
CONGREGACIÓN PARA LOS INSTITUTOS DE VIDA
CONSAGRADA Y
LAS SOCIEDADES DE VIDA APOSTÓLICA
LA COLABORACIÓN ENTRE INSTITUTOS PARA LA
FORMACIÓN
INTRODUCCIÓN
1. Atenta a las condiciones de nuestro tiempo y bajo la guía del Señor,
la Iglesia se ve continuamente invitada a procurar, en orden al
crecimiento del Cuerpo de Cristo,(1) la formación de los propios
miembros. Consciente del significado que la vida religiosa representa
para el pueblo de Dios,(2) la Congregación para los Institutos de Vida
Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica se ha sentido en el deber
de reflexionar sobre la formación de los miembros de los institutos
religiosos en las circunstancias actuales y proponer directrices que
garanticen su integridad, su solidez y la sintonía con el camino de la
Iglesia. Fruto de este empeño ha sido la publicación de la Instrucción
Potissimum Institutioni.(3)
2. Con este nuevo documento intenta ahora profundizar en una de las
cuestiones de las que habla la citada Instrucción: la que se refiere a
la colaboración entre los institutos dedicados a obras de apostolado (4)
para la formación de los propios miembros.(5)
Cuanto en este documento se dice de los institutos religiosos se aplica
igualmente a las sociedades de vida apostólica, teniendo en cuenta su
carácter propio.(6)
3. La colaboración entre los institutos en el ámbito formativo ha
surgido de la necesidad de dar una respuesta a los desafíos puestos por
las situaciones concretas y por determinadas exigencias pedagógicas. Al
principio se ha desarrollado principalmente en los lugares donde las
familias religiosas tienen un número limitado de candidatos, o porque
han disminuido las vocaciones, o porque éstas son los primeros frutos
del trabajo apostólico de las iglesias jóvenes. A esto se ha unido la
falta de formadores y de formadoras y el escaso número de personal
docente preparado. Esta realidad ha movido a numerosos institutos a unir
las fuerzas, conscientes de la necesidad de ofrecer a sus miembros una
formación más completa y profunda.
En muchos casos ha influido, al mismo tiempo, la necesidad de que la
formación inicial no se desarrollara en un ambiente extraño a la cultura
de los candidatos o de las candidatas, favoreciendo así una integración
positiva entre la vida de cada instituto y la cultura propia de los
miembros que son acogidos en él. Esa necesidad, compartida en las más
diversas áreas geográficas y culturales, ha encontrado una válida
respuesta en los “ centros de formación entre institutos ”.(7) Éstos, de
hecho, han contribuido a evitar el éxodo de los candidatos a otras
culturas durante el proceso inicial de la vida religiosa.
También la conciencia cada vez más clara de las múltiples exigencias y
de las dificultades que caracterizan el camino formativo, ha llevado a
los institutos a la creación de tales centros. Son cada vez más
numerosos los institutos que desean ofrecer a los jóvenes y a las
jóvenes en formación un itinerario educativo lo más completo posible. En
las propias comunidades formativas continúan la tarea de transmitir el
patrimonio espiritual del instituto. Sin embargo, sienten también la
exigencia de ofrecer aquellos contenidos que desde siempre constituyen
el precioso patrimonio común de la vida consagrada, riqueza que procede
de una experiencia secular de la Iglesia, de las urgencias y de las
aspiraciones de nuestro tiempo. La síntesis profunda e integral de todos
estos elementos es una tarea muy compleja y no siempre pueden realizarla
los formadores y los profesores de un solo instituto.
La iniciativa de los centros de formación entre institutos, debidamente
realizada, es positiva y favorece la conciencia de la comunión eclesial
en la variedad de las vocaciones y de los carismas y de las múltiples
formas del servicio a la misión de la Iglesia. Así se expresa Su
Santidad Juan Pablo II: “ Para asegurar a las nuevas generaciones, a los
formadores y a las formadoras y a todos los religiosos y religiosas, una
preparación adecuada, habéis buscado y promovido numerosas formas de
colaboración ”.(8) De este modo se puede “ beneficiar de la labor de los
mejores colaboradores de cada instituto y ofrecer servicios que no sólo
ayuden a superar eventuales límites, sino que creen un estilo válido de
formación para la vida religiosa ”.(9)
En el mensaje citado el Santo Padre subraya además que estas iniciativas
intercongregacionales “ deberán ayudar a valorar simultáneamente los
carismas específicos haciendo madurar la mutua comunión, la conciencia
de la complementariedad en la fraternidad y la apertura a los horizontes
de la caridad en la Iglesia local y en la Iglesia universal ”.(10)
El Santo Padre reafirma así las orientaciones fundamentales del Concilio
Vaticano II respecto de la formación. Éstas han sido ratificadas por la
experiencia que la vida religiosa ha realizado en estos años. La
doctrina expuesta por el Concilio y en los documentos posteriores del
Magisterio muestra la profunda integración que existe entre formación,
renovación y misión de los institutos religiosos.(11) Más bien pone de
relieve que la formación es un factor primario para la renovación de los
institutos y para una asimilación más vital de la propia identidad
carismática frente a la continua evolución de nuestro tiempo. Una fuerte
calidad de la acción formativa es premisa indispensable para la
realización de la misión de los institutos en un mundo que hace
preguntas fundamentales sobre la fe y la vida religiosa, a partir de los
problemas científicos, humanos, éticos y religiosos.
I. PRINCIPIOS FUNDAMENTALES Y DIRECTRICES PRÁCTICAS
4. Para comprender y acompañar el desarrollo de estas iniciativas, la
Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de
Vida Apostólica ha recogido una amplia documentación sobre los centros
de formación entre institutos existentes. El examen de esa documentación
ha favorecido la reflexión sobre algunas condiciones fundamentales para
la eficacia formativa de los centros y de sus múltiples iniciativas: la
claridad sobre la finalidad del centro, la determinación de la
responsabilidad última y de las competencias para la gestión, la calidad
y la preparación del personal docente, la articulación orgánica del
programa y de la gradación de su desarrollo. Es también de fundamental
importancia, para crear un ambiente que ayude a vivir y a profundizar la
llamada a la vida consagrada, la presencia de las formadoras y de los
formadores, y la sintonía y la complementariedad del programa
intercongregacional con el específico de cada uno de los institutos.
5. Dada la diversidad de las circunstancias en las que han surgido estos
centros y su experiencia más bien reciente, han surgido también
interrogantes y problemas que es oportuno señalar para su discernimiento
y clarificación. Algunos se refieren a la relación entre la identidad de
cada instituto y a la comunión en la diversidad, entre el propósito de
los centros de ofrecer un servicio a todos y la legítima libertad de los
institutos de servirse de ellos o no. Otros se refieren a la visión de
la vida religiosa apostólica que está en la base del proyecto pedagógico
y, por lo mismo, de la articulación de los programas y de los criterios
de elección del personal docente. Otros, en fin, se refieren a la
participación efectiva de los responsables de la formación de los
institutos, a la verificación de la formación, a las condiciones reales
que permiten transformar la convivencia temporal en los centros en una
experiencia de profunda comunión eclesial y de auténtica formación
espiritual y apostólica, abierta a las necesidades de la
evangelización.(12)
Principios fundamentales
6. Ante esta realidad rica y compleja, y atentos a las múltiples
iniciativas existentes, este Dicasterio siente la responsabilidad de
ofrecer algunas reflexiones y de dar oportunas directrices para la
verificación, la consolidación y el desarrollo de esas experiencias y de
otras semejantes.
Esas directrices se fundan en los principios que regulan la formación
inicial y permanente a la vida religiosa, en la variedad de sus carismas
y en su específica función en la comunión y misión de la Iglesia.(13)
a) La formación: derecho-deber inalienable de cada instituto
7. Antes de entrar en materia, parece necesario recordar que la
formación es un derecho-deber inalienable de cada instituto.(14) Este
principio fundamental está en la base de todo el documento y merece que
se le ponga en evidencia desde el principio, para encuadrar la
colaboración entre los institutos en el conjunto del proceso formativo.
7.1 Cada instituto tiene una responsabilidad primaria respecto de la
propia identidad. En efecto, el “ carisma de los fundadores (...)
