¿La anticoncepción es materia grave o leve de pecado?
¿Qué dice el Magisterio?

Ver también Anticoncepción | Planificación familiar 

El siguiente artículo del periódico oficial del Vaticano afirma que la anticoncepción es un comportamiento moralmente desordenado que constituye materia grave de pecado.


P. Lino CICCONE, c.m. en L´Osservatore Romano, 24 Enero, 97

La anticoncepción es un comportamiento que pone seriamente en peligro valores fundamentales. Por eso constituye materia grave de pecado

El problema que quiero afrontar aquí no es una cuestión nueva. Fue objeto de un vivo debate en los años que siguieron a la publicación de la encíclica Humanae vitae (25 de julio, de 1968) y vuelve de vez en cuando a la actualidad por obra de algún teólogo, y desde luego no ha quedado resuelto de forma concorde en la práctica pastoral corriente. No faltan confusiones notables, ni siquiera cuando se hace referencia al Magisterio Y precisamente sobre esto quiere aportar algo de claridad el presente estudio, que se limita a un aspecto particular, que puede formularse así: En el Magisterio universal de la Iglesia, ¿la anticoncepción es considerada materia grave o leve de pecado? Tal vez puede ser superfluo, pero no inútil, recordar que «Magisterio universal» es sólo el del Sumo Pontífice y del concilio ecuménico. Por eso, aquí me refiero solamente a este Magisterio.

Según no pocos estudiosos, la valoración de la anticoncepción como materia grave de pecado se da hasta la Encíclica Casti connubii, en la que se cuenta su formulación más solemne e incisiva. Lo esencial de esa enseñanza se halla en las siguientes palabras: «No existe, sin embargo, razón alguna, por grave que pueda ser, capaz de hacer que lo que es intrínsecamente contrario a la naturaleza se convierta en natural mente conveniente y decorosa. Estando, pues, el acto conyugal ordenado por su naturaleza a la generación de la prole, los que en su realización lo destituyen artificiosamente de esta fuerza natural, proceden contra la naturaleza y realizan un acto lo intrínsecamente deshonesto» (n. 55).

Hasta aquí se trata de la «deshonestidad intrínseca» de la anticoncepción. Un poco más adelante se habla de su gravedad: «La Iglesia católica (... ), como signo de su divina misión, eleva su voz a través de nuestra palabra y promulga de nuevo que todo uso del matrimonio en cuyo ejercicio el acto quede privado, por industria de los hombres, de su fuerza natural de procrear vida, infringe la ley de Dios y de la naturaleza, y quienes tal hicieren contraen la mancha de un grave delito»'.

Muchos sostienen que en los documentos sucesivos el Magisterio ha conservado claramente la primera parte de esa doctrina, es decir, la deshonestidad intrínseca de la anticoncepción, pero no ha mantenido la segunda, o sea, la gravedad de la culpa. Y en este "silencio" del Magisterio dichos estudiosos ven un dato suficiente para afirmar que la gravedad moral de la anticoncepción ya no forma parte de la doctrina de la Iglesia en esa materia. Consiguientemente, recurrir a la anticoncepción no se ha de considerar materia grave de pecado y, por tanto, usar anticonceptivos no constituye pecado mortal.

Ahora bien, a mi parecer, es preciso afrontar el problema con mayor atención. Conviene comprobar si el Magisterio ha renunciado realmente a la sustancia de esa enseñanza, o si solamente le ha dado una formulación diversa. En otras palabras; se trata de comprobar si la gravedad de la deshonestidad moral que constituye la anticoncepción es afirmada aún, o no lo es, por el Magisterio con expresiones diversas, pero de hecho sustancialmente equivalentes.

