
PASTORES DABO VOBIS
EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
JUAN PABLO II
AL EPISCOPADO, AL CLERO, Y A LOS FIELES SOBRE LA FORMACIÓN DE LOS SACERDOTES EN
LA SITUACIÓN ACTUAL
Fuente:
vatican.va
Introducción Capitulo IV
Capitulo I
Capitulo V
Capitulo
II Capitulo VI
Capitulo III
Conclusión
INTRODUCCIÓN
1. «Os daré pastores según mi corazón» (Jer 3,
15).
Con estas palabras del profeta Jeremías Dios promete a su pueblo
no dejarlo nunca privado de pastores que lo congreguen y lo guíen:
«Pondré al frente de ellas (o sea, de mis ovejas) Pastores que las
apacienten, y nunca más estarán medrosas ni asustadas» (Jer 23,
4).
La Iglesia, Pueblo de Dios, experimenta siempre el cumplimiento de
este anuncio profético y, con alegría, da continuamente gracias al
Señor. Sabe que Jesucristo mismo es el cumplimiento vivo, supremo y
definitivo de la promesa de Dios: «Yo soy el buen Pastor» (Jn
10, 11). Él, «el gran Pastor de las ovejas» (Heb 13, 20),
encomienda a los apóstoles y a sus sucesores el ministerio de
apacentar la grey de Dios (cf. Jn 21, 15ss.; 1 Pe 5, 2).
Concretamente, sin sacerdotes la Iglesia no podría vivir aquella
obediencia fundamental que se sitúa en el centro mismo de su
existencia y de su misión en la historia, esto es, la obediencia al
mandato de Jesús «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes»
(Mt 28, 19) y «Haced esto en conmemoración mía» (Lc 22,
19; cf. 1 Cor 11, 24), o sea, el mandato de anunciar el
Evangelio y de renovar cada día el sacrificio de su cuerpo entregado
y de su sangre derramada por la vida del mundo.
Sabemos por la fe que la promesa del Señor no puede fallar.
Precisamente esta promesa es la razón y fuerza que infunde alegría a
la Iglesia ante el florecimiento y aumento de las vocaciones
sacerdotales, que hoy se da en algunas partes del mundo; y representa
también el fundamento y estímulo para un acto de fe más grande y de
esperanza más viva, ante la grave escasez de sacerdotes que afecta a
otras partes del mundo.
Todos estamos llamados a compartir la confianza en el cumplimiento
ininterrumpido de la promesa de Dios, que los Padres sinodales han
querido testimoniar de un modo claro y decidido: «El Sínodo, con
plena confianza en la promesa de Cristo, que ha dicho: 'He aquí que
yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo' (Mt
28, 20), y consciente de la acción constante del Espíritu Santo en
la Iglesia, cree firmemente que nunca faltarán del todo los ministros
sagrados en la Iglesia... Aunque en algunas regiones haya escasez de
clero, sin embargo la acción del Padre, que suscita las vocaciones,
nunca cesará en la Iglesia».(1)
Como he dicho en la clausura del Sínodo, ante la crisis de las
vocaciones sacerdotales, «la primera respuesta que la Iglesia da,
consiste en un acto de confianza total en el Espíritu Santo. Estamos
profundamente convencidos de que esta entrega confiada no será
defraudada, si, por nuestra parte, nos mantenemos fieles a la gracia
recibida».(2)
2. ¡Permanecer fieles a la gracia recibida! En efecto, el don de
Dios no anula la libertad del hombre, sino que la promueve, la
desarrolla y la exige.
Por esto, la confianza total en la incondicional fidelidad de Dios
a su promesa va unida en la Iglesia a la grave responsabilidad de
cooperar con la acción de Dios que llama y, a la vez, contribuir a
crear y mantener las condiciones en las cuales la buena semilla,
sembrada por Dios, pueda echar raíces y dar frutos abundantes. La
Iglesia no puede dejar jamás de rogar al dueño de la mies que envíe
obreros a su mies (cf. Mt 9, 38) ni de dirigir a las nuevas
generaciones una nítida y valiente propuesta vocacional, ayudándoles
a discernir la verdad de la llamada de Dios para que respondan a ella
con generosidad; ni puede dejar de dedicar un cuidado especial a la
formación de los candidatos al presbiterado.
En realidad, la formación de los futuros sacerdotes, tanto
diocesanos como religiosos, y la atención asidua, llevada a cabo
durante toda la vida, con miras a su santificación personal en el
ministerio y mediante la actualización constante de su dedicación
pastoral lo considera la Iglesia como una de las tareas de máxima
importancia para el futuro de la evangelización de la humanidad.
Esta tarea formativa de la Iglesia continúa en el tiempo la
acción de Cristo, que el evangelista Marcos indica con estas
palabras: «Subió al monte y llamó a los que él quiso; y vinieron
donde él. Instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para
enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios» (Mc
3, 13-15).
Se puede afirmar que la Iglesia —aunque con intensidad y
modalidades diversas— ha vivido continuamente en su historia esta
página del Evangelio, mediante la labor formativa dedicada a los
candidatos al presbiterado y a los sacerdotes mismos. Pero hoy la
Iglesia se siente llamada a revivir con un nuevo esfuerzo lo que el
Maestro hizo con sus apóstoles, ya que se siente apremiada por las
profundas y rápidas transformaciones de la sociedad y de las culturas
de nuestro tiempo así como por la multiplicidad y diversidad de
contextos en los que anuncia y da testimonio del Evangelio; también
por el favorable aumento de las vocaciones sacerdotales en diversas
diócesis del mundo; por la urgencia de una nueva verificación de los
contenidos y métodos de la formación sacerdotal; por la
preocupación de los Obispos y de sus comunidades a causa de la
persistente escasez de clero; y por la absoluta necesidad de que la
nueva evangelización tenga en los sacerdotes sus primeros «nuevos
evangelizadores».
Precisamente en este contexto histórico y cultural se ha situado
la última Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos,
dedicada a «la formación de los sacerdotes en la situación
actual», con la intención, después de veinticinco años de la
clausura del Concilio, de poner en práctica la doctrina conciliar
sobre este tema y hacerla más actual e incisiva en las circunstancias
actuales».(3)
3. En línea con el Concilio Vaticano II acerca del Orden de los
presbíteros y su formación,(4) y deseando aplicar concretamente a
las diversas situaciones esa rica y probada doctrina, la Iglesia ha
afrontado en muchas ocasiones los problemas de la vida, ministerio y
formación de los sacerdotes.
Las ocasiones más solemnes han sido los Sínodos de los Obispos.
Ya en la primera Asamblea general, celebrada en octubre de 1967, el
Sínodo dedicó cinco congregaciones generales al tema de la
renovación de los seminarios. Este trabajo dio un impulso decisivo a
la elaboración del documento de la Congregación para la Educación
Católica titulado «Normas fundamentales para la formación
sacerdotal».(5)
La segunda Asamblea general ordinaria de 1971 dedicó la mitad de
sus trabajos al sacerdocio ministerial. Los frutos de este largo
estudio sinodal, recogidos y condensados en algunas
«recomendaciones», sometidas a mi predecesor el Papa Pablo VI y
leídas en la apertura del Sínodo de 1974, se referían
principalmente a la doctrina sobre el sacerdocio ministerial y a
algunos aspectos de la espiritualidad y del ministerio sacerdotal.
También en otras muchas ocasiones el Magisterio de la Iglesia ha
seguido manifestando su solicitud por la vida y el ministerio de los
sacerdotes. Se puede decir que en los años posconciliares no ha
habido ninguna intervención magisterial que, en alguna medida, no se
haya referido, de modo explícito o implícito, al significado de la
presencia de los sacerdotes en la comunidad, a su misión y su
necesidad en la Iglesia y para la vida del mundo.
En estos últimos años y desde varias partes se ha insistido en la
necesidad de volver sobre el tema del sacerdocio, afrontándolo desde
un punto de vista relativamente nuevo y más adecuado a las presentes
circunstancias eclesiales y culturales. La atención ha sido puesta no
tanto en el problema de la identidad del sacerdote cuanto en problemas
relacionados con el itinerario formativo para el sacerdocio y con el
estilo de vida de los sacerdotes. En realidad, las nuevas generaciones
de los que son llamados al sacerdocio ministerial presentan
características bastante distintas respecto a las de sus inmediatos
predecesores y viven en un mundo que en muchos aspectos es nuevo y que
está en continua y rápida evolución. Todo esto debe ser tenido en
cuenta en la programación y realización de los planes de formación
para el sacerdocio ministerial.
Además, los sacerdotes que están ya en el ejercicio de su
ministerio, parece que hoy sufren una excesiva dispersión en las
crecientes actividades pastorales y, frente a la problemática de la
sociedad y de la cultura contemporánea, se sienten impulsados a
replantearse su estilo de vida y las prioridades de los trabajos
pastorales, a la vez que notan, cada vez más, la necesidad de una
formación permanente.
Por ello, la atención y las reflexiones del Sínodo de los Obispos
de 1990 se ha centrado en el aumento de las vocaciones para el
presbiterado; en la formación básica para que los candidatos
conozcan y sigan a Jesús, preparándose a celebrar y vivir el
sacramento del Orden que los configura con Cristo, Cabeza y Pastor,
Siervo y Esposo de la Iglesia; en el estudio específico de los
programas de formación permanente, capaces de sostener, de una manera
real y eficaz, el ministerio y vida espiritual de los sacerdotes.
El mismo Sínodo quería responder también a una petición hecha
por el Sínodo anterior, que trató sobre la vocación y misión de
los laicos en la Iglesia y en el mundo. Los mismos laicos habían
pedido la dedicación de los sacerdotes a su formación, para ser
ayudados oportunamente en el cumplimiento de su común misión
eclesial. Y en realidad, «cuanto más se desarrolla el apostolado de
los laicos, tanto más fuertemente se percibe la necesidad de contar
con sacerdotes bien formados, sacerdotes santos. De esta manera, la
vida misma del pueblo de Dios pone de manifiesto la enseñanza del
Concilio Vaticano II sobre la relación entre sacerdocio común y
sacerdocio ministerial o jerárquico, pues en el misterio de la
Iglesia la jerarquía tiene un carácter ministerial (cf. Lumen
gentium, 10). Cuanto más se profundiza el sentido de la vocación
propia de los laicos, más se evidencia lo que es propio del
sacerdocio».(6)
4. En la experiencia eclesial típica del Sínodo, aquella
«singular experiencia de comunión episcopal en la universalidad, que
refuerza el sentido de la Iglesia universal, la responsabilidad de los
Obispos en relación con la Iglesia universal y su misión, en
comunión afectiva y efectiva en torno a Pedro»,(7) se ha dejado oír
claramente la voz de las diversas Iglesias particulares, y en
este Sínodo, por vez primera, la de algunas Iglesias del Este. Las
Iglesias han proclamado su fe en el cumplimiento de la promesa de
Dios: «Os daré Pastores según mi corazón» (Jer 3, 15), y
han renovado su compromiso pastoral por la atención a las vocaciones
y por la formación de los sacerdotes, con el convencimiento de que de
ello depende el futuro de la Iglesia, su desarrollo y su misión
universal de salvación.
Considerando ahora el rico patrimonio de las reflexiones,
orientaciones e indicaciones que han preparado y acompañado los
trabajos de los Padres sinodales, uno a la de ellos mi voz de Obispo
de Roma y Sucesor de Pedro, con esta Exhortación Apostólica post-sinodal; y la dirijo al corazón de todos los fieles y de cada uno
de ellos, en particular al corazón de los sacerdotes y de cuantos
están dedicados al delicado ministerio de su formación. Con esta
Exhortación Apostólica deseo salir al encuentro y unirme a todos y
cada uno de los sacerdotes, tanto diocesanos como religiosos.
Con la voz y el corazón de los Padres sinodales hago mías las
palabras y los sentimientos del «Mensaje final del Sínodo al Pueblo
de Dios»: «Con ánimo agradecido y lleno de admiración nos
dirigimos a vosotros, que sois nuestros primeros cooperadores en el
servicio apostólico. Vuestra tarea en la Iglesia es verdaderamente
necesaria e insustituible. Vosotros lleváis el peso del ministerio
sacerdotal y mantenéis el contacto diario con los fieles. Vosotros
sois los ministros de la Eucaristía, los dispensadores de la
misericordia divina en el Sacramento de la Penitencia, los
consoladores de las almas, los guías de todos los fieles en las
tempestuosas dificultades de la vida».
