
El
Espíritu Santo y los signos de los tiempos
Catequesis de su S.S. Juan Pablo II
23 de septiembre de 1998 -
L'Osservatore Romano
1. En la
carta apostólica Tertio millennio adveniente, refiriéndome al año
dedicado al Espíritu Santo, exhorté a toda la Iglesia a «descubrir al
Espíritu como aquel que construye el reino de Dios en el curso de la
historia y prepara su plena manifestación en Jesucristo, animando a los
hombres en su corazón y haciendo germinar dentro de la vivencia humana
las semillas de la salvación definitiva que se dará al final de los
tiempos» (n. 45).
Si nos
situamos en la perspectiva de la fe, vemos la historia, sobre todo
después de la venida de Jesucristo, totalmente envuelta y penetrada por
la presencia del Espíritu de Dios. Así se comprende fácilmente por qué,
hoy más que nunca, la Iglesia se siente llamada a discernir los signos
de esa presencia en la historia de los hombres, con la que, a imitación
de su Señor, «se siente verdadera e íntimamente solidaria» (Gaudium et
spes, 1).
2. La
Iglesia, para cumplir este «deber permanente» suyo (cf. ib., 4), está
invitada a redescubrir de modo cada vez más profundo y vital que
Jesucristo, el Señor crucificado y resucitado es «la clave, el centro y
el fin de toda la historia humana» (ib., 10). El constituye «el punto en
el que convergen los deseos de la historia y de la civilización, centro
del género humano, gozo de todos los corazones y plenitud de sus
aspiraciones» (ib., 45). Asimismo la Iglesia reconoce que sólo el
Espíritu Santo, al imprimir en el corazón de los creyentes la imagen
viva del Hijo de Dios hecho hombre, puede hacerlos capaces de escrutar
la historia, descubriendo en ella los signos de la presencia y de la
acción de Dios.
El apóstol
san Pablo escribe: «¿Quién conoce lo íntimo del hombre, sino el espíritu
del hombre que está en él? Del mismo modo, nadie conoce lo íntimo de
Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu
del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para conocer las gracias
que Dios nos ha otorgado» (1 Co 2, 11-12). Sostenida por este don
incesante del Espíritu la Iglesia experimenta con íntima gratitud que
«la fe lo ilumina todo con una luz nueva y manifiesta el plan divino
sobre la vocación integral del hombre, y por ello dirige la mente hacia
soluciones plenamente humanas» (Gaudium et spes, 11).
3. El
concilio Vaticano II, con una expresión tomada del lenguaje de Jesús
mismo, designa como «signos de los tiempos» (ib., 4) los indicios
significativos de la presencia y de la acción del Espíritu de Dios en la
historia.
La
advertencia que dirige Jesús a sus contemporáneos resuena fuerte y
saludable también para nosotros hoy: «Sabéis interpretar el aspecto del
cielo y no podéis interpretar los signos de los tiempos. ¡Generación
malvada y adúltera! Pide un signo y no se le dará otro signo que el
signo de Jonás» (Mt 16, 3-4).
En la
perspectiva de la fe cristiana, la invitación a discernir los signos de
los tiempos corresponde a la novedad escatológica introducida en la
historia por la venida del Logos a nosotros (cf. Jn 1, 14)
4. En
efecto, Jesús invita al discernimiento con respecto a las palabras y las
obras que atestiguan la llegada inminente del reino del Padre. Más aún,
dirige y concentra todos los signos en el enigmático «signo de Jonás». Y
de esa forma cambia la lógica mundana orientada a buscar signos que
confirmen el deseo de autoafirmación y de poder del hombre. Como subraya
el apóstol san Pablo «mientras los judíos piden signos y los riegos
buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado, escándalo
para los judíos, necedad para los gentiles» (1 Co 1, 22-23).
Como
primogénito entre muchos hermanos (cf. Rm 8, 29) Cristo fue el primero
en vencer la «tentación» diabólica de servirse de medios mundanos para
realizar la venida del reino de Dios. Eso aconteció desde las pruebas
mesiánicas en el desierto hasta el sarcástico reto que le dirigieron
mientras estaba clavado en la cruz: «Si eres Hijo de Dios, baja de la
cruz» (Mt 27, 40). En Jesús crucificado se da una especie de
transformación y concentración de los signos: él mismo es el «signo de
Dios», sobre todo en el misterio de su muerte y resurrección. Para
discernir los signos de su presencia en la historia es preciso liberarse
de toda pretensión mundana y acogerel Espíritu que «todo lo sondea,
hasta las profundidades de Dios» (1 Co 2, 10).
5. Si nos
preguntáramos cuándo tendrá lugar la realización del reino deDios, Jesús
nos respondería, como a los Apóstoles, que a nosotros no toca «conocer
los tiempos y los momentos que el Padre ha fijado con su
autoridad» (Hch 1, 7). Jesús nos pide también a nosotros que acojamos la
fuerza del Espíritu, para ser sus testigos «en Jerusalén, en toda Judea
y Samaría, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1, 8). La disposición
providencial delos signos de los tiempos se hallaba escondida primero en
el secreto del designio del Padre (cf. Rm 16, 25; Ef 3, 9); luego hizo
irrupción en la historia y en ella se desarrolló con el signo paradójico
del Hijo crucificado y resucitado (cf. 1 P 1, 19-21). Es acogida e
interpretada por los discípulos de Cristo a la luz y con la fuerza del
Espíritu, en espera vigilante y activa de la llegada definitiva que
llevará a plenitud la historia, más allá de sí misma, en el seno del
Padre.
6. Así, por
disposición del Padre, el tiempo se despliega como una invitación a
«conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento» para irse
«llenando hasta la total plenitud de Dios» (Ef 3, 19). El secreto de
este camino es el Espíritu Santo, que nos guía «hasta la verdad
completa» (Jn 16, 13).
Con el
corazón confiadamente abierto a esta perspectiva de esperanza, invoco
del Señor la abundancia de los dones del Espíritu para toda la Iglesia
«a fin de que la "primavera" del concilio Vaticano II encuentre en el
nuevo milenio su "verano", es decir, su desarrollo maduro».
(Discurso
durante el consistorio ordinario público, 21 de febrero de 1998, n. 4:
L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 27 de febrero de 1998,
p. 3).