
EL ESPIRITU SANTO
en le catequesis de Juan Pablo II
INDICE:
LA
PROMESA DE CRISTO
ESPIRITU DE LA
VERDAD
PARACLITO
1.
«CREO EN EL ESPÍRITU SANTO».
LA PROMESA DE CRISTO
(Catequesis 26-IV-89)
1. « Creo en el Espíritu Santo».
En el desarrollo de una
catequesis sistemática bajo la guía del Símbolo de los Apóstoles,
después de haber explicado los artículos sobre Jesucristo, Hijo de Dios
hecho hombre por nuestra salvación, hemos llegado a la profesión de fe
en el Espíritu Santo. Completado el ciclo cristológico, se abre el
pneumatológico, que el Símbolo de los Apóstoles expresa con una fórmula
concisa: «Creo en el Espíritu Santo».
El llamado Símbolo
niceno-constantinopolitano desarrolla más ampliamente la fórmula del
artículo de fe: «Creo en el Espíritu Santo, Señor y Dador de vida, que
procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una
misma adoración y gloria, y que habló por los profetas».
2. El Símbolo,
profesión de fe formulada por la Iglesia, nos remite a las
fuentes bíblicas, donde la verdad sobre el Espíritu Santo se presenta en
el contexto de la revelación de Dios Uno y Trino. Por tanto, la
pneumatología de la Iglesia está basada en la Sagrada Escritura,
especialmente en el Nuevo Testamento, aunque, en cierta medida, hay
preanuncios de ella en el Antiguo.
La primera fuente a la
que podemos dirigirnos es un texto joaneo contenido en el «discurso
de despedida» de Cristo el día antes de la pasión y muerte en cruz.
Jesús habla de la venida del Espíritu Santo en conexión con la propia
«partida», anunciando su venida (o descenso) sobre los Apóstoles. «Pero
yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me
voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy os lo enviaré» (Jn
16, 7).
El contenido de este
texto puede parecer paradójico. Jesús, que tiene que subrayar: «Pero yo
os digo la verdad», presenta la propia «partida» (y por tanto la pasión
y muerte en cruz) como un bien: «Os conviene que yo me vaya ... ». Pero
enseguida explica en qué consiste el valor de su muerte: por ser una
muerte redentora, constituye la condición para que se cumpla el plan
salvífico de Dios que tendrá su coronación en la venida del Espíritu
Santo; constituye por ello la condición de todo lo que, con esta
venida, se verificará para los Apóstoles y para la Iglesia futura a
medida que, acogiendo el Espíritu, los hombres reciban la nueva vida. La
venida del Espíritu y todo lo que de ella se derivará en el mundo serán
fruto de la redención de Cristo.
3. Si la partida de
Jesús tiene lugar mediante la muerte en cruz, se comprende que el
Evangelista Juan haya podido ver, ya en esta muerte, la potencia y, por
tanto, la gloria del Crucificado: pero las palabras de Jesús
implican también la Ascensión al Padre como partida definitiva (cfr
Jn 16,10), según lo que leemos en los Hechos de los Apóstoles: «Exaltado
por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo
prometido» (Hch 2, 33).
La venida del Espíritu
Santo sucede después de la Ascensión al cielo. La pasión y muerte
redentora de Cristo producen entonces su pleno fruto. Jesucristo, Hijo
del hombre, en el culmen de su misión mesiánica, «recibe» del Padre
el Espíritu Santo en la plenitud en que este Espíritu debe ser «dado» a
los Apóstoles y a la Iglesia, para todos los tiempos. Jesús predijo:
«Yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn
12, 32). Es una clara indicación de la universalidad de la
redención, tanto en el sentido extensivo de la salvación obrada para
todos los hombres, cuanto en el intensivo de totalidad de los bienes de
gracia que se les han ofrecido. Pero esta redención universal debe
realizarse mediante el Espíritu Santo.
