Cartas del diablo a su
sobrino
Por medio de este género literario el autor
trata sobre la batalla
espiritual
C.S. Lewis
Carta
#4 La oración
Carta #27 La oración
Carta
#4
Sobre la oración "espiritual" pero inutil
C.S. Lewis
Mi querido Orugario:
Las inexpertas sugerencias que haces en tu última carta me indican
que ya es hora de que te escriba detalladamente acerca del penoso
tema de la oración. Te podías haber ahorrado el comentario de que mi
consejo referente a las oraciones de tu paciente por su madre "tuvo
resultados particularmente desdichados". Ese no es el género de
cosas que un sobrino debiera escribirle a su tío... ni un tentador
subalterno al subsecretario de un Departamento. Revela, además, un
desagradable afán de eludir responsabilidades; debes aprender a
pagar tus propias meteduras de pata.
Lo mejor, si es posible, es alejar totalmente al paciente de la
intención de rezar en serio. Cuando el paciente, como tu hombre, es
un adulto recién reconvertido al partido del Enemigo, la mejor forma
de lograrlo consiste en incitarle a recordar –o a creer que
recuerda– lo parecidas a la forma de repetir las cosas de los loros
que eran sus plegarias infantiles. Por reacción contra esto, se le
puede convencer de que aspire a algo enteramente espontáneo,
interior, informal, y no codificado; y esto supondrá, de hecho, para
un principiante, un gran esfuerzo destinado a suscitar en sí mismo
un estado de ánimo vagamente devoto, en el que no podrá producirse
una verdadera concentración de la voluntad y de la inteligencia. Uno
de sus poetas, Coleridge, escribió que él no rezaba "moviendo los
labios y arrodillado", sino que, simplemente, "se ponía en situación
de amar" y se entregaba a "un sentimiento implorante". Ésa es,
exactamente, la clase de oraciones que nos conviene, y como tiene
cierto parecido superficial con la oración del silencio que
practican los que están muy adelantados en el servicio del Enemigo,
podemos engañar durante bastante tiempo a los pacientes listos y
perezosos. Por lo menos, se les puede convencer de que la posición
corporal es irrelevante para rezar, ya que olvidan continuamente –y
tú debes recordarlo siempre– que son animales y que lo que hagan sus
cuerpos influye en sus almas. Es curioso que los mortales nos pinten
siempre dándoles ideas, cuando, en realidad, nuestro trabajo más
eficaz consiste en evitar que se les ocurran cosas.
Si esto falla, debes recurrir a una forma más sutil de desviar sus
intenciones. Mientras estén pendientes del Enemigo, estamos
vencidos, pero hay formas de evitar que se ocupen de Él. La más
sencilla consiste en desviar su mirada de Él hacia ellos mismos. Haz
que se dediquen a contemplar sus propias meritos y que traten de
suscitar en ellas, por obra de su propia voluntad, sentimientos o
sensaciones. Cuando se propongan solicitar caridad del Enemigo, haz
que, en vez de eso, empiecen a tratar de suscitar sentimientos
caritativos hacia ellos mismos, y que no se den cuenta de que es eso
lo que están haciendo. Si se proponen pedir valor, déjales que, en
realidad, traten de sentirse valerosos. Cuando pretenden rezar para
pedir perdón, déjales que traten de sentirse perdonados. Enséñales a
medir el valor de cada oración por su eficacia para provocar el
sentimiento deseado, y no dejes que lleguen a sospechar hasta qué
punto esa clase de éxitos o fracasos depende de que estén sanos o
enfermos, frescos o cansados, en ese momento.
Pero, claro está, el Enemigo no permanecerá ocioso entretanto:
siempre que alguien reza, existe el peligro de que Él actúe
inmediatamente, pues se muestra cínicamente indiferente hacia la
dignidad de Su posición y la nuestra, en tanto que espíritus puros,
y permite, de un modo realmente impúdico, que los animales humanos
arrodillados lleguen a conocerse a sí mismos. Pero, incluso si Él
vence tu primera tentativa de desviación, todavía contamos con un
arma más sutil. Los humanos no parten de una percepción directa del
Enemigo como la que nosotros, desdichadamente, no podemos evitar.