-experiencia del Espíritu transmitida a los propios discípulos para ser
por ellos vivida, custodiada, profundizada y constantemente desarrollada
en sintonía con el Cuerpo de Cristo en perenne crecimiento ” (15)- se le
confía a cada instituto como patrimonio original en beneficio de toda la
Iglesia.(16) Cultivar la propia identidad en la “ fidelidad creativa ”
(17) significa, pues, hacer confluir, en la vida y en la misión del
pueblo de Dios, dones y experiencias que la enriquecen (18) y, al mismo
tiempo, evitar que los religiosos “ se inserten en la vida de la Iglesia
de un modo vago y ambiguo ”.(19)
Por lo mismo se reconoce a cada instituto una justa autonomía de vida,
especialmente de gobierno, mediante la cual tengan en la Iglesia una
disciplina propia y puedan mantener íntegro y desarrollar su patrimonio
espiritual y apostólico. Es tarea de los ordinarios de los lugares
conservar y tutelar esa autonomía.(20) La autonomía de vida y de
gobierno implica la correspondiente autonomía en materia de formación,
porque “ la primera responsabilidad de la formación de los religiosos
corresponde por derecho a cada instituto ”.(21)
7.2 Es a través del proceso de formación como se realiza la
identificación carismática, necesaria tanto a la madurez de los miembros
para vivir y obrar en conformidad con el carisma fundacional, como a la
identidad y a la unidad del instituto, así como también a la
autenticidad de sus expresiones en las diversas culturas (22) y a la
comunión-misión eclesial. “ En efecto, teniendo en cuenta que la
formación inicial y permanente, según el propio carisma, está en las
manos del Instituto, la formación intercongregacional no puede suplir
enteramente la tarea de la formación permanente de los propios miembros.
Ésta debe estar impregnada, en muchos aspectos, de las características
propias del carisma de cada instituto ”.(23)
Por ello, el Código de Derecho Canónico, coherente con estos principios,
cuando habla de la formación en sentido estricto, se refiere sólo a la
formación del religioso dentro del propio instituto.(24) Pero esto no
cierra la posibilidad de colaboración, que es, por otra parte,
reconocida y estimulada por Juan Pablo II en la Exhortación Postsinodal
Vita Consecrata. Él pide que en el “ horizonte de comunión, abierto a
los desafíos de nuestro tiempo, los superiores y las superioras,
“actuando en sintonía con el episcopado”, procuren aprovecharse del
trabajo de los mejores colaboradores de cada Instituto ”.(25)
7.3 Por su parte, la Iglesia tiene el deber de custodiar y promover la
índole propia y la conciencia carismática de los institutos, haciendo de
ello uno de los principios fundamentales de su renovación,(26) porque el
estado constituido por la profesión de los consejos evangélicos “ es don
precioso y necesario para el presente y el futuro del pueblo de Dios,
porque pertenece íntimamente a su vida, a su santidad, a su misión
”.(27) Además, siendo el carisma de cada instituto un don original y
singular que el Espíritu concede a la Iglesia, ésta se preocupa de
asegurar las condiciones espirituales y los instrumentos jurídicos que
garanticen su fecundidad, su desarrollo y la armonía en la comunión
eclesial.(28)
b) Colaboración y solidaridad en la formación
8. Unido al principio precedente, se subraya justamente también el de la
colaboración (29) y el de la solidaridad entre los diversos institutos,
sobre todo entre aquellos que están presentes en una determinada área
geográfico-cultural. En efecto, la vida religiosa ha adquirido una
conciencia más profunda de la singularidad de cada carisma, de su
función eclesial específica, así como de las características y tareas
comunes a todos los institutos.
La formación tiene una profunda raíz común. Ella es, en efecto, acción
de Dios Padre, que forma en los llamados la imagen del Hijo, a través de
la acción santificadora del Espíritu, según un designio carismático
particular.(30)
La colaboración encuentra su alma en la dimensión pneumático-mistérica
de la Iglesia, de la que surge, por obra del Espíritu, la multiplicidad
de los carismas y hacia cuya comunión y misión convergen la vida y el
mandato misionero de los institutos. Ella se funda en la riqueza, la
vitalidad y la belleza de la Iglesia,(31) y es fecunda porque las
diversas iniciativas carismáticas se completan y se iluminan entre sí;
además, una desvela a la otra los propios dones a través de la
confrontación y del compartir,(32) en la fraternidad.
Una expresión concreta de colaboración y de solidaridad entre las
familias religiosas es la iniciativa, ya difundida en varios contextos,
de crear centros de formación entre institutos, sobre todo cuando cada
instituto no tiene los medios suficientes para ofrecer a los propios
miembros una formación integral.
De esta colaboración ha hablado el Santo Padre en la audiencia concedida
a la U.I.S.G., diciendo: “ Lo esencial es que exista, por parte de las
familias religiosas, plena colaboración en la formación de los propios
miembros a un amor vital, sincero y gozoso a Jesús, profundamente
conocido, seguido y obedecido ”.(33)
La experiencia recogida indica que esta colaboración, bien llevada,
contribuye a un mayor aprecio del propio carisma y del carisma de los
demás, manifiesta una concreta solidaridad entre comunidades más ricas y
más pobres de miembros y de medios, ofrece un testimonio elocuente de la
comunión a la que la Iglesia está llamada por vocación divina, y es de
gran utilidad para que la formación adquiera el nivel y la amplitud que
la misión de la vida religiosa exige en el contexto del mundo actual.
c) Centros de formación entre institutos
9. Para satisfacer convenientemente a la tarea propia de estos centros
de formación entre institutos, es decir, a su finalidad de ser un “
centro de estudio ” al servicio de la formación, deberán tener presente
que:
– La formación es un proceso integral cuyos elementos se compenetran
mutuamente. En efecto, existe una profunda correlación entre la vida y
la verdad; entre la teología y las ciencias humanas; entre la búsqueda
de la verdad y las expectativas, las esperanzas y los valores de los
jóvenes; entre el estudio y la coherencia en los compromisos personales;
entre los signos de los tiempos y la adecuada respuesta pastoral.(34)
– La preparación intelectual es una dimensión insustituible de la
formación. La organización de las materias de estudio y la seriedad
científica deberán contribuir a armonizar las actitudes propias de la
vida consagrada. Por lo mismo, los centros ofrecerán un servicio de alta
calidad para contribuir sabiamente al crecimiento integral de los
alumnos.
– El carácter intercongregacional de los centros exige una especial
valoración de los aspectos que son comunes a todos. Al mismo tiempo la
colaboración y la solidaridad piden el respeto y el aprecio de las
diversidades. Si no fuera así, los centros contribuirían probablemente a
una nivelación que los empobrecería y haría correr el riesgo de una
uniformidad espiritual y pastoral, inadecuada a la complejidad del mundo
a evangelizar, y también nociva a la identidad específica de cada
instituto. En este caso los centros perderían su identidad como servicio
a la vida religiosa.
Directrices prácticas
De los principios fundamentales enunciados derivan algunas directrices
prácticas para los institutos religiosos y para los centros de formación
entre institutos:
10. Los institutos religiosos
a) Los Capítulos y los Superiores Mayores
Corresponde a los institutos, a través de los Capítulos y los Superiores
Mayores, establecer en la propia Ratio los principios y las normas de la
formación,(35) asignar la misión a los formadores y a los profesores, y
vigilar para que el proceso formativo se desarrolle en conformidad con
la índole y la misión del instituto y según el derecho. Cuando los
superiores deciden mandar los propios miembros a un centro de formación
entre institutos, no ceden a otros la responsabilidad que a ellos les
compete, sino que continúan ejerciéndola (cf. n. 11, 17b y 22) con “
plena responsabilidad de custodios y de maestros ”.(36)
b) La comunidad formativa
En todas las formas de colaboración entre institutos es necesario
aplicar la debida distinción entre la comunidad formativa y el centro de
formación entre institutos.(37) La comunidad formativa es la instancia
primaria de referencia, que ningún centro puede suplir. Ella constituye
el ámbito en el que crece y madura, en el espíritu de los respectivos
Fundadores, la identificación vocacional y la respuesta a la vocación
recibida.(38) La profundización de la identidad carismática se realiza,
en primer lugar, en el contacto vivo con los formadores y con los
hermanos o las hermanas con quienes se comparten las mismas experiencias
de vida, los mismos retos lanzados por la sociedad y las tradiciones del
instituto.(39) Por lo mismo esta comunidad es siempre el lugar de la
síntesis vital de la experiencia formativa.(40) “ La fidelidad al propio
carisma necesita ser profundizada en el conocimiento, cada día más
amplio, de la historia del instituto, de su misión peculiar y del
espíritu del Fundador, esforzándose al mismo tiempo por encarnarlo en la
vida personal y comunitaria ”.(41)
Donde las circunstancias no permitan a los religiosos/as vivir en la
propia comunidad formativa mientras frecuentan un centro de formación
entre institutos, es deber de los superiores proveer para que puedan
vivir periódicamente tiempos fuertes de formación y de vida comunitaria
en el propio instituto.(42)
11. Los centros de formación entre institutos (43)
a) Los centros y su constitución
Las Conferencias de los superiores o de las superioras mayores, que
tienen como finalidad “ promover una colaboración más eficaz para el
bien de la Iglesia ”,(44) o un grupo de Superiores o Superioras Mayores
que desean colaborar entre ellos en la formación, pueden a este fin
organizar servicios o constituir centros de formación entre
institutos.(45)
Éstos tienen una tipología muy variada. Algunos están destinados a
ofrecer servicios complementarios; otros proveen a la formación de los
religiosos desde el punto de vista doctrinal; otros, finalmente,
constituyen estructuras específicas para la preparación de los
religiosos candidatos al sacerdocio. Las normas y las directrices que
siguen tienen en cuenta esta diferenciación.
