
CAMINAR DESDE CRISTO:
UN RENOVADO COMPROMISO DE LA VIDA CONSAGRADA
EN EL TERCER MILENIO
CONGREGACIÓN PARA LOS INSTITUTOS DE VIDA CONSAGRADA
Y LAS SOCIEDADES DE VIDA APOSTÓLICA -2002
ÍNDICE
Introducción
Contemplando el esplendor del rostro de Cristo
Caminando por las huellas de Cristo
Cinco años de la Exhortación Apostólica Vita consecrata
Caminar en la esperanza
Primera Parte
La vida consagrada presencia de la caridad de Cristo en medio de
la humanidad
Un camino en el tiempo
Por la santidad de todo el Pueblo de Dios
En misión por el Reino
Dóciles al Espíritu
Segunda parte
La valentía para afrontar las pruebas y los retos
Descubrir el sentido y la calidad de la vida consagrada
La función de los superiores y de las superioras
La formación permanente
La animación vocacional
Los caminos formativos
Algunos retos particulares
Tercera parte
La vida espiritual en el primer lugar
Caminar desde Cristo
Contemplar los rostros de Cristo
La Palabra de Dios
Oración y contemplación
La Eucaristía lugar privilegiado para el encuentro con el Señor
El rostro de Cristo en la prueba
La espiritualidad de comunión
Comunión entre carismas antiguos y nuevos
En comunión con los laicos
En comunión con los Pastores
Cuarta parte
Testigos del amor
Reconocer y servir a Cristo
En la imaginación de la caridad
Anunciar el Evangelio
Servir a la vida
Difundir la verdad
La apertura a los grandes diálogos
Los retos actuales
Mirar hacia adelante y hacia lo alto
Notas
Caminar desde Cristo: Introducción
Contemplando el esplendor del rostro de Cristo
1. Las personas consagradas, contemplando el rostro crucificado y
glorioso1 de Cristo y testimoniando su amor en el mundo, acogen con
gozo, al inicio del tercer milenio, la urgente invitación del Santo
Padre Juan Pablo II a remar mar adentro: «¡Duc in altum!» (Lc 5, 4).
Estas palabras, repetidas en toda la Iglesia, han suscitado una nueva
gran esperanza, han reavivado el deseo de una más intensa vida
evangélica, han abierto de par en par los horizontes del diálogo y de
la misión.
Quizás nunca como hoy la invitación de Jesús a remar mar adentro
aparece como respuesta al drama de la humanidad, víctima del odio y de
la muerte. El Espíritu Santo actúa siempre en la historia y puede
sacar de las desdichas humanas un discernimiento de los
acontecimientos que se abre al misterio de la misericordia y de la paz
entre los hombres. Efectivamente, el Espíritu, desde el mismo
desconcierto de las naciones, estimula en muchos la nostalgia de un
mundo distinto que ya está presente en medio de nosotros. Lo asegura
Juan Pablo II a los jóvenes cuando los exhorta a ser «centinelas de la
mañana» que vigilan, fuertes en la esperanza, en espera de la aurora.2
Ciertamente los dramáticos sucesos en el mundo de estos últimos años
han impuesto a los pueblos nuevos y más fuertes interrogantes que se
han añadido a los ya existentes, surgidos en el contexto de una
sociedad globalizada, ambivalente en la realidad, en la cual «no se
han globalizado sólo tecnología y economía, sino también inseguridad y
miedo, criminalidad y violencia, injusticia y guerras».3
En esta situación el Espíritu llama a las personas consagradas a una
constante conversión para dar nueva fuerza a la dimensión profética de
su vocación. Éstas, en efecto, «llamadas a poner la propia existencia
al servicio de la causa del Reino de Dios, dejándolo todo e imitando
más de cerca la forma de vida de Jesucristo, asumen un papel sumamente
pedagógico para todo el Pueblo de Dios».4
El Santo Padre se ha hecho intérprete de esta esperanza en su Mensaje
a los Miembros de la última Plenaria de nuestra Congregación: «La
Iglesia —escribe— cuenta con la dedicación constante de esta multitud
elegida de hijos e hijas, con ansias de santidad y con entusiasmo de
su servicio, para favorecer y sostener el esfuerzo de todo cristiano
hacia la perfección y reforzar la solidaria acogida del prójimo,
especialmente del más necesitado. De este modo, se reafirma la
presencia vivificante de la caridad de Cristo en medio de los
hombres».5
Caminando por las huellas de Cristo
2. Pero ¿cómo descifrar en el espejo de la historia y en el de la
actualidad las huellas y signos del Espíritu y las semillas de la
Palabra, presentes hoy como siempre en la vida y en la cultura
humana?6 ¿Cómo interpretar los signos de los tiempos en una realidad
como la nuestra, en la que abundan las zonas de sombra y de misterio?
Sucede que el Señor mismo —como con los discípulos en el camino de
Emaús— se hace nuestro compañero de viaje y nos da su Espíritu. Solo
Él, presente entre nosotros, puede hacernos comprender plenamente su
Palabra y actualizarla, puede iluminar las mentes y encender los
corazones.
«He aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del
mundo» (Mt 28, 20). El Señor Resucitado ha permanecido fiel a su
promesa. A lo largo de los 2000 años de historia de la Iglesia,
gracias a su Espíritu, se ha hecho constantemente presente en ella
iluminándole el camino, inundándola de gracia, infundiéndole la fuerza
para vivir siempre con mayor intensidad su palabra y para cumplir la
misión de salvación como sacramento de la unidad de los hombres con
Dios y entre ellos mismos.7
La vida consagrada, en el continuo desarrollarse y afirmarse en formas
siempre nuevas, es ya en sí misma una elocuente expresión de esta su
presencia, como una especie de Evangelio desplegado durante los
siglos. Ésa aparece en efecto como «prolongación en la historia de una
especial presencia del Señor resucitado».8 De esta certeza las
personas consagradas deben sacar un renovado impulso, haciendo que sea
la fuerza inspiradora de su camino.9
La sociedad actual espera ver en ellas el reflejo concreto del obrar
de Jesús, de su amor por cada persona, sin distinción o adjetivos
calificativos. Quiere experimentar que es posible decir con el apóstol
Pablo «esta vida en la carne la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que
me amó hasta entregarse por mí» (Ga 2, 20).
Cinco años de la Exhortación Apostólica Vita consecrata
3. Para ayudar con el discernimiento a hacer siempre más segura esta
particular vocación y sostener hoy las valientes opciones de
testimonio evangélico, la Congregación para los Institutos de vida
consagrada y las Sociedades de vida apostólica celebró su Plenaria del
25 al 28 de septiembre de 2001.
En 1994 la IX Asamblea ordinaria del Sínodo de los Obispos,
completando el análisis «de las peculiaridades que caracterizan los
estados de vida queridos por el Señor Jesús para su Iglesia»,10
después de los Sínodos dedicados a los laicos y a los presbíteros,
estudió La vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo. El
Santo Padre Juan PabloII, recogiendo las reflexiones y las esperanzas
de la Asamblea sinodal, dio a toda la Iglesia la Exhortación
Apostólica postsinodal Vita consecrata.
Cinco años después de la publicación de este fundamental Documento del
magisterio eclesial, nuestro Dicasterio, en la Plenaria, se ha
preguntado por la eficacia con que ha sido acogido y llevado a la
práctica en el interior de las comunidades y de los institutos y en
las Iglesias particulares.
La Exhortación Apostólica Vita consecrata ha sabido expresar con
claridad y profundidad la dimensión cristológica y eclesial de la vida
consagrada en una perspectiva teológica trinitaria que ilumina con
nueva luz la teología del seguimiento y de la consagración, de la vida
fraterna en comunidad y de la misión; ha contribuido a crear una nueva
mentalidad acerca de su misión en el pueblo de Dios; ha ayudado a las
mismas personas consagradas a tomar mayor conciencia de la gracia de
la propia vocación.
Es necesario continuar profundizando y llevando a la práctica este
documento programático. Sigue siendo el punto de referencia más
significativo y necesario para guiar el camino de fidelidad y de
renovación de los Institutos de vida consagrada y de las Sociedades de
vida apostólica, y, al mismo tiempo, está abierto para promover
perspectivas válidas de formas nuevas de vida consagrada y de vida
evangélica.
Caminar en la esperanza
4. El Gran Jubileo del año 2000 ha marcado profundamente la vida de la
Iglesia; en él toda la vida consagrada ha estado fuertemente
comprometida en todo el mundo. Precedido de una oportuna preparación,
el 2 de febrero de 2000 se celebró en todas las iglesias particulares
el Jubileo de la vida consagrada.
Al final del Año Jubilar, para cruzar juntos el umbral del nuevo
milenio, el Santo Padre quiso recoger la herencia de las celebraciones
jubilares en la Carta apostólica Novo millennio ineunte. En este
texto, con extraordinaria pero no imprevista continuidad, se
encuentran algunos temas fundamentales, ya en cierto modo anticipados
en la Exhortación Vita consecrata: Cristo centro de la vida de cada
cristiano,11 la pastoral y la pedagogía de la santidad, su carácter
exigente, su alto grado en la vida cristiana ordinaria,12 la difusa
exigencia de espiritualidad y de oración, actuada principalmente en la
contemplación y en la escucha de la Palabra de Dios,13 la incidencia
insustituible de la vida sacramental,14 la espiritualidad de
comunión15 y el testimonio del Amor que se expresa en una nueva
fantasía de la caridad hacia el que sufre, hacia el mundo herido y
esclavo del odio, en el diálogo ecuménico e interreligioso.16
Los Padres de la Plenaria, partiendo de los elementos ya formulados en
la Exhortación Apostólica y colocados por la experiencia del Jubileo
de frente a la necesidad de un renovado compromiso de santidad, han
puesto en evidencia los interrogantes y las aspiraciones que, en las
diversas partes del mundo, las personas consagradas advierten,
recogiendo los aspectos más significativos. Su intención no ha sido
ofrecer otro documento doctrinal, sino ayudar a la vida consagrada a
entrar en las grandes indicaciones pastorales del Santo Padre, con la
ayuda de su autoridad y de su servicio carismático a la unidad y a la
misión universal de la Iglesia. Un don que va transformado y puesto en
práctica con la fidelidad al seguimiento de Cristo según los consejos
evangélicos y con la fuerza de la caridad vivida diariamente en la
comunión fraterna y en una generosa espiritualidad apostólica.
Las Asambleas especiales del Sínodo de los Obispos, con carácter
continental, que marcaron la preparación al Jubileo, se interesaron
por la contextualización eclesial y cultural de las aspiraciones y de
los retos de la vida consagrada. Los Padres de la Plenaria no han
intentado retomar un análisis de la situación. Simplemente, mirando al
hoy de la vida consagrada y permaneciendo atentos a las indicaciones
del Santo Padre, invitan a los consagrados y a las consagradas, en sus
ambientes y culturas, a dirigir la mirada sobre todo a la
espiritualidad. Su reflexión, recogida en estas páginas, se desarrolla
en cuatro partes. Después de haber reconocido la riqueza de la
experiencia que la vida consagrada está viviendo actualmente en la
Iglesia, han querido expresar su gratitud y total aprecio por aquello
que es y por aquello que hace (I parte). No se han escondido las
dificultades, las pruebas, los retos a los que hoy están sometidos los
consagrados y las consagradas, sino que los han leído como una nueva
oportunidad para descubrir de manera más profunda el sentido y la
calidad de la vida consagrada (II parte). El llamamiento más
importante que se ha querido recoger es el de un compromiso renovado
en la vida espiritual, caminando desde Cristo en el seguimiento
evangélico y viviendo en particular la espiritualidad de la comunión (III
parte). Finalmente han querido acompañar a las personas consagradas
por los caminos del mundo, donde Cristo continúa caminando y
haciéndose hoy presente, donde la Iglesia lo proclama Salvador del
mundo, donde el latido trinitario de la caridad amplía la comunión en
una renovada misión (IV parte).
Primera Parte
LA VIDA CONSAGRADA, PRESENCIA DE LA CARIDAD DE CRISTO EN MEDIO DE LA
HUMANIDAD
5. Volviendo la
mirada a la presencia y al múltiple compromiso que los consagrados y
las consagradas desarrollan en todos los campos de la vida eclesial y
social, los Padres de la Plenaria han querido manifestarles aprecio
sincero, gratitud y solidaridad. Éste es el sentir de la Iglesia
entera que el Papa, dirigiéndose al Padre, fuente de todo bien,
expresa así: «Te damos gracias por el don de la vida consagrada, que
te busca en la fe y, en su misión universal, invita a todos a caminar
hacia ti».17 A través de una existencia transfigurada, participa en la
vida de la Trinidad y confiesa el amor que salva.18
Verdaderamente merecen agradecimiento por parte de la comunidad
eclesial las personas consagradas: monjes y monjas, contemplativos y
contemplativas, religiosos y religiosas dedicados a las obras de
apostolado, miembros de los institutos seculares y sociedades de vida
apostólica, eremitas y vírgenes consagradas. Su existencia da
testimonio de amor a Cristo cuando se encaminan al seguimiento como
viene propuesto en el Evangelio y, con íntimo gozo, asumen el mismo
estilo de vida que Él eligió para Sí.19 Esta loable fidelidad, aun no
buscando otra aprobación que la del Señor, se convierte en «memoria
viviente del modo de existir y de actuar de Jesús como Verbo encarnado
ante el Padre y ante los hermanos».20
Un camino en el tiempo
6. Hasta en la simple cotidianeidad, la vida consagrada crece en
progresiva maduración para convertirse en anuncio de un modo de vivir
alternativo al del mundo y al de la cultura dominante. Con su estilo
de vida y la búsqueda del Absoluto, casi insinúa una terapia
espiritual para los males de nuestro tiempo. Por eso, en el corazón de
la Iglesia representa una bendición y un motivo de esperanza para la
vida humana y para la misma vida eclesial.21
Además de la presencia activa de nuevas generaciones de personas
consagradas que hacen viva la presencia de Cristo en el mundo y el
esplendor de los carismas eclesiales, es particularmente significativa
la presencia escondida y fecunda de consagrados y consagradas que
conocen la ancianidad, la soledad, la enfermedad y el sufrimiento. Al
servicio ya ofrecido y a la sabiduría que pueden compartir con otros,
añaden la propia preciosa contribución uniéndose con su oblación al
Cristo paciente y glorificado en favor de su Cuerpo que es la Iglesia
(cf.Col 1, 24).
