
Resumen
de articulo:
La mirada del hombre ante su destino
escrito por:
Juan Manuel Roca
resumido: SCTJM
1. Libertad, verdad y compromiso en el encuentro
Mi vida y la tuya son un apasionante viaje que, teniendo el mismo
destino, presenta siempre un camino particular para cada uno. Y es
necesario que cada cual asuma la responsabilidad de proyectar y trazar
su ruta para llegar a ese destino: sólo con esa actitud de empeño
personal nos ponemos en condiciones de ir más allá, de descubrir
verdaderamente el valor insospechado de nuestra vida y los horizontes
inmensos que se abren ante ella. Es a esto a lo que llamo el encuentro.
Se podría definir como el acontecimiento que me hace capaz de
descubrir los valores que se encierran en la realidad. Es una luz sobre
mi vida, en todas sus dimensiones, que me permite ordenar y diseñar las
etapas de un viaje personal extraordinario.
Para entender la
existencia humana es necesario entender ese encuentro, que es algo mucho
más rico que un simple choque entre dos objetos. El encuentro implica
intercambio de posibilidades, capacidad de iniciativa; es una realidad
dinámica y con mucho de aventura. Es saber descubrir mi lugar y mi
función dentro de la vida. Es indudable que ese encuentro ha de darse en
apertura hacia el exterior. Yo actúo como persona cuando no me muevo
sólo a impulsos de mis propias pulsiones, creando la realidad desde mí
mismo, desde mi parecer. Soy más libre cuanto más acepto la verdad que
se evidencia ante mí, aunque se oponga a lo que en un principio tenía
por definitivo. Por eso, al ser libre, escojo las acciones que me
permiten crecer y no encerrarme en la cámara oscura de mi subjetividad.
Amar la verdad es condición de mi libertad. Es cierto que esto se
percibe con mayor claridad cuando se trata de realidades físicamente
abarcables. Pero ¿qué
sucede con el conocimiento de realidades de carácter espiritual, como
las artísticas y las religiosas? El encuentro con esas realidades no es
tan materializable como en lo físico: no se me imponen por sí mismas, de
manera que si no busco personalmente conocerlas y asimilarlas, su verdad
puede no afectar a mi vida en cuanto se configura basándose en
decisiones libres. En definitiva, el conocimiento propio de las
realidades espirituales supone una opción personal, una actitud
comprometida ante la verdad que tiene estos rasgos principales:
humildad, disponibilidad, entrega, voluntad de entrar en una relación de
trato y participación, compromiso, amor.
Ya se ve que, aunque no es extraño que muchos confundan este tipo de
conocimiento con algo meramente subjetivo, una especie de gusto o
sensibilidad peculiar de cada persona, nada hay más lejos de la
realidad. Una persona que se comporta como dueña absoluta de su vida,
aunque se mueva con una libertad de maniobra total, poniéndolo todo a su
servicio y decidiendo exclusivamente según sus preferencias (gustos,
sensibilidad)
de cada momento, no ha comenzado aún a ser libre. El mero elegir
libremente es condición para la libertad, pero no constituye la
verdadera libertad interior. Soy libre cuando estoy en disposición de
asumir libremente como proyecto personal el reto de llegar a ser en
plenitud lo que realmente soy.
Sólo estaré en condiciones de hacer un uso correcto de la libertad, y
por tanto de ser plenamente libre, si el conocimiento de mi realidad es
verdadero y si mis elecciones me llevan a realizar verdaderamente la
vocación y misión de mi vida, a ser libremente quien soy.
Es esencial, por tanto, la exigencia de apertura al exterior, sólo
posible desde la realidad de mi libertad. Por eso, para que el hombre
pueda encontrarse a sí mismo, en su plenitud humana, debe alcanzar una
madurez personal que se manifiesta en disposiciones y virtudes tan
fundamentales como la veracidad, la apertura de espíritu, la
confianza y la sencillez, la tenacidad y la fidelidad, la magnanimidad y
la generosidad, de las que luego hablaremos.
