¿Qué significa «negarse a sí mismo», «odiar la vida»? Estas
expresiones, mal entendidas, han dado en ocasiones al cristianismo la imagen de una
religión que mortifica lo humano. Sin embargo, Jesús vino para que el
hombre tenga vida y la tenga en abundancia (cf. Juan 10,10). El hecho es que
Cristo, a diferencia de los falsos maestros de ayer y de hoy, no
engaña. Conoce a la criatura humana en profundidad y sabe que para que alcance
la vida tiene que realizar una «transición», una «pascua», de la
esclavitud del pecado a la libertad de los hijos de Dios, renegando al «hombre viejo»
para dejar espacio a ese hombre nuevo, redimido por Cristo.
«El que ama su vida, la pierde». Estas palabras no expresan desprecio
por la vida, sino, por el contrario, un auténtico amor por la misma. Un amor
que no desea este bien fundamental sólo para sí e inmediatamente, sino para
todos y para siempre, en abierto contraste con la mentalidad del «mundo». En
realidad, la vida se encuentra cuando se sigue a Cristo por la «senda
estrecha». Quien sigue el camino «ancho» y cómodo, confunde la vida
con satisfacciones efímeras, despreciando la propia dignidad y la de los
demás.
Recorramos, por tanto, con alegría exigente el itinerario
cuaresmal, tratando de traducir la renovación interior en opciones concretas,
personales, eclesiales y sociales.