
Virtudes Teologales
Las tres virtudes
teologales son infusas por Dios en nuestra alma: FE, ESPERANZA y
CARIDAD.
Ver también:
Fe,
Esperanza y Caridad en la perspectiva ecuménica
JPII, XI-2000.
Las Virtudes teologales
informan y vivifican todas las virtudes morales.
Para comprender las virtudes teologales, primero lea lo que es
Virtud
Del
Catecismo
1812 Las
virtudes humanas se arraigan en las virtudes teologales que adaptan
las facultades del hombre a la participación de la naturaleza divina (cf
2 P 1, 4). Las virtudes teologales se refieren directamente a Dios.
Disponen a los cristianos a vivir en relación con la Santísima
Trinidad. Tienen como origen, motivo y objeto a Dios Uno y Trino.
1813 Las
virtudes teologales fundan, animan y caracterizan el obrar moral del
cristiano. Informan y vivifican todas las virtudes morales. Son
infundidas por Dios en el alma de los fieles para hacerlos capaces de
obrar como hijos suyos y merecer la vida eterna. Son la garantía de la
presencia y la acción del Espíritu Santo en las facultades del ser
humano. Tres son las virtudes teologales: la fe, la esperanza y la
caridad (cf 1 Co 13, 13).
Resumen
1840
Las virtudes teologales disponen a los
cristianos a vivir en relación con la Santísima Trinidad. Tienen como
origen, motivo y objeto, a Dios conocido por la fe, esperado y amado
por El mismo.
1841
Las virtudes teologales son tres: la fe, la esperanza y la caridad (cf
1 Co 13, 13). Informan y vivifican todas las virtudes morales.
1842
Por la fe creemos en Dios y creemos todo lo que El nos ha revelado y
que la Santa Iglesia nos propone como objeto de fe.
1843
Por la esperanza deseamos y esperamos de Dios con una firme confianza
la vida eterna y las gracias para merecerla.
1844
Por la caridad amamos a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo
como a nosotros mismos por amor de Dios. Es el ‘vínculo de la
perfección’ (Col 3, 14) y la forma de todas las virtudes.
FE:
Etim: del latín: fides, creer.
Ver también:
fe
"El acto de fe" es el
asentimiento de la mente a lo que Dios ha revelado. Un acto de fe
sobrenatural requiere gracia divina. Se da bajo la influencia de la
voluntad la cual requiere la ayuda de la gracia. Si el acto de fe se hace
en estado de gracia, es meritorio ante Dios. Actos explícitos de fe son
necesarios, por ejemplo, cuando la virtud de la fe está siendo probada
por la tentación o cuando nuestra fe es retada o cuando estamos ante
actitudes mundanas contrarias a la fe. Estas situaciones debilitarían
nuestra fe si no recurrimos a un acto de fe. Un ejemplo de acto de fe:
"Dios mío, yo creo en Tí y todo lo que nos enseñas en Tu Iglesia,
porque Tu los has dicho y tu palabra es veraz". El acto de fe
no siempre se vocaliza. En muchas situaciones lo hacemos y está
siempre latente en nuestro corazón.
Del Catecismo
1814 La fe
es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que El
nos ha dicho y revelado, y que la Santa Iglesia nos propone, porque El
es la verdad misma. Por la fe ‘el hombre se entrega entera y
libremente a Dios’ (DV 5). Por eso el creyente se esfuerza por conocer
y hacer la voluntad de Dios. ‘El justo vivirá por la fe’ (Rm 1, 17).
La fe viva ‘actúa por la caridad’ (Ga 5, 6).
1815 El
don de la fe permanece en el que no ha pecado contra ella (cf Cc.
Trento: DS 1545). Pero, ‘la fe sin obras está muerta’ (St 2, 26):
privada de la esperanza y de la caridad, la fe no une plenamente el
fiel a Cristo ni hace de él un miembro vivo de su Cuerpo.
1816 El
discípulo de Cristo no debe sólo guardar la fe y vivir de ella sino
también profesarla, testimoniarla con firmeza y difundirla: ‘Todos
vivan preparados para confesar a Cristo delante de los hombres y a
seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que
nunca faltan a la Iglesia’ (LG 42; cf DH 14). El servicio y el
testimonio de la fe son requeridos para la salvación: ‘Todo aquel que
se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él
ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los
hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos’ (Mt
10, 32-33).
Resumen
1842
Por la fe creemos en Dios y creemos todo lo que El nos ha revelado y
que la Santa Iglesia nos propone como objeto de fe.
Fe en relación
a la moral
2087 Nuestra vida moral tiene su fuente en la
fe en Dios que nos revela su amor. San Pablo habla de la ‘obediencia
de la fe’ (Rm 1, 5; 16, 26) como de la primera obligación. Hace ver en
el ‘desconocimiento de Dios’ el principio y la explicación de todas
las desviaciones morales (cf Rm 1, 18-32). Nuestro deber para con Dios
es creer en El y dar testimonio de El.