Ya hemos visto que no existe verdadera libertad cerrada en sí misma: lo
que constituye en tal al hombre es la asunción de valores, de
encuentros, la práctica de virtudes. La verdadera libertad va unida al
compromiso y a la vinculación con lo que encierra un valor. El encuentro
lleva al hombre a dar lo mejor de sí mismo y lo edifica en la doble
vertiente personal y comunitaria. Por eso, en el plano religioso, ante
la posibilidad de escoger, el que es verdaderamente libre escoge aquello
que más agrada, no a él, sino a Dios, fundamento verdadero de su
existencia.
2.
Para acertar a reconocer el encuentro
Lo que aquí entendemos por encuentro no es el simple cruzarse con la
realidad por parte del hombre. No lo son el toparse con alguien en la
esquina o la relación que suele darse en un autobús. En el verdadero
encuentro (encuentro personal) sale a la luz la singularidad, atrayendo
mi atención a la vez que pone en juego mi libertad para absorber esa
vivencia existencial desde mi querer. En la historia de los grandes
descubrimientos siempre se pueden delimitar una serie de presupuestos o
combinaciones de factores, a veces fortuitos, que los hacen posibles. Lo
mismo podemos decir para el encuentro: no siempre llega a producirse,
aunque la verdad está ahí. Ante un hecho concreto unos no percibirán nada
extraordinario; otros reaccionarán negativamente, quizás molestos; y
habrá otros que en tal suceso perciban, en cambio, un hondo significado
para sus vidas.
¿Por
qué los hombres responden con reacciones tan variadas ante las mismas
condiciones o sucesos? Son muchos y diversos los factores que pueden
provocar tal pluralidad de reacciones. Si tuviera que señalar ahora
algunos que parecen definitivos para que se produzca el encuentro tal y
como lo venimos entendiendo, propondría los siguientes:-
Oportunidad
del momento- Apertura- Atención- Disponibilidad
Todo encuentro auténtico es regalado, inmerecido. La verdad me sale al
encuentro y yo la integro, la asimilo de acuerdo conmigo. La clave del
encuentro es la libertad. Cuando uno encuentra su vocación ha de
vivirla, y al vivirla, la verdad se despliega a partir de su encuentro.
El que asegure que la verdad no existe no es libre, porque la verdad
sale al encuentro sólo al ser libre. El hombre no es libre ante la
verdad, es la verdad la que le hace libre. Además, lo que distingue el
encuentro es el aspecto creativo: los ojos, el corazón y el espíritu se
abren en respuesta al hecho de verse tocados e interpelados desde fuera.
Encontrar la verdad despierta una inspiración. En el encuentro hay gozo,
situación de sobreabundancia. Lo que mueve en el encuentro con la verdad
es generosidad pura. Del encuentro surge el conocimiento fecundo, la
semilla creadora. En el encuentro brota el misterio.
La siguiente reflexión de Romano Guardini nos lleva al meollo del
encuentro. "Quien quisiere poner a salvo su vida, la perderá; mas quien
perdiere su vida por mi causa, la hallará". Vida, alma, podemos
traducir: "sí mismo en el propio ser". Quien se aferra a su sí mismo en
su propio ser, lo perderá; quien lo pierde por causa de Cristo, lo
encuentra". Parece una paradoja, pero es la expresión exacta de una
conducta fundamental de la existencia humana. El hombre llega a ser él
mismo liberándose de su egoísmo.
Por esto conviene que nos preguntemos seriamente qué actitud adoptamos
ante lo que nos rodea, cómo es nuestro modo de mirar la realidad.
3.
Aprender a mirar
Nuestra mirada hacia las realidades, humanas o sobrenaturales, puede ser
muy distinta según seamos superficiales (mirada pragmática) o profundos
(mirada al ser). La mirada pragmática -pragmatismo,
utilitarismo-
es racionalidad cuantificadora a la que no le interesa qué son las cosas
en sí mismas, sino cómo se puede intervenir sobre ellas para someterlas
al propio interés. El bien del hombre se traduce, así, en satisfacción
de necesidades y la verdad se considera en términos de eficacia:
verdadero sólo es lo que se adecua a mis deseos. El hombre que cifra su
entidad en su capacidad de dominio se revela en el fondo como un ser de
necesidades.
