La Dolorosa Pasión
de Nuestro Señor Jesucristo
Ana Catalina Emmerick
Extractos del libro
Continuación...
XLII Los amigos de Jesús el Sábado Santo
Habría unos veinte hombres juntos en el Cenáculo; tenían vestiduras
largas, blancas, con cinturones, y celebraban el sábado. Se separaron
para acostarse, y muchos se fueron a sus casas. El sábado por la mañana
se juntaron otra vez. Rezando y leyendo alternativamente; de cuando en
cuando introducían a los que llegaban.
En la parte de la casa donde estaba la Virgen Santísima había una gran
sala con celdas separadas para los que querían pasar la noche. Cuando
las piadosas mujeres volvieron del sepulcro, una de ellas encendió una
lámpara colgada en medio de la sala, y se sentaron debajo de ella
alrededor de la Virgen; oraron con mucha tristeza y mucho recogimiento.
Pronto llegaron Marta, Maroni, Dina y Mará, que habían venido de Betania
con Lázaro; este se había ido con los discípulos al Cenáculo. Les
contaron con mucho llanto la muerte y la sepultura del salvador;
después, como era tarde, algunos hombres, y entre ellos José de
Arimatea, vinieron por las mujeres que querían volver a la ciudad.
Entonces fue cuando tomaron preso a José. Las mujeres que se quedaron en
el Cenáculo entraron en las celdas dispuestas alrededor de la sala para
tomar algún descanso. A media noche se levantaron y se reunieron debajo
de la lámpara, alrededor de la Virgen, para orar. Cuando la Madre de
Jesús y sus compañeras acabaron ese rezo nocturno, que veo continuar en
todos los tiempos por los fieles hijos de Dios y las almas santas que
una gracia particular excita, o que se conforman con las reglas dadas
por Dios y su Iglesia, Juan llamó a la puerta de la sala con algunos
discípulos, y en seguida recogieron sus capas y lo siguieron al templo.
A las tres de la mañana, cuando fue sellado el sepulcro, vi a la Virgen
ir al templo, acompañada de las otras santas mujeres, de Juan y de otros
muchos discípulos. Muchos judíos tenían costumbre de ir al templo antes
de amanecer después de haber comido el cordero pascual; el templo se
abría a media noche porque los sacrificios comenzaban temprano. Pero
como la fiesta se había interrumpido, todo se quedó abandonado, y me
pareció que la Virgen Santísima venía sola a despedirse del templo donde
se había educado. Estaba abierto, según la costumbre de ese día, y el
espacio alrededor del Tabernáculo, reservado a los sacerdotes, estaba
franco al pueblo, según se acostumbraba ese día; mas el templo estaba
solo, y no había más que algunos guardias y algunos criados; todo estaba
en desorden por los acontecimientos de la víspera; había sido profanado
con las apariciones de los muertos, y yo me preguntaba a mí misma:
"¿Cómo podrá purificarse de nuevo?”
Los hijos de Simeón y los sobrinos de José de Arimatea, llenos de
tristeza por la prisión de su tío, condujeron por todas partes a la
Virgen y a sus compañeros, pues estaban de guardia en el templo: todos
contemplaron con terror las señales de la ira de Dios, y los que
acompañaban a la Virgen le contaron los acontecimientos de la víspera.
Todavía no habían reparado los estragos causados por el temblor de
tierra. La pared que separaba el santuario se había abierto tanto que se
podía pasar por la raja; la cortina del santuario, rasgada, colgaba de
los dos lados; por todas partes se veían paredes abiertas, piedras
hundidas, columnas inclinadas. La Virgen fue a todos los sitios que
Jesús había consagrado para Ella; se prosternó para besarlos, y los regó
con sus lágrimas: sus compañeras la imitaron.
Los judíos tenían una gran veneración a todos los lugares santificados
con alguna manifestación del poder divino; los besaban prosternando el
rostro contra el suelo. Yo no lo extrañaba, pues sabiendo y creyendo que
el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob era un Dios vivo, que habitaba
con su pueblo en el templo, era natural que lo hicieran así. El templo y
los lugares consagrados eran para ellos lo que es el Santísimo
Sacramento para los cristianos. La Virgen Santísima, penetrada de ese
respeto, condujo a sus compañeras a muchos sitios del templo; les mostró
el sitio de su presentación cuando era niña, el lugar donde había sido
educada, donde se había desposado con San José, donde había presentado a
Jesús, donde Simeón había profetizado; ese recuerdo la hizo llorar
amargamente, pues ya se había cumplido la profecía, y la espada había
traspasado su alma. Se paró también en el sitio donde había hallado a
Jesús niño enseñando en el templo, y besó respetuosamente el pulpito.
Habiendo honrado con sus recuerdos, con sus lágrimas y con sus oraciones
los sitios santificados por Jesús, se volvieron a Sión.
La Virgen se separó del templo llorando: la desolación y la soledad en
que estaba, en un día tan santo, atestiguaban los crímenes de su pueblo;
María se acordó que Jesús había llorado sobre el templo, y que había
dicho: “Destruid este templo, y Yo lo reedificaré en tres días”. María
pensó que los enemigos de Jesús habían destruido el templo de su cuerpo,
y deseó con ardor ver relucir el tercer día en que la palabra eterna
debía cumplirse.
María y sus compañeras habían llegado antes de amanecer al Cenáculo, y
se retiraron a la parte del edificio situado a la derecha. Juan y los
discípulos entraron en el Cenáculo, donde los hombres, cuyo número se
elevaba a veinte, rezaban alternativamente debajo de la lámpara. Los
recién venidos de cuando en cuando se instruían tímidamente y
conversaban llorando; todos mostraban a Juan un respeto mezclado de
confusión, porque había asistido a la muerte del Señor. Juan era
afectuoso para con todos, tenía la simplicidad de un niño en sus
relaciones con ellos. Los vi comer una vez: la mayor tranquilidad
reinaba en la casa, y las puertas estaban cerradas.