«Os saludamos con todo el corazón, os expresamos nuestra gratitud
y os exhortamos a perseverar en este camino con ánimo alegre y
decidido. No cedáis al desaliento. Nuestra obra no es nuestra, sino
de Dios».
«El que nos ha llamado y nos ha enviado sigue junto a nosotros
todos los días de nuestra vida, ya que nosotros actuamos por mandato
de Cristo».(8)
CAPÍTULO I
TOMADO DE ENTRE LOS HOMBRES
La formación sacerdotal ante los desafíos del final del segundo
milenio
El sacerdote en su tiempo
5. «Todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está
puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios» (Heb
5, 1).
La Carta a los Hebreos subraya claramente la «humanidad» del
ministro de Dios: pues procede de los hombres y está al servicio
de los hombres, imitando a Jesucristo, «probado en todo igual que
nosotros, excepto en el pecado» (Heb 4, 15).
Dios llama siempre a sus sacerdotes desde determinados contextos
humanos y eclesiales, que inevitablemente los caracterizan y a los
cuales son enviados para el servicio del Evangelio de Cristo.
Por eso el Sínodo ha estudiado el tema de los sacerdotes en su
contexto actual, situándolo en el hoy de la sociedad y de la Iglesia
y abriéndolo a las perspectivas del tercer milenio, como se deduce
claramente de la misma formulación del tema: «La formación de los
sacerdotes en la situación actual».
Ciertamente «hay una fisonomía esencial del sacerdote que no
cambia: en efecto, el sacerdote de mañana, no menos que el de hoy,
deberá asemejarse a Cristo. Cuando vivía en la tierra, Jesús
reflejó en sí mismo el rostro definitivo del presbítero, realizando
un sacerdocio ministerial del que los apóstoles fueron los primeros
investidos y que está destinado a durar, a continuarse incesantemente
en todos los períodos de la historia. El presbítero del tercer
milenio será, en este sentido, el continuador de los presbíteros
que, en los milenios precedentes, han animado la vida de la Iglesia.
También en el dos mil la vocación sacerdotal continuará siendo la
llamada a vivir el único y permanente sacerdocio de Cristo».(9) Pero
ciertamente la vida y el ministerio del sacerdote deben también
«adaptarse a cada época y a cada ambiente de vida... Por ello, por
nuestra parte debemos procurar abrirnos, en la medida de lo posible, a
la iluminación superior del Espíritu Santo, para descubrir las
orientaciones de la sociedad moderna, reconocer las necesidades
espirituales más profundas, determinar las tareas concretas más
importantes, los métodos pastorales que habrá que adoptar, y así
responder de manera adecuada a las esperanzas humanas».(10)
Por ser necesario conjugar la verdad permanente del ministerio
presbiteral con las instancias y características del hoy, los Padres
sinodales han tratado de responder a algunas preguntas urgentes:
¿qué problemas y, al mismo tiempo, qué estímulos positivos suscita
el actual contexto sociocultural y eclesial en los muchachos, en los
adolescentes y en los jóvenes, que han de madurar un proyecto de vida
sacerdotal para toda su existencia?, ¿qué dificultades y qué nuevas
posibilidades ofrece nuestro tiempo para el ejercicio de un ministerio
sacerdotal coherente con el don del Sacramento recibido y con la
exigencia de una vida espiritual correspondiente?
Presento ahora algunos elementos del análisis de la situación que
los Padres sinodales han desarrollado, conscientes de que la gran
variedad de circunstancias socioculturales y eclesiales presentes en
los diversos países aconseja señalar sólo los fenómenos más
profundos y extendidos, particularmente aquellos que se refieren a los
problemas educativos y a la formación sacerdotal.
El Evangelio hoy: esperanzas y obstáculos
6. Múltiples factores parecen favorecer en los hombres de hoy una
conciencia más madura de la dignidad de la persona y una nueva
apertura a los valores religiosos, al Evangelio y al ministerio
sacerdotal.
En la sociedad encontramos, a pesar de tantas contradicciones, una
sed de justicia y de paz muy difundida e intensa; una conciencia más
viva del cuidado del hombre por la creación y por el respeto a la
naturaleza; una búsqueda más abierta de la verdad y de la tutela de
la dignidad humana; el compromiso creciente, en muchas zonas de la
población mundial, por una solidaridad internacional más concreta y
por un nuevo orden mundial, en la libertad y en la justicia. Junto al
desarrollo cada vez mayor del potencial de energías ofrecido por las
ciencias y las técnicas, y la difusión de la información y de la
cultura, surge también una nueva pregunta ética; la pregunta sobre
el sentido, es decir, sobre una escala objetiva de valores que permita
establecer las posibilidades y los límites del progreso.
En el campo más propiamente religioso y cristiano, caen prejuicios
ideológicos y cerrazones violentas al anuncio de los valores
espirituales y religiosos, mientras surgen nuevas e inesperadas
posibilidades para la evangelización y la renovación de la vida
eclesial en muchas partes del mundo. Tiene lugar así una creciente
difusión del conocimiento de las Sagradas Escrituras; una nueva
vitalidad y fuerza expansiva de muchas Iglesias jóvenes, con un papel
cada vez más relevante en la defensa y promoción de los valores de
la persona y de la vida humana; un espléndido testimonio del martirio
por parte de las Iglesias del Centro y Este europeo, como también un
testimonio de la fidelidad y firmeza de otras Iglesias que todavía
están sometidas a persecuciones y tribulaciones por la fe.(11)
El deseo de Dios y de una relación viva y significativa con Él se
presenta hoy tan intenso, que favorecen, allí donde falta el
auténtico e íntegro anuncio del Evangelio de Jesús, la difusión de
formas de religiosidad sin Dios y de múltiples sectas. Su expansión,
incluso en algunos ambientes tradicionalmente cristianos, es
ciertamente para todos los hijos de la Iglesia, y para los sacerdotes
en particular, un motivo constante de examen de conciencia sobre la
credibilidad de su testimonio del Evangelio, pero es también signo de
cuán profunda y difundida está la búsqueda de Dios.
7. Pero con estos y otros factores positivos están relacionados
muchos elementos problemáticos o negativos.
Todavía está muy difundido el racionalismo que, en nombre
de una concepción reductiva de «ciencia», hace insensible la razón
humana al encuentro con la Revelación y con la trascendencia divina.
Hay que constatar también una defensa exacerbada de la subjetividad
de la persona, que tiende a encerrarla en el individualismo incapaz de
relaciones humanas auténticas. De este modo, muchos, principalmente
muchachos y jóvenes, buscan compensar esta soledad con sucedáneos de
varias clases, con formas más o menos agudas de hedonismo, de huida
de las responsabilidades; prisioneros del instante fugaz, intentan
«consumir» experiencias individuales lo más intensas posibles y
gratificantes en el plano de las emociones y de las sensaciones
inmediatas, pero se muestran indiferentes y como paralizados ante la
oferta de un proyecto de vida que incluya una dimensión espiritual y
religiosa y un compromiso de solidaridad.
Además, se extiende por todo el mundo —incluso después de la
caída de las ideologías que habían hecho del materialismo un dogma
y del rechazo de la religión un programa— una especie de ateísmo
práctico y existencial, que coincide con una visión secularizada
de la vida y del destino del hombre. Este hombre «enteramente lleno
de sí, este hombre que no sólo se pone como centro de todo su
interés, sino que se atreve a llamarse principio y razón de toda
realidad»,(12) se encuentra cada vez más empobrecido de aquel
«suplemento de alma» que le es tanto más necesario cuanto más una
gran disponibilidad de bienes materiales y de recursos lo hace creer
falsamente autosuficiente. Ya no hay necesidad de combatir a Dios; se
piensa que basta simplemente con prescindir de Él.
En este contexto hay que destacar en particular la disgregación
de la realidad familiar y el oscurecimiento o tergiversación del
verdadero significado de la sexualidad humana. Son fenómenos que
influyen, de modo muy negativo, en la educación de los jóvenes y en
su disponibilidad para toda vocación religiosa. Igualmente debe
tenerse en cuenta el agravarse de las injusticias sociales y la
concentración de la riqueza en manos de pocos, como fruto de un
capitalismo inhumano,(13) que hace cada vez mayor la distancia entre
pueblos ricos y pueblos pobres; de esta manera se crean en la
convivencia humana tensiones e inquietudes que perturban profundamente
la vida de las personas y de las comunidades.
Incluso en el campo eclesial se dan fenómenos preocupantes y
negativos, que influyen directamente en la vida y el ministerio de los
sacerdotes, como la ignorancia religiosa que persiste en muchos
creyentes; la escasa incidencia de la catequesis, sofocada por los
mensajes más difundidos y persuasivos de los medios de comunicación
de masas; el mal entendido pluralismo teológico, cultural y pastoral
que, aun partiendo a veces de buenas intenciones, termina por hacer
difícil el diálogo ecuménico y atentar contra la necesaria unidad
de la fe; la persistencia de un sentido de desconfianza y casi de
intolerancia hacia el magisterio jerárquico; las presentaciones
unilaterales y reductivas de la riqueza del mensaje evangélico, que
transforman el anuncio y el testimonio de la fe en un factor exclusivo
de liberación humana y social o en un refugio alienante en la
superstición y en la religiosidad sin Dios.(14)
Un fenómeno de gran relieve, aunque relativamente reciente en
muchos países de antigua tradición cristiana, es la presencia en un
mismo territorio de consistentes núcleos de razas y religiones
diversas. Se desarrolla así cada vez más la sociedad multirracial y multireligiosa. Si, por un lado, esto puede ser ocasión de un
ejercicio más frecuente y fructuoso del diálogo, de una apertura de
mentalidad, de una experiencia de acogida y de justa tolerancia, por
otro lado, puede ser causa de confusión y relativismo, sobre todo en
personas y poblaciones de una fe menos madura.
A estos factores, y en relación íntima con el crecimiento del
individualismo, hay que añadir el fenómeno de la concepción
subjetiva de la fe. Por parte de un número creciente de
cristianos se da una menor sensibilidad al conjunto global y objetivo
de la doctrina de la fe en favor de una adhesión subjetiva a lo que
agrada, que corresponde a la propia experiencia y que no afecta a las
propias costumbres. Incluso apelar a la inviolabilidad de la
conciencia individual, cosa legítima en sí misma, no deja de ser, en
este contexto, peligrosamente ambiguo.
De aquí se sigue también el fenómeno de los modos cada vez más
parciales y condicionados de pertenecer a la Iglesia, que ejercen un
influjo negativo sobre el nacimiento de nuevas vocaciones al
sacerdocio, sobre la autoconciencia misma del sacerdote y su
ministerio en la comunidad.
Finalmente, la escasa presencia y disponibilidad de sacerdotes crea
todavía hoy en muchos ambientes eclesiales graves problemas. Los
fieles quedan con frecuencia abandonados durante largos períodos y
sin la adecuada asistencia pastoral; esto perjudica el crecimiento de
su vida cristiana en su conjunto y, más aún, su capacidad de ser
ulteriormente promotores de evangelización.
Los jóvenes ante la vocación y la formación sacerdotal
8. Las numerosas contradicciones y posibilidades que presentan
nuestras sociedades y culturas y, al mismo tiempo, las comunidades
eclesiales, son percibidas, vividas y experimentadas con una
intensidad muy particular por el mundo de los jóvenes, con
repercusiones inmediatas y más que nunca incisivas en su proceso
educativo. En este sentido el nacimiento y desarrollo de la vocación
sacerdotal en los niños, adolescentes y jóvenes encuentran
continuamente obstáculos y estímulos.
Los jóvenes sienten más que nunca el atractivo de la llamada
«sociedad de consumo», que los hace dependientes y prisioneros
de una interpretación individualista, materialista y hedonista de la
existencia humana. El «bienestar» materialísticamente entendido
tiende a imponerse como único ideal de vida, un bienestar que hay que
lograr a cualquier condición y precio. De aquí el rechazo de todo
aquello que sepa a sacrificio y renuncia al esfuerzo de buscar y vivir
los valores espirituales y religiosos. La «preocupación» exclusiva
por el tener suplanta la primacía del ser, con la
consecuencia de interpretar y de vivir los valores personales e
interpersonales no según la lógica del don y de la gratuidad, sino
según la de la posesión egoísta y de la instrumentalización del
otro.