Para la erección de la sede de un centro de formación entre institutos
es necesario el consentimiento escrito del Ordinario de lugar.
b) Las responsabilidades directivas
A los superiores y a las superioras que han dado origen a la iniciativa
corresponde también la responsabilidad última del centro. En el espíritu
del Mutuae Relationes, buscarán el modo más oportuno para informar a los
Obispos sobre las actividades del centro y tener con ellos un diálogo
abierto que se convierta en riqueza y promoción del mismo centro.(46) El
Santo Padre recuerda que ellos tienen la responsabilidad de acompañar la
actividad de los centros y también de garantizar que la enseñanza
impartida esté enconformidad con el Magisterio de la Iglesia.(47)
Todas las iniciativas de los centros de formación entre institutos sean
directamente llevadas a cabo por un equipo con un responsable propio,
con garantía de estabilidad y de competencia formativa.
c) Los profesores
Para la elección de los profesores se tendrá en cuenta la sana doctrina,
la competencia específica, la capacidad pedagógica y la actitud para el
trabajo en equipo. Se considerará además su conocimiento y estima de la
vida religiosa en la variedad de sus formas y de su desarrollo, según el
espíritu del Concilio Vaticano II y del Magisterio.
Los centros mantengan viva la conciencia formativa de los profesores y
organicen encuentros de intercambio y de evaluación con los formadores.
II. COLABORACIÓN EN LAS DIVERSAS FASES DE LA FORMACIÓN
12. Las iniciativas de colaboración se colocan en el campo de la
formación religiosa en sus diversas fases. Pueden referirse a la
formación inicial: preparación para el noviciado, formación de los
novicios y de las novicias, formación de los religiosos y de las
religiosas de votos temporales, formación de los candidatos a los
ministerios ordenados, y a la formación permanente.
Los servicios los organizan las Conferencias de los superiores o de las
superioras mayores, o un grupo de Superiores o Superioras Mayores, que
detentan la última responsabilidad. Será cuidado suyo informar a esta
Congregación sobre la vida y las actividades desarrolladas por el
centro.
La organización de los programas debe ofrecer una ayuda eficaz a la
formación doctrinal y al crecimiento vocacional de los alumnos, según
los criterios indicados por el Derecho Canónico (48) y las normas
complementarias emanadas por las instancias competentes.
Los cursos se fundarán sobre el Misterio de Cristo (49) y se
desarrollarán gradualmente y atendiendo a las personas y a las culturas.
Propondrán a los alumnos la teología de la vida consagrada y ayudarán a
profundizar el sentido “ de aquella única caridad eclesial que
compromete a todos al servicio de la comunión orgánica -carismática y al
mismo tiempo jerárquicamente estructurada- de todo el pueblo de Dios
”.(50)
La preparación para el noviciado
13. Dada la diversidad de la experiencia humana y de la formación
religiosa de los candidatos, la preparación para el noviciado, en las
actuales circunstancias socio-culturales, se revela cada vez más
necesaria y comprometedora.(51) Las iniciativas intercongregacionales
ofrezcan a los candidatos de los diversos institutos programas que
afronten, con competencia y solidez, los contenidos fundamentales de la
formación humana y cristiana, de modo que se promueva la formación
integral y se puedan colmar posibles lagunas. Es necesario también que
los mismos formadores puedan utilizar programas específicos para iniciar
a la vida religiosa y aplicar instrumentos y criterios para un atento
discernimiento vocacional. Este servicio es particularmente útil para
los formadores y las formadoras que trabajan en culturas distintas de la
propia o acompañan a candidatos de diversas culturas.
El noviciado
14. El noviciado constituye una fase formativa fundamental y
delicada.(52) En ella la joven o el joven inicia el camino de la propia
identidad vocacional en la vida religiosa.(53) Tiene como finalidad
formar adecuadamente al novicio o a la novicia en el espíritu y en la
práctica de la vocación específica del propio instituto, y sopesar
ulteriormente las motivaciones de la elección vocacional, el compromiso
espiritual y la necesaria idoneidad. En cada instituto esta fase
requiere un acompañamiento personalizado, atento al crecimiento de cada
novicio o novicia, un clima formativo evangélico, sereno, rico en
valores, sostenido por el testimonio gozoso de los formadores y de la
comunidad, alimentado por la experiencia auténtica y profunda del
carisma fundacional.(54)
Donde las circunstancias lo aconsejen, un programa intercongregacional
puede contribuir a la adecuada formación doctrinal de los que inician la
formación a la vida consagrada, ayudándolos a definirse a sí mismos como
miembros de la Iglesia misterio-comunión y misión y a actuar como tales
desarrollando, en la confrontación y en el intercambio, actitudes de
corresponsabilidad fraterna. Pero tengamos presente que “ se puede
hablar de “cursos intercongregacionales para novicios” o para novicias,
distintos entre sí, pero no se puede hablar de “Noviciado
intercongregacional” ”.(55)
15. La colaboración entre institutos, en la fase del noviciado,
pertenece a la categoría de los “ servicios complementarios ”. En la
colaboración no entra la creación de los llamados “ noviciados
intercongregacionales ”, que comportarían para los novicios y las
novicias el vivir en la misma comunidad. En realidad esto no corresponde
a la especificidad propia del inicio de la vida religiosa, la cual debe
introducir a lo que caracteriza el patrimonio de cada instituto. Por lo
mismo, cada instituto debe tener su propio noviciado.
16. Al organizar esos “ servicios complementarios ” téngase presente lo
siguiente:
a) La necesaria sintonía entre los cursos ofrecidos por el centro y el
proceso de iniciación a la vida religiosa de cada instituto, requiere,
como oportuna, si no necesaria, la presencia de los maestros y de las
maestras de noviciado en los cursos, para ayudar a los novicios o a las
novicias a la integración de los contenidos.
b) El programa ha de ofrecer cursos fundamentales sobre diferentes
temas, de tal modo que los institutos puedan elegir los que completan la
formación impartida por ellos mismos. El programa debe estar bien
estructurado y ser armónico, comprender elementos fundamentales de
Sagrada Escritura, teología espiritual, teología moral, eclesiología,
teología y derecho de la vida religiosa -en particular, de cada uno de
los consejos evangélicos-, liturgia, como también conceptos
fundamentales de antropología y psicología, que den al sujeto, al
principio de su camino formativo, la posibilidad de conocerse mejor,
particularmente en las áreas más necesitadas de formación.(56) Todas las
temáticas deberán profundizarse en función formativa.
c) Durante el noviciado los cursos no sean distribuidos con frecuencia e
intensidad tales que obstaculicen la finalidad propia de esta fase de la
formación.(57) Realícense evitando la permanencia fuera del noviciado.
En el caso de que, por este motivo, las novicias o los novicios tuvieran
que ir a otro lugar, por breves períodos y esporádicamente, el superior
o superiora mayor aténgase a los cánones 647 § 2, 648 § 1 y 3, y 649 §
1.
d) Hay que favorecer, además, el conocimiento de los respectivos
institutos religiosos, de los Fundadores y de las Fundadoras y de las
diversas espiritualidades. En efecto, el intercambio fraterno ayuda a
hacer que madure un aprecio más vivo de la propia originalidad
fundacional, a descubrir el valor de cada fundador en el conjunto de la
misión de la Iglesia, a promover la colaboración y una mentalidad de
comunión.(58)
e) Con intervalos regulares, los formadores y las formadoras, según sus
competencias,(59) realicen con el equipo responsable del centro -y
también escuchando el parecer de los formandos- una verificación del
programa y, en relación con las respuestas de las personas, de la
finalidad de los cursos. Los Superiores Mayores, dada su responsabilidad
primaria en la formación, sigan con atención tales iniciativas.
f) Los cursos pueden ofrecer a los maestros y a las maestras la
oportunidad de una actualización constante, de una verificación de la
propia tarea formativa, de una confrontación y apoyo recíproco concreto
e iluminado. Dada la naturaleza de esta etapa inicial, caracterizada por
el proceso de maduración psicológica y de identificación carismática de
los novicios y de las novicias, que les permite adquirir un nuevo estilo
de vida, los programas de colaboración prevean, dentro de los límites de
lo posible, encuentros de formadores y formadoras para tratar temas
pedagógicos específicos, que después serán profundizados en los
respectivos noviciados; entre ellos el desarrollo psicofisiológico, la
madurez afectiva-sexual y otros aspectos de la madurez humana.(60)
La formación de los profesos temporales
17. La Instrucción Potissimum Institutioni, inspirándose en las normas
del Código (61) y en las exigencias características de la formación de
los religiosos y de las religiosas de votos temporales, indica las
líneas fundamentales y ofrece oportunas indicaciones sobre los objetivos
y el programa de estudio.(62)
Por su parte, cada instituto, según el propio plan de formación, tiene “
la grave responsabilidad de proveer la organización y la duración de
esta fase de la formación y de ofrecer al joven religioso las
condiciones favorables para un crecimiento real en la vida de entrega al
Señor ”.(63)
a) Las iniciativas intercongregacionales, también en esta fase, intentan
favorecer -especialmente respecto de los institutos que no pueden
proveer de otro modo- la cualificación de los jóvenes religiosos y de
las religiosas en relación a su consagración y promover la
profundización de la formación espiritual, doctrinal y pastoral, con
particular atención a la historia, a la teología y a la misión de la
vida consagrada y al compromiso en la preparación pastoral.
b) En particular, para responder mejor a las exigencias propias de esta
fase de la formación, las iniciativas de colaboración entre institutos
deben tener en cuenta las características y las circunstancias de vida
de los profesos temporales.
