
Contra Retraentes
Tratado espiritual sobre los motivos y obstáculos
para entrar en la vida religiosa
Santo Tomás de Aquino
Nota previa: este tratadito de Santo Tomás de Aquino, poco conocido, es
una verdadera joya de la espiritualidad católica. Trata sobre los
obstáculos que normalmente encuentra quién se decide a seguir a Cristo
en pobreza, castidad y obediencia, es decir, como miembro de una orden o
familia religiosa. A pesar del paso del tiempo (Santo Tomás vivió en el
siglo XIII), las realidades fundamentales no han cambiado: el diablo
buscará mil artimañas para evitar que una persona se entregue a Dios en
la vida consagrada. El lector podrá distinguir sin dificultad lo que es
permanentemente válido de aquello que se refiere a circunstancias
históricas exclusivas del tiempo de Santo Tomás, y de aquello que
pertenece a la retórica de aquel tiempo.
CAPÍTULO I: PREFACIO DEL AUTOR
El fin de la religión cristiana consiste principalmente, a nuestro
parecer, en apartar a los hombres de las cosas terrenas y hacerlos
tender a las espirituales. De ahí que Jesús, autor y término de la fe,
al venir a este mundo predicara a sus fieles con el ejemplo y la
palabra, el desprecio de las cosas del siglo. Con el ejemplo, pues como
dice San Agustín, el Señor Jesús hecho hombre despreció todos los bienes
terrenos para enseñarnos a despreciarlos, y soportó todos los males
terrenos que mandaba soportar, para que ni en aquéllos se busque la
felicidad, ni en éstos se tema la infelicidad. Nació de una madre que,
aunque haya concebido sin conocer varón y permaneciendo siempre virgen,
estaba desposada con un obrero, borrando así todo título de nobleza
según la carne. Nació en Belén, la más pequeña entre las ciudades de
Judá, para que nadie se gloriase de la grandeza de la ciudad terrena. Se
hizo pobre aquél cuyas son todas las cosas y por quien todas las cosas
fueron hechas, para que nadie se enorgullezca de las riquezas terrenas.
No quiso ser proclamado rey por los hombres, para mostrarnos el camino
de la humildad. Tuvo hambre el que a todos alimenta; tuvo sed el que
creó toda bebida; se cansó de caminar quien se hizo por nosotros camino
del cielo; fue crucificado quien puso término a nuestros tormentos;
murió quien resucitó a los muertos.
Todo esto lo enseñó también de palabra, puesto que al comenzar su
predicación, no prometió reino terreno alguno, sino el reino de los
cielos para los que hicieran penitencia.
Fundó la felicidad primera de sus discípulos en la pobreza de espíritu,
a la cual señala como el camino de la perfección al responder a la
pregunta del joven: Si quieres ser perfecto, anda y vende cuanto tienes,
y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; ven, después, y
sígueme (Mt 19,21) y éste es el camino que siguieron los discípulos,
como si nada poseyesen temporalmente, pero poseyéndolo todo
espiritualmente por la virtud. Con tener lo necesario para alimentarse y
vestirse, ya estaban contentos.
Pero el diablo, el enemigo de la salvación humana, desde tiempos
antiguos procura por medio de los hombres carnales, enemigos de la Cruz
de Cristo, aficionados a lo terreno, estorbar tan piadosas como
saludables aspiraciones.
Dice San Agustín: "Los hombres, las mujeres, toda edad y toda dignidad
han sido transformados en vista a la vida eterna. Unos, desechando los
bienes temporales, vuelan a los divinos. Otros aprueban las virtudes de
quienes así proceden y alaban lo que no se atreven a imitar. Pero
existen aún unos pocos murmuradores, atormentados por una envidia tonta,
son los que buscan en la Iglesia sus propios intereses aunque en
apariencia sean católicos; o buscan su gloria valiéndose del nombre de
Cristo siendo en realidad herejes". Y bien, herejes de esta clase
surgieron muchos desde antiguo y en diversos lugares, sobresaliendo con
igual extravagancia Joviniano en Roma y Vigilancio en la Galia, lugares
que se habían visto anteriormente libres del monstruo del error. Con
manifiesta perfidia pretendía el primero equiparar el matrimonio a la
virginidad, y el segundo las riquezas a la pobreza, desautorizando, en
cuanto estuviese en sus manos, los consejos del Evangelio y de los
Apóstoles. En efecto, si las riquezas se han de equiparar a la pobreza y
el matrimonio a la virginidad, Nuestro Señor hubiese aconsejado en vano
practicar la pobreza y su Apóstol guardar la castidad.
El insigne doctor San Jerónimo refutó eficazmente a ambos. Pero, como se
lee en el Apocalipsis, una de las cabezas de la bestia que parecía
muerta, se ha curado de su herida mortal, porque surgen en la Galia
nuevos Vigilancios que de mil maneras y con toda astucia alejan a los
hombres de la observancia de los consejos. He aquí sus doctrinas:
1) Ninguno debe obligarse por el ingreso a la vida religiosa, a la
observancia de los consejos, sin haberse ejercitado antes en la
observancia de los mandamientos.
Y con esto obstruyen el camino de la perfección a los niños, a los
pecadores y a los recién convertidos a la fe.
2) Nadie debe seguir el camino de los consejos sin haber requerido el
consejo de muchos.
A nadie que piense rectamente puede pasar inadvertido el grave obstáculo
que acarrea esto a quienes desean alcanzar la perfección, teniendo en
cuenta que los consejos de los hombres carnales, que tan numerosos son,
alejan a los hombres de las cosas espirituales con mayor facilidad que
para atraerlos.
3) Sus esfuerzos se dirigen sobre todo a impedir que los hombres se
obliguen a ingresar a la vida religiosa.
Con lo cual quitan de por medio esa obligación que afianza al alma en su
propósito de abrazar el camino de la perfección.
4) Por último procuran de mil maneras y sin ningún escrúpulo, rebajar la
perfección de la pobreza.
Este malvado intento tiene un antecedente en la actitud de Faraón, quien
reprendiendo a Moisés y a Aarón que querían sacar de Egipto al pueblo de
Dios les dijo: "¿Cómo es que vosotros, Moisés y Aarón, distraéis al
pueblo de sus tareas?" Y Orígenes comenta: "Hoy también si Moisés y
Aarón, es decir, una voz profética y sacerdotal, indujese a un alma al
servicio de Dios, a salir del mundo, a renunciar a todo lo que posee, a
consagrarse al estudio de la ley y de la palabra de Dios, al punto
oiréis decir a los amigos de Faraón, que piensan como él: Ved cómo
seducen a los hombres y pervierten a los adolescentes... Estas eran
entonces las palabras de Faraón; éstas repiten hoy sus amigos". Estos
son los consejos, con los que no pretenden otra cosa que interrumpir la
marcha de los que tienden a la perfección.
Decía Salomón que no hay consejo que valga contra Dios. Confiados, pues,
en su auxilio, con armas espirituales confirmadas con el poder de Dios,
procuremos rebatir estas opiniones y su arrogante presunción de
levantarse contra la ciencia de Dios.
Por lo tanto, en cada uno de los puntos propuestos, procederemos en el
siguiente orden:
Primero expondremos las razones en que quieren fundar su doctrina.
Procuraremos después demostrar por qué y cómo cada uno de estos puntos
van contra la verdad -que es conforme a la piedad-.
Por último probaremos que las razones invocadas para confirmar sus
opiniones son ineficaces y sin sentido.
CAPÍTULO II: OBJECIONES
"Para ser admitido en la vida religiosa es necesario haber observado
antes los mandamientos".
De muchas maneras quieren nuestros adversarios probar que nadie debe
emprender el camino de los consejos sin haberse ejercitado antes en la
observancia de los mandamientos.
1) Nuestro Salvador, cuando dio el consejo de pobreza, puso al joven la
condición previa de que si quería entrar en la vida eterna, guardara los
mandamientos y recién cuando le confesó haberlos observado desde su
adolescencia, le dio el consejo de pobreza.
Parece por lo tanto que la observancia de los mandamientos debe preceder
a la de los consejos.
2) Sobre aquel lugar de San Mateo (28,20): Enseñándoles a observar todas
las cosas que os he mandado, comenta San Beda: "Orden razonable. Primero
hay que enseñar al discípulo; después impregnarlo con los misterios de
la fe, y recién instruirlo en la guarda de los mandamientos". Por
consiguiente, el haber guardado los mandamientos en condición previa
para iniciarse en los consejos.
3) En el Salmo (118,104), se lee: Por tus mandamientos he tenido
inteligencia. "No digo, -comenta la glosa-, que entiendo tus
mandamientos, sino: por medio de tus mandamientos, porque guardándolos
llegó éste a la suma sabiduría". Idéntica conclusión.
4) Sobre aquello del Salmo (130): Como el niño recién destetado en los
brazos de su madre dice la glosa: "Así como se distinguen cinco etapas
en la procreación y nutrición carnal, así también en la espiritual.
Primero somos concebidos en el seno; luego nos alimentan allí mismo que
nos den a luz; desde entonces somos llevados en brazos de nuestra madre
y alimentados con leche hasta que destetados ya nos sentamos a la mesa
del padre... La Santa Iglesia observa estas cinco etapas. En efecto, en
los miércoles de la cuarta semana la Iglesia concibe, por así decirlo, a
sus hijos, pues en este tiempo por los exorcismos y la enseñanza de la
doctrina cristiana se instruyen en los rudimentos de la fe. Después son
alimentados en el seno de la Iglesia hasta el Sábado Santo en que son
dados a luz por el Bautismo. Desde entonces la Iglesia los lleva en sus
brazos y los alimenta con leche hasta Pentecostés. Durante este tiempo
no se les impone nada extraordinario como levantarse a medianoche y
ayunar. Pero una vez destetados comienzan a ayunar y a practicar ciertas
cosas más dificultosas".
Muchos hay que pervierten este orden imitando a herejes y cismáticos,
privándose de la leche antes de tiempo, con lo que se ocasionan la
ruina. Ahora bien, es mucho más difícil observar los consejos que los
mandamientos. Por consiguiente, el comprometerse a practicar los
consejos sin haber practicado los mandamientos es hacer las cosas al
revés y exponerse a la herejía o al cisma.
5) Lleva a la misma conclusión el orden que el Salvador observó en los
milagros con que alimentó a las muchedumbres: primero sació a cinco mil
hombres con cinco panes y dos peces (Mt 14). Luego a cuatro mil con
siete panes y siete pecesitos (Mt 15). Los cinco mil hombres simbolizan
a los que en su vida seglar saben usar rectamente los bienes exteriores,
y los cuatro mil son los que renuncian completamente al mundo,
agraciados con los siete panes, es decir, con la perfección evangélica,
y confortados con la gracia espiritual. Por consiguiente, antes de
abrazar la perfección de los consejos, es necesario nutrirse con la
observancia de los mandamientos.
6) San Jerónimo dice al principio de su comentario a San Mateo: "Cuatro
son las cualidades de que están estructurados los Evangelios: preceptos,
mandamientos, testimonios y ejemplos. A los preceptos responde la
justicia; a los mandamientos, la caridad; a los testimonios, la fe y a
los ejemplos, la perfección". Por consiguiente hay que proceder de la
justicia de los preceptos a la perfección de los ejemplos, la cual
parece referirse a los consejos.
7) Dice San Gregorio en el libro de la Moral: "Después de su enlace con
Lía, Jacob se llegó a Raquel; porque el varón perfecto se abraza primero
con la fecundidad de la vida activa y se une luego con el reposo de la
vida contemplativa". Ahora bien, el estado religioso, en el cual se
practican los consejos, es un estado de vida contemplativa; los
mandamientos en cambio, nos orientan a la vida activa. "He aquí la vida
activa", dice una glosa comentando el capítulo diecinueve de San Mateo
en que se enumeran los preceptos de la Ley; y sobre el pasaje del mismo
capítulo: Si quieres ser perfecto dice: "He aquí la vida contemplativa".
Como se ve, no hay que pasar al estado religioso sin haberse ejercitado
antes en la vida activa por la observancia de los mandamientos.
8) Comentando un texto de Ezequiel, dice el mismo San Gregorio: "Nadie
se hace muy bueno de repente. Quien sinceramente se convierte comienza
practicando las cosas pequeñas para llegar a las grandes". Aquí parece
que llama cosas pequeñas a los preceptos del decálogo y grandes a los
consejos, que pertenecen ya a la perfección, pues dice San Agustín en su
tratado sobre el Sermón de la Montaña: "Los preceptos contenidos en la
ley se llaman pequeños; lo que dirá Cristo serán las cosas grandes". Por
lo tanto, no hay que comprometerse en grandes empresas, esto es, en los
consejos, sin previo ejercicio en otras menores, es decir, en los
mandamientos.
9) San Gregorio (Decretis, dist. XLVIII, cap. Sicut.) dice: "A las
paredes recién construidas, como sabemos, no se las carga con el peso de
los travesaños antes de haberse secado; pues si recibieran este peso
antes de adquirir solidez, se vendría abajo todo el edificio".
10) En el mismo lugar: "Se expone a una gran desgracia quien queriendo
subir a un monte muy alto, se va por lo escarpado en lugar de ir por la
pendiente más suave". Muy peligroso es pues, pretender alcanzar la tan
elevada perfección de los consejos sin haberse ejercitado en los grados
inferiores, o sea en los mandamientos.
11) En un orden de naturaleza, los mandamientos son anteriores a los
consejos puesto que son más generales; mas no a la inversa, es decir,
que sean anteriores los consejos, por cuanto se pueden guardar los
mandamientos sin practicar los consejos, pero no practicar los consejos
sin guardar los mandamientos...
Conclusión: Tender a los consejos sin un hábito adquirido en la guarda
de los mandamientos, es pervertir el recto orden.
12) Si los consejos precedieran a los mandamientos, en manera alguna se
podrían salvar quienes no practiquen los consejos, pues según este
principio no podrían guardar ni los mandamientos.
Estos son los argumentos más gastados para probar que nadie puede
abrazar el estado de perfección en la vida religiosa sin haber guardado
habitualmente los mandamientos.