Vi a las santas mujeres juntas hasta la noche en la sala oscura,
alumbrada por la luz de una lámpara, pues las puertas estaban cerradas y
las ventanas tapiadas. Unas veces rezaban alrededor de la Virgen debajo
de la lámpara; otras se retiraban aparte, se cubrían la cabeza con un
velo de luto, y se sentaban sobre ceniza en señal de dolor, o rezaban
con la cara vuelta a la pared. Las más débiles tomaron algún alimento;
las otras ayunaron.
Mis ojos se volvieron muchas veces hacia ellas, y siempre las vi rezando
o mostrando su dolor del modo que he dicho. Cuando mi pensamiento se
unía al de la Virgen, que estaba
siempre ocupada en su Hijo, yo veía el sepulcro y los guardias sentados
a la entrada; Casio estaba arrimado a la puerta, sumergido en
meditación. Las puertas del sepulcro estaban cerradas, y la piedra por
delante. Sin embargo, vi el cuerpo del Señor rodeado de esplendor y de
luz, y dos ángeles en adoración. Pero en mi meditación, habiéndose
dirigido sobre el alma del Redentor, vi una pintura tan grande y tan
complicada del descendimiento a los infiernos, que sólo he podido
acordarme de una pequeña parte: voy a contarla como mejor pueda.
XLIII. Jesús baja a los infiernos
Cuando Jesús, dando un grito, exhaló su alma santísima, yo la vi, como
una forma luminosa, entrar en la tierra al pie de la cruz; muchos
ángeles, entre los cuales estaba Gabriel, la acompañaban. Vi su
divinidad estar unida con su alma y también con su cuerpo suspendido en
la cruz: no puedo expresar cómo eso se efectuaba. El sitio donde entró
el alma de Jesús estaba dividido en tres partes: eran como tres mundos.
Parecióme observar que eran de forma redonda, y que cada uno de ellos
tenía su esfera separada.
Delante del limbo había un lugar mas claro y más sereno; en él veo
entrar las almas libres del purgatorio antes de ser conducidas al cielo.
El limbo, donde estaban los que esperaban
la redención, hallábase rodeado de una esfera parda y nebulosa, y
dividido en muchos círculos. El Salvador, radiante de luz era conducido
en triunfo por los ángeles entre los dos círculos; en el de la izquierda
estaban los Patriarcas anteriores a Abrahan, en el de la derecha
hallábanse las almas de los que habían vívido desde Abrahán hasta San
Juan Bautista. Cuando Jesús pasó así, no lo conocieron; mas todo se
llenó de gozo y de deseo v hubo como una dilatación en esos lugares
estrechos donde estaban apretados. Jesús pasó entre ellos como el aire,
como la luz, como el rocío de la redención, mas con la rapidez de un
viento impetuoso. Penetró entre esos dos círculos hasta un sitio
cubierto de niebla, donde estaban Adán y Eva; les hablo, y ellos le
adoraron con gozo indecible. El Señor, acompañado de los dos primeros
seres humanos, entró a la izquierda en el circulo de los Patriarcas
anteriores a Abrahán; era una especie de purgatorio. Entre ellos había
malos espíritus, que atormentaban e inquietaban el alma de algunos. Los
ángeles llamaron y mandaron abrir, pues había una especie de puerta que
estaba cerrada; me pareció que los ángeles decían: “Abrid las puertas”
.Y Jesús entró en triunfo. Los malos espíritus se alejaron, gritando:
“¿Qué hay entre Tú y nosotros? ¿Qué vienes a hacer aquí? ¿Quieres
crucificarnos?”. Los ángeles los encadenaron y los echaron delante. Las
almas que estaban en ese lugar no tenían mas que un leve presentimiento
y un conocimiento oscuro de Jesús. El Salvador se presentó a ellas, y
cantaron sus alabanzas. El alma del Señor, hacia el limbo propiamente
encontró el alma del buen ladrón conducida por los ángeles al seno de
Abrahán, y a del mal ladrón que los demonios llevaban a los infiernos.
El alma de Jesús, acompañada de los ángeles, de las almas libertadas y
de los malos espíritus cautivos, entro en el seno de Abrahán.
Ese lugar me pareció más elevado; como cuando se sube de una iglesia
subterránea a la iglesia superior. Los demonios encadenados resistían, y
no querían entrar; mas los ángeles les obligaron a ello. Allí se
hallaban todos los santos israelitas, a la izquierda los Patriarcas,
Moisés, los Jueces y los Reyes; a la derecha los Profetas, los
antecesores de Jesús y sus parientes como Joaquín, Ana, José, Zacarías,
Isabel y Juan. No había malos espíritus en ese lugar; la sola pena que
en el se padecía era el deseo ardiente del cumplimiento de la promesa,
el cual estaba satisfecho. Una alegría y felicidad indecibles entraron
en esas almas, que saludaron y adoraron al Redentor. Algunos de ellos
fueron enviados sobre la tierra para tomar momentáneamente sus cuerpos y
dar testimonio de Jesús. Entonces fue cuando tantos muertos se
aparecieron en Jerusalén. Se me aparecían como cadáveres errantes, y
depusieron otra vez sus cuerpos en la tierra, como un enviado de la
justicia deja su capa de oficio cuando ha cumplido con la orden se sus
superiores.
Después vi a Jesús, con su acompañamiento triunfal entrar en
una esfera mas profunda, donde se hallaban los paganos piadosos que
habían tenido un presentimiento de la verdad y la desearon. Había entre
ellos malos espíritus, pues tenían ídolos. Vi a los demonios obligados a
confesar su fraude y esas almas adoraron al Señor con grande alegría.
Los demonios fueron encadenados y llevados cautivos. Vi también a Jesús
atravesar como Libertador muchos lugares donde había almas encerradas;
pero mi triste estado no me permite contarlo todo.
