
Pentecostés:
comienzo de la misión de la Iglesia
Audiencia del Santo Padre Juan Pablo II
20 de Septiembre de 1989
1. En el Decreto conciliar Ad gentes sobre la actividad misionera de
la Iglesia, encontramos ligados el acontecimiento de Pentecostés y
la puesta en marcha de la Iglesia en la historia: 'El día de
Pentecostés (el Espíritu Santo) descendió sobre los discípulos...
Fue en Pentecostés cuando empezaron los ¡hechos de los Apóstoles!'
(Ad gentes, 4). Por tanto, si desde el momento de su nacimiento,
saliendo al mundo el día de Pentecostés, la Iglesia se manifestó
como 'misionera', esto sucedió por obra del Espíritu Santo. Y
podemos enseguida añadir que la Iglesia permanece siempre así:
permanece 'en estado de misión' (in statu missionis). El carácter
misionero de la Iglesia pertenece a su misma esencia, es una
propiedad constitutiva de la Iglesia de Cristo, porque el Espíritu
Santo la hizo 'misionera' desde el momento de su nacimiento.
2. El análisis del texto de los Hechos de los Apóstoles que es narra
el acontecimiento de Pentecostés (Hech 2, 1)13) nos permite captar
la verdad de esta afirmación conciliar, que pertenece al patrimonio
común de la Iglesia.
Sabemos que los Apóstoles y los demás discípulos reunidos con María en
el Cenáculo, tras haber escuchado 'un ruido como el de una ráfaga de
viento impetuoso, ' vieron bajar sobre sí unas 'lenguas como de
fuego' (Cfr. Hech 2, 2-3). En la el tradición judía el fuego era
signo de una especial manifestación de Dios que hablaba para
instruir, guiar y salvar a su pueblo. El recuerdo de la experiencia
maravillosa del Sinaí se mantenía vivo en el alma de Israel y lo
disponía a entender el significado de las nuevas comunicaciones
contenidas bajo aquel simbolismo, como sabemos también por el Talmud
de Jerusalén (Cfr. Hag 2, 77b, 32; cfr. también el Midrash Rabbah 5,
9, sobre Ex 4, 27). La misma tradición judía había preparado a los
Apóstoles para comprender que las 'lenguas' significaban la misión
de anuncio, de testimonio, de predicación, que Jesús mismo les había
encargado, mientras el 'fuego' estaba en relación no sólo con la Ley
de Dios, que Jesús había confirmado y completado, sino también con
El mismo, con su persona y su vida, con su muerte y su resurrección,
ya que El era la nueva Toráh para proponer al mundo. Y bajo la
acción del Espíritu Santo las 'lenguas de fuego' se convirtieron en
palabra en los labios de los Apóstoles: 'Quedaron todos llenos del
Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas según el
Espíritu les concedía expresarse' (Hech 2, 4).
3. Ya en la historia del Antiguo Testamento se había realizado dos
manifestaciones análogas, en las que se había dado el espíritu del
Señor para un hablar profético (Cfr. Miq 3, 8; Is 61, 1; Za 7, 12;
Neh 9, 30). Isaías había visto un serafín que se acercaba teniendo
en la mano 'una brasa que con las tenazas había tomado de sobre el
altar' y con ella le tocaba los labios para purificarlo de toda
iniquidad antes de que el Señor le confiase la misión de hablar a su
pueblo (Cfr. Is 6, 6-9 ss.). Los Apóstoles conocían este simbolismo
tradicional y por ello eran capaces de captar el sentido de lo que
sucedía en ellos ese día de Pentecostés, como atestigua Pedro en su
primer discurso vinculando el don de las lenguas con la profecía de
Joel acerca de la futura efusión del espíritu divino que debía
capacitar a los discípulos para profetizar (Hech 2, 17 ss.; Cfr. Jl
3, 1-5).
4. Con la 'lengua de fuego' (Hech 2, 3) cada uno de los Apóstoles
recibió el don multiforme del Espíritu, como los siervos de la
parábola evangélica que habían recibido todos un cierto número de
talentos para hacer fructificar (Cfr. Mt 25, 14 ss.): y aquella
'lengua' era un signo de la conciencia que los Apóstoles poseían y
mantenían viva acerca cerca del compromiso misionero al que habían
sido llamados y al que se habían consagrado. En efecto, apenas
estuvieron y se sintieron 'llenos del Espíritu Santo, se pusieron a
hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse'.
Su poder venía del Espíritu, y ellos ponían en práctica la consigna
bajo el impulso interior imprimido desde arriba.