Lo primero que conviene advertir es que esa presunta «archivación» por parte del Magisterio de la encíclica Casti connubi en este punto, no es nada evidente. Más aún, ha encontrado una confirmación explícita en el concilio Vaticano II. En el número 51 de la constitución pastoral Gaudium et spes, la afirmación: «En la regulación de la procreación no les está permitido a los hijos de la Iglesia (... ) seguir caminos que son reprobados por el Magisterio», remite, con la famosa nota 14. a los documentos en que se contiene esa condena. Y en primer lugar encontramos:  «Pío XI, carta encíclica Casti connubii, AAS 22 (1930) pp. 559-561; Denz. 2.239-2.241 (3.7116-3.7118); es decir, precisamente aquel pasaje, que acabamos de citar en sus puntos esenciales, en el que se declara que la anticoncepción es culpa grave. Es difícil imaginar una confirmación más autorizada y más solemne. Así pues, no se puede hablar de «silencio» o abandono de esta enseñanza de la Castí connubii por parte del Magisterio posterior. De esta forma, se ve que tiene poco fundamento el punto de partida de esa teoría, elaborada por estudiosos, sean pocos o muchos.

Pero sigamos adelante en la comprobación que nos hemos propuesto. En ella, un peso de notable valor lo debe tener la encíclica Humanae Vitae (25 de julio, de 1968) y su autor, el Papa Pablo VI. En efecto, a ese documento hacen constante referencia los sucesivos, incluido el más autorizado, es decir, la exhortación apostólica postsinodal Familiaris Consortio (22 de noviembre, de 1981)(2). Es obvio que nadie mejor que Pablo VI puede explicar lo que quería enseñar con esa encíclica, que él mismo publicó.

Por lo que respecta al problema que nos interesa en este estudio, también son útiles algunas afirmaciones que hizo unos años antes, aludiendo al problema que luego sería el tema de la encíclica, cuyo título es De propagatione humanae prolis recte ordinanda o «La recta regulación de la natalidad». El 23 de junio, de 1964, aprovechando la ocasión que le ofrecía la felicitación de los cardenales y de la Curia romana con motivo del día de su santo, Pablo VI dio a conocer que su predecesor Juan XXIII había creado una Comisión pontificia de estudio, e hizo algunas puntualizaciones sobre el problema de la regulación de los nacimientos, A nosotros nos interesa aquí observar cómo definió el Pontífice el problema, que claramente se refería sobre todo a la valoración moral de las vías o medios para llevar a cabo la debida regulación de los nacimientos: «Problema sumamente grave: afecta a las fuentes de la vida humana; (... ) es un problema sumamente complejo y delicado».

Recién publicada la encíclica en L´0sservatore Romano del 29-30 de julio, de 1968, el día 31 del mismo mes el Papa dedicó a ella la audiencia general, en la cual ofreció valiosas claves de lectura del documento. Para nuestra cuestión interesan especialmente algunos pasajes, en los que se manifiesta claramente la importancia que el Pontífice atribuye al problema y a la solución que se le da: "Es el esclarecimiento de un capítulo fundamental de la vida personal, conyugal, familiar y social del hombre", dice al principio del discurso; y, al final, insiste "Es(...) una cuestión particular, que considera un aspecto sumamente delicado y grave de la existencia humana". Así pues, se repite con otras palabras el mismo concepto ya expresado en el discurso del 23 de junio, de 1964.

Y brota con claridad una primera conclusión: se coloca entre las cuestiones de suma importancia tanto el problema como la solución que le da el Magisterio, de la cual es porte esencial también la condena moral de la anticoncepción.

En el mismo discurso del 31 de   julio, de 1968 se halla una confirmación significativa de esa valoración: la dramática y profunda seriedad con que el Papa revela que ha vivido los cuatro años de reflexión, de estudio, de consultas, de oración, para llegar a la certeza de dar a la Iglesia y a la humanidad entera la confirmación de una verdad moral garantizada por su conformidad con el "designio de Dios sobre la vida humana". Convendría citar aquí amplios pasajes del discurso. Debo limitarme sólo a algunas frases. «El primer sentimiento fue el de una gravísima responsabilidad Nuestra (...). Os confesamos que ese sentimiento nos hizo sufrir también bastante desde el punto de vista espiritual. Nunca hemos sentido tanto el peso de Nuestra misión como en esta circunstancia». Y, más adelante, «¡Cuántas veces tuvimos la impresión de estar casi oprimidos (...) y cuántas veces, hablando humanamente, advertimos lo inadecuada que resultaba Nuestra pobre persona ante la formidable obligación apostólica de tener que pronunciarnos al respecto! ¡Cuántas veces nos sentimos angustiados ante el dilema de una fácil condescendencia para con las opiniones corrientes, o bien de una sentencia que la sociedad soportara mal, que fuera, arbitrariamente, demasiado grave para la vida conyugal!».

