+ Amadísimos profesores universitarios:
1. Me alegra encontrarme con vosotros en este año de gracia, en el
que Cristo nos llama con fuerza a una adhesión de fe más convencida
y a una profunda renovación de vida. Os agradezco sobre todo el
compromiso que habéis manifestado en los encuentros espirituales y
culturales que han caracterizado estas jornadas. Al veros, mi
pensamiento se ensancha en un saludo cordial a los profesores
universitarios de todas las naciones, así como a los estudiantes
confiados a su guía en el camino, fatigoso y gozoso a la vez, de la
investigación. Saludo asimismo al senador Ortensio Zecchino, ministro
de Universidades, que está aquí con nosotros en representación del
Gobierno italiano. Los ilustres profesores que acaban de tomar la palabra me han
permitido hacerme una idea de cuán rica y articulada ha sido vuestra
reflexión. Les doy las gracias de corazón. Este encuentro jubilar ha
constituido para cada uno de vosotros una ocasión propicia para
verificar en qué medida el gran acontecimiento que celebramos, la
encarnación del Verbo de Dios, ha sido acogido como principio
vital que informa y transforma toda la vida. Sí, porque Cristo no es el signo de una vaga dimensión religiosa, sino
el lugar concreto en el que Dios hace plenamente suya, en la persona
del Hijo, nuestra humanidad. Con él "el Eterno entra en el
tiempo, el Todo se esconde en la parte y Dios asume el rostro del
hombre" (Fides et ratio, 12). Esta "kénosis" de
Dios, hasta el "escándalo" de la cruz (cf. Flp 2,
7), puede parecer una locura para una razón orgullosa de sí. En
realidad, es "fuerza de Dios y sabiduría de Dios" (1 Co
1, 23-24) para cuantos se abren a la sorpresa de su amor. Vosotros
estáis aquí para dar testimonio de él.
Cristo es la respuesta a la búsqueda del hombre
2. El tema de fondo sobre el que habéis reflexionado, La universidad para un nuevo humanismo, encaja
muy bien en el redescubrimiento jubilar de la centralidad de Cristo.
En efecto, el acontecimiento de la Encarnación toca al hombre en
profundidad e ilumina sus raíces y su destino, y lo abre a una
esperanza que no defrauda. Como hombres de ciencia, os interrogáis
continuamente sobre el valor de la persona humana. Cada uno podría
decir, con el antiguo filósofo: "Busco al hombre". Entre las numerosas respuestas dadas a esta búsqueda fundamental,
habéis acogido la respuesta de Cristo, que brota de sus palabras
pero, mucho más, brilla en su rostro. Ecce homo: "he
aquí el hombre" (Jn 19, 5). Pilato, mostrando a la
muchedumbre exaltada el rostro desfigurado de Cristo, no imaginaba que
se convertiría, en cierto sentido, en portavoz de una revelación.
Sin saberlo, señalaba al mundo a Cristo, en quien todo hombre puede
reconocer su raíz, y de quien todo hombre puede esperar su
salvación. Redemptor hominis: esta es la imagen de Cristo
que, ya desde mi primera encíclica, he querido "gritar" al
mundo, y que este Año jubilar quiere hacer resonar en las mentes y en
los corazones.
Una cultura orientada hacia la verdad
3. Inspirándoos en Cristo, que revela el hombre al hombre (cf.Gaudium et spes, 22), en los congresos
celebrados durante estos días habéis querido reafirmar la exigencia
de una cultura universitaria verdaderamente "humanística".
Y, ante todo, en el sentido de que la cultura debe ser a medida de
la persona humana, superando las tentaciones de un saber plegado
al pragmatismo o disperso en las infinitas expresiones de la
erudición y, por tanto, incapaz de dar sentido a la vida.