7. La vida consagrada ha seguido en estos años caminos de
profundización, purificación, comunión y misión. En las dinámicas
comunitarias se han intensificado las relaciones personales y a la vez
se ha reforzado el cambio intercultural, reconocido como beneficioso y
estimulante por las propias instituciones. Se aprecia un loable
esfuerzo por encontrar un ejercicio de la autoridad y de la obediencia
más inspirado en el Evangelio que afirma, ilumina, convoca, integra,
reconcilia. En la docilidad a las indicaciones del Papa, crece la
sensibilidad a las peticiones de los Pastores y se incrementa la
colaboración formativa y apostólica entre los Institutos.
Las relaciones con toda la comunidad cristiana se van configurando
cada vez mejor como cambio de dones en la reciprocidad y en la
complementariedad de las vocaciones eclesiales.22 Es, en efecto, en
las Iglesias locales donde se pueden establecer indicaciones
programáticas concretas que permitan que el anuncio de Cristo llegue a
las personas, modele las comunidades e incida profundamente mediante
el testimonio de los valores evangélicos en la sociedad y en la
cultura.23
De simples relaciones formales se pasa fácilmente a una fraternidad
vivida en el mutuo enriquecimiento carismático. Es un esfuerzo que
puede ayudar a todo el Pueblo de Dios, porque la espiritualidad de la
comunión da un alma a la estructura institucional, con una llamada a
la confianza y apertura que responde plenamente a la dignidad y a la
responsabilidad de cada bautizado.24
Por la santidad de todo el Pueblo de Dios
8. La llamada a seguir a Cristo con una especial consagración es un
don de la Trinidad para todo un Pueblo de elegidos. Viendo en el
bautismo el común origen sacramental, consagrados y consagradas
condividen con los fieles la vocación a la santidad y al apostolado.
En el ser signos de esta vocación universal manifiestan la misión
específica de la vida consagrada.25
Las personas consagradas, para bien de la Iglesia, han recibido la
llamada a una «nueva y especial consagración»,26 que compromete a
vivir con amor apasionado la forma de vida de Cristo, de la Virgen
María y de los Apóstoles.27 En el mundo actual es urgente un
testimonio profético que se base «en la afirmación de la primacía de
Dios y de los bienes futuros, como se desprende del seguimiento y de
la imitación de Cristo casto, pobre y obediente, totalmente entregado
a la gloria del Padre y al amor de los hermanos y hermanas».28
De las personas consagradas se difunde en la Iglesia una convencida
invitación a considerar la primacía de la gracia y a responder
mediante un generoso compromiso espiritual.29 A pesar de los vastos
procesos de secularización, los fieles advierten una difusa exigencia
de espiritualidad, que muchas veces se manifiesta como una renovada
necesidad de oración.30 Los acontecimientos de la vida, aun en su
misma cotidianeidad, se ponen como interrogantes que hay que leer en
clave de conversión. La dedicación de los consagrados al servicio de
una calidad evangélica de la vida contribuye a tener viva de muchos
modos la práctica espiritual entre el pueblo cristiano. Las
comunidades religiosas buscan cada vez más ser lugares para la escucha
y el compartir la palabra, la celebración litúrgica, la pedagogía de
la oración y el acompañamiento y la dirección espiritual. Sin
pretenderlo siquiera, la ayuda dada a los demás viene a ser ventaja
recíproca.31
En misión por el Reino
9. A imagen de Jesús, aquellos a quienes Dios llama para que le sigan
son consagrados y enviados al mundo para continuar su misión. Más aún,
la misma vida consagrada, bajo la acción del Espíritu Santo, se hace
misión. Los consagrados, cuanto más se dejan conformar a Cristo, más
lo hacen presente y operante en la historia para la salvación de los
hombres.32 Abiertos a las necesidades del mundo en la óptica de Dios,
miran a un futuro con sabor de resurrección, dispuestos a seguir el
ejemplo de Cristo que ha venido entre nosotros «a dar su vida y a
darla en abundancia» (Jn 10, 10).
El celo por la instauración del Reino de Dios y la salvación de los
hermanos viene así a constituir la mejor prueba de una donación
auténticamente vivida por las personas consagradas. He aquí porqué
todo intento de renovación se traduce en un nuevo ímpetu por la misión
evangelizadora.33 Aprenden a elegir con la ayuda de una formación
permanente marcada por intensas experiencias espirituales que conducen
a decisiones valientes.
En las intervenciones de los Padres en la Plenaria, así como en las
relaciones presentadas, ha despertado admiración la multiforme
actividad misionera de los consagrados y de las consagradas. De modo
particular nos damos cuenta del valor del trabajo apostólico
desarrollado con la generosidad y la particular riqueza connatural del
“carácter femenino” de las mujeres consagradas. Se merece el más
grande reconocimiento por parte de todos, pastores y fieles. Pero el
camino iniciado debe profundizarse y extenderse. «Urge por tanto dar
algunos pasos concretos, comenzando por abrir espacios de
participación a las mujeres en diversos sectores y a todos los
niveles, incluidos aquellos procesos en que se elaboran las
decisiones».34
Hay que decir gracias, sobre todo a quien se encuentra en primera
línea. La disponibilidad misionera se ha reafirmado con una valiente
expansión hacia los pueblos que esperan el primer anuncio del
Evangelio. Nunca como en estos años ha habido tantas fundaciones,
precisamente en momentos agravados por la dificultad numérica que
sufren los Institutos. Buscando entre las señales de la historia una
respuesta a las expectativas de la humanidad, la osadía y la audacia
evangélica han empujado a los consagrados y a las consagradas a
lugares difíciles hasta el riesgo y el sacrificio efectivo de la
vida.35
Con renovado esmero muchas personas consagradas encuentran en el
ejercicio de las obras de misericordia evangélica enfermos que curar,
necesitados de todo tipo, afligidos por pobrezas antiguas y nuevas.
También otros ministerios, como el de la educación, reciben de ellas
una colaboración indispensable que hace madurar la fe a través de la
catequesis o ejercita un verdadero apostolado intelectual. No faltan
tampoco quienes sostienen con sacrificio y siempre con más amplias
colaboraciones la voz de la Iglesia en los medios de comunicación que
promueven la transformación social.36 Una opción fuerte y convencida
ha llevado a aumentar el número de religiosos y religiosas que viven
entre los excluidos. En medio de una humanidad en movimiento, cuando
tantas gentes se ven obligadas a emigrar, estos hombres y mujeres del
Evangelio avanzan hacia la frontera por amor de Cristo, haciéndose
cercanos a los últimos.
También es significativa la aportación eminentemente espiritual que
ofrecen las monjas en la evangelización. Es «alma y fermento de las
iniciativas apostólicas, dejando la participación activa en las mismas
a quienes corresponde por vocación».37«De este modo, su vida se
convierte en una misteriosa fuente de fecundidad apostólica y de
bendición para la comunidad cristiana y para el mundo entero».38
Conviene, en fin, recordar que en estos últimos años el Martirologio
del testimonio de la fe y del amor en la vida consagrada se ha
enriquecido notablemente. Las situaciones difíciles han exigido a no
pocos de ellos la prueba suprema de amor en genuina fidelidad al
Reino. Consagrados a Cristo y al servicio de su Reino han dado
testimonio de la fidelidad del seguimiento hasta la cruz. Diversas las
circunstancias, variadas las situaciones, pero una la causa del
martirio: la fidelidad al Señor y a su Evangelio, «porque no es la
pena la que hace al mártir, sino la causa».39
Dóciles al Espíritu
10. Es éste un tiempo en que el Espíritu irrumpe, abriendo nuevas
posibilidades. La dimensión carismática de las diversas formas de vida
consagrada, siempre en camino y nunca completada, prepara en la
Iglesia, en comunión con el Paráclito, la llegada de Aquél que debe
venir, de Aquél que es ya el porvenir de la humanidad en camino. Como
María Santísima, la primera consagrada, por virtud del Espíritu Santo
y por el don total de sí misma ha engendrado a Cristo para redimir a
la humanidad con una donación de amor, así las personas consagradas,
perseverando en la apertura al Espíritu creador y manteniéndose en la
humilde docilidad, hoy están llamadas a apostar por la caridad,
«viviendo el compromiso de un amor activo y concreto con cada ser
humano».40 Existe un vínculo particular de vida y de dinamismo entre
el Espíritu Santo y la vida consagrada, por eso las personas
consagradas deben perseverar en la docilidad al Espíritu Creador. Él
obra según el deseo del Padre en honor de la gracia que le ha sido
dada en el Hijo querido. Y es el mismo Espíritu quien irradia el
esplendor del misterio sobre la entera existencia, gastada por el
Reino de Dios y el bien de multitudes tan necesitadas y abandonadas.
También el futuro de la vida consagrada se ha confiado al dinamismo
del Espíritu, autor y dispensador de los carismas eclesiales, puestos
por Él al servicio de la plenitud del conocimiento y actuación del
Evangelio de Jesucristo.
LA VALENTÍA PARA AFRONTAR LAS PRUEBAS Y
LOS RETOS
Descubrir el sentido y la calidad de la vida consagrada
12. Las dificultades que hoy deben afrontar las personas consagradas
asumen múltiples rostros, sobre todo si tenemos en cuenta los
diferentes contextos culturales en los que viven.
Con la disminución de los miembros en muchos Institutos y su
envejecimiento, evidente en algunas partes del mundo, surge la
pregunta de si la vida consagrada es todavía un testimonio visible,
capaz de atraer a los jóvenes. Si como se afirma en algunos lugares el
tercer milenio será el tiempo del protagonismo de los laicos, de las
asociaciones y de los movimientos eclesiales, podemos preguntarnos:
¿cuál será el puesto reservado a las formas tradicionales de vida
consagrada? Ella, nos recuerda Juan Pablo II, tiene una gran historia
que construir junto con los fieles.42
Pero no podemos ignorar que, a veces, a la vida consagrada no se le
tiene en la debida consideración, e incluso se da una cierta
desconfianza frente a ella. Por otro lado, ante la progresiva crisis
religiosa que asalta a gran parte de nuestra sociedad, las personas
consagradas, hoy de manera particular, se ven obligadas a buscar
nuevas formas de presencia y a ponerse no pocos interrogantes sobre el
sentido de su identidad y de su futuro.
Junto al impulso vital, capaz de testimonio y de donación hasta el
martirio, la vida consagrada conoce también la insidia de la
mediocridad en la vida espiritual, del aburguesamiento progresivo y de
la mentalidad consumista. La compleja forma de llevar a cabo los
trabajos, pedida por las nuevas exigencias sociales y por la normativa
de los Estados, junto a la tentación del eficientismo y del activismo,
corren el riego de ofuscar la originalidad evangélica y de debilitar
las motivaciones espirituales. Cuando los proyectos personales
prevalecen sobre los comunitarios, pueden menoscabar profundamente la
comunión de la fraternidad.
Son problemas reales, pero no hay que generalizar. Las personas
consagradas no son las únicas que viven la tensión entre secularismo y
auténtica vida de fe, entre la fragilidad de la propia humanidad y la
fuerza de la gracia; ésta es la condición de todos los miembros de la
Iglesia.
13. Las dificultades y los interrogantes que hoy vive la vida
consagrada pueden traer un nuevo kairós, un tiempo de gracia. En ellos
se oculta una auténtica llamada del Espíritu Santo a volver a
descubrir las riquezas y las potencialidades de esta forma de vida.
El tener que convivir, por ejemplo, con una sociedad donde con
frecuencia reina una cultura de muerte, puede convertirse en un reto a
ser con más fuerza testigos, portadores y siervos de la vida. Los
consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, vividos por
Cristo en la plenitud de su humanidad de Hijo de Dios y abrazados por
su amor, aparecen como un camino para la plena realización de la
persona en oposición a la deshumanización, un potente antídoto a la
contaminación del espíritu, de la vida, de la cultura; proclaman la
libertad de los hijos de Dios, la alegría de vivir según las
bienaventuranzas evangélicas.
La impresión que algunos pueden tener de pérdida de estima por parte
de ciertos sectores de la Iglesia por la vida consagrada, puede
vivirse como una invitación a una purificación liberadora. La vida
consagrada no busca las alabanzas y las consideraciones humanas; se
recompensa con el gozo de continuar trabajando activamente al servicio
del Reino de Dios, para ser germen de vida que crece en el secreto,
sin esperar otra recompensa que la que el Padre dará al final (cf. Mt
6, 6). Encuentra su identidad en la llamada del Señor, en su
seguimiento, amor y servicio incondicionales, capaces de colmar una
vida y de darle plenitud de sentido.
Si en algunos lugares las personas consagradas son pequeño rebaño a
causa de la disminución en el número, este hecho puede interpretarse
como un signo providencial que invita a recuperar la propia tarea
esencial de levadura, de fermento, de signo y de profecía. Cuanto más
grande es la masa que hay que fermentar, tanto más rico de calidad
deberá ser el fermento evangélico, y tanto más excelente el testimonio
de vida y el servicio carismático de las personas consagradas.
La creciente toma de conciencia sobre la universalidad de la vocación
a la santidad por parte de todos los cristianos,43 lejos de considerar
superfluo el pertenecer a un estado particularmente apto para
conseguir la perfección evangélica, puede ser un ulterior motivo de
gozo para las personas consagradas; están ahora más cercanas a los
otros miembros del pueblo de Dios con los que comparten un camino
común de seguimiento de Cristo, en una comunión más auténtica, en la
emulación y en la reciprocidad, en la ayuda mutua de la comunión
eclesial, sin superioridad o inferioridad. Al mismo tiempo, esta toma
de conciencia es un llamamiento a comprender el valor del signo de la
vida consagrada en relación con la santidad de todos los miembros de
la Iglesia.
Si es verdad, en efecto, que todos los cristianos están llamados «a la
santidad y a la perfección en su propio estado»,44 las personas
consagradas, gracias a una «nueva y especial consagración»45tienen la
misión de hacer resplandecer la forma de vida de Cristo, a través del
testimonio de los consejos evangélicos, como apoyo a la fidelidad de
todo el cuerpo de Cristo. No es ésta una dificultad, es más bien un
estímulo a la originalidad y a la aportación específica de los
carismas de la vida consagrada, que son al mismo tiempo carismas de
espiritualidad compartida y de misión en favor de la santidad de la
Iglesia.
En definitiva estos retos pueden constituir un fuerte llamamiento a
profundizar la vivencia propia de la vida consagrada, cuyo testimonio
es hoy más necesario que nunca. Es oportuno recordar cómo los santos
fundadores y fundadoras han sabido responder con una genuina
creatividad carismática a los retos y a las dificultades del propio
tiempo.