Nunca han experimentado esa horrible luminosidad, ese brillo
abrasador e hiriente que constituye el fondo de sufrimiento
permanente de nuestras vidas. Si contemplas la mente de tu paciente
mientras reza, no verás eso; si examinas el objeto al que dirige su
atención, descubrirás que se trata de un objeto compuesto, y que
muchos de sus ingredientes son francamente ridículos: imágenes
procedentes de retratos del Enemigo tal como se apareció durante el
deshonroso episodio conocido como la Encarnación; otras, más vagas,
y puede que notablemente disparatadas y pueriles, asociadas con Sus
otras dos Personas; puede haber, incluso, elementos de aquello que
el paciente adora (y de las sensaciones físicas que lo acompañan),
objetivados y atribuidos al objeto reverenciado.
Sé de algún caso en el que aquello que el paciente llamaba su "Dios"
estaba localizado, en realidad... arriba y a la izquierda, en un
rincón del techo de su dormitorio; o en su cabeza; o en un crucifijo
colgado de la pared. Pero, cualquiera que sea la naturaleza del
objeto compuesto, debes hacer que el paciente siga dirigiendo a éste
sus oraciones: a aquello que él ha creado, no a la Persona que le ha
creado a él. Puedes animarle, incluso, a darle mucha importancia a
la corrección y al perfeccionamiento de su objeto compuesto, y a
tenerlo presente en su imaginación durante toda la oración, porque
si llega a hacer la distinción, si alguna vez dirige sus oraciones
conscientemente "no a lo que yo creo que Sois, sino a lo que Sabéis
que Sois", nuestra situación será, por el momento, desesperada. Una
vez descartados todos sus pensamientos e imágenes, o, si los
conserva, conservados reconociendo plenamente su naturaleza
puramente subjetiva, cuando el hombre se confía a la Presencia real,
externa e invisible que está con él allí, en la habitación, y que no
puede conocer como Ella le conoce a él..., bueno, entonces puede
suceder cualquier cosa. Te será de ayuda, para evitar esta situación
–esta verdadera desnudez del alma en la oración–, el hecho de que
los humanos no la desean tanto como suponen ¡se puede encontrar con
más de lo que pedían!
Tu cariñoso tío,
ESCRUTOPO
Carta #27
Sobre la oración
C.S. Lewis
Mi querido Orugario:
Pareces estar consiguiendo muy poco por ahora. La utilidad de su
"amor" para distraer su pensamiento del Enemigo es, por supuesto,
obvia, pero revelas el pobre uso que estás haciendo de él cuando
dices que la cuestión de la distracción y del pensamiento errante se
han convertido ahora en uno de los temas principales de sus
oraciones. Eso significa que has fracasado en gran medida. Cuando
ésta o cualquier otra distracción cruce su mente, deberías animarle
a apartarla por pura fuerza de voluntad y a tratar de proseguir su
oración normal como si no hubiese pasado nada; una vez que acepta la
distracción como su problema actual y expone eso ante el Enemigo y
lo hace el tema principal de sus oraciones y de sus esfuerzos,
entonces, lejos de hacer bien, has hecho daño. Cualquier cosa,
incluso un pecado, que tenga el efecto final de acercarle al
Enemigo, nos perjudica a la larga.
Un curso de acción prometedor es el siguiente; ahora que está
enamorado, una nueva idea de la felicidad terrena ha nacido en su
mente; y de ahí una nueva urgencia en sus oraciones, de petición:
sobre esta guerra y otros asuntos semejantes. Ahora es el momento de
suscitar dificultades intelectuales acerca de esta clase de
oraciones. La falsa espiritualidad debe estimularse siempre. Con el
motivo aparentemente piadoso de que "la alabanza y la comunión con
Dios son la verdadera oración", con frecuencia se puede atraer a los
humanos a la desobediencia directa al Enemigo. Quien (en su habitual
estilo plano, vulgar, sin interés) les ha dicho claramente que recen
por el pan de cada día y por la curación de sus enfermos. Les
ocultarás, naturalmente, el hecho de que la oración por el pan de
cada día, interpretada en un "sentido espiritual", es en el fondo
tan vulgarmente de petición como en cualquier otro sentido.
Ya que tu paciente ha contraído el terrible hábito de la obediencia,
probablemente seguirá rezando oraciones tan "vulgares" hagas lo que
hagas. Pero puedes preocuparle con la obsesionante sospecha de que
tal práctica es absurda y no puede tener resultados objetivos. No
olvides usar el razonamiento: "Cara, yo gano; cruz, tú pierdes". Si
no ocurre lo que él pide, entonces eso es una prueba más de que las
oraciones de petición no sirven; si ocurre, será capaz,
naturalmente, de ver algunas de las causas físicas que condujeron a
ello, y "por tanto, hubiese ocurrido de cualquier modo", y así una
petición concedida resulta tan buena prueba como una denegada de que
las oraciones son ineficientes.