CAPÍTULO III: EN EL CASO DE LOS NIÑOS
Tratándose aquí una cuestión moral, debemos estudiarla bien para ver si
en su solución hay algo que no esté de acuerdo con las buenas
costumbres, que es precisamente lo que afirmaremos de la doctrina de
nuestros adversarios.
Hay tres géneros de hombres no habituados a la observancia de los
mandamientos. En primer lugar los niños, que por su corta edad no pueden
tener ese hábito. En segundo lugar, los recién convertidos a la fe,
antes de lo cual no puede haber hábito alguno en los mandamientos porque
Todo lo que no es según la fe, es pecado (Rm 14, 25) y Sin fe es
imposible agradar a Dios (Hb 11, 6). Por último, los pecadores que han
pasado la vida en el pecado.
En cualquiera de estos casos la afirmación contraria es abiertamente
falsa.
La tesis contraria no vale en el caso de los niños: como en toda
profesión y oficio, el hombre adquirirá, ingresando en la vida
religiosa, un hábito sólido y arraigado en las virtudes propias de ese
estado.
Ejemplo de los santos y de Nuestro Señor.
Si la práctica de los preceptos debiera preceder necesariamente al
camino de los consejos emprendido en el ingreso a la religión, sería una
cosa irracional, que la Iglesia no podría aprobar, el que los padres
ofrezcan a Dios a sus hijos de corta edad, para ser educados en la
observancia de los consejos antes de que puedan ejercitarse en la
práctica de los mandamientos. Ahora bien, las costumbres de la Iglesia,
cuya autoridad tiene gran peso, y numerosos pasajes de la Escritura,
establecen lo contrario.
En efecto, dice San Gregorio (XX, q. 1, Cap. Addidistis): "Si el padre o
la madre sometieran a su hijo o su hija, niños todavía, a la disciplina
regular dentro de un monasterio, una vez que pasen éstos los años de la
pubertad ¿les será lícito salir y unirse en matrimonio? Rehusamos dar
una respuesta". Poco importa al caso presente en la forma en que está
planteado, que estén o no obligados a la observancia regular para
siempre, pues si el haber guardado los mandamientos fuera condición
necesaria para practicar los consejos, en ningún caso sería lícito
someter a la observancia regular a quienes no hayan cumplido esta
condición.
Esta costumbre de consagrar los niños a la religión está confirmada no
sólo por numerosas leyes eclesiásticas, sino también por el ejemplo de
los Santos. Narra San Gregorio en el libro segundo de los Diálogos que
"Comenzaron a reunirse con el bienaventurado Benito ciudadanos nobles y
piadosos de Roma, y a entregarle sus hijos para que los criase en el
servicio de Dios Omnipotente. En esta ocasión y con este buen propósito
entregó Eutiquio a su hijo Mauro, y Tertulo Patricio a su hijo Plácido.
El jovenzuelo Mauro, en virtud de sus excelentes costumbres, fue
ayudante del Maestro; y Plácido estaba aún en la infancia". El mismo San
Benito, como narra San Gregorio en el libro citado, siendo todavía niño
abandona el estudio de la literatura, su casa y los bienes paternos; y
no deseando sino agradar a Dios, sólo procuró vivir santamente.
Y aun podemos descubrir el origen de esta costumbre en los mismos
Apóstoles. En efecto dice Dionisio al fin de la Jerarquía Eclesiástica:
"Los pequeñuelos, elevados a una vida superior, se habituarán a vivir
santamente, inmunes de todo error y exentos de toda impureza. De esto se
dieron cuenta nuestros divinos jefes y creyeron oportuno recibir a los
niños". Y aunque aquí hable Dionisio de la admisión de los niños en la
religión cristiana por el bautismo, con todo la razón allí aducida vale
también para nuestro propósito, porque en ambos casos hay que educar a
los niños en aquellas cosas que han de observar luego, para que se
habitúen a ellas.
Investigando más atrás todavía, encontramos apoyando nuestras tesis la
autoridad del mismo Señor. En efecto se lee en San Mateo (19,13) que
Presentaron a Cristo ciertos niños para que pusiese sobre ellos las
manos y orase; mas los discípulos les reñían. Jesús, por lo contrario,
les dijo: Dejad en paz a los niños y no les estorbéis que vengan a Mí,
porque de los que son como ellos es el reino de los cielos. San Jerónimo
observa: "Si se aparta de Cristo a la niñez inocente, ¿quién merecerá
acercarse a Cristo? ¿Pues si han de ser santos, por qué impedir a los
hijos llegarse al Padre? Y si han de ser pecadores ¿por qué pronunciáis
la sentencia de condenación antes de ver la culpa?" Si es evidente que
el camino de los consejos nos acerca tanto a Cristo según aquello de San
Mateo (19, 21): Vende todo lo que tienes, dáselo a los pobres y sígueme,
¿con qué razón se ha de impedir a los niños acercarse a Cristo por la
observancia de los consejos? Hay con todo, muchos que, como dice
Orígenes comentando el pasaje citado, antes de tener claro
discernimiento de cómo se han de usar los derechos para con los niños,
censuran a los que por la simplicidad de su doctrina consagran a Cristo
a los niños y a otros menos instruídos aún. El Señor en cambio,
exhortando a sus discípulos, hombres ya maduros, a ser condescendientes
en provecho de los niños, les dice, a fin de que se hiciesen como niños,
para con los niños, para ganar a los niños: De los que son como ellos es
el reino de los cielos. Y Él mismo, siendo Dios, se hizo niño. Debemos
pues tener esto presente, no sea que presumiendo poseer una sabiduría
superior, despreciemos, jactándonos de grandes, a los pequeños de la
Iglesia impidiendo a los niños llegar a Jesús.
Retrocediendo un poco más, leemos en San Lucas (1,80) de San Juan
Bautista: El niño iba creciendo y era confortado en espíritu hasta el
día que se manifestó a Israel. "El futuro predicador de penitencia
-comenta San Beda-, para poder con más libertad enseñar a sus discípulos
y apartarlos de las vanidades del mundo, pasó su juventud en el
desierto; no fuera que, como dice San Gregorio Niceno, habituándose a
esas engañosidades que entran por los sentidos, incurriese en alguna
confusión o error acerca de la elección del verdadero bien. Por eso fue
elevado a un grado tal de gracia, que sobrepujó a todos los profetas,
pues viviendo castamente, sin el aguijón de las pasiones, conformó desde
el principio al fin sus deseos a los designios de Dios".
Como se ve, no sólo es lícito, sino muy conveniente para merecer mayores
gracias, abandonar el mundo desde la niñez y vivir en el desierto de la
vida religiosa: Bueno es para el hombre haber llevado el yugo desde su
mocedad, dice Jeremías (Lm 3,27). Y asigna como motivo: Se estará quieto
y callado porque lo llevó sobre sí. Esto da a entender que quienes se
elevan sobre sí mismos llevando el yugo de la religión desde su
adolescencia, se hacen más aptos para las observancias de la vida
religiosa, la cual consiste en el descanso de los afanes del mundo y el
silencio de los tumultos de las gentes. La senda por la cual comenzó el
joven a andar, esa misma seguirá también cuando viejo, dicen los
Proverbios (22,6). Por eso San Anselmo, en el Libro de las Semejanzas
compara con los ángeles a los que vivieron en el monasterio desde su
niñez; y con los hombres, a los que se convierten en la edad madura.
Además de la autoridad de la Escritura, podemos probar también nuestra
tesis con la doctrina de los filósofos. Aristóteles, en el libro segundo
de la Ética: "No es indiferente -dice- ser educado desde la niñez de tal
o cual manera. La educación en gran parte, o casi toda -es decir en su
totalidad- consiste en habituar al hombre desde su niñez, en lo que ha
de hacer toda la vida". Y en el libro octavo de la Política: "Es preciso
que el legislador se preocupe de la formación de los jóvenes, a quienes
se debe educar en aquellas actividades que estén de acuerdo con las
cualidades de cada uno".
Otra prueba: El común proceder de los hombres. Los hombres, en efecto,
son dedicados desde su niñez a aquellos oficios o artes que han de
seguir toda su vida. Los que han de ser clérigos, por ejemplo, son
educados desde su niñez en el clero. Los que han de ser soldados, es
necesario que se ejerciten en la milicia desde la juventud, como dice
Vegencio en su obra Del Arte Militar. Los que han de ser artesanos,
deben aprender su oficio desde la niñez. ¿Y por qué fallará la regla
sólo tratándose de los futuros religiosos, pretendiendo que no se deben
ejercitar en la vida religiosa desde su niñez? Por el contrario, es
menester que cuanto más difícil de realizar es una empresa, tanto más se
debe el hombre acostumbrar a sobrellevarla desde la niñez.
Conclusión evidente: con respecto a los niños es falso afirmar que para
abrazar los consejos en el ingreso a la vida religiosa, es necesario
haber practicado antes los mandamientos.
CAPÍTULO IV: EN EL CASO DE LOS RECIÉN CONVERTIDOS A LA FE
Los recién convertidos tienen en la religión excelentes medios para
perseverar en la gracia, y que deben aprovechar cuanto antes. El ejemplo
de San Pablo y San Mateo.
Toca considerar si la tesis de nuestros adversarios es aplicable a los
recién convertidos a la fe.
A primera vista aparece el absurdo de privarles del estado religioso por
no haberse ejercitado en los mandamientos. Consta, en efecto, que los
discípulos de Cristo, apenas convertidos a la fe, fueron admitidos en su
compañía, primer ejemplar de la perfección de los consejos, que
sobrepasó, sin duda alguna, a cualquier estado religioso. El mismo San
Pablo, el último de los Apóstoles por su conversión y el primero por su
predicación, abrazó la vida de perfección evangélica apenas convertido a
la fe. Escribiendo a los Gálatas (1, 15) dice: Mas entonces plugo a
Aquel que me destinó desde el seno de mi madre y me llamó con su gracia,
revelarme a su Hijo para que yo predicase a las naciones. Desde aquel
punto ya no consulté carne ni sangre. Otra prueba: el ejemplo del mismo
Cristo. En San Mateo (4, 1) se lee que Jesús, después de su bautismo,
fue llevado por el espíritu al desierto. Y una glosa comenta: "Entonces,
esto es, después del bautismo, para enseñar a los bautizados a huir del
mundo y consagrarse a Dios en la soledad".
Una última prueba: el laudable proceder de muchos hombres que
convertidos a Cristo de la infidelidad, abrazan en seguida la vida
religiosa. ¿Habrá un discutidor tan poco escrupuloso capaz de
aconsejarles que no entren en religión para procurar conservar allí la
gracia recibida en el bautismo, sino que se queden en el siglo? ¿Qué
hombre sano de juicio les va a impedir que, habiendo ya vestido a Cristo
en el sacramento del bautismo, lo vistan por una perfecta imitación?
Conclusión: También en esta categoría de hombre es francamente ridículo
impedirles el ingreso a la religión so pretexto de no estar ejercitado
en la práctica de los mandamientos.
CAPÍTULO V: EN EL CASO DE LOS PECADORES ARREPENTIDOS
Cuanto mayor haya sido su pecado e ingratitud, tanto más grande ha de
ser su expiación y generosidad cuando se conviertan. Para ello la vida
religiosa les da excelentes medios, más seguros que los que tendrían en
el mundo.
Veamos finalmente si en la tercera categoría de hombres no formados en
la observancia de los mandamientos, a saber, de los que hacen penitencia
por sus pecados, es aplicable la afirmación contraria.
Aquí vendría bien citar lo que dice el Evangelio sobre la conversión de
San Mateo, a quien llamó el Señor de entre las ganancias de su mesa de
recaudación para que le siguiera. Y aunque no haya recibido
inmediatamente el Apostolado, abrazó sin embargo la perfección de los
consejos. Se lee en efecto en San Lucas (5, 28) que levantándose dejó
todas sus cosas y le siguió; y como dice San Ambrosio comentando este
pasaje, "dejó las cosas propias el que robaba las ajenas". Lo que
demuestra claramente que los pecadores arrepentidos, por grandes que
sean sus pecados, pueden comenzar sin demora el camino de los consejos;
y aun más, para hablar con más verdad, les es en gran manera provechoso
para llegar a la perfección, ir por el camino de los consejos, San
Gregorio, comentando en una homilía aquello de San Lucas (3, 8) Haced
frutos dignos de penitencia, dice: "A quien no cometió nada ilícito, se
le concede con todo derecho usar de las cosas lícitas. Pero quien ha
caído en pecado, debe prescindir aún de las cosas lícitas en la medida
en que recordare haber obrado las ilícitas". Y poco después: "Esto
advierte a la conciencia de cada uno que procure sacar por medio de la
penitencia, tanta mayor utilidad de las obras buenas, cuanto más graves
daños se haya causado por el pecado". Ahora bien, en el estado religioso
los hombres se abstienen aún de las cosas lícitas y procuran
aprovecharse de las obras perfectas. Luego es evidente que los
convertidos del pecado, estando habituados, no precisamente a la
observancia de los preceptos, sino más bien a su trasgresión, deben
tomar el camino de los consejos ingresando a la vida religiosa, que es
el estado de la perfecta penitencia. El Papa Esteban, amonestando a un
cierto Astolfo que había cometido graves delitos, le dice: "Haz caso a
nuestro consejo: entra en un monasterio, humíllate bajo el mando del
abad, y apoyado con las oraciones de muchos hermanos, observa con
sencillez de espíritu todo lo que te fuere mandado". Y más adelante:
"Pero si prefieres hacer penitencia pública permaneciendo en tu casa o
en el mundo- lo cual no lo dudes, te resultará mucho más desagradable,
duro y penoso- , ya te hemos aconsejado lo que debes hacer". Y agrega
otros castigos severísimos, pero le advierte que mejor y más provechoso
que todo eso es entrar en religión.
