"Niéguese a si mismo";   "el que odia su vida"

En el evangelio leemos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mateo 16, 24); y también: «El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna» (Juan 12, 25).

El Santo Padre comenta sobre estas lecturas (4 de marzo, 2001):

¿Qué significa «negarse a sí mismo», «odiar la vida»? Estas expresiones, mal entendidas, han dado en ocasiones al cristianismo la imagen de una religión que mortifica lo humano. Sin embargo, Jesús vino para que el hombre tenga vida y la tenga en abundancia (cf. Juan 10,10). El hecho es que Cristo, a diferencia de los falsos maestros de ayer y de hoy, no engaña. Conoce a la criatura humana en profundidad y sabe que para que alcance la vida tiene que realizar una «transición», una «pascua», de la esclavitud del pecado a la libertad de los hijos de Dios, renegando al «hombre viejo» para dejar espacio a ese hombre nuevo, redimido por Cristo.

«El que ama su vida, la pierde». Estas palabras no expresan desprecio por la vida, sino, por el contrario, un auténtico amor por la misma. Un amor que no desea este bien fundamental sólo para sí e inmediatamente, sino para todos y para siempre, en abierto contraste con la mentalidad del «mundo». En realidad, la vida se encuentra cuando se sigue a Cristo por la «senda estrecha». Quien sigue el camino «ancho» y cómodo, confunde la vida con satisfacciones efímeras, despreciando la propia dignidad y la de los demás.

Recorramos, por tanto, con alegría exigente el itinerario cuaresmal, tratando de traducir la renovación interior en opciones concretas, personales, eclesiales y sociales.

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