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SAN
AMBROSIO
Icono Ruso anónimo
Monasterio de la Santa
Transfiguración,
Brookline, MA, EEUU
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San Ambrosio
Fiesta: 7 de diciembre
Obispo de Milán y mentor de San Agustín.
(340-397). Uno de los cuatro tradicionales
Doctores de la Iglesia latina. Combatió el
Arrianismo en el Occidente.
Ambrosio
significa "Inmortal"
Ver sus escritos:
Que el encanto de tu palabra cautive el favor del pueblo
Carta 2
La visitación de Santa María Virgen
Exposición del Evangelio de San Lucas
El templo de Dios es santo: y ese templo sois vosotros Comentario
del Salmo 118
Hay que orar especialmente por todo el cuerpo de la Iglesia
Tratado sobre Caín y Abel.
Sé un
testigo fiel y valeroso
Del comentario al salmo 118
La
Virginidad, La educación de la Virgen
No
tenía aún edad de ser condenada, pero estaba ya madura para la victoria
-Del tratado del sobre las vírgenes
Muramos con Cristo, y viviremos con él Sobre la muerte de su hermano
Comentario a los salmos
Abre tu boca a la palabra de Dios
Cantar salmos con el espíritu, pero cantarlos también con la mente
Ha resplandecido sobre nosotros la luz de tu rostro
Cristo reconcilió el mundo con Dios por su propia sangre
Tratado sobre los misterios
Bautismo
Catequesis sobre los ritos que preceden al bautismo
Catequesis de los ritos que siguen al bautismo
Renacemos del agua y del Espíritu Santo
Todo les sucedía como un ejemplo
El agua no purifica sin la acción del Espíritu Santo
Eucaristía
Instrucción a los recién bautizados sobre la eucaristía
Breve:
Nacido en Tréveris, hacia el año 340, de una familia
romana, hizo sus estudios en Roma, y comenzó una brillante carrera
en Sirmio. El año 374, residiendo en Milán, fue elegido, de modo
inesperado, obispo de la ciudad, y ordenado el 7 de diciembre. Fiel
cumplidor de su oficio, se distinguió, sobre todo por su caridad
hacia todos, como verdadero pastor y doctor de los fieles. Defendió
valientemente los derechos de la Iglesia y, con sus escritos y su
actividad, ilustró la doctrina verdadera, combatida por los
arrianos. Murió un Sábado Santo, el 4 de abril del año 397.
Biografía de San
Ambrosio
Adaptación
de la obra de Vida de los Santos, de Butler.
El
valor y la constancia para resistir el mal forman parte de las virtudes
esenciales de un obispo. En
ese sentido, San Ambrosio fue uno de los más grandes pastores de la
Iglesia de Dios. Se le consideró tradicionalmente como uno de los
cuatro grandes doctores de la Iglesia de occidente.
El
santo nació en Tréveris, probablemente el año 340.
Su padre, que se llamaba también Ambrosio, era entonces prefecto
de la Galia. El prefecto murió
cuando su hijo era todavía joven, y su esposa volvió con la familia a
Roma. La madre de San Ambrosio dio a sus hijos una educación
esmerada, y puede decirse que el futuro santo debió mucho a su madre y a
su hermana Santa Marcelina. El
joven aprendió el griego, llegó a ser buen poeta y orador y se dedicó a
la abogacía. En el ejercicio
de su carrera llamó la atención de Anicio Probo y de Símaco.
Este último, que era prefecto de Roma, se mantenía en el
paganismo. Probo era prefecto
pretorial de Italia. Ambrosio
defendió ante este último varias causas con tanto éxito, que Probo le
nombró asesor suyo. Más
tarde, el emperador Valentiniano nombró al joven abogado gobernador con
residencia en Milán (norte de Italia).
Cuando Ambrosio se separó de su protector Probo, éste le recomendó:
"Gobierna más bien como obispo que como juez".
El oficio que se había confiado a Ambrosio era del rango consular
y constituía uno de los puestos de mayor importancia y responsabilidad en
el Imperio de occidente.
El
obispo Auxencio, un hereje arriano que había gobernado la diócesis de Milán
durante casi veinte años, murió el año 374.
La ciudad se dividió en dos partidos, ya que unos querían a un
obispo fiel a la fe católica y otros a un arriano.