2088 El primer mandamiento nos pide que
alimentemos y guardemos con prudencia y vigilancia nuestra fe y que
rechacemos todo lo que se opone a ella. Hay diversas maneras de pecar
contra la fe:
La duda voluntaria respecto a la fe descuida o
rechaza tener por verdadero lo que Dios ha revelado y la Iglesia
propone creer. La duda involuntaria designa la vacilación en
creer, la dificultad de superar las objeciones con respecto a la fe o
también la ansiedad suscitada por la oscuridad de ésta. Si la duda se
fomenta deliberadamente, puede conducir a la ceguera del espíritu.
2089 La incredulidad es el menosprecio
de la verdad revelada o el rechazo voluntario de prestarle
asentimiento. ‘Se llama herejía la negación pertinaz, después
de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina
y católica, o la duda pertinaz sobre la misma; apostasía es el
rechazo total de la fe cristiana; cisma, el rechazo de la
sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la
Iglesia a él sometidos’ (CIC can. 751).
ESPERANZA
Etim: Del latín: spes.
Ver también
Esperanza
Del Catecismo
1817. La
esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los
cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra
confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras
fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo.
‘Mantengamos firme la confesión de la esperanza, pues fiel es el autor
de la promesa’ (Hb 10,23). Este es ‘el Espíritu Santo que El derramó
sobre nosotros con largueza por medio de Jesucristo nuestro Salvador
para que, justificados por su gracia, fuésemos constituidos herederos,
en esperanza, de vida eterna’ (Tt 3, 6-7).
1818 La
virtud de la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por
Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran
las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino
de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo
desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza
eterna. El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la
dicha de la caridad.
1819 La
esperanza cristiana recoge y perfecciona la esperanza del pueblo
elegido que tiene su origen y su modelo en la esperanza de Abraham
en las promesas de Dios; esperanza colmada en Isaac y purificada por
la prueba del sacrificio. ‘Esperando contra toda esperanza, creyó y
fue hecho padre de muchas naciones’ (Rm 4, 18).
1820 La
esperanza cristiana se manifiesta desde el comienzo de la predicación
de Jesús en la proclamación de las bienaventuranzas. Las
bienaventuranzas elevan nuestra esperanza hacia el cielo como
hacia la nueva tierra prometida; trazan el camino hacia ella a través
de las pruebas que esperan a los discípulos de Jesús. Pero por los
méritos de Jesucristo y de su pasión, Dios nos guarda en ‘la esperanza
que no falla’ (Rm 5, 5). La esperanza es ‘el ancla del alma’, segura y
firme, ‘que penetra... a donde entró por nosotros como precursor
Jesús’ (Hb 6, 19-20). Es también un arma que nos protege en el combate
de la salvación: ‘Revistamos la coraza de la fe y de la caridad, con
el yelmo de la esperanza de salvación’ (1 Ts 5, 8). Nos procura el
gozo en la prueba misma: ‘Con la alegría de la esperanza; constantes
en la tribulación’ (Rm 12, 12). Se expresa y se alimenta en la
oración, particularmente en la del Padre Nuestro, resumen de
todo lo que la esperanza nos hace desear.
1821
Podemos, por tanto, esperar la gloria del cielo prometida por Dios a
los que le aman (cf Rm 8, 28-30) y hacen su voluntad (cf Mt 7, 21). En
toda circunstancia, cada uno debe esperar, con la gracia de Dios,
‘perseverar hasta el fin’ (cf Mt 10, 22; cf Cc. Trento: DS 1541) y
obtener el gozo del cielo, como eterna recompensa de Dios por las
obras buenas realizadas con la gracia de Cristo. En la esperanza, la
Iglesia implora que ‘todos los hombres se salven’ (1Tm 2, 4). Espera
estar en la gloria del cielo unida a Cristo, su esposo:
Espera, espera, que no sabes cuándo
vendrá el día ni la hora. Vela con cuidado, que todo se pasa con
brevedad, aunque tu deseo hace lo cierto dudoso, y el tiempo breve
largo. Mira que mientras más peleares, más mostrarás el amor que
tienes a tu Dios y más te gozarás con tu Amado con gozo y deleite
que no puede tener fin. (S. Teresa de Jesús, excl. 15, 3)
Resumen
1843
Por la esperanza deseamos y esperamos de Dios con una firme confianza
la vida eterna y las gracias para merecerla.
Esperanza en
relación a la moral
2090 Cuando Dios se revela y llama al hombre,
éste no puede responder plenamente al amor divino por sus propias
fuerzas. Debe esperar que Dios le dé la capacidad de devolverle el
amor y de obrar conforme a los mandamientos de la caridad. La
esperanza es aguardar confiadamente la bendición divina y la
bienaventurada visión de Dios; es también el temor de ofender el amor
de Dios y de provocar su castigo.
2091 El primer mandamiento se refiere también a
los pecados contra la esperanza, que son la desesperación y la
presunción:
Por la desesperación, el hombre deja de esperar
de Dios su salvación personal, el auxilio para llegar a ella o el
perdón de sus pecados. Se opone a la Bondad de Dios, a su Justicia
-porque el Señor es fiel a sus promesas- y a su Misericordia.