La función de los superiores y de las superioras
14. Descubrir el sentido y la calidad de la vida consagrada es tarea
fundamental de los superiores y de las superioras, a los que se ha
confiado el servicio de la autoridad, un deber exigente y a veces
contestado. Eso requiere una presencia constante, capaz de animar y de
proponer, de recordar la razón de ser de la vida consagrada, de ayudar
a las personas que se les han confiado a una fidelidad siempre
renovada a la llamada del Espíritu. Ningún superior puede renunciar a
su misión de animación, de ayuda fraterna, de propuesta, de escucha,
de diálogo. Sólo así toda la comunidad podrá encontrarse unida en la
plena fraternidad y en el servicio apostólico y ministerial. Siguen
siendo de gran actualidad las indicaciones ofrecidas por el documento
de nuestra Congregación La vida fraterna en comunidad cuando, al
hablar de los aspectos de la autoridad que hoy es necesario valorar,
reclama la función de autoridad espiritual, de autoridad creadora de
unidad, de autoridad que sabe tomar la decisión final y garantizar su
ejecución.46
A cada uno de sus miembros se le pide una participación convencida y
personal en la vida y en la misión de la propia comunidad. Aun cuando
en última instancia, y según el derecho propio, corresponde a la
autoridad tomar las decisiones y hacer las opciones, el diario camino
de la vida fraterna en comunidad pide una participación que permite el
ejercicio del diálogo y del discernimiento. Cada uno y toda la
comunidad pueden, así, comparar la propia vida con el proyecto de
Dios, haciendo juntos su voluntad.47 La corresponsabilidad y la
participación se ejercen también en los diversos tipos de consejos a
varios niveles, lugares en los que debe reinar de tal modo la plena
comunión que se perciba la presencia del Señor que ilumina y guía. El
Santo Padre no ha dudado en recordar la antigua sabiduría de la
tradición monástica para un recto ejercicio concreto de la
espiritualidad de comunión que promueve y asegura la activa
participación de todos.48
En todo esto ayudará una seria formación permanente, en el interior de
una radical reconsideración del problema de la formación en los
Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica,
para un camino auténtico de renovación: éste, en efecto, «depende
principalmente de la formación de sus miembros».49
La formación permanente
15. El tiempo en que vivimos impone una reflexión general acerca de la
formación de las personas consagradas, ya no limitada a un periodo de
la vida. No sólo para que sean siempre más capaces de insertarse en
una realidad que cambia con un ritmo muchas veces frenético, sino
también porque es la misma vida consagrada la que exige por su
naturaleza una disponibilidad constante en quienes son llamados a
ella. Si, en efecto, la vida consagrada es en sí misma «una progresiva
asimilación de los sentimientos de Cristo»,50 parece evidente que tal
camino no podrá sino durar toda la vida, para comprometer toda la
persona, corazón, mente y fuerzas (cf. Mt 22, 37), y hacerla semejante
al Hijo que se dona al Padre por la humanidad. Concebida así la
formación, no es sólo tiempo pedagógico de preparación a los votos,
sino que representa un modo teológico de pensar la misma vida
consagrada, que es en sí formación nunca terminada, «participación en
la acción del Padre que, mediante el Espíritu, infunde en el corazón
... los sentimientos del Hijo».51
Por tanto, es muy importante que toda persona consagrada sea formada
en la libertad de aprender durante toda la vida, en toda edad y en
todo momento, en todo ambiente y contexto humano, de toda persona y de
toda cultura, para dejarse instruir por cualquier parte de verdad y
belleza que encuentra junto a sí. Pero, sobre todo, deberá aprender a
dejarse formar por la vida de cada día, por su propia comunidad y por
sus hermanos y hermanas, por las cosas de siempre, ordinarias y
extraordinarias, por la oración y por el cansancio apostólico, en la
alegría y en el sufrimiento, hasta el momento de la muerte.
Serán decisivas, por tanto, la apertura hacia el otro y la alteridad,
y, en particular, la relación con el tiempo. Las personas en formación
continua se apropian del tiempo, no lo padecen, lo acogen como don y
entran con sabiduría en los varios ritmos (diario, semanal, mensual,
anual) de la vida misma, buscando la sintonía entre ellos y el ritmo
fijado por Dios inmutable y eterno, que señala los días, los siglos y
el tiempo. De modo particular, la persona consagrada aprende a dejarse
modelar por el año litúrgico, en cuya escuela revive gradualmente en
sí los misterios de la vida del Hijo de Dios con sus mismos
sentimientos, para caminar desde Cristo y desde su Pascua de muerte y
resurrección todos los días de su vida.
La animación vocacional
16. Uno de los primeros frutos de un camino de formación permanente es
la capacidad diaria de vivir la vocación como don siempre nuevo, que
se acoge con un corazón agradecido. Un don al que hay que corresponder
con una actitud cada vez más responsable, y que hay que testimoniar
con mayor convicción y capacidad de contagio, para que los demás
puedan sentirse llamados por Dios para aquella vocación particular o
por otros caminos. El consagrado es también por naturaleza animador
vocacional; en efecto, quien ha sido llamado, tiene que llamar.
Existe, pues, una unión natural entre formación permanente y animación
vocacional.
El servicio a las vocaciones es uno de los nuevos y más comprometidos
retos que ha de afrontar hoy la vida consagrada. Por un lado la
globalización de la cultura y la complejidad de las relaciones
sociales hacen difíciles las opciones de vida radicales y duraderas;
por otro, el mundo vive en una creciente experiencia de sufrimientos
materiales y morales que minan la dignidad misma del ser humano y
exigen, con ruego silencioso, que haya quien anuncie con fuerza el
mensaje de paz y de esperanza, que lleve la salvación de Cristo.
Resuenan en nuestras mentes las palabras de Jesús a sus apóstoles: «La
mies es abundante y los obreros pocos. Rogad al Dueño de la mies que
mande obreros a su mies» (Mt 9, 37-38; Lc 10, 2).
El primer compromiso de la pastoral vocacional es siempre la oración.
Sobre todo allí donde son raros los ingresos en la vida consagrada, se
necesita una fe renovada en el Dios que puede hacer surgir de las
piedras hijos de Abrahán (cf. Mt 3, 9) y hacer fecundos los senos
estériles si es invocado con confianza. Todos los fieles, y sobre todo
los jóvenes, están comprometidos en esta manifestación de fe en Dios,
que es el único que puede llamar y enviar obreros a su mies. Toda la
Iglesia local, obispos, presbíteros, laicos, personas consagradas,
está llamada a asumir la responsabilidad ante las vocaciones de
particular consagración.
El camino maestro de la promoción vocacional a la vida consagrada es
el que el mismo Señor inició cuando dijo a los apóstoles Juan y
Andrés: «Venid y veréis» (Jn 1, 39). Este encuentro, acompañado por el
compartir la vida, exige a las personas consagradas vivir
profundamente su consagración para ser un signo visible de la alegría
que Dios da a quien escucha su llamada. De ahí la necesidad de
comunidades acogedoras y capaces de compartir su ideal de vida con los
jóvenes, dejándose interpelar por sus exigencias de autenticidad,
dispuestas a caminar con ellos.
Ambiente privilegiado para este anuncio vocacional es la Iglesia
local. Aquí todos los ministerios y carismas expresan su
reciprocidad52 y realizan juntos la comunión en el único Espíritu de
Cristo y la multiplicidad de sus manifestaciones. La presencia activa
de las personas consagradas ayudará a las comunidades cristianas a ser
laboratorios de la fe,53 lugares de búsqueda, de reflexión y de
encuentro, de comunión y de servicio apostólico, en los que todos se
sienten partícipes en la edificación del Reino de Dios en medio de los
hombres. Se crea así el clima característico de la Iglesia como
familia de Dios, un ambiente que facilita el mutuo conocimiento, el
compartir y el contagio de los valores propios que están al origen de
la donación de la propia vida a la causa del Reino.
17. La atención a las vocaciones es una tarea crucial para el porvenir
de la vida consagrada. La disminución de las vocaciones
particularmente en el mundo occidental y su crecimiento en Asia y en
África está perfilando una nueva geografía de la presencia de la vida
consagrada en la Iglesia y nuevos equilibrios culturales en la vida de
los Institutos. Este estado de vida, que con la profesión de los
consejos evangélicos da a los rasgos característicos de Jesús una
típica y permanente visibilidad en medio del mundo,54 vive hoy un
tiempo particular de reflexión y de búsqueda con modalidades nuevas y
en culturas nuevas. Éste es ciertamente un inicio prometedor para el
desarrollo de expresiones inexploradas de sus múltiples formas
carismáticas.
Las transformaciones en marcha piden directamente a cada uno de los
Institutos de vida consagrada y a las Sociedades de vida apostólica
dar un fuerte sentido evangélico a su presencia en la Iglesia y a su
servicio a la humanidad. La pastoral de las vocaciones exige
desarrollar nuevas y más profundas capacidades de encuentro; ofrecer,
con el testimonio de la vida, itinerarios peculiares de seguimiento de
Cristo y de santidad; anunciar, con fuerza y claridad, la libertad que
brota de una vida pobre, que tiene como único tesoro el Reino de Dios;
la profundidad del amor de una existencia casta, que quiere tener un
solo corazón: el de Cristo; la fuerza de santificación y renovación
encerrada en una vida obediente, que tiene un único horizonte: dar
cumplimiento a la voluntad de Dios para la salvación del mundo.
La promoción de las vocaciones hoy es un deber que no se puede delegar
de manera exclusiva en algunos especialistas ni separarlo de una
verdadera y propia pastoral juvenil que haga sentir sobre todo el amor
concreto de Cristo hacia los jóvenes. Cada comunidad y todos los
miembros del Instituto están llamados a hacerse cargo del contacto con
los jóvenes, de una pedagogía evangélica del seguimiento de Cristo y
de la transmisión del carisma; los jóvenes esperan que se sepan
proponer estilos de vida auténticamente evangélicos y caminos de
iniciación a los grandes valores espirituales de la vida humana y
cristiana. Son, por tanto, las personas consagradas las que deben
descubrir el arte pedagógico de suscitar y sacar a la luz los
profundos interrogantes, con mucha frecuencia escondidos en el corazón
de la persona, en particular de los jóvenes. Esas personas,
acompañando el camino de discernimiento vocacional, ayudarán a mostrar
la fuente de su identidad. Comunicar la propia experiencia de vida es
siempre hacer memoria y volver a ver la luz que guió la elección
vocacional personal.
Los caminos formativos
18. En lo que atañe a la formación, nuestro Dicasterio ha publicado
dos documentos, Potissimum institutioni y La colaboración entre los
Institutos para la formación. Somos bien conscientes de los retos
siempre nuevos que los Institutos deben afrontar en este campo.
Las nuevas vocaciones que llaman a las puertas de la vida consagrada
presentan profundas diferencias y necesitan atenciones personales y
metodológicas adecuadas para asumir su concreta situación humana,
espiritual y cultural. Por esto es necesario poner en marcha un
discernimiento sereno, libre de las tentaciones del número o de la
eficacia, para verificar, a la luz de la fe y de las posibles
contraindicaciones, la veracidad de la vocación y la rectitud de
intenciones. Los jóvenes tienen necesidad de ser estimulados hacia los
altos ideales del seguimiento radical de Cristo y a las exigencias
profundas de la santidad, en vista de una vocación que los supera y
quizá va más allá del proyecto inicial que los ha empujado a entrar en
un determinado Instituto. La formación, por tanto, deberá tener las
características de la iniciación al seguimiento radical de Cristo. Si
el fin de la vida consagrada consiste en la conformación con el Señor
Jesús, es necesario poner en marcha un itinerario de progresiva
asimilación de los sentimientos de Cristo hacia el Padre.55 Esto
ayudará a integrar conocimientos teológicos, humanísticos y técnicos
con la vida espiritual y apostólica del Instituto y conservará siempre
la característica de escuela de santidad.
Los retos más comprometidos que la formación tiene que afrontar
provienen de los valores que dominan la cultura globalizada de
nuestros días. El anuncio cristiano de la vida como vocación, nacida
de un proyecto de amor del Padre y necesitada de un encuentro personal
y salvífico con Cristo en la Iglesia, se debe confrontar con
concepciones y proyectos dominados por culturas e historias sociales
extremamente diversificadas. Existe el riesgo de que las elecciones
subjetivas, los proyectos individuales y las orientaciones locales se
sobrepongan a la regla, al estilo de vida comunitaria y al proyecto
apostólico del Instituto. Es necesario poner en práctica un diálogo
formativo capaz de acoger las características humanas, sociales y
espirituales de las que cada uno es portador, de distinguir en ellas
los límites humanos, que piden una superación, y las invitaciones del
Espíritu, que pueden renovar la vida del individuo y del Instituto. En
un tiempo de profundas transformaciones, la formación deberá estar
atenta a arraigar en el corazón de los jóvenes consagrados los valores
humanos, espirituales y carismáticos necesarios, que los hagan aptos
para vivir una fidelidad dinámica,56 en la estela de la tradición
espiritual y apostólica del Instituto.
La interculturalidad, las diferencias de edad y el diverso
planteamiento caracterizan cada vez más a los Institutos de vida
consagrada. La formación deberá educar al diálogo comunitario en la
cordialidad y en la caridad de Cristo, enseñando a acoger las
diversidades como riqueza y a integrar los diversos modos de ver y
sentir. Así la búsqueda constante de la unidad en la caridad se
convertirá en escuela de comunión para las comunidades cristianas y
propuesta de fraterna convivencia entre los pueblos.
Además se deberá prestar particular atención a una formación cultural
de acuerdo con los tiempos y en diálogo con la búsqueda de sentido del
hombre de hoy. Por esto se pide una mayor preparación en el campo
filosófico, teológico, psico-pedagógico y una orientación más profunda
sobre la vida espiritual, modelos más adecuados y respetuosos con las
culturas en las que nacen las nuevas vocaciones, itinerarios bien
definidos para la formación permanente, y, sobre todo, se desea que se
destinen a la formación las mejores energías, aunque esto comporte
notables sacrificios. Dedicar personal cualificado y su adecuada
preparación es tarea prioritaria.
Debemos ser sumamente generosos en dedicar tiempo y las mejores
energías a la formación. Las personas de los consagrados son, en
efecto, uno de los bienes más preciados de la Iglesia. Sin ellas,
todos los planes formativos y apostólicos se quedan en teoría, en
deseos inútiles. Sin olvidar que, en una época acelerada como la
nuestra, lo que hace falta más que otra cosa es tiempo, perseverancia
y espera paciente para alcanzar los objetivos formativos. En unas
circunstancias en las que prevalece la rapidez y la superficialidad,
necesitamos serenidad y profundidad porque en realidad la persona se
va forjando muy lentamente.
Algunos retos particulares
19. Si se ha subrayado la necesidad de la calidad de la vida y el
cuidado que se debe tener con las exigencias formativas es porque
estos parecen ser los aspectos más urgentes. La Congregación para los
Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica
quisiera estar cercana a las personas consagradas en todos los
problemas y continuar un diálogo cada vez más sincero y constructivo.