4. El Espíritu Santo es
el que «viene» después y en virtud de la «partida» de Cristo. Las
palabras de Jn 16, 7, expresan una relación de naturaleza causal.
El Espíritu viene mandado en virtud de la redención obrada por Cristo:
«Cuando me vaya os lo enviaré» (cfr Encíclica Dominum et vivificantem,
S). Más aún, «según el designio divino, la «partida» de Cristo es
condición indispensable del «envio» y de la venida del Espíritu
Santo, indican que entonces comienza la nueva comunicación salvífica
por el Espíritu Santo» (Ibid., n. 1 l).
Si es verdad que
Jesucristo, mediante su «elevación» en la cruz, debe «atraer a todos
hacia sí» (cfr Jn 12, 32), a la luz de las palabras del Cenáculo
entendemos que ese «atraer» es actuado por Cristo glorioso mediante el
envío del Espíritu Santo. Precisamente por esto Cristo debe irse. La
encarnación alcanza su eficacia redentora mediante el Espíritu Santo.
Cristo, al marcharse de este mundo, no sólo deja su mensaje
salvífico, sino que «da» el Espíritu Santo, al que está ligada la
eficacia del mensaje y de la misma redención en toda su plenitud.
5. El Espíritu Santo
presentado por Jesús
especialmente en el discurso de despedida en el Cenáculo, es evidente
una Persona diversa de Él. « Yo pediré al Padre otro
Paráclito» Jn 14, 16). «Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el
Padre enviará en mi nombre, Él os enseñará todo y os recordará
todo lo que yo os he dicho (Jn 14, 2 6). Jesús habla del
Espíritu Santo adoptando frecuentemente el pronombre personal «Él»:
«Él convencerá al mundo en lo referente al pecado» (Jn 16,
8). «Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta
la verdad completa» (Jn 16, 13). «Él me dará gloria» (Jn
16, 4). De estos textos emerge la verdad del Espíritu Santo como
Persona, y no sólo como una potencia impersonal emanada de Cristo (cfr
por ejemplo Lc 6, 19: «De Él salía una fuerza»). Siendo una Persona, le
pertenece un obrar propio, de carácter personal. En efecto,
Jesús, hablando del Espíritu Santo, dice a los Apóstoles: «Vosotros le
conocéis, porque mora con vosotros y en vosotros está» (Jn 14, 17).
«Él os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he
dicho» (Jn 14, 26); «Dará testimonio de mí» (Jn 15,
26); «Os guiará a la verdad completa», «Os anunciará lo que ha de venir»
(Jn 16, 13); Él «dará gloria» a Cristo (Jn 16, 14), y
«convencerá al mundo en lo referente al pecado» (Jn 16, 8). El
Apóstol Pablo, por su parte, afirma que el Espíritu «clama» en nuestros
corazones (Gal 4, 6), «distribuye» sus dones «a cada uno en
particular según su voluntad» (1 Cor 12, 1 l), «intercede por los
fieles» (cfr Rom 8,27).
6. El Espíritu Santo
revelado por Jesús es, por tanto, un ser personal (tercera
Persona de la Trinidad) con un obrar propio personal. Pero en el
mismo «discurso de despedida», Jesús muestra los vínculos que unen a
la persona del Espíritu Santo con el Padre y el Hijo: por ello el
anuncio de la venida del Espíritu Santo -en ese «discurso de
despedida»-, es al mismo tiempo la definitiva revelación de Dios como
Trinidad. Efectivamente, Jesús dice a los Apóstoles: «Yo pediré al Padre
y os dará otro Paráclito» (Jn 14,16): "el Espíritu de la verdad,
que procede del Padre" (Jn 15,26) "que el Padre enviará en mi nombre" (Jn
14,26). El Espíritu Santo es, por tanto, una persona distinta del Padre
y del Hijo y, al mismo tiempo, unida íntimamente a ellos: "procede"del
Padre, el Padre "lo envía" en el nombre del Hijo: y esto en
consideración de la redención , realizada por el Hijo mediante la
ofrenda de sí mismo en la cruz. Por ello Jesucristo dice: "Si me voy os
lo enviaré" (Jn 16,7). "El Espíritu de verdad que procede del Padre" es
anunciado por Cristo como el Paráclito, que "yo os enviaré de junto al
Padre" (Jn 15,26).