Para evitar en cuanto fuese posible que la división degenerase en
pleito, San Ambrosio acudió a la iglesia en la que iba a llevarse a cabo
la elección, y exhortó al pueblo a proceder a ella pacíficamente y sin
tumulto. Mientras el santo
hablaba, alguien gritó: "¡Ambrosio obispo!"
Todos los presentes repitieron unánimemente ese grito, y católicos
y arrianos eligieron al santo para el cargo.
Ambrosio quedó desconcertado tanto más cuanto que, aunque era
cristiano, no estaba todavía bautizado.
Pero los obispos presentes ratificaron su nombramiento por aclamación.
Ambrosio alegó irónicamente que "la emoción había pesado más
que el derecho canónico y trató de huir de Milán.
El emperador recibió un informe sobre lo sucedido.
Por su parte, Ambrosio también le escribió, rogándole que le
permitiese renunciar. Valentiniano
respondió que se sentía muy complacido por haber sabido elegir a un
gobernador que era digno de ser obispo, y mandó al vicario de la
provincia que tomase las medidas necesarias para consagrar a Ambrosio.
Este trató de escapar una vez más y se escondió en casa del
senador Leoncio. Pero, cuando
Leoncio se enteró de la decisión del emperador, entregó al santo, y éste
no tuvo más remedio que aceptar. Así
pues, recibió el bautismo y, una semana más tarde, el 7 de diciembre de
374, se le confirió la consagración episcopal.
Tenía entonces unos treinta y cinco años.
Consciente
de que ya no pertenecía al mundo, el santo decidió romper todos los
lazos que le unían a él. En
efecto, repartió entre los pobres sus bienes muebles y cedió a la
Iglesia todas sus tierras y posesiones;
lo único que conservó fue una renta para su hermana Santa
Marcelina. Por otra parte,
confió a su hermano San Sátiro la administración temporal de su diócesis
para poder consagrarse exclusivamente al ministerio espiritual.
Poco después de su ordenación, escribió a Valentiniano quejándose
con amargura de los abusos de ciertos magistrados imperiales.
El emperador le respondió: "Desde
hace tiempo estoy acostumbrado a tu libertad de palabra y no por ello dejé
de aceptar tu elección. No
dejes de seguir aplicando a nuestras faltas los remedios que la ley divina
prescribe". San Basilio
escribió a Ambrosio para felicitarle, o más bien dicho para felicitar a
la Iglesia por su elección para exhortarle a combatir vigorosamente a los
arrianos. San Ambrosio, que
se creía muy ignorante en las cuestiones teológicas, se entregó al
estudio de la Sagrada Escritura y de las obras de los autores eclesiásticos,
particularmente de Orígenes y San Basilio.
En sus estudios le dirigió San Simpliciano, un sabio sacerdote
romano, a quien amaba como amigo, honraba como padre y reverenciaba como
maestro. San Ambrosio combatió con
tanto éxito el arrianismo que la erradicó casi por completo de Milán.
El santo vivía con gran sencillez y trabajaba infatigablemente.
Sólo cenaba los domingos, los días de la fiesta de algunos mártires
famosos y los sábados. En efecto, en Milán no se ayunaba nunca en sábado;
pero cuando Ambrosio estaba en Roma, ayunaba también los sábados.
El santo no asistía jamás a los banquetes y recibía en su casa
con suma frugalidad. Todos
los días celebraba la misa por su pueblo y vivía consagrado enteramente
al servicio de su grey; todos
los fieles podían hablar con él siempre que lo deseaban, y le amaban y
admiraban enormemente. San
Agustín fue a verle varias veces.
Sobre
la Virginidad
En
sus sermones, San Ambrosio alababa con frecuencia el estado y la virtud de
la virginidad por amor a Dios, y dirigía personalmente a muchas vírgenes
consagradas. A petición de
Santa Marcelina, el santo reunió sus sermones sobre el tema;
tal fue el origen de uno de sus tratados mas famosos. Las madres impedían que sus hijas fuesen a oír predicar a
San Ambrosio, y aun llegó a acusársele de que quería despoblar el
Imperio. El santo respondía:
"Quisiera que se me citase el caso de un hombre que haya
querido casarse y no haya encontrado esposa", y sostenía que en los
sitios en que se tiene en alta estima la virginidad la población es
mayor. Según él, la guerra
y no la virginidad era el gran enemigo de la raza humana.