Los Padres de la Plenaria son conscientes de esta necesidad y han
manifestado el deseo de un mayor conocimiento y colaboración con los
Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica. Su
presencia en la Iglesia local, y en particular la de las diversas
congregaciones de derecho diocesano, la de las Vírgenes consagradas y
de los eremitas, exige una especial atención por parte del Obispo
diocesano y de su presbiterio.
Al mismo tiempo, son sensibles a los interrogantes que se ponen
religiosos y religiosas respecto a las grandes obras a las que hasta
el momento se han dedicado en la línea de los respectivos carismas:
hospitales, colegios, escuelas, casas de acogida y de retiro. En
algunas partes del mundo se las piden con urgencia, en otras son
difíciles de regentar. Para encontrar caminos valientes se necesita
creatividad, cautela, diálogo entre los miembros del Instituto, entre
los Institutos con obras semejantes y con los responsables de la
Iglesia particular.
También son muy actuales las temáticas de la inculturación. Miran la
manera de encarnar la vida consagrada, la adaptación de las formas de
espiritualidad y de apostolado, las formas de gobierno, la formación,
la gestión de los recursos y de los bienes económicos, el desarrollo
de la misión. Los deseos expresados por el Papa a toda la Iglesia
valen también para la vida consagrada: «El cristianismo del tercer
milenio debe responder cada vez mejor a esta exigencia de
inculturación. Permaneciendo plenamente uno mismo, en total fidelidad
al anuncio evangélico y a la tradición eclesial, llevará consigo
también el rostro de tantas culturas y de tantos pueblos en que ha
sido acogido y arraigado».57 De una verdadera inculturación se espera
un notable enriquecimiento y un nuevo impulso espiritual y apostólico
para la vida consagrada y para toda la Iglesia.
Podríamos revisar otras muchas expectativas de la vida consagrada al
comienzo de este nuevo milenio y no acabaríamos nunca, porque el
Espíritu empuja siempre hacia adelante, siempre más allá. La palabra
del Maestro debe suscitar en todos sus discípulos y discípulas un gran
entusiasmo para recordar con gratitud el pasado, vivir con pasión el
presente y abrirnos con confianza al futuro.58
Escuchando la invitación hecha por el Papa Juan Pablo II a toda la
Iglesia, la vida consagrada decididamente debe caminar desde Cristo,
contemplando su rostro, favoreciendo los caminos de la espiritualidad
como vida, pedagogía y pastoral: «La Iglesia espera también vuestra
colaboración, hermanos y hermanas consagrados, para avanzar a lo largo
de este nuevo tramo de camino según las orientaciones que he trazado
en la Carta Apostólica Novo millennio ineunte: contemplar el rostro de
Cristo, partir de Él, ser testigos de su amor».59 Sólo entonces la
vida consagrada encontrará nuevo vigor para ponerse al servicio de
toda la Iglesia y de la entera humanidad.
LA VIDA ESPIRITUAL EN EL PRIMER LUGAR
20. La vida
consagrada, como toda forma de vida cristiana, es por su naturaleza
dinámica, y cuantos son llamados por el Espíritu a abrazarla tienen
necesidad de renovarse constantemente en el crecimiento hasta llegar a
la unidad perfecta del Cuerpo de Cristo (cf. Ef 4, 13). Nació por el
impulso creador del Espíritu que ha movido a los fundadores y
fundadoras por el camino del Evangelio suscitando una admirable
variedad de carismas. Ellos, disponibles y dóciles a su guía, han
seguido a Cristo más de cerca, han entrado en su intimidad y han
compartido completamente su misión.
Su experiencia del Espíritu exige no sólo que la conserven cuantos les
han seguido, sino también que la profundicen y la desarrollen.60
También hoy el Espíritu Santo pide disponibilidad y docilidad a su
acción siempre nueva y creadora. Solo Él puede mantener constante la
frescura y la autenticidad de los comienzos y, al mismo tiempo,
infundir el coraje de la audacia y de la creatividad para responder a
los signos de los tiempos.
Es preciso, por tanto, dejarse conducir por el Espíritu al
descubrimiento siempre renovado de Dios y de su Palabra, a un amor
ardiente por Él y por la humanidad, a una nueva comprensión del
carisma recibido. Se trata de dirigir la mirada a la espiritualidad
entendida en el sentido más fuerte del término, o sea la vida según el
Espíritu. La vida consagrada hoy necesita sobre todo de un impulso
espiritual, que ayude a penetrar en lo concreto de la vida el sentido
evangélico y espiritual de la consagración bautismal y de su nueva y
especial consagración.
«La vida espiritual, por tanto, debe ocupar el primer lugar en el
programa de las Familias de vida consagrada, de tal modo que cada
Instituto y cada comunidad aparezcan como escuelas de auténtica
espiritualidad evangélica».61 Debemos dejar que el Espíritu abra
abundantemente las fuentes de agua viva que brotan de Cristo. Es el
Espíritu quien nos hace reconocer en Jesús de Nazaret al Señor (cf.
1Co 12, 3), el que hace oir la llamada a su seguimiento y nos
identifica con él: «el que no tiene el Espíritu de Cristo, no es de
Cristo» (Rm 8, 9). Él es quien, haciéndonos hijos en el Hijo, da
testimonio de la paternidad de Dios, nos hace conscientes de nuestra
filiación y nos da el valor de llamarlo «Abba, Padre» (Rm 8, 15). Él
es quien infunde el amor y engendra la comunión. En definitiva, la
vida consagrada exige un renovado esfuerzo a la santidad que, en la
simplicidad de la vida de cada día, tenga como punto de mira el
radicalismo del sermón de la montaña,62 del amor exigente, vivido en
la relación personal con el Señor, en la vida de comunión fraterna, en
el servicio a cada hombre y a cada mujer. Tal novedad interior,
enteramente animada por la fuerza del Espíritu y proyectada hacia el
Padre en la búsqueda de su Reino, consentirá a las personas
consagradas caminar desde Cristo y ser testigos de su amor.
La llamada a descubrir las propias raíces y las propias opciones en la
espiritualidad abre caminos hacia el futuro. Se trata, ante todo, de
vivir en plenitud la teología de los consejos evangélicos a partir del
modelo de vida trinitario, según las enseñanzas de Vita consecrata,63
con una nueva oportunidad de confrontarse con las fuentes de los
propios carismas y de los propios textos constitucionales, siempre
abiertos a nuevas y más comprometidas interpretaciones. El sentido
dinámico de la espiritualidad ofrece la ocasión de profundizar, en
esta época de la Iglesia, una espiritualidad más eclesial y
comunitaria, más exigente y madura en la ayuda recíproca en la
consecución de la santidad, más generosa en las opciones apostólicas.
Finalmente, una espiritualidad más abierta para ser pedagogía y
pastoral de la santidad en el interior de la vida consagrada y en su
irradiación a favor de todo el pueblo de Dios. El Espíritu Santo es el
alma y el animador de la espiritualidad cristiana, por esto es preciso
confiarse a su acción que parte del íntimo de los corazones, se
manifiesta en la comunión y se amplía en la misión.
Caminar desde Cristo
21. Es necesario, por tanto, adherirse cada vez más a Cristo, centro
de la vida consagrada, y retomar un camino de conversión y de
renovación que, como en la experiencia primera de los apóstoles, antes
y después de su resurrección, sea un caminar desde Cristo. Sí, es
necesario caminar desde Cristo, porque de Él han partido los primeros
discípulos en Galilea; de Él, a lo largo de la historia de la Iglesia,
han salido hombres y mujeres de toda condición y cultura que,
consagrados por el Espíritu en virtud de la llamada, por Él han dejado
familia y patria y lo han seguido incondicionalmente, haciéndose
disponibles para el anuncio del Reino y para hacer el bien a todos (cf.
Hch 10, 38).
El conocimiento de la propia pobreza y fragilidad y, a la vez, de la
grandeza de la llamada, ha llevado con frecuencia a repetir con el
apóstol Pedro: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador» (Lc 5, 8).
Sin embargo, el don de Dios ha sido más fuerte que la insuficiencia
humana. Y Cristo mismo, en efecto, se ha hecho presente en las
comunidades que a lo largo de los siglos se han reunido en su nombre,
las ha colmado de sí y de su Espíritu, las ha orientado hacia el
Padre, las ha guiado por los caminos del mundo al encuentro de los
hermanos y hermanas, las ha hecho instrumentos de su amor y
constructoras del Reino en comunión con todas las demás vocaciones en
la Iglesia.
Las personas consagradas pueden y deben caminar desde Cristo, porque
Él mismo ha venido primero a su encuentro y les acompaña en el camino
(cf. Lc 24, 13-22). Su vida es la proclamación de la primacía de la
gracia;64 sin Cristo no pueden hacer nada (cf. Jn 15, 5); en cambio
todo lo pueden en aquél que los conforta (cf. Flp 4, 13).
22. Caminar desde Cristo significa proclamar que la vida consagrada es
especial seguimiento de Cristo, «memoria viviente del modo de existir
y de actuar de Jesús como Verbo encarnado ante el Padre y ante los
hermanos».65 Esto conlleva una particular comunión de amor con Él,
constituido el centro de la vida y fuente continua de toda iniciativa.
Es, como recuerda la Exhortación apostólica Vita consecrata,
experiencia del compartir, «especial gracia de
intimidad»;66«identificarse con Él, asumiendo sus sentimientos y su
forma de vida»,67 es una vida «afianzada por Cristo»,68«tocada por la
mano de Cristo, conducida por su voz y sostenida por su gracia».69
Toda la vida de consagración sólo puede ser comprendida desde este
punto de partida: los consejos evangélicos tienen sentido en cuanto
ayudan a cuidar y favorecer el amor por el Señor en plena docilidad a
su voluntad; la vida fraterna está motivada por aquel que reúne junto
a sí y tiene como fin gozar de su constante presencia; la misión es su
mandato y lleva a la búsqueda de su rostro en el rostro de aquellos a
los que se envía para compartir con ellos la experiencia de Cristo.
Éstas fueron las intenciones de los fundadores de las diferentes
comunidades e institutos de vida consagrada. Éstos los ideales que
animaron generaciones de mujeres y hombres consagrados.
Caminar desde Cristo significa reencontrar el primer amor, el destello
inspirador con que se comenzó el seguimiento. Suya es la primacía del
amor. El seguimiento es sólo la respuesta de amor al amor de Dios. Si
«nosotros amamos» es «porque Él nos ha amado primero» (1Jn 4, 10.19).
Eso significa reconocer su amor personal con aquel íntimo conocimiento
que hacía decir al apóstol Pablo: «Cristo me ha amado y ha dado su
vida por mí» (Ga 2, 20).
Sólo el conocimiento de ser objeto de un amor infinito puede ayudar a
superar toda dificultad personal y del Instituto. Las personas
consagradas no podrán ser creativas, capaces de renovar el Instituto y
abrir nuevos caminos de pastoral, si no se sienten animadas por este
amor. Este amor es el que les hace fuertes y audaces y el que les
infunde valor y osadía.
Los votos con que los consagrados se comprometen a vivir los consejos
evangélicos confieren toda su radicalidad a la respuesta de amor. La
virginidad ensancha el corazón en la medida del amor de Cristo y les
hace capaces de amar como Él ha amado. La pobreza les hace libres de
la esclavitud de las cosas y necesidades artificiales a las que empuja
la sociedad de consumo, y les hace descubrir a Cristo, único tesoro
por el que verdaderamente vale la pena vivir. La obediencia pone la
vida enteramente en sus manos para que la realice según el diseño de
Dios y haga una obra maestra. Se necesita el valor de un seguimiento
generoso y alegre.
Contemplar los rostros de Cristo
23. El camino que la vida consagrada debe emprender al comienzo del
nuevo milenio está guiado por la contemplación de Cristo, con la
mirada «más que nunca fija en el rostro del Señor».70 Pero, ¿dónde
contemplar concretamente el rostro de Cristo? Hay una multiplicidad de
presencias que es preciso descubrir de manera siempre nueva.
Él está siempre presente en su Palabra y en los Sacramentos, de manera
especial en la Eucaristía. Vive en su Iglesia, se hace presente en la
comunidad de los que están unidos en su nombre. Está delante de
nosotros en cada persona, identificándose de modo particular con los
pequeños, con los pobres, con el que sufre, con el más necesitado.
Viene a nuestro encuentro en cada acontecimiento gozoso o triste, en
la prueba y en la alegría, en el dolor y en la enfermedad.
La santidad es el fruto del encuentro con Él en las muchas presencias
donde podemos descubrir su rostro de Hijo de Dios, un rostro doliente
y, a la vez, el rostro del Resucitado. Como Él se hizo presente en el
diario vivir, así también hoy está en la vida cotidiana donde continúa
mostrando su rostro. Para reconocerlo es preciso una mirada de fe,
formada en la familiaridad con la Palabra de Dios, en la vida
sacramental, en la oración y sobre todo en el ejercicio de la caridad,
porque sólo el amor permite conocer plenamente el Misterio.
Podemos señalar algunos lugares privilegiados en los que se puede
contemplar el rostro de Cristo, para un renovado compromiso en la vida
del Espíritu. Éstos son los caminos de una espiritualidad vivida,
compromiso prioritario en este tiempo, ocasión de releer en la vida y
en la experiencia diaria las riquezas espirituales del propio carisma,
en un contacto renovado con las mismas fuentes que han hecho surgir,
por la experiencia del Espíritu de los fundadores y de las fundadoras,
el destello de la vida nueva y de las obras nuevas, las específicas
relecturas del Evangelio que se encuentran en cada carisma.
La Palabra de Dios
24. Vivir la espiritualidad significa sobre todo partir de la persona
de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, presente en su Palabra,
«primera fuente de toda espiritualidad», como recuerda Juan Pablo II a
los consagrados.71 La santidad no se concibe si no es a partir de una
renovada escucha de la Palabra de Dios. «En particular —leemos en la
Novo millennio ineunte— es necesario que la escucha de la Palabra se
convierta en un encuentro vital, ... que permita encontrar en el texto
bíblico la palabra viva que interpela, orienta y modela la
existencia».72 Es allí, en efecto, donde el Maestro se revela, educa
el corazón y la mente. Es allí donde se madura la visión de fe,
aprendiendo a ver la realidad y los acontecimientos con la mirada
misma de Dios, hasta tener el pensamiento de Cristo (cf. 1Co 2, 16).
El Espíritu Santo ha iluminado con luz nueva la Palabra de Dios a los
fundadores y fundadoras. De ella ha brotado cada carisma y de ella
quiere ser expresión cada Regla. En línea de continuidad con los
fundadores y fundadoras, sus discípulos también hoy están llamados a
acoger y guardar en el corazón la Palabra de Dios, para que siga
siendo lámpara para sus pasos y luz en su sendero (cf. Sal 118, 105).