Tú, al ser un espíritu, encontrarás difícil de entender cómo se
engaña de este modo. Pero debes recordar que él toma el tiempo por
una realidad definitiva. Supone que el Enemigo, como él, ve algunas
cosas como presentes, recuerda otras como pasadas, y prevé otras
como futuras; o, incluso si cree que el Enemigo no ve las cosas de
ese modo, sin embargo, en el fondo de su corazón, considera eso como
una particularidad del modo de percepción del Enemigo; no cree
realmente (aunque diría que sí) que las cosas son tal como las ve el
Enemigo. Si tratases de explicarle que las oraciones de los hombres
de hoy son una de las incontables coordenadas con las que el Enemigo
armoniza el tiempo que hará mañana, te replicaría que entonces el
Enemigo siempre supo que los hombres iban a rezar esas oraciones y,
por tanto, no rezaron libremente sino que estaban predestinados a
hacerlo. Y añadiría que el tiempo que hará un día dado puede
trazarse a través de sus causas hasta la creación originaria de la
materia misma, de forma que todo, tanto desde el lado humano como
desde el material, está "dado desde el principio". Lo que debería
decir es, por supuesto, evidente para nosotros: que el problema de
adaptar el tiempo particular a las oraciones particulares es
meramente la aparición, en dos puntos de su forma de percepción
temporal, del problema total de adaptar el universo espiritual
entero al universo corporal entero; que la creación en su totalidad
actúa en todos los puntos del espacio y del tiempo, o mejor, que su
especie de conciencia les obliga a enfrentarse con el acto creador
completo y coherente como una serie de acontecimientos sucesivos.
Por qué ese acto creador deja sitio a su libre voluntad es el
problema de los problemas, el secreto oculto tras las tonterías del
Enemigo acerca del "Amor". Cómo lo hace no supone problema alguno,
porque el Enemigo no prevé a los humanos haciendo sus libres
aportaciones en el futuro, sino que los ve haciéndolo en su Ahora
ilimitado. Y, evidentemente, contemplar a un hombre haciendo algo no
es obligarle a hacerlo.
Se puede replicar que algunos escritores humanos entrometidos,
notablemente Boecio, han divulgado este secreto. Pero en el clima
intelectual que al fin hemos logrado suscitar por toda la Europa
occidental, no debes preocuparte por eso. Sólo los eruditos leen
libros antiguos, y nos hemos ocupado ya de los eruditos para que
sean, de todos los hombres, los que tienen menos probabilidades de
adquirir sabiduría leyéndolos. Hemos conseguido esto inculcándoles
el Punto de Vista Histórico. El Punto de Vista Histórico significa,
en pocas palabras, que cuando a un erudito se le presenta una
afirmación de un autor antiguo, la única cuestión que nunca se
plantea es si es verdad. Se pregunta quién influyó en el antiguo
escritor, y hasta qué punto su afirmación es consistente con lo que
dijo en otros libros, y qué etapa de la evolución del escritor, o de
la historia general del pensamiento, ilustra, y cómo afectó a
escritores posteriores, y con qué frecuencia ha sido mal
interpretado (en especial por los propios colegas del erudito) y
cuál ha sido la marcha general de su crítica durante los últimos
diez años, y cuál es el "estado actual de la cuestión". Considerar
al escritor antiguo como una posible fuente de conocimiento
-presumir que lo que dijo podría tal vez modificar los pensamientos
o el comportamiento de uno-, sería rechazado como algo
indeciblemente ingenuo. Y puesto que no podemos engañar
continuamente a toda la raza humana, resulta de la máxima
importancia aislar así a cada generación de las demás; porque cuando
el conocimiento circula libremente entre unas épocas y otras, existe
siempre el peligro de que los errores característicos de una puedan
ser corregidos por las verdades características de otra. Pero,
gracias a Nuestro Padre y al Punto de Vista Histórico, los grandes
sabios están ahora tan poco nutridos por el pasado como el más
ignorante mecánico que mantiene que "la historia es un absurdo".
Tu cariñoso tío,
ESCRUTOPO