No podría ser más claro el hecho de que para Pablo VI el problema y su solución tienen un peso y una importancia tales, que dejan sin fundamento la hipótesis según la cual estaba en juego un pequeño desorden moral, como «pecado venial». Así pues, resulta claro, aunque sólo sea basándose en estos pocos elementos, que para el Magisterio la anticoncepción es un comportamiento moralmente desordenado que constituye materia grave de pecado.

Ahora bien, debemos preguntarnos que elementos ofrece el Magisterio para fundar esa tesis. Pero antes de avanzar en esa dirección, me parece útil hacer alguna aclaración sobre la «materia grave» de pecado. En todo comportamiento humano están en juego uno o más valores, como, por ejemplo, la vida, el amor, la fidelidad, la solidaridad, etc. Cuando están en juego valores importantes, y un comportamiento determinado los pone seriamente en peligro, ese hecho de poner seriamente en peligro un valor importante es lo que constituye materia grave de pecado. Por eso, encontraremos una respuesta a la pregunta que nos planteamos, si descubrimos en la enseñanza del Magisterio la afirmación de que en el acto conyugal están en juego valores importantes y de que los anticonceptivos los ponen seriamente en peligro.

En esta investigación es inevitable que la atención se desplace en especial al magisterio de Juan Pablo II, desde luego sin descuidar el de Pablo VI. En efecto, el actual Pontífice es quien, también gracias al desarrollo realizado entretanto por las ciencias humanas y la antropología, sobre los significados y valores de la sexualidad humana, ha podido dar un desarrollo amplio y orgánico a los fundamentos antropológicos y teológicos de la doctrina moral de la Iglesia en esta materia. Lo ha hecho en numerosos discursos, y de forma más amplia y orgánica en la última parte de su conocida serie de catequesis de los miércoles sobre El amor humano en el plan divino.

Un análisis detallado de todo ese material es sencillamente imposible en este estudio. Deberé limitarme a pocos elementos esenciales, con algunas citas entre las muchas que se podrían aducir, pero que espero basten para nuestro objetivo.

Ante todo, quisiera subrayar que ya Pablo VI, el Concilio y más aún Juan Pablo II, muestran claramente que aceptan y valoran los recientes progresos en la concepción de la sexualidad humana como lenguaje, es decir, expresión sensible de realidades interiores de la persona en la relación interpersonal. En esa perspectiva, también gana en claridad y persuasividad el descubrimiento y la presentación de las exigencias éticas inherentes al ejercicio de la sexualidad, cuando en él se incluye también su componente genital, como sucede en el acto conyugal. En efecto, esas exigencias se configuran siguiendo el modelo de las que se imponen para una comunicación entre personas, que responde a la dignidad de cada uno de los dos interlocutores.

En la Gaudium el spes el acto conyugal se presenta como la expresión privilegiada y típicamente propia del amor conyugal (cf. n. 49) y, a su vez, se dice que el amor conyugal está constitucionalmente ordenado a la transmisión de la vida, o procreación (ct. n. 50). «Amor» y «vida» son, por consiguiente, los valores centrales que están en juego en el amor conyugal. Y esos valores son evidentemente de suma importancia.

Pablo VI expresa substancialmente lo mismo poniendo de relieve los «significados» del acto conyugal y fundando las exigencias éticas en el principio de la inseparabilidad de los dos significados que encierra en su estructura el acto, es decir, el significado unitivo y el procreador: «Esta doctrina (...) está fundada sobre la inseparable conexión (...) entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador (...). Efectivamente, el acto conyugal, por su íntima estructura, mientras une profundamente a los esposos, los hace aptos para la generación de nuevas vidas, según las leyes inscritas en el ser mismo del hombre y de la mujer. Salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo y procreador, el acto conyugal conserva íntegro el sentido de amor mutuo y verdadero y su ordenación a la altísima vocación del hombre a la paternidad» (Humanae vitae, 12). El Pontífice ya había subrayado anteriormente el profundo vínculo que existe entre amor y vida, cuando puso la «totalidad» y la «fecundidad» entre las cualidades esenciales e indispensables que debe tener el amor para ser auténticamente conyugal. En efecto, la totalidad no permite exclusiones o reservas de ninguna clase; y la fecundidad es una orientación hacia la vida por transmitir (cf. ib., 9).