No hay duda pues, que es altamente provechoso para los que no hayan
cumplido los mandamientos, antes bien, vivido en el pecado, aconsejarles
el ingreso a la religión, a pesar del esfuerzo de esos sabihondos que
quieren impedirles abrazar los consejos. Contra ellos la doctrina del
Apóstol: Hablo como hombre en atención a la flaqueza de vuestra carne:
Así como habéis empleado los miembros de vuestro cuerpo en servir a la
impureza y a la injusticia para cometer la iniquidad, así ahora los
empleéis en servir a la justicia para santificaros (Rm 4, 19). "Hablo
como hombre -comenta una glosa- porque debéis más sumisión a la justicia
que al pecado". Y Baruc (4, 28) dice: Si vuestra voluntad os movió a
descarriaros de Dios, le buscaréis con una voluntad diez veces mayor,
luego que os hayáis convertido, porque después de habernos apartado de
Dios por el pecado, debemos tender a cosas mucho más elevadas, y no
contentarnos con medianías.
Numerosos ejemplos de los santos apoyan esto. Muchos de ellos de uno y
otro sexo, después de haber cometido graves pecados y delitos en los que
malgastaron toda su vida, abrazaron inmediatamente el camino de los
consejos sin esperar un previo ejercicio en los mandamientos.
Además de la autoridad y ejemplo de los santos, están de parte nuestra
los escritos de los filósofos. En efecto, dice Aristóteles en el libro
segundo de la Ética: "Al apartarnos completamente del pecado, debemos
elegir el justo medio, como se hace al enderezar el árbol torcido". Hay
que restituir al recto camino por la práctica de las obras perfectas de
virtud.
Por consiguiente, a ninguna categoría de hombres es aplicable la
doctrina contraria: que nadie debe entrar en religión sin haberse
ejercitado antes en la observancia de los mandamientos.
CAPÍTULO VI: RELACIÓN ENTRE LOS CONSEJOS Y LOS MANDAMIENTOS
Los preceptos de la caridad -para con Dios y para con el prójimo- son el
fin a que todos están obligados. Unos llegarán cumpliendo solamente los
mandamientos que a esa caridad se refieren; otros, en cambio, llegarán
más pronta y perfectamente cumpliendo también los consejos evangélicos
en la vida religiosa como medios más seguros. Por lo tanto los niños,
los pecadores y los recién convertidos pueden ingresar a la vida
religiosa para comenzar allí el cumplimiento más seguro y perfecto de
los predichos preceptos.
Para extirpar radicalmente este error, busquemos su raíz u origen. Dicho
error procede, a nuestro parecer, de pensar que la perfección consiste
principalmente en los consejos, y que los mandamientos se ordenan a los
consejos como lo imperfecto a lo perfecto. Así claro está, habría que
pasar de los mandamientos a los consejos, como se llega a lo perfecto
pasando por lo imperfecto. Aplicar esto así no más a los mandamientos,
es caer en un error.
a) La caridad es el fin de la vida cristiana.
Los principales mandamientos son el amor de Dios y del prójimo, como nos
consta por lo que dice el Señor en San Mateo (22, 37), que el principal
mandamiento de la ley es: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón.
El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
Estos dos mandamientos constituyen esencialmente la perfección de la
vida cristiana. Sobre todo esto tened caridad -dice San Pablo- que es el
vínculo de perfección (Col 3, 14). Todas las demás virtudes -explica una
glosa- hacen perfecto al hombre en cuanto se ordenan a la caridad; y la
caridad las une a todas ellas. Por eso el Señor al dar el precepto de
amar al prójimo, añadió: Sed pues, perfectos, como vuestro Padre
celestial es perfecto (Mt 5, 48) y sobre aquello de San Mateo (19, 27):
He aquí que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, dice San
Jerónimo: "Pues no basta haber dejado todas las cosas; añade lo que es
perfecto: y te hemos seguido". Los Apóstoles seguían al Señor no tanto
con los pasos del cuerpo como con los afectos del alma. Por lo que dice
San Ambrosio comentando aquello de San Lucas (5, 27) y le dijo: Sígueme:
"Le manda que lo siga no tanto con el movimiento del cuerpo, sino con el
afecto del alma". Todo lo cual nos demuestra evidentemente que la
perfección de la vida cristiana consiste principalmente en el impulso de
la caridad hacia Dios.
La consecución de su fin constituye la perfección de una cosa. Ahora
bien, el fin de la vida cristiana es la caridad, a la que todo debe
convergir como se lee en la epístola a Timoteo (1, 1, 15): El fin del
precepto es la caridad, y explica una glosa: "La caridad es el fin, es
decir, la perfección; del precepto, esto es, de todos los preceptos,
cuyo cumplimiento es el amor de Dios y del prójimo".
Es necesario advertir que se ha de juzgar de manera diversa sobre el fin
mismo y sobre los medios que a él conducen. Con respecto a los medios
conducentes al fin, hay que prefijar cierta medida en conformidad con el
fin. Pero acerca del fin mismo no hay medida alguna, sino que cada cual
lo alcanza en cuanto puede. El médico, por ejemplo, usa con discreción
de la medicina para no excederse en ella; pero procura sanar al enfermo
lo más perfectamente que puede. Así también el precepto del amor de
Dios: siendo el último fin de la vida cristiana, no tiene límite alguno
que permita decir: Tanto amor de Dios cae bajo el precepto; un amor
mayor que exceda los límites del precepto, cae bajo el consejo, sino que
a cada uno se manda amar a Dios cuanto pueda, como se ve por el
enunciado mismo del precepto: Amarás al Señor tu Dios con todo tu
corazón y cada uno la practica según su capacidad: unos con más, otros
con menos perfección. Falta totalmente a este precepto quien en su amor
no prefiere a Dios antes que todas las cosas. En cambio, quien prefiere
a Dios como último fin dejando de lado todas las cosas, cumple este
precepto más o menos perfectamente según el mayor o menor apego que les
conserve, según aquello de San Agustín en el libro de las LXXXIII
cuestiones: "El veneno de la caridad es la esperanza de adquirir y
poseer bienes temporales -o sea, esperarlos como si fueran el último
fin-; su alimento, el debilitamiento de la pasión; su perfección, la
ausencia total de pasión".
Pero hay otro modo perfecto de observar este mandamiento, que no se da
en esta vida. Dice San Agustín en el tratado de la perfección de la
justicia: "Aquel precepto de la caridad: Amarás al Señor tu Dios con
todo tu corazón, etc., se cumplirá perfectamente en aquella plenitud de
la caridad que habrá en la patria", y después agrega: "¿Por qué no se le
habría de mandar al hombre esta perfección, por más que no pueda
conseguirla en esta vida? No se corre como es debido si no se sabe a
dónde hay que correr. Y ¿cómo se sabría si ningún precepto lo mostrase?"
b) Los demás mandamientos y los consejos son medios para llegar a la
perfección de la caridad.
Y a estos preceptos del amor de Dios y del prójimo se ordenan todos los
demás preceptos como a su fin; por lo que dice San Agustín en su
Enquiridión: "Todo lo que el Señor nos manda, por ejemplo, no
fornicarás; y lo que no nos manda sino que nos aconseja especialmente,
como: Bueno es al hombre no tomar mujer, llega a cumplirse perfectamente
cuando se dirige a amar a Dios y al prójimo por amor de Dios".
Ahora bien, los demás mandamientos de la ley se ordenan a los de la
caridad de diverso modo que los consejos. En efecto, hay cosas que se
ordenan al fin de tal modo que sin ellas no se lo puede alcanzar -el
alimento, por ejemplo, para conservar la vida-. Otras en cambio están
ordenadas al fin de modo que por medio de ellas se alcance el fin con
más facilidad, seguridad y perfección. Así, el alimento es totalmente
necesario para conservar la vida del cuerpo; la medicina, en cambio,
preserva la salud para que se la pueda tener más segura y perfectamente.
Del primer modo se ordenan los demás preceptos de la ley al de la
caridad. En efecto, de ninguna manera puede cumplir los preceptos de la
caridad quien adora otros dioses -con lo que se aparta del amor de
Dios-, o el que comete homicidios y robos, que van contra el amor del
prójimo.
Del segundo modo se ordenan los consejos a la caridad. En cuanto al
consejo de virginidad, es expresa la sentencia del Apóstol al demostrar
que se ordena al amor de Dios: "El que está sin mujer, está cuidadoso de
las cosas del Señor, de cómo ha de agradar a Dios; mas el que está con
mujer, está afanado en las cosas del mundo, cómo ha de dar gusto a su
mujer" (1Co 7, 32). Sobre el consejo de pobreza el mismo Salvador dice
que conduce a su seguimiento, según consta por San Mateo, en el capítulo
19. Y ya se ha visto que este seguimiento consiste en los sentimientos
de la caridad. Ahora bien, la caridad se perfecciona al disminuir la
pasión; y la pasión y amor por las riquezas se disminuyen -y aun se
quitan totalmente- despreciando las riquezas. Dice en efecto San Agustín
en la carta a Paulino y Terasia que "el amor de los bienes terrenos ya
alcanzados es mucho más vehemente que la angustia que causa el deseo de
alcanzarlos, porque una cosa es renunciar a poseer lo que nos falta, y
otra separarnos de lo ya poseído".
Ambos consejos se ordenan también al amor del prójimo. En efecto; si
aquellos preceptos referentes al amor del prójimo que el Señor dio en
San Mateo, capítulo v, requieren en el alma una cierta disposición para
cumplirlos, evidentemente nadie va a estar mejor dispuesto a observarlos
que el alma que no anda preocupada por sus cosas: aquel que se ha
propuesto no poseer nada estará más dispuesto a dejarle el manto
también, si es necesario, al que quiere robarle la túnica, que quien
desea tener posesiones en el siglo.
Nótese que la caridad no es sólo fin, sino también raíz de todas las
virtudes y de todos los preceptos que regulan los actos de virtud. Por
consiguiente, si por los consejos progresa el hombre en el amor de Dios
y del prójimo, también por ellos progresa en el cumplimiento de aquellas
obligaciones referentes a la caridad. Así, por ejemplo, quien se ha
propuesto guardar continencia o pobreza por Cristo, estará más lejos de
cometer adulterios o robos. Hay además en la religión multitud de
observancias, como vigilias, ayunos, alejamiento del trato con seglares,
por las cuales el hombre está menos expuesto a los vicios y se le
facilita el camino de la perfección. Y de esta manera la práctica de los
consejos está encaminada a la observancia de los mandamientos, no como
si éstos fueran un fin, pues no se guarda la virginidad para evitar los
adulterios, o la pobreza para no robar; sino para adelantar en el amor
de Dios: lo más perfecto no tiene por fin lo menos perfecto. Luego es
evidente que los consejos están dentro del plan de la vida perfecta, no
porque en ellos consista principalmente la perfección, sino porque son,
en cierta manera, el camino o los instrumentos para alcanzar la
perfección de la caridad. San Agustín dice en su libro sobre las
costumbres de la Iglesia, hablando de la vida de los religiosos: "Hay
que estar siempre alerta para domar la concupiscencia y conservar el
amor entre los hermanos"; y en el mismo lugar: "La caridad es lo que
principalmente se debe guardar, y a la caridad se adapta la virtud, las
conversaciones, el trato, las facciones del rostro". Y en la colación de
los Padres dice el Abad Moisés: "Por ella -es decir, la pureza de
corazón y la caridad- oramos y sufrimos todo; por ella desechamos los
padres, la patria, los honores, las riquezas, los placeres de este mundo
y todo otro deleite; por ella nos imponemos rigurosos ayunos, vigilias,
trabajos, la desnudez del cuerpo, lecturas y otros trabajos, para que
podamos preparar y conservar nuestro corazón inmune de toda perversa
concupiscencia, a fin de que, subiendo por estos escalones, lleguemos
con nuestro esfuerzo a la perfección de la caridad".
c) La perfecta caridad exige el cumplimiento simultáneo de los consejos
y mandamientos que a ella se ordenan.
Por consiguiente, así como hay dos modos de observar los preceptos, a
saber: perfecto e imperfecto, así también hay un doble ejercicio en los
preceptos: uno, que es ejercitarse en la perfecta observancia de los
preceptos y que tiene lugar por la práctica de los consejos, como ya se
ha dicho; el otro es el ejercicio en la imperfecta observancia, como se
la practica en la vida seglar, sin los consejos. Decir pues, que es
necesario ejercitarse en la práctica de los mandamientos antes de
abrazar los consejos, equivale a decir que el hombre se debe ejercitar
en la observancia imperfecta de los mandamientos antes de ejercitarse en
la perfecta; lo que es del todo inexacto, tanto si consideramos los
mandamientos en sí mismos como en su práctica. En efecto, ¿puede haber
hombres tan poco cuerdos capaces de detener a uno que quiere amar
perfectamente a Dios y al prójimo, obligándolo a amarlos primero
imperfectamente? ¿No equivale esto a contradecir aquella forma de amor
expresada en los mandamientos de la caridad divina con aquellas
palabras: Amarás al Señor Dios con todo tu corazón? ¿O tienen miedo de
que el hombre empiece demasiado pronto a amar a Dios, como si en este
amor fuera capaz de sobrepasar la medida? Glorificad al Señor cuanto
pudiereis, que todavía quedará El superior, dice el Eclesiástico (43,
32); y San Pablo escribiendo a los Corintios: Corred de tal manera que
la alcancéis (1, 9, 24); y a los hebreos (4, 11): Apresurémonos a entrar
en aquel reposo, pues por grande que sea el entusiasmo con que el hombre
comience el camino de la perfección, siempre le quedará algo en que
adelantar hasta que logre la perfección última en la Patria.
Si examinamos la práctica misma de los mandamientos, veremos con más
claridad el absurdo. ¿Quién va a decirle a uno que quiere guardar
continencia que viva primero castamente en el matrimonio? ¿Quién va a
decirle a uno que quiere guardar pobreza, que viva antes santamente
entre las riquezas ,como si las riquezas dispusiesen el alma a la
pobreza y no le obstaculizaran más bien el propósito de vivir
pobremente, como se ve en el caso de aquel joven (Mt 19) que no aceptó
del Señor el consejo de vivir pobremente y se retiró triste a causa de
las riquezas que tenía? Y eso que sólo hemos relacionado los consejos
con los preceptos de la caridad. Si los relacionáramos con los demás
preceptos ¿quién no verá la cantidad de absurdos que se siguen? Pues si
por los consejos y la observancia religiosa se quitan las ocasiones de
pecados que son causa de la transgresión de los preceptos ¿quién no ve
cuán necesarios son estos consejos y observancias para eludir estas
ocasiones? ¿Quién va a decir a un joven: vive entre mujeres y en
compañía de lujuriosos, para que así, ejercitado en la castidad, puedas
observarla luego en la religión -como si fuese más fácil guardar
castidad en el mundo que en religión-? Y lo mismo dígase respecto de las
otras virtudes y pecados.