Defensa
de la Fe y del orden
Como
los godos hubiesen invadido ciertos territorios romanos del oriente, el
emperador Graciano decidió acudir con su ejército en socorro de su tío
Valente. Sin embargo, para
preservarse del arrianismo, del que Valente era gran protector, Graciano
pidió a San Ambrosio que le instruyese sobre dicha herejía. Con ese objeto, el santo escribió el año 377 una obra
titulada "A Graciano acerca de la Fe" y, más tarde, la amplió.
Los godos habían causado estragos desde Tracia a la Iliria.
San Ambrosio, no contento con reunir todo el dinero posible para
rescatar a los prisioneros, mandó fundir los vasos sagrados.
Los arrianos consideraron esa medida como un sacrilegio y se la
echaron en cara. El santo
respondió que le parecía más útil salvar vidas humanas que conservar
el oro: "Si la Iglesia tiene oro, no es para guardarlo, sino
para emplearlo en favor de los necesitados".
Después del asesinato de Graciano en 383, la emperatriz Justina
rogó a San Ambrosio que negociase con el usurpador Máximo para evitar
que éste atacase a su hijo, Valentiniano II.
San Ambrosio fue a entrevistarse con Máximo en Tréveris y
consiguió convencerle de que se contentase con la Galia, España y las
Islas Británicas. Según se
dice, fue ésa la primera vez que un ministro del Evangelio intervino en
los asuntos de la alta política. Es un
ejemplo clásico una justa intervención por parte de la Iglesia, ya que
no buscó favoritismos ni se alió con un lado de la política sino que
solo buscó que se ejerciese el derecho, en este caso, defender el
orden contra un usurpador armado. Más tarde, como veremos,
prefirió sufrir mucho antes que ceder a las injustas exigencias del otro
bando, el de la emperatriz Justina.
Por
entonces, ciertos senadores trataron de restablecer en Roma el culto a la
diosa Victoria. El grupo
estaba encabezado por Quinto Aurelio Símaco, hijo y sucesor del prefecto
romano que había protegido a San Ambrosio en su juventud y había sido un
admirable erudito, hombre de Estado y orador.
Quinto Aurelio Símaco pidió a Valentiano que reconstruyese el
altar de la Victoria en el senado, pues a dicha diosa atribuía los
triunfos y la prosperidad de la antigua Roma.
Quinto Aurelio Símaco redactó muy hábilmente su petición,
apelando a la emoción y empleando argumentos que se oyen todavía:
"¿Qué importa el camino por el que cada uno busca la verdad?
Existen muchos caminos para llegar al gran misterio".
La petición era un ataque velado contra San Ambrosio.
Cuando el santo se enteró por conducto privado de la existencia
del documento, escribió al emperador pidiéndole que le enviase una copia
y reprendiéndole por no haberle consultado inmediatamente en ese asunto
que atañía a la religión. Poco
después, escribió una respuesta que sobrepasaba en elocuencia a la
petición de Símaco y la demolía punto por punto. Tras ridiculizar la idea de que los éxitos conseguidos por el
valor de los soldados se vaticinaban en las entrañas de las bestias
sacrificadas, el santo, elevándose a las cumbres de la más alta retórica,
hablaba por boca de Roma, diciendo que la ciudad se lamentaba de sus
errores pasados y que no se avergonzaba de cambiar. Ambrosio exhortaba a Símaco
y sus compañeros a interpretar los misterios de la naturaleza a través
del Dios que los había creado y a pedir a Dios que concediese la paz a
los emperadores, en vez de pedir a los emperadores que les concediesen
adorar en paz a sus dioses. La
respuesta del santo terminaba con una parábola sobre el progreso y el
desarrollo del mundo: Por medio de la justicia, la verdad se cierne sobre
las ruinas de las opiniones que antiguamente gobernaban el mundo".
Tanto el escrito de Símaco como el de San Ambrosio fueron leídos
ante el emperador y su consejo. No
hubo discusión de ninguna especie. Valentiniano
dijo a los presentes. "Mi
padre no destruyó los altares, y nadie le pidió tampoco que los
reconstruyese. Yo seguiré su
ejemplo y no modificaré el estado de cosas".
La
emperatriz Justina no se atrevió a apoyar abiertamente a los arrianos
mientras vivieron su esposo y Graciano; pero, en cuanto la paz que San
Ambrosio negoció entre Máximo y el hijo de Justina le dieron oportunidad
de oponerse al obispo, se olvidó de todo lo que le debía.