En efecto, el tiempo de la profesión temporal se caracteriza por ser un
momento particularmente propicio para madurar en la identificación con
Cristo,(64) en la visión, impregnada de fe, del mundo, de la Iglesia y
de la historia. Es un tiempo apropiado para prepararse, con entrega, a
la misión real, sacerdotal y profética del Pueblo de Dios, y exige tanto
el estudio de las disciplinas teológicas como la profundización de los
fundamentos bíblicos de la vocación al seguimiento radical de Cristo,
junto con un conocimiento adecuado, a nivel de estudio sapiencial, de
los medios y de los pasos que conducen a la madurez humana y cristiana.
Por eso, en esta fase de la formación, mientras se continua el estudio
de la Sagrada Escritura y de otras materias teológicas como, por
ejemplo, la cristología, la eclesiología, la mariología, la moral y la
teología de la historia, se profundizarán temas de espiritualidad, de
ascética y de ciencias humanas, que contribuyen a la madurez de la
persona en Cristo.(65)
c) Puesto que la vida comunitaria, desde la primera formación, debe
mostrar “ la intrínseca dimensión misionera de la consagración ”,(66) y
esta etapa se caracteriza por los compromisos apostólicos asumidos en
nombre de la comunidad, serán de gran utilidad cursos de catequética y
pedagogía, especialmente de pastoral de la juventud. En efecto, los
compromisos apostólicos requieren el conocimiento más profundo de
algunos temas de la eclesiología promovida por el Concilio Vaticano II,
por ejemplo, la colaboración pastoral de los religiosos con los
presbíteros y los laicos bajo la guía de los Pastores,(67) el Derecho de
la Iglesia, la “ missio ad gentes ”, el ecumenismo, el diálogo
interreligioso,(68) la relación de la Iglesia con el mundo, el deber
social y político de los cristianos y la responsabilidad específica, en
este ámbito, de las personas consagradas.(69) Todas estas materias
deberán ofrecer un base sólida a la acción pastoral y misionera de la
Iglesia-misterio y comunión en la hora de la Nueva Evangelización.
También en esta fase de la profesión temporal será positivo profundizar
en la contribución carismática con que los diversos institutos
participan en la misión de la Iglesia.
d) Estas funciones podrán ser desempeñadas por centros especializados de
estudio, de los que se hablará en la tercera parte, o por medio de
iniciativas o cursos más accesibles, sea por el nivel de los estudios,
sea por el número reducido de las materias propuestas, o por la menor
duración del cometido.
Reviste particular importancia la colaboración entre institutos en las
iniciativas o cursos que ayudan a la preparación para la profesión
perpetua.(70)
También para las iniciativas y los cursos de esta fase, implíquese a los
formadores y formadoras en la programación, realización y evaluación.
Esa implicación puede convertirse para ellos en un estímulo de
actualización en vista de su objetivo, y para todos en un motivo de
confrontación para responder de un modo más eficaz a las expectativas de
los jóvenes.
e) Los religiosos y las religiosas que frecuentan otros centros de
estudios, especialmente civiles (Universidades, Academias, etc.), para
acceder a estudios humanísticos, científicos o técnicos, podrán
encontrar en los centros de formación entre institutos la posibilidad de
integrar su formación sobre todo con cursos de teología y pastoral.
La formación permanente
18. " La formación permanente, tanto para los Institutos de vida
apostólica como para los de vida contemplativa, es una exigencia
intrínseca a la consagración religiosa ”.(71) Ella promueve la
actualización teológica y pastoral, la calidad de vida de cada miembro y
de toda la comunidad con solícita atención a los momentos de particular
compromiso o a aquellos en los que se requiere una experiencia más
intensa de vida interior.(72) En relación con estos dinamismos de
formación, “ hay una juventud del espíritu que permanece en el tiempo y
que tiene que ver con el hecho de que el individuo busca y encuentra en
cada ciclo vital un cometido diverso que realizar, un modo específico de
ser, de servir y de amar. (...) Puesto que el sujeto de la formación es
la persona en cada fase de la vida, el término de la formación es la
totalidad del ser humano, llamado a buscar y amar a Dios “con todo el
corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas” (Dt 6, 5) y al
prójimo como a sí mismo. El amor a Dios y a los hermanos es un dinamismo
vigoroso que puede inspirar constantemente el camino de crecimiento y de
fidelidad ”.(73) Cada instituto está llamado a proveer a la formación
permanente de un modo orgánico y en consonancia con la propia índole.
Puede convertirse así en modelo de vida consagrada, de fraternidad y de
compromiso apostólico para las nuevas generaciones en formación, y
atraer, con la propia vitalidad y fecundidad, nuevas vocaciones.(74)
La Instrucción Potissimum Institutioni y la Exhortación Vita Consecrata
han dedicado amplio espacio a la formación continua,(75) describiendo su
naturaleza, precisando sus objetivos y sus contenidos, pidiendo a los
superiores, según el código, que proporcionen a los hermanos “ los
medios y el tiempo ” (76) necesarios para llevarla a cabo y designen un
responsable de la formación permanente.
La colaboración entre institutos puede ser valiosa para organizar
servicios permanentes y temporales, que den nuevo impulso a la vida
espiritual, a la actualización teológico-pastoral y a una renovada
cualificación para desarrollar con profesionalidad la misión
encomendada. Dará un puesto de relieve a la profundización de las líneas
generales y de las prioridades pastorales de la Iglesia para realizar
mejor la misión evangelizadora en el mundo actual. Es de desear que a
este fin las familias religiosas pongan a disposición el personal mejor
preparado.
Las Conferencias de los superiores y de las superioras mayores, y los
responsables de los centros de estudio pongan, entre sus objetivos y
programas, iniciativas adecuadas para la formación continua de los
religiosos y de las religiosas. Es también de desear una colaboración y
una complementariedad cada vez más eficaz entre ellos.
III. INSTITUTOS DE CIENCIAS RELIGIOSASY DE FORMACIÓN FILOSÓFICA Y
TEOLÓGICA
19. En la primera y en la segunda parte se ha hablado de algunos
criterios fundamentales que se refieren a las iniciativas de los centros
de formación entre institutos y a las posibles formas de colaboración en
las diversas fases de la misma formación. En esta tercera parte, en
cambio, se trata de los institutos de ciencias religiosas y de filosofía
y teología, que imparten una formación académica completa y, por lo
mismo, tienen una estructura jurídica y exigencias organizativas
particulares.
Es útil recordar que la formación de los religiosos hermanos, de las
religiosas y de los diáconos permanentes, y la formación de los
religiosos candidatos al sacerdocio, tienen exigencias específicas que
se deben respetar. Además, en interés de la identidad de cada uno, es
necesario distinguir entre la formación sacerdotal, la diaconal y la que
requieren otros servicios eclesiales.(77) Por tanto, en la organización
de los contenidos del programa, el centro de estudio que se preocupa de
la preparación de dichas personas consagradas, tenga presentes las
características propias de cada grupo.
Los institutos de ciencias religiosas
20. Los institutos de ciencias religiosas han surgido para dar a los
religiosos hermanos y a las religiosas un adecuado nivel de formación
humanística y teológico-pastoral, que ha de realizarse teniendo
presentes los contextos socioculturales de las personas a las que se
proponen estos cursos, con el fin de cualificarlos y prepararlos mejor
para los diversos servicios eclesiales, según los propósitos de los
institutos.(78)
Será necesario ofrecer a los alumnos una sólida base
filosófico-teológica, habilitarlos a la tarea de educadores de la fe,
prepararlos al anuncio explícito del Evangelio y a la promoción humana y
social, hacerlos sensibles a la relación entre el Evangelio y la
cultura, al diálogo ecuménico e interreligioso, al discernimiento de los
signos de los tiempos, a la integración en la pastoral orgánica y a la
apertura misionera en comunión con la Iglesia universal y particular.