Los que predican tales doctrinas se parecen a aquellos generales que
exponen a sus soldados en el período de instrucción a lo más recio de
las batallas. Es cierto que si se cumplen los mandamientos en la vida
seglar, se los cumplirá mejor en la vida religiosa. Pero así como por
una parte la práctica de los mandamientos en la vida seglar prepara al
hombre para observar mejor los consejos, por otra las preocupaciones de
esa vida son un impedimento para la observancia de los consejos. Por eso
dice San Gregorio en el principio de su Moral: "Cuando mi ánimo me
incitaba a servir al mundo presente tan sólo en apariencia, comenzaron a
surgir de entre las preocupaciones de este mundo tantas cosas delante de
mí, que quedé aprisionado en él, no sólo en apariencia, sino, lo que es
más grave, con el alma misma. Pero huyendo con presteza de todas
aquellas preocupaciones, me dirigí al puerto del Monasterio".
CAPÍTULO VII: RESPUESTA A LAS OBJECIONES DEL CAPÍTULO II
Falso punto de partida: creen que los mandamientos se cumplen para
guardar luego por medio de ellos los consejos, cuando es al revés: los
consejos se guardan para cumplir con más perfección los mandamientos de
la caridad para con Dios y para con el prójimo.
Con estas nociones podemos refutar fácilmente los argumentos en que se
apoya la tesis contraria.
1) Esta objeción no tiene eficacia alguna, según San Jerónimo, pues,
como dice comentando ese pasaje de San Mateo: "Miente el joven, porque
si hubiese cumplido realmente lo que se ordena en los mandamientos:
Amarás a tu prójimo como a ti mismo ¿cómo después al oír: Ve y vende
todo lo que tienes y dáselo a los pobres se marchó entristecido?" Y
Orígenes narra, hablando del mismo pasaje, que en "el Evangelio según
los Hebreos está escrito que al decirle el Señor: Ve y vende todo lo que
tienes, comenzó el joven rico a arrancarse los cabellos. Entonces le
dijo el Señor: ¿Cómo dices: cumplí la ley y los profetas? Está escrito
en la ley: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Y he aquí que muchos
hermanos tuyos hijos de Abraham, se han rodeado de estiércol porque
morían de hambre, mientras tu casa está repleta de abundantes bienes y
de ella nada sale para socorrerlos. Por eso el Señor lo reprendió
diciendo: Si quieres ser perfecto, etc. Es imposible cumplir el
mandamiento que dice: Amarás a tu prójimo como a ti mismo y ser rico,
máxime poseyendo tantas riquezas".
Pero esto se ha de entender en cuanto al modo perfecto de cumplir este
mandamiento. Nada impide creer que el joven había cumplido los
mandamientos, y en cuanto a esto no mintiese, como dice San Crisóstomo y
otros expositores. Pero aun siendo así, el hecho de que el Señor haya
dado el consejo de perfección a uno que había practicado ya en cierta
medida los mandamientos, no arguye necesariamente que sea ésta la única
entrada para practicar los consejos. San Mateo no había practicado los
mandamientos, antes bien, había vivido en el pecado; y sin embargo fue
llamado a seguir los consejos, para que así ni a los pecadores ni a los
inocentes estuviese cerrado el camino de los consejos.
2) Esta objeción no viene al caso, porque la instrucción en los
mandamientos es necesaria a todos, tanto para los que se quedan en el
siglo, como para los que emprenden el camino de la perfección haciéndose
religiosos. Los misterios de la fe y los sacramentos de que allí se
habla, son también comunes a unos y otros.
3) Realmente cumpliendo los mandamientos llega el hombre a la plenitud
de la sabiduría, lo cual no significa otra cosa que por la observancia
de los mandamientos merece el hombre la sabiduría de los misterios. Por
eso se suele citar aquello del Eclesiástico -según otra versión- : Desea
la sabiduría, guarda los mandamientos y Dios te la concederá (1, 33), lo
que, evidentemente, no viene al caso.
4) Esta objeción la discutiremos más detenidamente, pues a pesar de su
frivolidad, alardean mucho con ella y le dan un valor que no tiene.
En esa cita sólo se trata de la instrucción de los recién convertidos a
la fe, como se ve por el contexto de la glosa. En efecto, comienza
diciendo que "después del bautismo somos instruidos en las buenas obras
y nos alimentan con la leche de doctrinas sencillas, hasta que ya más
grandecitos, de la leche materna pasamos a la mesa del padre; es decir,
de la doctrina más elemental sobre el Verbo que se hizo carne, llegamos
a Verbo del Padre que está desde el principio en Dios". Lo que
evidentemente se refiere a un orden de enseñanza; por eso propone en
seguida el ejemplo de aquella costumbre observada por la Iglesia en
cinco etapas, a saber: en la primera, los recién convertidos a la fe se
van penetrando de las verdades elementales del Cristianismo por los
exorcismos y el catecismo; en la segunda son alimentados en el seno de
la Iglesia hasta el Sábado Santo; en la tercera son dados a luz por el
bautismo; en la cuarta la Iglesia los lleva en brazos y los alimenta con
leche hasta Pentecostés. Durante este tiempo no se les prescriben cosas
difíciles, como ayunar y levantarse a medianoche. Es en la quinta época
cuando, confirmados con el Espíritu Paráclito, como ya destetados,
comienzan a ayunar y a observar ciertas prácticas difíciles.
Al parecer, este ejemplo vendría muy bien para tesis de los adversarios.
Sin embargo, notemos tres puntos en que les falla el argumento.
En primer lugar, hay que distinguir muy bien entre aquellas cosas que se
abrazan espontáneamente y las que se imponen por obligación. Igual
distinción se debe hacer en el caso de los recién convertidos a la fe,
que son como niños de pecho; y de los penitentes, que son como enfermos
que deben ser curados. Cuando se trata de los recién convertidos a la fe
no se les puede imponer obligatoriamente prácticas difíciles, sino
ejercitarlos primero en otras más livianas para imponerles
progresivamente otras más costosas. Así se obra con los niños: hay que
nutrirlos primero con leche y luego con alimentos más sólidos. A este
caso se refiere la citada glosa. Ahora, si los recién convertidos a la
fe quieren por propia iniciativa abrazar prácticas más elevadas ¿quién
osará impedírselo? Además -para no apartarnos del ejemplo de la glosa-
así como después del solemne bautismo que tiene lugar en la Vigilia de
Pascua se concede un descanso de obras trabajosas en atención a los
débiles; así también después del bautismo solemne que se celebra en la
Vigilia de Pentecostés, la Iglesia restituye inmediatamente los ayunos,
para significar que aquellos que con fervoroso espíritu fueron recibidos
en el bautismo, se deben sujetar sin tardanza a una vida más severa.
Muy diverso es el caso de los pecadores arrepentidos, puesto que al
principio se les impone una penitencia más severa, que se les va
mitigando poco a poco, como se hace con los enfermos: en la
convalecencia se les prescribe una dieta muy estricta que se les mitiga
poco a poco mientras van sanando. La Iglesia, siguiendo este método,
comienza imponiendo a los inocentes cargas más ligeras en materia de
mandamientos que obligatoriamente hay que cumplir; no les obliga a
guardar los consejos, ni tampoco se lo prohíbe en el caso de que quieran
guardarlos voluntariamente. A los penitentes en cambio les impone en los
primeros años -según lo establecido en los cánones- penitencias mucho
más rigurosas.
Segunda falla: Si bien es verdad que en cada oficio y estado se ha de
ascender de lo más fácil a lo más difícil, sin embargo no es necesario
que quien abraza un estado superior deba ejercitarse antes en uno
inferior. En efecto, cualquiera que sea la profesión que uno quiera
tomar, no es absolutamente imprescindible ejercitarse antes en una
inferior, sino que dentro de la misma profesión se ha de pasar de los
más fácil a lo más difícil. Lo mismo en el estado religioso: quienes
quieran abrazarlo por la observancia de los consejos, no tienen
obligación de aplicarse previamente en el siglo a la observancia de los
mandamientos. Lo que hay que hacer es imponerle tal principio, de entre
aquellas prácticas propias del mismo estado religioso, las que les sean
más fáciles. Del mismo modo, no es obligatorio para los que aspiran a un
cargo en el clero, ejercitarse antes en la vida seglar; ni para los que
quieren guardar continencia ser primeros continentes en el matrimonio.
Tercera falla: encontramos una doble dificultad con respecto a la
realización de la obra: la primera procede únicamente de la magnitud de
la obra, y esta dificultad, por requerir una virtud perfecta, no se debe
imponer a los imperfectos. La segunda nace de una cohibición, de la que
necesitan mucho más quienes tienen una virtud imperfecta. El niño, por
ejemplo, necesita una vigilancia más diligente mientras está en manos de
su maestro, que después cuando ha llegado a una edad más avanzada. Ahora
bien, el estado religioso es una disciplina que impide caer en pecados y
que lleva más fácilmente a la perfección, como consta por lo dicho
anteriormente.
Por eso los que tienen una virtud más imperfecta, como aquellos que no
han observado aún los mandamientos, necesitan mucho más de esa
vigilancia, por cuanto les es más fácil abstenerse de pecados estando
sujetos a tal disciplina, que viviendo con más libertad en el mundo.
En cuanto a lo que agrega la glosa: "Muchos pervierten este orden, como
los herejes y cismáticos", se refiere -así se colige evidentemente por
lo que sigue- al orden que se debe observar en la enseñanza: "Este
-continúa- afirma con juramento haberlo guardado, no sólo en sus demás
cosas, sino también en la ciencia: porque tenía yo sentimientos humildes
cuando era alimentado primero con leche, es decir con la doctrina del
Verbo hecho carne, para que una vez crecido pueda comer el Pan de los
Ángeles, o sea el Verbo que está desde el principio en Dios". Y así
vuelve a lo de antes. Por lo cual se ve que las palabras que están entre
ambas citas no son sino un ejemplo.
5) Esta objeción, tomada del ejemplo de los cinco mil hombres que Cristo
alimentó con cinco panes, y de los cuatro mil que alimentó con siete
panes, es tan inútil que no merece respuesta. No es infalible que
sucedan conforme a las figuras, las cosas que por tales figuras se
representan, puesto que algunas veces las primeras representan a las
segundas y viceversa. Ni tampoco es eficaz una argumentación por medio
de tales figuras, como dice San Agustín en una carta contra los
Donatistas. Y Dionisio dice en una carta a Tito que la teología
simbólica no sirve para argumentar. No obstante todo esto, concedemos
que este orden de los milagros significa el paso de los preceptos a los
consejos, pero eso con respecto al género humano todo entero. En efecto,
no se dieron los consejos en el Antiguo Testamento, sino en el Nuevo,
porque la Ley ninguna cosa llevó a la perfección. Así lo prueba la glosa
al decir que los cinco panes son los preceptos de la ley, y los siete la
perfección evangélica. Pero no se sigue de ahí que unos mismos hombres
se tengan que ejercitar en los preceptos de la ley, como seglares
primero, y después en los consejos como religiosos. No consta, en
efecto, que hayan sido unos mismos hombres los que se encontraban entre
los cinco mil, y después entre los cuatro mil.
6) La cita de aquellos cuatro elementos de que están estructurados los
Evangelios tampoco viene al caso, porque la perfección de que allí se
habla con respecto a los ejemplos, no se refiere a los consejos, sino al
modo perfecto de observar los mandamientos que tratan de los actos de
virtud, como lo observara Cristo. La misma glosa trae algunos ejemplos,
como: Aprended de mí que soy manso, etc.... Sed perfectos como vuestro
Padre celestial es perfecto; Ejemplo os he dado... .
7) Consideremos algo más detenidamente la relación de la vida activa con
la contemplativa, ya que es uno de los argumentos que más gustan. Es
verdad que la vida activa precede a la contemplativa; pero ignoran,
según parece, qué cosa sea la vida activa. En primer lugar, creen que la
vida activa consiste únicamente en repartir bienes temporales; y así
llegan a afirmar que los religiosos no pueden ser perfectos en cuanto a
la vida activa. Error que ponen de manifiesto aquellas palabras de San
Gregorio (II homilía, 2? parte, sobre Ezequiel): "La vida activa es dar
pan al hambriento; enseñar la sabiduría al ignorante; corregir al que
yerra; restituir al camino de la humildad al prójimo soberbio; cuidar a
los enfermos; dar a cada uno lo que le hace falta y proveer a la
subsistencia de aquellos que nos han sido encomendados". Como se ve, es
del dominio de la vida activa mirar por los demás, no sólo en las cosas
temporales, sino también en las espirituales -corrigiendo y enseñando-,
obras que pueden cumplir mucho mejor quienes nada poseen en el mundo.
Por eso el Señor despojó a sus Apóstoles, futuros doctores del Universo,
de todos los bienes de este mundo, como se lee en San Mateo, capítulo
10.
Adelantemos nuestra investigación y veamos si la práctica de las
virtudes morales del hombre con respecto a sí mismo, concierne a la vida
activa. Y efectivamente, siguiendo la doctrina de Aristóteles, todas las
virtudes morales pertenecen a la vida activa (libro X de la Ética) y las
intelectuales a la contemplativa. Lo mismo sostiene San Agustín en el
libro XII sobre la Trinidad. Por eso atribuye a la acción la razón
inferior que administra los bienes temporales, propios o ajenos; y a la
contemplación, la razón superior aplicada a las razones eternas.
