
El Espíritu Santo, protagonista de la evangelización
Juan Pablo II
Esperanza:
No debemos temer la dificultad del hombre en aceptar a Jesús y su palabra. La acción del
Espíritu Santo... es aun eficaz hoy día en el corazón de la humanidad, sus culturas y
su religión. -JP II, Universidad Urbaniana, Roma. Abril de
1991.
SABIDURIA:
El Espíritu Santo es la luz y el maestro interior de los Apóstoles, quienes
conocieron profundamente a Jesús, para poder realizar su labor misionera. De igual forma,
el Espíritu Santo actúa hoy día en la Iglesia en todos los creyentes de todos los
tiempos. -JP II, Audiencia General. 24 Abril, 1992
FORTALEZA:
Decid "Sí" al Espíritu Santo. La Iglesia ha vivido por casi dos mil años bajo
el soplo del Espíritu Santo. El nos da la valentía para entrar al tercer milenio del
cristianismo. -JP II, Salzaburgo, Austria. 26 de Junio de 1988
CELO APOSTOLICO:
Por medio del gozo, el entusiasmo y la plenitud que provienen del
Espíritu Santo, nos urge tomar la obra más urgente e importante: dar a conocer las
inaccesibles riquezas de Jesucristo a nuestros hermanos y hermanas.
- JP II, Visita Ad Limina a los Obispos de Chile. 10 de
Marzo de 1989
PERSEVERANCIA:
Bajo el impulso del Espíritu Santo, debemos continuar la labor que
recae sobre nosotros como Iglesia, miembros del Pueblo de Dios. Debemos proclamar al mundo
que sólo Dios es Señor. -JP II, Mensaje Apostólico, Veracruz, México. 7 de mayo
de 1990.
VIDA:
De acuerdo con los apóstoles, la Nueva Alianza recibe la vida del
Espíritu Santo, por medio del cual se proclama el Evangelio y a través del cual todo el
trabajo de la salvación se lleva a cabo. JP II, Audiencia General. Vaticano. 6 de Febrero de 1991.
PROTECCION: Al ser testigo de Cristo, el Paráclito es un permanente abogado y
defensor de la obra salvífica de todo aquel que participe de ella. - JP II, Audiencia General. Vaticano. 24 de Mayo 1991
Catequesis de su S.S. Juan Pablo II
Audiencia General, 1 de julio de 1998
1. Apenas el Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles, el día de
Pentecostés, «se pusieron a hablar en otras lenguas según el Espíritu
les concedía expresarse» (Hch 2, 4). Por tanto, se puede decir que la
Iglesia, en el momento mismo en que nace, recibe como don del Espíritu la
capacidad de anunciar «las maravillas de Dios» (Hch 2, 11): es el don de
evangelizar.
Este hecho implica y revela una ley fundamental de la historia de la
salvación: no se puede ni evangelizar ni profetizar, en una palabra,
no se puede hablar del Señor y en nombre del Señor sin
la gracia y la fuerza
del Espíritu Santo. Sirviéndonos de una analogía biológica, podríamos
decir que así como la palabra humana se difunde por el soplo humano, así también
la palabra de Dios se
transmite por el soplo de Dios, de su ruach o
pneuma, que es el Espíritu Santo.
2. Este vínculo entre el Espíritu de Dios y la palabra divina ya se
puede percibir en la experiencia
de los antiguos profetas.
La llamada de Ezequiel se describe como la infusión de un «espíritu»
en la persona: «(El Señor)
me dijo: "Hijo de hombre, ponte en pie, que voy a
hablarte". El Espíritu entró en mí como se me
había dicho y me hizo
tenerme en pie; y oí al que me hablaba» (Ez 2, 1-2).
El libro de Isaías afirma que el futuro siervo del Señor proclamará el
derecho a las naciones, precisamente porque el Señor puso su espíritu
sobre él (cf. Is 42, 1).
Según el profeta Joel, los tiempos mesiánicos se caracterizarán por
una efusión universal del
Espíritu: «Sucederá después de esto que yo
derramaré mi Espíritu en toda carne» (Jl 3, 1); por
efecto de esta comunicación
del Espíritu, «vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán» (Jl 5, 1).
3. En Jesús el vínculo Espíritu-Palabra llega al vértice, en efecto,
él es la misma Palabra hecha
carne «por obra del Espíritu Santo». Comienza a
predicar «por la fuerza del Espíritu» (Lc 4, 14). En
Nazaret, en su predicación inaugural, se aplica a sí mismo el pasaje de Isaías: «El
Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a
los pobres la buena nueva» (Lc 4, 18).
