1. El concilio Vaticano II pone de manifiesto la dimensión
eclesial de los consejos evangélicos (Lumen gentium, 44).
Jesús, en el evangelio, da a entender que sus llamadas a la vida
consagrada tienen como finalidad la instauración del Reino: el
celibato voluntario debe vivirse por el reino de los cielos (cf.
Mt 19, 12), y la renuncia universal para seguir al Maestro se
justifica con el«reino de Dios» (Lc 18, 29).
Jesús establece una relación muy estrecha entre la misión
que confía a sus Apóstoles y la exigencia que les impone de
abandonarlo todo para seguirlo: sus actividades profanas y sus
bienes (ta ídia), como se lee en Lc. 18, 28. Pedro es
consciente de ello; por eso, declara a Jesús, también en nombre
de los demás Apóstoles: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado
todo y te hemos seguido» (Mc 10, 28; cf. Mt 19, 27). Lo que
Jesús exige a sus Apóstoles, lo pide también a los que, en las
diversas épocas de la historia de la Iglesia, aceptarán
seguirlo en el apostolado por el sendero de los consejos
evangélicos: la entrega de toda la persona y de todas las
fuerzas para el desarrollo del reino de Dios sobre la tierra,
desarrollo que compete principalmente a la Iglesia. Es preciso
decir que, de acuerdo con la tradición cristiana, la vocación
nunca tiene como fin exclusivo la santificación personal. Más
aún, una santificación exclusivamente personal no sería
auténtica, porque Cristo ha unido de forma muy íntima la
santidad y la caridad. Así pues, los que tienden a la santidad
personal lo deben hacer en el marco de un compromiso de servicio
a la vida y a la santidad de la Iglesia. Incluso la vida
puramente contemplativa, como hemos visto en una catequesis
anterior, conlleva esta orientación eclesial.
De aquí brota según el Concilio, la tarea y el deber de los
religiosos de «trabajar [...] para que el reino de Cristo se
asiente y consolide en las almas y para dilatarlo por todo el
mundo» (Lumen gentium, 44). En la gran variedad de los
servicios que la Iglesia debe prestar, hay lugar para todos: y
cada consagrado puede y debe tener todas sus fuerzas al servicio
de la gran obra de la instauración y extensión del reino de
Cristo en el mundo, según las capacidades y los carismas que ha
recibido, en armonía constructiva con la misión de la propia
familia religiosa.
2. A la dilatación del reino de Cristo (cf. ib.) mira,
en particular, la actividad misionera. De hecho, la historia
confirma que los religiosos han desempeñado un papel importante
en la expansión misionera de la Iglesia. Llamados y dedicados a
una consagración total, los religiosos manifiestan su
generosidad comprometiéndose a llevar por doquier el anuncio de
la buena nueva de su Maestro y Señor, incluso hasta las regiones
más alejadas de su propio país, como aconteció con los
Apóstoles. Junto a los institutos en los que una parte de los
miembros se dedican a la actividad misionera ad gentes,
existen otros fundados expresamente para la evangelización
de las poblaciones, que no han recibido, o no habían recibido
aun, el Evangelio. El carácter misionero de la Iglesia se
concreta así en una «vocación especial» (cf. Redemptoris
missio, 65), que lo hace efectivo más allá de todas las
fronteras geográficas, étnicas y culturales, «in universo
mundo» (cf. Mc 16, 15).
3. El decreto Perfectae caritatis del concilio Vaticano
II recuerda que «hay en la Iglesia muchísimos institutos,
clericales o laicales, consagrados a las obras de apostolado, que
tienen dones diferentes según la gracia que les ha sido dada»
(n. 8). Es el Espíritu Santo quien distribuye los carismas en
relación con las necesidades crecientes de la Iglesia y del
mundo. No se puede menos de reconocer en este hecho uno de los
signos más claros de la generosidad divina, que inspira e
impulsa la generosidad humana. Y es preciso alegrarse de verdad
por el hecho de que este signo es tan frecuente en nuestro
tiempo, precisamente porque indica que se ensancha y profundiza
el sentido del servicio al reino de Dios y al desarrollo de la
Iglesia. De acuerdo con la enseñanza del Concilio, la acción de
los religiosos, tanto en el campo más directamente apostólico
como en el de la caridad, no es obstáculo para su
santificación, sino que, por el contrario, contribuye a
alcanzarla, porque desarrolla el amor hacia Dios y hacia el
prójimo, y hace que quien desempeña ese apostolado participe en
la gracia que reciben los que se benefician de esa actividad.