7. En el texto de Juan, que refiere el
discurso de Jesús en el Cenáculo, está contenida, por tanto, la
revelación de la acción salvífica de Dios como Trinidad. En la
Encíclica Dominum et vivificantem he escrito: "El Espíritu Santo,
consubstancial al Padre y al Hijo en la divinidad, es amor y don
(increado), del que deriva como de una fuente (fons vivus) toda
dádiva a las criaturas (don creado): la donación de la existencia a
todas las cosas mediante la creación; la donación de la gracia a los
hombres mediante toda la economía de la salvación" (n. 10). En el
Espíritu Santo se halla, pues, la revelación de la profundidad de la
Divinidad: el misterio de la Trinidad en le que subsisten las Personas
divinas, pero abierto al hombre para darle vida y salvación. A ello se
refiere San Pablo en la Primera carta a los Corintios, cuando
escribe: "El Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios"
(1Cor 2,10).
2. EL
ESPÍRITU DE LA VERDAD
(Catequesis 17-V-89)
1. Hemos citado varias veces las
palabras de Jesús, que en el discurso de despedida dirigido a los
Apóstoles
en el Cenáculo promete la venida del
Espíritu Santo como nuevo y definitivo defensor y consolador: «Yo pediré
al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para
siempre, el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir,
porque no le ve ni le conoce» (Jn 14, 16 - 7). Aquel «discurso
de despedida», que se encuentra en la narración solemne de la última
Cena (cfr Jn 13, 2), es una fuente de primera importancia para la
pneumatología, es decir, para la disciplina teológica que se refiere
al Espíritu Santo.. Jesús habla de Él como del Paráclito, que
«procede» del Padre, y que el Padre «enviará» a los Apóstoles y a la
Iglesia «en nombre del Hijo», cuando el propio Hijo «se vaya», «a costa»
de su partida mediante el sacrificio de la cruz.
Hemos de considerar el hecho de que
Jesús llama al Paráclito el «Espíritu de la verdad». También en
otros momentos lo ha llamado así (cfr Jn 15, 26; Jn 16,
13).
2. Tengamos presente que en el mismo
«discurso de despedida» Jesús, respondiendo a una pregunta del Apóstol
Tomás acerca de su identidad, afirma de sí mismo: «Yo soy el camino, la
verdad y la vida» (Jn 14, 6). De esta doble referencia a la
verdad que Jesús hace para definir tanto a sí mismo como al Espíritu
Santo, se deduce que, si el Paráclito es llamado por Él «Espíritu de la
verdad», esto significa que el Espíritu Santo es quien después de
la partida de Cristo, mantendrá entre los discípulos la misma verdad,
que Él ha anunciado y revelado y, más aún, que es Él mismo. El
Paráclito en efecto, es la verdad, como lo es Cristo. Lo dirá Juan en su
Primera carta: «El Espíritu es el que da testimonio, porque el
Espíritu es la verdad» (1 - Jn 5, 6). En la misma Carta el Apóstol
escribe también: «Nosotros somos de Dios. Quien conoce a Dios nos
escucha, quien no es de Dios no nos escucha. En esto conocemos el
espíritu de la verdad y el espíritu del error 'spiritus erroris'» (1 Jn
4, 6). La misión del Hijo y la del Espíritu, Santo se encuentran,
están ligadas y se complementan recíprocamente en la afirmación de la
verdad y en la victoria sobre el error. Los campos de acción en que
actúa son el espíritu humano y la historia del mundo. La distinción
entre la verdad y el error es el primer momento de dicha actuación.