Esto se refleja, en particular, sobre la visión de la
sexualidad humana, a la que se priva de su dignidad de servicio a
la comunión y a la entrega entre las personas, para quedar reducida
simplemente a un bien de consumo. Así, la experiencia afectiva de
muchos jóvenes no conduce a un crecimiento armonioso y gozoso de la
propia personalidad, que se abre al otro en el don de sí mismo, sino
a una grave involución psicológica y ética, que no dejará de tener
influencias graves para su porvenir.
En la raíz de estas tendencias se halla, en no pocos jóvenes, una
experiencia desviada de la libertad: lejos de ser obediencia a la
verdad objetiva y universal, la libertad se vive como un asentimiento
ciego a las fuerzas instintivas y a la voluntad de poder del
individuo. Se hacen así, en cierto modo, naturales en el plano de la
mentalidad y del comportamiento el resquebrajamiento de la aceptación
de los principios éticos, y en el plano religioso —aunque no haya
siempre un rechazo de Dios explícito— una amplia indiferencia y
desde luego una vida que, incluso en sus momentos más significativos
y en las opciones más decisivas, es vivida como si Dios no existiese.
En este contexto se hace difícil no sólo la realización, sino la
misma comprensión del sentido de una vocación al sacerdocio, que es
un testimonio específico de la primacía del ser sobre el tener; es
un reconocimiento del significado de la vida como don libre y
responsable de sí mismo a los demás, como disponibilidad para
ponerse enteramente al servicio del Evangelio y del Reino de Dios bajo
la particular forma del sacerdocio.
Incluso en el ámbito de la comunidad eclesial, el mundo de los
jóvenes constituye, no pocas veces, un «problema». En realidad, si
en los jóvenes, todavía más que en los adultos, se dan una fuerte
tendencia a la concepción subjetiva de la fe cristiana y una
pertenencia sólo parcial y condicionada a la vida y a la misión de
la Iglesia, cuesta emprender en la comunidad eclesial, por una serie
de razones, una pastoral juvenil actualizada y entusiasta. Los
jóvenes corren el riesgo de ser abandonados a sí mismos, al arbitrio
de su fragilidad psicológica, insatisfechos y críticos frente a un
mundo de adultos que, no viviendo de forma coherente y madura la fe,
no se presentan ante ellos como modelos creíbles.
Se hace entonces evidente la dificultad de proponer a los jóvenes
una experiencia integral y comprometida de vida cristiana y eclesial,
y de educarlos para la misma. De esta manera, la perspectiva de la
vocación al sacerdocio queda lejana a los intereses concretos y vivos
de los jóvenes.
9. Sin embargo, no faltan situaciones y estímulos positivos, que
suscitan y alimentan en el corazón de los adolescentes y jóvenes una
nueva disponibilidad, así como una verdadera y propia búsqueda de
valores éticos y espirituales, que por su naturaleza ofrecen terreno
propicio para un camino vocacional a la entrega total de sí mismos a
Cristo y a la Iglesia en el sacerdocio.
Hay que decir, antes que nada, que se han atenuado algunos
fenómenos que en un pasado reciente habían provocado no pocos
problemas, como la contestación radical, los movimientos libertarios,
las reivindicaciones utópicas, las formas indiscriminadas de
socialización, la violencia.
Hay que reconocer además que también los jóvenes de hoy, con la
fuerza y la ilusión típicas de la edad, son portadores de los
ideales que se abren camino en la historia: la sed de libertad; el
reconocimiento del valor inconmensurable de la persona; la necesidad
de autenticidad y de transparencia; un nuevo concepto y estilo de
reciprocidad en las relaciones entre hombre y mujer; la búsqueda
convencida y apasionada de un mundo más justo, más solidario, más
unido; la apertura y el diálogo con todos; el compromiso por la paz.
El desarrollo, tan rico y vivaz en tantos jóvenes de nuestro
tiempo, de numerosas y variadas formas de voluntariado dirigidas a las
situaciones más olvidadas y pobres de nuestra sociedad, representa
hoy un recurso educativo particularmente importante, porque estimula y
sostiene a los jóvenes hacia un estilo de vida más desinteresado,
abierto y solidario con los necesitados. Este estilo de vida puede
facilitar la comprensión, el deseo y la respuesta a una vocación de
servicio estable y total a los demás, incluso en el camino de una
plena consagración a Dios mediante la vida sacerdotal.
La reciente caída de las ideologías, la forma tan crítica de
situarse ante el mundo de los adultos, que no siempre ofrecen un
testimonio de vida entregada a los valores morales y trascendentes, la
misma experiencia de compañeros que buscan evasiones en la droga y en
la violencia, contribuyen a hacer más aguda e ineludible la pregunta
fundamental sobre los valores que son verdaderamente capaces de dar
plenitud de significado a la vida, al sufrimiento y a la muerte. En
muchos jóvenes se hacen más explícitos el interrogante religioso y
la necesidad de vida espiritual. De ahí el deseo de experiencias
"de desierto" y de oración, el retorno a una lectura más
personal y habitual de la Palabra de Dios, y al estudio de la
teología.
Al igual que eran ya activos y protagonistas en el ámbito del
voluntariado social, los jóvenes lo son también cada vez más en el
ámbito de la comunidad eclesial, sobre todo con la participación en
las diversas agrupaciones, desde las más tradicionales, aunque
renovadas, hasta las más recientes. La experiencia de una Iglesia
llamada a la «nueva evangelización» por su fidelidad al Espíritu
que la anima y por las exigencias del mundo alejado de Cristo pero
necesitado de Él, como también la experiencia de una Iglesia cada
vez más solidaria con el hombre y con los pueblos en la defensa y en
la promoción de la dignidad personal y de los derechos humanos de
todos y cada uno, abren el corazón y la vida de los jóvenes a
ideales muy atrayentes y que exigen un compromiso, que puede encontrar
su realización concreta en el seguimiento de Cristo y en el
sacerdocio.
Es natural que de esta situación humana y eclesial, caracterizada
por una fuerte ambivalencia, no se pueda prescindir de hecho ni en la
pastoral de las vocaciones y en la labor de formación de los futuros
sacerdotes ni tampoco en el ámbito de la vida y del ministerio de los
sacerdotes, así como en el de su formación permanente. Por ello, si
bien se pueden comprender los diversos tipos de «crisis», que
padecen algunos sacerdotes de hoy en el ejercicio del ministerio, en
su vida espiritual y también en la misma interpretación de la
naturaleza y significado del sacerdocio ministerial, también hay que
constatar, con alegría y esperanza, las nuevas posibilidades
positivas que el momento histórico actual ofrece a los sacerdotes
para el cumplimiento de su misión.
El discernimiento evangélico
10. La compleja situación actual, someramente expuesta mediante
alusiones y a modo de ejemplo, exige no sólo ser conocida, sino sobre
todo interpretada. Únicamente así se podrá responder de forma
adecuada a la pregunta fundamental: ¿Cómo formar sacerdotes que
estén verdaderamente a la altura de estos tiempos, capaces de
evangelizar al mundo de hoy?(15)
Es importante el conocimiento de la situación. No basta una
simple descripción de los datos; hace falta una investigación
científica con la que se pueda delinear un cuadro exacto de las
circunstancias socioculturales y eclesiales concretas.
Pero es aún más importante la interpretación de la
situación. Ello lo exige la ambivalencia y a veces el carácter
contradictorio que caracterizan las situaciones, las cuales presentan
a la vez dificultades y posibilidades, elementos negativos y razones
de esperanza, obstáculos y aperturas, a semejanza del campo
evangélico en el que han sido sembrados y «conviven» el trigo y la
cizaña (cf.Mt 13, 24ss.).
No siempre es fácil una lectura interpretativa, que sepa
distinguir entre el bien y el mal, entre signos de esperanza y
peligros. En la formación de los sacerdotes no se trata sólo y
simplemente de acoger los factores positivos y constatar abiertamente
los negativos. Se trata de someter los mismos factores positivos a un
cuidadoso discernimiento, para que no se aíslen el uno del otro ni
estén en contraste entre sí, absolutizándose y oponiéndose
recíprocamente. Lo mismo puede decirse de los factores negativos: no
hay que rechazarlos en bloque y sin distinción, porque en cada uno de
ellos puede esconderse algún valor, que espera ser descubierto y
reconducido a su plena verdad.
Para el creyente, la interpretación de la situación histórica
encuentra el principio cognoscitivo y el criterio de las opciones de
actuación consiguientes en una realidad nueva y original, a saber, en
el discernimiento evangélico; es la interpretación que nace a
la luz y bajo la fuerza del Evangelio, del Evangelio vivo y personal
que es Jesucristo, y con el don del Espíritu Santo. De ese modo, el
discernimiento evangélico toma de la situación histórica y de sus
vicisitudes y circunstancias no un simple «dato», que hay que
registrar con precisión y frente al cual se puede permanecer
indiferentes o pasivos, sino un «deber», un reto a la libertad
responsable, tanto de la persona individual como de la comunidad. Es
un «reto» vinculado a una «llamada» que Dios hace oír en una
situación histórica determinada; en ella y por medio de ella Dios
llama al creyente; pero antes aún llama a la Iglesia, para que
mediante «el Evangelio de la vocación y del sacerdocio» exprese su
verdad perenne en las diversas circunstancias de la vida. También
deben aplicarse a la formación de los sacerdotes las palabras del
Concilio Vaticano II: «Es deber permanente de la Iglesia escrutar a
fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del
Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda ella
responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el
sentido de la vida presente y de la vida futura y sobre la mutua
relación de ambas. Es necesario por ello conocer y comprender el
mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones y el sesgo
dramático que con frecuencia le caracteriza».(16)
Este discernimiento evangélico se funda en la confianza en el amor
de Jesucristo, que siempre e incansablemente cuida de su Iglesia (cf. Ef
5, 29); Él es el Señor y el Maestro, piedra angular, centro y fin de
toda la historia humana.(17) Este discernimiento se alimenta a la luz
y con la fuerza del Espíritu Santo, que suscita por todas partes y en
toda circunstancia la obediencia de la fe, el valor gozoso del
seguimiento de Jesús, el don de la sabiduría que lo juzga todo y no
es juzgada por nadie (cf. 1 Cor 2, 15); y se apoya en la
fidelidad del Padre a sus promesas.
De este modo, la Iglesia sabe que puede afrontar las dificultades y
los retos de este nuevo período de la historia sabiendo que puede
asegurar, incluso para el presente y para el futuro, sacerdotes bien
formados, que sean ministros convencidos y fervorosos de la «nueva
evangelización», servidores fieles y generosos de Jesucristo y de
los hombres.
Mas no ocultemos las dificultades. No son pocas, ni leves. Pero
para vencerlas están nuestra esperanza, nuestra fe en el amor
indefectible de Cristo, nuestra certeza de que el ministerio
sacerdotal es insustituible para la vida de la Iglesia y del mundo.
CAPÍTULO II
ME HA UNGIDO Y ME HA ENVIADO
Naturaleza y misión del sacerdocio ministerial
Mirada al sacerdote
11. «En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en él» (Lc
4, 20). Lo que dice el evangelista san Lucas de quienes estaban
presentes aquel sábado en la sinagoga de Nazaret, escuchando el
comentario que Jesús haría del texto del profeta Isaías leído por
él mismo, puede aplicarse a todos los cristianos, llamados a
reconocer siempre en Jesús de Nazaret el cumplimiento definitivo del
anuncio profético: «Comenzó, pues, a decirles: Esta Escritura, que
acabáis de oír, se ha cumplido hoy» (Lc 4, 21). Y la
«escritura» era ésta: «El Espíritu del Señor sobre mí, porque
me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado
a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos,
para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del
Señor» (Lc 4, 18-19; cf. Is 61, 1-2). En efecto,
Jesús se presenta a sí mismo como lleno del Espíritu, «ungido para
anunciar a los pobres la Buena Nueva»; es el Mesías, el Mesías
sacerdote, profeta y rey.
Es éste el rostro de Cristo en el que deben fijarse los ojos de la
fe y del amor de los cristianos. Precisamente a partir de esta
«contemplación» y en relación con ella los Padres sinodales han
reflexionado sobre el problema de la formación de los sacerdotes en
la situación actual. Este problema sólo puede encontrar respuesta
partiendo de una reflexión previa sobre la meta a la que está
dirigido el proceso formativo, es decir, el sacerdocio ministerial
como participación en la Iglesia del sacerdocio mismo de Jesucristo.
El conocimiento de la naturaleza y misión del sacerdocio ministerial
es el presupuesto irrenunciable, y al mismo tiempo la guía más
segura y el estímulo más incisivo, para desarrollar en la Iglesia la
acción pastoral de promoción y discernimiento de las vocaciones
sacerdotales, y la de formación de los llamados al ministerio
ordenado.
