1. En las catequesis eclesiológicas que estamos realizando
desde hace algún tiempo, hemos presentado varias veces a la
Iglesia como pueblo sacerdotal, es decir, compuesto de
personas que participan en el sacerdocio de Cristo, como estado
de consagración a Dios y ejercicio del culto perfecto y
definitivo que él rinde al Padre en nombre de toda la humanidad.
Eso se lleva a cabo gracias al bautismo que inserta al creyente
en el Cuerpo místico de Cristo, capacitándolo -casi ex
officio y, podríamos decir, de modo institucional- para
reproducir en sí mismo la condición de sacerdote y víctima (sacerdos
et hostia) de la Cabeza (cf. Santo Tomás, Summa Theol.,
III, q. 63, a.3 in c. y ad 2; a. 6)
Cualquier otro sacramento, y especialmente la confirmación,
perfecciona ese estado espiritual del creyente, y el sacramento
del orden confiere también el poder de actuar ministerialmente
como instrumento de Cristo al anunciar la Palabra, al renovar el
sacrificio de la cruz y al perdonar los pecados.
2. Para aclarar mejor esta consagración del pueblo de Dios,
queremos ahora abordar otro capítulo fundamental de la
eclesiología, al que en nuestro tiempo se la prestado cada vez
más importancia bajo el aspecto teológico y espiritual. Se
trata de la vida consagrada, que muchos discípulos de
Cristo abrazan como forma especialmente elevada, intensa y
comprometida de vivir las exigencias del bautismo en el camino de
una caridad eminente, fuente de perfección y de santidad.
El Concilio Vaticano II, heredero de la tradición teológica
y espiritual de dos milenios de cristianismo, ha puesto de
relieve el valor de la vida consagrada, que -conforme a las
exhortaciones evangélicas- se concretiza en la práctica de «la
castidad consagrada a Dios, la pobreza y la obediencia»,
que se llaman precisamente «consejos evangélicos» (cf. Lumen
gentium, 43). El Concilio los define una manifestación
espontánea de la acción soberana del Espíritu Santo, que desde
el principio suscita un gran florecimiento de almas generosas,
impulsadas por el deseo le perfección y de entrega por el bien
de todo el cuerpo de Cristo (cf. ib.).
3. Se trata de experiencias individuales, que nunca han
faltado y que siguen floreciendo también hoy en la Iglesia. Pero
ya desde los primeros siglos se nota la tendencia a pasar del
ejercicio personal, y -podríamos decir- privado, de los
consejos evangélicos, a una situación de reconocimiento
público por parte de la Iglesia, tanto en la vida solitaria
de los eremitas, como -y cada vez más- en la formación
de comunidades monásticas o de familias religiosas, que
buscan favorecer el logro de los objetivos de la vida
consagrada: estabilidad, mejor formación doctrinal,
obediencia, ayuda recíproca y progreso en la caridad.
Se presenta así, desde los primeros siglos y hasta nuestros
días, «una maravillosa variedad de agrupaciones religiosas» ,
en las que se manifiesta «la multiforme sabiduría de Dios»
(cf. Perfectae caritatis, 1), y se expresa la
extraordinaria vitalidad de la Iglesia, dentro de la unidad del
Cuerpo de Cristo, de acuerdo con las palabras de San Pablo: «Hay
diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo» (1 Co
12, 4). El Espíritu derrama sus dones en una gran multiplicidad
de formas para enriquecer con ellas a su única Iglesia, que, en
su variada belleza, despliega en la historia «la inescrutable
riqueza de Cristo» (Ef. 3, 8), como manifiesta toda la
creación «de muchas formas y en cada una de sus partes» (multipliciter
et divisim), según dice santo Tomás (Summa Theol.,
I, q, 47, a. l), lo que en Dios es absoluta unidad.
4. En cualquier caso, se trata siempre de un don divino, fundamentalmente
único, aun dentro de la multiplicidad y variedad de los dones
espirituales, o carismas, concedidos a las personas y a las
comunidades (cf. Summa Theol., II-II, q. 103, a. 2). En
efecto, los carismas pueden ser individuales o colectivos. Los
individuales están ampliamente repartidos en la Iglesia y con
tal variedad de una persona a otra, que son difícilmente
catalogables y exigen cada vez un discernimiento por parte de la
Iglesia. Los colectivos, por lo general, se conceden a hombres y
mujeres destinados a fundar obras eclesiales y especialmente
institutos religiosos, los cuales reciben su caracterización de
los carismas de los fundadores, viven y actúan bajo su influjo
y, en la medida de su fidelidad, reciben nuevos dones y carismas
para cada miembro y para el conjunto de la comunidad. Esta puede
hallar así nuevas formas de apostolado según las necesidades de
los lugares y de los tiempos, sin romper la línea de continuidad
y de desarrollo que parte del fundador, o recuperando fácilmente
su identidad y dinamismo.