En fin, vi a Jesús acercarse con rostro severo al centro del abismo. El
infierno se me apareció bajo la forma de un edificio inmenso, tenebroso,
alumbrado con una luz metálica; a su entrada había enormes puertas
negras con cerraduras y cerrojos. Un aullido de horror se elevaba sin
cesar; las puertas se hundieron, y apareció un mundo horrible de
tinieblas.
La celestial Jerusalén se me parece ordinariamente como una ciudad donde
las moradas de los bienaventurados se presentan bajo la forma de
palacios y jardines llenos de flores y de frutos maravillosos, según su
condición de beatitud; lo mismo aquí, creí ver un mundo entero, una
reunión de edificios y de habitaciones muy complicadas. Pero en las
moradas de los bienaventurados todo está formado bajo una ley de paz
infinita, de armonía eterna: todo tiene por principio la beatitud, en
lugar de que en el infierno todo tiene por principio la ira eterna, la
discordia y la desesperación. En el cielo son edificios de gozo y de
adoración, jardines llenos de frutos maravillosos que comunican la vida.
En el infierno son prisiones y cavernas, desiertos y lagos llenos de
todo lo que puede excitar el disgusto y el horror; la eterna y terrible
discordia de los condenados; en el cielo todo es unión y beatitud de los
Santos. Todas las raíces de la corrupción y del error producen en el
infierno el dolor y el suplicio en número infinito de manifestaciones y
de operaciones. Cada condenado tiene siempre presente este pensamiento:
que los tormentos a que están entregados son el fruto natural y
necesario de su crimen; pues todo lo que se ve y se siente de horrible
en este lugar, no es más que la esencia, la forma interior del pecado
descubierto, de esa serpiente que devora a los que la han mantenido en
su seno. Todo esto se puede comprender cuando se ve; mas es casi
imposible expresarlo con palabras.
Cuando los ángeles echaron las puertas abajo, fue como un mar de
imprecaciones, de injurias, de aullidos y lamentos. Algunos ángeles
arrojaron a ejércitos enteros de demonios. Todos tuvieron que reconocer
y adorar a Jesús, y éste fue el mayor de sus suplicios. Muchos fueron
encadenados en un círculo que rodeaba otros círculos concéntricos. En el
medio del infierno había un abismo de tinieblas: Lucifer fue precipitado
en él encadenado, y negros vapores se extendían sobre él. Todo esto se
hizo según ciertos arcanos divinos. He sabido que Lucifer debe ser
desencadenado por algún tiempo, cincuenta o sesenta años antes del año
2000 de Cristo, si no me equivoco. Otros muchos nombres de que no me
acuerdo, fueron designados. Algunos demonios deben quedar sueltos antes
para castigar y tentar al mundo. Algunos han sido desencadenados en
nuestros días, otros lo serán pronto. Me es imposible contar todo lo que
me ha sido mostrado; es demasiado para que yo pueda coordinarlo.
Además,
estoy muy mala; y cuando hablo de esos objetos, se representan delante
de mis ojos, y su vista podría hacerme morir.
Vi multitud innumerable de almas rescatadas elevarse del purgatorio y
del limbo detrás del alma de Jesús, hasta un lugar de delicias debajo de
la Jerusalén celestial. Ahí he visto, hace poco tiempo, a uno de mis
amigos que ha muerto. El alma del buen ladrón vino, y vio al Señor en el
Paraíso, según su promesa. No puedo decir cuánto duró todo eso, y en qué
tiempo; hay muchas cosas que yo no comprendo, hay otras que serían mal
entendidas si las contara. He visto al Señor en diferentes puntos, sobre
todo en el mar: parecía que santificaba y libertaba toda la creación:
por todas partes los malos espíritus huían delante de Él y se
precipitaban en el abismo. Vi también su alma en diferentes sitios de la
tierra. La vi aparecer en el interior del sepulcro de Adán, debajo del
Gólgota: las almas de Adán y de Eva vinieron con Él, y les habló. Lo vi
visitar con ellas los sepulcros de muchos Profetas, cuyas almas vinieron
a juntarse con él sobre sus huesos. Después, con esas almas, entre las
cuales estaba David, lo vi aparecerse en muchos sitios señalados con
alguna circunstancia de su vida, explicándoles con amor inefable las
figuras de la Ley antigua y su cumplimiento.
Esto es lo poco que puedo recordar de mis visiones sobre la bajada de
Jesús a los infiernos y la libertad de las almas de los justos. Pero
además de este acontecimiento cumplido en el tiempo, vi una figura
eterna de la misericordia que ejerce hoy con las pobres almas. Cada
aniversario de este día echa una mirada libertadora en el purgatorio:
hoy mismo, en el momento en que he tenido esta visión, ha sacado del
purgatorio las almas de algunas personas que habían pecado cuando su
crucifixión. Hoy he visto la libertad de muchas almas conocidas y no
conocidas, mas no las nombraré.
El descendimiento de Jesús a los infiernos es la plantación de un árbol
de gracia destinado a comunicar sus méritos a las almas que padecen. La
redención continua de esas almas es el fruto que da este árbol en el
jardín espiritual de la Iglesia. La Iglesia militante debe cuidar ese
árbol y recoger sus frutos para comunicarlos a la Iglesia paciente, que
no puede hacer nada por sí misma. Lo mismo sucede con todos los méritos
de Cristo; para participar de ellos hay que trabajar para Él. Debemos
comer nuestro pan con el sudor de nuestra frente. Todo lo que Jesús ha
hecho por nosotros en el tiempo, da frutos eternos: pero hay que
cultivarlos y recogerlos en el tiempo; si no, no podríamos gozar de
ellos en la eternidad. La Iglesia es un padre de familia; su año es el
jardín completo de todos los frutos eternos en el tiempo. Hay en un año
bastante de todo para todos. ¡Desgraciados los jardineros perezosos e
infieles si dejan perder una gracia que hubiera podido curar a un
enfermo, fortificar a un débil, satisfacer a un hambriento! Darán cuenta
de la más insignificante hierbecita el día del juicio.
