uso correcto de los propios bienes, que redundan en beneficio individual y colectivo, coherentemente con el objetivo social que corresponde a la propiedad, el pago de los impuestos...».

Con gran interés pedagógico, el obispo de Roma ilustró concretamente también estos criterios desde su «perspectiva negativa», como «las violaciones de la justicia, el salario insuficiente para el sustento del trabajado y de su familia; la injusta apropiación de los bienes ajenos; la discriminación en el trabajo y en los atentados contra la dignidad de la mujer; la corrupción administrativa o empresarial; el afán exagerado de riqueza o de lucro; los planes urbanísticos concretados en moradas que, en la práctica, promueven le control de la natalidad a causa de presiones económicas; las campañas que violan la intimidad, la honra, o el derecho a la información; las tecnologías que degradan el ambiente, etc.».

A continuación, el Papa hizo un repaso del «déficit histórico de desarrollo social» que ha vivido Brasil para concluir que, «a parte de insuficientes medidas de protección social y de redistribución de la renta, lo que realmente puede haber faltado ha sido una concepción ética de la vida social».

«Hace algunos años --recordó--, a propósito de la caída del muro de Berlín y del fracaso del marxismo, quise recordar que "no es posible comprender al hombre, considerándolo unilateralmente a partir del sector de la economía, ni es posible definirlo simplemente tomando como base su pertenencia a una clase social" (Centesimus Annus, 24). Del mismo modo, no puede ser juzgado como un elmento más de la economía de mercado, pues "por encima de la lógica de los intercambios a base de los parámetros y de sus formas justas, existe algo que es debido al hombre porque es hombre, en virtud de su eminente dignidad. Este algo debido conlleva inseparablemente la posibilidad de sobrevivir y de participar activamente en el bien común de la humanidad"» (Ibídem, 34).

«La aplicación de planes y medidas a largo plazo para corregir los desequilibrios existentes no pueden nunca prescindir del empeño de solidariad institucional y personal de todos los brasileños. Con este objetivo, los católicos, que constituyen la mayoría de la población brasileña, pueden dar una contribución fundamental».

«Una visión de la economía y de los problemas sociales desde la perspectiva de la doctrina social de la Iglesia lleva a considerar las cosas siempre desde el punto de vista de la dignidad del hombre, que trasciende a los factores económicos», afirmó.

«Por otro lado --siguió diciendo--, ayuda a comprender que para alcanzar la justicia social se requiere mucho más que la simple aplicación de esquemas ideológicos originarios por la lucha de clases, como por ejemplo, a través de la invasión de tierras --ya reprobada en mi viaje pastoral en 1991-- y de edificios públicos o privados, o por citar otros, la adopción de medidas técnicas extremas que pueden tener consecuencias mucho más graves que la injusticia que pretenden resolver, como es el caso del incumplimiento unilateral de los compromisos internacionales».

En esta labor de promoción de la justicia, el Papa pidió a los obispos brasileños «estimular todas las potencialidades y riqueza del pueblo de Dios, especialmente de los laicos, para que en la medida de lo posible reine en Brasil una auténtica justicia y solidaridad, que sea fruto de una coherente vida cristiana».

Para ello, concluyó, es necesario «trabajar incansablemente en la formación de los políticos, de todos los brasileños que tienen poder de decisión, grande o pequeño, y en general de todos los miembros de la sociedad, para que asuman plenamente sus propias responsabilidades y sepan dar un rostro humano y solidario a la economía».
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