Asentado esto, fácil es ver por qué la vida activa precede a la
contemplativa: el hombre no llega a ser apto para contemplar la verdad
divina si no ha depurado su alma de las pasiones por medio de las
virtudes morales -que es trabajo propio de la vida activa-. Así lo
prueba aquello de San Mateo (5, 8): Bienaventurados los limpios de
corazón porque ellos verán a Dios por una contemplación imperfecta en
esta vida y perfecta en la otra. Por consiguiente, el ejercicio de la
vida activa es propia no sólo de los seglares, sino también de los
religiosos: en primer lugar porque con las virtudes morales refrenan las
pasiones del alma; en segundo lugar porque también ellos pueden ejercer
para con los demás las obras de caridad enseñando, corrigiendo, o por lo
menos visitando a los enfermos, consolando a los tristes, ya vivan en el
mundo o entre ellos en el monasterio. Con respecto a estos dos puntos se
lee en la epístola de Santiago (1, 27): La religión pura y sin mancha
delante de Dios Padre es esta: visitar a los huérfanos y las viudas en
sus tribulaciones y preservarse de la corrupción de este siglo. En
tercer lugar, porque al ingresar a la religión repartieron sus bienes
temporales dándolos a los pobres. Por consiguiente, la razón por la cual
la glosa citada dice que los mandamientos pertenecen a la vida activa,
no es precisamente porque los mandamientos sean únicamente de la vida
activa, pues dice San Gregorio en el lugar citado: "La vida
contemplativa es tener siempre fija en el pensamiento la caridad de Dios
y del prójimo, que son los mandamientos más grandes de la ley"; ni
tampoco porque los consejos sean solamente de la vida contemplativa,
como se ha demostrado; sino porque son principalmente los consejos los
que disponen a la vida contemplativa. En efecto, los mandamientos
guardados sin los consejos, no disponen suficientemente para la vida
contemplativa, para la que se requiere mayor perfección. Por lo tanto,
no es imprescindible que se quede uno en el siglo para practicar allí la
vida activa: también en el estado religioso puede el hombre abrazar la
vida activa tanto cuanto sea menester para llegar a la contemplación.
8) Aquello de San Gregorio: "Nadie llega a lo más alto de repente", no
viene muy a cuento en la presente cuestión, aunque a ellos les parezca
un buen argumento. Se puede considerar lo más alto y lo más bajo en el
mismo estado y en el mismo hombre, o en diversos estados y diversos
hombres. Considerado en el mismo estado y mismo hombre, es evidente que
nadie puede llegar a lo más alto de repente, porque quien vive
correctamente va progresando durante su vida entera hacia lo más alto.
Pero tratándose de estados diversos, no es necesario que quien quiere
llegar a un estado superior, tenga que empezar por estados inferiores,
así como no es necesario al que quiere hacerse clérigo, ejercitarse
antes en la vida de laico, puesto que muchos hay inscritos en la milicia
del clero desde la infancia. Lo mismo si se trata de personas diversas:
algunos comienzan por un grado más alto de santidad que el grado sumo a
que llegaría otro en toda su vida. Por lo que dice San Gregorio en el
libro segundo de sus Diálogos: ". . .Para que todos los hombres,
presentes y futuros, sepan con qué gran perfección recibió Benito la
gracia de la conversión".
9) y 10) Dos objeciones fuera de tema, porque en estas citas se habla de
la dignidad episcopal, que requiere una virtud perfecta y que, por lo
tanto, no se debe conferir a los imperfectos. Los consejos, en cambio,
promueven a la perfección e impiden caer en pecado. De ellos necesitan
las paredes nuevas para secarse de la humedad de los vicios, y por los
cuales, como por escalones obligados, se llega a la perfección.
11) Ya hemos dicho en qué sentido es verdad que en el orden de la
naturaleza sean anteriores los preceptos a los consejos. Si se trata de
los mandamientos que son de por sí fines de los demás, a saber: el amor
de Dios y del prójimo, es evidente que los consejos se ordenan a ellos
como a su fin. La relación de los consejos a estos mandamientos es la
misma que la de los medios para con el fin. Ahora bien, el fin es
anterior en la intención y posterior en la ejecución. Por consiguiente,
si los consejos se ordenan a esos mandamientos de tal modo que sin los
consejos no se los pudiese observar, se seguiría que uno no podría amar
a Dios y al prójimo sin observar antes los consejos, lo que es
evidentemente falso. Los consejos se ordenan a los predichos
mandamientos de tal modo que por medio de ellos se guarden éstos más
fácil y perfectamente: de ahí que por los consejos se llegue al perfecto
amor de Dios y del prójimo. Este amor precede a los consejos en la
intención, pero en la ejecución posterior.
Si comparamos los consejos con los demás preceptos que se ordenan al
amor de Dios y del prójimo, se puede descubrir entre ellos una doble
relación. En primer lugar, los consejos no se pueden guardar sin los
mandamientos, y en cambio, muchos guardan los mandamientos sin los
consejos. De ahí resulta la primera relación: la de los consejos a los
mandamientos en común. Así los consejos se ordenan a los mandamientos
como lo propio a lo común, en lo que hay en cierto modo una anterioridad
de naturaleza, pero no necesariamente de tiempo. Y según esto, no es
necesario ejercitarse en la observancia de los mandamientos antes de
pasar a cumplir los consejos.
La segunda relación a considerar es la de los consejos a los
mandamientos de que hablamos, en cuanto se observan sin necesidad de los
consejos. Y esta relación es como la que guardan una especie perfecta
con otra imperfecta: el animal racional, por ejemplo, con el que carece
de razón. Y así los consejos son anteriores en el orden de la naturaleza
a los preceptos, puesto que en cualquier género lo perfecto es
naturalmente anterior: la naturaleza, como dice Boecio, comienza con lo
perfecto. No es de necesidad que los mandamientos así considerados sean
anteriores en tiempo a los consejos, así como no es necesario que una
cosa esté primero en una especie imperfecta para llegar a una perfecta,
sino que dentro de los límites de la misma especie debe pasar de lo
perfecto a lo imperfecto.
12) Esta objeción procede de entender mal el asunto que tratamos: no
decimos que los consejos se ordenan a los mandamientos de modo que sin
los primeros no se puedan cumplir los segundos, sino que los
mandamientos se cumplen mejor y más perfectamente por medio de los
consejos.
CAPÍTULO VIII: OBJECIONES
"Antes de entrar en religión se debe deliberar largamente y con muchos".
Después de haber tratado el punto anterior, veamos si es necesario -como
dicen algunos- a los que quieren entrar en religión, pedir consejos a
muchas personas.
Objeciones: 1) Antes de emprender una obra difícil a la que se ha de
atar uno por toda la vida, se debe consultar el parecer de muchos. Ahora
bien, nada es, al parecer, más arduo y difícil en la vida del hombre que
negarse a sí mismo y apartarse del mundo entrando en religión, en la que
obligatoriamente ha de permanecer toda la vida. En este caso, por
consiguiente hay que pedir consejo a muchos y reflexionar largo tiempo.
2) Esto mismo se prueba por la definición del voto: "Promesa de un bien
mejor, consolidada con la deliberación del espíritu". De la
deliberación, pues, depende la firmeza del voto. Ahora bien, el voto del
religioso es algo firmísimo que no se puede infringir suceda lo que
suceda; por lo que se requiere antes de hacerlo una detenida meditación.
3) No creáis a todo espíritu -dice San Juan (1, 4, 1)- mas examinad si
los espíritus son de Dios, palabras que se refieren al ingreso a la
religión, puesto que San Benito en su Regla y el Papa Inocencio en una
decretal citan ese pasaje a este mismo propósito. Ahora bien, para un
discernimiento de esa clase es necesario un diligente examen que sólo se
logra consultando a muchas personas. Por consiguiente, quien quiere
entrar en religión debe pedir antes consejo a muchas personas.
4) Se debe pedir estos consejos cuando hay inminente peligro de
engañarse, como sucede en h entrada en religión. En efecto, dice San
Pablo (2 Co 11, 14): Satanás se disfraza de ángel de luz para engañar a
los incautos con apariencias de bien. Por lo tanto hay que entrar en
religión habiéndolo consultado ya con muchos.
5) Lo que puede tener un mal resultado, hay que examinarlo pidiendo
diligentemente consejos. Y el ingreso a la religión suele resultar
desastroso para muchísimos que después apostatan o llegan a la
desesperación. Por eso antes de entrar en religión hay que consultarlo
muy bien.
6) (Una objeción muy frecuente): Se lee en los Hechos de los Apóstoles
(5, 39): Si es designio o cosa de Dios no la podréis destruir. Ahora
bien, en muchos casos la apostasía destruye el propósito de entrar en
religión; y en este caso el propósito no venía de Dios. Por lo cual es
muy necesario deliberar largamente y con muchas personas si puede uno
entrar en religión.
Estas son las razones con que pretenden imponer la obligación de
deliberar largamente y con muchos a los que quieren entrar en religión;
con la intención de que, multiplicando los consejos, por un motivo
cualquiera se les presente algún impedimento.
CAPÍTULO IX: NATURALEZA Y ORIGEN DE LA VOCACIÓN
La vocación es el llamado de Dios. Este llamado puede ser externo -por
sus mismos labios, como en el caso de sus discípulos, o por la
Escritura-; o interno -por la inspiración del Espíritu Santo-. Ambos
llamados, proviniendo de Dios, no pueden someterse al juicio de los
hombres, máxime al de los allegados. Sólo se debe consultar con un
prudente director o confesor.
a) Prontitud para responder a la vocación.
Demostraremos ahora la falsedad de la tesis contraria:
En San Mateo (4, 20) se lee que Pedro y Andrés, no bien fueron llamados
por el Señor, dejando las redes le siguieron. En su alabanza dice San
Juan Crisóstomo: "Estaban en pleno trabajo; pero al oír al que les
mandaba, no se demoraron, no dijeron: Volvamos a casa y consultémoslo
con nuestros amigos; sino que dejando todo lo siguieron, como hizo
Eliseo con Elías. Cristo quiere de nosotros una obediencia semejante, de
modo que no nos demoremos un instante." En los versículos siguientes se
lee de Santiago y Juan que llamados por Dios, dejando al instante las
redes y a su padre, le siguieron. Y, como dice San Hilario comentando
este pasaje: "Al dejar su trabajo y la casa paterna, nos enseñan cómo
hemos de seguir a Cristo, y a no esclavizarnos con las preocupaciones
del siglo y los lazos de la vida familiar".
Más adelante (Mt 9) se narra de San Mateo que al llamado del Señor se
levantó y le siguió. "Advierte la obediencia del que fue llamado
-comenta San Juan Crisóstomo-; no se resiste, no pide ir a su casa y
comunicárselo a los suyos". Y aun menospreció los castigos humanos que
le amenazaban de parte de las autoridades por dejar sin concluir las
operaciones de su banca -como dice San Remigio comentando este lugar-.
De todo esto se deduce evidentemente que ningún motivo humano nos debe
retardar en el servicio de Dios.
Se lee también en San Mateo (8, 21) y en San Lucas (9, 59) que un
discípulo de Cristo le dijo: Señor, déjame ir primero y enterrar a mi
padre. Y Jesús le dijo: Sígueme y deja que los muertos entierren a sus
muertos. San Juan Crisóstomo dice comentando este lugar: "Esto lo dijo,
no precisamente para obligarnos a rechazar el amor hacia los padres,
sino para demostrarnos que ninguna cosa nos es más necesaria que
ocuparnos en las cosas del cielo; que debemos aplicarnos a ellas con
todo interés y no tardar un instante, aunque nos atraigan otras
circunstancias, inevitables e incitadoras. ¿Qué más necesario que
sepultar al padre? ¿Qué más fácil que eso?, no se perdería en ello gran
tiempo. Pero el diablo insiste con ardor para ver si puede así hallarse
una entrada; y donde halla una pequeña negligencia, introduce por allí
un gran desaliento. Por eso nos advierte el Sabio: No lo difieras de un
día para otro. Esto nos avisa que no debemos perder un minuto de tiempo,
aunque nos salgan al paso mil dificultades; y a preferir las cosas
espirituales a todas las demás aunque nos sean necesarias".
"Hay que honrar al padre -dice San Agustín en el Tratado de las Palabras
del Señor- pero también hay que obedecer a Dios. Yo, nos dice, te llamo
para predicar el Evangelio. En esta tarea te necesito, y esta obra es
más grande que la que tú quieres hacer: otros quedan para sepultar a sus
muertos. No es lícito subordinar lo anterior a lo posterior. Amad a los
padres, pero amad más a Dios". Por consiguiente, si el Señor reprende al
discípulo que le pide un plazo tan corto para una cosa tan necesaria,
¿cómo pretender que para seguir los consejos de Cristo se necesita
deliberar un largo tiempo?
Sigamos en el Evangelio de San Lucas: Y otro le dijo: Yo te seguiré
Señor, pero primero déjame ir a despedirme de mi casa (9, 61).
Comentando este pasaje dice San Cirilo, el insigne doctor griego: "La
promesa es digna de ser imitada y alabada. Pero el querer despedirse de
los suyos y pedirles permiso es señal de que en algo se ha apartado del
Señor, cuando en su espíritu había propuesto seguirlo sin restricción.
En efecto, querer consultarlo con prójimos que no van a condescender con
su determinación, indica que por algún lado iba flaqueando. Por eso el
Señor lo reprende: Y Jesús le dijo: Quien pone la mano en el arado y
vuelve la vista atrás, no es apto para el reino de Dios (62). Pone las
manos en el arado quien con el afecto sigue a Cristo; pero vuelve la
vista atrás quien pide un plazo para volver a su casa y consultar con
los suyos. Como vemos, no es ésta la conducta de los Santos Apóstoles,
sino que dejaron con prontitud la nave y el padre y siguieron a Cristo.
San Pablo no consultó carne ni sangre. Así pues deben ser los que
quieren seguir a Cristo".
San Agustín explica esto en su Tratado de las Palabras del Señor: "Te
llama el Oriente, y tú miras al Occidente". El Oriente es Cristo, según
aquello de Zacarías (6, 12): He aquí un hombre cuyo nombre es Oriente.
El occidente es el hombre que cae en la muerte, o está expuesto a caer
en las tinieblas del pecado y de la ignorancia.
Por consiguiente, es injuriar a Cristo en quien están encerrados todos
los tesoros de la sabiduría de Dios (Col 2, 3), creer que después de
haber oído el consejo de Cristo, se debe recurrir al consejo de hombre
mortal.
b) Dios nos hace conocer el bien del estado religioso por medio de las
Sagradas Escrituras.