XLIV. La noche antes de la Resurrección
Cuando se acabó el sábado, Juan vino con las santas mujeres, lloró con
ellas, y las consoló. Se fue poco después; entonces Pedro y Santiago el
Menor vinieron a verlas con la misma intención, pero estuvieron poco con
ellas. Las santas mujeres; mostraron otra vez su dolor envolviéndose en
sus mantos y sentándose en la ceniza.
Mientras la Virgen Santísima oraba interiormente, llena de un ardiente
deseo de ver a Jesús, un ángel vino a decirla que fuera a la pequeña
puerta de Nicodemo, porque el Señor estaba cerca. El corazón de María se
inundó de gozo: se envolvió en su manto y dejo a las santas mujeres sin
decir a nadie nada. La vi ir de prisa a la puerta pequeña de la ciudad
por donde había entrado con sus compañeras al volver del sepulcro.
Podían ser las nueve de la noche: la Virgen se acercaba a pasos
precipitados hacia la puerta, cuando la vi pararse en un sitio
solitario. Miró a lo alto de la muralla de la ciudad, y el alma del
Salvador resplandeciente bajó hasta María, acompañada de una multitud de
almas de Patriarcas. Jesús, volviéndose hacia ellos, y mostrando a la
Virgen, dijo: “María, mi Madre”. Pareció que la abrazaba, y desapareció.
La Virgen se arrodilló y beso la tierra en el sitio donde había
aparecido. Sus rodillas y sus pies quedaron impresos sobre la piedra, y
se volvió llena de un consuelo inefable a las santas mujeres que
encontró ocupadas en preparar ungüentos y aromas. No les dijo lo que
había visto, pero sus fuerzas se habían renovado; consoló a las otras, y
las fortaleció en la fe.
Cuando María volvió, vi a las santas mujeres cerca de una mesa larga
cubierta con un paño que llegaba al suelo. Encima había muchos manojos
de hierbas que ellas arreglaban, mezclándolas; tenían botes de bálsamo y
agua de nardo, y además flores frescas, entre las cuales había, me
parece, una iris rayada y una azucena. Mientras la ausencia de la
Virgen, Magdalena, María de Cleofás, Salomé, Juana y María Salomé,
habían ido a comprar todo esto a la ciudad. Al día siguiente querían
cubrir con ello el cuerpo del Salvador.
XLV. José de Arimatea puesto en libertad
Poco después de la vuelta de la Virgen Santísima, vi a José de Arimatea
rezando en la cárcel. De pronto la prisión se llenó de luz y oí una voz
que le llamaba por su nombre. El tejado se levanto dejando una abertura,
y vi una forma luminosa echarle una sabana, que me recordó la que sirvió
para amortajar a Jesús. José la tomo con ambas manos, y se dejó levantar
hasta la abertura, que cerro detrás de él. Cuando llegó a lo alto de la
torre la aparición desapareció. No sé si fue el Salvador o un ángel
quien lo libertó.
Siguió la muralla hasta cerca del Cenáculo, que estaba en la inmediación
de la meridional de Sión. Entonces bajó y llamó en el Cenáculo. Los
discípulos juntos habían cerrado la puerta estaban muy afligidos por la
desaparición de José, creyendo que lo habían echado en una cloaca,
porque así se había corrido la voz Cuando le vieron entrar, su alegría
fue grande, como más tarde cuando San Pedro fue libertado de la prisión.
Contó lo que le había sucedido: le dieron de comer, y tributaron gracias
a Dios Él salió de Jerusalén por la noche, y se fue a Arimatea su
patria; volvió, sin embargo, cuando supo que ya no corría peligro.
Vi también al fin del sábado a Caifas y a otros sacerdotes hablar con
Nicodemo en su casa. Le hicieron muchas preguntas con benevolencia
fingida. Estuvo firme en su fe, defendió siempre la inocencia de Jesús,
y ellos se retiraron.
XLVI. La noche de la Resurrección
Pronto vi e1 sepulcro del señor; todo estaba tranquilo alrededor; había
seis o siete guardias de pie, o sentados. Casio está siempre en
contemplación. El santo Cuerpo, envuelto en la mortaja y rodeado de luz,
reposaba entre los ángeles que yo había visto constantemente en
adoración a la cabeza y a los pies del Salvador, desde que se le puso en
el sepulcro. Esos ángeles parecían sacerdotes; su postura y sus brazos
cruzados sobre le pecho me recordaban los querubines del Arca de la
Alianza, mas no les vi las alas. El Santo Sepulcro, todo entero, me
recordó muchas veces el Arca de la Alianza en diversas épocas de su
historia. Quizás la luz y la presencia de los ángeles eran visibles para
Casio, pues estaba en contemplación delante de la puerta del sepulcro
como quien adora al Santísimo Sacramento.
Vi el alma del Señor, acompañada de las almas de los Patriarcas, entrar
en el sepulcro por medio del peñasco y mostrarles todas las heridas de
su sagrado Cuerpo. La mortaja se abrió y el cuerpo apareció cubierto de
llagas; era lo mismo que si la Divinidad que habitaba en él hubiese
mostrado a esas almas de un modo misterioso toda la extensión de su
martirio. Me pareció transparente, y se podía ver hasta el fondo de sus
heridas. Las almas estaban llenas de respeto mezclado de terror y de
viva compasión.
En seguida tuve una visión misteriosa, que no puedo explicar ni contar
bien claramente. Me pareció que el alma de Jesús, sin estar todavía
completamente unida a su cuerpo, salía del sepulcro en Él y con Él; me
pareció ver a los dos ángeles que adoraban a las extremidades del
sepulcro, levantar el sagrado cuerpo desnudo, cubierto de heridas, y
subir hasta el cielo de en medio de la roca que se conmovía; Jesús
parecía presentar su cuerpo lacerado delante del Trono de su Padre
celestial, en medio de los coros innumerables de ángeles prosternados:
quizás así como las almas de los profetas entraron momentáneamente en
sus cuerpos, después de la muerte de Jesús, sin volver a la vida en
realidad, pues se separaron de nuevo sin el menor esfuerzo.