En esta línea, Juan Pablo II, en la Familiaris Consortio llega a afirmar que «la donación física total sería un engaño si no fuese signo y fruto de una donación en la que está presente toda la persona (...); si la persona se reservase algo (...) ya no se donaría totalmente» (n. 11). Luego, con férrea lógica, cuando en el mismo documento llega a tocar el tema de la anticoncepción, el Pontífice ofrece en un párrafo muy denso un panorama iluminador de los valores que quedan destruidos por la anticoncepción. Conviene citarlo aquí por entero: «Cuando los esposos, mediante el recurso a la anticoncepción, separan estos dos significados que Dios Creador ha inscrito en el ser del hombre y de la mujer y en el dinamismo de su comunión sexual, se comportan como "árbitros" del designio divino y "manipulan" y envilecen la sexualidad humana, y con ella la propia persona del cónyuge, alterando su valor de donación "total". Así, al lenguaje natural que expresa la recíproca donación total de los esposos, la anticoncepción impone un lenguaje objetivamente contradictorio, es decir, el de no darse al otro totalmente: se produce no sólo el rechazo positivo de la apertura a la vida, sino también una falsificación de la verdad interior del amor conyugal, llamado a entregarse en plenitud personal» (ib., 32).

Para mayor claridad, conviene esquematizar las numerosas destrucciones de valores que la anticoncepción implica objetivamente:

1. No aceptación de su misión de «ministros» y «colaboradores» de Dios en la transmisión de la vida.
2. Pretensión de convertirse en «árbitros» del designio divino (5).
3. Envilecimiento de la sexualidad humana y, por tanto, de la propia persona y del cónyuge.
4. Falsificación del lenguaje sexual hasta hacerlo objetivamente contradictorio.
5. Eliminación de toda referencia al valor «vida».
6. Herida mortal («falsificación de la verdad interior») del amor conyugal mismo.

El «no» a la vida, que el uso de un anticonceptivo grita con su misma denominación, se presenta así también, y ante todo, como un «no a Dios», Ya lo puso de relieve con fuerza Pablo VI en la Humanae vitae. También conviene citar íntegro ese pasaje: «Un acto de amor recíproco que prejuzgue la disponibilidad a transmitir la vida que Dios creador, según particulares leyes, ha puesto en él, está en contradicción con el designio constitutivo del matrimonio y con la voluntad del Autor de la vida. Usar este don divino destruyendo su significado y su finalidad, aun sólo parcialmente, es contradecir la naturaleza del hombre y de la mujer y sus más íntimas relaciones, y por lo mismo es contradecir también el plan de Dios y su voluntad» (n.13).

Volviendo a Juan Pablo II, en la parte final de la catequesis a la que nos hemos referido sobre «El amor humano en el plan divino», cuando «relee» la doctrina de la Humanae vitae sobre la anticoncepción, desarrolla magistralmente cada uno de esos aspectos. Así, por lo que atañe a la ofensa a la dignidad de la persona humana, el Pontífice no duda en decir que esa dignidad queda radicalmente en peligro en el comportamiento anticonceptivo porque en la persona, que tiene como «constitución fundamental» el dominio de sí, se aplica el modelo propio de la relación con las cosas, que es una relación de dominio, privando así al hombre «de la subjetividad que le es propia» y haciendo de él «un objeto de manipulación»(6).

Juan Pablo II desarrolla, a continuación, las reflexiones, centrándolas en el acto conyugal: como «auténtico lenguaje de las personas» en el que «el hombre y la mujer se expresan recíprocamente a si mismos del modo más pleno y más profundo» en su «masculinidad y femineidad», el acto conyugal «está sometido a las exigencias de la verdad». Y esto en dos niveles, personalista y teológico, vinculados entre sí.