Y aquí nos quieren atajar con un ridículo subterfugio. Todo esto -dicen-
no vale sino en el caso de ser llamados directamente por la voz del
Señor. Entonces, claro está, no hay que demorarse ni recurrir al consejo
de nadie. Pero cuando el hombre es llamado a la religión sólo
interiormente, entonces sí que es necesario una larga deliberación y el
consejo de muchos para conocer si el llamado procede realmente de una
inspiración divina.
Réplica llena de errores. Las palabras de Cristo contenidas en las
Escrituras, las debemos recibir como si las oyésemos de los mismos
labios del Señor. Así se lee en San Marcos: Lo que a vosotros digo, a
todos lo digo: velad (13, 37). Y en la Epístola a los Romanos leemos:
Todas las cosas que han sido escritas, para nuestra enseñanza han sido
escritas. Y San Juan Crisóstomo dice: "Si todas estas cosas se hubiesen
predicado sólo para los contemporáneos, nunca se hubiesen escrito. Por
eso fueron predicadas para ellos y escritas para nosotros". San Pablo
dice en la Epístola a los Hebreos (12, 5) citando el Antiguo Testamento:
Os habéis olvidado ya de las palabras de consuelo que os dirige como a
hijos diciendo: Hijo mío, no desprecies la corrección. Por consiguiente
las palabras de la Sagrada Escritura se dirigen no sólo a los
contemporáneos, sino también a los venideros.
Pero veamos especialmente si el consejo que dio Nuestro Señor (Mt 19, 21
): Si quieres ser perfecto ve, vende todo lo que tienes y dalo a los
pobres, se dirigía a él solo, o también a todos los hombres. Podemos
deducir lo segundo por lo que sigue. En efecto, al decirle Pedro: He
aquí que hemos dejado todo y te hemos seguido, estableció una recompensa
general que valdría para todos: Y cualquiera que habrá dejado casa o
hermanos... por causa de mi nombre, recibirá cien veces más y poseerá la
vida eterna. Por lo tanto, cada cual debe seguir este consejo como si lo
oyese de los mismos labios del Señor. "Habiendo oído -dice a este
propósito San Jerónimo escribiendo al Presbítero Paulino- la sentencia
del Salvador: Si quieres ser perfecto anda, y vende todo lo que tienes y
dalo a los pobres, y luego ven y sígueme: traduce en obras estas
palabras; y siguiendo desnudo la Cruz desnuda, subirás con más prontitud
y libertad la escala de Jacob". Es verdad que mientras Jesús hablaba al
adolescente le dirigía a él solo la palabra. Pero en otro lugar (Mt 16,
24), da el mismo consejo de una manera universal: Si alguno quiere venir
en pos de mí, niéguese a sí mismo y cargue con su cruz y sígame. San
Juan Crisóstomo comenta: "Propone esta verdad común para todo el mundo:
Si alguno quiere, es decir, si un hombre, si una mujer, si un rey, si un
libre, si un esclavo..." La negación de sí mismo, según San Basilio, es
un total olvido de lo pasado y alejamiento de la propia voluntad. Y así
se ve que esta negación de sí mismo comprende también el abandono de las
riquezas, las cuales se poseen dependiendo de la propia voluntad.
Concluimos pues, que el consejo que el Señor dio al adolescente debemos
recibirlo como si cada uno lo oyera de labios del Señor.
c) Luego nos incita a abrazarlo por un llamado interior.
Aun queda algo que considerar en la réplica anteriormente citada. Hemos
demostrado ya que aquellas palabras que el Señor nos comunica por medio
de las Escrituras tienen la misma autoridad que si las oyésemos de los
mismos labios del Señor. Consideremos ahora el otro modo con el que el
Señor nos habla interiormente, según lo del Salmo (84, 9): Escucharé lo
que me hable el Señor. Este modo de expresión precede a toda palabra
externa, pues según San Gregorio en la homilía de Pentecostés: "El
Creador no abre su boca para enseñar al hombre sin haberle hablado antes
por la unción del espíritu. Sin duda Caín, antes de consumar el
fratricidio había oído: Has pecado, detente. Mas estando como fuera de
sí por sus pecados, recibió el aviso sólo de palabra y no con la unción
del Espíritu. Pudo sí oír las palabras, pero no quiso obedecerlas". Por
consiguiente, si como conceden ellos mismos, hay que obedecer al
instante el mandato del Señor que viene de afuera, con mayor razón
debemos obedecer sin vacilar un momento, sin resistirlas por ningún
motivo, las voces interiores con que el Espíritu Santo mueve el alma.
Por eso en Isaías (50, 5) se dice por boca del profeta, o mejor, del
mismo Cristo: El Señor Dios me abrió el oído, es decir, inspirándome
interiormente, y yo no me resistí ni me volví atrás, tendiendo a lo
venidero como ya olvidado de lo pasado (Flp 3, 14). Todos aquellos que
se rigen por el Espíritu de Dios -dice San Pablo (Rm 8, 14)- ésos son
hijos de Dios. "No porque no hagan nada -comenta San Agustín- sino
porque son regidos por el impulso de la gracia". Y este impulso no rige
a quien se resiste o se demora. Lo propio de los hijos de Dios es
dejarse conducir por el impulso de la gracia a cosas mayores, sin andar
buscando consejos. De este impulso habla Isaías al decir (59, 19):
Cuando venga como un río impetuoso, impelido por el Espíritu del Señor.
Y que hay que seguirlo lo dice San Pablo escribiendo a los Gálatas:
Proceded según el Espíritu (5, 16); si sois conducidos por el Espíritu,
no estáis sujetos a la Ley (vers. 18); si vivimos por el Espíritu,
procedamos también según el Espíritu (vers. 25). San Esteban, como si se
tratase de un gran crimen, increpaba a unos individuos diciéndoles:
Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo (Hch 7, 5). El Apóstol
advierte a los Tesalonicenses: No apaguéis el Espíritu (1, 5, 19), sobre
lo que dice la glosa: "Si el Espíritu Santo quiere revelar algo a alguno
en cualquier momento, no le impidáis a ese tal decir lo que siente". Y
el Espíritu Santo revela diciendo no sólo lo que el hombre debe hablar,
sino también sugiriéndole lo que debe hacer, como dice San Juan (c. 14).
Por consiguiente, cuando el hombre es impulsado por inspiración del
Espíritu Santo a entrar en religión, no se lo debe detener para que vaya
a pedir consejos a los hombres, sino que al instante debe seguir ese
impulso; por lo que se dice en Ezequiel: A cualquier parte donde iba el
Espíritu, allá se dirigían también en pos de él las ruedas.
Además de la autoridad de la Escritura, se pueden citar a este propósito
muchos ejemplos de los Santos.
Narra San Agustín (Conf. VIII, 6) el caso de dos soldados, uno de los
cuales después que acabó de leer la vida de San Antonio Abad, inflamado
de repente en santo amor, dijo a su amigo: "Estoy resuelto a seguir a
Dios, y quiero comenzar desde este momento y en este preciso lugar. Si
no tienes ánimo para imitarme, por lo menos no te opongas. El otro le
respondió que quería participar de tan gran recompensa y tan gran
milicia. Y ambos, ya siervos tuyos, comenzaron a edificar la torre con
el caudal proporcionado, que consistía en dejar todas sus cosas y
seguirte". En el mismo libro San Agustín se reprocha a sí mismo el haber
retardado su conversión: "Convencido ya -dice- de la verdad, no tenía
nada más absolutamente que responder, sino unas palabras lánguidas y
soñolientas: luego, sí, luego: déjame otro poco. Pero el "luego" no
tenía término, y el "déjame otro poco" se hacía ya demasiado largo".
También en ese libro dice: "Yo me avergonzaba mucho porque aun oía el
murmullo de aquellas fruslerías (mundanas y carnales) que me tenían
indeciso".
Como se ve, no es nada laudable, sino más bien censurable, tanto el
retardar el cumplimiento de una vocación hecha interior o exteriormente
de palabra o por medio de la Escritura: cuanto el andar pidiendo consejo
como si se tratara de cosa dudosa.
d) Gracias que acompañan a este llamado.
Otro resultado de la eficacia de la inspiración interior, es impulsar a
los hombres inspirados a cosas más altas. Símbolo de esta realidad es
aquello que relatan los Hechos de los Apóstoles (c. 2) cuando reunidos
los discípulos en un mismo lugar, vino de repente sobre ellos el
Espíritu Santo y comenzaron a predicar las maravillas del Señor. "La
gracia del Espíritu Santo -comenta la glosa- nunca procede con
lentitud". Y en el Eclesiástico (11, 19) se lee: Fácil cosa es para Dios
enriquecer al pobre en un momento. San Agustín demuestra esta eficacia
de la inspiración interna de Dios en el Tratado de la Predestinación de
los Santos, citando aquel pasaje de San Juan (6, 45): Todo el que ha
escuchado al Padre y ha aprendido, viene a Mí. "Muy ajena -dice- a los
sentidos de la carne es esta escuela en la que el Padre es escuchado y
enseña el camino para llegar al Hijo. Y esto no lo obra por los oídos de
la carne, sino por los del corazón... Así pues, la gracia que la divina
largueza infunde secretamente en los corazones de los hombres, no es
resistida por ningún corazón endurecido: aun más, la infunde
precisamente para quitar de raíz la dureza de corazón".
También San Gregorio habla de esta eficacia de la inspiración interior
en la homilía de Pentecostés: "?Qué gran artífice es este Espíritu! No
tarda un instante para enseñar. Apenas toca el alma, le enseña todo
cuanto quiere: tocarla y enseñarla es una sola cosa para El, pues al
mismo tiempo que ilumina al alma, la transforma. Quita de repente lo que
antes había y muestra de repente lo que no había". Por consiguiente,
quien detiene el impulso del Espíritu Santo con largas consultas, o
ignora o rechaza conscientemente el poder del Espíritu Santo.
Además de la autoridad de los Doctores Sagrados, citemos para comprobar
la falsedad de esa afirmación los escritos de los filósofos. Aristóteles
dice en un capítulo de la Ética que se titula De la buena fortuna: "Pregúntase
cuál es en el alma el principio del movimiento. Naturalmente que como en
todas las cosas, es Dios. En efecto, el principio de la razón no es la
razón misma, sino algo superior. ¿Y qué otra cosa habrá superior a la
ciencia y al entendimiento, sino sólo Dios? " Sigue hablando después de
aquellos que son movidos por Dios, "los cuales no deben ir en busca de
consejo: ya que tienen un principio tal que es mejor que toda
inteligencia y consejo". Avergüéncense los que se dicen católicos y se
entrometen a dar consejos humanos a los inspirados por Dios: un filósofo
pagano les enseña que no hay necesidad de tales consejos.
e) Cuándo y a quién se ha de consultar sobre la vocación.
Tratemos de ver ahora en qué casos necesitan consejo aquellos a quienes
ha sido inspirado el propósito de entrar en religión. En un primer caso,
porque podría dudarse de si realmente lo que Cristo aconseja es lo
mejor. Pero semejante duda es sacrílega. En un segundo caso, porque se
vacila en cumplir el propósito de entrar en religión por no contrariar a
los amigos, o por no perder los bienes temporales, lo cual es propio de
un alma enredada aún en amores carnales. En su carta a Eliodoro dice San
Jerónimo a este propósito: "Aunque tu pequeño hijo se te cuelgue del
cuello; aunque tu madre con los cabellos desgreñados y rasgándose los
vestidos te muestre los pechos que te amamantaron; aunque tu padre se
tire en el umbral, pasa por encima de él y vuela sin una lágrima en los
ojos, hacia el signo de la Cruz. En este caso, el único modo de ser
piadoso es ser cruel... El enemigo empuña su espada para matarme, ¿y yo
he de parar mientes en las lágrimas de mi madre? ¿He de desertar de la
milicia por mi padre, a quien por causa de Cristo no debo ni la
sepultura?" Trae después otros argumentos semejantes.
Tal vez alguno crea necesario pedir consejo para conocer si tiene
fuerzas suficientes para poner en práctica su propósito. Pero también a
esta duda sale al paso San Agustín -quien temía entregarse a la guarda
de la continencia- hablando de sí mismo: "En aquella misma parte en que
tenía puesta mi atención y adonde temía pasar, se me descubría la virtud
de la continencia, con una casta dignidad, serena y alegre sin
disipación: honestamente me halagaba, para que me llegara a ella
resueltamente. Me extendía sus piadosas manos llenas de una multitud de
buenos ejemplos, para recibirme en su seno y abrazarme. Allí había un
gran número de jóvenes y doncellas; una juventud numerosa, personas de
toda edad, viudas venerables y vírgenes ancianas. Y se burlaba de mí con
una risa llena de alientos, como si dijera: Lo que pudieron éstos y
éstas, ¿no lo podrás tú? ¿O acaso éstos y éstas lo pueden por sí mismos
y no por su Dios? El Señor Dios me entregó a ellos. ¿Por qué te apoyas
en ti mismo, si no puede estar en pie? Arrójate en El y no temas; no se
retirará para dejarte caer. Arrójate seguro en sus brazos que El te
recibirá y te sanará".
Resta examinar dos casos en que les sería necesario pedir consejos a los
que se proponen entrar en religión. Uno, con respecto al modo de entrar
en religión: y el otro con respecto a alguna traba especial que les
impida tomar el estado religioso; ser esclavo, estar casado u otro
semejante.