Además, deberán ofrecer una buena preparación, impregnada de valores
evangélicos, en las ciencias humanas (pedagogía - psicología -
sociología - ciencia de la comunicación social), haciéndolos capaces de
valerse de ellas en la transmisión de la fe y en la formación de los
discípulos de Cristo.
Hay que procurar, además, un buen conocimiento de los grupos humanos y
de los contextos culturales que deberán evangelizar, colaborando de este
modo a superar el peligro de dicotomía entre la formación que las
religiosas y los religiosos reciben, y los procesos de evangelización
correctamente inculturados.(79)
Preocúpense finalmente de que haya cursos aptos para habilitar a los
religiosos y a las religiosas a realizar más eficazmente su apostolado
específico en la Iglesia: cursos de pastoral para la juventud, los
enfermos, la tercera edad, marginados u otras particulares actividades
apostólicas propias de la misión de cada uno de los institutos.
21. La fundación y la dirección de estos institutos dependen de las
Conferencias de los Superiores o de las Superioras Mayores, o de un
grupo de Superiores o Superioras Mayores, a quienes corresponde la
última responsabilidad. Se exige que cada centro tenga un estatuto
propio en el que se definan la finalidad, los destinatarios, los
servicios que intenta ofrecer y el organismo al que corresponde la
responsabilidad inmediata. La confirmación de la erección y de la
aprobación de los estatutos compete a la Congregación para los
Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica.
Para asegurar el adecuado desarrollo de su función, es necesario que el
centro sea dirigido directamente por un equipo con un responsable
propio. Éste, al realizar la tarea a él encomendada, deberá garantizar
la estabilidad y la competencia formativa. Cada trienio enviará a esta
Congregación un informe sobre las actividades llevadas a cabo.
En lo que atañe a la organización de los cursos, vale cuanto prescribe
el Código en los cc. 659, 660 y 661, y la Potissimum Institutioni en el
n. 61.(80)
Se anima a los institutos de Ciencias Religiosas, destinados a la
formación de quien no es candidato al sacerdocio, a afiliarse a una
Facultad de Teología. Entonces se podrá promover una mejor formación
doctrinal de los estudiantes, de modo que puedan eventualmente conseguir
los oportunos grados académicos o diplomas.(81)
El posible reconocimiento civil de estos institutos es de gran utilidad;
pero esto no debe prejuzgar o alterar sus propias finalidades
formativas.
En este ámbito las universidades católicas, así como otros organismos a
nivel de las Iglesias locales, pueden ofrecer válidas iniciativas de
estudios a realizarse en colaboración entre obispos y
superiores-superioras mayores.(82)
Los institutos de formación teológica y filosófica para los religiosos
candidatos al sacerdocio
22. Las normas fundamentales que regulan los centros
intercongregacionales de formación filosófico-teológica para religiosos
candidatos al sacerdocio son las siguientes:
a) Erección canónica.. Antes de proceder a la erección canónica de un
centro de formación entre institutos de estudios filosóficos y
teológicos, tanto para la erección del Centro como los relativos
estatutos, se deberá obtener la aprobación de la Congregación para los
Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica,(83)
la cual pedirá previamente el autorizado parecer de la Congregación para
la Evangelización de los Pueblos en lo que concierne a los territorios
de misión, y la aprobación de la Congregación para la Educación Católica
(84) para todo lo referente a la organización de los estudios de
filosofía y de teología, así como a los grados académicos. A este
propósito se estimula a los institutos de filosofía y de teología,
reservados a los candidatos al sacerdocio, a afiliarse respectivamente a
una Facultad filosófica o a una Facultad teológica.(85)
b) Autoridad del instituto. . En los Estatutos se definirá claramente de
qué modo ejercen su autoridad los superiores mayores que constituyen el
organismo que ostenta la responsabilidad del centro. Corresponde a esta
autoridad, o a quien ella haya delegado -generalmente el Consejo
Directivo-, nombrar, confirmar o sustituir a los profesores, de acuerdo
con el modo de proceder previsto por los Estatutos,(86) así como también
pedir el consentimiento del superior competente y recibir la “ profesión
de fe ” exigida.(87) Al nombramiento de profesor va unido el “ mandato ”
de enseñar en nombre de la Iglesia.(88) La enseñanza que los profesores
imparten a los alumnos será “ una exposición objetiva y completa de la
doctrina, estructurada en armonía con el Magisterio de la Iglesia ”.(89)
La misma autoridad tendrá informados sobre la instrucción que se imparte
y sobre la marcha del centro, a los superiores mayores que envían los
estudiantes y que deben garantizar ante la Iglesia y la propia
Congregación la adecuada formación de los futuros religiosos-sacerdotes.
Es necesario que informe también el Presidente de la Comisión Mixta
Obispos-Superiores Mayores Religiosos para promover el mutuo
conocimiento y la mutua colaboración.(90) Los superiores de los
estudiantes -sean superiores religiosos o los obispos responsables- o,
donde sea el caso, sus representantes, serán invitados a reuniones
periódicas de consulta sobre la marcha del centro. Donde la incidencia
eclesial y pastoral del centro lo requiera, se recomienda, en espíritu
de comunión, la presencia de un Obispo como miembro del Consejo
Directivo.(91)
c) Programas.. La formación intelectual del futuro sacerdote se basa y
se construye sobre todo en el estudio de la “ Sacra Doctrina ”.“ La
verdadera teología proviene de la fe y trata de conducir a la fe ”.(92)
“ La formación teológica, a la luz de la fe y bajo la guía del
magisterio, ha de darse de manera que los alumnos conozcan toda la
doctrina católica, fundada en la Revelación divina, la hagan alimento de
su propia vida espiritual y sepan comunicarla y defenderla
convenientemente en el ejercicio de su ministerio ”.(93) En lo que se
refiere a los estudios, se prestará una atención especial a la
integridad de las materias y del contenido prescrito para el sexenio
filosófico-teológico.(94) Respetando las exigencias propias de la vida
religioso-sacerdotal y de la “ intrínseca unidad del sacerdocio católico
”, tanto secular como religioso,(95) estos estudios deberán tener en
cuenta el plan de formación sacerdotal establecido por la Santa Sede y
por la Conferencia Episcopal del propio país,(96) proveyendo para que,
en cualquier caso, se incluya siempre un curso de teología y
espiritualidad de la vida religiosa y de teología de la Iglesia
particular.(97) También en este caso el posible reconocimiento civil no
debe perjudicar o alterar el programa de los estudios prescritos por la
Iglesia. Donde los institutos para la formación de los religiosos
candidatos al sacerdocio acogen, por motivos serios, también alumnos
candidatos al diaconado permanente, o hermanos y religiosas destinados a
otras actividades apostólicas, el programa de estudios para los futuros
sacerdotes debe figurar como una unidad plenamente reconocible y
especial,(98) evitando que la formación sea una genérica preparación
ministerial común a todos. Por lo mismo se deberán respetar las
exigencias específicas de los otros alumnos, ofreciéndoles un programa
apropiado que los prepare al ministerio del diaconado permanente o a los
servicios eclesiales en consonancia con su vocación.
d) Profesores. . La validez formativa y la consistencia de las
iniciativas descritas dependen en gran parte de la competencia
específica, del “ sensus ecclesiae ” y de la autoridad religiosa de los
profesores, además de la organización de los programas y de la vida del
instituto mismo. Los profesores, de un modo particular, deben recordar
que su enseñanza “ debe abrir y comunicar la inteligencia de la fe
últimamente en el nombre del Señor y de la Iglesia ”.(99) Ténganlo en
cuenta los Superiores Mayores en la elección de los profesores. Por
encima de otros cometidos pastorales sepan dar la primacía a la
preparación de las nuevas generaciones, dándoles los mejores profesores
y formadores. Se trata de una responsabilidad eclesial que no pueden
desatender, para el bien del Pueblo de Dios, de la vida religiosa y del
propio instituto, en el presente y en el futuro. Además de la
competencia académica, los profesores cuiden la capacidad didáctica que
su cometido exige. (100) Se debe tener especial cuidado en garantizar la
calidad de la enseñanza para las disciplinas que constituyen la parte
fundamental del curriculum de los estudios. Es necesario que cada
profesor de materias teológicas posea el mandato de enseñar. (101) Los
superiores competentes, antes de dar el propio consentimiento al
nombramiento de un profesor, deben estar seguros de que el interesado
posee la debida preparación, la fidelidad al Magisterio y el respeto de
la tradición necesarios, así como la capacidad de preparar sacerdotes
para el servicio de los hombres de nuestro tiempo. (102)
e) Admisión.. Para la admisión al centro de estudio filosófico-teológico
se requiere que el candidato haya alcanzado el nivel de estudio indicado
en los Estatutos, teniendo en cuenta las normas canónicas así como las
necesidades de los lugares y de los tiempos. También es necesaria la
presentación escrita por parte del superior mayor o del superior de la
casa de formación a la que pertenece. También pueden ser admitidos
candidatos del clero diocesano, a petición escrita del Obispo
respectivo, el cual, según los Estatutos del centro, asume los derechos
y los deberes de los Superiores que envían estudiantes a él.
