Introducción
El venerable padre Cabañuelas, o fray Pedro de Valladolid, que era su nombre de
religión, protagonista de este prodigioso milagro, fue uno de los eximios varones que
ilustraron con su virtud la incipiente vida religiosa en el cenobio guadalupense en los
primeros tiempos de su establecimiento en la Orden de San Jerónimo.
El y otros mas son los discípulos del Venerable padre fray Fernando Yáñez de
Figueroa, ilustre cacereño de la mas rancia nobleza y primer prior del monasterio, que
brillan por su santidad a lo largo de la primera mitad del siglo XV, ellos han quedado
inmortalizados por el pincel en los 11 lienzos que pintó Zurbarán y que decoran la
sacristía del Santuario de Guadalupe.
Su devoción a la Sagrada Eucaristía y los ataques del demonio
El Padre Cabañuelas abrazó, siendo muy joven, la vida religiosa y siempre se
distinguió por su profunda devoción a la Sagrada Eucaristía, en cuya contemplación y
meditación gastaba gran parte de las horas del día y de la noche. Pero quiso el Señor
aquilatar aquella su fe en el gran Misterio, permitiendo al enemigo de las almas que
viniera a perturbar su imaginación con terribles dudas sobre la presencia real de Cristo
en el Sacramento del Altar, dudas que se acrecentaban hasta producirse tremenda angustia,
mientras celebraba el Santo Sacrificio.
El milagro
El suceso milagroso que disipó todas sus dudas y le curó radicalmente de todas sus
incertidumbres para el resto de su vida, podemos situarlo cronológicamente hacia 1420,
como a los 50 años de su edad, y es él mismo quien nos lo refiere, aunque de tercera
persona en una relación que de su puño y letra se halló entre sus papeles después de
su muerte, y que nosotros podemos leer a continuación.
"A un fraile de esta casa, dice que le sucedió que un sábado, celebrando la
Santa Misa, después que consagro el Cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, vio una cosa
como nube que cubrió el ara
(Ara: losa o piedra sobre la que el sacerdote extiende el corporal para celebrar la
Misa) y el cáliz, de manera que no veía otra cosa sino un poco de la cruz que estaba
detrás del ara: lo cual le inculcó gran temor y rogó al Señor con muchas lagrimas, que
le tuviera piedad y le manifestara que cosa era eso y que lo librase de tan gran peligro.
Estando muy atribulado y espantado, poco a poco se fue quitando aquella nube, y cuando se
quitó no halló la Hostia consagrada y vio la hijuela que estaba sobre el cáliz,
quitada, y al ver el cáliz lo vio vacío. Al ver esto, comenzó a llorar fuertemente,
demandando misericordia a Dios y encomendándose devotamente a la Virgen María.
Estando así afligido, vio venir la Hostia consagrada puesta en una patena muy
resplandeciente, y se coloco derecho en la boca del cáliz, entonces comenzó a salir de
ella gotas de sangre que caían en tanta cantidad en el cáliz que se lleno como antes
estaba. Una vez que el cáliz se lleno puso la hijuela encima del cáliz y la Hostia sobre
el ara como antes estaba. El fraile que aun estaba espantado y llorando, oyó una voz que
le dijo: Acaba tu oficio, y sea a ti en secreto lo que viste."
El momento en que Zurbarán le representa en el lienzo, uno de los mejores junto con la
perla, por la belleza de su composición, expresión de los rostros, luminosidad y
colorido, de cuantos salieron de su pincel es aquel en que, viendo aparecer de nuevo por
el aire la resplandeciente patena con la Hostia consagrada, cae de rodillas, entre
atónito y arrobado, reconociendo y rindiendo su inteligencia a la evidencia del milagro,
mientras que el lego que le servía de rodillas también, semeja no haberse percatado -lo
que también hace notar el padre Cabañuelas en su relato- del prodigio Eucarístico de
aquella Misa Milagrosa.
Se divulga el milagro
El hecho fue pronto conocido y divulgado por todos los ámbitos de la nación, y hasta
los mismos reyes de Castilla, don Juan II y su esposa doña María de Aragón, con el
príncipe don Enrique, el futuro Enrique IV, acudieron a Guadalupe para conocer y tratar
al siervo de Dios, elegido ya como prior del monasterio, quedando tan prendados de su
virtud y santidad, que la reina le eligió por su consejero espiritual, y mandó en su
testamento que, cuando trajeran sus restos al Santuario, colocaran a su lado los del padre
Cabañuelas, como en efecto se hizo.
Aún nos queda un precioso testimonio de la Misa Milagrosa, los corporales y la
hijuela, con unas gotas de sangre, usados en la misma, reconocidos ante el notario
apostólico en el siglo XVII, fueron declarados auténticos y son hoy la mas preciada
reliquia con que se honra el relicario guadalupense, como fueron también preclara
reliquia eucarística, expuesta a la veneración de los fieles, en el Congreso
Eucarístico de Toledo, en 1926.
El padre Cabañuelas murió el 20 de marzo, de 1441, en olor de santidad, muy querido y
venerado de todos.

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