
Fe,
esperanza y Caridad en la perspectiva ecuménica
Audiencia General, S.S. Juan Pablo II
22 de noviembre, 2000
1. La fe, la esperanza y la caridad son
como tres estrellas que brillan en el cielo de nuestra vida espiritual
para guiarnos hacia Dios. Son, por excelencia, las virtudes
"teologales": nos ponen en comunión con Dios y nos llevan a
él. Forman un tríptico que tiene su vértice en la caridad, el agape,
que canta de forma excelsa san Pablo en un himno de la primera carta a
los Corintios. Ese himno concluye con la siguiente declaración:
"Ahora permanecen estas tres cosas: la fe, la esperanza y la
caridad, pero la más excelente de ellas es la caridad" (1 Co 13,
13).
Las tres virtudes teologales, en la
medida en que animan a los discípulos de Cristo, los impulsan a la
unidad, según la indicación de las palabras paulinas que escuchamos
al inicio: "Un solo cuerpo (...), una sola esperanza (...), un
solo Señor, una sola fe (...), un solo Dios y Padre" (Ef
4, 4-6). Continuando nuestra reflexión de la catequesis anterior
sobre la perspectiva ecuménica, hoy queremos profundizar en el papel
que desempeñan las virtudes teologales en el camino que lleva a la
plena comunión con Dios-Trinidad y con los hermanos.
2. En el pasaje de la carta a los
Efesios antes mencionado el Apóstol exalta ante todo la unidad de la fe.
Esa unidad tiene su manantial en la palabra de Dios, que todas las
Iglesias y comunidades eclesiales consideran como lámpara para sus
pasos en el camino de su historia (cf. Sal 119, 105).
Las Iglesias y comunidades eclesiales
profesan la misma fe en "un solo Señor", Jesucristo,
verdadero Dios y verdadero hombre, y en "un solo Dios y Padre de
todos" (Ef 4, 5. 6). Esta unidad fundamental, así como la
que brota del único bautismo, se manifiesta claramente en los
múltiples documentos del diálogo ecuménico, aunque sobre algunos
aspectos quedan aún motivos de reserva. Por ejemplo, en un documento
del Consejo ecuménico de las Iglesias se lee: "Los cristianos
creen que el "único verdadero Dios", que se dio a conocer a
Israel, se reveló de modo supremo en "su enviado",
Jesucristo (cf. Jn 17, 3); que en Cristo Dios reconcilió
consigo al mundo (cf. 2 Co 5, 19); y que, mediante su Santo
Espíritu, Dios da nueva vida, vida eterna, a todos los que por medio
de Cristo se entregan a él" (Confesar una sola fe, 1992,
n. 6).
Todas las Iglesias y comunidades
eclesiales se refieren a los antiguos símbolos de la fe y a las
definiciones de los primeros concilios ecuménicos. Sin embargo,
existen aún algunas divergencias doctrinales, que es preciso superar
para que el camino de la unidad de la fe llegue a la plenitud
señalada por la promesa de Cristo: "Escucharán mi voz; y habrá
un solo rebaño y un solo pastor" (Jn 10, 16).
3. San Pablo, en el texto de la carta a
los Efesios que hemos puesto como emblema de nuestro encuentro, habla
también de una sola esperanza, a la que estamos llamados (cf. Ef
4, 4). Es una esperanza que se manifiesta en el compromiso común, a
través de la oración y la activa coherencia de vida, con vistas al
establecimiento del reino de Dios. Dentro de este vasto horizonte, el
movimiento ecuménico se ha orientado hacia metas fundamentales que se
entrelazan, como objetivos de una única esperanza: la unidad de la
Iglesia, la evangelización del mundo, la liberación y la paz en la
comunidad humana. El camino ecuménico se ha beneficiado también del
diálogo con las esperanzas terrenas y humanísticas de nuestro
tiempo, incluso con la esperanza oculta, aparentemente derrotada, de
los "sin esperanza". Frente a estas múltiples expresiones
de la esperanza en nuestro tiempo, los cristianos, aunque estén en
tensión entre sí y probados por la desunión, han sido impulsados a
descubrir y testimoniar "una razón común de esperanza"
(Consejo ecuménico de las Iglesias, "Faith and Order" Sharing
in One Hope, Bangalore 1978), reconociendo en Cristo su fundamento
indestructible. Un poeta francés escribió: "Esperar es lo más
difícil (...). Lo fácil, la gran tentación, es desesperarse"
(Charles Peguy, El pórtico del misterio de la segunda virtud,
ed. Pléyade, p. 538). Pero para nosotros, los cristianos, sigue
siendo válida la exhortación de san Pedro a dar razón de nuestra
esperanza (cf. 1 P 3, 15).
4. En el vértice de las tres virtudes
teologales está el amor, que san Pablo compara casi con un
lazo de oro que une en armonía perfecta a toda la comunidad
cristiana: "Y por encima de todo esto, revestíos del amor, que
es el vínculo de la perfección" (Col 3, 14). Cristo, en
la solemne oración por la unidad de los discípulos, revela su
substrato teológico profundo: "el amor con que tú (oh Padre) me
has amado esté en ellos y yo en ellos" (Jn 17, 26).
Precisamente este amor, acogido y acrecentado, constituye en un solo
cuerpo a la Iglesia, como nos señala san Pablo: "Siendo sinceros
en el amor, crezcamos en todo hasta aquel que es la cabeza, Cristo, de
quien todo el cuerpo recibe trabazón y cohesión por medio de toda
clase de junturas que llevan la nutrición según la actividad propia
de cada una de las partes, realizando así el crecimiento del cuerpo
para su edificación en el amor" (Ef 4, 15-16).
5. La meta eclesial de la caridad, y al
mismo tiempo su fuente inagotable, es la Eucaristía, comunión con el
cuerpo y la sangre del Señor, anticipación de la intimidad perfecta
con Dios. Por desgracia, como recordé en la catequesis anterior, en
las relaciones entre los cristianos desunidos, "a causa de las
divergencias relativas a la fe, no es posible todavía concelebrar la
misma liturgia eucarística. Y sin embargo, tenemos el ardiente deseo
de celebrar juntos la única Eucaristía del Señor, y este deseo es
ya una alabanza común, una misma imploración. Juntos nos dirigimos
al Padre y lo hacemos cada vez más "con un mismo
corazón"" (Ut unum sint, 45). El Concilio nos
recordó que "este santo propósito de reconciliar a todos los
cristianos en la unidad de la una y única Iglesia de Cristo excede
las fuerzas y la capacidad humanas". Por ello debemos poner
nuestra esperanza "en la oración de Cristo por la Iglesia, en el
amor del Padre para con nosotros y en el poder del Espíritu
Santo" (Unitatis redintegratio, 24).