Entonces el Espíritu Santo podrá guiarlos a la verdad plena (cf. Jn
16, 13).
La Palabra de Dios es el alimento para la vida, para la oración y para
el camino diario, el principio de unificación de la comunidad en la
unidad de pensamiento, la inspiración para la constante renovación y
para la creatividad apostólica. El Concilio Vaticano II ya había
indicado la vuelta al Evangelio como el primer gran principio de
renovación.73
Como en toda la Iglesia, también dentro de las comunidades y de los
grupos de consagrados y consagradas, en estos años se ha desarrollado
un contacto más vivo e inmediato con la Palabra de Dios. Es un camino
que hay que recorrer cada vez con nueva intensidad. «Es necesario —ha
dicho el Papa— que no os canséis de hacer un alto en la meditación de
la Sagrada Escritura y, sobre todo, de los santos Evangelios, para que
se impriman en vosotros los rasgos del Verbo Encarnado».74
La vida fraterna en comunidad favorece también el redescubrimiento de
la dimensión eclesial de la Palabra: acogerla, meditarla, vivirla
juntos, comunicar las experiencias que de ella florecen y así
adentrarse en una auténtica espiritualidad de comunión.
En este contexto, conviene recordar la necesidad de una constante
referencia a la Regla, porque en la Regla y en las Constituciones «se
contiene un itinerario de seguimiento, caracterizado por un carisma
específico reconocido por la Iglesia».75 Este itinerario de
seguimiento traduce la particular interpretación del Evangelio dada
por los fundadores y por las fundadoras, dóciles al impulso del
Espíritu, y ayuda a los miembros del Instituto a vivir concretamente
según la Palabra de Dios.
Alimentados por la Palabra, transformados en hombres y mujeres nuevos,
libres, evangélicos, los consagrados podrán ser auténticos siervos de
la Palabra en el compromiso de la evangelización. Así es como cumplen
una prioridad para la iglesia al comienzo del nuevo milenio: «Hace
falta reavivar en nosotros el impulso de los orígenes, dejándonos
impregnar por el ardor de la predicación apostólica después de
Pentecostés».76
Oración y contemplación
25. La oración y la contemplación son el lugar de la acogida de la
Palabra de Dios y, a la vez, ellas mismas surgen de la escucha de la
Palabra. Sin una vida interior de amor que atrae a sí al Verbo, al
Padre, al Espíritu (cf. Jn 14, 23) no puede haber mirada de fe; en
consecuencia, la propia vida pierde gradualmente el sentido, el rostro
de los hermanos se hace opaco y es imposible descubrir en ellos el
rostro de Cristo, los acontecimientos de la historia quedan ambiguos
cuando no privados de esperanza, la misión apostólica y caritativa
degenera en una actividad dispersiva.
Toda vocación a la vida consagrada ha nacido de la contemplación, de
momentos de intensa comunión y de una profunda relación de amistad con
Cristo, de la belleza y de la luz que se ha visto resplandecer en su
rostro. Allí ha madurado el deseo de estar siempre con el Señor —«¡qué
hermoso es estar aquí!» (Mt 17, 4)— y de seguirlo. Toda vocación debe
madurar constantemente en esta intimidad con Cristo. «Vuestro primer
cuidado, por tanto —recuerda Juan Pablo II a las personas
consagradas—, no puede estar más que en la línea de la contemplación.
Toda realidad de vida consagrada nace cada día y se regenera en la
incesante contemplación del rostro de Cristo».77
Los monjes y las monjas, así como los eremitas, con diversa modalidad,
dedican más espacio a la alabanza coral de Dios y a la oración
silenciosa prolongada. Los miembros de los institutos seculares, así
como las vírgenes consagradas en el mundo, ofrecen a Dios los gozos y
los sufrimientos, las aspiraciones y las súplicas de todos los hombres
y contemplan el rostro de Cristo que reconocen en los rostros de los
hermanos y en los hechos de la historia, en el apostolado y en el
trabajo de cada día. Las religiosas y los religiosos dedicados a la
enseñanza, a los enfermos, a los pobres encuentran allí el rostro del
Señor. Para los misioneros y los miembros de las Sociedades de vida
apostólica el anuncio del Evangelio se vive, a ejemplo del apóstol
Pablo, como auténtico culto (cf. Rm 1, 6). Toda la Iglesia goza y se
beneficia de la pluralidad de formas de oración y de la variedad de
modos de contemplar el único rostro de Cristo.
Al mismo tiempo se nota que, ya desde hace muchos años, la Liturgia de
las Horas y la celebración de la Eucaristía han conseguido un puesto
central en la vida de todo tipo de comunidad y de fraternidad,
dándoles vitalidad bíblica y eclesial. Esas favorecen también la mutua
edificación y pueden convertirse en un testimonio para ser, delante de
Dios y con Él, «la casa y la escuela de comunión».78 Una auténtica
vida espiritual exige que todos, en las diversas vocaciones, dediquen
regularmente, cada día, momentos apropiados para profundizar en el
coloquio silencioso con Aquél por quien se saben amados, para
compartir con Él la propia vida y recibir luz para continuar el camino
diario. Es una práctica a la que es necesario ser fieles, porque somos
acechados constantemente por la alienación y la disipación
provenientes de la sociedad actual, especialmente de los medios de
comunicación. A veces la fidelidad a la oración personal y litúrgica
exigirá un auténtico esfuerzo para no dejarse consumir por un
activismo destructor. En caso contrario no se produce fruto: «Como el
sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así
tampoco vosotros, si no permanecéis en mí» (Jn 15, 4).
La Eucaristía lugar privilegiado para el encuentro con el Señor
26. Dar un puesto prioritario a la espiritualidad quiere decir partir
de la recuperada centralidad de la celebración eucarística, lugar
privilegiado para el encuentro con el Señor. Allí Él se hace
nuevamente presente en medio de sus discípulos, explica las
Escrituras, hace arder el corazón e ilumina la mente, abre los ojos y
se hace reconocer (cf. Lc 24, 13-35). La invitación de Juan Pablo II
hecha a los consagrados es particularmente vibrante: «Encontradlo,
queridísimos, y contempladlo de modo especial en la Eucaristía,
celebrada y adorada cada día, como fuente y culmen de la existencia y
de la acción apostólica».79 En la Exhortación apostólica Vita
consecrata exhortaba a participar diariamente en el Sacramento de la
Eucaristía y a su asidua y prolongada adoración.80 La Eucaristía,
memorial del sacrificio del Señor, corazón de la vida de la Iglesia y
de cada comunidad, aviva desde dentro la oblación renovada de la
propia existencia, el proyecto de vida comunitaria, la misión
apostólica. Todos tenemos necesidad del viático diario del encuentro
con el Señor, para incluir la cotidianeidad en el tiempo de Dios que
la celebración del memorial de la Pascua del Señor hace presente.
Aquí se puede llevar a cabo en plenitud la intimidad con Cristo, la
identificación con Él, la total conformación a Él, a la cual los
consagrados están llamados por vocación.81 En la Eucaristía,
efectivamente, el Señor Jesús nos asocia a sí en la propia oferta
pascual al Padre: ofrecemos y somos ofrecidos. La misma consagración
religiosa asume una estructura eucarística: es total oblación de sí
estrechamente asociada al sacrificio eucarístico.
Aquí se concentran todas las formas de oración, viene proclamada y
acogida la Palabra de Dios, somos interpelados sobre la relación con
Dios, con los hermanos, con todos los hombres: es el sacramento de la
filiación, de la fraternidad y de la misión. Sacramento de unidad con
Cristo, la Eucaristía es contemporáneamente sacramento de la unidad
eclesial y de la unidad de la comunidad de consagrados. En definitiva,
es «fuente de la espiritualidad de cada uno y del Instituto».82
Para que produzca con plenitud los esperados frutos de comunión y de
renovación no pueden faltar las condiciones esenciales, sobre todo el
perdón y el compromiso del amor mutuo. Según la enseñanza del Señor,
antes de presentar la ofrenda sobre el altar es necesaria la plena
reconciliación fraterna (cf. Mt 5, 23). No se puede celebrar el
sacramento de la unidad permaneciendo indiferentes los unos con los
otros. Se debe, por tanto, tener presente que estas condiciones
esenciales son también fruto y signo de una Eucaristía bien celebrada.
Porque es sobre todo en la comunión con Jesús eucaristía donde
nosotros alcanzamos la capacidad de amar y de perdonar. Además, cada
celebración debe convertirse en la ocasión para renovar el compromiso
de dar la vida los unos por los otros en la acogida y en el servicio.
Entonces, para la celebración eucarística valdrá verdaderamente, en
modo eminente, la promesa de Cristo: «Donde dos o tres están reunidos
en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt18, 20), y, en torno
a ella, la comunidad se renovará cada día.
En estas condiciones, la comunidad de los consagrados que vive el
misterio pascual, renovado cada día en la Eucaristía, se convierte en
testimonio de comunión y signo profético de fraternidad para la
sociedad dividida y herida. De la Eucaristía nace, efectivamente, la
espiritualidad de comunión, tan necesaria para establecer el diálogo
de la caridad que el mundo de hoy tanto necesita.83
El rostro de Cristo en la prueba
27. Vivir la espiritualidad en un continuo caminar desde Cristo
significa comenzar siempre a partir del momento más alto de su amor
—cuyo misterio guarda la Eucaristía—, cuando en la cruz Él da la vida
en la máxima oblación. Los que han sido llamados a vivir los consejos
evangélicos mediante la profesión no pueden menos que frecuentar la
contemplación del rostro del Crucificado.84 Es el libro en el que se
aprende qué es el amor de Dios y cómo son amados Dios y la humanidad,
la fuente de todos los carismas, la síntesis de todas las
vocaciones.85 La consagración, sacrificio total y holocausto perfecto,
es el modo sugerido a ellos por el Espíritu Santo para revivir el
misterio de Cristo crucificado, venido al mundo para dar su vida en
rescate por todos (cf. Mt 20, 28; Mc 10, 45) y para responder a su
infinito amor.
La historia de la vida consagrada ha expresado esta configuración a
Cristo en muchas formas ascéticas que «han sido y son aún una ayuda
poderosa para un auténtico camino de santidad. La ascesis ... es
verdaderamente indispensable a la persona consagrada para permanecer
fiel a la propia vocación y seguir a Jesús por el camino de la
Cruz».86 Hoy las personas consagradas, aun conservando la experiencia
de los siglos, están llamadas a encontrar formas que estén en
consonancia con nuestro tiempo. En primer lugar las que acompañan la
fatiga del trabajo apostólico y aseguran la generosidad del servicio.
La cruz que hay que llevar hoy sobre sí cada día (cf. Lc 9, 23) puede
adquirir valores colectivos, como el envejecimiento del Instituto, la
inadecuación estructural, la incertidumbre del futuro.
Ante tantas situaciones de dolor personales, comunitarias, sociales,
desde el corazón de cada persona o de toda la comunidad puede resonar
el grito de Jesús en la cruz: «¿Por qué me has abandonado?» (Mc 15,
34). En aquel grito dirigido al Padre, Jesús da a entender que su
solidaridad con la humanidad se ha hecho tan radical que penetra,
comparte y asume todo lo negativo, hasta la muerte, fruto del pecado.
«Para devolver al hombre el rostro del Padre, Jesús debió no sólo
asumir el rostro del hombre, sino cargarse incluso del `rostro´ del
pecado».87
Caminar desde Cristo significa reconocer que el pecado está todavía
radicalmente presente en el corazón y en la vida de todos, y descubrir
en el rostro doliente de Cristo el don que reconcilió a la humanidad
con Dios.
A lo largo de la historia de la Iglesia las personas consagradas han
sabido contemplar el rostro doliente del Señor también fuera de ellos.
Lo han reconocido en los enfermos, en los encarcelados, en los pobres,
en los pecadores. Su lucha ha sido sobre todo contra el pecado y sus
funestas consecuencias; el anuncio de Jesús: «Convertíos y creed al
Evangelio» (Mc 1, 15) ha movido sus pasos por los caminos de los
hombres y ha dado esperanza de novedad de vida donde reinaba
desaliento y muerte. Su servicio ha llevado a tantos hombres y mujeres
a experimentar el abrazo misericordioso de Dios Padre en el sacramento
de la Penitencia. También hoy es necesario proponer nuevamente con
fuerza este ministerio de la reconciliación (cf. 2Co 5, 18) confiado
por Jesucristo a su Iglesia. Es el mysterium pietatis88 del que los
consagrados y consagradas están llamados a hacer frecuente experiencia
en el Sacramento de la Penitencia.
Hoy se muestran nuevos rostros, en los cuales reconocer, amar y servir
el rostro de Cristo allí donde se ha hecho presente: son las nuevas
pobrezas materiales, morales y espirituales que la sociedad
contemporánea produce. El grito de Jesús en la cruz revela cómo ha
asumido sobre sí este mal para redimirlo. La vocación de las personas
consagradas sigue siendo la de Jesús y, como Él, asumen sobre sí el
dolor y el pecado del mundo consumiéndolos en el amor.
La espiritualidad de comunión
28. Si «la vida espiritual debe ocupar el primer lugar en el programa
de las Familias de vida consagrada»89 deberá ser ante todo una
espiritualidad de comunión, como corresponde al momento presente:
«Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión: éste es el
gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si
queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las
profundas esperanzas del mundo.90
En este camino de toda la Iglesia se espera la decisiva contribución
de la vida consagrada, por su específica vocación a la vida de
comunión en el amor. «Se pide a las personas consagradas —se lee en
Vita consecrata— que sean verdaderamente expertas en comunión, y que
vivan la respectiva espiritualidad como testigos y artífices de aquel
proyecto de comunión que constituye la cima de la historia del hombre
según Dios».91
Se recuerda también, que una tarea en el hoy de las comunidades de
vida consagrada es la «de fomentar la espiritualidad de la comunión,
ante todo en su interior y, además, en la comunidad eclesial misma y
más allá aún de sus confines, entablando o restableciendo
constantemente el diálogo de la caridad, sobre todo allí donde el
mundo de hoy está tan desgarrado por el odio étnico o las locuras
homicidas».92 Una tarea que exige personas espirituales forjadas
interiormente por el Dios de la comunión benigna y misericordiosa, y
comunidades maduras donde la espiritualidad de comunión es ley de
vida.