En ese momento hubo una conmoción en la peña: cuatro de los guardias
habían ido por algo a la ciudad; los otros tres cayeron casi sin
conocimiento. Atribuyeron eso a un temblor de tierra. Casio estaba
conmovido, pues veía algo de lo que pasaba, aunque no era claro para él.
Pero se quedó en su sitio esperando lo que iba a suceder. Mientras
tanto, los soldados ausentes volvieron.
Vi de nuevo a las santas mujeres, que habían acabado de preparar sus
aromas y se habían retirado a sus celdas. Sin embargo, no se acostaron
para dormir; sólo se reclinaron sobre
los cobertores enrollados. Querían ir al sepulcro antes de amanecer,
porque temían a los enemigos de Jesús; pero la Virgen, llena de nuevo
valor desde que se le había aparecido su Hijo, las tranquilizó,
diciéndoles que podían descansar y sin temor ir al sepulcro, que no les
sucedería ningún mal. Entonces se permitieron un poco de reposo.
Serían las once de la noche cuando la Virgen, llevada de amor y por un
deseo irresistible, se levantó, se puso un manto pardo, y salió sola de
la casa. Yo decía: “¿Cómo dejarán a esta Santa Madre, tan acabada, tan
afligida, ir sola entre tanto peligro?” Fue a la casa de Caifas, al
palacio de Pilatos, corrió todo el camino de la cruz por las calles
desiertas, parándose en los sitios donde el Salvador había sufrido los
mayores dolores o pésimos tratamientos. Parecía que buscaba un objeto
perdido; con frecuencia se prosternaba en el suelo, tocaba las piedras o
las besaba, como si hubiese habido sangre del Salvador. Estaba llena de
amor inefable, y todos los sitios santificados se le aparecían
luminosos. Yo la acompañé todo el camino, y sentí todo lo que Ella
sintió, según la medida de mis fuerzas.
Fue así hasta el Calvario, y conforme se iba acercando, se paró de
pronto. Vi a Jesús con su sagrado cuerpo aparecerse delante de la
Virgen, precedido de un ángel, teniendo a ambos lados a los ángeles del
sepulcro y seguido de una multitud de almas libertadas. El cuerpo de
Jesús estaba resplandeciente; yo no veía en Él ningún movimiento; pero
salió de Él una voz que anuncio a su Madre lo que había hecho en el
limbo y le dijo que iba a resucitar y a venir a ella con su cuerpo
transfigurado, que debía esperarle cerca de la piedra donde se había
caído en el Calvario.
La aparición se dirigió del lado de la ciudad, y la Virgen se fue a
arrodillar al sitio que le había sido designado. Podía ser media noche
porque la Virgen había estado mucho tiempo en el camino de la cruz. Vi
al Salvador con su escolta celestial seguir el mismo camino: todo el
suplicio de Jesús fue mostrado a las almas con las menores
circunstancias. Los ángeles recogían todas las partes de su sustancia
sagrada que le habían sido arrancadas del cuerpo.
Me careció después que e1 cuerpo de1 señor reposaba otra vez en el
sepulcro y que los ángeles le restituían de un modo misterioso todo lo
que los verdugos y los instrumentos del suplicio le habían arrancado. Lo
vi otra vez resplandeciente en su mortaja, con los dos ángeles en
adoración a la cabeza y a los pies. No puedo expresar cómo sucedió todo
eso, pues no lo alcanza nuestra razón: además, lo que me parece claro e
inteligible cuando lo veo, se vuelve oscuro cuando quiero expresarlo con
palabras.
Cuando el cielo comenzó a relucir al Oriente, vi a Magdalena, María,
hija de Cleofás, Juana Chusa y Salomé, salir del Cenáculo envueltas en
sus mantos. Llevaban aromas, y una de ellas una luz encendida, pero
oculta debajo de sus vestidos. Las vi dirigirse tímidamente hacia la
puerta de José de Arimatea.
XLVII. Resurrección del Señor
Vi como una gloria resplandeciente entre dos ángeles vestidos de
guerreros: era el alma de Jesús que, penetrando por la roca, vino a
unirse con su cuerpo santísimo. Vi los miembros moverse, y el cuerpo del
Señor, unido con su alma y con su divinidad, salir de su mortaja,
radiante de luz.Me pareció que en el mismo instante una forma monstruosa
salió de la tierra, de debajo de la peña. Tenía cola de serpiente,
cabeza de dragón, que levantaba contra Jesús; me parece que además tenía
cabeza humana. Vi en la mano del Salvador resucitado una bandera
flotante. Pisó la cabeza del dragón, y pegó tres golpes en la cola con
su palo: después el monstruo desapareció. He visto con frecuencia esta
visión en la Resurrección, y he visto una serpiente igual, que parecía
emboscada, en la concepción de Jesús. Me recordó la serpiente del
paraíso; todavía era más horrorosa. Pienso que esto se refiere a la
profecía: "El Hijo de la Mujer quebrantará la cabeza de la serpiente".
Todo eso me parecía un símbolo de la victoria sobre la muerte; pues
cuando vi al Señor romper la cabeza del dragón, ya no vi el sepulcro.
Jesús, resplandeciente, se elevó por medio de la peña. La tierra tembló:
un ángel parecido a un guerrero se precipitó del cielo al sepulcro como
un rayo; puso la piedra a la derecha, y se sentó sobre ella. Los
soldados cayeron como muertos, y estaban tendidos en el suelo sin dar
señales de vida. Casio, viendo la luz brillar en el sepulcro, se acercó,
tocó los lienzos solos, y se retiró con la intención de anunciar a
Pilatos lo sucedido. Sin embargo, esperó un poco, porque había sentido
el terremoto, y
había visto al ángel echar la piedra a un lado y el sepulcro vacío, mas
no había visto a Jesús. En el momento en que el ángel entró en el
sepulcro y la tierra tembló, el Salvador resucitado se apareció a su
madre en el Calvario. Estaba hermoso y radiante. Su vestido, parecido a
un manto, flotaba tras de Sí, y parecía de un blanco azulado, como el
humo visto al sol. Sus heridas estaban resplandecientes; se podía meter
el dedo en las aberturas de las manos: salían rayos de la palma de la
mano a la punta de los dedos. Las almas de los patriarcas se inclinaron
ante la Madre de Jesús. El Salvador mostró sus heridas a su Madre, que
se prosternó para besar sus pies; mas Él la levantó, y desapareció. Se
veían relucir faroles a lo lejos, cerca del sepulcro, y el horizonte se
esclarecía al Oriente encima de Jerusalén.