Por esta razón, habéis reafirmado que no existe contradicción, sino
más bien un nexo lógico, entre la libertad de la investigación y el
reconocimiento de la verdad, a la que tiende precisamente la
investigación, a pesar de los límites y las fatigas del pensamiento
humano. Hay que subrayar este aspecto, para no caer en el clima
relativista que insidia a gran parte de la cultura actual. En
realidad, si no está orientada hacia la verdad, que debe buscar con
actitud humilde, pero al mismo tiempo confiada, la cultura está
destinada a caer en lo efímero, abandonándose a la volubilidad de
las opiniones y, quizá, cediendo a la prepotencia, a menudo
engañosa, de los más fuertes.
Una cultura sin verdad no es una garantía para la libertad, sino
más bien un riesgo. Ya lo dije en otra ocasión: "las
exigencias de la verdad y la moralidad no menoscaban ni anulan nuestra
libertad, sino que, por el contrario, le permiten crecer y la liberan
de las amenazas que lleva en su interior" (Discurso a la III
asamblea general de la Iglesia italiana en Palermo, 23 de
noviembre de 1995, n. 3: L'Osservatore Romano, edición en
lengua española, 1 de diciembre de 1995, p. 7). En este sentido,
sigue siendo perentoria la advertencia de Cristo: "La verdad os
hará libres" (Jn 8, 32).
Apertura al Trascendente
4. Arraigado en la perspectiva de la verdad, el humanismo cristiano
implica ante todo la apertura al Trascendente. Aquí residen la verdad
y la grandeza del hombre, la única criatura del mundo visible capaz
de tomar conciencia de sí, reconociéndose envuelta por el misterio
supremo al que la razón y la fe juntas dan el nombre de Dios. Es
necesario un humanismo en el que el horizonte de la ciencia y el de la
fe ya no estén en conflicto.
Sin embargo, no podemos contentarnos con un acercamiento ambiguo, como
el que favorece una cultura que duda de la capacidad de la razón de
alcanzar la verdad. Por este camino se corre el riesgo del equívoco de una fe reducida al sentimiento,
a la emoción, al arte, en síntesis, una fe privada de todo
fundamento crítico. Pero esta no sería la fe cristiana, que, por el
contrario, exige una adhesión razonable y responsable a cuanto Dios
ha revelado en Cristo. La fe no brota de las cenizas de la razón.
Os exhorto vivamente a todos vosotros, hombres de la universidad, a
realizar todos los esfuerzos posibles para reconstruir un horizonte
del saber abierto a la Verdad y al Absoluto.
Sentido escatológico de la creación
5. Sin embargo, debe quedar claro que esta dimensión
"vertical" del saber no implica ningún aislamiento
intimista; al contrario, se abre por su misma naturaleza a las
dimensiones de la creación. ¡No podía ser de otra forma! Al
reconocer al Creador, el hombre reconoce el valor de las criaturas.
Abriéndose al Verbo encarnado, acoge también todo lo que ha sido
hecho por él (cf. Jn 1, 3) y por él ha sido redimido. Por eso, es
necesario redescubrir el sentido original y escatológico de la
creación, respetándola en sus exigencias intrínsecas, pero, al
mismo tiempo, disfrutándola desde la libertad, responsabilidad,
creatividad, alegría, "descanso" y contemplación. Como nos
lo recuerda una espléndida página del concilio Vaticano II,
"gozando de las criaturas con pobreza y libertad de espíritu,
(el hombre) entra en la verdadera posesión del mundo como quien no
tiene nada y lo posee todo. "Pues todas las cosas son vuestras,
vosotros de Cristo, Cristo de Dios" (1 Co 3, 22-23)"
(Gaudium et spes, 37). Hoy la más atenta reflexión epistemológica reconoce la necesidad de
que las ciencias del hombre y las de la naturaleza vuelvan a
encontrarse, para que el saber recupere una inspiración profundamente
unitaria. El progreso de las ciencias y de las tecnologías pone hoy
en las manos del hombre posibilidades magníficas, pero también
terribles. La conciencia de los límites de la ciencia, considerando
las exigencias morales, no es oscurantismo, sino salvaguardia de una
investigación digna del hombre y al servicio de la vida. Amadísimos hombres de la investigación científica, haced que las
universidades se transformen en "laboratorios culturales" en
los que dialoguen constructivamente la teología, la filosofía, las
ciencias humanas y las ciencias de la naturaleza, considerando la
norma moral como una exigencia intrínseca de la investigación y
condición de su pleno valor en el acercamiento a la verdad.