3. Permanecer en la verdad y obrar en
la verdad es el problema esencial para los Apóstoles y para los
discípulos
de Cristo, tanto de los primeros
tiempos como de todas generaciones de la Iglesia a lo largo de los
siglos. Desde este punto de vista, el anuncio del Espíritu de la verdad
tiene una importancia clave. Jesús dice en el Cenáculo: «Mucho tengo
todavía que deciros, pero ahora (todavía) no podéis con ello » (Jn
16, 12). Es verdad que la misión mesiánica de Jesús duró poco,
demasiado poco para revelar a los discípulos todos los contenidos de la
revelación. Y no sólo fue breve el tiempo a disposición, sino que
también resultaron limitadas la preparación y la inteligencia de los
oyentes. Varias veces se dice que los mismos Apóstoles «estaban
desconcertados en su interior» (cfr Mc 6, 52), y «no entendían» (cfr,
por ejemplo, Mc 8, 21), o bien entendían erróneamente las
palabras y las obras de Cristo (cfr, por ejemplo, Mt 16, 6-11)
Así se explican en toda
la plenitud de su significado las palabras del Maestro: «Cuando
venga... el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa» (Jn
16, 13).
4. La primera
confirmación de esta promesa de Jesús tendrá lugar en Pentecostés y en
los días sucesivos, como atestiguan los Hechos de los Apóstoles.
Pero la promesa no se refiere sólo a los Apóstoles y a sus inmediatos
compañeros en la evangelización, sino también a las futuras generaciones
de discípulos y de confesores de Cristo. El Evangelio, en efecto, está
destinado a todas las naciones y a las generaciones siempre nuevas, que
se desarrollarán en el contexto de las diversas culturas y del múltiple
progreso de la civilización humana. Mirando todo el arco de la historia
Jesús dice: «El Espíritu de la verdad, que procede del Padre,
dará testimonio de mí». «Dará testimonio», es decir, mostrará el
verdadero sentido del Evangelio en el interior de la Iglesia, para que
ella lo anuncie de modo auténtico a todo el mundo. Siempre y en todo
lugar, incluso en la interminable sucesión de las cosas que cambian
desarrollándose en la vida de la humanidad, el «Espíritu de la verdad»
guiará a la Iglesia «hasta la verdad completa» (Jn 16, 13).
5. La relación entre la
revelación comunicada por el Espíritu Santo y la de Jesús es muy
estrecha. No se trata de una revelación diversa, heterogénea. Esto se
puede argumentar desde una peculiaridad del lenguaje que Jesús usa en su
promesa: «El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi
nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he
dicho» (Jn 14, 26). El recordar es la función de la memoria.
Recordando se vuelve a lo pasado, a lo que se ha dicho y realizado,
renovando así en la conciencia las cosas pasadas, y casi haciéndolas
revivir. Tratándose especialmente del Espíritu Santo, Espíritu de una
verdad cargada del poder divino, su misión no se agota al recordar el
pasado como tal: «recordando» las palabras, las obras y todo el
misterio salvífico de Cristo, el Espíritu de la verdad lo hace
continuamente presente en la Iglesia, de modo que revista una
«actualidad» siempre nueva en la comunidad de la salvación. Gracias a la
acción del Espíritu Santo, la Iglesia no sólo recuerda la verdad, sino
que permanece y vive en la verdad recibida de su Señor. También de este
modo se cumplen las palabras de Cristo: «Él (el Espíritu Santo) dará
testimonio de mí» (Jn 15, 26). Este testimonio del Espíritu de la
verdad se identifica así con la presencia de Cristo siempre vivo, con la
fuerza operante del Evangelio, con la actuación creciente de la
redención , con una continua ilustración de verdad y de virtud. De este
modo, el Espíritu "guía" a la Iglesia "hasta la verdad completa".