El conocimiento recto y profundo de la naturaleza y misión del
sacerdocio ministerial es el camino que es preciso seguir, y que el
Sínodo ha seguido de hecho, para salir de la crisis sobre la identidad
sacerdotal. «Esta crisis —decía en el Discurso al final del
Sínodo— había nacido en los años inmediatamente siguientes al
Concilio. Se fundaba en una comprensión errónea, y tal vez hasta
intencionadamente tendenciosa, de la doctrina del magisterio
conciliar. Y aquí está indudablemente una de las causas del gran
número de pérdidas padecidas entonces por la Iglesia, pérdidas que
han afectado gravemente al servicio pastoral y a las vocaciones al
sacerdocio, en particular a las vocaciones misioneras. Es como si el
Sínodo de 1990, redescubriendo toda la profundidad de la identidad
sacerdotal, a través de tantas intervenciones que hemos escuchado en
esta aula, hubiese llegado a infundir la esperanza después de esas
pérdidas dolorosas. Estas intervenciones han manifestado la
conciencia de la ligazón ontológica específica que une al sacerdote
con Cristo, Sumo Sacerdote y buen Pastor. Esta identidad está en la
raíz de la naturaleza de la formación que debe darse en vista del
sacerdocio y, por tanto, a lo largo de toda la vida sacerdotal. Ésta
era precisamente la finalidad del Sínodo».(18)
Por esto el Sínodo ha creído necesario volver a recordar, de
manera sintética y fundamental, la naturaleza y misión del
sacerdocio ministerial, tal y como la fe de la Iglesia las ha
reconocido a través de los siglos de su historia y como el Concilio
Vaticano II las ha vuelto a presentar a los hombres de nuestro
tiempo.(19)
En la Iglesia misterio, comunión y misión
12. «La identidad sacerdotal —han afirmado los Padres sinodales—,
como toda identidad cristiana, tiene su fuente en la Santísima
Trinidad»,(20) que se revela y se autocomunica a los hombres en
Cristo, constituyendo en Él y por medio del Espíritu la Iglesia como
«el germen y el principio de ese reino».(21) La Exhortación Christifideles
laici, sintetizando la enseñanza conciliar, presenta la Iglesia
como misterio, comunión y misión: ella «es misterio porque
el amor y la vida del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo son el don
absolutamente gratuito que se ofrece a cuantos han nacido del agua y
del Espíritu (cf. Jn 3, 5), llamados a revivir la comunión
misma de Dios y a manifestarla y comunicarla en la historia (misión)».(22)
Es en el misterio de la Iglesia, como misterio de comunión
trinitaria en tensión misionera, donde se manifiesta toda identidad
cristiana y, por tanto, también la identidad específica del
sacerdote y de su ministerio. En efecto, el presbítero, en virtud de
la consagración que recibe con el sacramento del Orden, es enviado
por el Padre, por medio de Jesucristo, con el cual, como Cabeza y
Pastor de su pueblo, se configura de un modo especial para vivir y
actuar con la fuerza del Espíritu Santo al servicio de la Iglesia y
por la salvación del mundo.(23)
Se puede entender así el aspecto esencialmente relacional de la
identidad del presbítero. Mediante el sacerdocio que nace de la
profundidad del inefable misterio de Dios, o sea, del amor del Padre,
de la gracia de Jesucristo y del don de la unidad del Espíritu Santo,
el presbítero está inserto sacramentalmente en la comunión con el
Obispo y con los otros presbíteros,(24) para servir al Pueblo de Dios
que es la Iglesia y atraer a todos a Cristo, según la oración del
Señor: «Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para
que sean uno como nosotros... Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que
ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me
has enviado» (Jn 17, 11.21).
Por tanto, no se puede definir la naturaleza y la misión del
sacerdocio ministerial si no es bajo este multiforme y rico conjunto
de relaciones que brotan de la Santísima Trinidad y se prolongan en
la comunión de la Iglesia, como signo e instrumento, en Cristo, de la
unión con Dios y de la unidad de todo el género humano.(25) Por
ello, la eclesiología de comunión resulta decisiva para descubrir la
identidad del presbítero, su dignidad original, su vocación y su
misión en el Pueblo de Dios y en el mundo. La referencia a la Iglesia
es pues necesaria, aunque no prioritaria, en la definición de la
identidad del presbítero. En efecto, en cuanto misterio la Iglesia
está esencialmente relacionada con Jesucristo: es su plenitud, su
cuerpo, su esposa. Es el «signo» y el «memorial» vivo de su
presencia permanente y de su acción entre nosotros y para nosotros.
El presbítero encuentra la plena verdad de su identidad en ser una
derivación, una participación específica y una continuación del
mismo Cristo, sumo y eterno sacerdote de la nueva y eterna Alianza: es
una imagen viva y transparente de Cristo sacerdote. El sacerdocio de
Cristo, expresión de su absoluta «novedad» en la historia de la
salvación, constituye la única fuente y el paradigma insustituible
del sacerdocio del cristiano y, en particular, del presbítero. La
referencia a Cristo es, pues, la clave absolutamente necesaria para la
comprensión de las realidades sacerdotales.
Relación fundamental con Cristo, Cabeza y Pastor
13. Jesucristo ha manifestado en sí mismo el rostro perfecto y
definitivo del sacerdocio de la nueva Alianza.(26) Esto lo ha hecho en
su vida terrena, pero sobre todo en el acontecimiento central de su
pasión, muerte y resurrección.
Como escribe el autor de la Carta a los Hebreos, Jesús siendo
hombre como nosotros y a la vez el Hijo unigénito de Dios, es en su
propio ser mediador perfecto entre el Padre y la humanidad (cf. Heb
8-9); Aquel que nos abre el acceso inmediato a Dios, gracias al don
del Espíritu: «Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de
su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!» (Gál 4, 6; cf. Rom 8,15).
Jesús lleva a su plena realización el ser mediador al ofrecerse a
sí mismo en la cruz, con la cual nos abre, una vez por todas, el
acceso al santuario celestial, a la casa del Padre (cf. Heb 9,
24-26). Comparados con Jesús, Moisés y todos los mediadores del
Antiguo Testamento entre Dios y su pueblo —los reyes, los sacerdotes
y los profetas— son sólo como «figuras» y «sombra de los bienes
futuros, no la realidad de las cosas» (cf. Heb 10, 1).
Jesús es el buen Pastor anunciado (cf. Ez 34); Aquel que
conoce a sus ovejas una a una, que ofrece su vida por ellas y que
quiere congregar a todos en «un solo rebaño y un solo pastor» (cf. Jn
10, 11-16). Es el Pastor que ha venido «no para ser servido, sino
para servir» (cf. Mt 20, 24-28), el que, en la escena pascual
del lavatorio de los pies (cf. Jn 13, 1-20), deja a los suyos
el modelo de servicio que deberán ejercer los unos con los otros, a
la vez que se ofrece libremente como cordero inocente inmolado para
nuestra redención (cf. Jn 1, 36; Ap 5, 6.12).
Con el único y definitivo sacrificio de la cruz, Jesús comunica a
todos sus discípulos la dignidad y la misión de sacerdotes de la
nueva y eterna Alianza. Se cumple así la promesa que Dios hizo a
Israel: «Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación
santa» (Ex 19, 6). Y todo el pueblo de la nueva Alianza —escribe
San Pedro— queda constituido como «un edificio espiritual», «un
sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptos a Dios
por mediación de Jesucristo» (1 Pe 2, 5). Los bautizados son
las «piedras vivas» que construyen el edificio espiritual uniéndose
a Cristo «piedra viva... elegida, preciosa ante Dios» (1 Pe 2,
4.5). El nuevo pueblo sacerdotal, que es la Iglesia, no sólo tiene en
Cristo su propia imagen auténtica, sino que también recibe de Él
una participación real y ontológica en su eterno y único
sacerdocio, al que debe conformarse toda su vida.
14. Al servicio de este sacerdocio universal de la nueva Alianza,
Jesús llamó consigo, durante su misión terrena, a algunos
discípulos (cf. Lc 10, 1-12) y con una autoridad y un mandato
específicos llamó y constituyó a los Doce para que «estuvieran con
él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios»
(Mc 3, 14-15).
Por esto, ya durante su ministerio público (cf. Mt 16, 18)
y de modo pleno después de su muerte y resurrección (cf. Mt 28;
Jn 20, 21), Jesús confiere a Pedro y a los Doce poderes muy
particulares sobre la futura comunidad y para la evangelización de
todos los pueblos. Después de haberles llamado a seguirle, los tiene
cerca y vive con ellos, impartiendo con el ejemplo y con la palabra su
enseñanza de salvación, y finalmente los envía a todos los hombres.
Y para el cumplimiento de esta misión Jesús confiere a los
apóstoles, en virtud de una especial efusión pascual del Espíritu
Santo, la misma autoridad mesiánica que le viene del Padre y que le
ha sido conferida en plenitud con la resurrección: «Me ha sido dado
todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a
todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y
del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he
mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el
fin del mundo» (Mt 28, 18-20).
Jesús establece así un estrecho paralelismo entre el ministerio
confiado a los apóstoles y su propia misión: «quien a vosotros
recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que
me ha enviado» (Mt 10,40); «quien a vosotros os escucha, a
mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y
quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado» (Lc 10,
16). Es más, el cuarto evangelio, a la luz del acontecimiento pascual
de la muerte y resurrección, afirma con gran fuerza y claridad:
«Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20, 21;
cf. 13, 20; 17, 18). Igual que Jesús tiene una misión que recibe
directamente de Dios y que concretiza la autoridad misma de Dios (cf. Mt
7, 29; 21, 23; Mc 1, 27; 11, 28; Lc 20, 2; 24, 19),
así los apóstoles tienen una misión que reciben de Jesús. Y de la
misma manera que «el Hijo no puede hacer nada por su cuenta» (Jn
5, 19.30) —de suerte que su doctrina no es suya, sino de aquel que
lo ha enviado (cf. Jn 7, 16)— Jesús dice a los apóstoles:
«separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5): su
misión no es propia, sino que es la misma misión de Jesús. Y esto
es posible no por las fuerzas humanas, sino sólo con el «don» de
Cristo y de su Espíritu, con el «sacramento»: «Recibid el
Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan
perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn
20, 22-23). Y así los apóstoles, no por algún mérito particular,
sino por la participación gratuita en la gracia de Cristo, prolongan
en la historia, hasta el final de los tiempos, la misma misión de
salvación de Jesús en favor de los hombres.
Signo y presupuesto de la autenticidad y fecundidad de esta misión
es la unidad de los apóstoles con Jesús y, en Él, entre sí y con
el Padre, como dice la oración sacerdotal del Señor, síntesis de su
misión (cf. Jn 17, 20-23).
15. A su vez, los apóstoles instituidos por el Señor llevarán a
cabo su misión llamando, de diversas formas pero todas convergentes,
a otros hombres, como Obispos, presbíteros y diáconos, para cumplir
el mandato de Jesús resucitado, que los ha enviado a todos los
hombres de todos los tiempos.
El Nuevo Testamento es unánime al subrayar que es el mismo
Espíritu de Cristo el que introduce en el ministerio a estos hombres,
escogidos de entre los hermanos. Mediante el gesto de la imposición
de manos (Hch 6, 6; 1 Tim 4, 14; 5, 22; 2 Tim 1,
6), que transmite el don del Espíritu, ellos son llamados y
capacitados para continuar el mismo ministerio apostólico de
reconciliar, apacentar el rebaño de Dios y enseñar (cf. Hch 20,
28; 1 Pe 5, 2).
Por tanto, los presbíteros son llamados a prolongar la presencia
de Cristo, único y supremo Pastor, siguiendo su estilo de vida y
siendo como una transparencia suya en medio del rebaño que les ha
sido confiado. Como escribe de manera clara y precisa la primera carta
de san Pedro: «A los presbíteros que están entre vosotros
les exhorto yo, como copresbítero, testigo de los sufrimientos
de Cristo y partícipe de la gloria que está para manifestarse.
Apacentad la grey de Dios que os está encomendada, vigilando, no
forzados, sino voluntariamente, según Dios; no por mezquino afán de
ganancia, sino de corazón; no tiranizando a los que os ha tocado
guiar, sino siendo modelos de la grey. Y cuando aparezca el Supremo
Pastor, recibiréis la corona de gloria que no se marchita» (1 Pe 5,
1-4).
