2. Si contemplamos el Evangelio, se puede decir que la
vida de comunidad responde a la enseñanza de Jesús sobre
el vínculo entre los mandamientos del amor a Dios y del amor al
prójimo. En un estado de vida en el que se quiere amar a Dios
sobre todas las cosas, no se puede menos de comprometerse
también a amar con especial generosidad al prójimo, comenzando
por los que están más cerca dado que pertenecen a la misma
comunidad. Este es el estado de vida de los consagrados. Además,
el evangelío atestigua que las llamadas de Jesús se
dirigieron, ciertamente, a personas determinadas, pero en general
para invitarlas a asociarse, a formar un grupo: así sucedió en
el caso del grupo de los discípulos, y también en el de las
mujeres.
En las páginas evangélicas se encuentra también documentada
la importancia de la caridad fraterna como alma de la comunidad
y, por consiguiente, como valor esencial de la vida común. El
evangelio narra las disputas que se produjeron en varias
ocasiones entre los mismos Apóstoles, los cuales, siguiendo a
Jesús, no habían dejado de ser hombres, hijos de su tiempo y de
su pueblo: se preocupaban por establecer las primicias de
grandeza y de autoridad. La respuesta de Jesús fue una lección
de humildad y de disponibilidad a servir (cf. Mt 18, 3-4; 20,
26-28 y paralelos). Luego, les dio su mandamiento, el del amor
mutuo (cf. Jn 13, 34; 15, 12, 17), siguiendo su ejemplo.
En la historia de la Iglesia, y en especial de los institutos de
religiosos, el problema de las relaciones entre individuos y
grupos se ha repetido a menudo, y la única respuesta válida que
ha tenido es la de la humildad cristiana y el amor fraterno, que
une en el nombre y por virtud de la caridad de Cristo, como
repite el antiguo canto de los «agapes»: Congregavit nos in
unum Christi amor: el amor de Cristo nos ha reunido.
Desde luego, la práctica del amor fraterno en la vida común
exige esfuerzos y sacrificios notables, y requiere tanta
generosidad como el ejercicio de los consejos evangélicos. Por
eso, ingresar en un instituto religioso o en una comunidad
implica un serio compromiso de vivir el amor fraterno en todos
sus aspectos.
3. La comunidad de los primeros cristianos es un ejemplo de
amor fraterno. Se reúnen inmediatamente después de la
Ascensión, para orar con un mismo espíritu (cf. Hch 1, 14),
y para perseverar en la «comunión» fraterna (Hch 2, 42), llegando
incluso a compartir sus bienes: «tenían todo en común» (Hch
2, 44). La unidad anhelada por Cristo encontraba en ese
momento del inicio de la Iglesia una realización digna de
recordarse: «La multitud de los creyentes no tenia sino un solo
corazón y una sola alma» (Hch 4, 32).
En la Iglesia ha quedado siempre vivo el recuerdo -tal vez
también la nostalgia - de esa comunidad primitiva, y en el fondo
las comunidades religiosas han tratado siempre de reproducir ese
ideal de comunión en la caridad que se ha convertido en norma
práctica de la vida de comunidad. Sus miembros, congregados por
la caridad de Cristo, viven juntos porque quieren permanecer en
ese amor. Así pueden ser testigos del auténtico rostro la
Iglesia, en el que se refleja su alma: la caridad. Un solo
corazón y una sola alma no significa uniformidad,
monolitismo, rebajamiento, sino comunión profunda en la
comprensión mutua y en el respeto recíproco.
4. Ahora bien, no se puede tratar sólo de una unión de
simpatía y de afecto humano. El Concilio, eco de los Hechos
de los Apóstoles, habla de «comunión del mismo espíritu»
(Perfectae caritatis, 1 S). Se trata de una unidad que
tiene su raíz más profunda en el Espíritu Santo, el cual
derrama la caridad en los corazones (cf. Rm 5, 5) e impulsa a
personas diferentes a ayudarse en el camino de la perfección,
creando y manteniendo entre sí un clima de comprensión y
cooperación. El Espíritu Santo, que asegura la unidad en toda
la Iglesia, la establece y la hace durar de un modo incluso más
intenso en las comunidades de vida consagrada.
¿Cuáles son los caminos de la caridad derramada por el
Espíritu Santo? El Concilio insiste de manera especial en la
estima recíproca (cf. Perfectae caritatís, 15). Aplica a
los religiosos dos recomendaciones que hace san Pablo a los
cristianos: «amaos cordialmente los unos a los otros; estime en
más cada uno a los otros (Rm 12, 10); «Ayudaos mutuamente a
llevar vuestras cargas» (Ga 6, 2).
La estima mutua es una expresión del amor recíproco, que se
opone a la tendencia, tan generalizada, a juzgar severamente al
prójimo y a criticarlo. La recomendación de san Pablo impulsa a
descubrir en los demás sus cualidades y dentro de lo que se
puede percibir con los ojos humanos, la maravillosa obra de la
gracia y, en definitiva, del Espíritu Santo. Esta estima implica
la aceptación del otro con sus características y su modo de
pensar y de actuar; así se pueden superar muchos obstáculos que
impiden la armonía entre caracteres a menudo muy diversos.
Ayudarse mutuamente a llevar las cargas significa asumir con
benevolencia los defectos, verdaderos o aparentes, de los demás,
incluso cuando nos molestan, y aceptar con gusto todos los
sacrificios que impone la convivencia con aquellos cuya
mentalidad y temperamento no concuerdan plenamente con nuestro
propio modo de ver y juzgar.
5. El Concilio (Perfectae caritatis, 15), también a
este respecto, recuerda que la caridad es la plenitud de la ley
(cf, Rm 13, 10), el vínculo de la perfección (cf. Col 3, 14),
el signo del paso de la muerte a la vida (cf. 1 Jn 3, 14), la
manifestación de la venida de Cristo (cf. Jn 14, 21.23) y la
fuente de dinamismo apostólico. Podemos aplicar a la vida de
comunidad la excelencia de la caridad que describe san Pablo en
la primera carta a los Corintios (13. 1-13), y atribuirle los que
el Apóstol llama frutos del Espíritu: «amor, alegría, paz,
paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de
si» (Ga 5, 22-23). Como dice el Concilio, son frutos del «amor
de Dios derramado en nuestros corazones, (Perfectae caritatis,
15).
Jesús dijo: «Donde están dos o tres reunidos en mi nombre,
allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18, 20). Cristo está
presente dondequiera que haya unidad en la caridad, y la
presencia de Cristo es fuente de gozo profundo, que se renueva
diariamente, hasta el momento del encuentro definitivo con él.