Al acercarse la Pascua del año 385, Justina indujo a Valentiniano
a reclamar la basílica Porcia (actualmente llamada de San Víctor),
situada en las afueras de Milán, para cederla a los arrianos, entre los
que se contaban ella y muchos personajes de la corte.
San Ambrosio respondió que jamás entregaría un templo de Dios. Entonces, Valentiniano envió a unos mensajeros a pedir la nueva
basílica de los Apóstoles. Pero
el santo obispo no cedió. El
emperador mandó a sus cortesanos a apoderarse de la basílica. Los milaneses, enfurecidos ante eso tomaron prisionero a un
sacerdote arriano. Al enterarse de
lo sucedido, San Ambrosio pidió a Dios que no permitiese que la sangre
corriese y envió a varios sacerdotes y diáconos a rescatar al
prisionero. Aunque el santo
tenía de su parte a la multitud y aun al ejército, se guardó de hacer o
decir nada que pudiese desatar la violencia y poner en peligro al
emperador y a su madre. Cierto que
se negó a entregar las iglesias, pero se abstuvo de oficiar en ellas para
no encender los ánimos. Sus
adversarios, que le llamaban "el Tirano", hicieron lo posible
por provocarle. San Ambrosio preguntó a sus enemigos: "¿por qué me llamáis tirano? Cuando me enteré de que la iglesia estaba rodeada de
soldados, dije que no la entregaría, pero que tampoco me lanzaría a la
lucha. Máximo no afirma que
tiranizó a Valentiniano, a pesar de que a él le impedí marchar sobre
Italia".
En
el momento en que el santo explicaba un pasaje del libro de Job al pueblo,
irrumpió en la capilla un pelotón de soldados, a los que habían dado la
orden de atacar; pero ellos se negaron a obedecer y entraron a orar con los católicos.
A los pocos momentos, todo el pueblo se dirigió a la basílica
contigua, arrancó las decoraciones que se habían puesto para recibir al
emperador, y las dio a los niños para que jugasen con ellas.
Sin embargo, San Ambrosio no aprovechó ese triunfo y no entró en
la basílica sino hasta el día de Pascua, cuando Valentiniano retiró de
ahí a los soldados. El pueblo celebró con gran júbilo esa victoria.
San Ambrosio escribió un relato de los hechos a Santa Marcelina,
que estaba entonces en Roma, y añadió que preveía desórdenes todavía
mayores: "El eunuco Calígono,
que es camarlengo imperial, me dijo: 'Tú desprecias al emperador, de suerte que te voy a mandar
decapitar'. Yo repuse:
¡Dios lo quiera! Así sufriría yo como corresponde a un obispo, y tú obrarías
como las gentes de tu calaña' ".
En
enero del año siguiente, Justina convenció a su hijo de que promulgase
una ley para autorizar a los arrianos a celebrar reuniones y las
prohibiera a los católicos. Dicha
ley amenazaba con la pena de muerte a quien tratase de impedir las
reuniones de los arrianos. Además se
condenaba al destierro a quien se opusiese a que las iglesias
fuesen cedidas a los arrianos. San
Ambrosio no hizo caso de la ley y se negó a entregar una sola iglesia. Sin embargo, nadie se atrevió a tocarle.
"Yo he dicho ya lo que un obispo tenía que decir.
Que el emperador proceda ahora como corresponde a un emperador.
Nabot se negó a entregar la herencia de sus antepasados.
¿Cómo voy yo a entregar las iglesias de Jesucristo?"
El Domingo de Ramos, el santo predicó sobre su decisión de no
entregarlas. Entonces, el pueblo, temeroso de la venganza del emperador,
se encerró con su pastor en la basílica.
Las tropas imperiales la sitiaron con miras a vencer al pueblo por
el hambre; pero ocho días
después, el pueblo seguía ahí. Para
ocupar a las gentes, San Ambrosio se dedicó a enseñarles himnos y salmos
que él mismo había compuesto. Todos
cantaban en coros alternados. El
emperador envió al tribuno Dalmacio a conferenciar con el santo.
Proponía que Ambrosio y el obispo arriano, Auxencio, eligiesen
conjuntamente un grupo de jueces para decidir la cuestión.