Los presbíteros son, en la Iglesia y para la Iglesia, una
representación sacramental de Jesucristo, Cabeza y Pastor, proclaman
con autoridad su palabra; renuevan sus gestos de perdón y de
ofrecimiento de la salvación, principalmente con el Bautismo, la
Penitencia y la Eucaristía; ejercen, hasta el don total de sí
mismos, el cuidado amoroso del rebaño, al que congregan en la unidad
y conducen al Padre por medio de Cristo en el Espíritu. En una
palabra, los presbíteros existen y actúan para el anuncio del
Evangelio al mundo y para la edificación de la Iglesia,
personificando a Cristo, Cabeza y Pastor, y en su nombre.(27)
Éste es el modo típico y propio con que los ministros ordenados
participan en el único sacerdocio de Cristo. El Espíritu Santo,
mediante la unción sacramental del Orden, los configura con un
título nuevo y específico a Jesucristo, Cabeza y Pastor, los
conforma y anima con su caridad pastoral y los pone en la Iglesia como
servidores auto rizados del anuncio del Evangelio a toda criatura y
como servidores de la plenitud de la vida cristiana de todos los
bautizados.
La verdad del presbítero, tal como emerge de la Palabra de Dios, o
sea, Jesucristo mismo y su plan constitutivo de la Iglesia, es cantada
con agradecimiento gozoso por la Liturgia en el Prefacio de la Misa
Crismal: «Constituiste a tu único Hijo Pontífice de la Alianza
nueva y eterna por la unción del Espíritu Santo, y determinaste, en
tu designio salvífico, perpetuar en la Iglesia su único sacerdocio.
Él no sólo ha conferido el honor del sacerdocio real a todo su
pueblo santo, sino también, con amor de hermano, ha elegido a hombres
de este pueblo, para que, por la imposición de las manos, participen
de su sagrada misión. Ellos renuevan en nombre de Cristo el
sacrificio de la redención, y preparan a tus hijos al banquete
pascual, donde el pueblo santo se reúne en tu amor, se alimenta de tu
palabra y se fortalece con tus sacramentos. Tus sacerdotes, Señor, al
entregar su vida por Ti y por la salvación de los hermanos, van
configurándose a Cristo, y así dan testimonio constante de fidelidad
y amor».
Al servicio de la Iglesia y del mundo
16. El sacerdote tiene como relación fundamental la que le une con
Jesucristo, Cabeza y Pastor. Así participa, de manera específica y
auténtica, de la «unción» y de la «misión» de Cristo (cf. Lc
4, 18-19). Pero íntimamente unida a esta relación está la que tiene
con la Iglesia. No se trata de «relaciones» simplemente cercanas
entre sí, sino unidas interiormente en una especie de mutua
inmanencia. La relación con la Iglesia se inscribe en la única y
misma relación del sacerdote con Cristo, en el sentido de que la
«representación sacramental» de Cristo es la que instaura y anima
la relación del sacerdote con la Iglesia.
En este sentido los Padres sinodales han dicho: «El sacerdote, en
cuanto que representa a Cristo, Cabeza, Pastor y Esposo de la Iglesia,
se sitúa no sólo en la Iglesia, sino también al frente de
la Iglesia. El sacerdocio, junto con la Palabra de Dios y los
signos sacramentales, a cuyo servicio está, pertenece a los elementos
constitutivos de la Iglesia. El ministerio del presbítero está
totalmente al servicio de la Iglesia; está para la promoción del
ejercicio del sacerdocio común de todo el Pueblo de Dios; está
ordenado no sólo para la Iglesia particular, sino también para la
Iglesia universal (cf. Presbyterorum Ordinis, 10), en comunión
con el Obispo, con Pedro y bajo Pedro. Mediante el sacerdocio del
Obispo, el sacerdocio de segundo orden se incorpora a la estructura
apostólica de la Iglesia. Así el presbítero, como los apóstoles,
hace de embajador de Cristo (cf. 2 Cor 5, 20). En esto se funda
el carácter misionero de todo sacerdote.(28)
Por tanto, el ministerio ordenado surge con la Iglesia y tiene en
los Obispos, y en relación y comunión con ellos también en los
presbíteros, una referencia particular al ministerio originario de
los apóstoles, al cual sucede realmente, aunque el mismo tenga unas
modalidades diversas.
De ahí que no se deba pensar en el sacerdocio ordenado como si
fuese anterior a la Iglesia, porque está totalmente al servicio de la
misma; pero tampoco como si fuera posterior a la comunidad eclesial,
como si ésta pudiera concebirse como constituida ya sin este
sacerdocio.
La relación del sacerdocio con Jesucristo, y en Él con su
Iglesia, —en virtud de la unción sacramental— se sitúa en el ser
y en el obrar del sacerdote, o sea, en su misión o ministerio. En
particular, «el sacerdote ministro es servidor de Cristo, presente en
la Iglesia misterio, comunión y misión. Por el hecho de
participar en la "unción" y en la "misión" de
Cristo, puede prolongar en la Iglesia su oración, su palabra, su
sacrificio, su acción salvífica. Y así es servidor de la Iglesia
misterio porque realiza los signos eclesiales y sacramentales de
la presencia de Cristo resucitado. Es servidor de la Iglesia
comunión porque —unido al Obispo y en estrecha relación con el
presbiterio— construye la unidad de la comunidad eclesial en la
armonía de las diversas vocaciones, carismas y servicios. Por
último, es servidor de la Iglesia misión porque hace a la
comunidad anunciadora y testigo del Evangelio».(29)
De este modo, por su misma naturaleza y misión sacramental, el
sacerdote aparece, en la estructura de la Iglesia, como signo de la
prioridad absoluta y gratuidad de la gracia que Cristo resucitado ha
dado a su Iglesia. Por medio del sacerdocio ministerial la Iglesia
toma conciencia en la fe de que no proviene de sí misma, sino de la
gracia de Cristo en el Espíritu Santo. Los apóstoles y sus
sucesores, revestidos de una autoridad que reciben de Cristo, Cabeza y
Pastor, han sido puestos —con su ministerio— al frente de la
Iglesia, como prolongación visible y signo sacramental de Cristo,
que también está al frente de la Iglesia y del mundo, como origen
permanente y siempre nuevo de la salvación, Él, que es «el salvador
del Cuerpo» (Ef 5, 23).
17. El ministerio ordenado, por su propia naturaleza, puede ser
desempeñado sólo en la medida en que el presbítero esté unido con
Cristo mediante la inserción sacramental en el orden presbiteral, y
por tanto en la medida que esté en comunión jerárquica con el
propio Obispo. El ministerio ordenado tiene una radical «forma
comunitaria» y puede ser ejercido sólo como «una tarea
colectiva».(30) Sobre este carácter de comunión del sacerdocio ha
hablado largamente el Concilio,(31) examinando claramente la relación
del presbítero con el propio Obispo, con los demás presbíteros y
con los fieles laicos.
El ministerio de los presbíteros es, ante todo, comunión y
colaboración responsable y necesaria con el ministerio del Obispo, en
su solicitud por la Iglesia universal y por cada una de las Iglesias
particulares, al servicio de las cuales constituyen con el Obispo un
único presbiterio.
Cada sacerdote, tanto diocesano como religioso, está unido a los
demás miembros de este presbiterio, gracias al sacramento del Orden,
con vínculos particulares de caridad apostólica, de ministerio y de
fraternidad. En efecto, todos los presbíteros, sean diocesanos o
religiosos, participan en el único sacerdocio de Cristo, Cabeza y
Pastor, «trabajan por la misma causa, esto es, para la edificación
del cuerpo de Cristo, que exige funciones diversas y nuevas
adaptaciones, principalmente en estos tiempos»,(32) y se enriquece a
través de los siglos con carismas siempre nuevos.
Finalmente, los presbíteros se encuentran en relación positiva y
animadora con los laicos, ya que su figura y su misión en la Iglesia
no sustituye sino que más bien promueve el sacerdocio bautismal de
todo el Pueblo de Dios, conduciéndolo a su plena realización
eclesial. Están al servicio de su fe, de su esperanza y de su
caridad. Reconocen y defienden, como hermanos y amigos, su dignidad de
hijos de Dios y les ayudan a ejercitar en plenitud su misión
específica en el ámbito de la misión de la Iglesia.(33)
El sacerdocio ministerial, conferido por el sacramento del Orden, y
el sacerdocio común o «real» de los fieles, aunque diferentes
esencialmente entre sí y no sólo en grado,(34) están
recíprocamente coordinados, derivando ambos —de manera diversa—
del único sacerdocio de Cristo. En efecto, el sacerdocio ministerial
no significa de por sí un mayor grado de santidad respecto al
sacerdocio común de los fieles; pero, por medio de él, los
presbíteros reciben de Cristo en el Espíritu un don particular, para
que puedan ayudar al Pueblo de Dios a ejercitar con fidelidad y
plenitud el sacerdocio común que les ha sido conferido.(35)
18. Como subraya el Concilio, «el don espiritual que los
presbíteros recibieron en la ordenación no los prepara a una misión
limitada y restringida, sino a la misión universal y amplísima de
salvación hasta los confines del mundo, pues cualquier ministerio
sacerdotal participa de la misma amplitud universal de la misión
confiada por Cristo a los Apóstoles».(36) Por la naturaleza misma de
su ministerio, deben por tanto estar llenos y animados de un profundo
espíritu misionero y «de un espíritu genuinamente católico que les
habitúe a trascender los límites de la propia diócesis, nación o
rito y proyectarse en una generosa ayuda a las necesidades de toda la
Iglesia y con ánimo dispuesto a predicar el Evangelio en todas
partes».(37)
Además, precisamente porque dentro de la Iglesia es el hombre de
la comunión, el presbítero debe ser, en su relación con todos los
hombres, el hombre de la misión y del diálogo. Enraizado
profundamente en la verdad y en la caridad de Cristo, y animado por el
deseo y el mandato de anunciar a todos su salvación, está llamado a
establecer con todos los hombres relaciones de fraternidad, de
servicio, de búsqueda común de la verdad, de promoción de la
justicia y la paz. En primer lugar con los hermanos de las otras
Iglesias y confesiones cristianas; pero también con los fieles de las
otras religiones; con los hombres de buena voluntad, de manera
especial con los pobres y los más débiles, y con todos aquellos que
buscan, aun sin saberlo ni decirlo, la verdad y la salvación de
Cristo, según las palabras de Jesús, que dijo: «No necesitan
médico los que están sanos, sino los que están enfermos; no he
venido a llamar a justos, sino a pecadores» (Mc 2, 17).
Hoy, en particular, la tarea pastoral prioritaria de la nueva
evangelización, que atañe a todo el Pueblo de Dios y pide un nuevo
ardor, nuevos métodos y una nueva expresión para el anuncio y el
testimonio del Evangelio, exige sacerdotes radical e integralmente
inmersos en el misterio de Cristo y capaces de realizar un nuevo
estilo de vida pastoral, marcado por la profunda comunión con el
Papa, con los Obispos y entre sí, y por una colaboración fecunda con
los fieles laicos, en el respeto y la promoción de los diversos
cometidos, carismas y ministerios dentro de la comunidad eclesial.(38)
«Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy» (Lc
4, 21). Escuchemos una vez más estas palabras de Jesús, a la luz del
sacerdocio ministerial que hemos presentado en su naturaleza y en su
misión. El «hoy» del que habla Jesús indica el tiempo de la
Iglesia, precisamente porque pertenece a la «plenitud del tiempo», o
sea, el tiempo de la salvación plena y definitiva. La consagración y
la misión de Cristo: «El Espíritu del Señor... me ha ungido para
anunciar a los pobres la Buena Nueva» (Lc 4, 18), son la raíz
viva de la que brotan la consagración y la misión de la Iglesia
«plenitud» de Cristo (cf. Ef 1, 23). Con la regeneración
bautismal desciende sobre todos los creyentes el Espíritu del Señor,
que los consagra para formar un templo espiritual y un sacerdocio
santo y los envía a dar a conocer los prodigios de Aquel que, desde
las tinieblas, los ha llamado a su luz admirable (cf. 1 Pe 2,
4-10). El presbítero participa de la consagración y misión de
Cristo de un modo específico y auténtico, o sea, mediante el
sacramento del Orden, en virtud del cual está configurado en su ser
con Cristo, Cabeza y Pastor, y comparte la misión de «anunciar a los
pobres la Buena Noticia», en el nombre y en la persona del mismo
Cristo.