XLVIII Las santas mujeres en el sepulcro
Las santas mujeres estaban cerca de la pequeña puerta cuando nuestro
Señor resucitó; pero no vieron nada de los prodigios que habían sucedido
en el sepulcro. Tampoco sabían que habían puesto guardia, porque no
estuvieron la víspera, a causa del sábado. Se preguntaban entre sí con
inquietud: "¿Quién nos levantará la piedra de la entrada?" Querían echar
agua de nardo y aceite odorífero sobre el cuerpo de Jesús, con aromas y
flores: querían ofrecer al Señor lo más precioso que habían podido
encontrar para honrar su sepultura. La que había llevado más cosas era
Salomé. No era la madre de Juan, sino una mujer rica de Jerusalén,
parienta de San José. Resolvieron poner sus aromas sobre la piedra, y
esperar que algún discípulo viniera a levantarla. Los guardias estaban
tendidos en el suelo como atacados de una apoplejía: la piedra estaba
echada a la derecha, de modo que se podía abrir la puerta sin
dificultad. Los lienzos que habían servido para envolver el cuerpo de
Jesús estaban sobre el
sepulcro. La grande sábana estaba en su sitio, pero con los aromas sólo:
las vendas estaban sobre el borde anterior del sepulcro. Los paños con
que María había envuelto la cabeza de su Hijo, en el mismo sitio.
Vi a las santas mujeres acercarse al huerto: cuando vieron los faroles y
los soldados tendidos alrededor del sepulcro, tuvieron miedo, y se
alejaron un poco. Pero Magdalena, sin pensar en el peligro, entró
precipitadamente en el huerto, y Salomé la siguió a cierta distancia;
las otras dos, menos resueltas, se quedaron a la puerta ."Magdalena, al
acercarse a los guardias, tuvo miedo, y se volvió con Salomé; y las dos
juntas, pasando entre los soldados tendidos en el suelo, entraron en la
gruta del sepulcro. Vieron la piedra quitada; pero las puertas estaban
cerradas. Magdalena las abrió llena de emoción, y vio apartados los
lienzos. El sepulcro estaba resplandeciente, y un ángel estaba
sentado a la derecha sobre la piedra. No sé si Magdalena oyó las
palabras del ángel; mas salió perturbada del huerto, y corrió
rápidamente adonde estaban reunidos los discípulos. No sé. tampoco si el
ángel habló a María Salomé, que se había quedado a la entrada del
sepulcro: la vi salir muy de prisa del huerto detrás de Magdalena, y
reunirse a las otras dos mujeres, anunciándoles lo que había sucedido.
Se llenaron de sobresalto y de alegría al mismo tiempo, y no se
atrevieron a entrar en el huerto. Casio, que había esperado un rato
alrededor, pensando quizas ver a Jesús, fue a contarlo todo a Pilatos.
Al salir, dijo a las santas mujeres todo lo que había visto, y las
exhortó a que fueran a asegurarse por sus propios ojos. Ellas se
animaron, y entraron en el huerto. Estando en la entrada del sepulcro,
vieron dos ángeles vestidos de blanco con trajes sacerdotales. Las
mujeres se asustaron; y cubriéndose los ojos con las manos, se
prosternaron hasta el suelo. Pero un ángel les dijo que no tuvieran
miedo; que no buscaran al Crucificado, porque había resucitado y estaba
lleno de vida. Les enseñó el sitio vacío, les mandó que dijeran a los
discípulos lo que habían visto y oído; añadiendo que Jesús les
precedería en Galilea, y que debían acordarse de sus palabras: "El Hijo
del hombre será entregado a las manos de los pecadores; lo crucificarán,
y resucitará al tercer día". Entonces los ángeles desaparecieron. Las
santas mujeres, temblando, pero llenas de gozo, se volvieron hacia la
ciudad: iban conmovidas; no se apresuraban, y se paraban de cuando en
cuando para mirar si veían al Señor o si Magdalena volvía.