Si San Ambrosio no aceptaba esa proposición, debía retirarse y
dejar la diócesis en manos de Auxencio. Ambrosio
respondió por escrito al emperador, haciéndole notar que los laicos
(pues Valentiniano había propuesto que se eligiesen jueces laicos) no tenían
derecho a juzgar a los obispos ni a dictar leyes eclesiásticas.
En seguida, el santo subió al púlpito y expuso al pueblo el
desarrollo de los acontecimientos en el último año.
En una sola frase resumió espléndidamente el fondo de la disputa:
"El emperador está en la Iglesia, no sobre la
Iglesia".
Entre
tanto, llegó la noticia de que Máximo, con el pretexto de la persecución
de que eran objeto los católicos, así como ciertas cuestiones de
fronteras, estaba preparándose para invadir Italia.
Valentiniano y Justina, sobrecogidos por el pánico, rogaron
entonces a San Ambrosio que partiese nuevamente a impedir la invasión del
usurpador. Olvidando todas las
injurias públicas y privadas de que había sido objeto, el santo emprendió
el viaje. Máximo, que estaba en Tréveris,
se negó a concederle una audiencia privada, a pesar de que Ambrosio era
obispo y embajador imperial, y le propuso recibirle en un consistorio público.
Cuando Ambrosio fue introducido a la presencia de Máximo y éste
se levantó del trono para darle el beso de paz, el santo permaneció inmóvil
y se negó a acercarse a recibir el ósculo.
En seguida, demostró públicamente a Máximo que la invasión que
proyectaba era injustificable y constituía una deslealtad y terminó pidiéndole
que enviase a Valentiniano los restos de su hermano Graciano como prenda
de paz. Desde su llegada a Tréveris,
el santo se había negado a mantener la comunión con los prelados de la
corte que habían participado en la ejecución del hereje Prisciliano, y
aun con el mismo Máximo. Por
ello, se le ordenó al día siguiente que abandonase Tréveris. El santo regresó a Milán, no sin escribir antes a
Valentiniano para referirle lo sucedido y aconsejarle que no se dejase
engañar por Máximo, pues consideraba a éste como un enemigo velado que
prometía la paz pero buscaba la guerra.
En efecto, Máximo invadió súbitamente Italia, donde no encontró
oposición alguna. Justina y
Valentiniano dejaron en Milán a San Ambrosio para que hiciese frente a la
tormenta y huyeron a Grecia en busca del amparo del emperador de oriente,
Teodosio, en cuyas manos se pusieron. Teodosio
declaró la guerra a Máximo, le derrotó y ejecutó en Panonia, y devolvió
a Valentiniano sus territorios y los que le había arrebatado el
usurpador. Pero en realidad,
Teodosio fue quien gobernó desde entonces el imperio.
Teodocio
permaneció algún tiempo en Milán, e indujo a Valentiniano abandonar el
arrianismo y a tratar a San Ambrosio con el respeto que merecía un obispo
verdaderamente católico. Sin
embargo, no dejaron de surgir conflictos entre Teodosio y San Ambrosio y
hay que reconocer que en el primero de esos conflictos no faltaba razón a
Teodosio. En efecto, ciertos
cristianos de Kallinikum de Mesopotamia habían demolido la sinagoga de
los judíos. Cuando Teodosio se
enteró, ordenó que el obispo del lugar, a quien se acusaba de estar
complicado en el asunto, se encargase de reconstruir la sinagoga. El obispo apeló a San Ambrosio, quien escribió una carta de
protesta a Teodosio ; pero, en vez de alegar que no se conocían con
certeza las circunstancias del caso, el santo basó su protesta en la tesis
exagerada de que ningún obispo cristiano tenía derecho a pagar la
construcción de un templo de una religión falsa.
Como Teodosio hiciese caso omiso de esa protesta, San Ambrosio
predicó contra él en su presencia, lo que dio lugar a una discusión en
la iglesia. El santo no
celebró la misa hasta haber arrancado a Teodosio la promesa de que
revocaría la orden que había dado.
El
año 390, llegó a Milán la noticia de una horrible matanza que había
tenido lugar en Tesalónica. Buterico,
el gobernador, había encarcelado a un auriga que había seducido a una
sirvienta de palacio, y se negó a ponerle en libertad por más que el
pueblo quería verlo correr en el circo. La
multitud se enfureció tanto ante la negativa, que mató a pedradas a
varios oficiales y asesinó a Buterico. Teodosio
ordenó que se tomasen represalias increíblemente crueles.