En su Mensaje final los Padres sinodales han resumido, en pocas
pero muy ricas palabras, la «verdad», más aún el «misterio» y el
«don» del sacerdocio ministerial, diciendo: «Nuestra identidad
tiene su fuente última en la caridad del Padre. Con el sacerdocio
ministerial, por la acción del Espíritu Santo, estamos unidos
sacramentalmente al Hijo, enviado por el Padre como Sumo Sacerdote y
buen Pastor. La vida y el ministerio del sacerdote son continuación
de la vida y de la acción del mismo Cristo. Ésta es nuestra
identidad, nuestra verdadera dignidad, la fuente de nuestra alegría,
la certeza de nuestra vida».(39)
CAPÍTULO III
EL ESPÍRITU DEL SEÑOR ESTÁ SOBRE MÍ
La vida espiritual del sacerdote
Una vocación específica a la santidad
19. «El Espíritu del Señor está sobre mí» (Lc 4, 18).
El Espíritu no está simplemente sobre el Mesías, sino que lo llena,
lo penetra, lo invade en su ser y en su obrar. En efecto, el Espíritu
es el principio de la consagración y de la misión del Mesías:
porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva ... (Lc
4, 18). En virtud del Espíritu, Jesús pertenece total y
exclusivamente a Dios, participa de la infinita santidad de Dios que
lo llama, elige y envía. Así el Espíritu del Señor se manifiesta
como fuente de santidad y llamada a la santificación.
Este mismo «Espíritu del Señor» está «sobre» todo el Pueblo
de Dios, constituido como pueblo «consagrado» a Él y «enviado»
por Él para anunciar el Evangelio que salva. Los miembros del Pueblo
de Dios son «embebidos» y «marcados» por el Espíritu (cf. 1
Cor 12, 13; 2 Cor 1, 21ss; Ef 1, 13; 4, 30), y
llamados a la santidad.
En efecto, el Espíritu nos revela y comunica la vocación
fundamental que el Padre dirige a todos desde la eternidad: la
vocación a ser «santos e inmaculados en su presencia, en el
amor», en virtud de la predestinación «para ser sus hijos adoptivos
por medio de Jesucristo» (Ef 1, 4-5) . Revelándonos y
comunicándonos esta vocación, el Espíritu se hace en nosotros
principio y fuente de su realización: él, el Espíritu del Hijo
(cf.Gál 4, 6), nos conforma con Cristo Jesús y nos hace
partícipes de su vida filial, o sea, de su amor al Padre y a los
hermanos. «Si vivimos según el Espíritu, obremos también según el
Espíritu» (Gál 5, 25). Con estas palabras el apóstol Pablo
nos recuerda que la existencia cristiana es «vida espiritual», o
sea, vida animada y dirigida por el Espíritu hacia la santidad o
perfección de la caridad.
La afirmación del Concilio, «todos los fieles, de cualquier
estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida
cristiana y a la perfección de la caridad»,(40) encuentra una
particular aplicación referida a los presbíteros. Éstos son
llamados no sólo en cuanto bautizados, sino también y
específicamente en cuanto presbíteros, es decir, con un nuevo
título y con modalidades originales que derivan del sacramento del
Orden.
20. El Decreto conciliar sobre el ministerio y vida de los
presbíteros nos ofrece una síntesis rica y alentadora sobre la
«vida espiritual» de los sacerdotes y sobre el don y la
responsabilidad de hacerse «santos». «Por el sacramento del Orden
se configuran los presbíteros con Cristo sacerdote, como ministros de
la Cabeza, para construir y edificar todo su Cuerpo, que es la
Iglesia, como cooperadores del Orden episcopal. Cierto que ya en la
consagración del bautismo —al igual que todos los fieles de Cristo—
recibieron el signo y don de tan gran vocación y gracia, a fin de
que, aun con la flaqueza humana, puedan y deban aspirar a la
perfección, según la palabra del Señor: "Vosotros, pues, sed
perfectos, como es perfecto vuestro Padre celestial" (Mt
5, 48). Ahora bien, los sacerdotes están obligados de manera especial
a alcanzar esa perfección, ya que, consagrados de manera nueva a Dios
por la recepción del Orden, se convierten en instrumentos vivos de
Cristo, Sacerdote eterno, para proseguir en el tiempo la obra
admirable del que, con celeste eficacia, reintegró a todo el género
humano. Por tanto, puesto que todo sacerdote personifica de modo
específico al mismo Cristo, es también enriquecido de gracia
particular para que pueda alcanzar mejor, por el servicio de los
fieles que se le han confiado y de todo el Pueblo de Dios, la
perfección de Aquel a quien representa, y cure la flaqueza humana de
la carne la santidad de Aquel que fue hecho para nosotros pontífice
"santo, inocente, incontaminado, apartado de los pecadores" (Heb
7, 26)».(41)
El Concilio afirma, ante todo, la «común» vocación a la
santidad. Esta vocación se fundamenta en el Bautismo, que
caracteriza al presbítero como un «fiel» (Christifidelis),
como un «hermano entre hermanos», inserto y unido al Pueblo de Dios,
con el gozo de compartir los dones de la salvación (cf. Ef 4,
4-6) y el esfuerzo común de caminar «según el Espíritu»,
siguiendo al único Maestro y Señor. Recordemos la célebre frase de
San Agustín: «Para vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano.
Aquél es un nombre de oficio recibido, éste es un nombre de gracia;
aquél es un nombre de peligro, éste de salvación».(42)
Con la misma claridad el texto conciliar habla de una vocación
«específica» a la santidad, y más precisamente de una
vocación que se basa en el sacramento del Orden, como sacramento
propio y específico del sacerdote, en virtud pues de una nueva
consagración a Dios mediante la ordenación. A esta vocación
específica alude también San Agustín, que, a la afirmación «Para
vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano», añade esta otra:
«Siendo, pues, para mí causa del mayor gozo el haber sido rescatado
con vosotros, que el haber sido puesto a la cabeza, siguiendo el
mandato del Señor, me dedicaré con el mayor empeño a serviros, para
no ser ingrato a quien me ha rescatado con aquel precio que me ha
hecho ser vuestro consiervo».(43)
El texto del Concilio va más allá, señalando algunos elementos
necesarios para definir el contenido de la «especificidad» de la
vida espiritual de los presbíteros. Son éstos elementos que se
refieren a la «consagración» propia de los presbíteros, que los
configura con Jesucristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia; los configura
con la «misión» o ministerio típico de los mismos presbíteros, la
cual los capacita y compromete para ser «instrumentos vivos de Cristo
Sacerdote eterno» y para actuar «personificando a Cristo mismo»;
los configura en su «vida» entera, llamada a manifestar y
testimoniar de manera original el «radicalismo evangélico».(44)
La configuración con Jesucristo, Cabeza y Pastor, y la caridad
pastoral
21. Mediante la consagración sacramental, el sacerdote se
configura con Jesucristo, en cuanto Cabeza y Pastor de la Iglesia, y
recibe como don una «potestad espiritual», que es participación de
la autoridad con la cual Jesucristo, mediante su Espíritu, guía la
Iglesia.(45)
Gracias a esta consagración obrada por el Espíritu Santo en la
efusión sacramental del Orden, la vida espiritual del sacerdote queda
caracterizada, plasmada y definida por aquellas actitudes y
comportamientos que son propios de Jesucristo, Cabeza y Pastor de la
Iglesia y que se compendian en su caridad pastoral.
Jesucristo es Cabeza de la Iglesia, su Cuerpo. Es «Cabeza»
en el sentido nuevo y original de ser «Siervo», según sus mismas
palabras: «Tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a
servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mc 10, 45).
El servicio de Jesús llega a su plenitud con la muerte en cruz, o
sea, con el don total de sí mismo, en la humildad y el amor: «se
despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose
semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se
humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz
...» (Flp 2, 78). La autoridad de Jesucristo Cabeza coincide
pues con su servicio, con su don, con su entrega total, humilde y
amorosa a la Iglesia. Y esto en obediencia perfecta al Padre: él es
el único y verdadero Siervo doliente del Señor, Sacerdote y Víctima
a la vez.
Este tipo concreto de autoridad, o sea, el servicio a la Iglesia,
debe animar y vivificar la existencia espiritual de todo sacerdote,
precisamente como exigencia de su configuración con Jesucristo,
Cabeza y Siervo de la Iglesia.(46) San Agustín exhortaba de esta
forma a un obispo en el día de su ordenación: «El que es cabeza del
pueblo debe, antes que nada, darse cuenta de que es servidor de
muchos. Y no se desdeñe de serlo, repito, no se desdeñe de ser el
servidor de muchos, porque el Señor de los señores no se desdeñó
de hacerse nuestro siervo».(47)
La vida espiritual de los ministros del Nuevo Testamento deberá
estar caracterizada, pues, por esta actitud esencial de servicio al
Pueblo de Dios (cf. Mt 20, 24ss,; Mc 10, 43-44), ajena a
toda presunción y a todo deseo de «tiranizar» la grey confiada (cf.
1 Pe 5, 2-3). Un servicio llevado como Dios espera y con buen
espíritu. De este modo los ministros, los «ancianos» de la
comunidad, o sea, los presbíteros, podrán ser «modelo» de la grey
del Señor que, a su vez, está llamada a asumir ante el mundo entero
esta actitud sacerdotal de servicio a la plenitud de la vida del
hombre y a su liberación integral.
22. La imagen de Jesucristo, Pastor de la Iglesia, su grey,
vuelve a proponer, con matices nuevos y más sugestivos, los mismos
contenidos de la imagen de Jesucristo, Cabeza y Siervo. Verificándose
el anuncio profético del Mesías Salvador, cantado gozosamente por el
salmista y por el profeta Ezequiel (cf. Sal 22-23; Ez 34,
11ss), Jesús se presenta a sí mismo como «el buen Pastor» (Jn 10,
11.14), no sólo de Israel, sino de todos los hombres (cf. Jn 10,
16). Y su vida es una manifestación ininterrumpida, es más, una
realización diaria de su «caridad pastoral». Él siente compasión
de las gentes, porque están cansadas y abatidas, como ovejas sin
pastor (cf. Mt 9, 35-36); él busca las dispersas y las
descarriadas (cf. Mt 18, 12-14) y hace fiesta al encontrarlas,
las recoge y defiende, las conoce y llama una a una (cf. Jn 10,
3), las conduce a los pastos frescos y a las aguas tranquilas (cf. Sal
22-23), para ellas prepara una mesa, alimentándolas con su propia
vida. Esta vida la ofrece el buen Pastor con su muerte y
resurrección, como canta la liturgia romana de la Iglesia: «Ha
resucitado el buen Pastor que dio la vida por sus ovejas y se dignó
morir por su grey. Aleluya».(48)
Pedro llama a Jesús el «supremo Pastor» (1 Pe 5, 4),
porque su obra y misión continúan en la Iglesia a través de los
apóstoles (cf. Jn 21, 15-17) y sus sucesores (cf.1 Pe 5,
1ss), y a través de los presbíteros. En virtud de su consagración,
los presbíteros están configurados con Jesús, buen Pastor, y
llamados a imitar y revivir su misma caridad pastoral.
La entrega de Cristo a la Iglesia, fruto de su amor, se caracteriza
por aquella entrega originaria que es propia del esposo hacia su
esposa, como tantas veces sugieren los textos sagrados. Jesús es
el verdadero esposo, que ofrece el vino de la salvación a la
Iglesia (cf. Jn 2, 11). Él, que es «Cabeza de la Iglesia, el
salvador del Cuerpo» (Ef 5, 23), «amó a la Iglesia y se
entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola
mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela
a sí mismo resplandeciente; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa
parecida, sino que sea santa e inmaculada» (Ef 5, 25-27). La
Iglesia es, desde luego, el cuerpo en el que está presente y operante
Cristo Cabeza, pero es también la Esposa que nace, como nueva Eva,
del costado abierto del Redentor en la cruz; por esto Cristo está
«al frente» de la Iglesia, «la alimenta y la cuida» (Ef 5,
29) mediante la entrega de su vida por ella. El sacerdote está
llamado a ser imagen viva de Jesucristo Esposo de la Iglesia.(49)
Ciertamente es siempre parte de la comunidad a la que pertenece como
creyente, junto con los otros hermanos y hermanas convocados por el
Espíritu, pero en virtud de su configuración con Cristo, Cabeza y
Pastor, se encuentra en esta situación esponsal ante la comunidad.