Sociedad y persona humana
6. El saber iluminado por la fe, en vez de alejarse de los ámbitos de
la vida diaria, está presente en ellos con toda la fuerza de la
esperanza y de la profecía. El humanismo que deseamos promueve una
visión de la sociedad centrada en la persona humana y en sus derechos
inalienables, en los valores de la justicia y de la paz, en una
correcta relación entre personas, sociedad y Estado, y en la lógica
de la solidaridad y de la subsidiariedad. Es un humanismo capaz de
infundir un alma al mismo progreso económico, para "promover a
todos los hombres y a todo el hombre" (Populorum progressio, 14; cf. Sollicitudo rei
socialis, 30). En particular, es urgente que trabajemos para salvaguardar plenamente el
verdadero sentido de la democracia, auténtica conquista de la
cultura. En efecto, sobre este tema se perfilan tendencias
preocupantes, cuando se reduce la democracia a un hecho puramente de
procedimiento, o cuando se piensa que la voluntad expresada por la
mayoría basta simplemente para determinar la aceptabilidad moral de
una ley. En realidad, "el valor de la democracia se mantiene o
cae con los valores que encarna y promueve. (...) En la base de estos
valores no pueden estar provisionales y volubles "mayorías"
de opinión, sino sólo el reconocimiento de una ley moral objetiva
que, en cuanto "ley natural" inscrita en el corazón del
hombre, es punto de referencia normativa de la misma ley civil" (Evangelium
vitae, 70).
Función educativa de la cultura
7. Queridísimos profesores, también la universidad, al igual que
otras instituciones, experimenta las dificultades de la hora actual.
Y, sin embargo, sigue siendo insustituible para la cultura, con tal de
que no extravíe su originaria figura de institución entregada a la
investigación y, al mismo tiempo, a una función formativa vital y,
diría, "educativa", en beneficio sobre todo de las jóvenes
generaciones. Hay que poner esta función en el centro de las reformas
y de las adaptaciones que también esta antigua institución puede
necesitar para adecuarse a los tiempos.
Con su valor humanístico, la fe cristiana puede ofrecer una
contribución original a la vida de la universidad y a su tarea
educativa, en la medida en que se dé testimonio de ella con fuerza de
pensamiento y coherencia de vida, mediante un diálogo crítico y
constructivo con cuantos promueven una inspiración diversa. Espero
que esta perspectiva se profundice también en los encuentros
mundiales en los que participarán próximamente los rectores, los
dirigentes administrativos de las universidades, los capellanes
universitarios y los mismos alumnos en su foro internacional.
La Iglesia y las universidades
8. Ilustrísimos profesores, en el Evangelio se funda una concepción
del mundo y del hombre que no deja de irradiar valores culturales,
humanísticos y éticos para una correcta visión de la vida y de la
historia. Estad profundamente convencidos de esto, y convertidlo en
criterio de vuestro compromiso.
La Iglesia, que ha desempeñado históricamente un papel de primer
orden en el mismo nacimiento de las universidades, sigue mirándolas
con profundo aprecio, y espera de vosotros una contribución decisiva
para que esta institución entre en el nuevo milenio reencontrándose
plenamente a sí misma como lugar donde se desarrollan de modo
cualificado la apertura al saber, la pasión por la verdad y el
interés por el futuro del hombre. Ojalá que este encuentro jubilar
deje dentro de cada uno de vosotros un signo indeleble y os infunda
nuevo vigor para esta ardua tarea.
Con este deseo, en nombre de Cristo, Señor de la historia y Redentor
del hombre, os imparto a todos con gran afecto la bendición
apostólica.