En la mirada al ser
(una
mirada atenta, respetuosa, amorosa, abierta),
las cosas se revelan, la realidad se entiende como un don o regalo, el
hombre se comprende como un ser de realidades, es alguien
-no algo-
"único en el mundo". El tiempo se mira como donación de uno mismo y la
libertad se convierte en la capacidad para disponer radicalmente de sí
mismo: poder darse, autodeterminarse. Soy yo quien, porque quiero, me
determino a mí mismo a tomar postura y actuar, porque la iniciativa
parte de mí, soy dueño de mis propios actos y puedo responder de ellos.
El verdadero encuentro con la verdad, con los ideales, con otras
personas, con Dios, se podrá dar siempre que no tengamos una actitud de
dominio o posesión. Los acontecimientos propiamente humanos son aquellos
en los que la persona sale de sí misma. El encuentro es el comienzo de
ese proceso. Podemos ir más allá de nosotros mismos en pos de lo que nos
sale al encuentro. Si lo que buscáramos en nuestra vida fuera a nosotros
mismos, nos cerraríamos.
El afán de dominio o posesión quiere forzar a la realidad a crecer desde
nosotros, como propiedad nuestra. Y por muy grande que se haga esa
propiedad, siempre será propiedad particular en la que las personas que
se van incluyendo se convierten en útiles, ya sean para trabajo, para
ocio, para inquietudes, para llenar los afectos y sentimientos. En
cambio, si la vida de una persona es buscar lo que se le da como algo
que se le da, es decir, si va creciendo en la capacidad de abrirse a los
dones (los otros, el Otro, como fin) esa vida se transforma en un gozar
de la realidad que se abre a su admiración y conocimiento, y permite
conocerla y conocerse a sí mismo, usar de las cosas y amar a las
personas y a si mismo.
El amor es un aumento, un crecimiento en la apertura a los otros (que
siempre son fines, nunca medios para algo). La libertad fundamental
consiste en poseernos en lo que somos. Y en lo que somos se incluye
esencialmente el estar abiertos a los demás. Si el hombre se busca a sí
mismo prescindiendo de algo que él es esencialmente (la
apertura a los otros)
empequeñece su libertad fundamental y se desarraiga de sí mismo.
4.
La mirada ante la vocación
Todo lo anterior vale para el encuentro entendido en su sentido más
amplio y general: pequeños y grandes descubrimientos, percepción de
verdades, valoración de los demás, etc. Pero de una manera espacialísima
se refiere al encuentro con la propia vocación. Ya hemos dicho que el
encuentro no siempre se produce, y que hay diversos factores que
influyen en ese hecho: unos exteriores -al
menos en parte-
como la oportunidad del momento, y otros que dependen de una serie de
disposiciones personales del sujeto (he enumerado: apertura, atención y
disponibilidad).
Pues bien,
¿qué
condiciones deben darse en la mirada para que la libertad y la verdad
puedan encontrarse, haciendo posible descubrir y realizar la vocación
personal? He aquí algunas: generosidad - el encuentro con la vocación no
se puede dar en forma de dominio o posesión. Generosidad procede del
latín "gignere" (engendrar). Es generoso el que crea vida, la otorga y
la incrementa. Si se mira la vocación con criterios de utilidad-para-mí
se rebaja. El egoísmo, el encerrarse en sí mismo constituyéndose en
centro, criterio y fin de todo, es el camino más directo hacia la propia
autodestrucción e infelicidad.
Disposición abierta
- es estar a la
escucha y atender. Estar disponibles exige no estar repletos de sí
mismos, y también no ir con prisas, en un activismo desbordante que no
permite interesarse por nada que no parezca "urgente". Parece como si
nos realizáramos siempre hacia fuera, y nunca hacia dentro. Decía
Pascal: "han caído sobre nosotros todos los males porque el hombre no
sabe sentarse solo tranquilamente en una habitación".
Integrar en lo
mejor de nosotros mismos - quien se mueve sólo en el ámbito sensorial, en
el nivel de los sentimientos, sensaciones e impresiones, se termina
encontrando aislado. Hay que respetar todos los modos de ser de la
realidad, y ciertas realidades -como
la vocación-
para ser conocidas adecuadamente, exigen una mirada profunda, interior;
piden ser integradas en nuestra intimidad: sólo en ese nivel se da la
escucha de la que acabamos de hablar. Esto requiere evitar la
dispersión, pues el pensamiento superficial va unido a una vida
superficial. La actitud habitual que otros llaman recogimiento nos
capacita para dominarnos interiormente y dominar la vida desde el ámbito
de nuestra verdad más profunda y personal.