6. Tal verdad está
presente, al menos de manera implícita, en el Evangelio. Lo que el
Espíritu Sa nnto revelará ya lo dijo Cristo. Lo revela Él mismo cuando,
hablando del Espíritu Santo, subraya que "no hablará por su cuenta,
sino que hablará lo que oiga,... El me dará gloria, porque recibirá
de lo mío y os lo anunciará a vosotros" (Jn 16, 13-14). Cristo,
glorificado por el Espíritu de la verdad, es ante todo el mismo Cristo
crucificado, despojado de todo y casi "aniquilado" en su humanidad para
la redención mundo. Precisamente por obra del Espíritu Santo la "palabra
de la cruz" tenía que ser aceptada por los discípulos, a los cuales el
mismo Maestro había dicho: "Ahora (todavía) no podéis con ello" (Jn 16,
12). Se presentaba, ante aquellos pobres hombres, la imagen de la cruz.
Era necesaria una acción profunda para hacer que sus mentes y sus
corazones fuesen capaces de descubrir la "gloria de la redención"
que se había realizado precisamente en la cruz. Era necesario una
intervención divina para convencer y transformar interiormente a cada
uno de ellos, como preparación, sobre todo, para el día de Pentecostés,
y, posteriormente la misión apostólica en el mundo. Y Jesús les advierte
que el Espíritu que el Espíritu Santo "me dará gloria, porque
recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros". Sólo el Espíritu
que , según San Pablo (1 Cor 2,10) "sondea las profundidades de Dios",
conoce el misterio del Hijo-Verbo en su relación filial con el Padre y
en su relación redentora con los hombres de todos los tiempos. Sólo
El, el Espíritu de la verdad, puede abrir las mentes y los corazones
humanos haciéndolos capaces de aceptar el inescrutable misterio de Dios
y de su Hijo encarnado, crucificado y resucitado, Jesucristo el
Señor.
7. Jesús añade: "El
Espíritu de la verdad... os anunciará lo que ha de venir" (Jn 16,13).
¿Qué significa esta proyección profética y escatológica con la que Jesús
coloca bajo el radio de acción del Espíritu Santo el futuro de la
Iglesia, todo el camino histórico que ella está llamada a realizar a lo
largo de los siglos? Significa ir al encuentro de Cristo glorioso, hacia
el que tiende en virtud de la invocación suscitada por el Espíritu
Santo: "¡Ven , Señor Jesús!" (Ap 22,17.20). El Espíritu conduce a la
Iglesia hacia un constante progreso en la comprensión de la verdad, por
su conservación por su aplicación a las cambiantes situaciones
históricas. Suscita y conduce el desarrollo de todo lo que contribuye al
conocimiento y a la difusión de esta verdad: en particular, la exégesis
de la Sagrada Escritura y la investigación teológica, que nunca se
pueden separar de la dirección del Espíritu de la verdad ni del
Magisterio de la Iglesia, en el que el Espíritu siempre está actuando.
Todo acontece en la fe
y por la fe, bajo la acción del Espíritu, como he dicho en la Encíclica
Dominum et vivificantem: "El misterio de Cristo en su globalidad
exige la fe, ya que ésta introduce oportunamente al hombre en la
realidad del misterio revelado. El "guiar hasta la verdad completa" se
realiza, pues, en la fe y mediante la fe, lo cual es obra del Espíritu
de verdad y fruto de su acción en el hombre. El Espíritu debe ser en
esto la guía suprema del hombre y la luz del espíritu humano .