Como subraya el cuarto evangelio,
la misión de Jesús, «aquel a quien Dios ha enviado» y «habla
las palabras
de Dios» es fruto del don del Espíritu que recibió «sin medida» (Jn 3,
34). Al aparecerse a los suyos en el cenáculo, en el atardecer de Pascua,
Jesús realiza el gesto tan
expresivo de «soplar» sobre ellos, diciéndoles:
«Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20, 22).
Bajo ese soplo se desarrolla la vida de la Iglesia. «El Espíritu Santo
es en verdad el protagonista
de toda la misión eclesial» (Redemptoris missio,
21). La Iglesia anuncia el Evangelio gracias a su
presencia y a su fuerza salvífica. Al dirigirse a los cristianos de Tesalónica san Pablo
afirma: «Os fue predicado nuestro Evangelio no sólo con palabras sino también con
podery con el Espíritu Santo» (1 Ts 1, 5). San Pedro define a los apóstoles
como «quienes predican el Evangelio, en el
Espíritu Santo» (1 P 1, 12).
Pero ¿qué significa «evangelizar en el Espíritu Santo»? Sintéticamente
se puede decir que significa evangelizar con la fuerza, con la novedad y
en la unidad del Espíritu Santo.
4. Evangelizar con la fuerza del Espíritu quiere decir estar
revestidos de la fuerza que se manifestó
de modo supremo en la actividad evangélica
de Jesús. El Evangelio nos dice que los oyentes se
asombraban de él,
porque «les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas»
(Mc
1, 22). La palabra de Jesús expulsa a los demonios, aplaca las
tempestades, cura a los
enfermos, perdona a los pecadores y resucita a los muertos.
El Espíritu Santo, como don pascual, hace partícipe a la Iglesia de la
autoridad de Jesús. Así, vemos que los Apóstoles son ricos en parresía,
o sea, la valentía que les hace hablar de Jesús sin
miedo. Los
adversarios se maravillaban, «sabiendo que eran hombres sin instrucción ni cultura»
(Hch
4, 13).
También Pablo, gracias al don del Espíritu de la nueva Alianza, puede
afirmar con toda verdad: «Teniendo, pues, esta esperanza, hablamos con
toda valentía» (2 Co 3, 12).
Esta fuerza del Espíritu es más necesaria que nunca para el cristiano
de nuestro tiempo, a quien
se le pide que dé testimonio de su fe en un
mundo a menudo indiferente, si no hostil, que está
marcado fuertemente por el relativismo y el hedonismo. Se trata de una fuerza que necesitan sobre
todo los predicadores, que deben volver a proponer el Evangelio sin ceder
ante los compromisos y
los falsos atajos, anunciando la verdad de Cristo «a
tiempo y a destiempo» (2 Tm 4, 2).
5. El Espíritu Santo asegura al anuncio también un carácter de
actualidad siempre renovada, para
que la predicación no caiga en una vacía
repetición de fórmulas y en una fría aplicación de
métodos. En efecto, los
predicadores deben estar al servicio de la «nueva Alianza», que no es «de
la
letra», que mata, sino «del Espíritu», que da vida (2 Co 3, 6). No se trata de
propagar el «régimen viejo de la letra», sino el «régimen nuevo del Espíritu» (cf.
Rm 7, 6). Es una exigencia
hoy particularmente vital para la «nueva
evangelización». Esta será verdaderamente «nueva» en el
fervor, en los métodos y en las expresiones si quien anuncia las maravillas de Dios y
habla en su nombre escucha antes a Dios y es dócil al Espíritu Santo. Por
tanto es fundamental la
contemplación hecha de escucha y oración. Si el heraldo
no ora terminará por «predicarse a sí
mismo» (cf. 2 Co 4, 5), y sus
palabras serán «palabrerías profanas» (2 Tm 2, 16).
6. En fin, el Espíritu acompaña y estimula a la Iglesia a evangelizar
en la unidad y construyendo la
unidad. Pentecostés tuvo lugar cuando los
discípulos «estaban todos reunidos en un mismo lugar»
(Hch 2, 1) y
«todos ellos perseveraban en la oración» (Hch 1, 14). Después de haber
recibido al Espíritu Santo, Pedro pronuncia su primer discurso a la multitud,
«presentándose con los Once» (Hch 2, 14): es el icono de un anuncio
coral, que debe seguir siendo así, aun cuando los heraldos
estén dispersos
por el mundo.
Predicar a Cristo bajo el impulso del único Espíritu en el umbral del
tercer milenio, requiere de
todos los cristianos un esfuerzo concreto y
generoso con vistas a la comunión plena. Se trata de
la gran empresa del
ecumenismo, que hay que secundar con esperanza siempre renovada y con
empeño
concreto aunque los tiempos y el éxito estén en las manos del Padre, que nos
pide humilde prontitud para acoger sus designios y las inspiraciones
interiores del Espíritu.