2092 Hay dos clases de
presunción. O
bien el hombre presume de sus capacidades (esperando poder salvarse
sin la ayuda de lo alto), o bien presume de la omnipotencia o de la
misericordia divinas (esperando obtener su perdón sin conversión y la
gloria sin mérito).
CARIDAD
Etim: Del latín charitas.
Ver también: Caridad
Del
Catecismo
1822 La
caridad es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas
las cosas por El mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por
amor de Dios.
1823 Jesús
hace de la caridad el mandamiento nuevo (cf Jn 13, 34). Amando
a los suyos ‘hasta el fin’ (Jn 13, 1), manifiesta el amor del Padre
que ha recibido. Amándose unos a otros, los discípulos imitan el amor
de Jesús que reciben también en ellos. Por eso Jesús dice: ‘Como el
Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi
amor’ (Jn 15, 9). Y también: ‘Este es el mandamiento mío: que os améis
unos a otros como yo os he amado’ (Jn 15, 12).
1824
“Fruto del Espíritu y plenitud de la ley, la caridad guarda los
mandamientos de Dios y de Cristo: ‘Permaneced en mi amor. Si
guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor’ (Jn 15, 9-10; cf
Mt 22, 40; Rm 13, 8_10).
1825
Cristo murió por amor a nosotros ‘cuando éramos todavía enemigos’ (Rm
5, 10). El Señor nos pide que amemos como El hasta a nuestros
enemigos (cf Mt 5, 44), que nos hagamos prójimos del más lejano
(cf Lc 10, 27-37), que amemos a los niños (cf Mc 9, 37) y a los pobres
como a El mismo (cf Mt 25, 40.45).
El apóstol san Pablo ofrece una
descripción incomparable de la caridad: ‘La caridad es paciente, es
servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se
engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en
cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la
verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo
soporta (1 Co 13, 4-7).
1826 “‘Si
no tengo caridad -dice también el apóstol- nada soy...’. Y todo lo que
es privilegio, servicio, virtud misma... ‘si no tengo caridad, nada me
aprovecha’ (1 Co 13, 1-4). La caridad es superior a todas las
virtudes. Es la primera de las virtudes teologales: ‘Ahora subsisten
la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de
todas ellas es la caridad’ (1 Co 13,13). 1827 El ejercicio
de todas las virtudes está animado e inspirado por la caridad. Esta es
‘el vínculo de la perfección’ (Col 3, 14); es la forma de las
virtudes; las articula y las ordena entre sí; es fuente y término
de su práctica cristiana. La caridad asegura y purifica nuestra
facultad humana de amar. La eleva a la perfección sobrenatural del
amor divino.
1828 “La
práctica de la vida moral animada por la caridad da al cristiano la
libertad espiritual de los hijos de Dios. Este no se halla ante Dios
como un esclavo, en el temor servil, ni como el mercenario en busca de
un jornal, sino como un hijo que responde al amor del ‘que nos amó
primero’ (1 Jn 4,19):
O nos apartamos del mal por temor del
castigo y estamos en la disposición del esclavo, o buscamos el
incentivo de la recompensa y nos parecemos a mercenarios, o
finalmente obedecemos por el bien mismo del amor del que manda... y
entonces estamos en la disposición de hijos (S. Basilio, reg. fus.
prol. 3).
1829 La
caridad tiene por frutos el gozo, la paz y la misericordia.
Exige la práctica del bien y la corrección fraterna; es benevolencia;
suscita la reciprocidad; es siempre desinteresada y generosa; es
amistad y comunión:
La culminación de todas nuestras
obras es el amor. Ese es el fin; para conseguirlo, corremos; hacia
él corremos; una vez llegados, en él reposamos (S. Agustín, ep.Jo.
10, 4).
Resumen
1844
Por la caridad amamos a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo
como a nosotros mismos por amor de Dios. Es el ‘vínculo de la
perfección’ (Col 3, 14) y la forma de todas las virtudes.
La Caridad en
relación a la moral
2093 La fe en el amor de Dios encierra la
llamada y la obligación de responder a la caridad divina mediante un
amor sincero. El primer mandamiento nos ordena amar a Dios sobre todas
las cosas y a las criaturas por El y a causa de El (cf Dt 6, 4-5).
2094 Se puede pecar de diversas maneras contra
el amor de Dios. La indiferencia descuida o rechaza la
consideración de la caridad divina; desprecia su acción preveniente y
niega su fuerza. La ingratitud omite o se niega a reconocer la
caridad divina y devolverle amor por amor. La tibieza es una
vacilación o negligencia en responder al amor divino; puede implicar
la negación a entregarse al movimiento de la caridad. La acedía
o pereza espiritual llega a rechazar el gozo que viene de Dios y a
sentir horror por el bien divino. El odio a Dios tiene su
origen en el orgullo; se opone al amor de Dios cuya bondad niega y lo
maldice porque condena el pecado e inflige penas.
Conclusión: Dios nos invita a
la participación en la vida divina. Su amor quiere levantarnos a
una vida digna de los hijos de Dios. Abramos el corazón a las
virtudes de la fe, esperanza y caridad, y erradiquemos de
nuestra vida todo lo que nos separa de Dios.

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