Esto sirve para los Apóstoles, testigos oculares, que deben llevar ya a
todos los hombres el anuncio de lo que Cristo "hizo y enseñó"y,
especialmente, el anuncio de su cruz y de su resurrección. En una
perspectiva más amplia esto sirve también para todas las generaciones de
discípulos y confesores del Maestro, ya que deberían aceptar con
fe y confesar con lealtad el misterio de Dios operante en la
historia del hombre, el misterio revelado que explica el sentido
definitivo de esa historia"
8. De este modo, el
"Espíritu de la verdad" continuamente anuncia los acontecimientos
futuros; continuamente muestra a la humanidad este futuro de Dios,
que está por encima y fuera de todo futuro "temporal"; y así llena de
valor eterno el futuro del mundo. Así el Espíritu convence al hombre,
haciéndole entender que, con todo lo que es, y tiene, y hace, está
llamado por Dios en Cristo a la salvación. Así, el "Paráclito", el
Espíritu de la verdad, es el verdadero "Consolador" del hombre. Así es
el verdadero Defensor y Abogado. Así es el verdadero Garante del
Evangelio en la historia: bajo su acción la buena nueva es siempre
"la misma" y es siempre "nueva"; y de modo siempre nuevo ilumina el
camino del hombre en la perspectiva del cielo con "palabras de vida
eterna" (Jn 6,68).
3.
«PARAKLETOS».
EL ESPÍRITU
SANTO, NUESTRO ABOGADO DEFENSOR
1. En la pasada
catequesis sobre el Espíritu Santo hemos partido del texto de Juan,
tomado del «discurso de despedida» de Jesús, que, constituye, en cierto
modo, la principal fuente, evangélica, de la pneumatología. Jesús
anuncia la venida del Espíritu Santo, Espíritu de la verdad, que
«procede del Padre» (Jn 15, 26) y que será enviado por el
Padre a los Apóstoles y a la Iglesia «en el nombre» de Cristo,
en virtud de la redención llevada a cabo en el sacrificio de la
cruz, según el eterno designio de salvación. Por la fuerza de este
sacrificio también el Hijo "envía" el Espíritu, anunciando que su
venida se efectuará como consecuencia y casi al precio de su propia
partida (cfr Jn 16, 17). Hay por tanto un vínculo establecido por
el mismo Jesús, entre su muerte- resurrección-ascensión y la efusión del
Espíritu Santo, entre Pascua y Pentecostés.
Más aún, según el IV
Evangelio, el don del Espíritu Santo se concede la misma tarde de la
resurrección (cfr Jn 20, 22-25). Se puede decir que la herida del
costado de Cristo en la cruz abre el camino a la efusión del Espíritu
Santo, que será un signo y un fruto de la gloria obtenida con la pasión
y muerte.
El texto del discurso
de Jesús en el Cenáculo nos manifiesta también que Él llama al Espíritu
Santo el «Paráclito»: «Yo pediré al Padre y os dará otro
Paráclito para que esté con vosotros para siempre» (Jn 14, 16).
De forma análoga, también leemos en otros textos: « ... el
Paráclito, el Espíritu Santo» (cfr Jn 14, 26; Jn 15, 26; Jn 6, 7).
En vez de «Paráclito» muchas traducciones emplean la palabra
«Consolador»; ésta es aceptable, aunque es necesario recurrir al
original griego «Parakletos» para captar plenamente el sentido de lo que
Jesús dice del Espíritu Santo.
2.
«Parakletos» literalmente significa:
«aquel que es invocado» (de para-kaléin, «llamar en ayuda»); y, por
tanto, «el defensor», «el abogado», además de «el mediador», que
realiza la función de intercesor (intercessor). Es en este
sentido de «Abogado-Defensor», el que ahora nos interesa, sin ignorar
que algunos Padres de la Iglesia usan «Parakletos» en el sentido de
«Consolador», especialmente en relación a la acción del Espíritu
Santo en lo referente a la Iglesia. Por ahora fijamos nuestra atención y
desarrollamos el aspecto del Espíritu Santo como Parakletos-Abogado-Defensor.
Este término nos permite captar también la estrecha afinidad entre la
acción de Cristo y la del Espíritu Santo, como resulta de un ulterior
análisis del texto de Juan.
3. Cuando Jesús en el
Cenáculo, la vigilia de su pasión, anuncia la venida del Espíritu Santo,
se expresa de la siguiente manera: «El Padre os dará otro Paráclito».