En el nivel personalista, el nexo entre los dos significados estructurales del acto conyugal es tal que «uno se realiza juntamente con el otro, y, en cierto sentido, el uno a través del otro». Por eso, «privado de su verdad interior, al ser privado artificialmente de su capacidad procreadora, deja también de ser acto de amor» y,.en consecuencia, unión corpórea (...) no corresponde a la verdad interior ni a la dignidad de la comunión personal». Así pues, la falsificación se hace total porque falta la verdad «del dominio de si y de la recíproca aceptación de si por parte de la persona»

En el nivel teológico, se violan las exigencias de la verdad, pues en la unión conyugal debe encontrar expresión tanto «la verdad del sacramento» entendido como designio divino, del que los esposos son ministros y «que "desde el principio" se constituye en el signo de la "unión de la carne», como la verdad del sacramento en sentido más estricto, que «se perfecciona por la unión conyugal», en la que, por tanto, «el hombre y la mujer están llamados a expresar ese misterioso lenguaje" de sus cuerpos en toda la verdad que les es propia».

Como último elemento, a mi parecer, es plenamente correcto aplicar al desorden moral que constituye en campo sexual la anticoncepción un principio general que nos recuerda otro documento del Magisterio: la declaración Persona humana, sobre algunas cuestiones de ética sexual, publicada por la Congregación para la doctrina de la fe el 29 de diciembre, de 1975. Todo el número 10 está dedicado a explicar cómo se han de valorar los comportamientos que constituyen un desorden moral en el campo sexual. El principio está formulado de la siguiente manera: «El orden moral de la sexualidad comporta para la vida humana valores tan elevados que toda violación directa de este orden es objetivamente grave».

Que la anticoncepción constituye una violación directa del orden moral de la sexualidad es una enseñanza inequívoca y constante del Magisterio, dado que la califica como «intrínsecamente deshonesta, Por tanto, vale plenamente para ella la enseñanza que se recoge en la declaración Persona humana.

Los limites de espacio no me permiten añadir otras referencias. Pero las que he aducido bastan para demostrar que en la doctrina de la Iglesia el acto conyugal implica valores de importancia muy grande. -algunos de ellos son realmente fundamentales- y que la anticoncepción los pone seriamente en peligro, hasta llegar incluso a destruirlos. De esta forma resulta evidente que, en la doctrina propuesta por el Magisterio, el uso de anticonceptivos en la realización del acto conyugal constituye materia grave de pecado, y, además, es un comportamiento «intrínsecamente deshonesto»; por tanto, nunca resulta lícito, independientemente del motivo y de la finalidad con que se haga.

Reflexiones finales

Se pueden hallar más confirmaciones de la gravedad moral objetiva de la anticoncepción prestando atención a algunas características que ese comportamiento ha asumido en nuestro tiempo. Y el Magisterio lo ha hecho oportunamente.

Impedir que el acto conyugal ponga en marcha el proceso generador ha sido, hasta un pasado muy reciente, un problema exclusivo de los cónyuges, por motivos y situaciones particulares. En la sociedad y la cultura que se han desarrollado con la industrialización, por una serie compleja de factores que aquí no me es posible ni siquiera mencionar, una fuerte reducción de la natalidad se ha transformado en una exigencia y una costumbre en casi todos los matrimonios. De esta forma, sin de ser un problema conyugal, se ha convertido también en un problema social, y, finalmente, en problema político, tanto de política interior en cada Estado, como de política internacional, especialmente en el ámbito de las relaciones entre países desarrollados y países en vías de desarrollo. Las dimensiones reales del problema a estos niveles, además, han sido astutamente exageradas, asustando con el fantasma de una catástrofe planetaria por exceso de población de la tierra (la así llamada bomba P», es decir, bomba de la población) y por muerte de todos a causa del hambre.

Una drástica reducción de los nacimientos ha cobrado, así, el carácter de una urgencia dramática, inicialmente en los países desarrollados y sucesivamente en los demás, a los que se ha acusado de ser los verdaderos responsables de la «explosión demográfica», otra palabra dotada de gran carga emotiva.