4. Pero el Concilio añade que toda la actividad apostólica
debe estar animada por la unión con Cristo, a la que no pueden
menos de tender los religiosos, en virtud de su profesión. «Por
eso, toda la vida religiosa de sus miembros debe estar imbuida de
espíritu apostólico; y toda la acción apostólica, informada
de espíritu religioso» (ib.). En la Iglesia, los
consagrados deben ser los primeros en dar prueba de saber
resistir a la tentación de sacrificar la oración en aras de la
acción. A ellos corresponde demostrar que la acción alcanza su
fecundidad apostólica gracias a una vida interior rica de fe y
de experiencia de las cosas divinas: «ex plenitudine
contemplationis», corno dice santo Tomás de Aquino (Summa
Theol., II-11, q. 288, a, 6; 111, q, 40, a, 1, ad 2).
El problema de armonizar la actividad apostólica con la
oración se ha planteado varias veces en los siglos pasados y
también hoy, especialmente en los institutos monásticos. El
Concilio rinde homenaje a «la venerable institución de la vida
monástica, que en el largo curso de los siglos ha adquirido
méritos preclaros en la Iglesia y en la sociedad humana» (Perfectae
caritatis, 9). Asimismo, reconoce la posibilidad de matices
diferentes en «el oficio principal de los monjes», que consiste
en «rendir a la divina Majestad un servicio a la vez humilde y
noble dentro de los muros del monasterio, ora se consagren
íntegramente, en vida retirada, al culto divino, ora emprendan
legítimamente algunas obras de apostolado o de cristiana
caridad» (ib.).
Más en general, el Concilio recomienda a todos los institutos
que ajusten convenientemente sus observancias y prácticas con
los requisitos del apostolado a que se consagran, pero teniendo
en cuenta «las múltiples formas que reviste la vida religiosa
dedicada a las obras apostólicas» y, por consiguiente, también
la diversidad y la necesidad de que «en los diversos institutos,
la vida de sus miembros en servicio de Cristo se sostenga por los
medios propios y congruentes» (ib., 8), En esta labor de
adaptación, además, no conviene olvidar nunca que se trata ante
todo de una obra del Espíritu Santo, al que, por tanto, es
necesario ser dóciles al buscar los medios de una acción más
eficaz y más fecunda.
5. Por esa múltiple contribución que prestan los religiosos,
según la variedad de su vocación y sus carismas, con la
oración y con la acción, a la dilatación y a la consolidación
del reino de Cristo, la Iglesia --dice el Concilio-- «protege y
favorece la índole propia de los diversos institutos
religiosos» (Lumen gentuim, 44) y «no sólo eleva
mediante su sanción la profesión religiosa a la dignidad de
estado canónico, sino que, además, con su acción litúrgica,
la presenta como un estado consagrado a Dios ... asociando su
oblación al sacrificio eucarístico» (ib., 45).
En particular, el Romano Pontífice, según el Concilio, busca
el bien de los institutos religiosos y de sus miembros «para
mejor proveer a las necesidades de toda la grey del Señor:
dentro de esta finalidad entra la exención, por la que
algunos institutos están sometidos directamente a la autoridad
pontificia. Esta exención no dispensa a los religiosos de la
«reverencia y obediencia a los obispos» (ib.), pues
tiene como único objetivo asegurar la posibilidad de una acción
apostólica más eficaz para el bien de la Iglesia entera.
Estando al servicio de la Iglesia, la vida consagrada queda más
especialmente a disposición de las solicitudes y de los
programas del Papa, cabeza visible de la Iglesia universal. Aquí
la dimensión eclesial de la vida consagrada alcanza una cima que
no es sólo de orden canónico, sino también espiritual: en ella
se concreta la profesión de obediencia que los religiosos hacen
a la autoridad de la Iglesia, en la función vicaria que le
asignó Cristo.