5. Esto sucedió en el Cenáculo, pero en seguida el anuncio misionero y
la glosolalia, o don de las lenguas, traspasaron las paredes de
aquella habitación. Y entonces se verificaron dos acontecimientos
extraordinarios, descritos por los Hechos de los Apóstoles. Ante
todo la glosolalia, que expresaba palabras pertenecientes a una
multiplicidad de lenguas y empleadas para cantar las alabanzas de
Dios (Cfr. Hech 2, 11). La muchedumbre, atraída por el fragor y
asombrada por aquel hecho, estaba compuesta, es verdad, por 'judíos
observantes' que se encontraban en Jerusalén con ocasión de la
fiesta, pero pertenecían a 'todas las naciones que hay bajo el
cielo' (Hech 2, 5) y hablaban las lenguas de los pueblos en los que
se habían integrado bajo el aspecto civil y administrativo, aunque
étnicamente habían permanecido judíos.
Ahora bien, aquella muchedumbre, reunida en torno a los Apóstoles, 'se
llenó de estupor al oírles hablar cada uno en su propia lengua.
Estupefactos y admirados decían: '¿Es que no son galileos todos
estos que están hablando? Pues ¿cómo cada uno de nosotros les oímos
en nuestra propia lengua nativa?' (Hech 2, 6)8). En este momento
Lucas no duda en dibujar una especie de mapa del mundo mediterráneo
del que procedían aquellos 'judíos observantes', casi para oponer
aquella ecumene de los convertidos a Cristo a la Babel de las
lenguas y de los pueblos descrita en el Génesis (11, 1)9), sin dejar
de nombrar junto a los demás a los 'forasteros de Roma': 'Partos,
medos y elamitas; habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el
Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, la parte de Libia fronteriza
con Cirene, forasteros romanos, judíos y prosélitos, cretenses y
árabes' (Hech 2, 9)11). A todos esos Lucas, casi reviviendo el hecho
acontecido en Jerusalén y transmitido en la primera tradición
cristiana, pone en su boca las palabras: 'les oímos (a los
Apóstoles, galileos de origen) hablar en nuestra lengua las
maravillas de Dios' (Hech 2,11).
6. El acontecimiento de ese día fue ciertamente misterioso, pero
también muy significativo. En él podemos descubrir un signo de la
universalidad del cristianismo y del carácter misionero de la
Iglesia: el hagiógrafo nos la presenta consciente de que el mensaje
está destinado a los hombres de 'todas las naciones', y de que,
además, es el Espíritu Santo quien interviene para hacer que cada
uno entienda al l menos algo en su propia lengua: 'les oímos en
nuestra propia lengua nativa' (Hech 2, 8). Hoy hablaríamos de un
adaptación a las condiciones lingüísticas y culturales de cada uno.
Por tanto, se puede ver en todo esto una primera forma de 'inculturación',
realizada por obra del Espíritu Santo.
7. El segundo hecho extraordinario es la valentía con que Pedro y los
otros once se levantan y toman la palabra para explicar el
significado mesiánico y pneumatológico de lo que estaba aconteciendo
bajo los ojos de aquella muchedumbre asombrada (Hech 2, 14 ss.).
Pero sobre este hecho volveremos a su debido tiempo. Aquí conviene
hacer una última reflexión acerca de la contraposición (una especie
de analogía ex contrariis) entre lo que sucedió en Pentecostés y lo
que leemos en el libro del Génesis sobre el tema de la torre de
Babel (Cfr. Gen 11, 1-9). Allí se nos narra la 'dispersión' de las
lenguas, y por eso también de los hombres que, hablando en diversas
lenguas, no logran ya entenderse. En cambio, en el acontecimiento de
Pentecostés, bajo la acción del Espíritu, que es Espíritu de verdad
(Cfr. Jn 15, 26), la diversidad de las lenguas no impide ya entender
lo que se proclama en nombre y par alabanza de Dios. Se tiene así
una relación de unión entre los hombres que va más allá de los
limites de las lenguas y de las culturas, producida en el mundo por
el Espíritu Santo.
8. Se trata de un primer cumplimiento de las palabras dirigidas por
Jesús a los Apóstoles al subir al Padre: 'Recibiréis la fuerza del
Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en
Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la
tierra' (Hech 1, 8).
'El Espíritu Santo (comenta el Concilio Vaticano II) unifica en la
comunión y en el ministerio y provee de diversos dones jerárquicos y
carismáticos' (Lumen Gentium, 4) a toda la Iglesia a través de todos
los tiempos, vivificando, a la manera del alma, las instituciones
eclesiásticas e infundiendo en el corazón de los fieles el mismo
espíritu de misión que impulsó a Cristo' (Ad gentes, 4). De Cristo a
los Apóstoles, a la Iglesia, al mundo entero: bajo la acción del
Espíritu Santo puede y debe desarrollarse el proceso de la
unificación universal en la verdad y en el amor.