Con la complicidad de gobiernos, de organismos internacionales, comenzando por la ONU y la Organización mundial de la salud, así como de organizaciones privadas que cuentan con mucho dinero, se ha ido desarrollando lo que Juan Pablo II ha denunciado como «la conjura contra la vida»(7). Una conjura, prosigue el Papa, «que ve implicadas incluso a instituciones internacionales, dedicadas a alentar y programar auténticas campañas de difusión de la anticoncepción, la esterilización y el aborto. Finalmente, no se puede negar que los medios de comunicación social son con frecuencia cómplices de esta conjura, creando en la opinión pública una cultura que presenta el recurso a la anticoncepción, la esterilización, el aborto y la misma eutanasia como un signo de progreso y conquista de libertad, mientras muestran como enemigas de la libertad y del progreso las posiciones incondicionales a favor de la vida»(8).

La difusión en las masas de la anticoncepción ha sido el primer paso de un camino de muerte. De allí ha derivado pronto una vasta «mentalidad anticonceptiva» es decir, una amplia actitud de rechazo de todo hijo no querido, abriendo así el camino a una gran aceptación social de la esterilización y del aborto. A su vez, esto está constituyendo la premisa para la aceptación social de la eutanasia y de su legitimación jurídica.

Esta trágica y enorme destrucción de valores humanos fundamentales, en las relaciones entre países ricos y países pobres, guarda relación con políticas cínicamente opresivas, que llegan a imponer a los países pobres, como condición para la concesión de ayudas económicas, de alimentos y de medicinas, que adopten medidas encaminadas a conseguir rápidamente el «crecimiento cero» de la población, con cualquier medio, desde la anticoncepción hasta el aborto obligatorio después del primero o del segundo hijo. Un auténtico crimen, gravísimo, cuya repugnante brutalidad se comprende cuando se descubre que en muchos países pobres la gente encuentra en abundancia y gratuitamente anticonceptivos y abortivos de todo tipo, pero no halla medicinas que salvarían la vida a millones de seres humanos, que mueren, por ejemplo, a causa de la malaria y de otras enfermedades, hoy fácilmente curables. La condena del Magisterio ha sido constante y severa. Me limito a referir la que recoge la Familiaris consortio: «Hay que rechazar como gravemente injusto el hecho de que, en las relaciones internacionales, la ayuda económica concedida para la promoción de los pueblos esté condicionada a programas de anticoncepción, esterilización y aborto provocado»(9).

La anticoncepción, por consiguiente, en nuestro mundo contemporáneo ha desempeñado y desempeña un papel muy importante en el desarrollo de la asoladora «cultura de la muerte, cuyas víctimas se cuentan por decenas de millones cada año. Una cultura que, además, envilece la sexualidad humana y desvirtúa el amor incluso en su forma más sublime, como es el amor materno, cuando confiere a la madre el absurdo derecho de matar al niño que lleva en su seno. Una cultura, además, que está devastando y tratando de destruir esos mismos valores en los pueblos económicamente pobres -y políticamente indefensos- pero ricos en tantos valores humanos, desde hace mucho tiempo oscurecidos en nuestros países ricos.

Los cónyuges que eligen la anticoncepción, lo sepan o no, contribuyen a consolidar y potenciar en su fuente esa cultura. Y esto no puede menos de conllevar responsabilidades de una gravedad y seriedad que difícilmente se puede medir, pero que son ciertamente enormes.

NOTAS

1 -Pío XI, carta encíclica: Casti connubii (30 de diciembre, de 1930), en AAS 22 (1930) PP.            559-561.
2 -Véase especialmente el número 29, en el que el Santo Padre acoge entre comillas la Proposición 21, formulada por los padres sinodales.
3 -Insegnamenti di Paolo VI, vol. li, 1964, Libreria Editrice Vaticana, Ciltá del Vaticano, p. 420.
4 -El texto W discurso se puede ver en Insegnamienti di Paolo VI, vol. VI, 1968, pp. 869-873.
5 -Sobre este punto, y sobre algunos otros que aquí se ponen de relieve, pueden verse reflexiones muy iluminadoras en el discurso dirigido por el Santo Padre a los sacerdotes que participaban en un seminario sobre «La procreación responsable el 17 de septiembre, de 1983: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 23 de octubre de, 1983, p. 20.
6 -Las citas siguientes están tomadas de la catequesis pronunciada por el Papa el miércoles 22 de agosto, de 1984: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 26 de agosto, de 1984, p. 3.
7 -Evangelium Vitae, 12, 17,...
8 -Ib., 17
9 -Familiaris Consortio, 30.

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