Veracidad -
encontrarse con
la verdad -ya
lo hemos visto-
no es simplemente estar cerca de ella, sino integrarla en uno mismo,
reconocerla como verdad sobre sí mismo. La verdad más radical que el
hombre puede encontrar en esta vida es la verdad personal: su vocación.
Y si no se llega al encuentro con la vocación, no hay una tarea asumible
como sentido de la existencia, no hay coherencia posible, ni verdadera
libertad: se vive de la casualidad.
Respeto - respetar es estimar, estar
a la vez cerca y a cierta distancia (cuando se invade posesivamente lo
que se tiene cerca, se lo deforma para adaptarlo a la propia
conveniencia). Toda vocación es un encuentro con Cristo y para eso es
necesario estar cerca, crear vínculos. El distanciamiento, sosiego
espiritual, clarifica la mirada para discernir lo que nos es dado. El
respeto hace apreciar la vocación como algo tan propio y tan familiar
que es mío y, a la vez, como un don recibido que no debo manipular, sino
acoger y secundar.
Actitud de agradecimiento
- capacidadd
de asombrarse
ante lo valioso, que lleva a aceptarse a sí mismos por ser nuestra vida
un don inmenso e inmerecido. La gratitud es una de las actitudes básicas
del ser humano, y se ha de dirigir hacia Dios, dador de la existencia y
de la gracia, y hacia los hombres (D. Von Hildebrand). El gran enemigo
del hombre es la indiferencia porque en la indiferencia todo se reduce,
todo da lo mismo porque todo es lo mismo, ya que en última instancia
todo acabará con la muerte (Libro de la Sabiduría, cap. IX). Con razón
se ha dicho que lo contrario del amor no es el odio, sino la
indiferencia. En la gratitud viven la verdad, la libertad, la humildad,
la bondad y la magnanimidad. Agradecer -como
amar, alabar y glorificar-
pertenece a la vida que permanecerá en la eternidad sin fin.
Confianza - abrirse a la vocación significa entrega y eso implica cierta dosis de
riesgo. Algunos querrían contar con una absoluta seguridad -estar,
no ya seguros, sino asegurados-
a la hora de decidir sobre su futuro, y la única seguridad inconmovible
en esta vida es Dios: Si no se pone la confianza en Dios, que no engaña
ni traiciona, entonces toda seguridad parece poca
Ccon
razónC
y la indecisión se instala en el ánimo.
Compromiso en los valores
- es
necesario contemplarse dinamizado interiormente por Dios, comprender la
belleza de pertenecer enteramente a Dios. La virtud de la magnanimidad -muy
relacionada con la humildad y con la fortaleza-
consiste en la disposición del ánimo hacia las cosas grandes y la llama
Santo Tomás ornato de todas las virtudes. El magnánimo se plantea
ideales altos y no se amilana ante las críticas ni los desprecios, no se
deja intimidar por los respetos humanos, le importa más la verdad que
las opiniones. Cultiva un alma grande donde caben muchos. En sus
decisiones no media la cicatería, ni el cálculo egoísta, ni la
trapisonda interesada. No se conforma con dar, se da.
Fidelidad y
paciencia - paciencia es respetar los ritmos naturales. Es imprescindible
la paciencia con nuestros defectos: estar alegres, tranquilos,
contentos, a pesar de descubrir en nuestra vida tantas lagunas y de
percibir, tantas veces, que podríamos amar más y mejor. No se trata de
ser imperturbables o resignados: ser pacientes supone energía interior,
fuerza espiritual hacia dentro de nosotros y hacia fuera, hacia el
trabajo que debemos llevar adelante, pero con plena conciencia de que
nada que valga la pena se consigue con solo desearlo. La paciencia es
comprender en profundidad al hombre, como lo comprende Dios, que cuenta
con nuestros defectos y nos da su confianza y su gracia para vencerlos.
Y la paciencia engendra fidelidad.