«En cuanto representa a Cristo, Cabeza, Pastor y Esposo de la
Iglesia, el sacerdote está no sólo en la Iglesia, sino también al
frente de la Iglesia».(50) Por tanto, está llamado a revivir en su
vida espiritual el amor de Cristo Esposo con la Iglesia esposa. Su
vida debe estar iluminada y orientada también por este rasgo esponsal,
que le pide ser testigo del amor de Cristo como Esposo y, por eso, ser
capaz de amar a la gente con un corazón nuevo, grande y puro, con
auténtica renuncia de sí mismo, con entrega total, continua y fiel,
y a la vez con una especie de «celo» divino (cf.2 Cor 11, 2),
con una ternura que incluso asume matices del cariño materno, capaz
de hacerse cargo de los «dolores de parto» hasta que «Cristo no sea
formado» en los fieles (cf. Gál 4, 19).
23. El principio interior, la virtud que anima y guía la vida
espiritual del presbítero en cuanto configurado con Cristo Cabeza y
Pastor es la caridad pastoral, participación de la misma
caridad pastoral de Jesucristo: don gratuito del Espíritu Santo y, al
mismo tiempo, deber y llamada a la respuesta libre y
responsable del presbítero.
El contenido esencial de la caridad pastoral es la donación de
sí, la total donación de sí a la Iglesia, compartiendo
el don de Cristo y a su imagen. «La caridad pastoral es aquella
virtud con la que nosotros imitamos a Cristo en su entrega de sí
mismo y en su servicio. No es sólo aquello que hacemos, sino la donación
de nosotros mismos lo que muestra el amor de Cristo por su grey.
La caridad pastoral determina nuestro modo de pensar y de actuar,
nuestro modo de comportarnos con la gente. Y resulta particularmente
exigente para nosotros...».(51)
El don de nosotros mismos, raíz y síntesis de la caridad
pastoral, tiene como destinataria la Iglesia. Así lo ha hecho Cristo
«que amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella» (Ef
5, 25); así debe hacerlo el sacerdote. Con la caridad pastoral, que
caracteriza el ejercicio del ministerio sacerdotal como «amoris
officium»,(52) «el sacerdote, que recibe la vocación al
ministerio, es capaz de hacer de éste una elección de amor, para el
cual la Iglesia y las almas constituyen su principal interés y, con
esta espiritualidad concreta, se hace capaz de amar a la Iglesia
universal y a aquella porción de Iglesia que le ha sido confiada, con
toda la entrega de un esposo hacia su esposa».(53) El don de sí no
tiene límites, ya que está marcado por la misma fuerza apostólica y
misionera de Cristo, el buen Pastor, que ha dicho: «también tengo
otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que
conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo
pastor» (Jn 10, 16).
Dentro de la comunidad eclesial, la caridad pastoral del sacerdote
le pide y exige de manera particular y específica una relación
personal con el presbiterio, unido en y con el Obispo, come dice
expresamente el Concilio: «La caridad pastoral pide que, para no
correr en vano, trabajen siempre los presbíteros en vínculo de
comunión con los Obispos y con los otros hermanos en el
sacerdocio».(54)
El don de sí mismo a la Iglesia se refiere a ella como cuerpo y esposa
de Jesucristo. Por esto la caridad del sacerdote se refiere
primariamente a Jesucristo: solamente si ama y sirve a Cristo, Cabeza
y Esposo, la caridad se hace fuente, criterio, medida, impulso del
amor y del servicio del sacerdote a la Iglesia, cuerpo y esposa de
Cristo. Ésta ha sido la conciencia clara y profunda del apóstol
Pablo, que escribe a los cristianos de la Iglesia de Corinto: somos
«siervos vuestros por Jesús» (2 Cor 4, 5). Ésta es, sobre
todo, la enseñanza explícita y programática de Jesús, cuando
confía a Pedro el ministerio de apacentar la grey sólo después de
su triple confesión de amor e incluso de un amor de predilección:
«Le dice por tercera vez: "Simón de Juan, ¿me
quieres?"... Pedro... le dijo: "Señor, tú lo sabes todo;
tú sabes que te quiero". Le dice Jesús: "Apacienta mis
ovejas"» (Jn 21, 17).
La caridad pastoral, que tiene su fuente específica en el
sacramento del Orden, encuentra su expresión plena y su alimento
supremo en la Eucaristía: «Esta caridad pastoral —dice el
Concilio— fluye ciertamente, sobre todo, del sacrificio
eucarístico, que es, por ello, centro y raíz de toda la vida del
presbítero, de suerte que el alma sacerdotal se esfuerce en
reproducir en sí misma lo que se hace en el ara sacrificial».(55) En
efecto, en la Eucaristía es donde se representa, es decir, se hace de
nuevo presente el sacrificio de la cruz, el don total de Cristo a su
Iglesia, el don de su cuerpo entregado y de su sangre derramada, como
testimonio supremo de su ser Cabeza y Pastor, Siervo y Esposo de la
Iglesia. Precisamente por esto la caridad pastoral del sacerdote no
sólo fluye de la Eucaristía, sino que encuentra su más alta
realización en su celebración, así como también recibe de ella la
gracia y la responsabilidad de impregnar de manera «sacrificial»
toda su existencia.
Esta misma caridad pastoral constituye el principio interior y
dinámico capaz de unificar las múltiples y diversas actividades del
sacerdote. Gracias a la misma puede encontrar respuesta la
exigencia esencial y permanente de unidad entre la vida interior y
tantas tareas y responsabilidades del ministerio, exigencia tanto más
urgente en un contexto sociocultural y eclesial fuertemente marcado
por la complejidad, la fragmentación y la dispersión. Solamente la
concentración de cada instante y de cada gesto en torno a la opción
fundamental y determinante de «dar la vida por la grey» puede
garantizar esta unidad vital, indispensable para la armonía y el
equilibrio espiritual del sacerdote: «La unidad de vida —nos
recuerda el Concilio— pueden construirla los presbíteros si en el
cumplimiento de su ministerio siguieren el ejemplo de Cristo, cuyo
alimento era hacer la voluntad de Aquel que lo envió para que llevara
a cabo su obra ... Así, desempeñando el oficio de buen Pastor, en el
mismo ejercicio de la caridad pastoral hallarán el vínculo de la
perfección sacerdotal, que reduzca a unidad su vida y acción».(56)
La vida espiritual en el ejercicio del ministerio
24. El Espíritu del Señor ha consagrado a Cristo y lo ha enviado
a anunciar el Evangelio (cf. Lc 4, 18). La misión no es un
elemento extrínseco o yuxtapuesto a la consagración, sino que
constituye su finalidad intrínseca y vital: la consagración es
para la misión. De esta manera, no sólo la consagración, sino
también
la misión está bajo el signo del Espíritu, bajo su influjo
santificador.
Así fue en Jesús. Así fue en los apóstoles y en sus sucesores.
Así es en toda la Iglesia y en sus presbíteros: todos reciben el
Espíritu como don y llamada a la santificación en el cumplimiento de
la misión y a través de ella.(57)
Existe por tanto una relación íntima entre la vida espiritual del
presbítero y el ejercicio de su ministerio,(58) descrita así por el
Concilio: «Al ejercer el ministerio del Espíritu y de la justicia (cf.
2 Cor 3, 8-9), (los presbíteros) si son dóciles al Espíritu
de Cristo, que los vivifica y guía, se afirman en la vida del
espíritu. Ya que por las mismas acciones sagradas de cada día, como
por todo su ministerio, que ejercen unidos con el Obispo y los
presbíteros, ellos mismos se ordenan a la perfección de vida. Por
otra parte, la santidad misma de los presbíteros contribuye en gran
manera al ejercicio fructuoso del propio ministerio».(59)
«Conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor».
Ésta
es la invitación, la exhortación que la Iglesia hace al presbítero
en el rito de la ordenación, cuando se le entrega las ofrendas del
pueblo santo para el sacrificio eucarístico. El «misterio», cuyo
«dispensador» es el presbítero (cf. 1 Cor 4,1), es, en
definitiva, Jesucristo mismo, que en el Espíritu Santo es fuente de
santidad y llamada a la santificación. El «misterio» requiere ser
vivido por el presbítero. Por esto exige gran vigilancia y viva
conciencia. Y así, el rito de la ordenación antepone a esas palabras
la recomendación: «Considera lo que realizas». Ya exhortaba Pablo
al obispo Timoteo: «No descuides el carisma que hay en ti» (1 Tim
4, 14; cf. 2 Tim 1, 6).
La relación entre la vida espiritual y el ejercicio del ministerio
sacerdotal puede encontrar su explicación también a partir de la
caridad pastoral otorgada por el sacramento del Orden. El ministerio
del sacerdote, precisamente porque es una participación del
ministerio salvífico de Jesucristo, Cabeza y Pastor, expresa y revive
su caridad pastoral, que es a la vez fuente y espíritu de su servicio
y del don de sí mismo. En su realidad objetiva el ministerio
sacerdotal es «amoris officium», según la ya citada
expresión de San Agustín. Precisamente esta realidad objetiva es el
fundamento y la llamada para un ethos correspondiente, que es
el vivir el amor, como dice el mismo San Agustín: «Sit amoris
officium pascere dominicum gregem».(60) Este ethos, y
también la vida espiritual, es la acogida de la «verdad» del
ministerio sacerdotal como «amoris officium» en la conciencia
y en la libertad, y por tanto en la mente y el corazón, en las
decisiones y las acciones.
25. Es esencial, para una vida espiritual que se desarrolla a
través del ejercicio del ministerio, que el sacerdote renueve
continuamente y profundice cada vez más la conciencia de ser
ministro de Jesucristo, en virtud de la consagración sacramental
y de la configuración con Él, Cabeza y Pastor de la Iglesia.
Esa conciencia no sólo corresponde a la verdadera naturaleza de la
misión que el sacerdote desarrolla en favor de la Iglesia y de la
humanidad, sino que influye también en la vida espiritual del
sacerdote que cumple esa misión. En efecto, el sacerdote es escogido
por Cristo no como una «cosa», sino como una «persona» No es un
instrumento inerte y pasivo, sino un «instrumento vivo», como dice
el Concilio, precisamente al hablar de la obligación de tender a la
perfección.(61) Y el mismo Concilio habla de los sacerdotes como
«compañeros y colaboradores» del Dios «santo y santificador».(62)
En este sentido, en el ejercicio del ministerio está profundamente
comprometida la persona consciente, libre y responsable del sacerdote.
Su relación con Jesucristo, asegurada por la consagración y
configuración del sacramento del Orden, instaura y exige en el
sacerdote una posterior relación que procede de la intención, es
decir, de la voluntad consciente y libre de hacer, mediante los gestos
ministeriales, lo que quiere hacer la Iglesia. Semejante relación
tiende, por su propia naturaleza, a hacerse lo más profunda posible,
implicando la mente, los sentimientos, la vida, o sea, una serie de
«disposiciones» morales y espirituales correspondientes a los gestos
ministeriales que el sacerdote realiza.