Mientras tanto. Magdalena llegó al Cenáculo; estaba como fuera de sí, y
llamó con fuerza a la puerta. Algunos discípulos estaban todavía
acostados durmiendo; otros se hallaban levantados. Pedro y Juan
abrieron. Magdalena les dijo desde afuera: "Han sacado al Señor del
sepulcro; no sabemos adonde le han puesto". Después de estas palabras,
se volvió corriendo al huerto. Pedro y Juan entraron en la casa, y
dijeron algunas palabras a los otros discípulos; después la siguieron
corriendo: Juan más de prisa que Pedro. Magdalena entró en el huerto, y
se dirigió al sepulcro, conmovida de cansancio y de dolor. Estaba
cubierta de rocío; su manto habíase desprendido de la cabeza y de los
hombros, y sus largos cabellos se veían descubiertos y flotantes. Como
estaba sola, no se atrevió a bajar a la gruta, y se paró un instante a
la entrada. Se arrodilló para mirar dentro del sepulcro por entre las
puertas, y al echar atrás sus cabellos, que le caían sobre la cara, vio
dos ángeles vestidos de blanco sentados a las extremidades del sepulcro,
y oyó la voz de uno de ellos que decía: "Mujer, ¿por qué lloras?" Ella
grito en medio de su dolor (pues no veía más que una cosa, no tenía más
que un pensamiento, a saber: que el cuerpo de Jesús no estaba allí) "Se
han llevado a mi Señor, y no sé a dónde lo han puesto". Después de estas
palabras, viendo el sepulcro vacío, se salió, y se puso a buscar acá y
allá. Le pareció que iba a encontrar a Jesús: presentía confusamente que
estaba cerca de ella, y la aparición de los ángeles no podía distraerla:
diríase que no veía que eran ángeles, y no podía pensar más que en Jesús
"¡Jesús no está allí! ¿A dónde está Jesús?" La vi errante de un lado a
otro como una persona extraviada en su camino. El cabello le caía por
ambos lados sobre la cara. Una vez tomó todo el pelo con las manos, y
después lo partió en dos, echándolo atrás. Entonces, mirando a su
alrededor, vio a diez pasos del sepulcro al Oriente, en el sitio donde
el huerto sube en dirección a la ciudad aparecer una figura vestida de
blanco entre los arbustos a la luz del crepúsculo, y corriendo de ese
lado, oyó estas palabras: "Mujer, ¿por qué lloras?" Ella creyó que era
el hortelano; y, en efecto, el que la hablaba tenía una azada en la
mano, y sobre la cabeza un sombrero ancho, que parecía hecho de corteza
de árbol. Yo había visto bajo esta forma al obrero de la parábola que
Jesús había contado a las santas mujeres en Betania poco antes de su
Pasión. No estaba resplandeciente de luz; pero se parecía a un hombre
vestido de blanco, visto a la luz del crepúsculo. A estas palabras: "¿ A
quién buscas?" Ella respondió: "Si tú lo has tomado, dime dónde está, y
yo iré por Él". Y en seguida se puso a mirar en derredor. Entonces Jesús
le dijo con el timbre habitual de su voz: "¡María!" Ella conoció el
acento, y, olvidando la crucifixión, muerte y sepultura, le dijo como
otras veces: "¡Rabboni! (Maestro)". Se puso de rodillas y extendió los
brazos a los pies de Jesús. Mas el Salvador deteniéndola, le dijo: "¡No
me toques, pues aún no he subido hacia mi Padre! Vete a decir a mis
hermanos que subo hacia mi Padre y el suyo, hacia mi Dios y el suyo". Y
desapareció. Supe por qué Jesús había dicho: "¡No me toques!"; pero no
me acuerdo bien distintamente. Yo pienso que habló así a causa de la
impetuosidad de Magdalena, demasiado absorta en el pensamiento de que
vivía de la misma vida que antes, y creía que todo estaba como antes. En
cuanto a las palabras de Jesús "Todavía no he subido hacia mi Padre", me
fue explicado que no se había presentado aún a su Padre después de su
Resurrección, y que todavía no le había dado gracias por su victoria
sobre la muerte y por la obra cumplida de la Redención. Fue lo mismo que
decir que las primicias de la alegría pertenecían a Dios; que ella debía
primero volver en sí y dar gracias a Dios por el cumplimiento del
misterio de la Redención, pues había querido besar sus pies como antes;
no se acordó más que de su
amado, y olvidaba con la violencia de su amor el milagro que tema ante
sus ojos. Magdalena, después de la resurrección del Señor, se levantó de
prisa, y, como si hubiese visto un sueño corrió otra vez al sepulcro.
Vio sentados a los dos ángeles, que le dijeron lo que habían dicho a las
otras dos mujeres sobre la resurrección de Jesús. Entonces, segura del
milagro y de lo que había visto, buscó a sus compañeras, y las encontró
en el camino que conduce al Gólgota. Ellas andaban errantes, llenas de
temor, esperando la vuelta de Magdalena, y con vaga esperanza de
encontrar a Jesús en alguna parte.
Toda esta escena no duró más que dos minutos. Podían ser las tres y
media de la mañana cuando el Señor se le apareció, y apenas salía del
huerto cuando Juan entraba, y después Pedro. Juan se paró a la entrada
del sepulcro; miró por la puerta entre abierta y vio el sepulcro vacío.
Pedro llegó entonces, y bajó a la gruta, adonde vio los lienzos
doblados, como se ha dicho. Juan lo siguió; y a esta vista creyó en la
Resurrección. Lo que Jesús les había dicho, lo que estaba en las
Escrituras, veíanlo claro: y hasta entonces no lo habían comprendido.
Pedro tomó los lienzos bajo su capa, y se volvieron corriendo. Yo he
visto el sepulcro con ellos y con Magdalena, y siempre he visto los dos
ángeles sentados a la cabeza y a los pies como en todo el tiempo que
Jesús estuvo en el sepulcro. Me parece que Pedro no los vio. Más tarde
vi a Juan decir a los discípulos de Emaús, que mirando desde arriba,
había visto un ángel. Quizás el espanto que le causó esta visión fue
causa de que dejase a Pedro pasar adelante, y quizás no habla de ello en
el Evangelio por humildad, por no decir que había visto más que Pedro.
Entonces vi a los guardias levantarse y recoger sus picas y sus faroles.
Estaban aterrados: salieron pronto del huerto, y llegaron presto a la
puerta de la ciudad. Mientras tanto Magdalena se juntó con las santas
mujeres, y les contó que había visto al Señor en el huerto, y después a
los ángeles. Sus compañeras le respondieron que ellas también habían
visto a los ángeles. Entonces Magdalena corrió a Jerusalén, y las
mujeres se volvieron al huerto, pensando, sin duda, encontrar a los dos
apóstoles. Al acercarse, Jesús se les apareció, vestido de blanco, y les
dijo: "Yo os saludo". Ellas se echaron a sus pies, mas Él les dijo
algunas palabras, y parecía indicarles algo con la mano, y desapareció.