Ante todo, no debe consultar a sus parientes, pues como se lee en los
Proverbios (25, 9): Tus cosas trátalas con tu amigo, y no descubras tus
secretos a un extraño. Los parientes no entran en este caso en la
categoría de amigos, sino más bien en la de enemigos, según aquello de
Miqueas: Los enemigos del hombre son sus familiares (7, 6), frase que el
Señor cita en San Mateo (10, 36). En este caso, como decimos, se deben
descartar especialmente las consultas con los parientes. A esto se
refiere San Jerónimo cuando en su carta a Eliodoro enumera los
impedimentos que suelen poner los parientes a quienes han propuesto
hacerse religiosos: "Ahora -dice- tu hermana viuda, te abraza
tiernamente; tus domésticos, con los que has crecido, te dicen: ¿A quién
hemos de servir si tú nos dejas? Ahora la que fue tu nodriza, ya
anciana: tu padre nutricio, que ocupa un segundo lugar en tu corazón
después de tu padre natural, te suplican: Espera a que muramos y nos
sepultes". San Jerónimo dice en el libro tercero de la Moral: "El astuto
adversario, como se ve expulsado del corazón de los buenos, va en busca
de aquellos a quienes éstos aman y le dirige por medio de ellos palabras
halagadoras, haciéndoles creer que son amados más que cualquier otro;
para que así, mientras la fuerza del amor perfora el corazón, pueda él
introducir fácilmente la espada de su persuasión hasta los fundamentos
más íntimos de la rectitud". Por eso San Benito, como refiere San
Gregorio en el libro segundo de sus Diálogos, huyendo ocultamente de su
nodriza, se retiró a un desierto; pero comunicó su intención a un monje
de Roma, el cual lo guardó en secreto y favoreció su propósito.
Hay que descartar también los consejos de los hombres carnales, que
tienen por tontería la Sabiduría de Dios.
De ellos se burla el Eclesiástico diciendo (38, 12): Ve a tratar de
santidad con un hombre sin religión, y de justicia con un injusto... No
tomes consejos de éstos sobre tal cosa, sino más bien trata de continuo
con el varón piadoso, al cual sí se ha de pedir consejo si hubiese en
este caso algo que necesite consultar.
CAPÍTULO X: RESPUESTA A LAS OBJECIONES DEL CAPÍTULO VIII
Fácil nos será ahora refutar las objeciones.
1) Ante una empresa ardua es necesario, sí, pedir consejo; pero eso en
el caso de que la verdad no sea evidente. Pero cuando lo mejor está
claramente definido por un dictamen superior, resulta injurioso ponerlo
en duda yéndolo a consultar de nuevo.
2) Dicen: el voto adquiere su firmeza por una deliberación del alma. No
viene al caso. Esta deliberación consiste en una resolución interior por
la cual elige uno el bien mayor obligándose a él. En efecto, toda acción
procedente de una elección, procede asimismo de una deliberación o
consejo, porque la elección es un acto de la voluntad previamente
aconsejada, como dice Aristóteles en el libro tercero de la Ética. Ahora
bien, así como el Espíritu Santo, siendo espíritu de fortaleza y de
piedad, inspira al hombre este propósito; así también, siendo espíritu
de consejo y de ciencia, le da esa deliberación interior.
3) La cita: Examinad si el espíritu viene de Dios tampoco viene al caso.
Ese examen es necesario cuando no hay certeza. Por eso dice la glosa
comentando aquello de la epístola a los tesalonicenses (1, 5, 20):
Examinad todas las cosas: "Las cosas ciertas no necesitan discusión".
Aquellos a quienes compete admitir a otros en la religión, pueden
ignorar qué espíritu mueve a éstos a abrazar ese estado: si el deseo de
la perfección espiritual o, como sucede a veces, para espiar e intrigar.
Pueden asimismo dudar de su aptitud para el estado religioso. Por eso
tanto las leyes eclesiásticas, como las constituciones religiosas,
mandan a los superiores probar a aquellos a quienes deben recibir. Pero
a los mismos interesados: los que quieren entrar en religión, no les
puede caber duda alguna acerca de la intención que llevan. Por eso no
tienen necesidad alguna de consultas, sobre todo si están seguros de que
no les han de faltar fuerzas corporales. En último caso, a todo el que
quiere entrar en religión se le concede un año de prueba para ver si
estas fuerzas pueden serles suficientes.
4) Satanás se transforma en ángel de luz y sugiere bienes con la
intención de engañar, es verdad. Pero, como dice la glosa comentando
esta cita, cuando el diablo engaña los sentidos corporales, mas no puede
apartar al alma de la verdadera y recta doctrina que la induce a vivir
fielmente, no hay entonces ningún peligro en ingresar a la vida
religiosa. Y en el caso de que el demonio, fingiéndose bueno, obrara y
hablara como un ángel bueno, no se caería en un error peligroso o
funesto, aunque se le haga caso como si realmente fuera bueno. Pero aun
suponiendo que el mismo demonio incite a entrar en religión, siendo esto
de suyo una obra buena y propia de ángeles buenos, no hay ningún peligro
en seguir en este caso su consejo. Eso sí, debemos cuidar de resistirle
siempre que nos incite a la soberbia o a otros vicios. En efecto,
acontece frecuentemente que Dios se vale de la malicia del demonio para
beneficiar a los santos, a quienes prepara sendas coronas si logran
vencer siempre; y así Dios burla al demonio por medio de sus Santos.
Con todo se debe advertir que si el diablo -y aun un hombre- sugiere a
alguien entrar en religión para emprender en ella el seguimiento de
Cristo, tal sugestión no tiene eficacia alguna si no es atraído
interiormente por Dios. En efecto, dice San Agustín en el Libro de la
Predestinación de los Santos, que todos los santos son enseñados por
Dios, no porque de hecho todos lleguen a Cristo, sino porque no se puede
llegar por otro camino. Por consiguiente sea quien fuese el que sugiere
el propósito de entrar en religión, siempre este propósito viene de
Dios.
5) Dicen: se debe pedir consejo especialmente ante aquellas empresas que
pueden tener un mal resultado. Aquí hay que hacer una distinción. En
efecto, el mal resultado puede provenir de parte de la cosa misma en
cuya empresa se corre peligro, o de parte del hombre que la emprende. Si
el peligro amenaza de parte de la cosa que se ha emprender, en el caso
de que esto suceda con frecuencia, es necesario deliberar mucho para
salvar el peligro o desistir por completo de tal cosa. Pero si el
peligro sólo existe en contados casos, no es necesaria una larga
deliberación, sino un poco de cuidado y cautela para no caer en él
alguna vez que otra. De otro modo no se podría emprender ninguna obra
humana, pues, como dice el Eclesiastés (11, 4): Quien anda observando el
viento no siembra, y el que atiende a que hay nubes nunca se pondrá a
segar. Y los Proverbios (26, 13): Dice el perezoso: hay un león en el
camino; está una leona en los desfiladeros. "Muchos -comenta la glosa-
cuando oyen palabras de exhortación, dicen que sí quieren comenzar el
camino de la santidad, pero que no pueden seguirlo por miedo a Satanás".
Otras veces sucede que la cosa en sí misma es segura, pero tiene malos
resultados por la razón de que el hombre cambia de propósito. Con todo,
el hecho de que algunos, abandonando su propósito, apostaten de la vida
religiosa y se hagan peores que antes, no es motivo para echarnos atrás
o diferir el ingreso a la religión con la excusa de una mayor
deliberación. De lo contrario, lo mismo habría que decir acerca del
acceso a la fe y a los sacramentos, porque -como dice San Pedro- (2, 2 ,
21): Mejor les fuera no haber conocido el camino, que después de
conocido volverse atrás. Y San Pablo en la Epístola a los Hebreos (10,
29); ?Cuántos más grandes suplicios merece aquel que tuviere por vil la
sangre del Testamento y ultrajare al Espíritu de Gracia! Por la misma
razón tampoco deberíamos hacer obras de justicia, porque se lee en el
Eclesiástico (27, 27): A quien de la justicia se vuelve al pecado, lo
destina Dios a la perdición.
6) Concedamos un poco más de atención a la cita de los Hechos: Si este
designio u obra viene de Dios, no lo podréis destruir. Y esto porque lo
repiten con frecuencia, y porque lleva escondido el veneno de una
malicia herética. En efecto, de esta cita interpretada torcidamente los
herejes contemporáneos pretenden deducir dos errores: que los cuerpos
que se corrompen no fueron hechos por Dios, y que si alguien obtiene de
Dios la gracia o la caridad, ya no puede condenarse. Nosotros podríamos
agregar otros más por el estilo: si el diablo pecó, no fue creado por
Dios; si Judas apostató del colegio apostólico, no fue elegido por Dios;
si Simón Mago cayó en la herejía después del bautismo, no fue obra de
Dios el que Felipe lo bautizara. A estos argumentos añadamos el tan
admirable argumento de todos éstos, tan eficaz como aquéllos: "Si el que
entró en religión, sale después de ella, el propósito con que entró no
provenía de Dios", o también: "El celo de aquellos que lo indujeron a
hacerse religioso no era inspirado por Dios". Contra ellos citemos las
palabras de San Agustín en el libro primero contra Juliano, que
afirmaba: "La raíz del mal no puede estar en lo que es don de Dios",
contra el cual San Agustín: "Saldrá vencedor el maniqueo si no se le
resiste a él y también a ti... Por eso la verdad de la fe católica
venció al maniqueo, porque te venció a ti". Para que nuestros
adversarios sean vencidos junto con los maniqueos, afirmamos: Los
designios de Dios nunca se destruyen, según aquello de Isaías (46, 10):
Mis resoluciones se sostendrán y todos mis deseos se cumplirán. Y así
como por su inmutable designio hace que las cosas corruptibles existan
en el tiempo y no en la eternidad; así también da a algunos la justicia
por cierto tiempo, pero no les concede el don de la perseverancia, como
dice San Agustín en su tratado sobre la Perseverancia. Y así como se
derrota a los maniqueos probándoles que las cosas corruptibles son
creadas por un inmutable designio de Dios, para que sólo existan cierto
tiempo, del mismo modo se derrota a nuestros adversarios probándoles que
Dios, en sus designios inmutables, inspira a algunos el propósito de
entrar en religión, pero no les concede la gracia de perseverar en ella.
CAPÍTULO XI: OBJECIONES
"Es más meritorio un acto de virtud hecho sin la obligación del voto.
Por consiguiente, nadie debe obligarse con voto o juramento a entrar en
religión.
Se cita, además, la legislación eclesiástica".
Examinemos ahora las razones con que nuestros adversarios pretenden
probar que es ilícito obligarse con voto a entrar en religión.
1) Es mejor hacer actos de virtud sin voto que hacerlos obligados con
él. En efecto, dice San Próspero a este propósito en el libro segundo de
la Vida Contemplativa: "Debemos abstenernos de carne y ayunar, pero no
como si estuviésemos sujetos a una obligación ineludible de ayunar;
porque entonces no lo haríamos por devoción, sino contra nuestro agrado
y voluntad". Ahora bien, quien hace voto de ayunar, se sujeta a una
obligación ineludible de ayunar -y lo mismo dígase de los demás actos de
virtud- . No parece, pues, laudable, obligarse con voto a ayunar, a
entrar en religión o a cualquier otro acto de virtud.
2) Cuanto más necesaria es una cosa, tanto menos meritoria es. Ahora
bien, cuando uno ha hecho ya voto de entrar en religión o de realizar
cualquier obra virtuosa, está por ello obligado necesariamente a cumplir
lo prometido. Por consiguiente es más laudable y meritorio realizar una
obra virtuosa sin obligarse con voto, que obligándose con él.
3) Está vedado expresamente obligarse con voto o juramento a entrar en
religión. Así se deduce de una resolución del Concilio de Toledo (que se
encuentra en los decretos, dist. XLV, en el capítulo referente a los
judíos): "(Los judíos) no han de ser convertidos a la fuerza, sino por
propia libertad, para que su justificación sea perfecta; porque así como
el hombre usando de su libre albedrío hizo caso a la serpiente y cayó,
así también se debe salvar por la fe, respondiendo al llamado de la
gracia con el consentimiento de su alma". No han de ser, pues,
convertidos a la fuerza, sino con libre voluntad y consentimiento. Todo
esto se debería observar con mayor razón tratándose del ingreso a la
religión, que es, en realidad, menos necesaria para la salvación. Ahora
bien, aquellos que se obligan con juramento o con voto a entrar en
religión, no van a ella voluntariamente, sino obligados por una
necesidad. Por eso no parece conveniente contraer semejante obligación.
A la misma conclusión lleva un decreto del Papa Urbano (XIX, 9, 2, cap.
Duae sunt). En él se dice que aquellos que entran en religión, van a
ella por una ley privada inspirada por el Espíritu Santo; y donde está
el Espíritu del Señor -dice el Apóstol (2 Co 3, 17)- allí hay libertad.
A la libertad se opone la necesidad. Y el voto o el juramento traen
consigo esta necesidad. Por tanto, no es conveniente inducir a ciertas
almas a obligarse con voto o juramento a entrar en religión.
4) Lo mismo aconseja el resultado experimentado en muchos que habiendo
entrado en religión obligados por este voto, no perseveraron en su
cumplimiento, sino que vueltos al siglo, desesperados de sí mismos, se
entregaron a toda suerte de iniquidades.Y aquí se cumple aquello que el
Señor echó en cara a los escribas y fariseos (Mt 23, 15): Andáis girando
por mar y tierra a trueque de convertir un gentil; y después de
convertido lo hacéis digno del infierno dos veces más que vosotros.
5) Algunos hubo que habiendo hecho este voto, no lo cumplieron; y sin
embargo llegaron a ser buenos obispos y arcedianos, lo que no podrían
aceptar en virtud del voto hecho.
6) No hay que inducir a nadie a ingresar en religión por los beneficios
temporales -mostrándole, por ejemplo, las dignidades que puede tener-.
Así lo prescribe un decreto del Papa Bonifacio (I, q. 2, cap. Quam pio):
"Nunca hemos leído que los discípulos del Señor, o los convertidos por
su predicación, hayan atraído a algunos al culto de Dios por medio de
dádivas".
7) Es una falta de fidelidad obligarse sin experiencia alguna a las
gravosas cargas de la vida religiosa: a levantarse temprano, a pesadas
vigilias, ayunos, disciplinas y a otras asperezas parecidas; para ser
luego conducidos a ellas como buey al sacrificio. Y así, por no cumplir
lo prometido, se han tendido a sí mismos un lazo para la muerte eterna.
8) Es además, ilícito contraer tal obligación, como que va contra un
decreto de Inocencio IV, en el que se manda conceder un año de prueba a
los que quieren entrar en religión y prohíbe atarse con votos religiosos
antes de los catorce años; lo cual está de acuerdo con las reglas de San
Benito, en las que se concede un año de prueba a los recién convertidos
a la fe.