No hay duda de que el ejercicio del ministerio sacerdotal,
especialmente la celebración de los Sacramentos, recibe su eficacia
salvífica de la acción misma de Jesucristo, hecha presente en los
Sacramentos. Pero por un designio divino, que quiere resaltar la
absoluta gratuidad de la salvación, haciendo del hombre un
«salvado» a la vez que un «salvador» —siempre y sólo con
Jesucristo—, la eficacia del ejercicio del ministerio está
condicionada también por la mayor o menor acogida y participación
humana.(63) En particular, la mayor o menor santidad del ministro
influye realmente en el anuncio de la Palabra, en la celebración de
los Sacramentos y en la dirección de la comunidad en la caridad. Lo
afirma con claridad el Concilio: «La santidad misma de los
presbíteros contribuye en gran manera al ejercicio fructuoso del
propio ministerio; pues, si es cierto que la gracia de Dios puede
llevar a cabo la obra de salvación aun por medio de ministros
indignos, sin embargo, Dios prefiere mostrar normalmente sus
maravillas por obra de quienes, más dóciles al impulso e
inspiración del Espíritu Santo, por su íntima unión con Cristo y
la santidad de su vida, pueden decir con el Apóstol: "Pero ya no
vivo yo, sino que Cristo vive en mí" (Gál 2, 20)».(64)
La conciencia de ser ministro de Jesucristo, Cabeza y Pastor, lleva
consigo también la conciencia agradecida y gozosa de una gracia
singular recibida de Jesucristo: la gracia de haber sido escogido
gratuitamente por el Señor como «instrumento vivo» de la obra de
salvación. Esta elección demuestra el amor de Jesucristo al
sacerdote. Precisamente este amor, más que cualquier otro amor, exige
correspondencia. Después de su resurrección Jesús hace a Pedro una
pregunta fundamental sobre el amor: «Simón de Juan, ¿me amas más
que éstos?». Y a la respuesta de Pedro sigue la entrega de la
misión: «Apacienta mis corderos» (Jn 21, 15). Jesús
pregunta a Pedro si lo ama, antes de entregarle su grey. Pero es, en
realidad, el amor libre y precedente de Jesús mismo el que origina su
pregunta al apóstol y la entrega de «sus» ovejas. Y así, todo
gesto ministerial, a la vez que lleva a amar y servir a la Iglesia,
ayuda a madurar cada vez más en el amor y en el servicio a
Jesucristo, Cabeza, Pastor y Esposo de la Iglesia; en un amor que se
configura siempre como respuesta al amor precedente, libre y gratuito,
de Dios en Cristo. A su vez, el crecimiento del amor a Jesucristo
determina el crecimiento del amor a la Iglesia: «Somos vuestros
pastores (pascimus vobis), con vosotros somos apacentados (pascimur
vobiscum). El Señor nos dé la fuerza de amaros hasta el punto de
poder morir real o afectivamente por vosotros (aut effectu aut
affectu)».(65)
26. Gracias a la preciosa enseñanza del Concilio Vaticano II,(66)
podemos recordar las condiciones y exigencias, las modalidades y
frutos de la íntima relación que existe entre la vida espiritual del
sacerdote y el ejercicio de su triple ministerio: la Palabra, el
Sacramento y el servicio de la Caridad.
El sacerdote es, ante todo, ministro de la Palabra de Dios; es
el ungido y enviado para anunciar a todos el Evangelio del Reino,
llamando a cada hombre a la obediencia de la fe y conduciendo a los
creyentes a un conocimiento y comunión cada vez más profundos del
misterio de Dios, revelado y comunicado a nosotros en Cristo. Por eso,
el sacerdote mismo debe ser el primero en tener una gran familiaridad
personal con la Palabra de Dios: no le basta conocer su aspecto
lingüístico o exegético, que es también necesario; necesita
acercarse a la Palabra con un corazón dócil y orante, para que ella
penetre a fondo en sus pensamientos y sentimientos y engendre dentro
de sí una mentalidad nueva: «la mente de Cristo» (1 Cor 2,
16), de modo que sus palabras, sus opciones y sus actitudes sean cada
vez más una transparencia, un anuncio y un testimonio del Evangelio.
Solamente «permaneciendo» en la Palabra, el sacerdote será perfecto
discípulo del Señor; conocerá la verdad y será verdaderamente
libre, superando todo condicionamiento contrario o extraño al
Evangelio (cf. Jn 8, 31-32). El sacerdote debe ser el primer
«creyente» de la Palabra, con la plena conciencia de que las
palabras de su ministerio no son «suyas», sino de Aquel que lo ha
enviado. Él no es el dueño de esta Palabra: es su servidor. Él no
es el único poseedor de esta Palabra: es deudor ante el Pueblo de
Dios. Precisamente porque evangeliza y para poder evangelizar, el
sacerdote, como la Iglesia, debe crecer en la conciencia de su
permanente necesidad de ser evangelizado.(67) Él anuncia la Palabra
en su calidad de ministro, partícipe de la autoridad profética de
Cristo y de la Iglesia. Por esto, por tener en sí mismo y ofrecer a
los fieles la garantía de que transmite el Evangelio en su
integridad, el sacerdote ha de cultivar una sensibilidad, un amor y
una disponibilidad particulares hacia la Tradición viva de la Iglesia
y de su Magisterio, que no son extraños a la Palabra, sino que sirven
para su recta interpretación y para custodiar su sentido
auténtico.(68)
Es sobre todo en la celebración de los Sacramentos, y en la
celebración de la Liturgia de las Horas, donde el sacerdote está
llamado a vivir y testimoniar la unidad profunda entre el ejercicio de
su ministerio y su vida espiritual: el don de gracia ofrecido a la
Iglesia se hace principio de santidad y llamada a la santificación.
También para el sacerdote el lugar verdaderamente central, tanto de
su ministerio como de su vida espiritual, es la Eucaristía, porque en
ella «se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, a saber,
Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan vivo, que mediante su carne,
vivificada y vivificante por el Espíritu Santo, da la vida a los
hombres. Así son ellos invitados y conducidos a ofrecerse a sí
mismos, sus trabajos y todas sus cosas en unión con Él mismo».(69)
De los diversos Sacramentos y, en particular, de la gracia
específica y propia de cada uno de ellos, la vida espiritual del
presbítero recibe unas connotaciones particulares. En efecto, se
estructura y es plasmada por las múltiples características y
exigencias de los diversos Sacramentos celebrados y vividos.
Quiero dedicar unas palabras al Sacramento de la Penitencia, cuyos
ministros son los sacerdotes, pero deben ser también sus
beneficiarios, haciéndose testigos de la misericordia de Dios por los
pecadores. Repito cuanto escribí en la Exhortación Reconciliatio
et paenitentia: «La vida espiritual y pastoral del sacerdote,
como la de sus hermanos laicos y religiosos, depende, para su calidad
y fervor, de la asidua y consciente práctica personal del Sacramento
de la Penitencia. La celebración de la Eucaristía y el ministerio de
los otros Sacramentos, el celo pastoral, la relación con los fieles,
la comunión con los hermanos, la colaboración con el Obispo, la vida
de oración, en una palabra toda la existencia sacerdotal sufre un
inevitable decaimiento, si le falta, por negligencia o cualquier otro
motivo, el recurso periódico e inspirado en una auténtica fe y
devoción al Sacramento de la Penitencia. En un sacerdote que no se
confesase o se confesase mal, su ser como sacerdote y su ministerio
se resentirían muy pronto, y se daría cuenta también la Comunidad
de la que es pastor».(70)
Por último, el sacerdote está llamado a revivir la autoridad y el
servicio de Jesucristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia, animando y
guiando la comunidad eclesial, o sea, reuniendo «la familia de
Dios, como una fraternidad animada en la unidad» y conduciéndola
«al Padre por medio de Cristo en el Espíritu Santo».(71) Este «munus
regendi» es una misión muy delicada y compleja, que incluye, además
de la atención a cada una de las personas y a las diversas
vocaciones, la capacidad de coordinar todos los dones y carismas que
el Espíritu suscita en la comunidad, examinándolos y valorándolos
para la edificación de la Iglesia, siempre en unión con los Obispos.
Se trata de un ministerio que pide al sacerdote una vida espiritual
intensa, rica de aquellas cualidades y virtudes que son típicas de la
persona que preside y «guía» una comunidad; del «anciano» en el
sentido más noble y rico de la palabra. En él se esperan ver
virtudes como la fidelidad, la coherencia, la sabiduría, la acogida
de todos, la afabilidad, la firmeza doctrinal en las cosas esenciales,
la libertad sobre los puntos de vista subjetivos, el desprendimiento
personal, la paciencia, el gusto por el esfuerzo diario, la confianza
en la acción escondida de la gracia que se manifiesta en los
sencillos y en los pobres (cf. Tit 1, 7-8).
Existencia sacerdotal y radicalismo evangélico
27. «El Espíritu del Señor sobre mí» (Lc 4, 18). El
Espíritu Santo recibido en el sacramento del Orden es fuente de
santidad y llamada a la santificación, no sólo porque configura al
sacerdote con Cristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia, y le confía la
misión profética, sacerdotal y real para que la lleve a cabo
personificando a Cristo, sino también porque anima y vivifica su
existencia de cada día, enriqueciéndola con dones y exigencias, con
virtudes y fuerzas, que se compendian en la caridad pastoral. Esta
caridad es síntesis unificante de los valores y de las virtudes
evangélicas y, a la vez, fuerza que sostiene su desarrollo hasta la
perfección cristiana.(72)
Para todos los cristianos, sin excepciones, el radicalismo
evangélico es una exigencia fundamental e irrenunciable, que brota de
la llamada de Cristo a seguirlo e imitarlo, en virtud de la íntima
comunión de vida con él, realizada por el Espíritu (cf. Mt 8,
18ss; 10, 37ss; Mc 8, 34-38; 10, 17-21; Lc 9, 57ss).
Esta misma exigencia se presenta a los sacerdotes, no sólo porque
están «en» la Iglesia, sino también porque están «al frente» de
ella, al estar configurados con Cristo, Cabeza y Pastor, capacitados y
comprometidos para el ministerio ordenado, vivificados por la caridad
pastoral. Ahora bien, dentro del radicalismo evangélico y como
manifestación del mismo se encuentra un rico florecimiento de
múltiples virtudes y exigencias éticas, que son decisivas para la
vida pastoral y espiritual del sacerdote, como, por ejemplo, la fe, la
humildad ante el misterio de Dios, la misericordia, la prudencia.
Expresión privilegiada del radicalismo son los varios consejos
evangélicos que Jesús propone en el Sermón de la Montaña (cf. Mt
5-7), y entre ellos los consejos, íntimamente relacionados
entre sí, de obediencia, castidad y pobreza:(73) el
sacerdote está llamado a vivirlos según el estilo, es más, según
las finalidades y el significado original que nacen de la identidad
propia del presbítero y la expresan.
28. «Entre las virtudes más necesarias en el ministerio de los
presbíteros, recordemos la disposición de ánimo para estar siempre
prontos para buscar no la propia voluntad, sino el cumplimiento de la
voluntad de aquel que los ha enviado (cf. Jn 4, 34; 5, 30;
6, 38)».(74) Se trata de la obediencia, que, en el caso de la
vida espiritual del sacerdote, presenta algunas características
peculiares.
Es, ante todo, una obediencia «apostólica», en cuanto que
reconoce, ama y sirve a la Iglesia en su estructura jerárquica. En
verdad no se da ministerio sacerdotal sino en la comunión con el Sumo
Pontífice y con el Colegio episcopal, particularmente con el propio
Obispo diocesano, hacia los que debe observarse la «obediencia y
respeto» filial, prometidos en el rito de la ordenación. Esta
sumisión a cuantos están revestidos de la autoridad eclesial no
tiene nada de humillante, sino que nace de la libertad responsable del
presbítero, que acoge no sólo las exigencias de una vida eclesial
orgánica y organizada, sino también aquella gracia de discernimiento
y de responsabilidad en las decisiones eclesiales, que Jesús ha
garantizado a sus apóstoles y a sus sucesores, para que sea guardado
fielmente el misterio de la Iglesia, y para que el conjunto de la
comunidad cristiana sea servida en su camino unitario hacia la
salvación.
La obediencia cristiana, auténtica, motivada y vivida rectamente
sin servilismos, ayuda al presbítero a ejercer con transparencia
evangélica la autoridad que le ha sido confiada en relación con el
Pueblo de Dios: sin autoritarismos y sin decisiones demagógicas.
Sólo el que sabe obedecer en Cristo, sabe cómo pedir, según el
Evangelio, la obediencia de los demás.
La obediencia del presbítero presenta además una exigencia
comunitaria; en efecto, no se trata de la obediencia de alguien
que se relaciona individualmente con la autoridad, sino que el
presbítero está profundamente inserto en la unidad del presbiterio,
que, como tal, está llamado a vivir en estrecha colaboración con el
Obispo y, a través de él, con el sucesor de Pedro.(75)
Este aspecto de la obediencia del sacerdote exige una gran ascesis,
tanto en el sentido de capacidad a no dejarse atar demasiado a las
propias preferencias o a los propios puntos de vista, como en el
sentido de permitir a los hermanos que puedan desarrollar sus talentos
y sus aptitudes, más allá de todo celo, envidia o rivalidad. La
obediencia del sacerdote es una obediencia solidaria, que nace de su
pertenencia al único presbiterio y que siempre dentro de él y con
él aporta orientaciones y toma decisiones corresponsables.
Por último, la obediencia sacerdotal tiene un especial «carácter
de pastoralidad». Es decir, se vive en un clima de constante
disponibilidad a dejarse absorber, y casi «devorar», por las
necesidades y exigencias de la grey. Es verdad que estas exigencias
han de tener una justa racionalidad, y a veces han de ser
seleccionadas y controladas; pero es innegable que la vida del
presbí