1. En el Cenáculo, la última noche de
su vida terrena, Jesús promete cinco veces el don del Espíritu Santo
(cf. Jn 14, 16-17; 14, 26; 15, 26-27; 16, 7-11; 16, 12-15). En
el mismo lugar, la noche de Pascua, el Resucitado se presenta ante los
Apóstoles y derrama sobre ellos el Espíritu prometido, con el gesto
simbólico de soplar y con las palabras: "Recibid el Espíritu
Santo" (Jn 20, 22). Cincuenta días después, de nuevo en
el Cenáculo, el Espíritu Santo irrumpe con su fuerza, transformando
el corazón y la vida de los primeros testigos del Evangelio.
Desde entonces toda la historia de la
Iglesia, en sus dinámicas más profundas, está impregnada de la
presencia y de la acción del Espíritu, "dado sin medida" a
los creyentes en Cristo (cf. Jn 3, 34). El encuentro con Cristo
implica el don del Espíritu Santo que, como decía el gran Padre de
la Iglesia san Basilio, "se derrama sobre todos sin que sufra
ninguna disminución, está presente en cada uno de quienes son
capaces de recibirlo, como si existiera sólo en él, y en todos
infunde la gracia suficiente y completa" (De Spiritu Sancto
IX, 22).
2. El apóstol san Pablo, en el pasaje
de la carta a los Gálatas que acabamos de escuchar (cf. Ga 5,
16-18. 22-25), describe "el fruto del Espíritu" (Ga
5, 22), enumerando una gama múltiple de virtudes que se manifiestan
en la existencia del fiel. El Espíritu Santo está en la raíz de la
experiencia de fe. En efecto, el bautismo nos convierte en hijos de
Dios precisamente mediante el Espíritu: "La prueba de que sois
hijos -afirma también san Pablo- es que Dios ha enviado a nuestro
corazón el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!" (Ga
4, 6). En la fuente misma de la existencia cristiana, cuando nacemos
como criaturas nuevas, está el soplo del Espíritu que nos transforma
en hijos en el Hijo y nos hace "caminar" por sendas de
justicia y salvación (cf. Ga 5, 16).
3. Así pues, toda la vida del
cristiano deberá desarrollarse bajo el influjo del Espíritu. Cuando
él nos presenta la palabra de Cristo, resplandece dentro de nosotros
la luz de la verdad, como prometió Jesús: "El Paráclito, el
Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo
enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho" (Jn
14, 26; cf. 16, 12-15). El Espíritu está a nuestro lado en el
momento de la prueba, defendiéndonos y sosteniéndonos: "Cuando
os arresten, no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo
diréis: en su momento se os sugerirá lo que tenéis que decir; no
seréis vosotros los que habléis; el Espíritu de vuestro Padre
hablará por vosotros" (Mt 10, 19-20). El Espíritu está
en la raíz de la libertad cristiana, que es remoción del yugo del
pecado. Lo dice claramente el apóstol san Pablo: "La ley del
Espíritu que da la vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del
pecado y de la muerte" (Rm 8, 2). Como nos recuerda el
mismo san Pablo, la vida moral, precisamente porque es irradiada por
el Espíritu, produce frutos de "amor, alegría, paz, paciencia,
afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí" (Ga
5, 22).
4. El Espíritu anima a toda la
comunidad de los creyentes en Cristo. También el Apóstol celebra con
la imagen del cuerpo la multiplicidad y la riqueza de la Iglesia, así
como su unidad como obra del Espíritu Santo. Por una parte, san Pablo
enumera la variedad de los carismas, es decir, de los dones
particulares ofrecidos a los miembros de la Iglesia (cf. 1 Co
12, 1-10); por otra, reafirma que "todas estas cosas las obra un
mismo y único Espíritu, que las distribuye a cada uno según su
voluntad" (1 Co 12, 11). En efecto, "todos hemos sido
bautizados en un solo Espíritu, para formar un solo cuerpo, judíos y
griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo
Espíritu" (1 Co 12, 13).
Por último, gracias al Espíritu alcanzamos nuestro destino glorioso.
A este propósito, san Pablo usa la imagen del "sello" y de
la "prenda": "Fuisteis sellados con el Espíritu Santo
de la promesa, que es prenda de nuestra herencia, para redención del
pueblo de su posesión, para alabanza de su gloria" (Ef 1,
13-14; cf. 2 Co 1, 22; 5, 5). En síntesis, toda la vida del
cristiano, desde su inicio hasta su meta última, está bajo el signo
y la obra del Espíritu Santo.
5. Me complace recordar, durante este
Año jubilar, cuanto afirmé en la encíclica dedicada al Espíritu
Santo: "El gran jubileo del año 2000 contiene un mensaje de
liberación por obra del Espíritu, que es el único que puede ayudar
a las personas y a las comunidades a liberarse de los viejos y nuevos
determinismos, guiándolos con la "ley del espíritu que da la
vida en Cristo Jesús", descubriendo y realizando la plena
dimensión de la verdadera libertad del hombre. En efecto -como
escribe san Pablo- "donde está el Espíritu del Señor, allí
esta la libertad"" (Dominum et vivificantem, 60).
Así pues, abandonémonos a la acción
liberadora del Espíritu, compartiendo el asombro de Simeón, el Nuevo
Teólogo, que se dirige a la tercera Persona divina con estas
palabras: "Veo la belleza de tu gracia, contemplo su fulgor y
reflejo su luz; me arrebata su esplendor indescriptible; soy empujado
fuera de mí mientras pienso en mí mismo; veo cómo era y qué soy
ahora. ¡Oh prodigio! Estoy atento, lleno de respeto hacia mí mismo,
de reverencia y de temor, como si fuera ante ti; no sé qué hacer
porque la timidez me domina; no sé dónde sentarme, a dónde
acercarme, dónde reclinar estos miembros, que son tuyos; en qué
obras ocupar estas sorprendentes maravillas divinas" (Himnos,
II, vv. 19-27; cf. Vita consecrata, 20).