El instituto tiene el derecho de excluir de los propios programas a un
estudiante que, en el curso del año, se revele incapaz de responder a
los objetivos y a las condiciones de admisión, aunque presente elevadas
capacidades intelectuales y diligencia en los estudios. Tal dimisión no
impide que su superior pueda disponer para él otras opciones en una sede
diferente.
f) Comunidad de formación y centro de estudios filosófico-teológicos..
El Superior y el equipo de formación de cada instituto religioso serán
siempre los principales responsables de la formación
religioso-sacerdotal de los propios miembros. Guiarán y coordinarán la
vida comunitaria, el programa global de formación y los cursos
complementarios específicos del propio instituto, según la propia
espiritualidad y finalidad pastoral, como realidad unificante de la
formación humana, doctrinal, espiritual y pastoral. Mantendrán un
contacto periódico con el centro de estudios y se interesarán
activamente por sus programas.
En el proceso de discernimiento y en la evaluación de la idoneidad de
los religiosos candidatos al sacerdocio, los Superiores sepan consultar
a los profesores y a los colaboradores en la formación pastoral. De ello
pueden beneficiarse la comunidad formativa y también el centro de
estudios, que sentirá solicitada su responsabilidad en el camino
formativo de los futuros sacerdotes.
Finalmente, es de desear que cada instituto religioso que envía alumnos
al centro, se empeñe en contribuir con algún miembro cualificado a la
enseñanza o a la animación de la vida del mismo centro.
g) Iniciativas propias. . Las iniciativas descritas de colaboración
entre institutos se distinguen de los centros filosóficos o teológicos
erigidos bajo la responsabilidad de un instituto religioso que,
manteniendo su propia autonomía, admite como estudiantes a religiosos de
otros institutos. (103) Estos centros siguen la normativa propia.
IV. COLABORACIÓN ENTRE INSTITUTOS PARA LA FORMACIÓN DE LOS FORMADORES Y
DE LAS FORMADORAS
El servicio de la formación
23. El servicio de la formación, auténtico “ ministerio eclesial ”
(Pablo VI), es un arte: “ el arte de las artes ”. (104) Para los
formadores y las formadoras comporta el esfuerzo constante de conocer la
realidad juvenil, junto con la capacidad pedagógica y espiritual de
acompañar y guiar a los jóvenes y a las jóvenes. Su servicio es una
mediación cualificada por una precisa referencia trinitaria: “ La
formación es una participación en la acción del Padre que, mediante el
Espíritu, infunde en el corazón de los jóvenes y de las jóvenes los
sentimientos del Hijo ”. Para ejercer esa “ mediación participativa ”, “
los formadores y las formadoras deben ser, por tanto, personas expertas
en los caminos que llevan a Dios, para poder ser así capaces de
acompañar a otros en ese recorrido. (...) A las luces de la sabiduría
espiritual añadirán también aquellas que ofrecen los instrumentos
humanos que pueden servir de ayuda, tanto en el discernimiento
vocacional, como en la formación del hombre nuevo, para que sea
auténticamente libre (...) ”. (105) Este cometido exige, pues, una seria
y sólida preparación de los futuros formadores, y una entrega generosa y
total por su parte en el empeño de ser imitadores de Cristo en el
servicio a los hermanos. (106) “ No obstante las necesidades apostólicas
y la situación de urgencia en la que las Familias religiosas actúan,
sigue siendo prioritario un atento cuidado en la elección y en la
preparación de los formadores y de las formadoras. Se trata de uno de
los ministerios más difíciles y delicados... Los jóvenes y las jóvenes
necesitan sobre todo maestros que sean para ellos hombres de Dios,
conocedores respetuosos del corazón humano y de los caminos del
Espíritu, capaces de responder a sus exigencias de mayor interioridad,
de experiencia de Dios, de fraternidad, y capaces de iniciarlos en la
misión. Formadores que sepan educar al discernimiento, a la docilidad y
a la obediencia, a la lectura de los signos de los tiempos y de las
necesidades de la gente, y a responder a ello con solicitud y audacia en
plena comunión eclesial ”. (107)
Cuidadosa elección y sólida preparación de los formadores
24. Para que una Familia Religiosa tenga a disposición miembros
cualificados en este ministerio, los superiores y las superioras
mayores, como compromiso primario suyo, elijan cuidadosamente los
futuros formadores. Los criterios de elección, las cualidades exigidas,
la preparación y la actualización sean definidos por las normas propias
de cada instituto y desarrollados en la Ratio Institutionis.
Ellos les ofrecerán programas y oportunidades que aseguren la necesaria
formación teológica y pedagógica, espiritual y también en las ciencias
humanas, así como una precisa capacitación en relación con las funciones
que han de desempeñar a los largo del itinerario de formación. Los
formadores deben ser expertos, de modo particular, en los temas que se
refieren al patrimonio espiritual del Fundador o de la Fundadora.
Este Dicasterio anima una vez más a las Familias Religiosas a proseguir
en los esfuerzos para una adecuada preparación de los responsables de la
formación inicial y permanente.
Colaboración entre institutos
25. Las experiencias de colaboración entre institutos ofrecen un amplio
panorama para la preparación de los formadores. Existen centros de nivel
universitario o parauniversitario con programas sistemáticos que ofrecen
la posibilidad de conseguir títulos académicos o reconocidos por la
Congregación para la Educación Católica; cursos intensivos, distribuidos
a lo largo de un año o de un semestre, destinados sobre todo a
formadoras y formadores al principio de su cometido y ya insertos en
comunidades de formación. Se ofrecen cursos de actualización, encuentros
regulares para formadores y formadoras empeñados en la misma fase de
formación y sesiones de estudio, de intercambio y de reflexión sobre
temas educativos concretos. Muchos de estos cursos son organizados por
las Conferencias de los Superiores y de las Superioras Mayores, otros
por un Consorcio de institutos, o son iniciativas promovidas por centros
especializados o por Facultades universitarias.
Dada la necesidad urgente de formadores cualificados, este Dicasterio
invita a intensificar la colaboración entre los institutos, poniendo
unos a disposición de otros programas, experiencias y, en cuanto sea
posible, el mismo personal más cualificado para un enriquecimiento
recíproco, en beneficio de los institutos, de la Iglesia y de su misión
en el mundo. (108)
Cursos
26. Entre los criterios que guían la organización de esos cursos
subrayamos los siguientes:
a) ) Su orientación específica tenga como finalidad habilitar a los
educadores para la formación integral del religioso o de la religiosa en
la unidad y en la originalidad de la persona, desarrollando todas las
dimensiones de la consagración bautismal y religiosa. Por tanto, los
cursos contribuyan a la preparación doctrinal, espiritual, canónica y
pedagógico-pastoral. Garanticen sobre todo una sólida formación
teológica, especialmente en los campos de la espiritualidad, de la moral
y de la vida religiosa. Ayuden, además, a los formadores a tomar
conciencia del carácter orgánico del proceso formativo y de las
finalidades específicas de cada una de las etapas.
Los cursos ayuden sobre todo a los formadores a transmitir el arte de la
lectura teológica de los signos de los tiempos (109) para que puedan así
discernir la presencia, el amor y la voluntad de Dios en todas las
cosas: en la Revelación y en la Creación, en la Iglesia, en los
sacramentos y en las personas, en las circunstancias ordinarias y
extraordinarias de la vida, en el camino de la historia; (110) sean, por
lo mismo, una válida contribución para adquirir el arte de inspirar y
alimentar un profundo amor a las Personas de la Santísima Trinidad y a
la Eucaristía, como también a María, Madre de Jesús y de la Iglesia, y a
los santos Fundadores, y de guiar a una vida de oración más profunda.
(111)
La programación de los cursos dé la debida importancia a la vida
fraterna en comunidad y a la misión de los institutos (112) y ofrezca
los medios adecuados para consolidar o recuperar el espíritu de unidad y
corresponsabilidad entre los miembros, el espíritu apostólico y una
actitud de justicia, de solidaridad y de misericordia hacia los más
necesitados. “ Se pide a las personas consagradas que sean
verdaderamente expertas en comunión, y que vivan la respectiva
espiritualidad como “testigos y artífices de aquel 'proyecto de
comunión' que constituye la cima de la historia del hombre según Dios”
”. (113) Procúrese subrayar la dignidad de la vocación de los seglares y
del clero diocesano, promoviendo la colaboración con ellos y el
compartir el espíritu y la misión del instituto. (114)
b) Los cursos
– Ayuden además a desarrollar en los formadores y en las formadoras la
capacidad de relación, de escucha, de discernimiento vocacional y de
educación de los jóvenes y de los adultos al discernimiento y al
compromiso.