29. ¿Qué es la espiritualidad de la comunión? Con palabras incisivas,
capaces de renovar relaciones y programas, Juan Pablo II enseña:
«Espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada del
corazón hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y
cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que
están a nuestro lado». Y además: «Espiritualidad de la comunión
significa capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda
del Cuerpo místico y, por tanto, como “uno que me pertenece”...». De
este principio derivan con lógica apremiante algunas consecuencias en
el modo de sentir y de obrar: compartir las alegrías y los
sufrimientos de los hermanos; intuir sus deseos y atender a sus
necesidades; ofrecerles una verdadera y profunda amistad.
Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo
que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo
de Dios; es saber «dar espacio» al hermano llevando mutuamente los
unos las cargas de los otros. Sin este camino espiritual, de poco
servirían los instrumentos externos de la comunión.93
La espiritualidad de la comunión se presenta como clima espiritual de
la Iglesia al comienzo del tercer milenio, tarea activa y ejemplar de
la vida consagrada a todos los niveles. Es el camino maestro de un
futuro de vida y de testimonio. La santidad y la misión pasan por la
comunidad, porque Cristo se hace presente en ella y a través de ella.
El hermano y la hermana se convierten en sacramento de Cristo y del
encuentro con Dios, posibilidad concreta y, más todavía, necesidad
insustituible para poder vivir el mandamiento del amor mutuo y por
tanto la comunión trinitaria.
En estos años las comunidades y los diversos tipos de fraternidades de
los consagrados se entienden más como lugar de comunión, donde las
relaciones aparecen menos formales y donde se facilitan la acogida y
la mutua comprensión. Se descubre también el valor divino y humano del
estar juntos gratuitamente, como discípulos y discípulas en torno a
Cristo Maestro, en amistad, compartiendo también los momentos de
distensión y de esparcimiento.
Se nota, además, una comunión más intensa entre las diversas
comunidades en el interior de los Institutos. Las comunidades
multiculturales e internacionales, llamadas a «dar testimonio del
sentido de la comunión entre los pueblos, las razas, las culturas»,94
en muchas partes son ya una realidad positiva, donde se experimentan
conocimiento mutuo, respeto, estima, enriquecimiento. Se revelan como
lugares de entrenamiento a la integración y a la inculturación, y, al
mismo tiempo, un testimonio de la universalidad del mensaje cristiano.
La Exhortación Vita consecrata, al presentar esta forma de vida como
signo de comunión en la Iglesia, ha puesto en evidencia toda la
riqueza y las exigencias pedidas por la vida fraterna. Antes nuestro
Dicasterio había publicado el documento Congregavit nos in unum
Christi amor, sobre la vida fraterna en comunidad. Cada comunidad
deberá volver periódicamente a estos documentos para confrontar el
propio camino de fe y de progreso en la fraternidad.
Comunión entre carismas antiguos y nuevos
30. La comunión que los consagrados y consagradas están llamados a
vivir va más allá de la familia religiosa o del propio Instituto.
Abriéndose a la comunión con los otros Institutos y las otras formas
de consagración, pueden dilatar la comunión, descubrir las raíces
comunes evangélicas y juntos acoger con mayor claridad la belleza de
la propia identidad en la variedad carismática, como sarmientos de la
única vid. Deberían competir en la estima mutua (cf. Rm 12, 10) para
alcanzar el carisma mejor, la caridad (cf. 1Co 12, 31).
Se debe favorecer el encuentro y la solidaridad entre los Institutos
de vida consagrada, conscientes de que la comunión «está estrechamente
unida a la capacidad de la comunidad cristiana para acoger todos los
dones del Espíritu. La unidad de la Iglesia no es uniformidad, sino
integración orgánica de las legítimas diversidades. Es la realidad de
muchos miembros unidos en un solo cuerpo, el único Cuerpo de Cristo (cf.
1Co 12.12)».95
Puede ser el comienzo de una búsqueda solidaria de caminos comunes
para el servicio de la Iglesia. Factores externos como la obligación
de adaptarse a las nuevas exigencias de los Estados, y causas internas
de los Institutos, como la disminución de los miembros, orientan ya a
coordinar los esfuerzos en el campo de la formación, de la gestión de
los bienes, de la educación, de la evangelización. También en tal
situación podemos acoger la invitación del Espíritu a una comunión
siempre más intensa. A esta labor se anima a las Conferencias de
Superiores y Superioras Mayores y a las Conferencias de los Institutos
seculares, a todos los niveles.
No se puede afrontar el futuro en dispersión. Es la necesidad de ser
Iglesia, de vivir juntos la aventura del Espíritu y del seguimiento de
Cristo, de comunicar las experiencias del Evangelio, aprendiendo a
amar la comunidad y la familia religiosa del otro como la propia. Los
gozos y los dolores, las preocupaciones y los acontecimientos pueden
ser compartidos y son de todos.
También en relación con las nuevas formas de vida evangélica se pide
diálogo y comunión. Estas nuevas asociaciones de vida evangélica,
recuerda Vita consecrata, «no son alternativas a las precedentes
instituciones, las cuales continúan ocupando el lugar insigne que la
tradición les ha reservado. (...) Los antiguos Institutos, muchos de
los cuales han pasado en el transcurso de los siglos por el crisol de
pruebas durísimas que han afrontado con fortaleza, pueden enriquecerse
entablando un diálogo e intercambiando sus dones con las fundaciones
que ven la luz en nuestro tiempo».96
Finalmente, del encuentro y de la comunión con los carismas de los
movimientos eclesiales puede nacer un recíproco enriquecimiento. Los
movimientos pueden ofrecer a menudo un ejemplo de frescura evangélica
y carismática, así como un impulso generoso y creativo a la
evangelización. Por su parte los movimientos, así como las formas
nuevas de vida evangélica, pueden aprender mucho del testimonio
gozoso, fiel y carismático de la vida consagrada, que guarda un
riquísimo patrimonio espiritual, múltiples tesoros de sabiduría y de
experiencia y una gran variedad de formas de apostolado y de
compromiso misionero.
Nuestro Dicasterio ha ofrecido ya criterios y orientaciones siempre
válidas para la inserción de religiosos y religiosas en los
movimientos eclesiales.97 Lo que aquí quisiéramos más bien subrayar es
la relación de conocimiento y de colaboración, de estímulo y del
compartir que podría establecerse no sólo entre cada una de las
personas sino entre los Institutos, movimientos eclesiales y nuevas
formas de vida consagrada, en vista de un crecimiento en la vida del
Espíritu y del cumplimiento de la única misión de la Iglesia. Se trata
de carismas nacidos del impulso del mismo Espíritu, ordenados a la
plenitud de la vida evangélica en el mundo, llamados a realizar juntos
el mismo proyecto de Dios para la salvación de la humanidad. La
espiritualidad de comunión se realiza precisamente también en este
amplio diálogo de la fraternidad evangélica entre todos los miembros
del Pueblo de Dios.98
En comunión con los laicos
31. La comunión experimentada entre los consagrados lleva a la
apertura más grande todavía con los otros miembros de la Iglesia. El
mandamiento de amarse los unos a los otros, ejercitado en el interior
de la comunidad, pide ser trasladado del plano personal al de las
diferentes realidades eclesiales. Sólo en una eclesiología integral,
donde las diversas vocaciones son acogidas en el interior del único
Pueblo de convocados, la vocación a la vida consagrada puede encontrar
su específica identidad de signo y de testimonio. Hoy se descubre cada
vez más el hecho de que los carismas de los fundadores y de las
fundadoras, habiendo surgido para el bien de todos, deben ser de nuevo
puestos en el centro de la misma Iglesia, abiertos a la comunión y a
la participación de todos los miembros del Pueblo de Dios.
En esta línea podemos constatar que ya se está estableciendo un nuevo
tipo de comunión y de colaboración en el interior de las diversas
vocaciones y estados de vida, sobre todo entre consagrados y laicos.99
Los Institutos monásticos y contemplativos pueden ofrecer a los laicos
una relación preferentemente espiritual y los necesarios espacios de
silencio y oración. Los Institutos comprometidos en la dimensión
apostólica pueden implicarlos en formas de cooperación pastoral. Los
miembros de los Institutos seculares, laicos o clérigos, entran en
contacto con los otros fieles en las formas ordinarias de la vida
cotidiana.100
La novedad de estos años es sobre todo la petición por parte de
algunos laicos de participar en los ideales carismáticos de los
Institutos. Han nacido iniciativas interesantes y nuevas formas
institucionales de asociación a los Institutos. Estamos asistiendo a
un auténtico florecer de antiguas instituciones, como son las Órdenes
seculares u Órdenes Terceras, y al nacimiento de nuevas asociaciones
laicales y movimientos en torno a las Familias religiosas y a los
Institutos seculares. Si, a veces también en el pasado reciente, la
colaboración venía en términos de suplencia por la carencia de
personas consagradas necesarias para el desarrollo de las actividades,
ahora nace por la exigencia de compartir las responsabilidades no sólo
en la gestión de las obras del Instituto, sino sobre todo en la
aspiración de vivir aspectos y momentos específicos de la
espiritualidad y de la misión del Instituto. Se pide, por tanto, una
adecuada formación de los consagrados así como de los laicos para una
recíproca y enriquecedora colaboración.
Si en otros tiempos han sido sobre todo los religiosos y las
religiosas los que han creado, alimentado espiritualmente y dirigido
uniones de laicos, hoy, gracias a una siempre mayor formación del
laicado, puede ser una ayuda recíproca que favorezca la comprensión de
la especificidad y de la belleza de cada uno de los estados de vida.
La comunión y la reciprocidad en la Iglesia no son nunca en sentido
único. En este nuevo clima de comunión eclesial los sacerdotes, los
religiosos y los laicos, lejos de ignorarse mutuamente o de
organizarse sólo en vista de actividades comunes, pueden encontrar la
relación justa de comunión y una renovada experiencia de fraternidad
evangélica y de mutua emulación carismática, en una complementariedad
siempre respetuosa de la diversidad.
Una semejante dinámica eclesial redundará en beneficio de la misma
renovación y de la identidad de la vida consagrada. Cuando se
profundiza la comprensión del carisma, siempre se descubren nuevas
posibilidades de actuación.
En comunión con los Pastores
32. En esta relación de comunión eclesial con todas las vocaciones y
estados de vida, un aspecto del todo particular es el de la unidad con
los Pastores. En vano se pretendería cultivar una espiritualidad de
comunión sin una relación efectiva y afectiva con los Pastores, en
primer lugar con el Papa, centro de la unidad de la Iglesia, y con su
Magisterio.
Es la concreta aplicación del sentir con la Iglesia, propio de todos
los fieles,101 que brilla especialmente en los fundadores y en las
fundadoras de la vida consagrada, y que se convierte en un compromiso
carismático para todos los Institutos. No se puede contemplar el
rostro de Cristo sin verlo resplandecer en el de su Iglesia. Amar a
Cristo es amar a la Iglesia en sus personas y en sus instituciones.
Hoy más que nunca, frente a repetidos empujes centrífugos que ponen en
duda principios fundamentales de la fe y de la moral católica, las
personas consagradas y sus instituciones están llamadas a dar pruebas
de unidad sin fisuras en torno al Magisterio de la Iglesia, haciéndose
portavoces convencidos y alegres delante de todos.
Es preciso subrayar cuanto el Papa ya afirmaba en la Exhortación Vita
consecrata: «Un aspecto distintivo de esta comunión eclesial es la
adhesión de mente y de corazón al magisterio (del Papa y) de los
Obispos, que ha de ser vivida con lealtad y testimoniada con nitidez
ante el Pueblo de Dios por parte de todas las personas consagradas,
especialmente por aquellas comprometidas en la investigación
teológica, en la enseñanza, en publicaciones, en la catequesis y en el
uso de los medios de comunicación social».102 Al mismo tiempo no hay
que olvidar que muchos teólogos son religiosos y que muchas escuelas
de investigación están dirigidas por Institutos de vida consagrada.
Son ellos los que llevan elogiosamente esta responsabilidad en el
mundo de la cultura. La Iglesia mira con atención confiada su
compromiso intelectual ante las delicadas problemáticas de frontera
que hoy debe afrontar el Magisterio.103
Los documentos eclesiales de los últimos decenios han vuelto
constantemente a tomar el escrito conciliar que invitaba a los
Pastores a valorar los carismas específicos en la pastoral de
conjunto. Al mismo tiempo animan a las personas consagradas a dar a
conocer y a ofrecer con nitidez y confianza las propias propuestas de
presencia y de trabajo en conformidad con la vocación específica.
Esto vale, de cualquier manera, también en la relación con el clero
diocesano. La mayor parte de los religiosos y de las religiosas
colaboran diariamente con los sacerdotes en la pastoral. Es por tanto
indispensable encauzar todas las iniciativas posibles para un cada vez
mayor conocimiento y aprecio recíprocos.
Sólo en armonía con la espiritualidad de comunión y con la pedagogía
trazada en la Novo millennio ineunte, podrá ser reconocido el don que
el Espíritu Santo hace a la Iglesia mediante los carismas de la vida
consagrada. Vale también, de forma concreta para la vida consagrada,
la coesencialidad, en la vida de la Iglesia, entre el elemento
carismático y el jerárquico que Juan Pablo II ha mencionado muchas
veces refiriéndose a los nuevos movimientos eclesiales.104 El amor y
el servicio en la Iglesia requieren ser vividos en la reciprocidad de
una caridad mutua.
TESTIGOS DEL AMOR
Reconocer y
servir a Cristo
33. Una existencia transfigurada por los consejos evangélicos se
convierte en testimonio profético silencioso y, a la vez, en elocuente
protesta contra un mundo inhumano. Compromete en la promoción de la
persona y despierta una nueva imaginación de la caridad. Lo hemos
visto en los santos fundadores. Se manifiesta no sólo en la eficacia
del servicio, sino sobre todo en la capacidad de hacerse solidarios
con el que sufre, de manera que el gesto de ayuda sea sentido como un
compartir fraterno. Esta forma de evangelización, cumplida a través
del amor y la dedicación a las obras, asegura un testimonio inequívoco
a la caridad de las palabras.105
Además, la vida de comunión representa el primer anuncio de la vida
consagrada, porque es signo eficaz y fuerza atractiva que lleva a
creer en Cristo. La comunión, entonces, se hace ella misma misión, más
aún «la comunión genera comunión y se configura esencialmente como
comunión misionera».106 Las comunidades se encuentran deseosas de
seguir a Cristo por los caminos de la historia del hombre,107 con un
compromiso apostólico y un testimonio de vida coherente con el propio
carisma.108«Quien ha encontrado verdaderamente a Cristo no puede
tenerlo sólo para sí, debe anunciarlo. Es necesario un nuevo impulso
apostólico que sea vivido como compromiso cotidiano de las comunidades
y de los grupos cristianos».109
34. Cuando se parte de Cristo la espiritualidad de comunión se
convierte en una sólida y robusta espiritualidad de la acción de los
discípulos y apóstoles de su Reino. Para la vida consagrada esto
significa comprometerse en el servicio a los hermanos en los que se
reconoce el rostro de Cristo. En el ejercicio de esta misión
apostólica ser y hacer son inseparables, porque el misterio de Cristo
constituye el fundamento absoluto de toda acción pastoral.110 La
aportación de los consagrados y de las consagradas a la evangelización
«está (por eso), ante todo, en el testimonio de una vida totalmente
entregada a Dios y a los hermanos, a imitación del Salvador que, por
amor del hombre, se hizo siervo».111 Al participar en la misión de la
Iglesia, las personas consagradas no se limitan a dar una parte de
tiempo sino la vida entera.