El Concilio observa que «la Iglesia recibió y aprobó de
buen grado con su autoridad» las familias religiosas (Perfectae
caritatis, l). De esa manera cumplía su misión con respecto
a los carismas, pues a ella «compete ante todo no sofocar el
Espíritu, sino probarlo todo y retener lo que es bueno (cf. 1 Ts
5, 19. 2 1; cf. 5, 12)» (Lumen gentium, 12). Así se
explica el hecho de que, por lo que respecta a los consejos
evangélico, «la autoridad de la Iglesia, bajo la guía del
Espíritu Santo, se preocupó de interpretar estos consejos, de
regular su práctica e incluso de fijar formas estables de
vivirlos» (ib., 43).
5. Ahora bien, conviene recordar siempre que el estado de la
vida consagrada no pertenece a la estructura jerárquica de la
Iglesia. Lo advierte el Concilio: «Este estado, si se atiende a
la constitución divina y jerárquica de la Iglesia, no es
intermedio entre el de los clérigos y el de los laicos, sino
que, de uno y otro, algunos cristianos son llamados por Dios para
poseer un don particular en la vida de la Iglesia y para que
contribuyan a la misión salvífica de ésta, cada uno según su
modo» (ib.).
El Concilio, con todo, añade inmediatamente que el estado
religioso «constituido por la profesión de los consejos
evangélicos, aunque no pertenece a la estructura jerárquica de
la Iglesia, pertenece, sin embargo, de manera indiscutible,
a su vida y santidad» (ib., 44). Esa expresión -de
manera indiscutible- significa que ninguna de las
turbulencias que puedan sacudir la vida de la Iglesia será capaz
de eliminar la vida consagrada, caracterizada por la profesión
de los consejos evangélicos. Este estado de vida permanecerá
siempre como elemento esencial de la santidad de la Iglesia.
Según el Concilio, se trata de un verdad incuestionable.
Sin embargo, dicho eso, es necesario precisar que ninguna
forma particular de vida consagrada tiene la certeza de una
duración perpetua. Cada una de las comunidades religiosas pueden
desaparecer. Históricamente se puede constatar que de hecho
algunas han dejado de existir, al igual que han desaparecido
también algunas Iglesias particulares. Institutos que ya
no son adaptados a su época, o que ya no cuentan con vocaciones,
pueden verse obligados a cerrar o a unirse a otros. La garantía
de duración perpetua hasta el fin del mundo, que ha sido dada a
la Iglesia en su conjunto, no se ha prometido necesariamente a
los institutos religiosos. La historia enseña que el carisma de
la vida consagrada siempre está en movimiento, y se muestra
capaz de encontrar, casi podríamos decir de inventar,
dentro de la fidelidad al carisma de su fundador, nuevas formas,
que respondan más directamente a las necesidades y a las
aspiraciones de su tiempo. Pero también las comunidades ya
existentes desde siglos están llamadas a adecuarse a estas
necesidades y aspiraciones, para no autocondenarse a desaparecer.
6. Por lo demás, la conservación de la práctica de los
consejos evangélicos, cualquiera que sean las formas que pueda
asumir, queda asegurada durante todo el curso de la historia,
porque Jesucristo mismo la quiso estableció como algo que
pertenece definitivamente a la economía de la santidad de la
Iglesia. La concepción de una Iglesia compuesta únicamente por
laicos comprometidos en la vida del matrimonio y de las
profesiones civiles no corresponde a las intenciones de Cristo,
tal como las conocemos a través del Evangelio. Si contemplamos
la historia e incluso la crónica, todo hace pensar que siempre
habrá hombres y mujeres que sabrán entregarse totalmente a
Cristo y a su reino, mediante el celibato, la pobreza y el
seguimiento de una regla de vida. Éstos continuarán
desempeñando en el futuro, como lo han hecho en el pasado, una
función importante para la santificación de la comunidad
cristiana y para su misión evangelizadora. Más aún, hoy más
que nunca, el camino de los consejos evangélicos es una gran
esperanza para el porvenir de la Iglesia.