– Ayuden a desarrollar la capacidad de guía espiritual y de
acompañamiento pedagógico y psicológico, cuyas finalidades y niveles de
intervención se diferencian, aunque convergen en la maduración integral
de la persona consagrada a Dios. Ofrezcan también los instrumentos para
captar y saber afrontar, con la ayuda de expertos, cuando sea necesario,
situaciones particulares y problemas personales.
– Ayuden a la lectura y a la comprensión de los diversos contextos
culturales, para favorecer una formación en consonancia con las
exigencias de la cultura de origen de los religiosos y de las
religiosas, o de la cultura del pueblo en el que trabajan. Es importante
que se aprenda a apreciar los valores auténticos que llevan la impronta
del Evangelio o están abiertos a él, y a discernir aquellos elementos
que deben ser purificados o rechazados. (115)
– Sean una ayuda para conocer y responder a los desafíos que la Iglesia
encuentra en nuestros días y para asumir las prioridades pastorales que
el Santo Padre y los Obispos unidos con él proponen a la reflexión de
los fieles. “ Se invita, pues, a los Institutos a reproducir con valor
la audacia, la creatividad y la santidad de sus fundadores y fundadoras
como respuesta a los signos de los tiempos que surgen en el mundo de
hoy. Esta invitación es sobre todo una llamada a perseverar en el camino
de santidad a través de las dificultades materiales y espirituales que
marcan la vida cotidiana ”. (116)
c) Estudien los formadores cómo preparar a los miembros de su comunidad
para la tarea de la Nueva Evangelización: anunciar a Cristo, Buena Nueva
del Padre, a todos los hombres. Ello implica, en particular, la
necesaria preparación para la evangelización de la cultura, para la
pastoral en favor de la vida, de la familia y de la solidaridad, para la
opción evangélica en favor los pobres, la formación de los jóvenes, la
misión “ ad gentes ”, el compromiso ecuménico y el diálogo
interreligioso, la comunicación social, etc. (117) Aprendan a acoger las
esperanzas y los interrogantes de los jóvenes -hijos de nuestro tiempo-
que entren en las comunidades, y los preparen para que encarnen lo mejor
de la propia época y den una respuesta de santidad y de caridad activa a
las necesidades de los tiempos. Formar es siempre preparar al servicio
que la Iglesia y la sociedad necesitan en una época y en un ámbito
cultural determinado.
Una formación integral, precisamente porque tiene su eje en la educación
de la fe y en la maduración en el compromiso de la consagración-misión,
debe tener en cuenta también las nuevas formas de pobreza y de
injusticia de nuestro tiempo. En este campo los cursos de los centros de
formación entre institutos, sin caer en consideraciones reductivas,
pueden ser un apoyo válido para formadores y formadoras.
d) Los cursos para formadores y formadoras constituyan una experiencia
de crecimiento espiritual y ayuden a su formación permanente. La tarea
de acompañar a los jóvenes en su camino de crecimiento lleva consigo una
invitación constante de Cristo, Maestro y Señor, a intensificar la vida
de oración, la intimidad con Él, y a abrazar la cruz que sella el
delicado ministerio de la formación, poniendo siempre la propia
confianza en su guía y en su gracia.
La obra de la formación se desarrolla a lo largo del eje del seguimiento
de “ Cristo casto, pobre y obediente -el Orante, el Consagrado y el
Misionero del Padre ”, (118)- y tiene su centro en el Misterio Pascual.
Por lo mismo, la preparación de los formadores y de las formadoras no
puede ser sólo intelectual, doctrinal, pastoral y profesional; es sobre
todo experiencia profunda, humana y religiosa de participación en el
misterio de Cristo y en el acercamiento respetuoso al misterio de la
persona humana. En Cristo es experiencia de filiación ante el Padre y de
docilidad al Espíritu, de fraternidad y de compartir, de paternidad y
maternidad en el Espíritu: “ Hijos míos, por quienes sufro de nuevo
dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros ” (Gal 4, 19).
Es útil que en esta luz los formadores puedan encontrarse entre sí como
personas consagradas, para confrontarse sobre su camino de fe, orar
juntos, dejarse interpelar por la Palabra y celebrar la Eucaristía.
Podrán enriquecerse con la experiencia de la bondad y la sabiduría del
Maestro, que, con la efusión de Su Espíritu y mediante la acción
maternal de María, continúa su obra también, y de un modo privilegiado,
a través de su mediación en la vida y en las experiencias de aquellos a
quienes ayudan a vivir como “ conciudadanos de los santos y familiares
de Dios ” (Ef 2, 19).
CONCLUSIÓN
27. " La conciencia de la hora actual de la historia y de nuestras
responsabilidades exige asegurar a los jóvenes religiosos y a las
jóvenes religiosas una formación adecuada, lo más completa posible, en
la fidelidad dinámica a Cristo y a la Iglesia, al carisma del Fundador y
a nuestro tiempo ”. (119)
El Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de
Vida Apostólica, al ofrecer los criterios y las directrices presentados
en este documento, ha intentado valorar, ordenar y promover la amplia y
múltiple experiencia en el ámbito de la colaboración entre institutos,
que ha madurado gracias al Concilio Vaticano II y se ha desarrollado en
estos años.
La colaboración entre institutos, que promueve el compartir de los dones
carismáticos, respeta la diversidad y se pone a su servicio, es una
respuesta concreta a las llamadas de la Iglesia para ayudar al religioso
y a la religiosa a formarse, realizando la unidad de la propia vida en
Cristo por medio del Espíritu. (120) En efecto, los consagrados están
llamados a insertarse en el mundo contemporáneo para ofrecer un valioso
testimonio de plenitud humana y cristiana, según la forma de vida que
Cristo Señor eligió, que María, Virgen Madre, abrazó (121) y que Él
mismo propuso a sus discípulos. (122)
Los religiosos y las religiosas cumplirán así su misión, como cristianos
llamados a ser “ memoria viva del modo de existir y de actuar de Jesús ”
(123) y “ suscitados por Dios para ser pioneros en los caminos de la
misión y en los senderos del Espíritu ”. (124) Con el nuevo ardor de su
vida y de su palabra, con los nuevos métodos y las nuevas expresiones de
su obra, serán cooperadores fieles y audaces de Dios, signos de
esperanza en “ servir al hombre revelándole el amor de Dios que se ha
manifestado en Jesucristo ”. (125)
El 31 de octubre de 1998 el Santo Padre ha aprobado el presente
documento de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y
las Sociedades de Vida Apostólica, y ha autorizado su publicación.
Roma, 8 de diciembre de 1998, solemnidad de la Inmaculada Concepción de
la Bienaventurada Virgen María.
Eduardo Card. Martínez Somalo
Prefecto
+ Piergiorgio Silvano Nesti
Secretario
NOTAS:
1) Cf. Lumen gentium 7; Juan Pablo II, Christifideles laici 21.24.
2) Cf. Lumen gentium 43-44; Juan Pablo II, Vita Consecrata 1-3.
3) Cf. Congregación para los Institutos de vida consagrada y las
Sociedades de vida apostólica, Potissimum Institutioni, 2 de febrero de
1990.
4) Cf. Perfectae caritatis 8; c. 675.
5) Potissimum Institutioni 98-100.
6) Potissimum Institutioni 72-85.
7) Por Centros de formación entre institutos (a veces llamados
intercongregacionales) se entienden las diversas formas de colaboración
entre institutos religiosos al servicio de la formación.
8) Juan Pablo II, Mensaje a la XIV Asamblea General de la «Conferencia
dos Religiosos do Brasil», 11 de julio de 1986: Insegnamenti, IX2 (1986)
p. 239.
9) Ib. 4, p. 242; cf. Vita Consecrata 53.1
10) Ib. 4, p. 242.
11) Cf. Perfectae caritatis 18; ET 52; Vita Consecrata 68.
12) Cf. Juan Pablo II, Redemptoris missio 2; Vita Consecrata 67.73.
13) Cf. Perfectae caritatis 1; Religiosos y promoción humana 22;
Christifideles laici 18-21.32.
14) Cf. cc. 646-653 y 659-661.
15) Cf. Mutuae Relationes 11.
16) Cf. Mutuae Relationes 14b; cf. c. 574 § 1; Vita Consecrata
4-5.29.33-34.
17) Vita Consecrata 37.
18) Cf. Perfectae caritatis 1; c. 577; Vita Consecrata 19.47-48.
19) Mutuae Relationes 11.
20) Cf. c. 586 § 2; Vita Consecrata 48.
21) Potissimum Institutioni 98; cf. cc. 587 § 1. 646. 659.
22) Cf. Potissimum Institutioni 46. 90-91; cf. c. 577.
23) Juan Pablo II, Discurso a los Obispos de la Región Nor-Este 2 de la
«Conferencia Nacional dos Bispos do Brasil», 11-VII-1995, L'Osservatore
Romano, 12 de julio de 1995, p. 5.
24) Cf. cc. 646-653 para la formación de los novicios; cc. 659-660 para
la formación de los profesos temporales; c. 661 para la formación
permanente.