En la Novo Millennio ineunte parece que el Papa quiere empujar todavía
más allá en el amor concreto hacia los pobres: «El siglo y el milenio
que comienzan tendrán que ver todavía, y es de desear que lo vean de
modo palpable, a qué grado de entrega puede llegar la caridad hacia
los más pobres. Si verdaderamente hemos partido de la contemplación de
Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de
aquellos con los que Él mismo ha querido identificarse: «He tenido
hambre y me habéis dado de comer, he tenido sed y me habéis dado de
beber; fui forastero y me habéis hospedado; desnudo y me habéis
vestido, enfermo y me habéis visitado, encarcelado y habéis venido a
verme» (Mt 25, 35-36). Esta página no es una simple invitación a la
caridad: es una página de cristología, que ilumina el misterio de
Cristo. Sobre esta página, la Iglesia comprueba su fidelidad como
Esposa de Cristo, no menos que sobre el ámbito de la ortodoxia».112 El
Papa ofrece también una dirección concreta de espiritualidad cuando
invita a reconocer en la persona de los pobres una presencia especial
de Cristo que impone a la Iglesia una opción preferencial por ellos. A
través de tal opción es donde también los consagrados113 deben ser
testigos del «estilo del amor de Dios, su providencia, su
misericordia».114
35. El campo en el que el Santo Padre invita a trabajar es vasto
cuanto lo es el mundo. Asomándose a este panorama, la vida consagrada
«debe aprender a hacer su acto de fe en Cristo interpretando el
llamamiento que Él dirige desde este mundo de la pobreza».115
Armonizar el anhelo universal de una vocación misionera con la
inserción concreta dentro de un contexto y de una Iglesia particular
será la exigencia primordial de toda actividad apostólica.
A las antiguas formas de pobreza se les han añadido otras nuevas: la
desesperación del sin sentido, la insidia de la droga, el abandono en
la edad avanzada o en la enfermedad, la marginación o la
discriminación social.116 La misión, en sus formas antiguas o nuevas,
es antes que nada un servicio a la dignidad de la persona en una
sociedad deshumanizada, porque la primera y más grave pobreza de
nuestro tiempo es conculcar con indiferencia los derechos de la
persona humana. Con el dinamismo de la caridad, del perdón y de la
reconciliación, los consagrados se esmeran por construir en la
justicia un mundo que ofrezca nuevas y mejores posibilidades a la vida
y al desarrollo de las personas. Para que esta intervención sea
eficaz, es preciso tener un espíritu de pobre, purificado de intereses
egoístas, dispuesto a ejercer un servicio de paz y no de violencia,
una actitud solidaria y llena de compasión hacia los sufrimientos de
los demás. Un estilo de proclamar las palabras y de realizar las obras
de Dios inaugurado por Jesús (cf. Lc 4, 15-21) y vivido por la Iglesia
primitiva, que no puede olvidarse con la terminación del Jubileo o el
paso de un milenio, sino que impulsa con mayor urgencia a realizar en
la caridad un porvenir diverso. Es preciso estar preparados para pagar
el precio de la persecución, porque en nuestro tiempo la causa más
frecuente de martirio es la lucha por la justicia en fidelidad al
Evangelio. Juan Pablo II afirma que este testimonio, «también
recientemente, ha llevado al martirio a algunos hermanos y hermanas
vuestros en diversas partes del mundo».117
En la imaginación de la caridad
36. A lo largo de los siglos, la caridad ha sido siempre para los
consagrados el ámbito donde se ha vivido concretamente el Evangelio.
En ella han valorado la fuerza profética de sus carismas y la riqueza
de su espiritualidad en la Iglesia y en el mundo.118 Se reconocían, en
efecto, llamados a ser «epifanía del amor de Dios».119 Es necesario
que este dinamismo continúe ejerciéndose con fidelidad creativa,
porque constituye una fuente insustituible en el trabajo pastoral de
la Iglesia. En el momento en que se invoca una nueva imaginación de la
caridad y una auténtica prueba y confirmación de la caridad de la
palabra con la de las obras,120 la vida consagrada mira con admiración
la creatividad apostólica que ha hecho florecer los mil rostros de la
caridad y de la santidad en formas específicas; aún no deja de sentir
la urgencia de continuar, con la creatividad del Espíritu,
sorprendiendo al mundo con nuevas formas de activo amor evangélico
ante las necesidades de nuestro tiempo.
La vida consagrada quiere reflexionar sobre los propios carismas y
sobre las propias tradiciones, para ponerlos también al servicio de
las nuevas fronteras de la evangelización. Se trata de estar cerca de
los pobres, de los ancianos, de los tóxicodependientes, de los
enfermos de SIDA, de los desterrados, de las personas que padecen toda
clase de sufrimientos por su realidad particular. Con una atención
centrada en el cambio de modelos, porque no se cree suficiente la
asistencia, se busca erradicar las causas en las que tiene su origen
esa necesidad. La pobreza de los pueblos está causada por la ambición
y por la indiferencia de muchos y por las estructuras de pecado que
deben ser eliminadas, también con un compromiso serio en el campo de
la educación.
Muchas antiguas y recientes fundaciones llevan a los consagrados allí
donde habitualmente otros no pueden ir. En estos años, consagrados y
consagradas han sido capaces de dejar las seguridades de lo ya
conocido para lanzarse hacia ambientes y ocupaciones para ellos
desconocidos. Gracias a su total consagración, en efecto, son libres
para intervenir en cualquier lugar donde se den situaciones críticas,
como muestran las recientes fundaciones en nuevos Países que presentan
desafíos particulares, comprometiendo más provincias religiosas al
mismo tiempo y creando comunidades internacionales. Con mirada
penetrante y un gran corazón121 han recogido la llamada de tantos
sufrimientos en una concreta diaconía de la caridad. Constituyen por
todas partes un lazo de unión entre la Iglesia y grupos marginados que
no se contemplan en la pastoral ordinaria.
Incluso algunos carismas que parecían responder a tiempos ya pasados,
adquieren un renovado vigor en este mundo que conoce la trata de
mujeres o el tráfico de niños esclavos, mientras la infancia, a menudo
víctima de abusos, corre el peligro del abandono en las calles y del
reclutamiento en los ejércitos.
Hoy se encuentra una mayor libertad en el ejercicio del apostolado,
una irradiación más consciente, una solidaridad que se expresa con el
saber estar de parte de la gente, asumiendo los problemas para
responder con una fuerte atención a los signos de los tiempos y a sus
exigencias. Esta multiplicación de iniciativas demuestra la
importancia que la planificación tiene en la misión, cuando se quiere
actuar no de manera improvisada, sino orgánica y eficiente.
Anunciar el Evangelio
37. La primera tarea que se debe tomar con entusiasmo es el anuncio de
Cristo a las gentes. Éste depende sobre todo de los consagrados y de
las consagradas que se comprometen a hacer llegar el mensaje del
Evangelio a la multitud creciente de los que lo ignoran. Tal misión
está todavía en los comienzos y debemos comprometernos con todas las
fuerzas para llevarla a cabo.122 La acción confiada y audaz de los
misioneros y de las misioneras deberá responder siempre mejor a la
exigencia de la inculturación, así como a que no se nieguen los
valores específicos de cada pueblo, sino que sean purificados y
llevados a su plenitud.123
Permaneciendo en total fidelidad al anuncio evangélico, el
cristianismo del tercer milenio llevará consigo también el rostro de
tantas culturas y de tantos pueblos en que ha sido acogido y
arraigado.124
Servir a la vida
38. Siguiendo una gloriosa tradición, un gran número de personas
consagradas, sobre todo mujeres, ejercen su apostolado en el sector
sanitario, continuando el ministerio de misericordia de Cristo. A
ejemplo de Él, Divino Samaritano, se hacen cercanas a los que sufren
para aliviar su dolor. Su competencia profesional, vigilante en la
atención a humanizar la medicina, abre un espacio al Evangelio que
ilumina de confianza y bondad aun las experiencias más difíciles del
vivir y del morir humano. Por eso los pacientes más pobres y
abandonados tendrán un lugar privilegiado en la prestación afable de
sus cuidados.125
Para la eficacia del testimonio cristiano es importante, especialmente
en algunos campos delicados y controvertidos, saber explicar los
motivos de la posición de la Iglesia, subrayando sobre todo que no se
trata de imponer a los no creyentes una perspectiva de fe, sino de
interpretar y defender los valores radicados en la naturaleza misma
del ser humano.126 La caridad se convertirá entonces, especialmente en
los consagrados que trabajan en estos ambientes, en un servicio a la
inteligencia, para que por todas partes se respeten los principios
fundamentales de los que depende una civilización digna del hombre.
Difundir la verdad
39. También el mundo de la educación exige una presencia cualificada
de los consagrados. En el misterio de la Encarnación están las bases
para una antropología que es capaz de ir más allá de sus propios
límites e incoherencias hacia Jesús, «el hombre nuevo» (Ef 4, 24; cf.
Col 3, 10). Porque el Hijo de Dios se hizo verdaderamente hombre, el
hombre puede, en Él y por medio de Él, llegar a ser realmente hijo de
Dios.127
Por la peculiar experiencia de los dones del Espíritu, por la escucha
asidua de la Palabra y el ejercicio del discernimiento, por el rico
patrimonio de tradiciones educativas acumuladas a través del tiempo
por el propio Instituto, consagrados y consagradas están en
condiciones de llevar a cabo una acción educativa particularmente
eficaz. Este carisma puede dar vida a ambientes educativos impregnados
del espíritu evangélico de libertad, justicia y caridad, en los que se
ayude a los jóvenes a crecer en humanidad bajo la guía del Espíritu,
proponiendo al mismo tiempo la santidad como meta educativa para
todos, profesores y alumnos.128
Hace falta promover en el interior de la vida consagrada un renovado
amor por el empeño cultural que consienta elevar el nivel de la
preparación personal y favorezca el diálogo entre mentalidad
contemporánea y fe, para promover, también a través de las propias
instituciones académicas, una evangelización de la cultura entendida
como servicio a la verdad.129 En esta perspectiva, resulta más que
oportuna la presencia en los medios de comunicación social.130 Todos
los esfuerzos en este nuevo e importante campo apostólico han de ser
alentados, para que las iniciativas en este sector se coordinen mejor
y alcancen niveles superiores de calidad y eficacia.
La apertura a los grandes diálogos
40. Recomenzar desde Cristo quiere decir, finalmente, seguirlo hasta
donde se ha hecho presente con su obra de salvación y vivir la
amplitud de horizontes abierta por él. La vida consagrada no puede
contentarse con vivir en la Iglesia y para la Iglesia. Se extiende con
Cristo a las otras Iglesias cristianas, a las otras religiones, a todo
hombre y mujer que no profesa convicción religiosa alguna.
La vida consagrada, por tanto, está llamada a ofrecer su colaboración
específica en todos los grandes diálogos a los que el Concilio
Vaticano II ha abierto la Iglesia entera. «Comprometidos en el diálogo
con todos» es el significativo título del último capítulo de Vita
consecrata, como lógica conclusión de toda la Exhortación apostólica.
41. El documento recuerda sobre todo cómo el Sínodo sobre la Vida
Consagrada puso de relieve la profunda vinculación de la vida
consagrada con la causa del ecumenismo. En efecto, si el alma del
ecumenismo es la oración y la conversión, no cabe duda de que los
Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica
tienen un deber particular de cultivar este compromiso. Es urgente que
en la vida de las personas consagradas se dé un mayor espacio a la
oración ecuménica y al testimonio, para que con la fuerza del Espíritu
Santo sea posible derribar los muros de las divisiones y de los
prejuicios.131 Ningún Instituto de vida consagrada ha de sentirse
dispensado de trabajar en favor de esta causa.
Hablando después de las formas del diálogo ecuménico, Vita consecrata
indica como particularmente aptas a los miembros de las comunidades
religiosas el compartir la lectio divina, la participación en la
oración común, en la que el Señor garantiza su presencia (cf. Mt 18,
20). La amistad, la caridad y la colaboración en iniciativas comunes
de servicio y de testimonio harán experimentar la dulzura de convivir
los hermanos unidos (cf. Sal 133 [132]). No menos importantes son el
conocimiento de la historia, de la doctrina, de la liturgia, de la
actividad caritativa y apostólica de los otros cristianos.132
42. Para el diálogo interreligioso Vita consecrata pone dos requisitos
fundamentales: el testimonio evangélico y la libertad de espíritu.
Sugiere después algunos instrumentos particulares como el conocimiento
mutuo, el respeto recíproco, la amistad cordial y la sinceridad
recíproca con los ambientes monásticos de otras religiones.133
Un posterior ámbito de colaboración consiste en la común solicitud por
la vida humana, que se manifiesta tanto en la compasión por el
sufrimiento físico y espiritual como en el empeño por la justicia, la
paz y la salvaguardia de la creación.134 Juan Pablo II recuerda, como
campo particular de encuentro con personas de otras tradiciones
religiosas, la búsqueda y la promoción de la dignidad de la mujer, a
las que se pide contribuyan de modo particular las mujeres
consagradas.135
43. Finalmente, se tiene presente el diálogo con cuantos no profesan
particulares confesiones religiosas. Las personas consagradas, por la
naturaleza misma de su elección, se ponen como interlocutores
privilegiados de la búsqueda de Dios que desde siempre sacude el
corazón del hombre y lo conduce a múltiples formas de espiritualidad.
