El
Espíritu Santo y su presencia en nosotros según San Pablo
-Benedicto XVI, 15 Nov, 2206
Sabemos lo que nos dice san
Lucas sobre el Espíritu Santo en los Hechos de los
Apóstoles, al describir el acontecimiento de Pentecostés. El
Espíritu pentecostal imprime un empuje vigoroso para asumir
el compromiso de la misión para testimoniar el Evangelio por
los caminos del mundo. De hecho, el libro de los Hechos de
los Apóstoles narra toda una serie de misiones realizadas
por los apóstoles, primero en Samaria, después en la franja
de la costa de Palestina, como ya recordé en un precedente
encuentro del miércoles. Ahora bien, san Pablo, en sus
cartas, nos habla del Espíritu también desde otro punto de
vista. No se limita a ilustrar sólo la dimensión dinámica y
operativa de la tercera Persona de la Santísima Trinidad,
sino que analiza también su presencia en la vida del
cristiano, cuya identidad queda marcada por él. Es decir,
Pablo reflexiona sobre el Espíritu mostrando su influjo no
solamente sobre el actuar del cristiano sino sobre su mismo
ser. De hecho, dice que el Espíritu de Dios habita en
nosotros (Cf. Romanos 8, 9; 1 Corintios 3, 16) y que «Dios
ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo» (Gálatas
4, 6). Para Pablo, por tanto, el Espíritu nos penetra hasta
en nuestras profundidades personales más íntimas. En este
sentido, estas palabras tienen un significado relevante: «La
ley del espíritu que da la vida en Cristo Jesús te liberó de
la ley del pecado y de la muerte… Pues no recibisteis un
espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien,
recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace
exclamar: ¡Abbá, Padre!» (Romanos 8, 2.15), dado que somos
hijos, podemos llamar «Padre» a Dios. Podemos ver, por
tanto, que el cristiano, incluso antes de actuar, posee ya
una interioridad rica y fecunda, que le ha sido entregada en
los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación, una
interioridad que le introduce en una relación objetiva y
original de filiación en relación con Dios. En esto consiste
nuestra gran dignidad: no somos sólo imagen, sino hijos de
Dios. Y esto constituye una invitación a vivir nuestra
filiación, a ser cada vez más conscientes de que somos hijos
adoptivos en la gran familia de Dios. Es una invitación a
transformar este don objetivo en una realidad subjetiva,
determinante para nuestra manera de pensar, para nuestro
actuar, para nuestro ser. Dios nos considera hijos suyos,
pues nos ha elevado a una dignidad semejante, aunque no
igual, a la del mismo Jesús, el único que es plenamente
verdadero Hijo. En Él se nos da o se nos restituye la
condición filial y la libertad confiada en nuestra relación
con el Padre.
De este modo descubrimos que para el cristino el Espíritu ya
no es sólo el «Espíritu de Dios», como se dice normalmente
en el Antiguo Testamento y como repite el lenguaje cristiano
(Cf Génesis 41, 38; Éxodo 31, 3; 1 Corintios 2, 11.12;
Filipenses 3, 3; etc.). Y no es tan sólo un «Espíritu
Santo», entendido genéricamente, según la manera de
expresarse del Antiguo Testamento (Cf. Isaías 63, 10.11;
Salmo 51, 13), y del mismo judaísmo en sus escritos (Qumrán,
rabinismo). Es propia de la fe cristiana la confesión de una
participación de este Espíritu en el Señor resucitado, quien
se ha convertido Él mismo en «Espíritu que da vida» (1
Corintios 15, 45). Precisamente por este motivo san Pablo
habla directamente del «Espíritu de Cristo» (Romanos 8, 9),
del «Espíritu del Hijo» (Gálatas 4, 6) o del «Espíritu de
Jesucristo» (Filipenses 1, 19). Parece como si quisiera
decir que no sólo Dios Padre es visible en el Hijo (Cf. Juan
14, 9), sino que también el Espíritu de Dios se expresa en
la vida y en la acción del Señor crucificado y resucitado.
Pablo nos enseña también otra cosa importante: dice que no
puede haber auténtica oración sin la presencia del Espíritu
en nosotros. De hecho, escribe: «El Espíritu viene en ayuda
de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir
para orar como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por
nosotros con gemidos inefables, y el que escruta los
corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que
su intercesión a favor de los santos es según Dios» (Romanos
8, 26-27). Es como decir que el Espíritu Santo, es decir, el
Espíritu del Padre y del Hijo, se convierte como en el alma
de nuestra alma, la parte más secreta de nuestro ser, de la
que se eleva incesantemente hacia Dios un movimiento de
oración, del que no podemos ni siquiera precisar los
términos. El Espíritu, de hecho, siempre despierto en
nosotros, suple nuestras carencias y ofrece al Padre nuestra
adoración, junto con nuestras aspiraciones más profundas.
Obviamente esto exige un nivel de gran comunión vital con el
Espíritu. Es una invitación a ser cada vez más sensibles,
más atentos a esta presencia del Espíritu en nosotros, a
transformarla en oración, a experimentar esta presencia y a
aprender de este modo a rezar, a hablar con el Padre como
hijos en el Espíritu Santo.
Hay, además, otro aspecto típico del Espíritu que nos ha
enseñado san Pablo: su relación con el amor. El apóstol
escribe así: «La esperanza no falla, porque el amor de Dios
ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu
Santo que nos ha sido dado» (Romanos 5, 5). En mi carta
encíclica «Deus caritas est» citaba una frase sumamente
elocuente de san Agustín: «Ves la Trinidad si ves el amor»
(número 19), y luego explicaba: «el Espíritu es esa potencia
interior que armoniza su corazón [de los creyentes] con el
corazón de Cristo y los mueve a amar a los hermanos como Él
los ha amado» (ibídem). El Espíritu nos pone en el ritmo
mismo de la vida divina, que es vida de amor, haciéndonos
participar personalmente en las relaciones que se dan entre
el Padre y el Hijo. Es sumamente significativo que Pablo,
cuando enumera los diferentes elementos de los frutos del
Espíritu, menciona en primer lugar el amor: «El fruto del
Espíritu es amor, alegría, paz, etc.» (Gálatas 5, 22). Y,
dado que por definición el amor une, el Espíritu es ante
todo creador de comunión dentro de la comunidad cristiana,
como decimos al inicio de la misa con una expresión de san
Pablo: «… la comunión del Espíritu Santo [es decir, la que
por Él actúa] sea con todos vosotros» (2 Corintios 13,13).
Ahora bien, por otra parte, también es verdad que el
Espíritu nos estimula a entablar relaciones de caridad con
todos los hombres. De este modo, cuando amamos dejamos
espacio al Espíritu, le permitimos expresarse en plenitud.
Se comprende de este modo el motivo por el que Pablo une en
la misma página de la carta a los Romanos estas dos
exhortaciones: «Sed fervorosos en el Espíritu» y «No
devolváis a nadie mal por mal» (Romanos 12, 11.17).
Por último, el Espíritu, según san Pablo, es un anticipo
generoso que el mismo Dios nos ha dado como adelanto y al
mismo tiempo garantía de nuestra herencia futura (Cf. 2
Corintios 1, 22; 5,5; Efesios 1, 13-14). Aprendamos, de este
modo, de Pablo que la acción del Espíritu orienta nuestra
vida hacia los grandes valores del amor, de la alegría, de
la comunión y de la esperanza. A nosotros nos corresponde
hacer cada día esta experiencia, secundando las sugerencias
interiores del Espíritu, ayudados en el discernimiento por
la guía iluminante del apóstol.