Con estas palabras se pone de relieve que el propio Cristo es el
primer Paráclito, y que la acción del Espíritu Santo será semejante
a la que Él ha realizado, constituyendo casi su prolongación.
Jesucristo,
efectivamente, era el "defensor" y continua siendolo. El mismo Juan lo
dirá en su Primera carta: «Si alguno peca, tenemos a uno que
abogue (Parakletos) ante el Padre: a Jesucristo, el Justo » (1 Jn
2, l).
El abogado (defensor)
es aquel que, poniéndose de parte de los que son culpables debido a los
pecados cometidos, los defiende del castigo merecido por sus
pecados, los salva del peligro de perder la vida y la salvación
eterna. Esto es precisamente lo que ha realizado Cristo. Y el
Espíritu Santo es llamado «el Paráclito», porque continúa haciendo
operante la redención con la que Cristo nos ha librado del pecado y de
la muerte eterna.
4. El Paráclito será
«otro abogado-defensor» también por una segunda razón. Permaneciendo con
los discípulos de Cristo, Él los envolverá con su vigilante cuidado con
virtud omnipotente. «Yo pediré al Padre dice Jesús y os dará otro
Paráclito para que esté con vosotros para siempre» (Jn 14,
16): «... mora con vosotros y en vosotros está» (Jn 14, 17). Esta
promesa está unida a las otras que Jesús ha hecho al ir al Padre: «Y he
aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo»
(Mt 28, 20). Nosotros sabemos que Cristo es el Verbo que «se hizo
carne y puso su morada entre nosotros» (Jn 1, 14). Sí, yendo al
Padre, dice: «Yo estoy con vosotros... hasta el fin del mundo» (Mt
28, 20), se deduce de ello que los Apóstoles y la Iglesia tendrán
que reencontrar continuamente por medio del Espíritu
Santo medio del Espíritu Santo medio del Espíritu Santo
aquella presencia del Verbo-Hijo, que durante su misión terrena era
"física" y visible en la humanidad asumida, pero que, después de su
ascensión al Padre, estará totalmente inmersa en el misterio.
La presencia del
Espíritu Santo que, como dijo Jesús, es íntima a las almas y a la
Iglesia («Él mora con vosotros y en vosotros está»: Jn 14, 17),
hará presente a Cristo invisible de modo estable, «hasta el fin del
mundo». La unidad trascendente del Hijo y del Espíritu Santo hará que la
humanidad de Cristo, asumida por el Verbo, habite y actúe dondequiera
que se realice, con la potencia del Padre, el designio trinitario de la
salvación.
5. El Espíritu
Santo-Paráclito será el abogado
defensor de los Apóstoles, y de todos aquellos que, a lo largo de los
siglos, serán en la Iglesia los herederos de su testimonio y de su
apostolado, especialmente en los, momentos difíciles que
comprometerán su responsabilidad hasta el heroísmo.
Jesús lo predijo y lo
prometió: «os entregarán a los tribunales... seréis llevados ante
gobernadores y reyes... Mas cuando os entreguen, no os preocupéis de
cómo o qué vais a hablar.. no seréis vosotros los que hablaréis, sino el
Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros» (Mt 10,
17-20; análogamente Mc 13, 11; Lc 12, 12, dice: «porque el
Espíritu Santo os enseñará en aquel mismo momento lo que conviene
decir»).
También en este sentido
tan concreto, el Espíritu Santo es el Paráclito-Abogado. Se encuentra
cerca de los Apóstoles, más aún, se les hace presente cuando ellos
tienen que confesar la verdad, motivarla y defenderla. Él mismo se
convierte, entonces, en su inspirador, Él mismo habla con sus palabras,
y juntamente con ellos y por medio de ellos da testimonio de Cristo
y de su Evangelio. Ante los acusadores Él llega a ser como el «Abogado»
invisible de los acusados, por el hecho de que actúa como su
patrocinador, defensor, confortador.