Los soldados rodearon el circo cuando todo el pueblo se hallaba
congregado en él, y cargaron contra la multitud. La carnicería duró cuatro horas.
Los soldados dieron muerte a 7,000 personas, sin distinción de
edad, de sexo, ni de grado de culpabilidad.
El mundo entero quedó aterrorizado y volvió los ojos a San
Ambrosio, quien reunió a los obispos para consultarles sobre el caso.
En seguida, escribió a Teodosio una carta muy digna, en la que le
exhortaba a aceptar la penitencia eclesiástica y declaraba que no podía
ni estaba dispuesto a recibir su ofrenda y celebrar ante él los divinos
misterios hasta que hubiese cumplido esa obligación.
"Los sucesos de Tesalónica no tienen precedente.
Sois humano y os habéis dejado vencer por la tentación.
Os aconsejo, os ruego y os suplico que hagáis penitencia.
Vos, que en tantas ocasiones os habéis mostrado misericordioso y
habéis perdonado a los culpables, mandasteis matar a muchos inocentes. El demonio quería sin duda arrancaros la corona de piedad que era
vuestro mayor timbre de gloria. Arrojadle
lejos de vos ahora que podéis hacerlo.
Os escribo esto de mano propia para que leáis en particular".
El emperador le escribió diciéndole:
"Dios perdonó a David; luego a mí también me perdonará".
San Ambrosio respondió: "Ya
que has imitado a David en cometer un gran pecado, imítalo ahora haciendo
una gran penitencia, como la que hizo él".
El
efecto que produjo esta carta en un hombre que sin duda estaba devorado
por los remordimientos ha sido desvirtuado por una leyenda, según la
cual, como Teodosio se negase a aceptar la penitencia eclesiástica, San
Ambrosio salió a la puerta de la iglesia para impedirle el paso, cuando
se acercaba con toda su corte a oír la misa.
El obispo le reprendió públicamente y se negó a admitirle.
El emperador estuvo excomulgado ocho meses, al cabo de los cuales
se sometió sin condiciones. El
P. Van Ortroy, S. J., echó por tierra esa leyenda.
Por otra parte, la "religiosa humildad" que San Agustín,
bautizado apenas tres años antes por San Ambrosio, atribuye a Teodosio,
resume perfectamente cuanto necesitamos saber.
"Habiendo incurrido en las penas eclesiásticas, hizo
penitencia con extraordinario fervor y, los que habían acudido a
interceder por él, se estremecían de compasión al ver tanto
rebajamiento de la dignidad imperial más de lo que hubiesen temblado ante
su cólera si se hubieran sentido culpable de alguna falta en su
presencia". En la oración
fúnebre de Teodosio, dijo San Ambrosio simplemente:
"Se despojó de todas las insignias de la dignidad regia y
lloró públicamente su pecado en la iglesia.
El, que era emperador, no se avergonzó de hacer penitencia pública,
en tanto que otros muchos menores que él se rehúsan a hacerla.
El no cesó de llorar su pecado hasta el fin de su vida".
Ese triunfo de la gracia en Teodosio y del deber pastoral en
Ambrosio demostró al mundo que la iglesia no hace distinción de personas
y que las leyes morales obligan a todos por igual.
El propio Teodosio dio testimonio de la influencia decisiva de San
Ambrosio en aquellas circunstancias, al señalarle como el único obispo
digno de ese nombre que él había conocido.
Teodoreto
menciona otro ejemplo de la humildad y religiosidad de que Teodosio dio
muestra. Un día de fiesta,
durante la misa en la catedral de Milán, Teodosio se acercó al altar a
depositar su ofrenda y permaneció en el presbiterio.
San Ambrosio le preguntó si deseaba algo. El emperador dijo que quería asistir a la misa y comulgar.
Entonces San Ambrosio mandó al diácono a decirle:
"Señor, durante la celebración de la misa nadie puede estar
en el presbiterio. Os ruego que os
retiréis a donde están los demás. La
púrpura os hace príncipe pero no sacerdote.
"Teodosio se disculpó y dijo que estaba en la creencia de que
en Milán existía la misma costumbre que en Constantinopla, donde el
sitial del emperador se hallaba en el presbiterio.
En seguida, dio las gracias al obispo por haberle instruido y se
retiró al sitio en el que se hallaban los laicos.