9) Es particularmente ilícito que los niños no llegados aún a la
pubertad se obliguen con voto a entrar en religión. En efecto, es
ilícito atarse con una obligación que puede ser justamente anulada por
otro. Ahora bien, si un impúber se obliga con voto a entrar en religión,
pueden sus padres o tutores impedírselo, según un decreto (XX, 9, 2 ):
"Si una niña recibiese el santo velo antes de los doce años, por propia
voluntad; pueden sus padres o tutores anular al momento ese acto, si así
lo quisieren". Por lo tanto no es permitido a los impúberes obligarse
con voto o juramento a entrar en religión.
10) Quien no ha llegado aún a la pubertad aunque sea capaz de dolo; no
puede obligarse a entrar en religión. En efecto, una glosa de Bernardo
sobre el decreto de Inocencio III De los regulares y los que entran en
religión, dice: Si se sabe ya que estos menores no tienen aún los trece
o catorce años, puede sobrevenir esta duda: tal vez sean capaces de
dolo; y en este caso la malicia supliría la edad: lo que vale también
para el matrimonio (extrav. de desponsatione impuberum, cap. A nobis y
cap. Tuae), lo cual se aplicaría también aquí; pues así como pudieron
ligarse al demonio, así también pueden obligarse al servicio de Dios.
Pero el Papa (Inocencio III) responde que éstos pueden ser recibidos por
los obispos y tener cargos en sus diócesis. Lo cual quiere decir que no
pueden obligarse con voto antes de los catorce años.
Hugucio, en cambio, decía que sí quedan obligados los que son capaces de
dolo; y puesto que pueden ligarse al diablo, deben también cumplir el
voto haciéndose monjes. Y en realidad Inocencio III fue de la misma
opinión, puesto que en el citado decreto dice que si la malicia suplía
la falta de edad, estaba obligado a entrar en religión, como consta en
el original. Pero esto no vale para nuestro tiempo; tanto que Raimundo y
Godofredo afirman los mismos en sus respectivas sumas.
11) Los niños antes de los catorce años no pueden ligarse con juramento
(Decretos, XXII, quaest. 5, cap. Pueri y cap. Honestum). Por la misma
razón no pueden obligarse con voto a entrar en religión antes de los
catorce años.
12) La palabra religión viene de las palabras latinas religare, volverse
a atar, o reeligere, volver a elegir, según dice San Agustín en el libro
décimo de La Ciudad de Dios. De ahí se concluye que los niños que no
están ligados no pueden re-ligarse y los que no han elegido no pueden
re-elegir por el ingreso en religión.
De todos estos argumentos concluyen: desdichados e insensatos aquellos
niños que entran o se obligan con voto a entrar en religión.
CAPÍTULO XII: MAYOR MÉRITO DE UNA OBRA BUENA REALIZADA EN VIRTUD DE UN
VOTO
El mayor o menor mérito de una obra depende del mayor o menor
afianzamiento de la voluntad en el bien. Ahora bien, el voto afirma más
a la voluntad en el bien (en el propósito de ser más perfecto). Luego es
lícito obligarse con voto a entrar en religión cuando por el momento no
se lo puede hacer. Y así ya de algún modo adquiere el mérito de la
acción futura.
Para que podamos ver claramente qué hay de verdad en cada una de las
objeciones propuestas, hay que examinarlas con orden comenzando por lo
más general hasta lo particular.
a) El voto hace más meritoria a la acción virtuosa.
En un primer punto hay que averiguar si es verdad aquello que afirman;
que es más meritorio un acto de virtud hecho sin la obligación que
impone el voto, que el hecho con esta obligación. Y aunque hayamos
hablado ya largamente sobre el particular en otro libro sobre la
perfección, con todo no será ocioso repetir aquí algunos conceptos.
Por lo tanto, en este primer punto hay que considerar lo siguiente: el
mayor o menor mérito de una obra depende de su raíz, que es la voluntad;
por consiguiente, tanto más meritoria será la obra exterior, cuando
mejor sea la voluntad de que procede. Ahora bien, una de las condiciones
que se requieren para que la voluntad sea buena, es que ésta sea firme y
estable. Por eso se suele citar para censurar a los perezosos aquellos
de los Proverbios (13, 4): El perezoso quiere y no quiere. Por
consiguiente, tanto más laudable y meritoria será la obra externa,
cuanto más firme esté la voluntad en el bien.
Por eso dice el Apóstol (1 Co 15, 58): Sed firmes y constantes. Según
Aristóteles la virtud requiere un obrar constante y estable; y los
jurisconsultos definen la justicia: "Una perpetua y constante voluntad".
Por el contrario, tanto más detestable es el pecado cuanto más obstinada
en el mal esté la voluntad humana: de ahí que se ponga a la obstinación,
entre los pecados contra el Espíritu Santo.
Pues bien, es evidente que la voluntad adquiere para realizar algo por
medio del juramento; por eso decía el Salmista (118, 106): Juré y
sostengo observar los decretos de tu justicia. También por el voto que
es una promesa. Y quien promete hacer algo, reafirma su propósito de
realizarlo.
Concluimos: un acto de virtud es más laudable y meritorio si es
realizado por una voluntad afianzada por el voto.
Esto también se prueba por el modo de obrar de los hombres. En efecto,
siendo tan voluble la voluntad humana, no damos crédito a las palabras
de los hombres que nos quieren hacer algo, si no las confirman -según la
costumbre establecida- con su promesa; aun más: si no corrobora su
promesa con algunas prendas proporcionadas. Ahora bien, cada uno se debe
más a sí mismo que al prójimo, especialmente en lo que se refiere a la
salud espiritual, como se lee en el Eclesiástico (30, 24): Apiádate de
tu alma y agrada a Dios. Pero a causa de lo mudable que es su voluntad,
puede el hombre dejar de cumplir lo que se había propuesto, por ceder a
la utilidad temporal de otro. Por eso, si es útil dar las suficientes
seguridades al prójimo, confirmando la promesa con juramento, prendas y
otras garantías; mucho más laudable será asegurarse a sí mismo,
procurando confirmar con voto, juramento, o de cualquier otra manera, la
buena resolución tomada. Por eso dice San Agustín en su carta a Paulina
y Armentario: "Puesto que has hecho el voto, estás obligado a cumplirlo:
no te es lícito hacer otra cosa". Y más adelante: "Sin embargo no te
arrepientas de haberlo hecho, sino más bien alégrate de no poder hacer
aquello que, de serte permitido, sería en daño tuyo".
Un segundo punto a considerar es que el acto de una virtud de orden
inferior llega a ser más digna de estima y mérito cuando se ordena a una
virtud superior: un acto de abstinencia, por ejemplo, cuando se ordena a
la caridad; y con más razón aun cuando se ordena a la latría, que es más
excelente que la abstinencia. Ahora bien, el voto es un acto de latría,
puesto que por él prometemos a Dios aquello que se relaciona con el
culto divino, como se lee en Isaías (19, 21): En aquel día el Señor será
conocido de Egipto y honraránle con hostias y ofrendas, y harán votos al
Señor y los cumplirán. El ayuno será pues, más laudable y meritorio si
se hace en virtud de un voto. Por eso se aconseja, o se manda en el
Salmo (75, 12): Ofreced y cumplid votos al Señor Dios vuestro. Si el
voto no hiciera mejor a la obra buena, este consejo u orden sería
inútil.
b) Es lícito y laudable hacer voto de entrar en religión si por el
momento no se lo puede hacer.
Sentado esto, se presenta la tercera cuestión: A ver si es lícito
obligarse con voto a entrar en religión, o si, por el contrario, es un
error.
Si es cosa virtuosa abrazar el estado religioso; y si, por otra parte,
el realizar actos de virtud obligados por un voto, es de mayor mérito:
dignos de elogios serán también aquellos que no pudiendo por el momento
entrar en religión, se obligan con voto a entrar luego. A no ser que se
afirme, siguiendo a Vigilancio, que la vida seglar y la vida religiosa
son lo mismo; o con menos juicio aún, se caiga en el error de sostener
que el estado de aquellas órdenes aprobadas por la Iglesia no es el
estado propicio para la salvación; en lo cual superan la herejía de
Vigilancio, no sólo por inutilizar los consejos de Cristo, sino por
descartarlos completamente; por ir contra las leyes de la Iglesia, que
es ya caer en el cisma.
Y bien, si son dignos de alabanza y movidos por el espíritu de Dios
aquellos que se obligan con voto a entrar en religión, con igual razón
son también dignos de alabanza quienes los induzcan a abrazar ese
estado. De este modo cooperan con el Espíritu Santo, ya que con su
ministerio exterior los exhortan a llevar a cabo aquello que el Espíritu
Santo les inspira interiormente. Somos ayudadores de Dios (1 Co 3, 9)
trabajando desde afuera.
Visto lo pernicioso que es afirmar lo contrario con respecto a lo que
sobrepasan los años de la pubertad, pasemos a considerar si los niños o
niñas que no han pasado estos años pueden obligarse con voto a entrar en
religión.
Hay que distinguir aquí dos clases de votos: simple y solemne. El voto
simple consiste en la sola promesa. El voto solemne añade a la promesa
una manifestación externa, a saber: cuando el hombre se ofrece
actualmente a Dios, ya recibiendo una orden sagrada, ya profesando en
una determinada orden religiosa en manos del prelado, circunstancias que
solemnizan el voto; ya, en fin, recibiendo el hábito de los profesos, lo
que equivale a una profesión.
Ambos votos producen con relación al matrimonio efectos diversos. Hecho
el voto solemne no se puede contraer matrimonio y se anula el ya
contraído. El voto simple en cambio, aunque impida contraer matrimonio,
no anula el ya contraído.
Con respecto a la vida religiosa tienen también cada uno de estos votos
un efecto contrario y diverso. En efecto, el voto solemne, que se hace
por una profesión expresa o presunta, constituye al monje o al fraile en
una orden cualquiera. El voto simple en cambio no constituye al monje,
porque sigue siendo dueño de sus cosas, y aun puede ser marido si
contrae matrimonio. Ahora bien, el voto simple consiste en la promesa
hecha a Dios, que procede de una deliberación interior; por consiguiente
el voto simple tiene una eficacia otorgada por el derecho divino, y que
ningún derecho humano puede anular.
Sin embargo esta eficacia del voto simple se puede anular de dos
maneras. Una, por falta de deliberación, que es lo que da consistencia a
la promesa: por eso no obligan los votos de los furiosos y otros
dementes (extrav. de regul. et transeuntibus ad religionem., cap. Sicut
tenor), como tampoco los de aquellos niños incapaces de dolo que no han
llegado al debido uso de la razón -en unos más tardos que en otros-,
según las disposiciones naturales: que para esto no se puede fijar una
edad determinada.
La otra manera de anular esta eficacia se da cuando el que hace el voto
no es libre. Si un siervo, por ejemplo, hiciera voto de entrar en
religión, este voto tendría eficacia en cuanto al siervo si tiene uso de
razón en el caso de que el dueño lo consienta. Pero si el dueño se
opone, el siervo puede revocarlo sin falta alguna según lo autoriza un
decreto (Dis. XLIV, cap. Si servus): "Si un siervo llegara a ordenarse
sin que lo sepa su amo, puede éste en el término de un año probar que el
siervo es posesión suya y recobrar sus derechos sobre él". Y como el
niño y la niña antes de los años de la pubertad están por derecho
natural sometidos a la potestad del padre, puede éste aceptar o anular,
si así lo quisiere, los votos que éstos hicieren: y esto por derecho
divino. En efecto, se lee en Números (30, 4): Si una mujer que todavía
está en casa de su padre, siendo de menor edad, hace algún voto y se
obliga con juramento; si su padre sabe el voto que hizo y el juramento
con que ligó su conciencia, y calla, queda obligada con el voto; y
cuanto prometió y juró, tanto podrá por obra. Pero si el padre, luego
que lo entendió contradijo, serán inválidos así los votos como los
juramentos, ni quedará obligada a la promesa, porque se opuso su padre.
Síguese de allí que la niña, y por consiguiente también el niño, que no
han llegado aún a la pubertad, pueden, en cuanto sean capaces, obligarse
con voto, a no ser que la falta de uso de razón se lo anule, según hemos
dicho ya. Pero como están sujetos a la potestad de otros, puede su padre
anular el voto, lo que se prueba también por lo que se añade con
respecto a la mujer adulta (Nm 30, 7), cuyo marido puede invalidar el
voto que ésta hubiere hecho. Y aunque el derecho positivo no pueda
determinar en qué momento comienza el hombre a tener uso de razón para
poder desde ese momento consagrarse a Dios, puede sin embargo establecer
un determinado tiempo durante el cual debe una persona estar sujeta o
ligada a otra. En la mujer este tiempo se fija hasta los doce años
cumplidos, y en el varón hasta los catorce cumplidos, porque ésta es la
edad que la costumbre ha fijado para la pubertad.
En resumen: en cuanto al voto simple como el que se obliga uno a entrar
en religión, puede uno obligarse con él en cuanto esté en su poder,
antes de cumplir los años de la pubertad, siempre que sea en esa edad
capaz de dolo, y tenga además el suficiente uso de razón como para darse
cuenta de lo que hace. Con todo puede el padre o el tutor que está en
lugar del padre, anular este voto.
En cuanto al voto solemne que se realiza por la profesión tácita o
expresa, y requiere ciertas solemnidades exteriores conforme a las
reglamentaciones eclesiásticas -y lo mismo dígase de la solemnidad del
orden sagrado- se exige, según lo prescriben las leyes de la Iglesia,
que se hayan cumplido los años de la pubertad, a saber: en el varón los
catorce años y en la mujer los doce. La profesión hecha antes de esa
edad, sea o no el sujeto capaz de dolo, no constituye monje al que
profesó ni tampoco en fraile en ninguna orden. Esta es la doctrina común
de la Iglesia, no obstante lo que -según se dice- enseñe en contrario
Inocencio III.
CAPÍTULO XIII: RESPUESTA A LAS OBJECIONES DEL CAPÍTULO XI
Con estas nociones será tarea fácil refutar las objeciones.
1) Las palabras de Próspero: "Debemos ayunar no como si estuviésemos
sujetos a una necesidad de ayunar" se refieren a una necesidad de
coacción, contraria al acto voluntario. Por eso