25) Vita Consecrata 53.
26) Perfectae caritatis 2; cc. 576.578.
27) Vita Consecrata 3; cf. Vita Consecrata 29.
28) Cf. Lumen gentium 44; Mutuae Relationes 11; cc. 576-578.587 § 1;
Vita Consecrata 25. 35.92-95.
29) Cf. Vita Consecrata 52.
30) Cf. Vita Consecrata 66.93; Nuevas vocaciones para una nueva Europa;
Actas del Congreso, Roma, 10-15 de mayo de 1997, nn. 15-19.
31) Cf. Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, IIa-IIae, q. 184, a. 4.
32) Cf. Vita Consecrata 52.
33) Juan Pablo II, Alocución a las Superioras Generales (U.I.S.G.),
Roma, 18 de mayo de 1995, Insegnamenti XVIII1 (1995) p. 1323.
34) Cf. Vita Consecrata 73.
35) Cf. c. 659 § 2 § 3; Potissimum Institutioni 103.
36) Juan Pablo II, Discurso a los Obispos de la Región Nor-Este 2 de la
«Conferencia Nacional dos Bispos do Brasil», 11-VII-1995, L'Osservatore
Romano, 12 de julio de 1995, p. 5.
37) Cf. Potissimum Institutioni 99.
38) Cf. Elementos esenciales de la enseñanza de la Iglesia sobre la vida
religiosa, CRIS, 1983, 47; Potissimum Institutioni 60.
39) Cf. Potissimum Institutioni 26-27.
40) Vida fraterna en comunidad 43.
41) Juan Pablo II, Discurso a las religiosas. Florianopolis, Brasil, 18
de octubre de 1991: Insegnamenti XIV2 (1991) p. 928.
42) Cf. Elementos esenciales de la enseñanza de la Iglesia sobre la vida
religiosa, CRIS, 1983, III § 12; Mutuae Relationes 46; Religiosos y
promoción humana 9; cc. 659.665 § 1.
43) En este documento se llaman «centros de formación entre institutos»
-como ya se ha dicho en la nota 7- todas las instituciones
intercongregacionales que colaboran en la formación de los propios
miembros, sea que ofrezcan cursos complementarios o programas completos
de estudio. En cambio, los centros que imparten una formación académica
completa, en el presente documento se llaman «institutos de ciencias
religiosas» o/y de «formación filosófica y teológica».
44) Perfectae caritatis 23.
45) Potissimum Institutioni 98-100.
46) Mutuae Relationes 28.31; Vita Consecrata 46.50.
47) Juan Pablo II, Discurso a los Obispos de la Región Nor-Este 2 de la
«Conferencia Nacional dos Bispos do Brasil», 11-VII-1995, L'Osservatore
Romano, 12 de julio de 1995, p. 5.
48) Cf. cc. 646.659-661; Juan Pablo II, Pastores dabo vobis 42-59.
49) Cf. Optatam totius 14; Vita Consecrata 14-16.
50) Cf. Vita Consecrata 49; cf. Potissimum Institutioni 24-25.
51) Cf. Potissimum Institutioni 42-44.
52) Cf. Renovationis causam 4.
53) Cf. Potissimum Institutioni 45; c. 646.
54) Cf. cc. 646.652 §§ 2-4.
55) Juan Pablo II, Discurso a los Obispos de la Región Nor-Este 2 de la
«Conferencia Nacional dos Bispos do Brasil», 11-VII-1995, L'Osservatore
Romano, 12 de julio de 1995, p. 5.
56) Cf. c. 652 § 2.
57) Cf. cc. 646.648.652 § 5.
58) Cf. Vita Consecrata 46.52.
59) Cf. c. 652 § 1.
60) Cf. Potissimum Institutioni 13.39-41.
61) Cf. cc. 659-660; Potissimum Institutioni 58.
62) Cf. Potissimum Institutioni 58-65.
63) Potissimum Institutioni 60.
64) Cf. Vita Consecrata 16.65.
65) Cf. Potissimum Institutioni 35-38.
66) Vita Consecrata 67.
67) Cf. Mutuae Relationes 18.36.37.40.56-58; cc. 675 § 3.687.680.681 §
1; Vita Consecrata 16.31. 54-55.
68) Cf. Vita Consecrata 102.
69) Cf. Religiosos y promoción humana, CRIS 1980.
70) Cf. Potissimum Institutioni 64.
71) Vita Consecrata 69.
72) Cf. Potissimum Institutioni 70.
73) Vita Consecrata 70-71.
74) Cf. Vida fraterna en comunidad 43.54-57; Vita Consecrata 64.
75) Cf. Potissimum Institutioni 66-71; Vita Consecrata 69-71.
76) c. 661.
77) Cf. cc. 659-660.
78) Cf. Mutuae Relationes 31.
79) Cf. Juan Pablo II, Ecclesia in Africa, 1995, 55-71.
80) Es necesario distinguir los institutos de ciencias religiosas -de
los que se trata en el presente documento- de los institutos
«superiores» de ciencias religiosas que son erigidos por la Santa Sede y
son afiliados a una Facultad Teológica. Cf. Normativa per gli Istituti
Superiori di Scienze Religiose, Seminarium 1 (1991) pp. 194-201.
81) Juan Pablo II, Sapientia Christiana, 1979, Parte I: Normas comunes,
art. 62 § 1, y Parte II: Congregación para la Educación Católica, Normas
aplicativas de la misma, art. 47.
82) Mutuae Relationes 31.
83) Cf. c. 237 § 2. Dada la falta de una norma específica al respecto,
las referencias canónicas se interpretan «por analogía».
84) Cf. PB 108 § 2.
85) Cf. Sapientia Christiana, Parte I: Normas comunes, art. 62, y Parte
II: Normas aplicativas, art. 47.
86) Cf. Sapientia Christiana, Parte I: Normas comunes, art. 24.
87) c. 833.
88) c. 812.
89) Mutuae Relationes 31.
90) Cf. Vita Consecrata 50.
91) Vita Consecrata 48-50.
92) Pastores dabo vobis 53.
93) c. 252 § 1.
94) Cf. cc. 250. 252-258. 1032.
95) Cf. Optatam totius, Proemio; Ratio fundamentalis institutionis
sacerdotalis, I, 1-4; Potissimum Institutioni 108-109.
96) Cf. c. 242; Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis I, 2.
97) Cf. Vita Consecrata 50.
98) Pastores dabo vobis 61.
99) Pastores dabo vobis 67.100.
100) Cf. c. 254.
101) Cf. c. 812.
102) Cf. cc. 248. 253; Juan Pablo II, Constitución apostólica Ex corde
Ecclesiae sobre las Universidades Católicas, 15 de agosto de 1990, Parte
II: Normas generales, 4,3; Congregación para la Doctrina de la Fe,
Instrucción Donum Veritatis, sobre la vocación eclesial del teólogo, 24
de mayo de 1990, 6. 7.
103) Cf. c. 586.
104) Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis V, 30.
105) Vita Consecrata 66.
106) Cf. 1 Cor 11,1; 1 Ts 1,6.
107) Juan Pablo II, Mensaje a la XIV Asamblea General de la «Conferencia
dos Religiosos do Brasil», 11-VII-1986: Insegnamenti, IX2 (1986) p. 242;
cf. Juan Pablo II, Discurso a la Plenaria de la CIVCSVA, 1 de diciembre
de 1988: Insegnamenti, XI4 (1988) pp. 1703-1706.
108) Cf. Congregación para la Educación Católica, Directrices sobre la
preparación de los educadores en los seminarios, 1993, 79. 82; CD 5. 35;
Mutuae Relationes 31. 37; Vita Consecrata 53.
109) Cf. Vita Consecrata 73. 94.
110) Cf. Vita Consecrata 53.
111) Cf. Vita Consecrata 94. 95.
112) Cf. Vita Consecrata 41-42. 72.
113) Cf. Vita Consecrata 46; cf. Religiosos y promoción humana 24.
114) Cf. Mutuae Relationes 37; Vita Consecrata 4. 15. 31. 56.
115) Vita Consecrata 79-80.
116) Cf. Vita Consecrata 37.
117) Cf. Vita Consecrata 77-83. 96-99. 101-103.
118) Vita Consecrata 77.
119) Juan Pablo II, Mensaje a la XIV Asamblea General de la «Conferencia
dos Religiosos do Brasil», 11-VII-1986: Insegnamenti, IX2 (1986) p. 241.
120) Cf. Potissimum Institutioni 1.
121) Cf. Lumen gentium 46; Vita Consecrata 18.
122) Cf. Lumen gentium 44.
123) Vita Consecrata 22.
124) Juan Pablo II, Mensaje a la XIV Asamblea General de la «Conferencia
dos Religiosos do Brasil», 11-VII-1986: Insegnamenti, IX2 (1986) p. 238.
125) Cf. Redemptoris missio 2; Vita Consecrata 110.