Entonces corrieron al Cenáculo, y contaron a los discípulos que habían
visto al Señor. Éstos no querían creer ni a ellas ni a Magdalena, y
calificaron cuanto les decían de sueños de mujeres, hasta la vuelta de
Pedro y de Juan. Al volverse Juan y Pedro, encontraron a Santiago el
Menor y a Tadeo, que los habían seguido, y estaban muy conmovidos, pues
el Señor se les había aparecido cerca del Cenáculo. Yo había visto a
Jesús pasar delante de Pedro y de Juan, y me parece que Pedro lo vio,
pues me pareció haber sentido un terror súbito. No sé si Juan lo
conocería.
XLIX. Relación de los guardias del sepulcro
Casio fue a ver a Pilatos una hora después de la Resurrección. El
gobernador romano estaba aún acostado, y mandó entrar a Casio. Le contó
con grande emoción todo lo que había visto: le habló de la conmoción de
la peña, de la piedra alzada por un ángel, y de los lienzos allí
aislados en que Jesús fuera envuelto; añadió que Jesús era ciertamente
el Mesías, el Hijo de Dios, y que había resucitado verdaderamente.
Pilatos escuchó esta relación con terror secreto; pero, sin demostrarlo,
dijo a Casio: "Tú eres un supersticioso; has hecho una necedad en
ponerte cerca del sepulcro del Galileo; sus dioses se han apoderado de
ti, y te han hecho ver todas esas visiones fantásticas: te aconsejo que
no cuentes eso a los príncipes de los sacerdotes, porque podría costarte
caro". Hizo como si creyera que el cuerpo de Jesús había sido escondido
por los discípulos, y que los guardias contarían la cosa de otro modo,
sea por excusarse de su negligencia, o ya por haberse dejado engañar con
hechizos. Habiendo hablado así, Casio salió, y Pilatos fue a sacrificar
a sus dioses. Presto vinieron cuatro soldados a hacer la misma relación
a Pilatos; mas no se explicó con ellos, y los mandó a Caifas. Vi
parte de la guardia en un gran patio cerca del templo, donde se habían
juntado muchos judíos ancianos. Después de algunas deliberaciones,
tomaron a los soldados uno por uno, y, a fuerza de dinero o de amenazas,
los forzaron a que dijeran que los discípulos se habían llevado el
cuerpo de Jesús mientras dormían. Los soldados respondieron que sus
compañeros, que habían ido a casa de Pilatos, podrían desmentirlos, y
los fariseos les prometieron que lo compondrían todo con el gobernador.
Mas cuando los cuatro guardias llegaron, no quisieron negar lo que
habían dicho en casa de Pilatos. Se había extendido la voz de que José
de Arimatea había salido milagrosamente de la prisión: y como los
fariseos daban a entender que esos soldados habían sido sobornados para
dejar llevar el cuerpo de Jesús, éstos respondieron que ni ellos podían
presentar su cuerpo, ni los guardias de la prisión podían presentar a
José de Arimatea. Perseveraron en lo que habían dicho, y hablaron tan
libremente del juicio inicuo de la antevíspera y del modo cómo se había
interrumpido la Pascua, que los pusieron en la cárcel. Los otros
esparcieron la voz de que los discípulos se habían llevado el cuerpo de
Jesús, y este embuste fue extendido por los fariseos, los saduceos y los
herodianos, y divulgado por todas las sinagogas, acompañándolo de
injurias contra Jesús.
Sin embargo, la intriga no tuvo efecto generalmente, pues después de la
resurrección de Jesús, muchos justos de la ley antigua se aparecieron a
multitud de sus descendientes que eran capaces de recibir la gracia, y
los excitaron a que se convirtiesen a Jesús. Muchos discípulos,
dispersados por el país y atemorizados, vieron también apariciones
semejantes, que los consolaron y los confirmaron en la fe. La aparición
de los muertos que salieron de sus sepulcros después de la muerte de
Jesús, no se parecía en nada a la resurrección del Señor. Jesús resucitó
con su cuerpo renovado y glorificado, que no estaba sujeto a la muerte,
y con el cual subió al Cielo en presencia de sus amigos. Mas esos
cuerpos que habían salido del sepulcro eran cadáveres sin movimiento,
dados por vestido a las almas que de ellos se cubrieran, para volverlos
a dejar en la tierra hasta que resuciten, como nosotros todos, el día
del juicio. Estaban menos resucitados que Lázaro, que vivió realmente y
murió por segunda vez.
L. Fin de estas meditaciones para la Cuaresma
El domingo siguiente, si no me equivoco, vi a los judíos lavar y
purificar el templo. Ofrecieron sacrificios expiatorios, sacaron los
escombros, y tapando las señales del terremoto con tablas y alfombras,
continuaron las ceremonias de la Pascua, que no se habían podido acabar
el mismo día. Declararon que la fiesta se había interrumpido por la
asistencia de los impuros al sacrificio, y aplicaron, no sé cómo, a lo
que había pasado, una visión de Ezequiel sobre la resurrección de los
muertos. Además, amenazaron con penas graves a los que hablaran o
murmuraran; sin embargo, no calmaron sino a aquella parte del pueblo más
ignorante y más inmoral: los mejores se con virtieron primero con
sigilo, y después de Pentecostés abiertamente. Los príncipes de los
sacerdotes perdieron una gran partede su osadía al ver la rápida
propagación de la doctrina de Jesús. En el tiempo del diaconado de San
Esteban, Ofel y la parte oriental de Sión no podían contener a la
comunidad cristiana, y tuvo que ocupar el espacio que se extiende desde
la ciudad hasta Betania. Vi a Anas como poseído del demonio; lo
encerraron, y no volvió a aparecer. Caifas estaba como loco furioso:
¡tal era la
violencia de la ira secreta que lo devoraba! El jueves, después de
Pascua, Ana Catalina dijo: Hoy he visto a Pilatos hacer buscar
inútilmente a su mujer. Estaba escondida en casa de Lázaro, en
Jerusalén. No podían adivinarlo, pues ninguna mujer habitaba en aquella
casa. Esteban, que no era conocido por discípulo, le llevaba la comida y
las noticias de fuera. Esteban era primo de Pablo: ambos, hijos de dos
hermanos.
Ver sus escritos
sobre: La
Resurrección