El
año 393, tuvo lugar la patética muerte del joven Valentiniano, quien fue
asesinado en las Galias por Arbogastes cuando se hallaba solo entre sus
enemigos. San Ambrosio, que había
partido en auxilio suyo, encontró la procesión funeraria antes de cruzar
los Alpes. Arbogastes, a quien se
había dicho que San Ambrosio era "un hombre que dice al sol:
'¡Detente!, y el sol se detiene", había maniobrado para
conseguir que el santo obispo le apoyase en sus intereses.
Pero Ambrosio, sin nombrar personalmente a Arbogastes, manifestó
claramente en la oración fúnebre de Valentiniano que sabía a qué
atenerse sobre su muerte. Por otra
parte, salió de Milán antes de la llegada de Eugenio, el enviado de
Arbogastes, de suerte que este último empezó a amenazar con perseguir a
los cristianos. Entre tanto, San
Ambrosio fue de ciudad en ciudad, exhortando al pueblo a oponerse a los
invasores. Después regresó a Milán,
donde recibió la carta en que Teodosio le anunciaba que había vencido a
Arbogastes en Aquileya. Dicha
victoria fue el golpe de muerte al paganismo en el imperio. Pocos meses después, murió Teodosio en brazos de San Ambrosio.
En la oración fúnebre del emperador, el santo habló con gran
elocuencia del amor que profesaba al difunto y de la gran responsabilidad
que pesaba sobre sus dos hijos, a quienes tocaba gobernar un imperio cuyo
lazo de unión era el cristianismo.
En
tanto que el Imperio Romano comenzaba a decaer en el occidente, San
Ambrosio daba nueva vida a su idioma y enriquecía a la iglesia con sus
escritos. [*3*]
Pero el santo sólo sobrevivió dos años a Teodosio el Grande.
Una de las últimas obras que escribió fue el tratado sobre
"La bondad de la muerte". Las obras homiléticas, exegéticas, teológicas, ascéticas
y poéticas del santo son numerosísimas. Cuando
el santo cayó enfermo, predijo que moriría después de la Pascua, pero
prosiguió sus estudios acostumbrados y escribió una explicación al
salmo 43. Mientras San Ambrosio dictaba, Paulino, que era su secretario
y fue más tarde su biógrafo, vio una llama en forma de escudo posarse
sobre su cabeza y descender gradualmente hasta su boca, en tanto que su
rostro se ponía blanco como la nieve. A
este propósito escribió Paulino: "Estaba
yo tan asustado, que permanecí inmóvil, sin poder escribir. Y a partir de ese día, dejó de escribir y de dictarme, de suerte
que no terminó la explicación del salmo".
En efecto, el escrito sobre el salmo se interrumpe en el versículo
veinticuatro. Después de
ordenar al nuevo obispo de Pavía, San Ambrosio tuvo que guardar cama.
Cuando el conde Estilicón, tutor de Honorio, se enteró de la
noticia, dijo públicamente: "El
día en que ese hombre muera, la ruina se cernirá sobre Italia".
Inmediatamente, el conde envió al santo unos mensajeros para
pedirle que rogara a Dios que le alargase la vida.
El santo repuso: "He
vivido de suerte que no me avergonzaría de vivir más tiempo.
Pero tampoco tengo miedo de morir, pues mi Amo es bueno".
El día de su muerte, Ambrosio estuvo varias horas acostado con los
brazos en cruz, orando constantemente.
San Honorato de Vercelli, que se hallaba descansando en otra
habitación, oyó una voz que le decía tres veces:
"¡Levántate pronto, que se muere!"
Inmediatamente bajó y dio el viático a San Ambrosio, quien murió
a los pocos momentos. Era el
Viernes Santo, 4 de abril de 397. El
santo tenía aproximadamente cincuenta y siete años.
Fue sepultado el día de Pascua.
Sus reliquias reposan bajo el altar mayor de su basílica, a donde
fueron trasladadas el año 835. Su
fiesta se celebra el día del aniversario de su consagración episcopal,
tanto en oriente como en occidente. Su
nombre figura en el canon de la misa del rito de Milán.
Sus
libros son sus reflexiones y discursos. De
modo que sus famosos Comentarios Exegéticos, antes de ser reunidos en volúmenes,
habían sido predicados. Por eso son
tan vivos y ungidos por el Espíritu Santo.
Bibliografía
Sálesman,
Eliécer; Vidas de Santos # 4
Sgarbossa, Mario - Luigi Giovannini; Un santo para cada día

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