6. Especialmente
durante las persecuciones contra los Apóstoles y contra los primeros
cristianos, y también en aquellas persecuciones de todos los siglos, se
verificarán las palabras que Jesús pronunció en el Cenáculo: «Cuando
venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre..., Él dará
testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis
conmigo desde el principio" (Jn 15, 26-27 ).
La acción del Espíritu
Santo es "dar testimonio". Es una acción interior, "inmanente", que se
desarrolla en el corazón de los discípulos, los cuales, después, dan
testimonio de Cristo al exterior: Mediante aquella presencia y aquella
acción inmanente, se manifiesta y avanza en el mundo el "trascendente"poder
de la verdad de Cristo, que es el Verbo-Verdad y Sabiduría. De Él deriva
a los Apóstoles , mediante el Espíritu, el poder de dar testimonio según
su promesa: "Yo os daré una elocuencia y una sabiduría a la que no
podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios" ( Lc 21, 15).
Esto viene sucediendo ya desde el caso del primer mártir, Esteban, del
que el autor de los Hechos de los Apóstoles escribe que estaba "lleno
del Espíritu Santo" (Hch 6, 5), de modo que los adversarios "no podían
resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba" (Hch 6,10).
También en los siglos sucesivos los adversarios de la fe cristiana han
continuado ensañándose contra los anunciadores del Evangelio apagando a
veces su voz en la sangre, sin llegar, sin embargo, a sofocar la Verdad
de la que eran portadores: ésta ha seguido fortaleciéndose en el mundo
con la fuerza del Espíritu Santo.
7. El Espíritu Santo-
Espíritu de la verdad, Paráclito- es aquel que, según la palabra
de Cristo, "convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo
referente a la justicia y en lo referente al juicio" (Jn 16,8). Es
significativa la explicación que Jesús mismo hace de estas palabras:
pecado, justicia y juicio. "Pecado" significa, sobre todo, la falta de
fe que Jesús encuentra entre "los suyos", es decir los de su pueblo, los
cuales llegaron incluso a condenarle a muerte en la cruz. Hablando
después de la "justicia", Jesús parece tener en mente aquella
justicia definitiva, que al Padre le hará ("... porque voy al Padre") en
la resurrección y en la ascensión al cielo. En este contexto, "juicio"
significa que el Espíritu de la verdad mostrará la culpa del "mundo"
al rechazar a Cristo, o, más generalmente, al volver la espalda a
Dios. Pero puesto que Cristo no ha venido al mundo para juzgarlo o
condenarlo, sino para salvarlo, en realidad también aquel "convencer
respecto al pecado" por parte del Espíritu de la verdad tiene que
entenderse como intervención orientada a la salvación del mundo, al bien
último de los hombres.
El "juicio" se refiere,
sobre todo, al "príncipe de este mundo", es decir, a Satanás. Él, en
efecto, desde el principio, intenta llevar la obra de la creación contra
la alianza y la unión del hombre con Dios: se opone conscientemente a la
salvación. Por esto "ha sido ya juzgado" desde el principio, como
expliqué en la Encíclica Dominum et vivificantem (n. 27).
8. Si el Espíritu Santo
Paráclito debe convencer al mundo precisamente de este "juicio", sin
duda lo tiene que hacer para continuar la obra de Cristo que mira a la
salvación universal (cfr Ibid.).
Por tanto, podemos
concluir que en el dar testimonio de Cristo, el Paráclito es un asiduo
(aunque invisible) Abogado y Defensor de la obra de la salvación, y de
todos aquellos que se comprometen en esta obra. Y es también el Garante
de la definitiva victoria sobre el pecado y sobre el mundo sometido al
pecado, para librarlo del pecado e introducirlo en el camino de la
salvación.

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Esta página es obra de Las
Siervas de los Corazones Traspasados de Jesús y María