Su sensibilidad a los valores (cf. Flp 4, 8) y la disponibilidad al
encuentro testimonian las características de una auténtica búsqueda de
Dios. «Por eso —concluye el documento— las personas consagradas tienen
el deber de ofrecer con generosidad acogida y acompañamiento
espiritual a todos aquellos que se dirigen a ellas, movidos por la sed
de Dios y deseosos de vivir las exigencias de su fe».136
44. Este diálogo se abre necesariamente al anuncio de Cristo. En la
comunión está efectivamente la reciprocidad del don. Cuando la escucha
del otro es auténtica, ofrece la ocasión propicia para proponer la
propia experiencia espiritual y los contenidos evangélicos que
alimentan la vida consagrada. Se testimonia así la esperanza que hay
en nosotros (cf. 1P 3, 15). No debemos temer que hablar de la propia
fe pueda constituir una ofensa al que tiene otras creencias; es, más
bien, ocasión de anuncio gozoso del don para todos y que es propuesto
a todos, aun con el mayor respeto a la libertad de cada uno: el don de
la revelación del Dios-Amor que «tanto amó al mundo, que le dio su
Hijo Unigénito» (Jn 3, 16).
Por otra parte, el deber misionero no nos impide acudir al diálogo
íntimamente dispuestos a recibir, porque, entre los recursos y los
límites de toda cultura, los consagrados pueden tomar las semillas del
Verbo, en las que encontramos valores preciosos para la propia vida y
misión. «No es raro que el Espíritu de Dios, «que sopla donde quiere»
(Jn 3, 8), suscite en la experiencia humana universal signos de su
presencia, que ayudan a los mismos discípulos de Cristo a comprender
más profundamente el mensaje del que son portadores».137
Los retos actuales
45. No es posible quedarse al margen ante los grandes e inquietantes
problemas que atenazan a la entera humanidad, ante las perspectivas de
un desequilibrio ecológico, que hace inhabitables y enemigas del
hombre vastas áreas del planeta. Los países ricos consumen recursos a
un ritmo insostenible para el equilibrio del sistema, haciendo que los
países pobres sean cada vez más pobres. Ni se pueden olvidar los
problemas de la paz, amenazada a menudo con la pesadilla de guerras
catastróficas.138
La codicia de los bienes, el ansia de placer, la idolatría del poder,
o sea la triple concupiscencia que marca la historia y que está en el
origen de los males actuales sólo puede ser vencida si se descubren
los valores evangélicos de la pobreza, la castidad y el servicio.139
Los consagrados deben saber proclamar, con la vida y con la palabra,
la belleza de la pobreza del espíritu y de la castidad del corazón que
liberan el servicio hacia los hermanos y de la obediencia que hace
duraderos los frutos de la caridad.
¿Cómo se puede, en fin, permanecer pasivos frente al vilipendio de los
derechos humanos fundamentales?140 Se debe prestar especial atención a
algunos aspectos de la radicalidad evangélica que a menudo son menos
comprendidos, pero que no pueden por ello desaparecer de la agenda
eclesial de la caridad. El primero de todos, el respeto a la vida de
cada ser humano desde la concepción hasta su ocaso natural.
En esta apertura al mundo y en dirigirlo a Cristo de tal manera que
las realidades todas encuentren en Él el propio y auténtico
significado, las laicas y los laicos consagrados de los Institutos
seculares ocupan un lugar privilegiado: en efecto, en las comunes
condiciones de vida participan en el dinamismo social y político y,
por su seguimiento de Cristo, les dan nuevo valor, obrando así
eficazmente por el Reino de Dios. Precisamente en virtud de su
consagración, vivida sin signos externos, como laicos entre laicos,
pueden ser sal y luz también en aquellas situaciones en las que una
visibilidad de su consagración constituiría un impedimento o incluso
un rechazo.
Mirar hacia adelante y hacia lo alto
46. También entre los consagrados se encuentran los centinelas de la
mañana: los jóvenes y las jóvenes.141 Verdaderamente tenemos necesidad
de jóvenes valientes que, dejándose configurar por el Padre con la
fuerza del Espíritu y llegando a ser «personas cristiformes»,142
ofrezcan a todos un testimonio limpio y alegre de su «específica
acogida del misterio de Cristo»143 y de la espiritualidad peculiar del
propio Instituto.144 Reconózcaseles, pues, precisamente como
auténticos protagonistas de su formación.145 Puesto que ellos deberán
llevar adelante, por motivos generacionales, la renovación del propio
Instituto, conviene que —oportunamente preparados— vayan asumiendo
gradualmente tareas de orientación y de gobierno. Fuertes, sobre todo,
en su empuje ideal, lleguen a ser testimonios válidos de la aspiración
a la santidad como alto grado del ser cristiano.146 En buena parte el
futuro de la vida consagrada y de su misión se apoya en la inmediatez
de su fe, en las actitudes que gozosamente han revelado y en cuanto el
Espíritu quiera decirles.
Y dirijamos la mirada a María, Madre y Maestra de cada uno de
nosotros. Ella, la primera Consagrada, vivió la plenitud de la
caridad.
Ferviente en el espíritu, sirvió al Señor; alegre en la esperanza,
fuerte en la tribulación, perseverante en la oración; solícita por las
necesidades de los hermanos (cf. Rm 12, 11-13). En Ella se reflejan y
se renuevan todos los aspectos del Evangelio, todos los carismas de la
vida consagrada. Ella nos sostenga en el empeño cotidiano, de manera
que podamos dar un espléndido testimonio de amor, según la invitación
de san Pablo: «¡Tened una conducta digna de la vocación a la que
habéis sido llamados!» (Ef 4, 1).
Para confirmar estas orientaciones, deseamos tomar, una vez más, las
palabras de Juan Pablo II, porque en ellas encontramos el estímulo y
la confianza que tanta falta nos hace para afrontar un compromiso que
parece superar nuestras fuerzas: «Un nuevo siglo y un nuevo milenio se
abren a la luz de Cristo. Pero no todos ven esta luz. Nosotros tenemos
el maravilloso y exigente cometido de ser su reflejo ... Ésta es una
tarea que nos hace temblar si nos fijamos en la debilidad que tan a
menudo nos vuelve opacos y llenos de sombras. Pero es una tarea
posible si, expuestos a la luz de Cristo, sabemos abrirnos a su gracia
que nos hace hombres nuevos».147Ésta es la esperanza proclamada en la
Iglesia por los consagrados y las consagradas, mientras con los
hermanos y hermanas, a través de los siglos, van al encuentro de
Cristo Resucitado.
El 16 de mayo de 2002, el Santo Padre aprobó el presente Documento de
la Congregación para los Institutos de vida consagrada y las
Sociedades de vida apostólica.
Roma, 19 de mayo de 2002, Solemnidad de Pentecostés.
Eduardo Card. Martínez Somalo
Prefecto
Piergiorgio Silvano Nesti, CP
Secretario
Caminar desde Cristo: notas
Notas
1Cf. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica postsinodal Vita consecrata,
Roma, 25 de marzo de 1996, 14.
2Juan Pablo II, Carta Apostólica Novo millennio ineunte, 6 de enero de
2001, 9.
3Juan Pablo II, Discurso a Caritas italiana (24 de noviembre de 2001):
L´Osservatore Romano, 25 de noviembre de 2001, 4.
4Juan Pablo II, Mensaje a la Plenaria de la Congregación para los
Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica (21
de septiembre de 2001): L´Osservatore Romano, 28 de septiembre de
2001, p.9.
5Ibid.
6Cf. Ad gentes, 11.
7Cf. Lumen gentium, 1.
8Vita consecrata, 19.
9Cf. Novo millennio ineunte, 29.
10Vita consecrata, 4.
11Cf. Novo millennio ineunte, 29.
12Cf. Novo millennio ineunte, 30-31.
13Cf. Novo millennio ineunte, 32-34.35-39.
14Cf. Novo millennio ineunte, 35-37.
15Cf. Novo millennio ineunte, 43-44.
16Cf. Novo millennio ineunte, 49.57.
17Vita consecrata, 111.
18Cf. Vita consecrata, 16.
19Cf. Lumen gentium, 44.
20Vita consecrata, 22.
21Cf. Vita consecrata, 87.
22Cf. Lumen gentium, 13; Juan Pablo II, Exhortación apostólica
postsinodal Christifideles laici, 30 de diciembre de 1988, 20; Vita
consecrata, 31.
23Cf. Novo millennio ineunte, 29.
24Cf. Novo millennio ineunte, 45.
25Cf. Vita consecrata, 32.
26Vita consecrata, 31.
27Cf. Vita consecrata, 28.94.
28Vita consecrata, 85.
29Cf. Novo millennio ineunte, 38.
30Cf. Novo millennio ineunte, 33.
31Cf. Vita consecrata, 103.
32Cf. Vita consecrata, 72.
33Cf. Novo millennio ineunte, 2.
34Vita consecrata, 58.
35Cf. Evangelii nuntiandi, 69; Novo millennio ineunte, 7.
36Cf. Vita consecrata, 99.
37Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades
de Vida Apostólica, Verbi sponsa, Instrucción sobre la vida
contemplativa y la clausura de las monjas, Ciudad del Vaticano, 13 de
mayo de 1999, 7.
38Ibid.; cf. Perfectae caritatis, 7; cf. Vita consecrata, 8, 59.
39S. Agustín, Sermo 331, 2: PL 38, 1460.
40Novo millennio ineunte, 49.
41Cf. Novo millennio ineunte, 25-26.
42Cf. Vita consecrata, 110.
43Cf. Lumen gentium, cap. V.
44Lumen gentium, 42.
45Vita consecrata, 31; cf. Novo millennio ineunte, 46.
46Cf. Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las
Sociedades de Vida Apostólica, La vida fraterna en comunidad, «Congregavit
nos in unum Christi amor», Roma, 2de febrero de 1994, 50.
47Cf. Vita consecrata, 92.
48Cf. Novo millennio ineunte, 45.
49Cf. Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las
Sociedades de Vida Apostólica, Orientaciones sobre la formación en los
Institutos Religiosos, «Potissimun Institutioni», Roma, 2 de febrero
de 1990, 1.
50Vita consecrata, 65.
51Vita consecrata, 66.
52Cf. Christifideles laici, 55.
53Cf. Juan Pablo II, Homilía en la Vigilia de Torvergata (20 de agosto
de 2000): L´Osservatore Romano, 21-22 de agosto de 2000, 3.
54Cf. Vita consecrata, 1.
55Cf. Vita consecrata, 65.
56Vita consecrata, 37.
57Novo millennio ineunte, 40.
58Cf. Novo millennio ineunte, 1.
59Juan Pablo II, Homilía (2 de febrero de 2001): L´Osservatore Romano,
4 de febrero de 2001, p.4.
60Cf. Mutuae relationes, 11; cf. Vita consecrata, 37.
61Vita consecrata, 93.
62Cf. Novo millennio ineunte, 31.
63Cf. Vita consecrata, 20-21.
64Cf. Novo millennio ineunte, 38.
65Vita consecrata, 22.
66Vita consecrata, 16.
67Vita consecrata, 18.
68Vita consecrata, 25.
69Vita consecrata, 40.
70Novo millennio ineunte, 16.
71Vita consecrata, 94.
72Novo millennio ineunte, 39.
73Cf. Perfectae caritatis, 2.
74Juan Pablo II, Homilía (2 de febrero de 2001): L´Osservatore Romano,
4 de febrero de2001.
75Vita consecrata, 37.
76Novo millennio ineunte, 40.
77Juan Pablo II, Homilía (2 de febrero de 2001): L´Osservatore Romano,
4 de febrero de2001.
78Novo millennio ineunte, 43.
79Juan Pablo II, Homilía (2 de febrero de 2001): L´Osservatore Romano,
4 de febrero de2001.
80Vita consecrata, 95.
81Cf. Vita consecrata, 18.
82Vita consecrata, 95.
83Cf. Vita consecrata, 51.
84Cf. Novo millennio ineunte, 25-27.
85Cf. Vita consecrata, 23.
86Vita consecrata, 38.
87Novo millennio ineunte, 25.
88Cf. Novo millennio ineunte, 37.
89Vita consecrata, 93.
90Novo millennio ineunte, 43.
91Vita consecrata, 46.
92Vita consecrata, 51.
93Cf. Novo millennio ineunte, 43.
94Vita consecrata, 51.
95Novo millennio ineunte, 46.
96Vita consecrata, 62.
97Cf. La vida fraterna en comunidad, 62; cf. Vita consecrata, 56.
98Cf. Novo millennio ineunte, 45.
99Cf. La vida fraterna en comunidad, 70.
100Cf. Vita consecrata, 54.
101Cf. Lumen gentium, 12; cf. Vita consecrata, 46.
102Vita consecrata, 46.
103Cf. Vita consecrata, 98.
104Juan Pablo II, en Los movimientos en la Iglesia. Actas del II
Coloquio internacional, Milán 1987, pp.24-25; Los movimientos en la
Iglesia, Ciudad del Vaticano 1999, p.18.
105Cf. Novo millennio ineunte, 50.
106Christifideles laici, 31-32.
107Cf. Vita consecrata, 46.
108Cf. Juan Pablo II, Exhortación apostólica Ecclesia in Africa.
Yaoundé, 14 de septiembre de 1995, 94.
109Novo millennio ineunte, 40.
110Cf. Novo millennio ineunte, 15.
111Vita consecrata, 76.
112Novo millennio ineunte, 49.
113Cf. Vita consecrata, 82.
114Novo millennio ineunte, 49.
115Novo millennio ineunte, 50.
116Cf. Novo millennio ineunte, 50.
117Juan Pablo II, Homilía (2 de febrero de 2001): L´Osservatore
Romano, 4 de febrero de 2001.
118Cf. Vita consecrata, 84.
119Cf. Vita consecrata, Título del Capítulo III.
120Cf. Novo millennio ineunte, 50.
121Cf. Novo millennio ineunte, 58.
122Cf. Juan Pablo II, Encíclica Redemptoris Missio, Roma, 7 de
diciembre de 1990, 1.
123Cf. Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in
Asia, Nueva Delhi, 6de noviembre de 1999, 22.
24Cf. Novo millennio ineunte, 40.
125Cf. Vita consecrata, 83.
126Cf. Novo millennio ineunte, 51.
127Cf. Novo millennio ineunte, 23.
128Cf. Vita consecrata, 96.
129Cf. Vita consecrata, 98.
130Cf. Vita consecrata, 99.
131Cf. Vita consecrata, 100.
132Cf. Vita consecrata, 101.
133Cf. Ecclesia in Asia, 31. 34.
134Cf. Ecclesia in Asia, 44.
135Cf. Vita consecrata, 102.
136Vita consecrata, 103.
137Novo millennio ineunte, 56.
138Cf. Novo millennio ineunte, 51.
139Cf. Vita consecrata, 88-91.
140Cf. Novo millennio ineunte, 51.
141Cf. Novo millennio ineunte, 9.
142Vita consecrata, 19.
143Vita consecrata, 16.
144Cf. Vita consecrata, 93.
145Cf. Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las
Sociedades de Vida Apostólica, «Potissimum Institutioni», Roma, 2 de
febrero de 1990, 29.
146Cf. Novo millennio ineunte, 31.
147Novo millennio ineunte.